Disclaimer: Los personajes de Naruto, así como el universo donde se desarrolla la historia no me pertenecen ni son creaciones mías, todo es obra de Masashi Kishimoto.
Capítulo 5
La seda oculta
Recargó la espalda contra el frío alicatado de la pared del baño, con la prueba de embarazo en la mano derecha.
Echó un vistazo al reloj de pulsera que decoraba su muñeca izquierda; el tiempo dejo de pasar y cuando retomó la marcha lo hizo de una forma tan vertiginosa que los oídos de Sakura empezaron a zumbar; el piso bajo sus pies a tambalearse.
Un entumecimiento emocional, casi completo, se había apoderado de ella los últimos días. Ver las fotos de aquella mujer, el asunto de la puñetera carta y la actitud indiferente de Itachi, solo le había demostrado lo que ya sabia: estaba completamente equivocada.
A todo esto, se le sumaba una nueva incertidumbre: la posibilidad de un embarazo. Cuando lo repetía en su mente y evocaba los recuerdos de todas las veces que estuvo con su esposo, la idea no parecía tan descabellada. Los dos habían sido conscientemente descuidados, Sakura lo sabía, en más de una ocasión Itachi había terminado en su interior, en parte por la intensidad del momento y, por otro lado, con la callada esperanza que dentro de ella germinara una nueva vida, un comienzo, un propósito.
Sin embargo, ahora no estaba del todo segura.
Aunque esperaba que la ambivalencia en su interior se evaporara con el tiempo, aquella sensación conflictiva se hizo más aguda y, consiguientemente, más secreta. Un día u otro desaparecerá, o eso pensaba. Era mentira que ella fuera "ambivalente" con respecto a la maternidad. Itachi quería tener un hijo. Sakura, en el fondo, no. Sumando las dos cosas, parecía que había ambivalencia, pero, aunque formaban una pareja superlativa, no eran la misma persona.
«En otro momento— reflexionó—. Ahora no es apropiado, no cuando él se empeña en ocultar su pasado».
Comenzó a sentir pánico. La confianza en si misma se las arregló para restaurarse a su propio ritmo, había dejado de preocuparse en las ultimas semanas, cuando los nuevos problemas aparecieron. ¿Cómo se le había ocurrido hacer eso?
El teléfono móvil comenzó a vibrar en el fondo de su bolsillo, indicándole que la hora de la gran revelación había llegado.
Resuelta, tomó una enorme bocanada de aire: era ahora o nunca. Sus ojos verdes se detuvieron en la pequeña pantalla. Ahogada, boqueó como queriendo absorber aire, pero los pulmones no le respondieron.
Negativo.
Expulsó un suspiro de genuino alivio. Tal vez debería lucir más acongojada, sin embargo, era imposible sentirse de esa manera, aunque tampoco saltaba de alegría.
Lanzó la prueba al cesto de basura. Abrió la llave del lavamanos y humedeció su rostro. Le ardían los ojos por el esfuerzo en no parpadear y se secó la cara con una toalla.
Abandonó el cuarto de baño con una sonrisa imperceptible danzando en su rostro. Antes de regresar a la habitación, donde Itachi estaría aguardando por ella, se quedó parada en la entrada con los brazos cruzados a la altura del pecho.
Con solo una mirada a la colección de conflictivos visajes que adoptaban cuando componían sus semblantes, Itachi le ahorró el anuncio:
—No lo estás.
Sakura se encogió de hombros.
Como si de un huracán se tratara, Itachi acortó la distancia que los separaba para rodearla por la cintura con sus firmes brazos y atraerla hacia su cuerpo en un abrazo estrujado. Su intención era brindarle consuelo, o tal vez ella se lo estaba brindando a él. Aún así, accedió, pasando ambos brazos por sus hasta entrelazar sus delgados dedos en su nuca.
—Me siento decepcionada— fue otra mentira, y una muy gorda, por cierto.
—No te preocupes, podemos seguir intentando— dijo, depositando un beso casto sobre los labios de su esposa, sin morreo.
—Esta bien— concedió sin ánimos de centrar toda su atención en el decepcionante acontecimiento.
