¡Hola a tod@s! sigo recibiendo comentarios por mis one-shot's y no puedo evitar sentirme feliz.

Gracias por su apoyo, me inspira para seguir con esta idea loca de crear One-shot's raros.

En uno de los comentarios me pidieron Lemon, la verdad no acostumbro a hacerlos. He pensado en momentos limeen mis fanfic, pero un lemon no. Si quisiera hacer algo así necesitaré una razón específica que tenga peso en la historia.

Así que en conclusión una situación sexual explícita será para una historia más larga que una página. Espero que puedan entenderlo.

Sin extenderlo más, disfruten la lectura, y mis faltas ortográficas. L@s quiere Alumi.


Tradición

One-shot. A.U.


¿Hace cuánto hacían aquello? Quizá hace un par de meses. Lo mantenían en secreto, porque no querían provocar un revuelo. No necesitaban la aprobación de nadie, pero tampoco necesitaban ojos curiosos que observaran su relación con ojo crítico. No mentiría que era divertido hasta cierto punto, y emocionante.

Trepó con facilidad la valla, saltó para aterrizar limpiamente en el césped e ingresó al establecimiento. Era un parque que permanecía cerrado cuando llegaba el ocaso, ellos lo usaban como punto de encuentro. Era espacioso, bien cuidado y suficientemente cerca de ambas casas. Y esas tenues luces daban un toque romántico.

Ella yacía sentada en un columpio. Absorta en sus pensamientos, moviendo sus piernas, meciendolas. Él llegó de imprevisto, para asustarla se posicionó por detrás y posó sus manos en la piel desnuda de sus hombros logrando su sobresalto. Él río a carcajadas y la chica giró hacia él para jalar su pelo.

— ¡Ya! ¡Lo siento! ¿feliz? — se disculpó. Más por la seguridad de su cabello, que sentirlo en verdad.

— Idiota — masculló soltando el mechón de cabello — la próxima vez que quieras sorprenderme prepárate para perder tu cabello.

La amenaza provocó una risa nerviosa por parte de él. Esa chica era capaz de cumplir su promesa, asi que no tentó a la suerte y la dejó tranquila. En cambio, se sentó en el columpio al lado de ella.

— ¿Fue difícil salir? — preguntó ella, observando la mancha de tierra en sus pantalones..

— Yoh me descubrió — resumió en tres palabras. Y Anna no preguntó más al respecto, pero Hao quiso aclarar todo — No dirá nada, me lo prometió.

— Eso espero.

— Le gustas — soltó de repente. Deseaba ver la expresión de Anna, pero ni se inmutó, permanecía tan calmada.

— Lo sé.

Hao sonrió suavemente.

— Eres mala, Kyoyama — río — si no me gustaras tanto, te daría un sermón por ser insensible.

— Eso no cambiará mi pensamiento, Asakura — respondió suspirando — No es como si tú fueras sensible.

Negarlo no iba a cambiar nada. Anna lo conocía desde que tenía cinco años, en ese momento aún adoraba los panes dulces y cuentos en la noche.

Decidió levantarse, caminar frente a ella con pasos firmes pero calmados. Se inclinó hasta que su rodilla izquierda se apoyara en el césped. No importaba una mancha más en su pantalón. Anna lo miró dubitativa, esperando alguna acción de su parte.

— Si me pides matrimonio, la respuesta es no — sentenció cuando el Asakura estuvo completamente arrodillado frente a ella.

Hao soltó una risita, y negó con la cabeza.

— Tengo 17 años, Anna ¿crees que me pondría una soga al cuello antes de los 30?

La rubia levantó una ceja y Hao volvió a reír.

Estar en esa posición permitía ver el rostro de su novia. Iluminado por la luz de la Luna y los faros que brillaban tenuemente. Hermosa sin duda, y tan seria, pero mentiría terriblemente si negaba que no adoraba esa expresión. Inclinó la cabeza hacia ella, y al no encontrar ningún tipo de negación, unió sus labios, en un lindo beso. Suave, lento sin apuro, y para su fortuna, Kyoyama respondía tímidamente los movimientos de sus labios.

¡Pero él era Hao! No gustaba solo de un beso "lindo".

