¿Cómo va todo? Estos días te he echado mucho de menos. Eso de viajar por el mundo posando en bikini puede resultar verdaderamente agotador, créeme. ¿Y qué tal está la pequeña Videlcita? Espero que siga tan adorable como siempre.
Ayer en un rato libre que tuve me divertí paseando por el malecón por Cindy, ya sabes, Cindy "tetas grandes", mi compañera de agencia, esa de la que te hablé que se había teñido el pelo de un rubio platino espantoso y se había dejado las cejas negras, negras.
En fin, la cuestión es que estábamos mirando los puestecitos callejeros y vi unos colgantes que me recordaron mucho al que me regalaste hace unas semanas, ¿te acuerdas? Ese collar enorme con una piedra muy rara, esa que dijiste que se llamaba "piedra de lagarto" o algo así.
Bueno, da igual, la cosa es que no tengo ni idea de en qué sitio de mi apartamento lo tendré guardado, así que he pensado que podrías regalarme uno nuevo, ¿vale, amor? Pero esta vez asegúrate de comprarme una joya que no pese dos quintales como esa piedra naranja. Te voy a dar una pista de lo que me gusta: empieza por "dia" y acaba en "mante".
Nos vemos pronto, pichoncito
Tu Maron"
Bulma y Roshi repasaban una y otra vez a la mañana siguiente en la redacción la carta sustraída; y cada vez que la joven la leía no podía evitar estremecerse por el repelús que le producía imaginarse a esa peculiar pareja junta.
- Bueno, por fin tenemos algo sólido -afirmó el redactor jefe- Si tuviera que apostar, diría que los culpables querían la dichosa piedra que, para su desgracia, Maron poseía
- Pero, entonces, ¿por qué continuaron los crímenes? Si Maron la hubiese tenido, los asesinos se habrían detenido en ese primer homicidio y, sin embargo, se han cometido al menos otros tres que sepamos -aportó Bulma a la investigación
- Cierto, muy cierto -se mesaba el anciano la barba como siempre hacía cuando cavilaba- ¿Qué buscarían entonces en la casa de los otros fallecidos? ¿Quizá Maron le había vendido la piedra a alguno de ellos y los criminales andaban tras su rastro?
- Lo dudo mucho; cuando una mujer como Maron dice que ha perdido algo en su apartamento, es que lo ha perdido de verdad. Yo me inclinaría por que esa piedra nunca salió de su casa
- ¿Y qué querían de los otros asesinados, entonces? ¡Claro! ¡Ya lo tengo! -exclamó el hombre- El pergamino del que habló la viuda del arqueólogo
- ¡Sí, es verdad! -saltó alegre la peliazul
- ¿Te dio la señora Kaede alguna información sobre ese pergamino? ¿Sabemos algo? ¿El más mínimo detalle? -inquirió él, pero Bulma solo pudo mover su cabeza negativamente- Vaya, entonces tenemos que volver a la piedra, que es de lo único que hasta ahora conocemos algo
- A ver, sabemos que se llama "piedra de lagarto" -dibujó la joven las comillas en el aire al pronunciarlo-, que es naranja, pesa bastante y se encontraba engarzada en un collar que el alcalde regaló a su amante, la cual aseguraba haberlo perdido en su casa. ¿Te suena alguna gema así, Roshi?
Pero antes de que el experimentado periodista pudiera decir algo, el móvil de Bulma comenzó a sonar. Haciendo ella una señal al anciano para que esperara, salió a la calle para responder la llamada de un número que, por cierto, desconocía.
- Bulma Briefs, ¿con quién hablo?
- ¿Has leído ya las cartas de Maron? -sonó una profunda voz masculina
- ¡Ouji, pequeño! Sabía que volverías pidiendo más, pero nunca imaginé que lo harías tan pronto, ¿hasta ese punto me extrañas? -contestó Bulma juguetona con una sonrisa de oreja a oreja
"¿Me dijo pequeño? ¡Pero qué mujer tan vulgar y cómo grita!", se oyó claramente al otro lado de la línea antes de que Bulma rompiera a reír.
- Es broma, Kami. ¿Vas a contarme de una vez por todas a qué se debe tu llamada?
- Tch… Telefoneaba para decirte que sé dónde podemos buscar la siguiente pista que nos lleve hasta la piedra de lagarto
- Soy toda oídos, Ouji
- Conozco a un Catedrático de Minerología que ejerce de profesor en la universidad de Capital del Oeste; me he tomado la libertad de llamarlo antes que a ti y he concertado una entrevista con él dentro de unas horas, ¿te apuntas?