Itachi acaricio sus cabellos delicadamente, apartándolos de su rostro. Conocía a su esposo – o al menos creía hacerlo-, sabia que le gustaba tener un trabajo entre manos, se dedicaría a hacerle el amor con la misma actitud de si tienes que hacer algo, hazlo bien, con la que había construido casi toda su vida. A Sakura no terminaba de agradarle aquella manera tan caballerosa de hacer el amor. Siempre consideró el acto sexual como algo frívolo, y le gustaba que fuese vicioso y guarro.
—Me sabe mal dejarte solo en casa— espetó cuando se apartó de él con toda la intención de proseguir con su rutina matutina—. En especial en tu día libre.
—No te preocupes por mi— dijo Itachi—. Iré con mi padre a ayudarle con unos cuantos asuntos de la constructora, así que probablemente pase el resto de la tarde ahí.
Ahora que una de las tantas dudas que la acosaban se había disipado podría centrar su atención en otros asuntos, como todo el embrollo que había entre Sasuke y su madre.
—Itachi— lo llamó, aferrándose a la nimia esperanza de que su esposo se decidiera a desvelar un ápice de información—.¿A que se dedica Sasuke?
—Trabaja en la constructora con mi padre— dijo el azabache, al tiempo que dejaba un informe en papel y una taza de café sobre la mesita de noche.
—Eso ya lo se, lo que estaba preguntando es ¿qué estudio? Dijiste que no visitaba a tus padres desde que se marchó a la universidad.
—Pasó un año en la escuela de artes y después se enfocó en finanzas y banca, pero al final desistió.
Ahora que reparaba en la presencia de Sasuke, recordó haber contemplado una foto del azabache en el apartamento de Itachi en Amegakure; el joven era alto y fornido, con el mismo cabello oscuro y lacio que su esposo, pero sin el semblante amable y el aspecto relajado.
«¿Y si hubiese sido él en lugar de Itachi?», se descubrió cuestionándose en una noche de insomnio, imaginando como habría sido conocer a Sasuke en otras circunstancias. Era inapropiado, estaba casada con el mayor de los Uchiha y, por lo tanto, esa clase de pensamientos eran inadmisibles para ella.
Aun así, precisaría de una fuerza de voluntad enorme para alejarlo de sus abstracciones. Se sentía atraída a Sasuke como una polilla a la luz, enfermiza y malsanamente.
Tomó asiento en la silla frente al tocador; desde el reflejo del espejo era capaz de vislumbrar todos y cada uno de los movimientos de Itachi, pero no su rostro.
—Escuché una charla entre él y tu madre— dijo mientras usaba las yemas de los dedos para aplicarse un toque de cremas de ojos sobre sus finos pliegues—. Ella le cuestionó si sentía que ahora su vida le pertenecía, y Sasuke respondió que nunca fue suya, así que realmente no sabia lo qué era eso.
Espera que, Itachi tuviera la decencia de explicarle -al menos esa ocasión-, lo que sucedía. Tenía la impresión que, dentro la perfecta vida de los Uchiha, Sasuke era una bomba que amenazaba con explotar y acabar con la estabilidad que los rodeaba.
—¿Itachi?
Giró sobre el asiento aterciopelado para encararlo. El corazón le golpeó las costillas al vislumbrarlo tenso, examinándola de forma ausente de pies a cabeza con los ojos vidriosos.
Itachi resopló, lanzándole una mirada irritada y dijo:
—Sasuke comprarte una historia particular con mis padres. — Al detectar su propia rudeza en la expresión espantada de la pelirosa, Itachi se envaró, respiró profundo y soltó el aire lentamente mientras hablaba—.Se alejó de la familia no porque nosotros lo quisiéramos. Es un hombre enfermo, atormentado.
Las ultimas palabras resonaron dolorosamente en las profundidades de su mente, «Enfermo, atormentado», no estaba refiriéndose a una afección completamente física, sino a una más intima, delicada.
Con un ligero temblor de sus dedos entumecidos, colocó el contenedor de porcelana en el tocador y estudió a Itachi como si de una criatura exótica se tratara. Al toparse con su rostro sereno halló un ligero tinte de contrariedad.
A menudo experimentaba la fastidiosa sensación de estar esperando algo. No se refería al tema clásico de esperar a que su vida se pusiera en marcha. No. Se refería a esperar algo en particular, como una llamada a la puerta, y a notar que esa sensación aumentaba y se hace insistente. Ese día volvía a sentirla con toda su fuerza. Pasaba la noche entera, noches enteras, con el oído atento, porque algo dentro de ella estaba esperando que él le dijera la verdad.