Profundizó el beso invadiendo su cavidad bucal con la lengua, y abrazó la pequeña cintura de ella con ambos brazos. La chica gimió por la intromisión, pero continuó sin protestar. El contraste de su timidez y el carácter de demonio que demostraba, encandilaba al mayor de los gemelos.

Después de unos breves minutos, Hao alejó su boca pero no sus brazos. La observó fijamente. Esos ojitos color ámbar brillaban, ya sea por la luz, o por el sentimiento que profesaban.

— Vuelves a besarme sin mi aprobación y ... — no terminó la frase cuando el Asakura volvió a besarla. Un beso corto, fugaz y juguetón.

— ¿Y qué? — reto Hao, con un brillo juguetón en los ojos, y el orgullo por lo alto.

Anna entre cerró los ojos. Su novio pensaba que era inmune a sus amenazas, pero pronto le haría ver lo equivocado que estaba.

Elevó la pierna izquierda, la flexionó, y aprovechando que Hao dejó de abrazarla, pateó su estómago provocando que el chico cayera cómicamente de espalda. Hao no supo, cuándo Anna lo pateó ni mucho menos cuándo terminó en el suelo. Pero ahí estaba, cubierto por polvo y césped.

— Eres vengativa, Kyoyama.

— Te lo mereces, Asakura.

Aunque no lo admitían abiertamente. Gustaban de molestarse, que se quisieran no evitaba que existiera una broma ocasional.

Hubo un lapso de silencio, no era incómodo, porque ambos disfrutaban de momentos así. El viento soplaba, y el rubio cabello de Anna se mecía en un compás suave. Mientras que Hao, permaneció recostado en el césped, con ambos brazos detrás de su cabeza. La noche estaba demasiado bonita para ignorarla.

— Quiero decirles a todos — dijo Hao, sorprendiendo a Anna — No tengo miedo de las represalias.

— Te designarán una prometida, es tradición en tú familia — recordó ella.

¡Lo sabía! Nadie tenía que recordarle ese detalle. Lo tenía presente cada vez que su abuela hablaba que faltaba un año para buscar una prometida decente. Pero nadie era más perfecta que Anna, ninguna chica podía opacarla. Apostaría que no había una contrincante lo suficientemente buena para ella.

— Hum, ¿y tú? — la observó desde el suelo — ¿ya encontraron un prometido "decente"?

— No lo sé, no hablo con ellos — cerró los ojos unos segundos antes de proseguir — pero estoy segura que no eres un candidato.

Los Asakura y Kyoyama, se conocían hace años, pero no creían en la unión de sus integrantes. Ambas familias se respetaban pero no deseaban unirse con un matrimonio. Eran personas tradicionales, que preferían buscar en otras familias de rango menor a perder sus apellidos.

Si una mujer Kyoyama se casaba con un Asakura, era obvio que perdería su apellido. Y los Kyoyama no estaban dispuestos a ceder eso. Perderían su linaje a manos de otra familia, y eran demasiado orgullosos para permitirlo.

— Seguramente mis padres deseaban tener un varón — murmuró.

No encontró resentimiento en su voz, pero sí pesar. Anna no cumplía con los estándares de su familia. Para empezar había nacido mujer.

— Yo no sería novio de un varón — bromeó aligerando el ambiente — Lo siento, pero tengo gustos definidos.

— Idiota — dijo Anna, con una ligera sonrisa.

Hao se incorporó rápido, sentándose en el verde césped y extendió la mano derecha hacia ella. Anna no tuvo que preguntar para entenderlo. Se levantó del columpio, y llevó la mano izquierda hacia la palma abierta del castaño. En cuanto el chico sintió la suavidad de la mano ajena, atrajo el cuerpo de Anna hacia él. La abrazó nuevamente, pero esta vez, todo rastro de burla desapareció. Su intención era confortar a la chica que tenía en sus brazos, recordarle que él estaba para ella y siempre sería así.

— No necesitas la aprobación de nadie — hablo suavemente al oído de ella – con la tuya basta y sobra.

Anna sonrió genuinamente. Por esos momentos, es que empezó a gustarle. Hao podía ser un idiota la mayor parte del tiempo, pero la comprendía y quería. No necesitaban palabras, solo acciones pequeñas pero significativas.

