No soy partidaria de segundas partes, pero deseaba recrear esta escena. Enserio adoro la hermandad de Yoh y Hao, nada podría empañarla.

Aunque este capítulo en particular no se dirige tanto a Hao y Anna, me gusta plasmar la bonita conexión de esos tres.


Tradición parte 2

Continuación del anterior capítulo.


Regresó casi a las tres de la madrugada. Intentó no despertar a nadie, caminaba en hurtadillas, intentando hacer el menor ruido. No contó que su hermano estaba despierto, esperándolo en la sala. En cuanto quiso subir por las escaleras, la luz de la sala se prendió y Hao casi se cae por la impresión.

— Llegas muy tarde nii-san — reprochó su hermano. Tenía entre sus manos una taza de chocolate caliente.

Quería verse intimidante pero el bigote de chocolate no ayudaba.

— Siempre llego a esta hora — se encogió de hombros y continuó su camino.

Su hermano siempre pensó que tenía las situaciones bajo control. Pero a veces no era así, solo era cuestión de suerte.

— Hao, no deberías esconder tu relación.

El mencionado se detuvo. Estaba subiendo el primer escalón cuando su querido gemelo osó ordenarle. Sí, era su hermano, y sí, lo quería. Sin embargo nadie podía darle una orden tan chocante.

— ¿Disculpa? — viró la cabeza para verlo mejor. Su mirada se endureció — ¿Te pedí tu opinión?

Yoh no tenía miedo a su hermano. Aunque sus amigos decían que Hao tenía una expresión terrorífica cuando se enojaba, él jamás le tuvo miedo. Así que se acomodó en el sillón y lo retó con la mirada.

Si alguien viera la escena. Si las miradas mataran, seguramente ambos Asakura estarían muertos en plena sala.

Debía admitir que su querido hermano, siempre amable y sonriente, tenía una expresión muy similar a él cuando se enojaba. Por algo era su gemelo ¿no?.

— Anna no merece que la escondas de la familia — dijo Yoh. Dejó el chocolate caliente encima de la mesita frente a él.

— Otouto — habló mordaz. Pocas veces le ponía ese honorífico. En esta ocasión lo hizo en modo de advertencia — no te metas en mis asuntos.

El duelo de mirada continuó. Por primera vez Yoh no cedió. Permaneció con la vista altiva y firme. Si Hao no estuviera involucrado en la disputa, seguramente había alabado la ferocidad de su hermano. Pero no era el caso.

— Ocultas a Anna la verdad ¿no? — dijo Yoh.

Para Hao fue un golpe certero, justo en la conciencia. Dio grandes zancadas hasta llegar a su gemelo. Lo sostuvo por las solapas de su camiseta y lo acercó al rostro.

— No juegues con fuego, porque voy a olvidar que eres mi hermano — siseó.

Lo soltó de mala manera y subió por las escaleras dando por finalizada la conversación.

Yoh quedó en la sala, completamente solo y con una expresión de enojo. Adoraba a su hermano, y a Anna la quería mucho. Eran las dos personas más importantes en su vida. No quería dañar a ninguno, y siempre procuraba cuidarlos. Pero esta vez su hermano estaba equivocado y no podía guardar silencio.

Su vista viajó por la estancia y se detuvo en la foto que descansaba en una de las paredes. Dos niños idénticos, pero uno llevaba el cabello más largo que otro. Solo así podían diferenciarlos. Esos dos pequeños sonreían ajenos a cualquier problema.

Prefirió ir a dormir. Con el humor que tenía su hermano, difícilmente podría hablar con él esa noche. Apagó la lámpara y antes de subir a su habitación, echó una última mirada a esa foto.


Pasó tres días de aquel incidente. Los hermanos Asakura no se dirigían la palabra. Yoh intentaba comunicarse con Hao, pero este ignoraba olímpicamente las intenciones de su gemelo.

Odiaba admitirlo pero extrañaba las burlas de su hermano. Ahora no era digno ni de escuchar su voz.

— Hao, pásame la salsa de soya — pidió su madre. Keiko no era consciente de la disputa de sus dos amados hijos. Así de despistada era por el trabajo acumulado.

El castaño lo pasó de mala gana.

Yoh pensó ver una posibilidad en que su hermano interactuara con él.

— Nii-san, pásame la sal — pidió esperanzado. Pero Hao ni caso le hizo — Hum, Hao — llamó.

En ese instante, Mikihisa fue el primero en notar la tensión entre sus hijos. Observó a cada uno, y fingió estar atento su comida.

