Disclaimer: Los personajes de Naruto, así como el universo donde se desarrolla la historia no me pertenecen ni son creaciones mías, todo es obra de Masashi Kishimoto.

Capítulo 21

El susurro de las cosas rotas

Cuando despertó aquella mañana, lo primero que hizo al salir de la cama fue asomarse por la ventana; la hierba estaba cubierta por un manto de rocío. Una blanca neblina envolvía las calles. El aire estaba frío y la brisa, alegre, juguetona, perfumada con la esencia del invierno.

Todo lo ocurrido en las semanas anteriores se le antojo lejano y ficticio. Las cosas seguían su curso, sin que su angustia y temor tuvieran eral poder de alterarlo.

Caminó al cuarto de baño y abrió el grifo de la bañera. Al hacerlo se dio cuenta que su actuar era mecánico la mayor parte del tiempo, pero aquella mañana hasta las cosas mas nimias las hizo conscientemente.

Se despojo de la ropa e ingresó a la bañera, con el mentón en las rodillas mientras el agua iba envolviéndola poco a poco. La habitación olía a jabón de frutos rojos y el aroma viscoso y dulzón del sexo femenino.

Un recuerdo acaparó su atención mientras cerraba los ojos y se sumergía en el agua.

Uyemura Gen— dijo Shisui a la par que colocaba un folder beige sobre la mesa.

¿Qué?— preguntó sin comprender muy bien lo que el abogado quería decir.

Es la tía de Izumi— aclaró con seriedad—. Sólo ella puede darnos las respuestas de todas nuestras preguntas.

No sabia lo que le esperaba al final del viaje. El futuro era una incógnita . Allá, al norte de la ciudad, vivía una mujer que jamás había oído mencionar hasta ese día, y, sin embargo, la vida de Sasuke e Itachi estaban en sus manos.

Cuando volvió a la alcoba comenzó a vestirse. Se puso los vaqueros, la blusa y un abrigo. Estaba a punto de secar su cabello cuando oyó el repiqueteo insistente de su celular.

—Sakura, soy Shisui— saludó bruscamente al otro lado de la línea.

—Qué tal— respondió sin rastros de animosidad en su voz.

—Sólo llamaba para saber como estabas.

Sakura esbozó una sonrisa ante la patética excusa.

—Me encuentro bien, mejor que nunca— admitió. Poco a poco, la calma volvía a su vida.

—Es bueno escuchar eso— suspiró—. ¿Estás lista para el viaje?— quiso saber.

La pelirosa sintió que su columna se ponía rígida. Echó un vistazo hacia la mesita de noche; en la superficie se vislumbraba un pequeño papel con una dirección plasmada. Aquel era su destino. Allí encontraría las respuestas que tanto necesitaba.

—Si, lo estoy— contestó.

—Bien— masculló—. Itachi no sabe nada de esto. Estaré todo el día en la oficina, esperando a que llames.

—No te preocupes, lo hare.

Sakura contempló el papel durante un momento, aturdida; después le dio las gracias a Shisui y prometió llamarlo más tarde. Le temblaban las manos.

Al abandonar el apartamento y antes de subir al coche, tanteó la bolsa del abrigo para extraer la cajetilla de cigarros que últimamente llevaba consigo.

Hacia dos años que no fumaba, desde la noche en que salió por primera vez con el apuesto arquitecto. Cuando inhalaba y contemplaba cómo se elevaba la blanca nube de humo se sentía como si desde el momento en que conoció a Itachi hubiera pulsado un inmenso botón de pausa. Sólo ahora aparaba el dedo para ponerse en marcha otra vez, y de repente volvió a ese preciso momento, volvía a ser una residente con las grandes decisiones y los momentos importantes todavía delante de ella.

Lo que Sakura sentía en ese instante no era dolor exactamente. Inhaló una nueva bocanada de humo y lo expulsó, mirando cómo se elevaba. Hubo un tiempo en el que le gustaba fumar, aún así lo consideraba un hábito desagradable, nefasto para el cuerpo. No era una ignorante, y tampoco masoquista. La noche de la primera cita con su marido, Sakura volvió al apartamento que compartía con Ino, salió a la escalera de incendios para fumar sus últimos cigarrillos mientras pensaba en Itachi y en lo que él quería hacer con su vida. Ella nunca le contó que fumaba. No era relevante, aunque todos los acontecimientos importantes de su vida empezaron esa noche.

Sakura sacudió la cabeza. Lo que importaba era que había cometido un error y lo arrastró sin darse cuenta durante demasiado tiempo. Y ahora estaba allí en una mañana de invierno, aterrada, paralizada, comportándose como una adolescente.

Inhaló una última bocanada de humo y lanzó la colilla al suelo. Ahora mismo se embarcaría en un viaje en busca de la verdad.

Subió al coche tan rápido como sus manos entumecidas le permitieron desbloquear la puerta e ingresar la llave al clutch. Encendió el motor y condujo en dirección hacia la carretera interestatal.

Comenzaba a nevar, las carreteras podrían ser peligrosas, así que se dedicó a desplazarse a la velocidad correcta, podría haber hielo en el pavimento. Estaba tan concentrada en llegar al lugar que indicaba su GPS que no tenía ni idea de lo que haría cuando llegara.

Por lo menos conocía el camino. Lo había recorrido en un par de ocasiones que se le antojaba un camino mítico.

Los arboles raleaban frente a ella y se abría un espacio despejado y desnudo. La carretera corría recta en ambos sentidos, ligeramente por encima del nivel del bosque.

La luz del día, vacilante y tenue, se metió dentro del bosque furtivamente, como un soplo helado, se enredó entre las cortezas y las ramas caídas de los árboles, y paso por los troncos y ramas desnudas, otorgando así forma y sustancia a la oscuridad y el misterio.

Al cabo de una hora y media de trayecto, la pelirosa penetró en la selecta zona residencial de Konohagakure. Echó un vistazo a la pantalla del celular para asegurarse que estaba en el lugar correcto. Con el aire contenido en sus pulmones, aparcó el coche a una distancia prudencial y decidió recorrer el resto del camino a pie.

Mientras camina por la calle principal, no pudo evitar detenerse en el camino y admirar algunos de los frisos ornamentales, ventanas con marcos de madera y puertas de entrada elaboradas en las hermosas casas restauradas de estilo minimalista. No había dos fachadas iguales: cada una combinaba diferentes elementos. Cuando Sakura era niña, deseaba vivir en un sitio similar. Mientras recorría el barrio de regreso a casa, fantaseaba con poseer una de esas amplias mansiones, con su marido, dos hijos y probablemente un perro. Era un sueño infantil, por supuesto, en primera porque no contaba con el dinero suficiente para adquirir una propiedad en esa zona y, segundo, porque su matrimonio había sido un rotundo fracaso.

