Disclaimer: Los personajes de Naruto, así como el universo donde se desarrolla la historia no me pertenecen ni son creaciones mías, todo es obra de Masashi Kishimoto.
Capítulo 16
Contra la pared
Podía sentir el calor del cuerpo de Sasuke a lo largo de su costado derecho. El sonido de las respiraciones acompasadas llenaba el silencio en el que se encontraban inmersos, acompañando la sonata nocturna de las bulliciosas calles de Konohagakure.
Sus ojos se adaptaron a la penumbra, pero Sasuke continuó siendo una silueta borrosa tumbada junto a ella. Debería sentir odio hacía si misma. Debería sentirse fatal, sucia, pero la verdad era que en ese momento se sentía…dichosa. Feliz de verdad.
Cuando se casó con Itachi creyó que era el último cartucho de su historial sexual. Ingenuamente concibió que no se acostaría con nadie más en toda su vida. Recordó la mañana siguiente a su compromiso con él, el momento exacto en el que ese pensamiento surcó su mente por primera vez. Una sensación de inexplicable tranquilidad la embargó. No más cuerpos extraños. No más conversaciones incomodas.
Sin embargo, la vida solía dar muchas vueltas. A medida que transcurrían las semanas, un nuevo acontecimiento hacia temblar los cimientos de su existencia.
Ahora estaba tumbada en la cama del hermano menor de su esposo, aquel al que había detestado la primera vez que lo vio.
—Los recuerdos que tengo son confusos. No puedo diferenciar entre lo real y lo que es producto de mi imaginación— murmuró con voz pausa, apacible.
Sakura tragó grueso. Un nudo prieto estrujaba su garganta, impidiéndole hablar. Permaneció en silencio la mayor parte del relato escuchando detenidamente cada palabra y oración recitada por el azabache.
Le contó todo lo que sucedió ese día, o al menos la mayor parte de lo que recordaba. Tanto él como Itachi se convirtieron en los cómplices de la muerte de una niña. Gracias a las declaraciones de Izumi y a la relación que Sasuke compartía con la victima, el menor de los Uchiha acabó convirtiéndose en el principal sospechoso, una etiqueta que arrastraría por el resto de sus días, un pecado que lo atormentaría por siempre.
—Izumi dijo que todo fue un accidente— las palabras empezaron a fluir nuevamente por su boca—. Le contó a los detectives que Tamaki había resbalado al bajar de la casa del árbol, impactando su cabeza contra el suelo.
Un escalofrío recorrió toda su espina dorsal, al mismo tiempo que las lagrimas le escocían los ojos. A medida que el relato avanzaba podía sentir como un peso desgarrador tiraba desde su garganta hasta los dedos de los pies. Dentro de ella fluctuaban tantas sensaciones que se mostraba incapaz de reparar solamente en una.
—Yo mismo atestigüe como Itachi se deshizo del tronco con el que Izumi golpeó a Tamaki— dijo Sasuke—.Volvimos a casa poco después del atardecer. Mi madre estaba furiosa. Esa noche no probé bocado, en mi mente quedó grabada la imagen del rostro de Tamaki; gris, el hematoma, cada vez más oscuro, era más ancho, la boca aun más abierta.
La mente de Sakura era un torbellino de pensamientos que difícilmente poseían un sentido lógico o racional. Lo único que habitaba en ella era una galimatías. Un desconcierto inmenso, tan oscuro y aterrador como una noche sin estrellas.
Lo que sabía hasta el momento delimitaba un antes y un después en todo lo que conocía y pensaba.
Era por esa sencilla razón que hubiese preferido vivir en la ignorancia.
Quería regresar el tiempo atrás y jamás haberse inmiscuido en la vida de los Uchiha. Pero la verdad de aquel secreto de familia estaba ahí, frente a ella, en la forma de un chico que había sufrido la peor parte, que acarreaba con el peso de las promesas y de un idílico amorío adolescente. Una historia que él nunca debió vivir.
La voz de Sasuke se alzó por encima del ruido de los coches y el silencio ensordecedor que llenaba la habitación.
—La búsqueda de Tamaki comenzó ese día. Los policías acudieron a la casa antes de la media noche solicitando permiso para hablar con nosotros— hizo una pausa para reincorporarse en la cama y encender un cigarrillo. La tenue llamarada del encendedor iluminó la mitad de su rostro, permitiéndole vislumbrar la máscara de estoicismo—. Antes de otorgarles mi testimonio, Itachi me detuvo. Izumi lloraba desconsolada en el rellano de la escalera, mi madre decía que se trataba de un ataque de pánico, pero los tres sabíamos que no era cierto— con un suspiro expulsó la bocanada de humo—. Me dijo que debía ser cuidadoso con las palabras, si los investigadores preguntaban por Tamaki, yo fingiría no haberla visto, lo cual era mitad verdad.
Sakura desvió la mirada, sin poder exponer en palabras lo que se arremolinaba en su interior.
—La búsqueda comenzó de inmediato y los interrogatorios fueron constantes— el susurró llegó hasta Sakura como el aleteó de una pequeña mariposa—. Al parecer, Tamaki y yo compartíamos una relación estrecha— sonrió antes de darle otra calada al cigarro—, acudíamos al mismo colegio y compartíamos el asiento en el autobús de regreso a casa, coyunturas que los policías consideraron sustanciales para catalogarme a mi como un sospechoso.
Si estaba molesto, sus palabras no transmitían ni la cuarta parte del enojo que lo embargaba en ese preciso instante.
Colocó la coletilla en el cenicero dispuesto en la mesita de noche a lado de la cama, carraspeó un poco y continuó:
—Encontraron el cuerpo tres días después de comenzar con la búsqueda. Ante la falta de pruebas, el caso se cerró y Tamaki se convirtió en un recuerdo.
Ajeno a lo que sucedía en la mente de Sakura, Sasuke le miró de soslayo y volvió la cabeza hacia el frente, cruzando los brazos sobre su pecho.
La pelirosa aferró los dedos a la sabana para cubrirse. La gelidez de la noche no era una buena mezcla con la desnudez de su cuerpo. Inmediatamente, tomó asiento en el regazo del azabache, acortando la distancia entre ellos.