— Pásame la sal — volvió a insistir elevando la voz.

Hao era terco, y no lo miró.

— ¡Pasame la sal! — gritó exasperado. Sí, podía ser muy paciente, pero llevaba tres días sin dirigirle la palabra, y estaba harto.

— Asakura Yoh, no se grita en la mesa — reprendió su madre.

Keiko misma agarró el salero, el origen de tanto griterío, y se lo pasó a Yoh. El muchacho se encogió en su sitio, frustrado.

— Creo que ese no era el problema — comentó Mikihisa mientra se levantaba y llevaba su plato a la cocina.

Su esposa no entendió sus palabras, pero prosiguió comiendo.

Hao fue el segundo en retirarse. Ese día no tenía ánimos de convivir con esa familia.


Era otro día de clase. No podía quejarse, estudiar siempre distraía su mente, gustaba de leer y entendía perfectamente cada oración de los profesores. No por nada tenía una beca asegurada. Sin embargo, esa beca jamás sería aprovechada, porque según sus padres debía cumplir con las obligaciones de ser la primogénita Kyoyama.

Torció los labios y continuó su rumbo. Pensaba más de lo que debía, y eso la ahogaba a veces. Tener una mente tan activa la agotaba.

— Odio los días de calor — murmuró irritada.

Caminó por todas las sombras posibles y evitó que la luz solar tocara su piel. Era algo cómico pero necesario, no quería morir por una ola de calor.

— ¡Hey, Anna!

Escuchó el grito e instintivamente giró sobre sus talones para verlo de frente. Era Yoh, que corría hacia ella, cargando su mochila a cuestas. Entonces recordó los tiempos de antaño, cuando ese chico de 16 años solo tenía 10 años, y le pedía caminar juntos a la escuela. Algo no había cambiado y era que Yoh seguía siendo tan animado como ese día.

— Buenos días — saludó en cuanto la alcanzó — Quería irme con Hao, pero él se adelantó — agregó apresurado.

— Buenos días — contestó sin mostrar interés.

Los dos empezaron de nuevo la caminata. Yoh caminaba a la par de ella, y ninguno empezó una charla. No era necesario, la compañía del otro ya era suficiente.

Anna conocía los sentimientos de Yoh desde la primaria. No fue difícil descubrirlo pues el chico tampoco lo ocultaba. Lo difícil fue rechazarlo, porque no sentía lo mismo. Ese chico que ahora la acompañaba era su único amigo, a excepción de Hao, y una de las pocas personas que en verdad apreciaba.

¿Cuándo los dos idiotas se convirtieron en sus amigos más preciados? Sucedió cuando era una niña, solitaria, jugando detrás de un árbol, sin más supervisión que de una nana anciana que no prestaba atención a las acciones de la pequeña.

Jugaba con una hermosa muñeca de porcelana, y la abrazaba de vez en cuando. Imaginaba que la muñeca lloraba y pedía su atención, ella tan buena madre que era, la colmaba de atención y cariño. Algo que no le mostraron sus padres.

Entonces unos niños que venían de visita, se acercaron a ella y pidieron jugar. Aunque claro, el menor de los hermanos era el que más deseaba tener una amiga, el mayor en cambio se pasaba el tiempo observando el juego de esos dos.

Desde ese instante en que mostraron cariño hacia ella. Desde ese instante Anna los consideró importantes.

— Anna, ya llegamos — anunció Yoh sacándola de sus recuerdos.

La entrada era amplia, y estaba repleta de estudiantes.

Yoh la acompañó adentro, e impidió que alguien la empujara. Anna agradeció internamente la ayuda. A veces esos estudiantes de tercero eran unos animales salvajes.

No tardaron en encontrar a los amigos de Yoh. Estaban caminando hacia los casilleros, gritando tonterías, bueno solo Horo-horo.

Una bola de inútiles según Anna.

— ¡Hola Yoh! — saludó efusivamente Horo, pero al ver a la chica enmudeció — Buenos días Anna.

La chica en cuestión sonrió airosa. Había costado pero por fin ese puercoespín le tenía respeto.

— ¡Hola Horo, Ren, Manta! — levantó la mano en modo de saludo y se acercó a ellos.

Anna prefirió no interrumpir su charla de chicos y siguió su camino hasta la clase de matemáticas. No era su favorita, no obstante educativa y necesaria.

Arribó a tiempo, como siempre, saludó a las pocas chicas que conocía y esperó al profesor.