Dio un respingo asustado al escuchar el repiqueteo insistente de su teléfono celular. Ofuscada, lo extrajo del bolsillo donde lo había delegado minutos atrás.
—Mierda— dijo entre dientes.
—¿Sucede algo malo?— quiso saber Itachi.
—Olvide por completo que iría a ver a mi madre.
—¿Quieres que vaya contigo?
—¿Estás seguro? No me gustaría interferir en los asuntos de tu padre, además, no debes hacerlo si no lo deseas— espetó.
Con una sonrisa cálida, respondió:
—Puedo hacer una excepción.
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La maquina de café efectuó un sonido agonizante, tétrico e irritante. El artefacto debía doblarle la edad, pero continuaba realizando su función principal, además, era imposible que el hospital destinara dinero del presupuesto para una fruslería como esa.
Mientras aguardaba que la mezcla estuviera lista, Sakura notó el duro nudo de furia alojado permanentemente en la parte de atrás de su garganta, como si no hubiera tosido lo suficiente o algo así. Era el no saber. La jodida incertidumbre.
Todo lo que respectaba a la familia Uchiha era un misterio, desde la posible obsesión de su marido con una mujer desconocida -al menos para ella-, hasta la vida de Sasuke. Cada detalle que vislumbraba bastaba para activar las señales de alarma, decirle que algo muy malo ocurría, pero que era tan grande que no lo veía. Ni siquiera estaba segura de verlo. Pero sabía que estaba ahí.
Le dio la sensación de que pasaron horas antes de que la mezcla de capuchino estuviera lista. Con un suspiro de frustración contenido, rodeó el vaso de cartón y se precipitó al inmaculado pasillo del sanatorio.
Caminó con paso firme desde el ala Oeste hasta la sala de urgencias. No podía dejar de pensar en Sasuke, pero curiosamente, eso no la distraía. Su mente estaba centrada; tenía una idea mucho más clara de qué era lo que debía buscar. El juego de sol y sombra le resultaba agradable mientras recorría los pabellones que conectaban los edificios con los jardines. Hacía un día tan hermoso que casi podía olvidar la presencia de todos esos secretos en su vida.
—Haruno-san— la llamó una afable interna a sus espaldas, obligándola a frenar el paso.
La pobre llevaba entre sus brazos una torre de carpetas beige y hojas sueltas. Verla tan atareada la hizo recordar sus días de formación como interna hace muchos años atrás, cuando sus obligaciones se limitaban a observar y servir a los doctores de mayor rango sin rechistar. Aquella época fue un verdadero infierno.
—¿Necesitas ayuda con eso?— se ofreció. Jamás había disfrutado de los juegos de poder. Ahora que ostentaba un puesto privilegiado entre el gremio de médicos del sanatorio, la idea de abusar de esos pobres chicos le parecía repugnante.
—Gracias, tengo todo bajo control— le respondió con una sonrisa segura y cansada—.El doctor Nagano me pidió que le entregara estos expedientes.
Sakura asintió.
—Pensé que la información de los pacientes se encontraba en la base de datos— espetó.
—Oh, si. Gran parte de los expedientes del hospital se encuentran ahí, no obstante, algunos de ellos todavía se manejan en papel— explicó la joven, sonrojada.
—¿Todos cuentan con la misma base?— arqueó una ceja, curiosa.
—Si, supongo que si— dijo la chica con tono de pena.
Sakura mordió su labio inferior. Sabía que, lo que estaba a punto de hacer era antiético en todos los sentidos. Sobrepasaría los limites establecidos en la relación médico-paciente con tal de alimentar al gusano de la curiosidad.
—¿Podrías ayudarme a encontrar información sobre un paciente? Es nuevo, lo trasladaron de otra clínica no hace mucho tiempo.
—¡Por supuesto!— exclamó entusiasmada.
A final de cuentas, aquello parecía agradarle.
Sin mas tiempo que perder, se dirigieron al consultorio de la pelirosa. Sakura entró, colocó los expedientes sobre el escritorio y el vaso de cartón en otro extremo.
