Un taxi dejó a la joven pareja a la entrada del emblemático edificio de Capsule Corp, pocos minutos después de abandonar la casa de Bulma.

- No sabía que tuvieras otra residencia aquí -le dijo el hombre mientras ambos se dirigían a la entrada del recinto

- Yo no, mis padres

Cuando alcanzaron la puerta, la peliazul, azorada y con la mirada fija en el suelo, titubeó:

- Ouji, me preguntaba si serías tan amable de quedarte esta noche. Mis padres ya están durmiendo y no quisiera despertarlos a estas horas para contarles lo del asalto y dejarlos preocupados. Y lo cierto es que un poco de compañía me vendría bien; aún me siento algo inquieta con todo esto

- ¿Ellos no se molestarán?

- En absoluto. El complejo residencial de Capsule Corp es muy grande y duermen en otro edificio. En esta parte apenas se encuentran mi habitación, algunos cuartos vacíos para invitados y otros espacios comunes

Tras meditarlo unos instantes, Vegeta asintió casi imperceptiblemente y ambos se internaron en la vivienda. Bulma los guió por pasillos y escaleras hasta llegar a la zona de los dormitorios:

- Esta es tu habitación -informó la peliazul empujando una puerta y adentrándose- En ese armario guardamos ropa corporativa, puede que algo te sirva como pijama. Y ahí encontrarás un cuarto de baño propio, por si te apetece darte una ducha antes de dormir

Vegeta, que no había abierto la boca desde que accedieran al inmueble, tomó asiento en uno de los lados de la cama y como para sí mismo murmuró en voz alta:

- Lo que no entiendo es cómo no he caído antes en que eras la hija del insigne fundador de Capsule Corp: el doctor Briefs -rió irónicamente

- ¿Cambiaría eso las cosas? -preguntó ella muy seria

- ¿Qué? -preguntó como volviendo de su ensimismamiento- No, claro que no. Solo es que un… redactor de Investigación como yo no debería haber pasado por alto ese detalle

- Bueno, no es algo que vaya divulgando por ahí -respondió la joven sentándose a su lado en la cama

- ¿Y por qué no? Debe de ser todo un orgullo ser la hija de uno de los hombres más talentosos del mundo -inquirió el periodista

- Por supuesto que lo es. Adoro a mis padres como no puedes imaginar. Solo es que… -Vegeta esperó pacientemente a que ella encontrara las palabras y el valor para articularlas- Es solo que cuando alguien descubre quién es mi padre suele haber dos reacciones: o se creen que mi puesto en el West City Tribune es producto del amiguismo y no de mi capacidad; o me dicen que cuando me canse de jugar a periodistas volveré a la empresa de mi familia con el rabo entre las piernas

Un intenso silencio se hizo entre los dos. Y Bulma, aún cabizbaja ante la emoción surgida por una confesión tan íntima, lo vio: Ouji apretaba las sábanas entre sus manos con tanta fuerza que sus nudillos se habían tornado de color blanco.

- ¿Sabes qué, Briefs? -dijo al fin el hombre- Que les jodan. Que les jodan a todos. Ninguno de ellos se habrá molestado nunca en leer una sola de tus crónicas para darse cuenta de tu increíble validez como periodista ni para alcanzar a comprender la labor que ejerces para con esta ciudad en cada una de tus investigaciones

La peliazul lo intentó con todas sus fuerzas, pero no logró contener la lágrima que rodó limpia por su mejilla.

- Briefs, ¿estás bien? ¿He dicho algo que te haya molest…?

Esta vez fue ella quien lo dejó con la palabra colgando de la boca:

- Calla, Ouji, calla y bésame

El ósculo pilló a Vegeta desprevenido, pero logró reaccionar rápido hundiendo sus manos en el suave cabello azul y besándola profundamente. Su lengua partía los carnosos labios de la mujer y entraba en su boca, obteniendo pequeños gemidos y suspiros que tragó con voracidad.