- ¿Otra entrevista a dos bandas? De verdad, Ouji, ¿en qué extraño lugar te licenciaste en Periodismo? -contestó ella- Además, si es tu fuente, ¿por qué la compartirías conmigo?
Tras una pausa al otro lado del teléfono, el hombre finalmente confesó:
- Porque necesito de tu mente brillante para detener cuanto antes estos crímenes que se ciernen sobre Capital del Oeste y hacer pagar por ello a sus culpables
Bulma se quedó sin palabras un momento antes de proferir en un susurro "cuenta con mi ayuda".
Dos horas más tarde, ambos se encontraban en la oficina de Taro Matsuo, doctor en Minerología. Cualquiera diría que alguien cuyo objeto de estudio eran rocas formadas por el paso de miles de millones de años sería una persona de talante paciente y esmerado; pero lo cierto era que Taro Matsuo representaba la inquietud y el desasosiego en persona.
- Muchas gracias por recibirnos con tan poco tiempo de antelación, doctor Matsuo, sabemos que la labor universitaria es muy exigente -empezó Vegeta mientras el profesor miraba intranquilo por la ventana de su despacho fumando un cigarrillo tras otro
- Queríamos preguntarle antes que nada, -prosiguió Bulma-, si conoce usted de alguna gema con el nombre de "piedra de lagarto"
El hombre, sin apartar la vista de la ventana, murmuró entre dientes algo que ninguno de los dos acertó a oír.
- Disculpe, doctor -intervino el redactor- ¿ha dicho usted algo?
- He dicho -afirmó girándose por vez primera hacia ellos desde que los periodistas tomaron asiento al otro lado del escritorio- que se llaman "bolas de dragón" y no es una sino siete en total
Bulma y Vegeta se miraron entre ellos con una mezcla de júbilo (¡al fin estaban comenzando a atar cabos después de tanto callejón sin salida!) y de consternación, pues que hubiera siete orbes solo podía significar que los asesinatos estaban muy lejos de concluir.
- ¿Y tiene usted alguna idea del valor que pueden adquirir estas bolas de dragón en el mercado? -continuó la joven
- Su valor es absolutamente incalculable
- ¿Perdone? -preguntó Bulma desconcertada ante un Matsuo que visiblemente iba perdiendo paulatinamente la poca calma que parecía conservar
- Esas bolas, señorita Briefs, no son unas piedras cualesquiera. No sirven para incrustarse en finas alhajas que adornen las facciones de hermosas mujeres como usted. Esas orbes, engendradas en el albur de los tiempos, ostentan poderes ocultos de fuerzas telúricas, poderes místicos capaces de destruir todo cuanto conocemos o capaces de crear el paraíso en la tierra
Bulma contemplaba al profesor completamente aturdida, ¿qué estaba tratando de decir ese hombre (si es que aún se le podía tildar de tal y no de loco)? ¿Que alguien estaba reuniendo esas bolas de dragón para traer el final de los días?
- ¿Quién, doctor, dígame quién se está haciendo con ellas? -saltó Vegeta como un resorte sobre su silla apoyando las dos manos sobre el enorme escritorio de caoba- ¿Y qué relación tiene con todo esto un pergamino?
- ¡Ah, el pergamino de Shenron! Ya casi lo había olvidado -exclamó el erudito como en una ensoñación- De nuevo, os equivocáis, no es uno sino dos; más bien, las dos mitades de un mismo trozo
- ¿Y qué pone en ese pergamino? -preguntó ahora Bulma, sintiendo cómo el terror la invadía por momentos
- Es la sagrada invocación -ahora sí el hombre respondía casi ido, claramente fuera de sus cabales, mirando a un punto inconcreto del techo de la oficina
- ¿Dónde podemos encontrar las bolas que faltan? -inquirió el hombre más joven, apremiante
- Ya es tarde, mis queridos amigos, ya es demasiado tarde -convino moviendo la cabeza en un claro gesto de derrota
Y, diciendo esto, abrió la puerta de su despacho. "Ahora, por favor, os ruego que os marchéis", concluyó, esperando en el umbral a que los periodistas salieran.
Una temible sensación se cernía sobre Bulma mientras ambos se dirigían casi de manera autómata hacia el ascensor del edificio. Todo aquello había sido demasiado raro hasta para una vida llena de emociones y aventuras como la suya. ¿Bolas mágicas? ¿La destrucción de cuanto conocemos? Nada, absolutamente nada de eso tenía sentido.
Los portones de la máquina elevadora se abrieron y los dos redactores de Investigación se internaron dentro sin haber dicho aún palabra alguna desde que hubieron abandonado el despacho de Matsuo.