Pasó junto a un alto muro blanco por encima del cual asomaban densos y altos arbustos de buganvilia. Se detuvo frente a un par de puertas negras que bloqueaban la vista al interior de la mansión. Revisó que el número de la placa dorada coincidiera con e de la dirección que Shisui le había enviado la noche anterior, lo último que se le antojaba era llamar la atención, nadie podía saber la razón del porque se encontraba allí.

Presionó el botón del interfón y aguardó. Se arrebujó en el abrigo, seguía teniendo frio.

—¿Quién es?— preguntó una voz femenina al otro lado de la línea.

—Estoy buscando a la señora Uyemura— anunció.

Escuchó a la otra persona lanzar un suspiro cansado.

—Si se trata de otro periodista la señora no otorgara ninguna entrevista, será mejor que se marche antes de que llame a la policía— amenazó.

Sakura cerró los ojos un instante. No podía darse el lujo de arruinar aquello, probablemente sería la primera y única oportunidad que tendrían para esclarecer las cosas antes de que el juicio de Sasuke iniciara.

—Le aseguro que no soy reportera— le explicó con rapidez—. Mi nombre es Sakura…Uchiha Sakura, soy esposa de Itachi.

Durante un minuto o dos el silencio imperó.

La puerta delantera se abrió automáticamente, permitiéndole el ingreso a la opulenta mansión.

No muy lejos de donde se encontraba vislumbró a una chica con un uniforme de criada en blanco y negro con volantes.

La mansión de la señora Uyemura forma una curva de piedra blanca de tres pisos de altura al final de un camino de ladrillo flanqueado por zonas de césped cuidadosamente recortado, percato como un campo de golf. Había unos cuantos jardineros podando setos.

—Usted debe ser Uchiha Sakura

Sakura asintió y ella abrió la cerradura para permitirle entrar.

—Por aquí, por favor— le indicó con ensayada amabilidad.

Al entrar al vestíbulo delantero, Sakura pudo ver los detalles de la habitación cuidadosamente adornada. El piso era un elaborado mosaico de baldosas cerámicas pintadas con un patrón florar negro, y las pantallas de madera dorada intrincadamente talladas creaban una partición entre la habitación del frente y el resto de la casa. La pieza central de la sala era un retablo victoriano contra la pared de fondo con la escultura de una figura masculina desnuda tallada en mármol.

Se topó con otra persona, una mujer alta, flaca, vestida de negro de pies a cabeza, de pómulos salientes y grandes ojos hundidos, que daban a su cara, blanca como una hoja, el aspecto de una calavera encima de un esqueleto.

Se dirigió a ella, en un acto reflejo, la pelirosa le alargó la mano, envidiando su dignidad. Compostura, pero cuando la estrecho notó que la suya estaba fláccida, pesada, mortalmente fría, y se mantuvo en la de ella como algo sin vida.

—Bienvenida, Uchiha Sakura. La señora Uyemura la recibirá en un momento— comenzó a hablar, conservando aun la mano en la de ella, fijó sus hundidos ojos sobre los de ella, hasta que variaron u huyeron, al mismo tiempo que la embargaba una sensación de agobio y bochorno.

Antes de responder, aquella dama la llevó hacia la biblioteca, cerrando las puertas en cuanto hubieron entrado.

—Por favor, tome asiento— le indicó; la voz monótona—. ¿Desea algo de beber? La señora pronto tomara el té.

El cuarto era sosegado, cómodo, las paredes estaban cubiertas de exquisitos cuadros y fotográficas. Había unos enormes sillones en el centro y los anchos ventanales daban sobre las extensiones de césped.

Se respiraba un perfume añejo y tranquilo, como si se ventilara rara vez, a pesar de la fragancia de primavera que daban las lilas y las rosas durante todo el principio de verano.

—Cualquier cosa que la señora beba está bien— dijo.

Sakura tomó asiento en el borde del sillón. La repisa de marmolea la derecha y el espejo de encima eran sombras que captaba con el rabillo del ojo.

Antes de marcharse, la mujer realizó una reverencia. Probablemente se trataba del ama de llaves, no era extraño que las familias ricas hospedaran a los trabajadores en sus amplias mansiones, mantener a flote una casa de ese tipo requería esfuerzo, trabajo arduo y mucho tiempo.

Mientras contemplaba el paisaje por la ventana, Sakura sentía un miedo creciente. Lejos de preparar un discurso monótono para exponer los motivos de su visita, una elegante mujer ingresó a la sala.

La pelirosa se levantó del sillón en acto reflejo. Lo primero que capturaron sus fanales esmeraldas fueron las manos nudosas cargadas de diamantes. Gen Uyemura era una dama menuda, de pelo rubio ceniza, nariz respingona y ojos azules. Tenía las cejas depiladas en finas líneas arqueadas, lo que le proporcionaba una mirada de sorpresa permanente, o agraviada, como la de un niño asustado, pero sus párpados tenían expresión fatigada. Alguna vez su nariz debió de haber sido bonita, pero ahora era demasiado pequeña en relación a la cara. De las comisuras de sus labios arrancaban dos líneas descendentes, y entre éstas sobresalía su barbilla, apretada como si se tratase de un puño.

—Buenos días, Uyemura-sama— se apresuró a saludar tan pronto como sus procesos neuronales recobraron el curso habitual—. Mi nombre es Uchiha Sakura, lamento molestarla.

—Ha pasado mucho tiempo desde la ultima vez que me visitó un Uchiha— por inercia, el cuerpo de la pelirosa se tenso, encontrándose con unos ojos azul implacable que la inspeccionaban de pies a cabeza—. Sin lugar a dudas tienes un aspecto particular— sonrió.

La pelirosa emuló cada una de sus acciones, como si fuese un espejo.

—Takako mencionó que eres la nueva esposa de Itachi ¿cierto?— enarcó una delgada ceja.

Sakura asintió tímidamente.

Gen tomó un cigarrillo y lo puso entre sus labios para encenderlo. Mientras lo sujetaba, los labios se le veían finos, enmarcados por esas líneas verticales que solo se aprecian en los anuncios de cosméticos.

—Pobre criatura— lanzó algo así como una carcajada y luego tosió.

Takako —la mujer que la había dirigido a la habitación—, regresó con una bandeja en manos; ceremoniosamente situó la tetera y una taza frente a cada una de ellas, vertiendo liquido humeante y caliente.

—No puedo culparlo— continuó diciendo la señora Uyemura—. Itachi es un hombre joven, siempre tuvo una debilidad por las chicas lindas, tu eres una chica linda.

Sakura se sonrojó. Menos mal que la fiebre del primer amor solo se pasaba una vez. Arropada en la benévola armadura de la madurez, aquellas diminutas punzadas en forma de palabras solamente conseguían arañarla.

—¿Conoce a mi marido?— preguntó. Inusitadamente, la sonrisa pueril y la cabellera grisácea que enmarcaba aquel envejecido rostro, se le antojaron repulsivas.