La cabeza Bulma empezó a dar vueltas, así que se dejó caer hacia atrás y, tirando de la camisa blanca de Vegeta hacia ella, se tumbó en la cama llevando al hombre consigo, que se posicionó encima con cuidado de no aplastarla con su peso. El periodista rompió entonces el beso para mirarla desde arriba y lenta, oh, muy lentamente, se quitó las gafas hasta dejarlas sobre la mesita de noche.

Kami, era tan hermosa. Desde la primera vez que se cruzaron en aquella rueda de prensa no había podido dejar de pensar en ella: sus ojos, su pelo, sus labios, su cuerpo; pero sobre todo su ingenio, sus agallas, su competitividad.

Bulma le devolvió la mirada desde abajo, en una dulce anticipación, con la respiración entrecortada y los labios hinchados. Sabiéndose admirada, no quiso esperar más y en un rápido movimiento se deshizo del vestido. Y por fin Vegeta cayó sobre ella como un sediento sobre el río, iniciando un camino de besos desde su cuello y su clavícula, hasta recalar en sus blancos pechos, encorsetados en un sujetador negro de encaje que, gracias a Kami, había decidido a última hora vestir a juego con sus braguitas.

La joven retiró el insidioso sostén y Vegeta no perdió ni un instante en hundir su cara en el escote llenándolo de más besos, sus dos manos apenas abarcando el generoso busto, mientras la lengua del hombre lamía y chupaba y succionaba cuanto se topaba: la curva de un pecho, un pezón implorante de atención, una pequeña mancha de nacimiento con forma de nebulosa.

Y siguió bajando, bajando más aún, hasta recalar en el sexo de Bulma, que Vegeta besó con la boca abierta antes de susurrar con una voz tres tonos más bajos de lo habitual:

- Briefs, ¿quieres que siga?

- ¡Oh, Kami! -fue cuanto pudo contestar la pobre mujer, ardiendo en deseo al escuchar que él la llamaba por su apellido también en la cama

El muy bastardo sabía perfectamente lo que le estaba haciendo, porque la siguiente vez que habló una sonrisa socarrona pendía de sus condenadamente sensuales labios:

- Me temo que tendrás que ser más precisa, Briefs -pronunció denso como la miel

- ¡Sí! ¡Maldita sea, sí! -al cuerno con las apariencias, Bulma lo quería todo y lo quería ya

Y, sin más preámbulos, Vegeta le retiró unas bragas imposiblemente mojadas para sustituirlas por sus manos, que acariciaban a la mujer con un fervor que encogía el corazón de la peliazul. Al fin un dígito se abrió paso entre los pliegues de trémula carne roja de Bulma y Vegeta empezó a hacerle el amor con sus dedos.

Después, la boca del hombre se fundió con el cuerpo de la joven, dando primero tímidos y suaves lengüetazos al nudo de nervios que era el clítoris de Bulma para luego pasar a devorarla sin miramientos abriendo y cerrando los labios cada vez más rápido, mientras sus dedos nunca dejaban de entrar y salir del caliente y empapado centro de la redactora de West City Tribune, produciendo un sonido obscenamente mojado.

Las caderas de la joven, como con vida propia, empujaban y se restregaban sin pudor alguno sobre la cara del hombre, quien mantenía los ojos cerrados en el trance que era alimentarse de ella.

El poco control que todavía quedaba en su haber se esfumó en cuanto la joven observó cómo la mano libre del redactor se perdía dentro de sus calzoncillos para tomar su miembro y sacudirlo furiosamente. Un hondo gemido de placer fue todo cuanto pudo articular cuando un orgasmo, profundo e intenso, la recorrió de parte a parte.

La boca de Vegeta abandonó su sexo (no así sus dedos, que continuaban enterrados en su cuerpo) para darle un lánguido y decadente beso del que ella a duras penas fue consciente. Finalmente, la sensación de la mano del hombre saliendo de su interior logró traerla de vuelta a la realidad. Ahora era su muy ansiado turno así que poniendo sus palmas sobre el durísimo torso masculino, empujó cortando el beso para colocar a su compañero tumbado boca arriba.

