En verdad quiero subir el fic completo. Pero tengo pequeños fragmentos que me encantan, así que los quiero compartir en la serie de One-shot's.
Este fragmento en concreto, no tiene mucho HaoxAnna, pero en esta escena nuestro lindo Hao quiere proteger su amor por Anna.
Espero les guste. Y comenten, eso me anima a seguir escribiendo. Y quizá pronto suba el fanfic.
Duality
Flashback
Fanfic con el mismo nombre
Cumplirían un año juntos. La relación era próspera, no tenían una pelea grave, mucho menos hubo insultos de por medio. No eran perfectos porque ¿quién en esta vida lo es? Se llevaban muy bien, tenían mismos gustos, planes de vida similares ¿Entonces por qué dudada en presentarla a su familia?
Presentarla a sus padres era un paso importante para cada pareja. En su familia representaba una relación seria con un futuro matrimonio. Por lo tanto no debía ser tomado a la ligera.
Amaba a Anna, no existía otra mujer para él. Su sonrisa, aunque fuera suave, alegraba su día. Y esos bonitos ojos que lo observaban con molestia cuando no compraba algo dulce. Pero el problema radicaba en su familia. Eran personas intolerantes, en lo que respecta a los extranjeros. Recordó lo que su padre dijo al respecto.
"Puedes divertirte, Hao. Mientras que esa diversión no venga aquí y pida ser miembro de la familia" dijo Mikihisa.
¿Era tan malo que ella fuera Americana? ¡Tenía descendientes japoneses! Sin embargo sabía que su familia lo entendería razones. Eran tradicionales por lo tanto le exigirían una esposa japonesa 100%.
— ¿Pedir permiso? Soy Hao Asakura. Como dijo el gran Tony Montana "Lo único que me da órdenes son las bolas" — citó.
— Espero que las tengas bien puestas, porque intentarán castrarte — se burlo Ren.
Ambos estaban en un elegante restaurante. El quisquilloso chino, no deseaba comer una hamburguesa, prefería gastar algo más de dinero por una comida gourmet. Hao no estaba en contra ni a favor, así que aceptó la propuesta de Ren. Ir a un restaurante decente no le haría mal a nadie, solo a su bolsillo.
— Necesito tiempo, es lo único — argumentó Hao. Sostuvo una copa de vino en una mano, y lo bebió.
— Necesitas un milagro — dijo Ren, terminando el último trozo de salmón — Ya conoces a los padres de Anna — le recordó.
— No me lo recuerdes — bufó. Bebió todo el líquido de la copa de un trago — Me odian. Su madre evita mirarme, y su padre — hizo una mueca de desagrado — Piensa que soy un idiota.
Se portó como un caballero. Educado, amable. Él no era precisamente un santo, pero esa noche hizo todo lo posible por agradar a sus futuros suegros. Ninguno lo aprobó, aunque hizo méritos, la familia de Anna lo detestaba.
— Entonces, ¿qué harás? — preguntó Ren. No es que le interesara, solo que era divertido ver a Hao en apuros.
— ¿Casarme en Las Vegas? — bromeo, entre realidad y mentira.
¿Qué tan malo sería? Podía irse con Anna, no ver a su familia por unos veinte años, hasta que tuviera dos hijos, una niña y un niño. No podrían estar enojados si llevaba nietos.
— Para ti estaría bien, pero para Anna no. Según me dijiste su familia es importante para ella.
Las palabras de Ren, calaron hondo en él. Su querida novia era apegada a esas groseras personas, si bien no eran de su agrado, al final seguían siendo sus padres. La amaba tanto como para aceptar una boda tradicional, como ella deseara.
Sí, Hao no solo obedecía a sus bolas, también a Anna. Ella podía hacer que el mundo cambiara.
Regresó a casa, tarde pero regresó. Su apartamento no era espacioso, no obstante, era acogedor. Muchos creían que adoraba las cosas ostentosas, pero gustaba de cosas simples.
Dejó los zapatos en la entrada cuidadosamente. Aunque estaba en América y eso no era necesario, las costumbres no se pueden borrar.
A veces extrañaba Japón. Extrañaba los abrazos de su madre, pero eso nunca lo admitiría. También añoraba a Yoh. Hace meses que ya no hablaban, él estaba en París, y según le dijo su madre, no tenía mucho tiempo para contestar llamadas, menos para hacerlas.
— Yoyo — musitó a la nada. Extrañaba tanto hablar con él. En estos momentos necesitaba un consejo de su hermano.
Antes de perderse completamente en sus recuerdos, el teléfono de su departamento sonó frenéticamente. Fue hacia la sala, donde se encontraba el aparato. El identificador de llamadas decía que era de Japón. No dudó en tomar el auricular. Pensó que era su madre.
— ¿Hola? — habló en Inglés por reflejo. Pero a la persona detrás de la llamada no le hizo gracia.
— ¿Ahora eres más americano que japonés? — reprochó aquella voz.
Hao conservó la calma. Después de tantos años, esa mujer ya no lo intimidaba.
— ¿Que desea? — respondió en japonés. No quería alterar a su oyente.
— Hao me decepcionas, hijo mío — se lamentó con una voz exagerada — ¿Creiste que no sé de tu "amiguita"?
Esta vez, el castaño no pudo continuar en calma. Frunció el entrecejo, y estaba por decirle uno que otro improperio, pero lo interrumpieron antes de abrir la boca.
— Convesamos al respecto. No quiero una chica extranjera como madre de mis bisnietos.
— Por suerte, Kino, no necesito tu aprobación — refutó. Estaba bastante molesto, y no medía sus palabras.
— ¿Dos años en América y crees que puedes hacer lo que te plazca? — dijo la mujer. Como todo buen pastor, debía encaminar a las ovejas de su rebaño, por más que no lo desearan — Sé quien es, averigüé todo de ella. Desde ahora te digo que no la apruebo en absoluto — escupió venenosa. Pero meditó sus palabras un momento y rectificó — ¿Quieres tener una aventura con ella?, entonces lo acepto, pero no manches a la familia Asakura con tus estupideces.
Entonces colgó. Y Hao no pudo estar más furioso ¿Quién se creía? él hace mucho dejo de estar bajo su yugo. No era una pieza más en su tablero. La respetaba, pero no permitiría que lo separara de Anna.
— Parece un cliché de telenovela.
Pero, en esta ocasión, la villana era su abuela. Y se debía tener cuidado con ella. No la creía mala, sin embargo, había que estar alerta a sus movimientos.
Después de todo, desheredó a su nieto. Yoh se fue a Francia, con nada más que sus ahorros, y él tuvo que sacrificar los propios para que tuviera una residencia decente. Pero nunca olvidaría los ojos de su hermano, reflejaban la más pura felicidad. La felicidad de quién se siente libre, y que no teme a nada.
¿Seguiría su ejemplo?