—Nada de esto fue tu culpa, Sasuke— acunó su rostro con ambas manos, evitando que aquellos orbes ónix se apartaran de ella.
—Lo se— suspiró, abatido.
Sakura le besó la frente, y luego la nariz y las mejillas.
En respuesta, el pelinegro acarició su espalda desnuda, notando como los retazos de cansancio poco a poco se transformaban en deseo renovado.
Con un movimiento delicado, el pelinegro consiguió invertir las posiciones. Acalló cualquier reclamo con un dulce y largo beso, degustando el néctar de aquellos labios rosados y ligeramente hinchados.
—Creo que es hora de que te vayas— masculló el Uchiha contra su boca.
—Lo lamento, no pretendía abusar de tu hospitalidad.
Sasuke frunció el entrecejo con ahínco.
—Me refiero de Konoha. Aquí no estás segura.
La pelirosa mordió su labio inferior.
Por mucho que le costara admitirlo, Sasuke tenía razón. Regresar a casa con Itachi no era una opción, no después de escuchar la otra versión de los hechos, la misma que su marido se había empeñado en ocultar durante todos esos meses.
Dubitativa, escrutó el rostro de su amante con la esperanza de encontrar una respuesta para todas y cada una de sus interrogantes.
Marcharse sin decir más sería una acción demasiado impulsiva de su parte.
—Aún no estoy segura sobre lo que debo hacer— le confesó al Uchiha, temerosa.
—Puedes quedarte aquí el tiempo que quieras.
Sakura sonrió.
—Por mucho que me agrade la idea, sabes que no puedo hacerlo— palpó su rostro con devoción, intentando memorizar hasta el más ínfimo detalle de su faz; cada marca, cada lunar, cada cicatriz.
Su voz se apagó mientras el ceño de Sasuke se fruncía con ahínco.
—¿Regresarás con él?— cuestionó.
Sakura guardó silencio. Ya no le hacía ninguna ilusión el porvenir, ni se esforzaba en fingir. El relato de Sasuke y todos los acontecimientos del pasado habían sido demasiado evidentes. Su matrimonio fue un fracaso. Todo lo que las personas a su alrededor dirían, si llegaban a averiguar lo ocurrido, sería verdad.
Ella volvió la mirada hacia Sasuke.
—No es tan simple.
El pelinegro la contempló directamente. Comprendía a lo que se refería. Con el peso de la verdad recayendo sobre sus delgados hombros, retomar la vida como lo era antes suponía un esfuerzo enfermizo.
Tomó asiento en el lecho trayendo consigo la delgada sábana gris para cubrir su cuerpo. El período de remisión había expirado.
—Larguémonos de aquí— sus dedos tiraron de la manta. Sakura la retuvo con fuerza, sujetándola firmemente como si fuera un paño de cocina sobre sus pechos, hizo un movimiento negativo con la cabeza—. Comencemos desde cero, dónde nuestro pasado no pueda alcanzarnos.
La sugerencia era tentadora. Ambos podían marcharse esa misma noche si lo deseaban, probablemente estarían cruzando la frontera al amanecer y, para el medio día, habrían arribado al destino incierto, lejos de las galimatías de los Uchiha, del dolor desatado por Izumi.
Los parpados de Sakura se cerraron. Las pestañas se batieron ligeramente cuando aquel par de esmeraldas que tenía por ojos se dirigieron hacia un punto incierto de la habitación.
Por más que lo intentasen, Izumi aún estaba con ellos, como lo había pensado ella en una ocasión; en las fotografías familiares que decoraban el estante de la chimenea, en la galería de su casa, en el vestíbulo. En el jardín y en el bosque, y en aquella casa del árbol derruida y abandonada. Sus pasos sonaban en los corredores y su perfume flotaba en las escaleras. Izumi continuaba entre ellos. Izumi, siempre Izumi. Fuera donde fuera, se sentase donde se sentase, incluso en sus pensamientos y sueños, allí la encontraría. Jamás se librarían de ella.
—Nuestras vidas no nos pertenecen— dijo Sakura. El contacto contra su piel era suave y cálido, le transmitían el calor de su mano—. Pero podemos levantar un muro durante un rato.
—¿Te quedarás está noche?— quiso saber Sasuke una vez más, necesitaba aplacar las ansias que sacudían su interior, porque sabía que, al amanecer, la ilusión desaparecería.
Sakura se viró a él, besándole la frente.
—Esta habitación es mucho más agradable que un cuarto barato de hotel .
—Ven aquí— dijo Sasuke. Su suave voz ardía con una extraña fuerza.
El calor de sus besos la atravesó por completo. Sasuke la tomó de la cintura y le acarició el hombre desnudo con la boca al tiempo que la atraía más hacia sí.
Lo poco que quedaba de la entereza de Sakura acabo por romperse en su interior; los ojos se le llenaron de lágrimas. El azabache la estrechó entre sus brazos y la apretó con fuerza contra el pecho.
Ambos volvieron a recostarse en la cama sin decir una palabra. La verdad se había vociferado y el porvenir lucía más incierto de lo que ya era.
Ella le dio la espalda, pero Sasuke la rodeó con los brazos a la par que la atraía hacia sí. Estaba desnudo y desprendía un reconfortante calor, y su cuerpo, tan suave como el terciopelo, sosegó a Sakura.
La respiración del Uchiha le agitaba el pelo. La esperaba la oscuridad con todo el miedo, los recuerdos y las emociones que no soportaba, pero así, en sus brazos, era como si su mente se hubiese separado de su cuerpo; solo pensaba en la noche que había compartido con Sasuke y en la calidez de su abrazo. No quería pensar. Esa noche le bastaba con los sueños.
Por la mañana habría de enfrentarse a la pérfida realidad y las fútiles consecuencias de sus actos.
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El frío exterior era equiparable a la atmósfera silenciosa y gélida que reinaba dentro del vehículo. La carretera, que ya era difícil de por si, estaba muy resbaladiza. En un par de ocasiones imaginó el coche dando vueltas como una peonza. Agarraba el volante con tanta fuerza que le dolía la espalda y el cuello.