Inexplicablemente, Ouji seguía vestido, de manera que lo primero que Bulma hizo fue despojarlo de sus ropas poco a poco, como una sierva lo haría con su amo, sin dejar nunca de mirarlo a esos ojos oscuros que le quemaban la piel. Así empezó a desabrochar uno a uno los botones de su camisa blanca hasta ser recompensada con la grandiosa visión del pecho desnudo del hombre: firme, vigoroso, protector.

Bulma besó, mordió y arañó con pasión todo a su paso hasta recalar en la fina línea de vello oscuro que partía de su ombligo y se perdía bajo sus boxers, los cuales luchaban por contener una dolorosa erección a la que ella clavó sus dientes con los calzoncillos aún puestos para, al momento, arrojarlos lejos de la cama y dejar a Vegeta en toda su gloria.

En el instante en el que la sedosa y caliente boca de Bulma envolvió su palpitante sexo, Vegeta, con un gemido profundo, arqueó su espalda perdiendo finalmente el contacto visual, mientras unas delicadas manos acariciaban sus testículos y lo que sus labios no alcanzaban a cubrir.

Cuando todo indicaba que iba a correrse de un momento a otro, con el hombre retorciéndose de placer y ella preparada para que su esencia impregnara su boca ansiosa, un rugido que hizo vibrar el vacío entre las piernas de Bulma rompió el aire. Vegeta, ahora sentado y con ese punto exacto y perfecto entre el dolor y el placer, agarró las ondas azules de su cabello apartándola de su nuevo juguete favorito para hundirse en su boca con un beso devastador.

Entonces, la tomó de su redondo trasero y la sentó en su regazo, frotando sin barreras sus sexos húmedos, deslizando su durísima polla entre los pliegues todavía mojados de la periodista, desde el clítoris hasta la entrada de su vagina, haciendo que la peliazul se estremeciera de deseo entre los fuertes brazos del hombre.

- Fóllame ya, Ouji, no aguanto más -le susurró deshecha

- Dime por lo que más quieras que tienes un condón -contestó él con la voz ahogada, arrancando una pequeña sonrisa en la mujer

- No, pero tomo la píldora; mis últimos análisis son de hace menos de cuatro meses. ¿Y tú?

- Revisión médica dos meses atrás

Y, sin más dilación, con sus fuertes manos levantó a Bulma por sus caderas voluptuosas y se colocó en la entrada empapada de la mujer, dejándola caer doloroso a doloroso centímetro sobre su longitud, abriéndose paso por su estrecho cuerpo, que lo arrastraba hacia adentro, más adentro, hasta llegara a su cérvix, profundo y apretado.

- Mujer, vas a matarme -logró mascullar entre dientes junto a una retahíla de tacos

La joven sentía que le faltaba el aire. Era casi demasiado: Vegeta envolviéndola entre sus brazos y su sexo llenándola deliciosamente. Rodeó la fibrosa cintura del hombre con sus blancas piernas y se abrazó a sus fuertes hombros, creando un hogar entre esa maraña de extremidades y troncos sudorosos que eran sus cuerpos fusionados.

Y así, frente a frente, con sus manos hundidas en las nalgas y los pétreos pezones de ella clavados en sus amplios pectorales, Vegeta empezó a mecerla sobre él. Kami, la fricción era tan intensa, estaban tan pegados que Bulma no pudo evitar echar la cabeza hacia atrás soltando un gemido irresistible que hizo que su polla se endureciera hasta lo inimaginable.

Tenía que conseguir como fuera arrancar de su compañera más jadeos de esos a los que se había vuelto adicto al instante. De manera que aprovechando el hueco creado con el último movimiento de la periodista, comenzó a besar su expuesto cuello de alabastro obteniendo, para su honda satisfacción, más suspiros femeninos.

Apenas habían empezado y Bulma ya sentía que se iba a correr en cualquier momento: sus labios en su cuello, sus manos apretando fuerte su culo, sus tetas restregándose en su torso y su clítoris en constante fricción con su pelvis mientras él la penetraba con estocadas largas, lentas y profundas. Su cuerpo buscaba gozoso el clímax, pero su ego, incluso en ese momento de frenesí, gritaba exigiendo retomar un poco el control y mantener su orgullo intacto.