La chica, de la cual desconocía el nombre, tomó asiento ante el ordenador y accedió a la Intranet del hospital. Solo le llevó unos segundos cambiar desde la pagina principal hasta el sitio privado del sanatorio sobre la información confidencial de los pacientes. La base de datos estaba magníficamente diseñada y era fácil de usar, identificando a cualquier usuario por medio del nombre, resaltando y explicando todo su historial medico de los últimos diez años.
La joven doctora introdujo su contraseña.
—¿Cuál es el nombre del paciente?
—Uchiha Sasuke— respondió, manteniendo la mirada fija en la pantalla.
El buscador lanzó el resultado de inmediato. Naturalmente lo haría, en especial cuando se trataba de seres tan extraños como la familia Uchiha.
—¿Es él?— cuestionó la chica mientras le mostraba la fotografía del azabache.
Sakura se tomó un momento para admirar en todo su esplendor la belleza de su rostro; los ojos negros, tan parecidos a aquellos que la trastornaban, le parecieron sinceros. Lucía tan perfecto como de costumbre, imperturbable, oscuro, vacío.
—Sí, es él— respondió sintiendo la boca repentinamente seca.
—Dejare aquí el expediente para usted.
Sakura se encontraba tan absorta en sus pensamientos que ni siquiera se percató en qué momento la chica abandonó en consultorio.
Tomó asiento en la silla de piel, la giró para que diera a la mesa y escaneó meticulosamente el contenido reflejado en la pantalla, esperando encontrar una respuesta.
Lo primero que apareció no fue más que datos solicitados de rutina, desde el historial de enfermedades médicas durante la infancia y detalles poco útiles para comprender al enigmático Uchiha Sasuke.
Poco interesada, deslizó el puntero hacia la siguiente pagina; el resto del informe resguardaba datos como talla, peso, estado civil, dirección y teléfono. Aquel documento representaba un compendio irrelevante, salvo por el procedimiento quirúrgico al que fue sometido a los quince años debido a una apendicitis. El azabache aparentaba ser un hombre de veintisiete años completamente normal, tan común y como las flores de cerezo en primavera.
En su hermoso rostro se hilvanó una mueca desaprobatoria, sin embargo, sus ojos se abrieron desmesuradamente cuando una pestaña, al final de la hoja, se reveló ante ella.
Se removió en su asiento, totalmente alerta, con el corazón desbocado al darse cuenta de lo que estaba pasando.
La segunda minuta anexada pertenecía a un Centro de Rehabilitación Mental, dentro de está era posible leer el diagnostico, tratamiento y evolución de Sasuke durante sus tres largos años de estadía en la Institución. Un de de incomodidad generó un hormigueo en la yema de sus dedos, no obstante, sus ojos escanearon todas las líneas para desglosar una por una cada frase en su cabeza.
Trastorno antisocial de la personalidad.
Angustiada, navegó por los recuerdos que evocaba su mente relacionados con las clases de psicología en los primeros años de la carrera. Se trataba de un trastorno que tenía como patrón general el desprecio y violación a los derechos de los demás, comenzaba en la infancia o al principio de la adolescencia y continuaba en la edad adulta. El engaño y manipulación se perfilaban como las características centrales.
Conforme ahondaba en la información, sus ojos se negaban a enfocar. Las letras danzaban ante ella.
Sasuke no parecía ser el tipo de persona que experimentara satisfacción o placer rompiendo las reglas. Mientras reparaba en ello, comenzó a jugar con los mechones de su cabello, ¿Qué habría hecho en el pasado para ser diagnosticado como una persona antisocial? Por lo que entendía, los comportamientos específicos se enfocaban en agresión a la gente o los animales, destrucción de la propiedad, fraudes o hurtos, o velación grave de las normas. Este patrón persistía hasta la edad adulta y los individuos que la padecían se mostraban incapaces de adaptarse a las normas sociales en lo que respecta al comportamiento legal.
«Deficiencia de empatía», las palabras resonaban como un eco atronador, tan soporífero como el estallido de una bomba.
El diagnostico del centro era definitivo.
Se esforzó en leerlo bien. De izquierda a derecha. Frase por frase.
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El sol comenzó a ponerse lentamente como un reflector, tiñéndolo todo de opulencia y oro, como en un cuadro de la escuela flamenco.
