- ¿Un pergamino y unas piedras? ¿Y qué demonios significa eso? ¿Es todo cuanto tienes? ¿No has conseguido más información? -le preguntó Roshi a la mañana siguiente en la redacción

- ¡Lo sé, lo sé! ¡Argh! Fue culpa de ese entrometido del Four Stars Today -se lamentaba furiosa la joven

- ¿¡El Four Stars Today va detrás de nuestra historia!? -exclamó el anciano- Más nos vale entonces acelerar la investigación si queremos ser los primeros en publicar algo. Recapitulemos -dijo mientras observaba el despliegue de fotos de los fallecidos sobre la mesa de su despacho- ¿Qué sabemos hasta ahora del caso?

- Estos días he estado hablando con familiares y amigos de los asesinados, pero todo parece limpio. No hay contactos con mafias, deudas pendientes, ni enemigos conocidos en ninguno de los casos.

- ¿Y qué me dices de relaciones con personas pertenecientes a altas esferas de poder?

- Según lo que me han trasmitido sus allegados y, hasta donde yo sé, nada -contestó consternada

En ese momento entró Goku, directo a hacerse con unos cuantos donuts de los que todas las mañanas compraba el redactor jefe para los periodistas y que dejaba a disposición del equipo en su oficina.

- Buenos días, Roshi, Bulma. Espero que hoy hayan traído de esos donuts rellenos con chocolate, son los mejores y llevan un tiempo sin aparecer y… ¡hey! ¿Esa de ahí no es la súper famosa modelo Maron? -dijo Son apuntando a la foto de la maniquí- Una pena lo de su muerte. El pobre Mister Satán debió de quedar muy consternado con su desaparición; primero enviudó y luego su novia falleció. Una tragedia

- ¿¡Que qué!? -clamaron los otros dos periodistas

- Goku, ¿acabas de decir que Maron y el alcalde de Capital del Oeste eran pareja? -preguntó Bulma asombrada

El susodicho se limitó a asentir con la cabeza mientras engullía a carrillos llenos un donut de chocolate, el cual chorreaba sobre su camisa naranja sin que este se percatara

- ¿Y cómo demonios podías saberlo? -continuó la mujer- ¡Eres la persona más despistada que conozco!

- Muy fácil -logró articular el joven después de tragar el dulce elemento-, su hija Videl y Gohan van a la misma guardería, y allí me los cruzaba a los dos a la hora de la salida de los niños

- Los caminos del Señor son inescrutables -murmuró estupefacto para sí el anciano- En fin, ya tenemos un hilo del que tirar. Y ahora que lo pienso, esta noche Mister Satán celebra una cena de gala para conmemorar su décimo año como alcalde de la ciudad. Bulma, te acreditaré para que asistas al evento y recabes toda la información posible ¿Tienes un vestido apropiado para la ocasión?

"Bitch, please" fue todo cuanto obtuvo por respuesta de la mujer, quien procedió a abandonar de inmediato la oficina para pedir hora en el más selecto salón de belleza de la ciudad.

Esa noche, en la mansión del primer edil, todos los altos cargos y poderosos que se preciaran de serlo se había dado cita en el lugar, deseosos de exhibir su influencia y tejer nuevas redes de contacto para seguir extendiendo su dominio. Bueno, todos ellos y un montón de hambrientos y hastiados periodistas que se aglomeraban en la barra libre de la fiesta.

Hasta ese punto junto a sus colegas se dirigió la peliazul, enfundada en un espectacular vestido largo de tirantes plateado y un sencillo pero elegante recogido a la altura de la nuca.

- Hola, Bulma, ¡guau! Estás estupenda, chica -la saludó con afecto la responsable de prensa de la corporación municipal

- Hola, Miu, muchas gracias, tú también te ves genial -le devolvió el saludo con sinceridad la joven y añadió- Oye, Miu, ¿no sabrás por casualidad cuál es el baño personal del alcalde? Es que los lavabos que han puesto para la prensa están a rebosar de gente y necesito cambiarme el tampón urgentemente, no quisiera manchar el vestido

- Claro, claro, Bulma, cómo no -respondió siempre solícita su compañera- ¿Ves esa escalinata? Sube por ahí y al fondo a la izquierda lo encontrarás; no te confundas de puerta, la que está enfrente es la del dormitorio de Mister Satán

- Gracias, te debo una

Y, sin más demora, partió hacia el lugar en busca de alguna pista que pudiera descubrir qué o quién se escondía tras los sórdidos asesinatos que estaban ocurriendo en su estimada ciudad. Cuando se encontraba justo a punto de subir el primer escalón, la detuvo a sus espaldas una dulce voz llena de falsa afectación.

- Querida, te ves resplandeciente en ese traje, cualquiera diría que eres una simple periodista

- Oh, buenas noches, señor Cold, gracias -respondió turbada la joven alisando una arruga imaginaria en su vestido

El multimillonario constructor era uno de esos poderosísimos señores en la sombra que todas las grandes ciudades tienen en su haber. Frieza era un hombre extremadamente cauto y poco se sabía de su vida, salvo que era mejor estar a buenas con él y que nada ocurría en Capital del Oeste sin su consentimiento.

Bulma se lo había cruzado apenas una o dos veces en algún acto oficial en todos los años que llevaba ejerciendo en el West City Tribune. Y recordaba que en todas esas ocasiones su sola presencia, a pesar de su corta estatura y su siempre impoluto traje blanco, la había impresionado enormemente pues una siniestra aura lo rodeaba allá donde fuera. Necesitaba salir de ahí cagando leches.