Ella asintió contenta.

—Por supuesto, él e Izumi eran inseparables. Tan pronto como iniciaron su relación ella decidió presentárnoslo— otra carcajada y volvió a toser—. Lo conozco desde que era un adolescente.

Las facciones de Sakura se endurecieron de forma instantánea. Incomoda, carraspeó un par de veces a la par que se removía en su asiento, inquieta.

La señora Uyemura dio una calada y largó una bocanada de humo.

—Supongo que estás aquí para hablar de mi sobrina ¿cierto?

Sus ojos se encontraron nuevamente; la expresión afable ya no era visible en el rostro endurecido por una mueca de absoluta seriedad.

Sakura tragó grueso al tiempo que un afanoso espasmo le recorría cada nervio del cuerpo. No consiguió responder; un nudo prieto acababa con las palabras a la par que un agorero presentimiento la azuzaba desde lo más profundo de su ser.

—En ese caso necesitaras una bebida más fuerte— advirtió—. Takako, sírvenos un trago de la mejor botella de sake, después de todo, es una ocasión especial y Sakura es una invitada importante.

La aludida asintió y, una vez más, salió de la habitación.

—¿Por donde debería comenzar?— se cuestionó la mujer en voz alta.

—Por el inicio— susurró Sakura.

La anciana sonrió ampliamente ante el sagaz comentario de su invitada.

—Izumi tuvo una infancia complicada— empezó a decir con el cigarrillo entre los labios—. Su madre fue internada en un hospital psiquiátrico luego del fallecimiento de su segunda hija.

Sakura palideció de golpe y parpadeó en dos ocasiones, anonadada, sin comprender muy bien lo que aquella mujer le estaba diciendo.

—Por un instante imagine que Izumi era hija única— el corazón se le aceleró en el pecho. Latía tan fuerte que lo podía oír. No entendía lo que pasaba.

La señora Uyemura apagó el cigarrillo, sin terminarlo, en un pequeño cenicero de volutas de una mesita que estaba a su lado. Lo hizo con actitud resuelta, dándole un golpe seco y después aplastándolo, en lugar de apagarlo con una serie de golpecitos delicados.

—Hubo una niña después de ella. La diferencia de edades era abismal. Avaron tenía tres años cuando Izumi alcanzaba los once— le explicó en tono adusto.

—¿Itachi lo sabía?— indagó devolviéndole una mirada aprensiva a la mujer.

Una carcajada invadió el reino de la afonía.

—Por supuesto que no. Él siempre creyó que Avaron era la mascota de la familia, Izumi nunca se lo contó.

Sakura sacudió la cabeza sin entender.

Podría irse. Podía marcharse ahora mismo y no saber más de ese tema. Si se quedaba, lo sabría. Lo sabría para siempre. Sea lo que sea, lo sabría para siempre.

Pero en realidad no podía decidir. Estaba en sus manos, obligada a escuchar todo lo que ella dijera.

Takako regresó con la botella de sake en las manos y, mas pronto que tarde, se encargó de verter el licor en los contenedores de cerámica.

La pelirosa apresuró el trago. En definitiva, no lograba comprender la situación. Su cerebro, que ahora mismo trabajaba a niveles verdaderamente mediocres, no concebía la idea de ocultar un detalle tan importante como la presencia de un familiar.

—El matrimonio de mi hermana se desmoronó tras la muerte de Avaron— la mujer encendió otro cigarrillo—. Izumi nunca mostró un sentimiento fraternal hacia ella, la llegada de Avaron nos sorprendió a todos, y la alejó todavía más del resto de la familia.

La pelirosa escuchaba la historia con sumo cuidado, atenta a cada sonido que surgía de la boca de la señora Uyemura.

—Fue en la víspera de año nuevo. Avaron despertó acatarrada y con fiebre. Justo ese día se celebraría una cena con los amigos más íntimos de los padres de ellas. Se esperaba que los cuatro miembros de la familia acudieran. Pero Izumi se negó a ir. No le gustaban los amigos de sus padres, ni le gustaba su hijo, que iba al colegio dos cursos por detrás de ella. De modo que quiso quedarse en casa, en su cuarto.

Con el cigarrillo aprisionado entre los delgados labios, la mujer se encargó de rellenar los contenedores de cerámica con una generosa cantidad de sake.

»Avaron tenía fiebre. Mi hermana vio otra posibilidad en la coincidencia de eventos. Una opción que le permitiría evitar confrontaciones y además le daría la oportunidad a Izumi de pasar un rato con su hermana pequeña. Tal vez podrían encontrar un vínculo entre las dos que sobrepasara compartir la experiencia de vivir con los mismos padres y en la misma casa, en momentos diferentes.

La ceniza del cigarrillo cayó sobre la mesa, pero a ella no pareció importarle.

—La explicación de Izumi fue que Avaron quería jugar en el jardín— dijo la señora Uyemura—. Primero nos dijo esto, pero supongo que luego se dio cuenta de que esa explicación no funcionaba. No tenia sentido dejar que tu hermanita de tres años jugara en el jardín si tenia fiebre y se supone que tú lo estas cuidando. No convence a nadie. De modo que luego alegó que no tenía idea de que Avaron estuviera en el jardín, que pensaba que no se había movido de su cuarto. Sabia que nadie lo creería.

—Aguarde un momento…— intervino Sakura. Levantó las manos para indicarle que se detuviera—. Me esta diciendo… ¿Quiere decir que Izumi es responsable de que le pasara algo a Avaron?

—Así es— remarcó la mujer con tristeza—. Intenté no pensarlo así durante mucho tiempo, aunque no tanto como los demás. Mi hermana no quería creer que fuera cierto.

Sakura reconoció la manera en que el desconsuelo se apoderaba de la mujer, la forma en que se horrible recuerdo brotaba como una pesadilla. Lánguido y mortal.

—Avaron estaba en el jardín, de eso no hay duda. No sabemos durante cuánto tiempo, no sabemos si quiso salir o bien Izumi le dijo que saliera. Es difícil imaginarse la cadena de acontecimientos. Y, desde luego, el cerebro humano es muy hábil inventado cosas que te hacen sentir mejor cuando te enfrentas a algo insoportable.

»La policía declaró que resbaló a la piscina. Le hicieron contar la historia una y otra vez. A Izumi, quiero decir. Ella decía cada vez una cosa distinta. Sin ninguna emoción, sin ninguna preocupación en lo absoluto. Ellos sabían que les costaría sobrevivir a eso, y que declarar a Izumi legalmente responsable de los hechos no haría más que empeorar las cosas. Pensaron que ella ya tenía bastante con su sentimiento de culpa. Pero se equivocaron en una cosa. Izumi no sufría. No sabia lo que era el sufrimiento

Sakura intentaba respirar, pero todo se movía a su alrededor. El sillón y la mesa oscilaban. La sala giraba como si se hubiera convertido en una mancha borrosa.