Aparcó el auto en su lugar habitual. No pudo evitar notar que el coche de Itachi estaba ahí, sin embargo, un ápice de impresión surgió en su interior al vislumbrar que no se encontraba completamente solo, alguien más estaba con él.
Sintió una necesidad inmensa de resguardarse en el interior.
El día había transcurrido lento, exento de eventos trascendentales, salvo por lo que acababa de descubrir de Sasuke. Cuando pensaba en él reparaba en su cabeza y lo que había en su interior: su mente. El cerebro, con todos los recovecos, y sus pensamiento yendo y viniendo como rápidos y frenéticos ciempiés. Lo mismo sucedía con Itachi, «¿En que estas pensando, cariño?». Se repetía esa pregunta cada vez que lo observaba, en silencio, nunca en voz alta, nunca a las únicas dos personas que solo podrían responderlas.
Se apeó del automóvil con esas cavilaciones instaladas en su mente. Atravesó el sendero travertino que conducía a las puertas altas lacadas, del color café expreso.
Ingresó en la estancia sin anunciar su llegada. Probablemente Itachi se encontraba en su estudio, así que decidió ir a buscarlo. Colocó las llaves sobre la mesa central y dejó el bolso en el suelo.
La casa estaba sumida en un absoluto e imperturbable silencio, lo cual, le pareció aterrador. Se cuestionaba cómo era que Itachi había soportado vivir de esa forma, tan solitaria, tan ermitaña…tan deprimente.
Por un largo minuto, Sakura permaneció de pie, bajo el umbral de la puerta; sopesando si debía o no proseguir con su camino. Desconocía con que persona se encontraba su marido en esos momentos, y no estaba segura sí quería saberlo. Durante los últimos días la vida se había empeñado en demostrarlo que la persona que busca, encuentra. Conforme ahondaba en el misterio que suponían los Uchiha, se topaba con secretos y verdades medias.
Estremeciéndose por el frío, ingresó a la sala con pasos renqueantes, acariciando la superficie gélida y lisa de las paredes.
—¿Itachi?— lo llamó temerosa, tan apagada que su voz se perdió en el eco.
Inconscientemente, tragó grueso. Al no recibir respuesta de su marido, mas que un absoluto y tajante silencio, la atmosfera no tardó en transformarse. La incertidumbre hacia que le sudasen las orejas, como los chirridos de una herrumbrosa bomba de agua. La nariz le empezó a arder involuntariamente y se le humedecieron los ojos. Sentía como si tuviese que abrir un agujero en el ambiente para encontrar cierto alivio.
Del estudio de Itachi se filtraba una luz tenue. Posiblemente el azabache se encontraba trabajando, pero disipó esa idea tan rápido como el rumor de las voces alcanzó sus oídos.
Caminó por el pasillo alfombrado sin hacer ruido. Al llegar a la puerta, se percató que estaba entreabierta. Contempló a Shisui postrado en la silla de piel, frente al escritorio de Itachi. Llevaba un vaso de cristal en la mano derecha y mantenía la mirada fija al frente.
Conoció a Uchiha Shisui dos meses antes de la boda. Su marido solía referirse a él como "hermano mayor", aunque el parentesco que compartían era tan lejano que solo estaban unidos por una amistad solida. Por lo tanto, no le extrañó su presencia. Como los buenos amigos que eran, Sakura estaba al tanto de sus reuniones cada semana, era una costumbre que difícilmente moriría.
—Solo tú estas lo suficientemente aburrido con tu vida para casarte después de todo lo que sucedió— dijo Shisui.
Sintió un espasmo de preocupación. Como si le hubieran inyectado un liquido de contraste en las venas y le hubiera alcanzado el corazón. Esperó a tranquilizarse antes de agudizar el oído para escuchar la conversación.
—Fue una decisión consciente— respondió Itachi, calmado.
—¿Ya se lo contaste?
¿Qué era lo que debía saber? ¿Acaso era algo sobre la carta? ¿o tenia que ver con la foto de aquella mujer?
—Aún no— respondió su esposo.
—Tal vez deberías hacerlo, de una u otra forma lo sabrá— agregó Shisui.
—Estoy esperando el momento adecuado.
—Nunca será el momento adecuado.