- Señor Cold, le pido disculpas pero muy a mi pesar debo dejarle, me dirigía en estos momentos al excusado de señoras y me temo que no puedo esperar más

- Adelante, mi niña, no quisiera entretenerte entonces -le respondió después de un breve trago a su copa de vino tinto, quedando un poso violeta enfermizo en sus labios- Pero ten cuidado allá arriba no vayas a perderte -una sonrisa que helaría hasta las llamas eternas del infierno fue toda su despedida antes de darse la vuelta y perderse entre la multitud

"Joder, joder, joder", pensó Bulma mientras subía los escalones aceleradamente, "¿qué cojones lo ha llevado a abandonar su palacio fortificado para a acudir a la gala de Mister Satán esta noche?". Tan absorta estaba en sus cavilaciones que, tras cruzar a toda el prisa el desierto pasillo y entrar precipitadamente en el dormitorio del alcalde, no reparó a la primera en la otra figura que se hallaba dentro del lugar hasta que esta se giró.

- ¡Tú! -se gritaron en voz baja al unísono

- ¡Demonios, Briefs! ¿Es que quieres que nos maten a los dos?

El periodista del Four Stars Today parecía vestido para matar. Portaba corbata negra, camisa blanca y un elegante traje azul real que apretaba deliciosamente todos y cada uno de sus músculos. Era un misterio cómo lograba moverse con esa soltura por la habitación. Y el muy condenado se había dejado las gafas puestas, ¡ugh! Estupendo.

- ¿Qué estás haciendo aquí, Ouji? -le susurró Bulma luchando todo lo posible por mantener sus ojos a la altura del rostro del hombre

- ¿A ti qué te parece, oh, suma sacerdotisa del periodismo? -respondió con todo el desdén que pudo- Lo mismo que tú: buscar pistas ¿Qué haces ahí mirando como un pasmarote? Ya que estás aquí, ponte a rebuscar por ese lado, aún no he tenido tiempo de registrar su mesita de noche. Pero lleva cuidado y déjalo todo como estaba

- ¡Oye, no me digas cómo tengo que hacer mi trabajo! -le contestó furiosa la peliazul

Pero aún así le hizo caso y empezó a revolver minuciosamente el cajón de la susodicha mesita. Al fin y al cabo, cuatro ojos veían más que dos y los minutos corrían en su contra, pues cuanto más tiempo pasaran ahí dentro más posibilidades había de ser descubiertos.

- Creo que tengo algo -dijo al poco Bulma y el hombre acudió presto a su lado

- ¿De qué se trata?

- Parecen unas cartas escritas por Maron; voy a fotografiarlas y a devolverlas a su sitio

Y, diciendo esto, sacó su móvil del bolso y comenzó a tomar instantáneas, cosa que imitó el otro periodista. Cuando ambos hubieron terminado, se acercaron con cautela a la puerta.

- Voy a asomarme con mucho sigilo para ver si viene alguien. A mi señal, salimos los dos de aquí pitando -le dijo el hombre, a lo que ella asintió

Así, abrió la puerta y, al comprobar que no había nadie, abandonaron la estancia rápidamente. Pero cuando estaban a punto de alcanzar la escalinata, oyeron las voces de lo que parecían ser unos guardas de seguridad subiendo por la misma.

En ese punto exacto en el que se encontraban no había ninguna habitación en la que pudieran colarse. ¡Estaban atrapados! Justo cuando los dos hombres alcanzaban la parte final de la escalera, Vegeta cogió a Bulma y estampándola contra la pared la besó con todas sus fuerzas.

Al principio, la cosa había empezado como algo muy casto, puro labio contra labio. Pero dado que el ósculo había pillado a Bulma completamente desprevenida, la mujer enseguida entreabrió un poco la boca, más que nada con la intención de dejar salir una exclamación. Pero entre unas cosas y otras, y sin saber muy bien quién había dado el primer paso, pronto las dos lenguas se unieron, haciendo pasar el beso a otro nivel.

- Buscaos un hotel -murmuró entre risas unos de los guardas

Pero los dos jóvenes ya no escuchaban, pues estaban absolutamente metidos en ese beso demoledor que Bulma, sin lugar a dudas, catalogó enseguida como el mejor de su vida. Entonces él volvió a sorprenderla enredando los dedos de su mano en los suaves cabellos de la peliazul a la altura de su nuca, a lo que ella respondió aferrándose a sus hombros fuertes. Kami, eran tan duros como había imaginado.

Ouji la estaba arruinando para siempre. Ouji, el muy maldito. Y, en ese momento, un rayo de lucidez la embistió como un tren de alta velocidad, haciéndole cortar el beso de golpe solo para encontrarse de frente con la perfecta imagen de Vegeta: los oscuros y dilatadísimos ojos entrecerrados, su boca aún abierta jadeante, las gafas medio colgando en el puente de la nariz y un rubor arrebatador en sus mejillas. Estaba jodida. Bien jodida. Y lo sabía.

El hombre pareció recobrar la cordura al instante y, sin mediar palabra alguna, se colocó las gafas y se perdió escaleras abajo, dejando a Bulma sola y cachonda como una perra como no recordaba haberlo estado nunca.

Exactamente en ese instante, en el sagrado templo de la sabiduría que era la biblioteca central de Capital del Oeste, sus interminables pasillos con estanterías de vieja madera repletas hasta el techo de libros (los mejores amigos de los hombres) eran los únicos y silenciosos testigos del brutal asesinato que se estaba cometiendo en el despacho del archivero real.