— Gracias — susurró Anna, esperando que Hao no la escuchara. Para su desgracia, el chico lo hizo, y una sonrisa se formó en sus labios.

¡Oh Anna! ¿Cuánto había esperado por ella?, pero al fin sentían lo mismo. El tiempo que esperó valió la pena, y el riesgo de ser desterrado de la familia Asakura también lo valdría.


Regresó casi a las tres de la madrugada. Intentó no despertar a nadie, caminaba en hurtadillas, intentando hacer el menor ruido. No contó que su hermano estaba despierto, esperándolo en la sala. En cuanto quiso subir por las escaleras, la luz de la sala se prendió y Hao casi se cae por la impresión.

— Llegas muy tarde nii-san — reprochó su hermano. Tenía entre sus manos una taza de chocolate caliente.

Quería verse intimidante pero el bigote de chocolate no ayudaba.

— Siempre llego a esta hora — se encogió de hombros y continuó su camino.

Su hermano siempre pensó que tenía las situaciones bajo control. Pero a veces no era así, solo era cuestión de suerte.

— Hao, no deberías esconder tu relación.

El mencionado se detuvo. Estaba subiendo el primer escalón cuando su querido gemelo osó ordenarle. Sí, era su hermano, y sí, lo quería. Sin embargo nadie podía darle una orden tan chocante.

— ¿Disculpa? — viró la cabeza para verlo mejor. Su mirada se endureció — ¿Te pedí tu opinión?

Yoh no tenía miedo a su hermano. Aunque sus amigos decían que Hao tenía una expresión terrorífica cuando se enojaba, él jamás le tuvo miedo. Así que se acomodó en el sillón y lo retó con la mirada.

Si alguien viera la escena. Si las miradas mataran, seguramente ambos Asakura estarían muertos en plena sala.

Debía admitir que su querido hermano, siempre amable y sonriente, tenía una expresión muy similar a él cuando se enojaba. Por algo era su gemelo ¿no?.

— Anna no merece que la escondas de la familia — dijo Yoh. Dejó el chocolate caliente encima de la mesita frente a él.

Otouto — habló mordaz. Pocas veces le ponía ese honorífico. En esta ocasión lo hizo en modo de advertencia — no te metas en mis asuntos.

El duelo de mirada continuó. Por primera vez Yoh no cedió. Permaneció con la vista altiva y firme. Si Hao no estuviera involucrado en la disputa, seguramente había alabado la ferocidad de su hermano. Pero no era el caso.

— Ocultas a Anna la verdad ¿no? — dijo Yoh.

Para Hao fue un golpe certero, justo en la conciencia. Dio grandes zancadas hasta llegar a su gemelo. Lo sostuvo por las solapas de su camiseta y lo acercó al rostro.

— No juegues con fuego, porque voy a olvidar que eres mi hermano — siseó.

Lo soltó de mala manera y subió por las escaleras dando por finalizada la conversación.

Yoh quedó en la sala, completamente solo y con una expresión de enojo. Adoraba a su hermano, y a Anna la quería mucho. Eran las dos personas más importantes en su vida. No quería dañar a ninguno, y siempre procuraba cuidarlos. Pero esta vez su hermano estaba equivocado y no podía guardar silencio.

Su vista viajó por la estancia y se detuvo en la foto que descansaba en una de las paredes. Dos niños idénticos, pero uno llevaba el cabello más largo que otro. Solo así podían diferenciarlos. Esos dos pequeños sonreían ajenos a cualquier problema.

Prefirió ir a dormir. Con el humor que tenía su hermano, difícilmente podría hablar con él esa noche. Apagó la lámpara y antes de subir a su habitación, echó una última mirada a esa foto.


Pasó tres días de aquel incidente. Los hermanos Asakura no se dirigían la palabra. Yoh intentaba comunicarse con Hao, pero este ignoraba olímpicamente las intenciones de su gemelo.

Odiaba admitirlo pero extrañaba las burlas de su hermano. Ahora no era digno ni de escuchar su voz.

— Hao, pásame la salsa de soya — pidió su madre. Keiko no era consciente de la disputa de sus dos amados hijos. Así de despistada era por el trabajo acumulado.