Sakura se quedó tan sorprendida que no fue capaz de mover ni un solo musculo. Delante de sus ojos se perfilaba el perfecto rostro de Shisui, quien lucía una mueca mortalmente seria.
Tal vez Itachi tenía una persona, o era otra persona. Tal vez su marido se estaba escondiendo en el interior de otra persona. Tal vez «Uchiha Itachi» era otra persona en la que había estado escondido. La idea le produjo tal malestar que tuvo que cerrar los ojos y esperar a que pasara.
Tenía que marcharse de allí.
Al dar un paso hacia atrás su cuerpo chocó con una pequeña mesa, delegando el florero de cristal al suelo.
—Mierda— masculló, mordiendo su labio inferior.
Bajo sus pies el agua comenzaba a mezclarse con los cristales rotos. Inmediatamente sus procesos neuronales se redujeron a niveles mediocres. Con los nervios a flor de piel, cayó de rodillas en el suelo; pese al temblor en sus dedos, empezó a recolectar los fragmentos del florero en un patético intento por borrar la huella de su crimen.
—¡Maldita sea!— chilló en un alarido atenuado por el fuerte palpitar de su angustiado corazón; el vidrió consiguió rasgar la palma de su mano en un corte limpio.
La sangre brotó en un hilillo, descendiendo por su muñeca hasta desembocar en el codo. Los pétalos blancos de los crisantemos se tiñeron de escarlata.
—¿Sakura?— preguntó Itachi mientras salía del estudio, asustado.
—Mierda…— su corazón martilleaba frenéticamente. Presionó la mano para detener la hemorragia, el dolor era punzante, pero soportable.
—Definitivamente mierda— recitó Shisui al vislumbrar la sangrienta escena.
Asustado, Itachi se inclinó frente a ella.
—Deja que le eche un vistazo.
Sakura accedió al interés de Itachi y estiró la mano, que había mantenido oculta. Con mucha precaución, la tomó; la herida estaba en la palma. Tenía un profundo arañazo en la carne, de unos cuatro centímetros de largo y uno de profundidad.
—Solo es un pequeño corte, fui descuidada— se excusó, demasiado angustiada como para darse cuenta que estaba implementando un tono tajante.
—Por supuesto que no, vas a necesitar puntos— espetó.
La pelirosa contuvo las ganas de lanzar una carcajada. Los papeles se habían invertido.
—Iré por el botiquín— anunció Shisui, aprovechándose de la tensión que reinaba entre ellos.
—Hay uno en el baño, detrás de las escaleras— le indicó Itachi.
Tan pronto como el pelinegro estuvo lejos del alcance de sus oídos, Sakura levantó la mirada para escrutar el rostro consternado de su apuesto esposo.
—Quizá deba llevarte a la clínica— sugirió con voz ausente.
—Estaré bien, no es para tanto.
La mandíbula de Itachi tembló ligeramente. Sus miradas colisionaron de forma violenta, cruel.
Sakura tenía la certeza de que Itachi sabía que ella había escuchado la conversación con Shisui, pero no mencionó nada sobre el asunto.
Las preguntas se cernieron sobre ella como nubes de tormenta: «¿Qué estas pensando, Itachi? ¿Qué es lo que sientes? ¿Quién eres realmente? ¿Qué nos haremos el uno al otro?».
—Aquí esta— dijo Shisui anunciando su regreso triunfante con la anhelada caja transparente.
—¿Estás segura que no necesitaras puntadas?— preguntó él examinándola con aire preocupado—. Estás muy pálida.
—Ya te lo dije, solo es un rasguño— dijo irritada.
Por el rabillo del ojo vislumbró a Shisui moverse. El pelinegro se había convertido en un espectador.
—Debo limpiar la herida para asegurarme de que no haya cristales en ella.
—Adelante.
—Esto te va a escocer.
—Hazlo— dijo Sakura, pero en cuanto Itachi inclinó el contenedor de agua oxigenada y vertió el liquido para desinfectar la herida, ella dejó escapar un pequeño siseo. Itachi presionó una gasa contra la herida.
El sudor que aperlaba la frente nívea de la ojiverde comenzó a descender pos sus sienes. Tenía el estomago revuelto, y los intestinos enroscados sobre si mismos.
—Lo lamento, Shisui— se disculpó; la voz sonaba entrecortada, cansada—. Te invitaría a cenar, pero tuve un pequeño percance.