Volver a la casa que compartía con su marido no era la idea más brillante de todas, sin embargo, sentía la necesidad de llegar a una conclusión, fingir que al menos habían tenido un final.
Se suponía que Itachi debía ser el amor de su vida, el compañero, el socio, el esposo. Era todo lo que había soñado. Y ahora no podía evitar detestarlo, lo odiaría cada día de su vida. Era como si tuviera que cambiar cada célula de su cuerpo que lo adoraba por una célula que lo despreciara y rechazara.
El teléfono móvil resguardado en su bolso comenzó a sonar. La nueva Sakura no funcionaba como un cuerpo humano normal. No podía ocuparse como era debido de otros asuntos mientras conducía a la velocidad correcta por una carretera sinuosa donde podía perder el control. Estaba tan concentrada en llegar a casa que no tenía ni idea de lo que haría cuando arribara.
De lo único que tenía certeza era del fin de su matrimonio. Por más que intentase pretender que nada malo había sucedido, las cosas entre los dos jamás serían iguales, sobre todo después de haberse involucrado con Sasuke.
Su cerebro le mostraba una imagen tras otra de Itachi, todas ellas premonitorias. La imagen fugaz de Itachi, lanzando el cuerpecito de aquella niña por la pendiente. La imagen fugaz de Izumi , envuelta en un violento llanto. Sasuke, demasiado temeroso para comprender lo que estaba sucediendo.
Cerró los ojos con fuerza y presionó el acelerador, necesitaba llegar a casa lo antes posible. Itachi estaría en la oficina, lo cual le daría una ventaja de un par de horas para tomar lo verdaderamente indispensable y largarse de ahí en cuanto antes. La primera parte del plan estaba lista. Con lo de la venta de la casa de su madre y el apartamento, había adquirido un pequeño condominio cerca de la playa. Se aseguró de pagar todo en efectivo, si realizaba un movimiento con la tarjeta Itachi descubriría su escondite y su minuta arruinada.
Soltó un suspiro aliviado al otear la finca de cristal y ladrillo color arena, la cual, a primera vista, parecía la sede de alguna organización no gubernamental dedicada a la resolución de conflictos. Siempre la detestó.
Aparcó el auto unos cuantos metros alejado del estacionamiento principal. No le tomaría más de diez minutos resguardar un par de prendas en las maletas y salir huyendo. Se mudaría al piso de la costa mientras él estuviera fuera. Concretaría una cita con un abogado. Sería fácil. El mundo legal no la asustaba. Conocía a montones de gente. Saldría bien. Sería horrible, por supuesto, pero saldría bien.
Con andar decidido, atravesó el camino para coches que terminaba delante de la fachada. El corazón le golpeaba las costillas a causa del errático palpitar; las piernas le temblaban y sentía cómo si el aire se le hubiese solidificado en los pulmones.
—¿Sakura?
La voz incorpórea flotó en el ambiente. La aludida dio un respingo asustado. Dirigió una mirada al sitió donde había surgido el sonido. Shisui se presentó ante ella con un sobrio traje de oficina confeccionado a la medida de color índigo. Su cabello, tan oscuro como la tierra húmeda, lo llevaba peinado hacia atrás. La expresión de su rostro – a pesar de la belleza antinatural de sus facciones- era mortalmente seria; tenía los labios contraídos en una delgada línea y la mirada azabache, advirtió Sakura con preocupación, apagada. No había ni una pizca de sorpresa en su rostro. Tan sólo encontraba una profunda incertidumbre.
Respiró hondo para despejarse un poco la cabeza. Hablar con Shisui sería un riesgo, pero no hacerlo levantaría sospechas.
—Shisui, que sorpresa— sonrió o al menos lo intentó.
—Puedo decirlo— el hombre reparó en el aspecto desalineado de Sakura. Portaba la ropa del día anterior, a excepción de la sudadera que alcanzaba a asomarse por encima del cuello del abrigo. Las marcas cerúleas alrededor de las bolsas delataban la falta de descanso, como si hubiese salido de una interminable guardia de sesenta y seis horas—.¿Larga noche?— arqueó una ceja.
—Fue un turno particularmente infernal— respondió casualmente.
El azabache esbozó una sonrisa discreta a manera de entendimiento.
Nunca se consideró a si misma una mujer creyente, sin embargo, en ese instante, imploraba a cualquier ente divino clemencia; nada se le antojaba menos que prolongar la charla.
Discretamente, echó un vistazo a uno de los cristales de la casa: la vidriera proyectaba a la perfección su imagen, en conclusión, derruida. De camino a casa se detuvo en una gasolinera para comprar un kit con cepillo de dientes. Aún conservaba en su piel la mezcla de sudor y sexo bajo una ligera nube de menta y aloe.
—No ser maleducada ni nada por el estilo, pero ¿qué te trae por aquí?— quiso saber. La presencia de Shisui suponía un mal augurio.
—Necesito hablar con Itachi— replicó Shisui secamente.
—¿Respecto a qué?
—Sakura…
Shisui hizo una pausa. Más tarde, Sakura decidió que el pelinegro estaba anticipando el placer de comunicarle una mala noticia.
—Asuntos legales, meramente confidenciales.
La pelirosa mordió el interior de su mejilla. Algo andaba mal, podía notarlo en el rostro del Uchiha. Por su parte, ella desea con todas sus fuerzas dejar de hablar del tema, pero no encontraba la forma de expresarlo.
—¿No está en casa?— preguntó.
El cuestionamiento era absurdo puesto que el auto de Itachi no se encontraba en ningún lado.
—¿Cómo se supone que deba saberlo? Tu eres su esposa— rezongó el azabache.
Expulsó un suspiro cansino. Detestaba la ironía que teñía cada palabra pronunciada por el pelinegro.
—Vayamos adentro— sugirió al cabo de un segundo o dos—. Hace un frío del demonio.