Necesitaba un plan y lo necesitaba ya. De modo que asestó un mordisco certero en la mandíbula del hombre. Vegeta, que no se lo esperaba para nada, separó los labios del cuello de su presa con un gemido varonil que hizo a Bulma apretar instintivamente sus paredes internas en un abrazo vicioso.

Sacando partido de la situación, la joven empujó a su compañero del fuerte tórax hasta dejarlo tumbado boca arriba, cogió aire y se dispuso a tomar las riendas del encuentro. Ahora, con Vegeta clavado en lo más hondo de su ser, empezó a dibujar sensuales círculos con su cadera mientras el adonis bajo ella la atravesaba con la mirada. ¿Disfrutaba de lo que veía? Ella le daría un buen espectáculo.

Y así, sin dejar nunca de moverse sobre él, la peliazul pasó sus propias manos por la piel de su blanca cintura, subiendo poco a poco por sus costillas, y acarició lujuriosamente sus generosos pechos, sus pezones rosados escapando entre sus finos dedos. Pero no se detuvo ahí y continuó su marcha por el cuello hasta perder sus manos en su salvaje melena azul a la altura de la nuca, ahora empapada.

¿Te gusta lo que ves, hombre malo? -le preguntó con una voz que rebosaba ambrosía mientras se metía el dedo anular en la boca

Pero todo cuanto obtuvo por respuesta fue un rugido más animal que humano y su mundo, de repente, se dio la vuelta. Literalmente. Pues Vegeta se había echado sobre ella de la cabeza a los pies. Y su propio juego de seducción le había explotado en el momento en el que él atrapó sus pequeñas manos con una sola de sus palmas y las clavó arriba de su testa en una posición de sumisión absoluta.

Lo que no sabía Bulma era que Vegeta estaba a esto de perder la cordura. Esa mujer era demasiado. Y muy indecente. Así que el pobre hombre se aferraba con todas sus fuerzas a su dignidad para evitar correrse ahí y en ese momento, dentro de ese cuerpo sublime que lo arrastraba inevitablemente a la locura. De manera que decidió quemar todos sus cartuchos en una última jugada con el objetivo de que Bulma gritara el nombre de su familia hasta quedarse sin voz para por fin (¡por fin!) correrse dentro de ella.

Sus sexos no se habían separado en ningún instante, así que él retomó el movimiento con empujones hondos y perezosos, pero esta vez acompañó el vaivén con un beso ardiente en el que la lengua imitaba sus penetraciones. ¡Oh, sí! Ella estaba cerca, podía notarlo en la manera en la que enroscaba su blanca pierna en el delicioso trasero del hombre y en la forma en que respondía a cada una de sus embestidas, cada vez más frenética, cada vez más mojada.

Cambió levemente el ángulo de sus caderas, empujando ahora en ese sitio exacto dentro de la peliazul y frotando su pelvis con su clítoris, lo que hizo a la mujer estremecerse y gemir en la boca de su compañero.

- ¡Aah! ¡Sí! Así, no pares, no pares Ouji, voy a correrme. ¡Oh, sí! ¡Me corro!

Pero él ya no la escuchaba, perdido entre el obsceno ruido de las carnes chocando y de la sangre viajando furiosa desde su cerebro hasta su polla. Ahora Vegeta follaba a Bulma fuerte y rápido, con movimientos erráticos y duros, mientras susurraba palabras oscuras en el oído de su compañera.

Y Bulma se corrió. Se corrió como nunca en su vida. El aire se paró en sus pulmones, los gritos le rasgaron la garganta y su sexo se contrajo en unas convulsiones que arrasaron con todo a su paso, dejando únicamente estrellas blancas tras sus párpados. De fondo creyó escuchar a Vegeta alcanzando su propio clímax, llenándola con su semen caliente mientras empujaba su sexo una, dos veces más, lenta y profundamente hasta quedarse clavado dentro de ella, exhausto, con la cara metida entre su cuello y su hombro, aspirando su esencia.

Estaba prácticamente dormida, arruinada y saciada, cuando sintió un cuerpo moverse, unos fuertes brazos rodeándola desde atrás, y un sólido y caliente torso anclado a su espalda. Después, nada.