Por fin llegó la hora del almuerzo. Ya estaba saboreando el delicioso almuerzo que le prepararon. Aunque dudada que podría contra la insistencia de Horo para que le invitase un poco.

— Estoy pensando en ir a una fiesta de tercero — comentó Horo entusiasmado — ¡Imagina a las chicas!

Los ojos de Horo parecían dos pares de estrellas por lo mucho que brillaban. Ren suspiró exasperado.

— Ninguna te hará caso ¿alguna vez usas ese objeto llamado espejo? — se burló Ren, con una sonrisa burlona.

— Es mejor que ser enano y con cara de perro regañado.

Y entonces, como cada día, ambos chicos empezaron su ronda de insultos. Manta estaba acostumbrado, pero nunca dejaría de sentirse avergonzado por el bullicio de sus amigos.

Yoh aprovechó la disputa para comer lo más posible de su almuerzo. Dio un par de mordiscos antes de ver a su rubia amiga, caminando con Pilika, Tamao y Jeanne. Tragó el trozo de pan y levantó la mano hacia ella, llamando su atención.

— ¡Anna! — agitó la mano con una sonrisa

Manta suspiró. Su amigo se había enamorado de la chica más difícil de la escuela. Y aún parecía que mantenía esperanzas.

Tamao fue la primera en acercarse, con un sonrojo que cubría su rostro, era adorable pero ignorada. Se aseguró en sentarse en un lugar apropiado para estar cerca de su crush. Jeanne en cambio, prefirió sentarse con Lizerth igual que Pilika, quién le guardó lugar en una mesa cerca de la ventana.

Anna aceptó la invitación sentándose frente a Yoh.

No podía negarlo, se había abstenido de pensar más al respecto pero, la quería. Esa chica se había colado en sus pensamientos, ni qué decir de su corazón.

Pero la felicidad no le duró mucho. Pues justo en ese instante, Asakura Hao entró en escena, con un porte confiado y seguido por sus amigos. Las Hanagumi, Peyote, los hermanos Boz y otras personas que no reconoció. Se instalaron en una mesa cercana, las chicas fueron las primeras en saludarlo con una sonrisa amable, y los demás chicos con un cabeceo. No eran malas personas pero tampoco eran sus amigos, solo de su hermano.

Hablando del mayor de los Asakura. Hao no se sentó enseguida, lo observó fijamente unos segundos y giró la cabeza hacia Matilda para responder su pregunta.

Estaban enojados, uno con el otro. Y eso molestaba a Yoh. La relación de hermanos era sagrada, y al parecer era él único que quería hacer las pases.

— ¿No se hablan? — preguntó Anna.

— Algo así.

Kyoyama no preguntó más. Conocía bien a Yoh para saber que no deseaba hablar al respecto.

Comieron en silencio, con una Tamao confundida por no entender esas miradas. Anhelaba tanto una conexión así con Yoh.

— ¡Oye Kyoyama! — exclamó Hiroshi. Un tipo fornido con poco cerebro y malo para buscar peleas. Co-capitan del equipo de básquetbol. Se acercó a la mesa con aire de suficiente y se inclinó hacia la susodicha — ¿Vendrás a la fiesta de tercero?

El cabello rojizo que portaba el chico rozó la cara de Anna, y esta en respuesta se alejó.

— ¡Vamos, linda! Como soy tan buena persona dejaré que tus amigos también vengan — Se sentó sin permiso junto a Anna, arrebatando la silla de Manta — Solo debes aceptar venir conmigo, como mi acompañante. ¿Imaginas? una preciosa chica para el capitán.

Anna sintió repulsión. Yoh estaba a punto de pedirle a Hiroshi que se fuera, pero sabía que primera mano que la chica no permitiría que se metiera en problemas.

— No — sentenció Anna, terminado su postre de manzana.

— No estoy entendiendo, Anna.

— Si tienes tan poca capacidad mental para entenderlo, no es mi problema — masculló limpiándose los labios con una servilleta.

— Te estoy dando la oportunidad de ser mi chica, ¿no entiendes las ventajas que tendrías? — intentó convencer por las buenas.

La rubia por fin lo miró, con esa gélida expresión. El chico entendió que no cambiaría de opinión. Pero no permitiría que nadie lo rechazara y menos frente a tantas personas.

— No me harás quedar en ridículo — susurró para que solo ella lo escuchara. Pero Yoh, y Tamao si lo hicieron — Así que es mejor que no me retes.