Arrebujándose el abrigo hasta el cuello, extrajo del bolsillo la llave electrónica. En el vestíbulo imperaba la calma. Hacía cualquier rincón que contemplase no había atisbo de vida, todo lucía tan apagado e impersonal, tal como lo recordaba.
Colgó la bufanda y el bolso en el perchero. Esperaba disimular su propio estado natural con la intensa fragancia del aromatizante artificial.
La ausencia de Itachi le resultó extraña. Sin más opción, rebuscó el móvil entre las profundidades de la cartera de mano, pensó un instante antes de pulsar el numero y llevarse el celular al oído.
El buzón de voz de su marido saltó inmediatamente.
Ella frunció el ceño con ahínco. Se quedó esperando como si Itachi fuera a emerger por arte de magia desde el otro lado de la línea. Derrotada, pulsó el botón para terminar la llamada y dejó el móvil.
—No contesta— espetó.
—Lo sé, lo llame en tres ocasiones— remarcó.
Sakura cruzó los brazos a la altura de su pecho, buscando brindarse discreto consuelo. Emitió un sonido ahogado; entre un gruñido tenue y acceso de tos. La repentina desaparición de Itachi era de extrañarse, aunque probablemente estaba adelantándose a los hechos.
—Probablemente se encuentre en casa de sus padres— sugirió de manera inocente—. Mencionó que estaba ayudando a su padre a realizar un proyecto.
—Tal vez— concedió el pelinegro. Expulsó un suspiro sonoro y carraspeó un poco antes de continuar—. Hablare con él después. Pasare a buscarlo a la oficina en el transcurso de la tarde.
La pelirosa asintió con un vehemente movimiento de cabeza sin saber muy bien qué decir o hacer.
—Fue agradable verte, Sakura. Hasta pronto.
Estaba encantada de poder alejarse de él.
La manecilla del reloj siguió avanzando como si nada hubiera cambiado, y Sakura continuó de pie como si nada hubiera pasado, porque quería y podía hacerlo. Aunque no por mucho tiempo.
Contempló su teléfono, como si así pudiese entender lo que acababa de ocurrir. Con Shisui lejos, el peso de todo lo sucedido se le vino encima.
Atravesó el recibidor a trompicones y, victima de un ataque de nervios, se sentó en uno de los peldaños de la escalera y colocó la cabeza entre las rodillas, tal como solía aconsejarle a sus pacientes que hicieran cuando la situación era más violenta de lo que esperaba.
Se apoyó con fuerza del barandal. De haber existido la posibilidad de descansar, tal vez habría esperado hasta el día siguiente, o la noche siguiente, pero no podía aguardar, no podía hacer nada hasta terminar con ese asunto de una vez por todas.
Entró primero a la habitación principal. No había ingresado en ella desde la noche de la fiesta. Evitaba a toda costa transitar por ese sitió en especifico, porque tenía la impresión de que Izumi observaba todos y cada uno de sus movimientos.
Se dirigió al amplio armario y sacó tres abrigos más, jersey, pantalones vaqueros, blusas discretas. De los cajones de la cómoda sacó ropa interior y calcetines. Metió parte de sus pertenencias en una vieja bolsa de deportes, había decidido que una maleta atraería atención innecesaria.
Regresó a la habitación principal con el mero propósito de tomar algunas cosas del tocador; era como si un huracán hubiera arrasado con todo.
Temblorosa, tomó asiento al borde de la cama procurando mantener la compostura. Una vez que cruzara el umbral de la puerta principal no habría marcha atrás.
Al cabo de unos cuantos segundos, llegó a la conclusión de que probablemente podría dejar una nota de despedida, nada elegante o sentimental, sencillamente se trataba de un acto de compasión, un cierre simbólico, el mismo que Itachi le estaba negando.
Se puso de pie tan rápidamente que se mareó y tuvo que apoyarse en una de las mesitas de noche para no caerse. Con un temple de acero, deslizó las dos costosas sortijas que Itachi le había obsequiado como la muestra corpórea de su amor.
El corazón le dio un vuelco al arrancar de los rincones de la memoria el recuerdo de la noche de su compromiso. Estaba tan deslumbrada cuando contempló el anillo, una delicada obra de arte compuesta de diamantes. Lo que menos le interesaba era el valor, si Itachi le hubiese ofrecido una sortija de juguete habrá aceptado sin rechistar, tal como lo hizo en aquella ocasión, porque estaba enamorada, completamente maravillada por aquel hombre que, sin preverlo, terminaría arruinándole la vida.
Una vez más alcanzó el móvil para realizar una ultima llamada. El número de su esposo encabezaba la lista del registro. Lejos de detenerse a meditar sus acciones, pulsó el icono de llamada. El hipido tecnológico retumbo varias veces. Era un sonido que formaba parte de la banda sonora predeterminada del aparto.
Sakura entornó la mirada hacia el lugar donde provenía el pitido. Notó unas pulsaciones en la cabeza tan fuertes que, aunque estuviera pasando algo, no podría oírlo. Se aproximó a la mesita de noche y abrió la gaveta. Por un instante se dijo a si misma que había sido una alucinación, tal vez provocada por la paranoia del escape -esto se le acababa de ocurrir-, así como la ausencia de su marido.
Rebuscó entre los objetos, Itachi solía guardar cosas sin importancia en el buro; se topó con unos cuantos libros, las gafas de lectura y unos cuantos recibos viejos. Estaba a punto de darse por vencida cuando lo notó, allí entre los ejemplares de filosofía y drama.
El fin del mundo arribó cabalgando sobre un rumor que sonaba igual que el miedo. Sakura tomó el móvil con tanta fuerza, como si temiera que fuera a escapar, sintiendo como si un abismo se abriera bajo sus pies.
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Bajó la vista al teléfono que reposaba entre sus manos; el brillo de la pantalla le iluminaba el rostro consternado al mismo tiempo que su pierna se movía con insistencia, signo inequívoco de la ansiedad de la que era presa.
Podía llamar a sus padres y explicarle que su marido -extrañamente despistado- dejó el móvil en casa, de modo que necesitaba saber si se encontraba con ellos. O tal vez llamaría a su despacho, quizá su asistente tendría idea de dónde se encontraba su jefe.
