Había transcurrido un año desde que se destruyó la perla de shikon, un año desde que Inuyasha no veía a Kagome, un año desde que supo que ella estaría a salvo y protegida en su mundo, pero no podía evitar sentirse solo.
Aunque Sango y Miroku estaba allí para él, su prioridad estaba en las gemelas que tenían juntos, Shippo lo veía a visitar cuando podía, Sseshomaru iba y venía a la aldea cada cierto tiempo. Quizás estuviera rodeado de personas, ahora cuando pasaba por la aldea las personas ya no lo rechazan Kagome fue la única que logró que los demás lo aceptarán, pero aún rodeado de gente se sentía solo.
¿Qué podía hacer para no sentirse así? Durante las noches veía las estrellas, de algún modo Inuyasha pensaba que Kagome podía estar viéndolas de igual forma, aunque ella había dicho que en su mundo no se podían ver bien las estrellas, porque sería? ¿Qué le impedía ver las estrellas?
Miroku lo distraía pidiéndole de favor que lo acompañara a hacer exorcismos para así ganar algo de dinero, para Inuyasha ese dinero no importaba y lo guardaba para alguna emergencia. Acumuló una gran suma pero lo que quería, lo que verdaderamente deseaba no podía ser comprado con dinero.
Suspiro al darse cuenta que sus pies lo llevaban a aquel lugar donde siempre la iba a buscar, su mente ya se sabía el camino de memoria y no quería olvidarlo, ya que si olvidaba ese camino que recorrió tantas veces, entonces posiblemente pueda olvidarla a ella? No, eso sería imposible Kagome se fundió en su corazón y nunca iba a salir de allí.
Llegó al pozo devorador de huesos, por donde siempre iba a buscarla, donde siempre llegaba y era recibido con una cena y el cariño de su familia, ella estaba allí con ellos por lo que estaba bien, ella estaba más protegida allá, que en ese mundo donde existía el hambre y las guerras sin sentido. Pero no podía evitar añorarla, preguntarse si se cortó el cabello, si sus ojos aún tenían esa profundidad, si ya había comido, si estaba durmiendo bien, ya que muchas veces se desvelaba estudiando y él no entendía el porqué. Su deseo estaba incrementando con esos pensamientos, su deseo de verla, su necesidad de escucharla.
- Inuyasha
Esa voz, esa vos era de Kagome, ella lo estaba llamando, de dónde? De donde provenía su voz? Ella lo está llamando, acaso corría peligro? No sonaba serena. Pero donde estaba? No, ella no estaba allí, solo la escucha en su cabeza, ya estaba alucinando.
Durante los siguientes días comenzó a alucinar con ella, la escuchaba, la veía, la olía, incluso algunas veces le costó diferencias que son iluciones, pero aprendió a no dejarse llevar por ellas. Fueron difíciles los primeros meses pero se acostumbro de verla siempre en sus momentos de soledad.
3 años después…
Ya han pasado tres años desde que Kagome se fue, aún tiene esas alucinaciones de Kagome, pero ahora sabe cómo diferenciarlos, a veces… caía como idiota cuando la sentía cerca y luego su ilucion se esfumaba.
Sango y Miroku estaban colgando la ropa y las sábanas, mientras las gemelas jugaban con el tirándole de las orejas. Le dolía el accionar de las niñas.
Ahora su olor estaba otra vez, podía olerla otra vez, pero era diferente o tal vez su mente le jugaba otra broma, soltó a las niñas de Miroku y Sango, y fue corriendo al origen de donde provenía ese olor, llevándolo directo al pozo.
Al llegar al pozo, estiró su mano dentro del pozo y fue allí que pudo sentirla, estaba sujetando su mano, y la saco de allí.
- Inuyasha, perdoname, me esperaste mucho?
- Tonta… que hiciste todo este tiempo?
No, Kagome no podía estar allí, ella estaba a salvo en su mundo, quizás esta era otra ilucion, aunque se sentía tan real, pero no fue hasta que sus amigos llegaron y la saludaron que me Inuyasha se dio cuenta que está era la real, la verdadera Kagome volvió, y ahora jamás se volvería a separar de ella.
Inuyasha y Kagome tuvieron un matrimonio feliz los primeros 6 años, hasta que la noticia del embarazo de Kagome hizo que Inuyasha sintiera que las cosas no podían mejorar, estar con la verdadera Kagome ya era una dicha, poder disfrutar de ella era el placer más grande del mundo, ahora su felicidad se duplicaba.