—¿Recibió ayuda profesional?— consiguió preguntar luego de pasar un rato en silencio, tratando de asimilar el crudo relato.

—No, nunca— soltó otra enorme bocanada de humo—. Izumi no sufrió culpa ni remordimiento. Esperábamos que eso pasara. Le dimos todo el apoyo, seguros de que cuando saliera del estado de shock sufriría. Pero eso nunca ocurrió. Izumi no sabia como sufrir. Ni siquiera dijo que lo lamentaba, no mencionó una palabra al respecto. Continuó viviendo así hasta que su madre ingresó al psiquiátrico y su padre falleció.

Sakura se había despegado al fin de su propia vida. Estaba totalmente despegada. Sin explicaciones, sine excusas. Ya no intentaba entender lo que le había pasado a Izumi. Ya no intentaba entender nada de lo que le sucedió a la pequeña, la niña que no llegó a cumplir cuatro años. No había nada que comprender ni justificar. Era evidente, era brutal, y no tenia nada que ver con ella.

Así era Izumi a los once años: no quiso ir a la cena ni quiso tener una hermana.

—Vivió con los Uchiha durante un año hasta que me convertí en su tutora legal, luego del asesinato de Tamaki— terció la elegante dama—. Para los investigadores era inconcebible que una niña tan encantadora como mi sobrina estuviese implicada en la muerte de otra pequeña, pero para mi no fue una sorpresa.

Sin lugar a dudas, lo que ahora conocía marcaba un antes y un después en sus pensamientos, en su forma de ver las cosas, en la manera en que juzgaría de ahora en adelante el pasado de Izumi e Itachi.

Aunque hubiese preferido no escuchar, el pasado permanecía allí, inerte e imborrable. Lista para salir a flote como la sangre de una herida que nunca cicatriza.

Porque al final la historia seguiría siendo la misma.

Un infortunio que ni Sasuke e Itachi debieron vivir.

—Luego de eso, decidió que lo mejor era mantenerla alejada de ese sitio, la ciudad le vendría bien, rodearse de otras chicas sería beneficioso para ella, y así fue— la anciana sacudió la ceniza de su cigarrillo, dejándola caer a sus pies—. Tiempo después se reencontró con Itachi y su relación avanzó rápidamente. Sabía que el muchacho realmente la amaba, porque muy en el fondo también podía ver esa maldad oculta en Izumi, la misma que se empeñaba en maquillar siendo encantadora con la gente.

Izumi no había nacido en una familia terrible, desestructurada. Lo sorprendente era que hubiera podido mantenerse durante tanto tiempo entera. Tenía que resultarle difícil, agotador.

—Usted cree que… ¿considera que Izumi fue asesinada? — la pregunta salió de Sakura casi por inercia. Era la primera vez que hablaba después de haber escuchado la historia. Su voz sonó áspera, casi ajena a ella.

Los párpados cansados y arrugados de la mujer se cerraron en comprensión.

—No— contestó—. Tanto Itachi como su hermano son inocentes. La mente de Izumi era diferente. No son responsables de esto— le aseguró—. No hubieran podido arreglarlo.

Sakura asintió, ausente.

—La vi por última vez un par de días antes de su muerte. Lucía inquieta, y comenzaba a hablar de Avaron y Tamaki— con la mejilla apoyada en la palma de la mano, la mujer se fumó medio cigarrillo, que después apago aplastándolo contra el cenicero. A renglón seguido, se frotó los ojos como si le hubiese entrado el humo—. Supongo que el remordimiento había tocado la puerta. Poco después supe lo del suicidio— sonrió—. Fue muy a su estilo, no iba a permitir que el pasado la arruinara, y si eso iba a suceder, sería bajo sus propios términos.

Sakura tragó grueso. Se sentía fatal.

La señora Uyemura dejó escapar un sonoro suspiro.

—Esto debe ser bastante abrumador para ti ¿no es así?

La pelirosa sostuvo su mirada con la de ella. Había atado todos los cabos sueltos.

—Itachi nunca me contó nada al respecto— murmuró.

—Si no lo hizo fue porque desconocía la otra cara de la moneda. Izumi se encargó de ocultar los esqueletos en el armario. Enterró su pasado junto con su familia y volvió a empezar desde cero— continuó la mujer con voz queda.

Sakura, que todavía estaba intentando controlarse, hizo un gesto de asentimiento.

—Si usted se ofreciera como testigo… su testimonio podría salvarlos a ambos— dijo ella en un vago intento por disminuir los débiles espasmos que sacudían su cuerpo.

—Uno de los detectives vino a hablar conmigo. Le conté lo mismo que escuchaste hasta este momento— dijo la señora Uyemura, tomando una honda inhalación al tiempo que hacía desaparecer cualquier rastro de tristeza en su rostro.

—Frente a un jurado todo sería distinto— insistió Sakura.

—Intentaré hacerlo, aunque, en ocasiones, es mejor no conocer toda la verdad— decretó encogiéndose de hombros.

La voz de la anciana se apagó mientras el ceño de la pelirosa se fruncía con ahínco.

—La vida de dos hombres está en juego— alzó la voz.

Consumida por la furia, Sakura contempló a la anfitriona de manera retadora. No iba a permitir que continuaran protegiendo a Izumi.

—Será mejor que te marches— le indicó la mujer con toda la diplomacia posible—. Takako te escoltara a la puerta— sonrió falsamente.

Sin rechistar, Sakura se pasó de pie. El momento de marcharse había llegado.

—Gracias por su tiempo, Uyemura-sama— dijo con voz queda.

—¿Quieres un consejo?— cuestionó la mujer, obligándola a detener el paso. Sakura se volvió hacia ella, expectante—. Lo mejor será que huyas de aquí, antes de que el pasado termine arruinando tu vida.

Sakura esbozó una sonrisa triste al mismo tiempo que se encogía de hombros, resignada.

—Me temo que ya es muy tarde para eso.

Con tal muestra de cortesía, la pelirosa abandonó la mansión siendo escoltada por la ama de llaves.

En cuanto llegó a su coche, el peso de todo lo sucedido se le vino encima. Víctima de un ataque de náusea, tomo asiento en el espacio del piloto y colocó la cabeza sobre el volante. Notaba fuertes palpitaciones en la cabeza, y lo único que le impedía vomitar era que sabia perfectamente que no tenia nada en el estómago.

Inhaló y exhaló profundamente, procurando recuperar el dominio de si misma.

Ahora mismo poseía información importante respecto a las motivaciones y decisiones de Izumi, sin embargo, era obsoleta. Mientras la señora Uyemura no se presentará a declarar frente al jurado, la verdad permanecería oculta y Sasuke sería condenado por esto.

El repiqueteo constante de su teléfono móvil cortó con sus pensamientos de tajo. Al extraer el dispositivo del bolso de su abrigo, la brillante pantalla reflejó el nombre de Shisui.