El castaño lo pasó de mala gana.

Yoh pensó ver una posibilidad en que su hermano interactuara con él.

— Nii-san, pásame la sal — pidió esperanzado. Pero Hao ni caso le hizo — Hum, Hao — llamó.

En ese instante, Mikihisa fue el primero en notar la tensión entre sus hijos. Observó a cada uno, y fingió estar atento su comida.

— Pásame la sal — volvió a insistir elevando la voz.

Hao era terco, y no lo miró.

— ¡Pasame la sal! — gritó exasperado. Sí, podía ser muy paciente, pero llevaba tres días sin dirigirle la palabra, y estaba harto.

— Asakura Yoh, no se grita en la mesa — reprendió su madre.

Keiko misma agarró el salero, el origen de tanto griterío, y se lo pasó a Yoh. El muchacho se encogió en su sitio, frustrado.

— Creo que ese no era el problema — comentó Mikihisa mientra se levantaba y llevaba su plato a la cocina.

Su esposa no entendió sus palabras, pero prosiguió comiendo.

Hao fue el segundo en retirarse. Ese día no tenía ánimos de convivir con esa familia.


Era otro día de clase. No podía quejarse, estudiar siempre distraía su mente, gustaba de leer y entendía perfectamente cada oración de los profesores. No por nada tenía una beca asegurada. Sin embargo, esa beca jamás sería aprovechada, porque según sus padres debía cumplir con las obligaciones de ser la primogénita Kyoyama.

Torció los labios y continuó su rumbo. Pensaba más de lo que debía, y eso la ahogaba a veces. Tener una mente tan activa la agotaba.

— Odio los días de calor — murmuró irritada.

Caminó por todas las sombras posibles y evitó que la luz solar tocara su piel. Era algo cómico pero necesario, no quería morir por una ola de calor.

— ¡Hey, Anna!

Escuchó el grito e instintivamente giró sobre sus talones para verlo de frente. Era Yoh, que corría hacia ella, cargando su mochila a cuestas. Entonces recordó los tiempos de antaño, cuando ese chico de 16 años solo tenía 10 años, y le pedía caminar juntos a la escuela. Algo no había cambiado y era que Yoh seguía siendo tan animado como ese día.

— Buenos días — saludó en cuanto la alcanzó — Quería irme con Hao, pero él se adelantó — agregó apresurado.

— Buenos días — contestó sin mostrar interés.

Los dos empezaron de nuevo la caminata. Yoh caminaba a la par de ella, y ninguno empezó una charla. No era necesario, la compañía del otro ya era suficiente.

Anna conocía los sentimientos de Yoh desde la primaria. No fue difícil descubrirlo pues el chico tampoco lo ocultaba. Lo difícil fue rechazarlo, porque no sentía lo mismo. Ese chico que ahora la acompañaba era su único amigo, a excepción de Hao, y una de las pocas personas que en verdad apreciaba.

¿Cuándo los dos idiotas se convirtieron en sus amigos más preciados? Sucedió cuando era una niña, solitaria, jugando detrás de un árbol, sin más supervisión que de una nana anciana que no prestaba atención a las acciones de la pequeña.

Jugaba con una hermosa muñeca de porcelana, y la abrazaba de vez en cuando. Imaginaba que la muñeca lloraba y pedía su atención, ella tan buena madre que era, la colmaba de atención y cariño. Algo que no le mostraron sus padres.

Entonces unos niños que venían de visita, se acercaron a ella y pidieron jugar. Aunque claro, el menor de los hermanos era el que más deseaba tener una amiga, el mayor en cambio se pasaba el tiempo observando el juego de esos dos.

Desde ese instante en que mostraron cariño hacia ella. Desde ese instante Anna los consideró importantes.

— Anna, ya llegamos — anunció Yoh sacándola de sus recuerdos.

La entrada era amplia, y estaba repleta de estudiantes.

Yoh la acompañó adentro, e impidió que alguien la empujara. Anna agradeció internamente la ayuda. A veces esos estudiantes de tercero eran unos animales salvajes.

No tardaron en encontrar a los amigos de Yoh. Estaban caminando hacia los casilleros. Una bola de inútiles según Anna.