Exhausta, resopló tan fuerte que un mechón del flequillo onduló en su frente. No, en realidad no había olvidado el celular en casa. Lo que veía ahora con una claridad brutal era que Itachi no podía haberse olvidado del móvil en el lugar donde ella lo encontró: entre los libros que leía antes de irse a dormir. Una persona no «olvidaba» algo tan importante como el teléfono en un lugar de inusual acceso. Eso no tenía sentido.
Ofuscada se desplazó de un lado a otro por el angosto pasillo, mordiéndose la uña del pulgar. Estaba nerviosa y lo veía todo negro, pero nada más.
Presionó el ícono de llamada. El teléfono de la oficina sonó seis veces antes de que el asistente contestara. Era la primera vez que se adentraba en el territorio laboral de su marido. En los siete meses que llevaban casados, nunca se vio en la necesidad de telefonear directamente al despacho, cualquier asunto que necesitara discutir lo atendía directamente con Itachi, no había intermediarios entre ellos.
—Corporación Anzai ¿en que puedo servirle?
La voz almibarada retumbó al otro lado de la línea. Tomó el móvil con manos trémulas y preguntó:
—Quisiera hablar con Uchiha Itachi, por favor.
Un zumbido extraño sonó al otro extremo de la línea.
—¿Quién lo busca?— quiso saber.
—La señora Uchiha.
—Se ha debido equivocar— respondió—. La señora Uchiha hace ya más de un año que murió.
Sakura permaneció de pie, mirando estúpidamente el teléfono, y hasta que no escuchó repetir el nombre por la voz del teléfono ahora le llegó más alta y con un tono de extrañeza, no se percató, al mismo tiempo que la sangre se le precipitaba al rostro en una oleada.
—Soy Haruno Sakura, la nueva esposa de Itachi— aclaró—. Quisiera comunicarme con mi marido, por favor.
—Perdone, Uchiha-san— dijo el chico tartamudeando, atropellándosele las palabras—. Fue un comentario imprudente de mi parte, desconocía que Uchiha-sama volvió a contraer matrimonio.
Apretó con fuerza el teléfono contra su oreja mientras la sangre comenzaba a hervirle. Por supuesto ¿por qué habría de sorprenderse? Lo más probable era que sólo unas cuentas personas estuvieran al tanto de su existencia.
Intentó tranquilizarse, no iba permitir que la furia acabara con el último remanente de cordura en su cerebro.
—Itachi-sama no se presentó a trabajar el día de hoy.
Al escuchar esas palabras, la campana de cristal se estrelló contra el suelo, dejando escapar un aire venenoso.
—No mencionó los motivos de su ausencia— continuó el chico—. ¿Se encuentra bien?
El oxígeno comenzó a desvanecerse lentamente, descomponiéndose en diminutas partículas que comenzaban a evaporarse en el ambiente junto al tenue eco de la voz al otro lado de la línea.
Sus piernas adquirieron la sostenibilidad de dos ramas delgadas; el mundo a su alrededor daba vueltas, emulando el ritmo inquietante de su corazón.
¿Dónde estaba Itachi? ¿Dónde se encontraba y por qué no se ponía en contacto con ella? ¿Cómo osaba desaparecer de esa manera? Sakura no sabía qué decirle a su familia, ¿no había pensando en eso? ¿Qué le diría a sus padres? ¿Y a Sasuke?
—¿Se encuentra bien? ¿acaso está enfermo?— cuestionó el chico, sonando igual o más nervioso que Sakura.
—Todo está bajo control, no hay nada de qué preocuparse— lo tranquilizó—. Solamente llamaba para hablar con él, dejó el móvil en casa.
—Es una pena, y algo sumamente inusual en él.
Sakura tragó grueso. Nunca había estado tan preocupada por su marido. No recordaba haber tenido nunca tanto miedo.
—Lo lamento, debo colgar ahora mismo— anunció.
Debió mostrarse convincente porque el chico la dejo marchar.
Colocó el teléfono a lado de ella y exhaló con fuerza. Su mente se encontraba inmersa en una incesante marcha de ideas que la agobiaban, teniendo como sonido de fondo las primeras palabras pronunciadas por aquel joven.
—¿Sakura?
Oyó que alguien la llamaba, pero no pudo reconocer de quien se trataba, era como si se dirigiera a ella en un dialecto desconocido. No tenía fuerzas para descifrarlo.
—¿Sakura? ¿estás bien?
Ino repitió su nombre a la par que reposaba a lado de ella, luciendo igual o más consternada.
—Lo siento ¿decías algo?— preguntó, confundida.
La rubia estrujó los labios hasta formar una delgada línea recta.
—Preguntaba si te encuentras bien— repitió, realizando las pausas necesarias para conferirle a su voz la inflexión de quien cree estar dirigiéndose a un niño pequeño—. Luces cansada y… preocupada.
Sakura suspiró un tanto derrotada; no sabía si sentirse aliviada o verdaderamente consternada. Su marido había desaparecido. Era como si Itachi hubiese previsto los sucesos de la noche anterior.
—No puedo encontrar a Itachi, Ino— soltó de repente sin despegar los ojos del suelo, esquivando la mirada inquisidora de la Yamanaka.
—¿De qué estas hablando?— alegó.
—No sé dónde está Itachi. Creí que estaría en casa o en la oficina, pero ya no estoy segura.
—¿Ya lo llamaste?— preguntó Ino.
—Si, claro que lo intenté.
En un remoto lugar del interior de su ser, un sitio tan escondido que Sakura ni siquiera sospechaba de su existencia, algo pesado y metálico pareció abrirse con un chirrido y dejó escapar una idea terrible: todo lo que se había erguido en torno a ella estaba a punto de confluir.
Ino echó una ojeada distraída a su alrededor para asegurarse de que no había nadie conocido.
—¿Tú qué crees que sucedió?— su voz adoptó un tono más intimo.