Se secó las lágrimas y maldijo en voz baja. Apenas podía ver con claridad. Se sentía como si estuviese atrapada en melaza y nadie la dejase limpiarse los zapatos.

—Ninguno de los dos es culpable— murmuró, acercando el móvil al oído—. Ella tenía una hermana pequeña… Avaron, murió, Izumi fue la responsable.

—Sakura, espera— dijo el pelinegro al otro lado de la línea—. Quiero entender exactamente lo que estas diciendo.

La pelirosa realizó un esfuerzo sobrehumano para tranquilizarse, ahora mismo estaba reducida a un manojo de nervios, balbuceaba, evidentemente Shisui se mostraba incapaz de seguirle el hilo.

Inhalo una enorme bocanada de aire y prosiguió:

—La tía de Izumi acaba de decirme que nunca sintió culpa ni remordimiento por la muerte de su hermana ni por la de Tamaki— inspiró profundamente.

—En esencia, su propia tía la calificó como una sociópata— dijo Shisui.

—Si.

Tras un par de segundos en mutismo, la voz del Uchiha volvió a reverberar al otro lado del móvil.

—Intenta tranquilizarte, hablaremos en mi oficina— indicó. Probablemente encontraría la manera de persuadir a la señora Uyemura para declarar a favor de Sasuke e Itachi.

Sakura colgó, y a continuación rompió a llorar. Apretó el teléfono contra su mejilla hasta que se dio cuenta de que era una tontería y volvió a guardarlo en su abrigo.

»»»»««««

Dos guardias lo condujeron hacía la sala sin ponerle una mano encima.

El guardia detrás de la recepción colocó el resto de sus pertenencias frente a él, todas resguardadas en una pequeña bolsa de plástico que llevaba una etiqueta con su nombre.

En realidad, no eran la gran cosa, tan sólo se trataba de un viejo reloj y un cinturón de cuero. Llevaba la misma ropa con la que había ingresado a la prisión hace tres semanas, tan rápido como llegara a su apartamento tomaría una larga ducha e ingeriría algunos somníferos para dormir tranquilamente.

Una vez más, los guardias se encargaron de escoltarlo hacia la puerta de salida. Escuchó a uno de ellos maldecirlo, pero optó por ignorarlo. Las personas se acostumbraban a casi todo. Algo que un día parece un ultraje horrible e insoportable, con el tiempo se convierte en algo normal y corriente.

A medida que pasaron los primeros meses del juicio, el insultó de que lo juzgaran poco a poco perdió su capacidad de indignarlo. Había hecho todo lo posible. A su familia le había pasado esa cosa grotesca. Los Uchiha serian conocidos por eso. Esa sería la primera frase de todos los obituarios de los integrantes del clan. Y ellos quedarían marcados para siempre por la experiencia, en formas que ni imaginaba en aquel momento.

Fuera de la correccional, las ráfagas de viento azotaban el edificio. Las paredes, altas y planas por los cuatro lados, provocaban que alrededor de la base del edificio el viento se convirtiera en tornado. El Uchiha se envolvió en la chaqueta y caminó hasta el estacionamiento, con el viento empujándolo por detrás. Esperaba que esa fuese la ultima vez que pisara ese tribunal. Apoyó la espalda contra el viento, como un hombre que mantiene la puerta cerrada.

Al levantar la mirada del suelo, no muy lejos de donde se encontraba, distinguió los rasgos del hombre que lo esperaba, no supo si sentirse decepcionado o aliviado. Molesto o avergonzado.

Sin vacilar, caminó con paso firme hasta llegar al coche. Itachi aguardaba pacientemente, con los brazos cruzados a la altura del pecho y la mirada oscura perdida en algún fragmento del tiempo y el espacio.

—¿Qué se supone qué haces aquí?

Itachi se tomó su tiempo para responder.

—Shisui estaba solucionando unos asuntos en el juzgado— respondió mientras exhalaba el aire atrapado en su pecho—. Se me ocurrió que podía venir a recogerte y dar un paseo, tenemos mucho de que hablar.

Los ojos de Sasuke se entornaron unos segundos sobre los de su hermano mayor, más escrupulosos de lo que solía mostrarse. Un frio le recorrió la espalda, pero supo controlar sus expresiones.

Sin más, el mayor de los Uchiha presionó el pequeño control incrustado a la llave del coche, desbloqueando los seguros para permitirle el ingreso.

Sasuke estuvo tentado a dar media vuelta y regresar a la entrada principal del correccional. Su temperamento justo ahora estaba quebrantado, cualquier paso en falso podría desencadenar una furia sin precedentes en su interior.

—No estaba pidiendo permiso, es una orden— la insistente voz de Itachi lo obligó a pisar tierra de nuevo.

El viento volvió a soplar entre ellos, el sol comenzaba a ocultarse por el oeste.

Con un mal presentimiento instalado en el pecho, Sasuke se apeó al interior del automóvil. Notaba su estómago revuelto y los nervios de punta, como si hubiera bebido demasiado café y muy cargado.

—Espero que estés de humor— respiró hondo—, será un largo viaje.

Itachi puso en marcha el auto.

Condujo sin rumbro por la carretera, acelerando un buen rato, como si fuera a llegar alguna parte en concreto.

—Con todo lo que ha pasado desde la muerte tengo la impresión de que hay un abismo entre nostros— dijo el mayor de los Uchiha, contemplando a su hermano por el rabillo del ojo. Su absoluta en indivisible atención clavada en el camino que tenían por delante.

Sasuke lo observó desde su asiento, cauteloso. Desconocía por completo los planes de Itachi, pero estaba seguro que tenían que ver con Izumi. A final de cuentas ella era quien había moldeado su relación.

—Por fin coincidimos en algo— masculló.

—Yo continúe con mi vida, mientras que tu…

—Pasaba tres años de mi vida pudriéndome en un psiquiátrico— sentenció Sasuke sin despegar los ojos del rostro indolente de Itachi.

El silencio que oscilaba entre los dos era una tortura. Ambos necesitaban un espacio para reflexionar lo que había sucedido en los últimos años, aún si la afonía tornaba pesado el aire hasta el punto de hacerles respirar con dificultad.

Aquel tramo de la carretera era particularmente feo. Buena muestra de la desertización de Konohagakure urbana. Al cabo de otros treinta kilómetros vio, junto a la rampa de salida, restos de una solitaria gasolinera familiar, abandonada pero no tapiada.

—Ambos tenemos que ponernos al corriente ¿no lo crees?— hizo una pausa en donde Sasuke solo pudo admirar como sus manos se aferraban con fuerza al volante; en el dedo anular izquierdo llevaba la muestra de aquella falsa promesa que había hecho con Sakura.

—¿Adonde vamos?— quiso saber, procurando ocultar la intranquilidad en su voz.