El ascensor inició su descenso pero, a punto de alcanzar la planta baja, un súbito apagón seguido de un parón brusco los dejó suspendidos. Aquello fue la gota que colmó vaso para la pobre mujer y un grito desgarrador se abrió paso por su garganta:
- ¡Ouji! ¡Estamos atrapados! -se desgañitó Bulma
- ¡Mujer, deja de clavar tus garras en mi brazo! ¡Estás a punto de cercenármelo! -dijo Vegeta intentando zafarse sin éxito del letal abrazo de la peliazul
- Padezco de claustrofobia -pudo apenas susurrar ella, ya prácticamente sin aire en sus pulmones por el ataque de pánico- Yo… no puedo…
Y su cerebro pasó a fundido negro. Cuando volvió a abrir los ojos, se encontró tumbada boca arriba en el pequeño cuadrado que formaba el suelo del ascensor, levemente iluminado por una bombilla de emergencias. A su lado, el redactor del Four Stars Today le abanicaba suavemente el rostro con unos papeles doblados.
- ¿Qué? ¿Por fin estás de vuelta? Menudo viaje el tuyo -le habló el hombre con una sorprendente dulzura en la voz
- ¿El apocalipsis ha llegado ya y estamos en el infierno? -logró musitar con esfuerzo la joven
Y, entonces, el sonido más hermoso que jamás había escuchado en su vida llegó a sus oídos. A su lado, Ouji reía. No ya una risa sardónica o arrogante, ni tampoco una carcajada sarcástica como las que le había oído en el pasado. Esta era una risa franca y trasparente, limpia como el agua de río. Pensó (quiso creer que producto de la reciente pérdida de conocimiento) que no le importaría despertar todas las mañanas escuchándola.
- Difícilmente, Briefs -le contestó cuando la risa hubo cesado- Imagino que tu infierno es más bien un bloqueo de escritor ante una hoja en blanco infinita
- Touché, Ouji, touché
Bulma trató de sonreír ante los evidentes esfuerzos del hombre por hacerle olvidar la situación en la que se encontraban, algo completamente inesperado viniendo de él; y, por ello, decidió arriesgarse un poco, no perdía nada por intentarlo:
- Ouji, hasta que venga el equipo de salvamento a rescatarnos -"¿qué salvamento ni qué tres cuartos?", creyó escuchar- cuéntame algo para distraerme; pero nada de información aséptica. Cuéntame una vivencia tuya
Parecía que él había decidido abiertamente ignorar su petición, pues pasaron unos cuantos minutos hasta que el hombre se desembarazó de sus gafas frotando sus ojos con los dedos índice y pulgar como para recordar mejor, y empezó a hablar en voz muy baja:
"Mi familia pasaba todos los veranos en una pequeña cabaña de madera junto a un lago en las montañas de Capital del Norte. Mi hermano Tarble y yo siempre teníamos algo que hacer: tomar el bote y las cañas para salir de pesca con nuestro padre; cortar leña para hacer una hoguera nocturna con la que preparar una buena barbacoa mientras contábamos historias; o ir en busca de frutos del bosque con los que nuestra madre preparaba las tartas más deliciosas que pudieras imaginar".
Bulma escuchaba conmovida la anécdota personal y, en su vívida imaginación, casi podía visualizar a un pequeño niño moreno con el pelo en forma de llama y un rebelde mechón cayendo por su frente. ¿Qué clase de colores (se encontró preguntándose antes de poder evitarlo) surgirían de una mezcla de negro y azul?
Una intensa luz la cegó en ese momento, la electricidad había regresado y, con ella, el ascensor reemprendió su marcha hasta detenerse finalmente en la planta baja pocos segundos después, sin haber podido procesar ese momento de sorpresiva intimidad.
En cuanto las puerta se abrieron, Bulma divisó un equipo de socorro que acudía veloz hacia ellos.
- ¿Lo ves, Ouji? Te dije que vendrían al rescate en cuanto supieran que la periodista de Investigación del West City Tribune había quedado atrapada -susurró ella por lo bajo dándole un leve codazo al hombre, el cual ponía los ojos en blanco-. ¡Tranquilos, ya me encuentro mejor! -gritó a los técnicos de salvamento mientras comenzaba a levantarse del suelo
- Señora, por favor, salga inmediatamente de ese ascensor, necesitamos llegar con toda urgencia al despacho del profesor Matsuo -sentenciaron los de personal médico
- ¿Qué? -clamó Vegeta, quien rápidamente había recuperado su habitual cara de don-palo-en-el-culo, pensó Bulma- ¿Le ha ocurrido algo al catedrático?
- El profesor Matsuo ha sido encontrado muerto por sus ayudantes hace 15 minutos colgado de una soga y con su oficina totalmente revuelta