La pelirosa se encogió de hombros. La vida con Itachi no era nada más que un espejismo. Durante todos esos meses de matrimonio estuvo inmersa en una vorágine de mentiras; conforme los esqueletos salían del armario una nueva verdad se desvelaba.
—No sé qué creer— confesó en un tono quedo—. No sólo dejó su teléfono. Es como si hubiese arreglado todo para que no lo pudieran contactar.
La rubia sacudió la cabeza más consternada que molesta.
—¿Sus padres están al tanto de la situación?
Sakura negó.
—¡Sakura!— Ino la reprendió—. ¿Por qué no los has contactado?
De las profundidades de sus pulmones, la pelirosa soltó un largo y pausado suspiro.
—No quiero alarmarlos, no aún. Probablemente todo sea un mal entendido— dijo en voz alta a manera de consuelo. Necesitaba asegurarse que todo eso fuese una broma.
Las palabras de la ojiverde quedaron suspendidas en el aire; la delicadeza de la coyuntura cargó de tensión el ambiente. No deseaba continuar hablando del tema, aún así, tampoco podía ignorarlo.
Dio un respingo asustado al escuchar la puerta abrirse. A la habitación ingresó un joven interno con semblante mortificado.
—¿Doctora Haruno?— la llamó tímidamente, sopesando si debía proseguir con su camino o no.
—¿Sí?
—Dos policías la buscan en el lobby— anunció cauteloso.
La rubia abrió sus ojos azules como platos. Ambas mujeres se irguieron al mismo tiempo, la primera con la plena intención de hablar con los detectives, la segunda con deseos de impedirlo.
—Ino, tranquila, está bien— masculló—. Hablaré con ellos. En caso de qué suceda algo malo te llamaré ¿está bien?
—Sakura…— susurró a la par que la envolvía en un fuerte abrazo.
Aguardó un momento; le faltaba aire, como si la hubieran pateado.
La presencia de los detectives indicaba que algo andaba muy mal. Tenía la sospecha de que aquella visita estaba relacionada con Izumi, la periodista se lo había advertido. A menos que esa mujer mintiera. Siempre existiría la posibilidad.
Respiró profundamente y soltó el aire, proporcionando oxígeno. A medida que se desplazaba por el inmaculado pasillo del sanatorio todo a su alrededor se oscurecía y luego se aclaraba. Podía sentir el ácido revolviéndosele en el estómago y trepando por su garganta; la cabeza le daba vueltas.
Las piernas le temblaban tanto que estuvo a punto de trastabillar y caer al suelo. Lucir estoica supondría un esfuerzo titánico dadas las circunstancias.
Los detectives entraron en su campo de visión al doblar en la esquina; en ese instante, el guardia que custodiaba la entrada alzó la cabeza y la señalo, los dos individuos se giraron al mismo tiempo, como si se tratara de una coreografía.
Nuevamente tomó una enorme bocanada de aire con la intención de sosegarse un poco. Necesitaba pensar claramente y responder a todos y cada uno de sus cuestionamientos sin miedo, de lo contrario aquel encuentro tendría un mal desenlace.
—¿Doctora Uchiha?
Uno de los detectives era alto, esbelto, de cabellera plateada. Portaba una impecable gabardina gris y debajo de está un estilizado traje sastre hilvanado a la medida. El otro lo igualaba en estatura y vestía una chaqueta elegante de cuero.
—Haruno Sakura, si— detestaba que la gente diera por hecho que había adoptado el nombre de su marido al casarse— ¿Qué ocurre? — les preguntó.
Los policías intercambiaron miradas.
—Doctora Uchiha, soy el detective Shiranui— se presentó el de la chaqueta de cuero, le extendió la placa de identificación, sólo para disipar las sospechas.
—Haruno— susurró, hastiada—. Mi nombre es Haruno Sakura.
—Disculpe si la hemos interrumpido— terció el otro policía.
Sakura los contempló, era como si su mirada fuera al ralentí y dejara un trazo pintado tras de ella.
—Hatake Kakashi— dijo el peliblanco.
Le tendió la mano a Sakura. En un acto reflejo ella se la estrechó, aunque no era consciente de ello. Su cuerpo actuaba de forma automática, desechando cualquier orden impuesta.
—Detectives— masculló en reconocimiento cruzando los brazos a la altura del pecho.
—Lamentamos aparecer sin avisar. Acudimos a buscarla a casa, pero no obtuvimos respuesta— dijo Kakashi.
Sakura sintió que un enorme balde de agua helada se derramaba sobre su cabeza, empapando su cuerpo y recorriendo sus venas.
—¿En qué puedo ayudarles?
—¿Le importa que hablemos un momento? ¿En un sitio más privado?— preguntó el castaño en voz baja.
La pelirosa resopló derrotada. No había forma de evadir el interrogatorio. Si quería escapar de esa situación debería responder lo que sabía para calmar la hambrienta curiosidad de los investigadores.
Ella asintió. Una vocecita dentro de su cabeza la obligó a ponerse en guardia. Pensó en llamar a Sasuke para explicarle lo que estaba ocurriendo, pero ya era demasiado tarde.
Sin mediar palabra, y bajo el escrutinio incauto de los ahí presentes, los dirigió hacía una de las terrazas del hospital. La tarde era gélida; el ocaso arrebol un premonitorio del invierno.
Los invitó a tomar asiento en las arcaicas butacas, nadie disponía de esos sitios, salvo para fumar o despejarse un instante. Estaba segura que ninguna persona se atrevería a molestarlos, se encontraban demasiado absortos en sus deberes para prestarle atención.
—¿Cuánto tiempo lleva casada con Uchiha Itachi?— preguntó Hatake. Sacó una libretita de notas del bolsillo de su elegante gabardina.
—Siete meses— respondió Sakura.
—Recién casados, la temporada de la luna de miel— agregó Genma.
«O del infierno en persona», pensó ella. Contuvo el impulso de poner los ojos en blanco. Los detalles de su vida matrimonial no debían ser del interés de los detectives.
—¿Cómo se conocieron?— indagó Kakashi.
Giró la mirada hasta caer de nuevo en la profundidad de los ojos oscuros del investigador. Tenía la impresión de que era capaz de adentrarse en ella hasta dejar su alma al desnudo.