—A un sitio donde podamos hablar sin ser interrumpidos.

Sasuke tragó grueso al mismo tiempo que se removía en su asiento, incómodo.

—Es tiempo de recuperar el tiempo perdido— agregó.

No hablaron mucho durante el trayecto. No había mucho que decir. Itachi había estado melancólico desde la ultima sesión del juicio unas semanas antes. Sasuke era lo bastante listo como para no agobiarlo. En el fondo sabia que ambos se habían perdido, habían perdido la confianza, no el amor. Les costaba estar juntos. Así que después de intercambiar aquellas oraciones forzadas mientras iban por la carretera, ambos se quedaron callados en cuanto entraron en la autopista en dirección oeste. El monovolumen se incorporó al tráfico y tomó velocidad, los dos se acomodaron para un trayecto largo y monótono.

Tras una hora de camino, arribaron a su destino: un pequeño archipiélago de cabañas en mitad del bosque, el sitio donde Izumi había muerto.

Con la misma entereza que mantuvo durante todo el trayecto, Itachi aparco el coche fuera de la cabaña. Sin decir una palabra o emitir alguna indicación, se apeó del automóvil, plantando los pies en el suelo lodoso cubierto por una alfombra de hojas secas y quebradizas.

Sasuke lo siguió de cerca, dubitativo. El aire gélido de las montañas lo golpeó, obligándolo a arrebujarse en la delgada chaqueta.

—Que elección tan… particular— señaló el menor de los Uchiha dando un par de zancadas en dirección a la puerta.

—Tal vez te ayude a refrescar la memoria.

Sasuke optó por ignorar la mordacidad en el comentario de su hermano mayor. Ahora comprendía el motivo por el cual Itachi lo había llevado hacia ese sitio, tenía algo de poético, por supuesto, pero era sumamente aterrador.

Itachi había diseñado y supervisado el proceso de construcción de esa cabaña, la construyó específicamente para Izumi, pasaban los fines de semana recluidos en ese sitio, alejados de la tormentosa realidad que los rodeaba.

Detuvo el paso en medio de la sala, con las manos resguardadas en los bolsillos de la chaqueta; sus ojos capturaron con detenimiento los exquisitos detalles a su alrededor. Todos los rincones de esa casa eran un recinto a la fallecida esposa de su hermano.

—Podría jurar que deje una botella de whisky por aquí— comentó Itachi, ajeno a la inquietud que embargaba a Sasuke. De uno de los gabinetes de la cocina extrajo una botella de licor—. ¿Quieres un trago?

—Claro, ¿Por qué no?— accedió el menor sin poner mucha resistencia.

Al regresar a la sala, Itachi le extendió el vaso de cristal repleto de licor.

Sasuke engulló el trago de golpe; el whisky bajó por su garganta con una punzada medicinal.

—No visitaba este lugar desde la muerte de Izumi— confesó Itachi. Su mirada lucia ausente y su voz sonaba indolente—. Ambos queríamos formar una familia ¿lo sabías?, ella dejo su tratamiento psiquiátrico para embarazarse.

Sasuke levanto la vista del suelo, confundido.

—No estaba al tanto de ello— se aclaró la garganta.

—Por supuesto que no, después de todo lo sucedido decidiste no formar parte de la familia— comentó con amargura.

El pelinegro frunció el entrecejo con ahínco.

—¿Qué querías que hiciera? ¿Qué me quedara observando y compartir tu felicidad? — siseó él; su voz una afilada hoja que cortaba cada silaba pronunciada—. Ella arruinó mi vida.

Itachi comenzó a dar vueltas como un oso enjaulado.

—Nunca comprendí como ambos consiguieron vivir tranquilos después de asesinar a Tamaki— agregó Sasuke—. Protegerla te hace tan culpable como ella.

El mayor de los Uchiha esbozó una sonrisa sardónica.

—Es curioso— masculló antes de beber su propio trago de un golpe—. Sakura dijo algo similar la última vez que hablamos.

Siguió todos y cada uno de los movimientos de su hermano con la mirada. No iba a negar que se sentía asustado, sin embargo, confiaba que cualquier persona a su alrededor se percatara de la ausencia de ambos y lo que eso significaba.

—¿Qué fue lo que hiciste ese día?— preguntó; su voz extrañamente se había suavizado. Sin embargo, su rostro era una máscara mortalmente seria—. Tú fuiste la ultima persona en verla con vida.

Personalmente, no le importaba contarle la verdad a Itachi. Podría haberle explicado sus problemas y aliviar así su carga de preocupaciones, pero su instinto — mentirle había sido una reacción puramente instintiva— le había indicado que se guardara todo el veneno para él.

Sin embargo, era el momento de sincerarse. Durante todos esos años Sasuke se había guardado esa información para proteger a su hermano, tal como se lo dijo Izumi esa vez.

—Izumi quería hablar conmigo— dijo.

—¿Sobre qué?— insistió el Uchiha mayor.

—Perdón… ella quería pedirme perdón por haberme jodido la existencia— declaró—. Supongo que comenzaba a sentirse culpable, algo de lo que nunca fue capaz.

Itachi soltó una risa seca y clavó sus ojos en los de su hermano. Ambos oscuros y turbulentos; ambos atormentados por un rencor que ninguno de los dos había sido capaz de sobrepasar, pero que existía desde que eran unos niños.

—Ahora puedo comprender porque eran perfectos el uno para el otro, de una manera retorcida, pero lo eran— continuó diciendo—. Siempre me pregunte cómo después de lo ocurrido continuaste viviendo como si nada hubiese pasado.

—No soy un monstruo sin sentimientos, Sasuke— la rabia se apoderaba de él con un estremecimiento.

—Desde el punto en que yo lo veo sí— dijo tan tenso que los músculos se le marcaban bajo la piel—. Tuve pesadillas durante quince años ¿tu no? todas las noches aparecía el cuerpo de Tamaki frente a mi, pálido, los ojos sin vida… con el tiempo aprendí a vivir con eso— suspiró—. Tu no eres la victima de esta historia, Itachi.

—Tu la mataste— lo acusó Itachi en todo categórico, como si tuviese la absoluta certeza del hecho.

Sasuke se sumió en la oscura ensoñación a la que se había entregado en los últimos años cada vez que Izumi lo había hecho sentir el mayor de los desgraciados: soñaba despierto con abrirle la cabeza a martillazos hasta que dejara de hablar, hasta que por fin dejase de escupirle los recuerdos del pasado. Mentalmente, la machaba con un martillo hasta convertirla en un muñeco roto, hasta quedar en silencio con un espasmo.

Sin embargo, ellos no eran iguales.

—Juré que nunca me convertiré en Izumi, es osado asumir que yo la maté.

—Tenías los motivos para hacerlo— dijo Itachi entre dientes.