Harta de tanto drama, Anna se levantó de la mesa dispuesta a irse. Pero Hiroshi la tomó del la muñeca fuertemente provocando una mueca de dolor.

Esa fue la gota que derramó el vaso para ambos hermanos.

Hao quien observaba todo desde lejos, no intervino porque la rubia siempre decía que podía cuidarse sola. Se enojaba porque la trataban como una damisela en apuros. Pero esta vez, no podía negar que necesitaba ayuda.

— ¿Obligando a una chica? Caíste bajo Hiroshi — Comentó Hao, cuando estaba al lado de él.

El mayor de los gemelos, tomó el antebrazo de Hiroshi y lo apretó hasta que soltara a Anna. El afectado chilló de dolor. Hao tenía una fuerza descomunal cuando se enojaba, y esta era una ocasión para perder el control.

Yoh también se propuso a ayudar, y alejó a Anna de la situación. La rubia se acarició la muñeca enojada ¿Cómo se atrevió a dañarla?

— ¡Cállate Hao! ¡No tienes derecho a lastimarme! — exclamó, entre aullidos de dolor.

El Asakura mayor sonrió burlonamente, y se acercó hacia su repulsiva cara.

— Es mi novia — confesó, dejando a la mitad de alumnos anonadados.

¿Hao Asakura tenía novia?

— Yo... — intentó hablar Hisoshi, pero el dolor no se lo permitía.

— Escucha bien — se inclinó hasta la oreja del chico — Eres un ser diminuto, y por esa razón es tan fácil aplastarte — dijo Hao apretando otra vez el antebrazo, casi podía sentir el hueso quebrarse lentamente.

— Hao, fue suficiente — dijo Yoh acercándose a su hermano.

Por primera vez, obedeció. Lo soltó abruptamente, y el chico cayó de bruses al suelo. Prefirió ir a ver a Anna, pero su intento fue truncado por uno de los amigos de Hiroshi, que no contento con la escena decidió lanzar un golpe a Hao mientras este estaba de espaldas. Para fortuna del castaño, su hermano fue más rápido, deteniendo el golpe.

Y dónde están los amigos de Yoh y Hao, se preguntaran, pues ambos bandos se mantenían al margen porque confiaban ciegamente en que sus respectivos amigos podrían lidiar con algo así. Aunque Horo-horo lo hacía para no recibir una paliza.

Ambos hermanos compartieron una mirada cómplice. Hao e Yoh, tenían un lazo fuerte que ninguna pelea rompería.

— Siempre en líos — pronunció Hao mientras revisaba el moretón que tenía en la muñeca. Acarició la piel lastimada, una caricia superficial para no incrementar el dolor.

— Cállate — dijo ofendida — ese imbécil me tomó desprevenida.

— No es grave, pero te llevaré a la enfermería — murmuró.

Ajeno a la escena. Yoh veía con alegría como su hermano se preocupaba por Anna. No sé sentía mal por no ser el interés amoroso de ella, sino porque no hizo más al respecto.


Al finalizar el día, todos sabían que Kyoyama Anna era novia de Asakura Hao.

La situación en la cafetería fue castigada por la misma directora. Para mala suerte de los implicados, Hiroshi fue absuelto porque su brazo estaba muy lastimado como para cumplir la sentencia de limpiar la cafetería por un mes.

— Me duele la mano — se quejó Yoh, mostrando una mano casi tiesa.

— A mi me duele la cabeza por tus quejas — bufó Hao.

Caminaban de regreso a casa. El día de castigo había finalizado, y necesitaban descansar para el siguiente. Tenían tanta hambre que habían compartido unas frituras. Sus padres habían cortado cualquier ingreso monetario cuando se enteraron del escándalo.

— ¿Le dirás? — comentó Yoh quitándose el sudor de la frente.

— Le dije que iría a su casa esta noche. Así que sí — respondió Hao con una expresión tranquila.

— Los señores Kyoyama ¿cómo los evitarás?

— Tú me ayudarás — ordenó.

Yoh casi se tropieza con una piedrita por la sorpresa.

— ¿Bromeas?

— Me lo debes.

Y se lo debía. Porque su castigo no fue tan severo, Hao lo encubrió por completo, inventando una historia rebuscada donde el inocente Yoh fue implicado injustamente. Sus padres le creyeron, pero aún así redujeron la mesada de Yoh a la mitad.

– Esta bien — dijo resignado.

Otra aventura para el dúo dinámico.