—Fue mi paciente en mi último año de residencia en Kumogakure. Sufrió una fractura a causa de una caída— relató, esperando transmitir tranquilidad al dúo frente a ella—¿Esto es relevante?— quiso saber.
El peliblanco exhaló un suspiro extrañamente musical.
—¿Sólo pregunta cosas importantes? — cuestionó con una media sonrisa.
Aquellas palabras habían sido tremendamente concretas. Sakura miró a un detective y luego al otro. Los dos portaban una mueca mortalmente seria.
—¿Sabía que su esposo estuvo casado anteriormente?
Ante la pregunta, Sakura sintió la aceleración en su pulso cosquillearle en la piel. Por supuesto que lo sabía, no de forma inmediata, pero la presencia de Izumi era una constante en su matrimonio. Tal secreto los había dirigido a la ruina.
—Sí, estaba al tanto— mintió.
Shiranui asintió con la cabeza y tomó nota en su cuaderno. Ambos plasmaban con discreción todas y cada una de las respuestas de Sakura.
—¿Qué sabe de Uchiha Izumi?— interrumpió el castaño.
La ojiverde tragó grueso. Estaba nerviosa. Jodida y terriblemente histérica. Si desvelaba más información de la necesaria acabaría metiendo en problemas a Itachi, sin embargo, lo que más le preocupaba era Sasuke. Si el caso era reabierto, el menor de los Uchiha se posicionaría como el principal sospechoso.
—No mucho— replicó con cierto tono de culpa—.Tan sólo que estaba casada con mi esposo, se conocían desde niños.
—¿Está al tanto de las extrañas circunstancias de su muerte?— Kakashi apartó la mirada del cuaderno para reposarla nuevamente en ella.
Un silencio ensordecedor perforó los oídos de cada uno de los presentes. Sus manos temblaron frente a ella.
—Si, lo estoy y me parece lamentable— se encogió de hombros.
—Lo es— coincidió—. Por esa razón estamos aquí. Aún quedan muchas dudas en el aire ¿no lo cree?
Sakura los contempló, intentando dilucidar quién había hablado, como si pudiera leerlo en sus gargantas.
El movimiento que generó Kakashi al descansar la espalda en el respaldo de la silla compuso un sonido molesto, chirriante, advirtiendo a Sakura que debía enfocarse en sus palabras.
—Retomando la pregunta del antiguo matrimonio de su esposo ¿lo mencionó cuando estaban saliendo?
—No lo hizo.
—¿Cómo es eso?— Genma enarcó una ceja.
Ella dejó escapar un suspiro exasperado.
—Lo supe tres meses después de la boda— soltó de bocarrajo.
—¿Qué fue lo que dijo respecto a Izumi Uchiha?
—No mucho— replicó titubeante—. Tan sólo mencionó que se había suicidado. No me pareció apropiando ahondar en el tema porque pensé que sería doloroso traerlo a flote, as que me mantuve al margen.
—Decidió ignorarlo— concluyó Kakashi—. ¿No le parece extraño?
Sakura estaba molesta. ¿Qué información podría otorgarles a ambos cuando ella estaba en busca de respuestas? Lo sucedido con Izumi era lamentable, no obstante, las causas que la orillaron a quitarse la vida lo eran aún más.
—¿Desea corregir su primera declaración?— preguntó Genma en tono amable.
Declaración. Aquella palabra rondaba la cabeza de Sakura desde hacía ¿cuánto tiempo? Diez minutos. Pero diez minutos era mucho tiempo. Tal vez a quien debía llamar primero era a Shisui.
—¿Señora Uchiha?— preguntó Genma.
—Miren— contestó Sakura alzando los brazos—. Estoy dispuesta a responder las preguntas, desde luego, pero no entiendo cómo puedo ayudarles. No se nada de Izumi. Es terrible lo que le ha pasado, ni siquiera se lo que ha ocurrido— protestó, elevando la voz—. Pero, sea lo que sea, estoy convencida de que no tiene nada que ver conmigo.
Los detectives la vislumbraron con expresión extrañamente satisfecha, como si hubieran estado esperando ver en ella una muestra de debilidad. Sakura lamentó inmediatamente haberles ofrecido esa exhibición de exasperación, pero quería acabar con eso en ipso facto.
—Doctora Haruno— dijo Hatake—. Lamentamos haberla molestado. No es nuestra intención retenerla más tiempo. Me gustaría hablar con su marido, si no le importa ¿Se encuentra en su oficina?
Sakura los miro fijamente. No tenía una respuesta para esa pregunta, ni siquiera ella conocía el paradero de su marido.
—¿Hay algún problema?— preguntó el otro detective.
—Bueno, es que mi marido no está en su oficina. Se encuentra en Kumogakure por motivos de trabajo.
—Oh, es una pena— dijo el peliblanco.
Genma la miraba fijamente, pero Kakashi se levanto y sacó su billetera. Extrajo una impecable tarjeta y se la entregó.
—Aquí tiene mi móvil— añadió, señalándolo con el dedo índice—. Si su esposo regresa pronto, no dude en llamarme— decretó.
—Muchas gracias— dijo Sakura.
Les tendió la mano, también de forma automática. Estaba encantad de poder alejarse de ellos, pero Kakashi no la soltaba.
En un gesto poco profesional, se aproximó a ella, tanto que podía sentir su cálida respiración en el cuello.
—Ya sé que intenta protegerlo. Pero no lo haga. Sólo emporará las cosas— susurró Kakashi.
Una expresión afable adornaba las anodinas facciones del investigador.
«No sé de qué me está hablando», dijo ella para sus adentros.
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Sabía que debía llamar a Sasuke, pero no se le ocurría cómo comenzar. Tenía miedo. Tenía miedo justificado. Dejó atrás el hospital, caminó hasta el estacionamiento en busca del coche.
Las piernas le temblaban y no a causa del frío. Su estado anímico fluctuaba del terror absoluto a la furia cegadora. Veía el mundo a través de un frenético baile de luces estroboscópicas que seguían el mismo ritmo que su pulso.