El aludido sonrió, tan radiante y apuesto como todos los Uchiha que conocía.
—No te preocupes, solo estaba de paso— insistió Shisui—, supe que ambos habían regresado de la luna de miel, así que decidí pasar a saludar.
—Gracias, fue considerado de tu parte— respondió Sakura.
—¿Te quedaras un rato más?— la voz de Itachi carecía de emoción mientras limpiaba los remanentes de sangre de la herida; su semblante, sin embargo, era de aturdida preocupación en contraste con la expresión desatendida de su amigo.
—Oh, no, debo retirarme— respondió en un suspiro—. La próxima vez me asegurare de preparar una cena apropiada para ambos, tenemos mucho de que hablar.
Pese a las emociones y sentimientos que la embargaban, Sakura realizó un esfuerzo sobrehumano para esbozar una sonrisa cálida.
—¿Realmente estarás bien, Sakura?— cuestionó Shisui, visiblemente consternado.
—Si, no te preocupes.
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Desplegó una venda, la dobló a lo largo y luego la enrollo entorno a la mano con fuerza. Aquello evitaría que siguiera sangrando, por el momento.
—Asegúrate de checar la herida mañana— dijo Itachi.
—Solo dejara una cicatriz, hiciste un buen trabajo limpiándola.
En silencio el pelinegro comenzó a recolectar los residuos de la indumentaria utilizada para tratar la herida.
Sakura observó con detenimiento su andar, calmado y elegante. Cambió mentalmente de tema- No era una noche apropiada para lamentaciones y segundas opiniones, sino para actuar.
Alcanzó la pastilla sobre la mesa y la tragó de golpe, esperando disipar el nudo en su garganta. Con suerte, el analgésico conseguiría adormecer sus sentidos durante un par de horas, lo suficiente para someterla a un entumecimiento emocional.
—No te escuche arribar— comentó como si tal cosa.
Desde su asiento observó la espalda ancha, el movimiento de sus músculos bajo la tela. Llevaba la melena azabache recogida en una coleta baja. Se resguardaba los pensamientos para si mismo.
Un recuerdo apareció en su mente. Al poco de empezar a salir, ella tuvo un accidente similar con un cuchillo. Itachi se encargó de curar la herida, y cuando finalizó, besó uno por uno cada dedo. Supo entonces que le gustaba, que le gustaba de verdad aquel hombre.
Tenía algo de perturbador, evocar un recuerdo cálido y que consiga dejar a la persona completamente fría.
—Por supuesto que no— puso los ojos en blanco—. No sabía que Shisui estaría aquí.
—Tampoco yo, llegó de improvisto— dijo Itachi.
—¿Cómo está él?
—Ya lo sabes— se encogió de hombros—. Es un hombre ocupado.
Tamborileó los dedos sobre la superficie de la mesa. Evidentemente Itachi evitaba reparar en el elefante en la habitación, lo cual solo conseguía enfurecerla.
Pensó en levantarse y abandonar la habitación sin decir una palabra. Acudiría a la biblioteca, tomaría el pesado compendio de Medicina Interna, y leería, de una vez por todas, la maldita carta que había encontrado en el sótano semanas atrás.
Sakura creía que ya había sentido furia antes, cantidad de veces, pero ahora se daba cuenta de que no tenía ni idea de cómo era la autentica furia. Pura furia al rojo vivo. Una sensación frenética, enloquecida y maravillosa. Como si pudiera volar. Volar por la habitación como un demonio y clavar las garras en el rostro de Itachi hasta que la sangre brotara.
—Escuché la conversación que tuviste con Shisui— confesó deliberadamente, como si estuviese en la corte y su declaración fuese una pieza fundamental para otorgar un veredicto.
Itachi se volvió para encararla. Durante un exagerado segundo, Sakura tuvo la impresión de que la mirada de su esposo zumbaba, pero no era más que su sangre lo que oía. Los ojos negros desvelaban serenidad, pero había una profunda oscuridad que lograba perturbarla.
—¿Qué es lo que tienes que decirme? ¿Hay algo que deba saber?— no podía respirar a causa de la furia.
—Sakura— su cultivada voz poseía una leve aspereza metálica, debida seguramente al entumecimiento momentáneo de sus cuerdas vocales—. Te prometo que no es nada malo.