—Si, pero no lo hice— sostuvo. Itachi fijó la mirada en el él en una especie de duelo que Sasuke recibió como un desafío—. Tu mujer estaba loca, era una sociópata, una psicópata o algo así. Cuando tu te diste cuenta, intentaste ayudarla, pero al final solo procuraste contenerla. No pudiste hacer nada porque guardaba algo que te inculparía y te amenazaba con contarle a la policía.

Sasuke caminó hasta la cocina, donde la botella de whisky reposaba encima de la mesa. Alcanzó el licor y vertió una generosa cantidad de licor en su vaso vacío, el cual engulló con la misma facilidad del primero.

—Querías hablar, ahora es tu turno de escuchar— lo amenazó el menor—. ¿Qué fue lo que hiciste todos estos años? Continuaste trabajando, fundaste tu propia empresa, conociste a una chica linda y terminaste casándote con ella— continúo hablando Sasuke con serenidad—. Cuando vi a Sakura por primera vez sentí lástima, era tan ingenua, no sabía en lo que se estaba metiendo. Sin embargo, tú te encargaste de arruinarla.

—Fue ahí cuando decidiste interferir ¿no es así?— inquirió—. Estabas celoso.

La comisura del labio del aludido se arqueo antes de mirar por fin a su hermano.

—Probablemente— suspiró—. Esa noche me cuestione como un hombre de tu clase podía vivir como si nada hubiese pasado… tener la oportunidad de comenzar desde cero— sonrió amargamente—. En cambio, yo, pagué por crímenes que nunca cometí, aquellos que tu adorada esposa en encargó de adjudicarme.

El silencio cayó como un peso muerto sobre ellos una vez más.

—Nunca amaste a Sakura— acusó a Itachi. El dolor comenzaba a filtrarse en sus palabras.

—¿Y tu sí?— preguntó él arqueando una ceja, curioso.

—Como no tienes idea— admitió—. Por esa razón intente protegerla, evitar que el fantasma de Izumi y tu enfermiza obsesión con ella la dañaran, pero ya era demasiado tarde— Sasuke colocó el vaso en la superficie y dio un trago directamente de la botella—. Fue cuando lo comprendí. Entendí lo que el ser humano es capaz de hacer por aquellos a los que ama, y por primera vez no te juzgue. Sin embargo, jamás voy a perdonarte.

—No estoy buscando tu perdón, Sasuke— asintió Sasuke, oscureciendo su mirada.

—Claro que no— coincidió el interpelado con cierta decepción.

Durante mucho tiempo, Sasuke no se permitió ver a Itachi como algo más que un rival; alguien lo suficientemente diestro para deslumbrar a su familia y dejarlo en ridículo.

—Sólo éramos unos niños— exhaló Itachi con exasperación, como si eso bastara para justificar todo el daño infringido.

—¡También lo éramos Tamaki y yo!— le recordó—, y eso no le importo a Izumi, de cualquier forma, la golpeó con tanta fuerza que acabó matándola.

—No sabía lo que hacia— intentó justificarla.

—Por supuesto que lo sabía— respondió Sasuke entre dientes—. Estaba consciente de sus acciones, lo estuvo cuando me señaló a mi como el culpable ¿y que fue lo que hiciste tu, Itachi? Acabaste respaldándola, me traicionaste, a mi, tu propio hermano, aquel que juraste proteger.

Sasuke tenia los ojos anegados en lágrimas. Temblaba.

Una vez más, el mutismo escabroso se cernió entre ellos como nubes grises augurando la tormenta.

Él necesitaba tranquilizarse y encontrar la manera de salir de ese lugar.

Al cabo de un minuto o dos, la voz de Itachi se alzó por encima de sus pensamientos, demasiado constante en contraste a las lagrimas que rodaban por sus mejillas.

—¿Mataste a Izumi?— insistió.

Por lo que pareció una eternidad, ninguno se movió. Intercambiaron miradas indescifrables bajo la tenue luz de la estancia.

—No.

—¿Qué pasa si no te creo?— cuestionó—. Debo saber la verdad, te seguiré amando pase lo que pase.

Los ojos de Sasuke se abrieron como platos al vislumbrar a su hermano apuntándole con un arma, directamente en el pecho.

¿En que momento?, elucubró para si mismo. Durante toda la interacción, no se había percatado de la presencia de la pistola, mucho menos que Itachi la llevaba consigo.

—Baja eso, no sabes lo que estás haciendo— indicó Sasuke levantando ambos brazos.

—Nunca lo sabré ¿verdad?— balbuceó.

El silencio al interior de la cabaña se vio interrumpido por el sonido estrepitoso de las sirenas. Al otro lado de las cortinas, los focos de las patrullas iluminaban el jardín.

—Itachi, por favor…— suplicó.

Un ruido sordo resonó en la estancia.

La detonación y el retroceso le sacudieron el estomago. Poco. A poco, el dolor instalado bajó la clavícula, precisamente en la que el hueso se unía con el humero, comenzó a extenderse por todo su brazo.

Intentó moverse. Si se trataba de una bala, no había afectado ningún órgano vital, pues no daba la impresión de estar muriéndose. Sin embargo, la sangre salía a borbotones, descendiendo por la piel pálida hasta gotear en el suelo.

Al cabo de un rato fue consciente de haber oído, bastante antes, voces agitadas que decían: « ¿Qué ha sido eso?» Cualquiera esperaría que la policía ingresara de inmediato ¿verdad? Pero no se presentaron.

Si no ingresaban, un remanente de cerebro le sugería que debería estar pensando en morir. Debería estar más sorprendido. Recordó vagamente que haya cosas en las que habría querido pensar cuando muriese, pero no conseguía recodar cuales.

El olor a sangre llegó hasta sus fosas nasales, un olor que no estaba solo en su nariz, sino que le impregnaba todo el cuerpo. El olor resonaba y se amplificaba en su interior como un sonido que pasara un tubo.

Cayó al suelo de bruces, con fuerza, jadeó y tosió. Su respiración era entrecortada y rasposa.

No deseaba morir, quería que acudiesen a salvarlo.

El caos desapareció detrás de sus parpados. Cerró los ojos a causa del cansancio. Todo se esfumó.

»»»»««««

La mirada de Sakura permaneció clavada en el cristal templado que separaba la sala de interrogatorios de la oficina de los detectives. El motivo de su atención yacía postrado en una silla, con las manos esposadas al frente y la cabeza agachada; los mechones de cabello azabache sueltos caían a los costados de su rostro, impidiéndole capturar con exactitud la expresión de Itachi en ese preciso momento.

Apartó los ojos sólo cuando el detective Hatake ingresó a su campo de visión. Llevaba dos contenedores de cartón humeante en las manos, uno para él y otro para ella.

—Gracias— recitó Sakura en un susurro. El detective asintió—. Se que esto no me concierne, pero…

—Confeso todo— la interrumpió el peliblanco—. Habló largo y tendido respecto al caso Tamaki.