Con las manos trémulas y los dedos entumecidos por la gélida brisa, rebuscó en el bolso de su abrigo el móvil. Tan rápido como lo encontró, rebuscó en la lista de contactos el número del azabache y, sin más preámbulos lo llamó. Rompió a llorar antes de acertar a decir poco más que su nombre.
—Sakura— resonó la voz de Sasuke al otro lado de la línea—. ¿Qué pasa? ¿estás bien?
Mordió su labio inferior al mismo tiempo que lloraba sin parar; ni siquiera se le ocurría qué decir. Un dardo se había clavado en la diana con un ruido sordo.
—¿Dónde estás? Iré a encontrarte ahora mismo.
—Sasuke, hoy…Itachi— dijo, antes de volver a derrumbarse.
Respiraba entrecortadamente entre sollozos que arrancaban de lo más hondo de sus entrañas y la obligaban prácticamente a doblarse hacia delante.
—¿Qué pasa con Itachi? ¿Te hizo algo?— exhortó.
—Se está volviendo muy duro— susurró.
—Sakura, háblame ¿Qué ha pasado?
La voz de Sasuke era dura y apremiante, como unas manos sobre sus brazos zarandeándola.
—Dos detectives vinieron a buscarme para hablar del caso de Izumi— dijo al fin con un hilo de voz.
—Mierda…— masculló el Uchiha.
—Lo sé.
Sakura se secó las lágrimas y maldijo en voz baja. Apenas podía ver con claridad. Se sentía como si estuviese atrapada en melaza y nadie la dejase limpiarse los zapatos.
—¿Dónde estás?— inspiró Sasuke profundamente.
—En el hospital.
—Iré a buscarte ahora mismo, llegare en unos cuantos minutos.
—No, no— lo detuvo—, no es necesario que lo hagas, yo misma iré a tu apartamento, hay algo que debo contarte, será mejor que lo haga en persona.
—Esta bien— concedió—. Te estaré esperando.
Un golpe sordo en la diana.
—¿Sasuke?
—¿Sí?
—Quiero hacer las maletas y marcharme.
Un prolongado silencio imperó en la línea.
—¿Adónde iremos?— preguntó el aludido.
—¿Qué tal Oto? Podemos conseguir un apartamento allí.
—Sí.
Presionó el teléfono contra su oreja hasta notarla caliente y entumecida.
—Quiero estar contigo, Sasuke. Vayámonos a otro lugar.
—Has perdido la cabeza. Ahora mismo preparare las maletas.
Sakura colgó y rió aliviada, a continuación, rompió a llorar. Apretó el teléfono contra su mejilla hasta que se dio cuenta que era una tontería y lo resguardó en la bolsa del abrigo.
Disipó el rastro húmedo de las lagrimas con el dorso de la mano. Ahora mismo se encontraría con Sasuke y todo estaría bien.
Tomó las llaves del auto e ingresó. Dispuso el bolso en el asiento vacío y echó un vistazo por el retrovisor.
Palideció al instante al vislumbrar a Itachi en la parte trasera del coche. El aire se le solidifico en los pulmones. Mientras boqueaba, el pánico enturbio sus procesos mentales, reduciendo su capacidad neuronal a niveles realmente patéticos.
Alcanzó la manilla de la puerta, pero antes de conseguir escapar, Itachi colocó una mano sobre su boca y la obligó a permanecer en su asiento.
—No grites— le ordenó en voz baja—. No grites. Escúchame, Sakura, yo no la maté ¿está claro? Yo no la mate.
Utilizando toda la fuerza de voluntad en ciernes, se removió bajo su agarre, inquieta. La mano ahogaba los gritos de terror, estrujándola dolorosamente.
—Te lo explicaré todo, pero por favor no grites— susurró.
Cauteloso, Itachi aflojó el agarre. Sakura boqueó desesperada, pretendiendo abastecer sus pulmones de oxigeno.
—Hazlo ahora mismo— logró decir con la boca seca.
—Aquí no— se negó el Uchiha.
—No iré a ningún lado contigo— siseó.
Itachi emanaba un aura de tétrica autoridad que jamás había contemplado. Con los nervios a flor de piel, se armó de valor para sostenerle la mirada; sus ojos verdes lo divisaron con tiento cuando el entrecejo del pelinegro pareció fruncirse acentuadamente.
—No te lo estaba sugiriendo, Sakura— Itachi murmuro—.Se que estuviste en el apartamento de Sasuke toda la noche.
Los ojos de la pelirosa se abrieron como platos.
—C-cómo…— fue lo único que pudo recitar con el ápice de oxigeno que aun residía en sus pulmones.
—Ambos tenemos nuestros secretos ¿no es así?— respondió a secas—. No te preocupes, llegó el momento de decir la verdad.
Continuara
N/A: ¡Lamento haber desaparecido durante tanto tiempo! Espero, de todo corazón, que la actualización baste para redimir mi ausencia.
Estos últimos meses fueron un caos, con la universidad, el trabajo y mis demás obligaciones me era imposible encontrar un rato libre para escribir. Aunado a esto, enfermé y mi salud mental se vio afectada.
Me tomó más tiempo de lo que esperaba escribir este capítulo, pero a final de cuentas resultó tal y como lo deseaba.
Dentro de lo que cabe, estamos adentrándonos en la recta final de la historia. En esta ultima parte descubriremos todas las verdades y cada uno de los involucrados obtendrá su merecido.
Me gustaría ahondar más en el tema, sin embargo, reservaré mi opinión para la siguiente entrega.
Como siempre, mil gracias por leer, agregar la historia a favoritos o darle follow, su apoyo me motiva continuar 3 una vez más, espero que el capítulo sea de su agrado :3 así también, gracias totales por sus reviews, sus comentarios son de mucha ayuda y me encanta leerlos, tomo en cuenta todas y cada una de sus opiniones puesto que esto me permite mejorar, aun si se trata de un hobby.
Sin nada más que decir, les envió un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren.
¡Cuídense mucho!
Nos leemos pronto.
Bye, bye :D