—Si no lo es, ¿Por qué no me lo dices ahora mismo?— dijo. Le decepcionó su propia respuesta. Era débil. No parecía propio de alguien en pleno ataque de furia.
Itachi permaneció en silencio.
Por un instante, Sakura consideró sacar a flote el asunto de la fotografía, increparlo sobre aquella mujer. Algo en su interior le decía que, tanto la carta como las efigies estaban íntimamente relacionadas.
Sus ojos empezaron a escocer a causa de las lagrimas contenidas, avivadas por la impotencia ¿cómo conseguiría que Itachi hablara con la verdad? Estaba segura que no recitaría ni una sola palabra, incluso bajo tortura.
—Itachi— llamó—. Yo no tengo secretos para ti.
Era cierto. Se había encargado de relatarle cada secreto, trauma o pensamiento que jamás se atrevió a recitar en voz alta.
—¿Itachi?
Sakura se concentró en su respiración. Inspirar por las fosas nasales. Vio el rostro de aquella mujer. Espirar por la boca. Vio la hermosa faz de la chica, afianzada al cuerpo de Itachi como si su vida dependiera de ello. Su menta volvía una y otra vez a ese secreto frio, inamovible y horroroso, como un enorme muro que no pudiera traspasarse.
—Lo que escuchaste, sin lugar a dudas… fue un error— espetó por fin, sin rastros de emoción en la voz o en el rostro.
—¿Estas sugiriendo que todo es producto de mi imaginación?— preguntó ofendida.
Itachi negó con la cabeza.
—Simplemente estoy diciendo que no debiste escucharlo, eso es todo.
Por un momento su mente se detuvo del todo.
—Pero lo hice— le espetó ella en un tono estridente, próximo al alarido—. Lo hice, y ahora debes aclararlo. Estamos casados, Itachi ¿qué es lo que te impide hablarme con la verdad?
Sakura lo miró a los ojos como si fuese un completo desconocido.
—Todos los matrimonios tienen secretos, Sakura— suspiró, cansado—. El nuestro no esta exento de ellos.
Sin decir una palabra más, el pelinegro abandonó la habitación.
Sakura se abrazó a si misma. Temblaba de frio. Le castañeaban los dientes. Estaba sufriendo un ataque de nervios, iba a perder la cabeza y eso era porque todo ese asunto no se podía arreglar.
Sencillamente no tenía arreglo.
Continuará
N/A: ¡Buenas, buenas! Nuevamente estoy de regreso con un nuevo capítulo de esta tormentosa historia :D
Se que mencioné que en este capítulo habría más interacción entre Sasuke y Sakura, pero acabe confundiéndolo con otro :c les debo una enorme disculpa, y espero compensarlo con los siguientes apartados, porque si, lo que viene llevara a estos personajes a unirse.
Antes de comenzar con las notas, me gustaría agradecerles de todo corazón por añadir este fic a sus favoritos, darle follow y dejar un review. Estoy al tanto de sus lindos comentarios, de todas las teorías que plasman, y realmente estoy impactada, en verdad, no los merezco, espero no decepcionarlos con el desarrollo de la historia 3
Dicho esto, remarcaré algunos puntos:
En definitiva, la interacción entre Sakura e Itachi cambiará. Nuestra protagonista se encontraba en una especie de entumecimiento emocional, le estaba otorgando a Itachi la oportunidad de contarle la verdad antes de descubrirla por su cuenta.
Salió a la luz una cruel verdad sobre Sasuke, y eso influirá en su relación con Sakura. Si bien, los trastornos de personalidad son bastante amplios, cabe recalcar que no soy una experta en psicología, pero para esto me documenté lo suficiente para no meter la pata.
Creo que esos son los puntos más importantes de este capítulo. Como lo he mencionado, toda esta situación puede parecer rebuscada, pero les aseguro que pronto llegará una parte de la resolución, solo tengan paciencia :3
Sin nada más que añadir, espero que se encuentren muy bien. Aun nos encontramos en tiempos difíciles y delicados, cuídense mucho y también cuiden a los demás. Donde quiera que se encuentren, a través de la virtualidad les mando un fuerte abrazo, estoy segura que mejores tiempos vendrán.
¡Nos leemos pronto! ¡Hasta la próxima!