Sakura lo miró directamente a los ojos. Ahora mismo estaban inmersos en un caos. Con Sasuke en el hospital e Itachi a punto de ser procesado, la pelirosa no tenía mucha oportunidad para gestionar sus sentimientos. Su cabeza era un vorágine de preocupaciones, la angustia comenzaba a carcomerla por dentro.

Ella abrió la boca para decir algo, pero se interrumpió y se quedó mirando el cristal. Abrió la boca y volvió a cerrarla unas cuantas veces más. Parecía no saber qué decir. Solía escoger las palabras con mucho cuidado. Siempre sabía qué decir antes incluso de abrir la boca.

—Sólo cinco minutos— contestó el detective, como si hubiese sido capaz de leer sus pensamientos—. No puedo darle más tiempo.

La pelirosa asintió.

Dubitativa, le entregó de nueva cuenta el café intacto. Lo cierto era que tenía el estomago lo suficientemente revuelto para beber algo. Pasó de largo de las miradas e ingresó a la sala, cerrando la puerta tras de si.

Se sentó en la única silla disponible, la misma en la que el detective Hatake había estado postrado durante tres horas capturando palabra por palabra la declaración de su esposo.

Cuando Itachi levantó el rostro, estaba llorando, dos lágrimas le resbalaban por las mejillas. Se las secó con el dorso de la mano y luego sonrió, sus labios temblaban.

—Por un instante pensé que no querrías verme—dijo de corrido. Sus ojos parpadeaban e iban de su rostro a sus manos.

—Tan sólo tengo uso minutos— contestó.

Tenía un aspecto de mierda, aunque era probable que el suyo no fuese mucho mejor: los ojos inyectados de sangre y la camisa arrugada bajo la chaqueta. Le parecía que se había rendido, se convirtió en un muerto viviente.

—Sasuke… ¿cómo se encuentra?— dijo, con la mirada aún puesta en el dorso de su mano.

En un acto reflejo, la pelirosa lo tomó de la mano, firme pero amable, lo retuvo cuando intentó zafarse.

—Esta bien. La bala no perforó ninguna arteria, se encuentra bien— explicó.

—Realmente intenté matarlo— murmuró más para él que para la pelirosa.

—Estoy segura que no querías hacerlo— se apresuró a contestar. Ya debía sentirse lo suficientemente mal para recriminar sus acciones, las cuales, sin duda alguna, fueron deplorables.

—Lo hice y nunca voy a perdonarme por ello— dijo él.

Sakura lo miró con frialdad.

—El detective Hatake mencionó que contaste todo respecto al asesinato de Tamaki— procuró ser cautelosa con sus palabras, aquel era un tema delicado.

—Otro caso más a la cuenta— ironizó Itachi con amargura—. Era lo que debía hacer.

La pelirosa continuó escrutándolo con los ojos vidriosos, y de repente se echó a llorar. La conclusión había llegado a ellos de forma inesperada.

Tan pronto como abandonara la sala de interrogatorios, Itachi sería remitido a la prisión estatal a la espera del juicio. Probablemente lo condenarían a más de una década tras las rejas.

—Tenías razón.

Sakura frunció el ceño, sin comprender.

—Respecto a decir la verdad— dijo él, como si fuera un pequeño inconveniente, un contratiempo en unas vacaciones de verano que era mejor olvidar—. Se lo debo a Sasuke.

—También le debes tu perdón— dijo con el rostro bañado en lágrimas—. Sabes que él no es responsable de lo que le pasó a Izumi.

Itachi guardó silencio. A pesar de todas las declaraciones en contra de su esposa, el pelinegro se rehusaba a vislumbrar la otra cara de la moneda.

—No estoy seguro de eso, Sakura— respondió encogiéndose de hombros.

—Los forenses determinaron que ella accionó el arma— respondió Sakura.

—Ni en sus últimos momentos fue capaz de dejarnos libres del todo— comentó Itachi esbozando media sonrisa amarga.

Ambos recayeron en un silencio consternado. Sakura apartó la mano y la colocó en su regazo.

—¿Aún quieres que me presente a escuchar el juicio?— cuestionó, titubeante.

—No es necesario— negó con la cabeza—. La prensa será implacable contigo, harán todo lo posible para obtener tu declaración.

—Probablemente debería escribir un libro ¿no lo crees?— era un mal momento para bromear, sin embargo, ambos rieron al unísono.

Permanecieron quietos durante un momento, fingiendo escuchar un ruido que no había. Acaban de empezar, pero la visita casi terminaría.

—Sakura, hay algo que quiero decirte.

—¿Sí?— su cara se quedó en blanco.

—Lo lamento— suspiró con voz rígida—. Todo lo que hice estuvo mal, debí ser sincero desde el principio… lo lamento tanto ¿algún día podrás perdonarme?

Sakura lo miró de hito en hito. Trató de decir algo con un inadecuado encogimiento de hombros. Gimió horrorizada.

—Ya lo hice, Itachi— murmuró ella; la garganta apretada y terriblemente rasposa.

—No puedes imaginarte cuantas semanas, meses, he desando haberlo hecho todo de un modo diferente— otra lagrima solitaria resbaló por su mejilla.

Sakura tragó grueso. A su mente le vino el recuerdo de la primera cita que tuvo con él. Llegó quince minutos tarde, un paciente la había retenido con una serie de preguntas sin sentido, obligándola a permanecer de pie cerca de la cama, respondiendo con amabilidad a todos y cada uno de sus cuestionamientos hasta disipar la más ínfima duda. Cuando llegó al sitió indicado, Itachi la recibió con una sonrisa sincera. Ambos hablaron durante horas y desde ese instante supo que estaba prendada a él.

—Antes de todo esto, hable con Shisui sobre el divorcio— comenzó a decir al cabo de un rato—. Probablemente dentro de unos días tenga los papeles listos para firmarlos.

—Itachi…— susurró ella.

—No tiene caso cargar con un tipo que va a pasarse el resto de su vida en la cárcel— sonrió.

El corazón le golpeó las costillas. Itachi se había dado por vencido. Frente a ella se encontraba un hombre desolado, resignado, sin esperanzas, dispuesto a enfrentar las consecuencias de sus acciones.

La puerta se abrió ligeramente: desde el umbral, Kakashi le hizo la señal de que le restaban tres minutos y Sakura entornó los ojos.

Era difícil decidir qué decir en tres minutos. En dos podría empezar a hacer planes para otra visita. En cinco minutos podrían acabar la conversación. Pero ¿en tres minutos?

—Itachi— lo llamó con voz queda, tratando a duras penas de controlas los hipidos mientras se limpiaba el rostro torpemente—. ¿Realmente me amaste?

El aludido parecía brutalmente sorprendido. No pudo evitar subrayar:

—Si, siempre lo hice, Sakura y lo seguiré haciendo.

Continuara