La vieja fábrica de hielo estaba situada en el callejón más tétrico de las dársenas del puerto industrial. Bulma permanecía de pie ante la puerta de acceso (abierta de par en par como si la estuvieran esperando), mirando al oscuro pasillo que se extendía delante de ella. Tomó una profunda bocanada de aire y se adentró.
En su interior no se advertía ruido ni operario alguno; aquello se veía abandonado y tenía toda la pinta de funcionar como tapadera para otra clase de negocios turbios. La gran incógnita seguía siendo quién y, sobre todo, por qué.
La periodista llegó entonces al final del corredor, donde había una puerta de gruesas láminas de plástico y, con sus trémulas manos, abrió para cruzar el umbral. Al otro lado, se encontraba una amplia nave industrial completamente vacía y, en el centro de la misma, el redactor del Four Stars Today maniatado a una silla y la cabeza caída entre sus hombros, con las gafas rotas medio colgando del puente de su nariz.
Bulma acudió veloz hasta él, le importaba una mierda si aquello era una trampa (estaba segura de que lo era), y lo abrazó desesperadamente:
- ¡Vegeta! Estaba tan preocupada por ti; tenía tanto miedo de no volver a verte nunca -pronunció estrechando sus brazos con fuerza alrededor del hombre, haciéndolo recobrar la consciencia - ¡Bulma! ¿Qué haces aquí? -exclamó angustiado- Esto es muy peligroso, no deberías haber venido - ¿Y dejarte con la exclusiva? Eso nunca -le respondió con lágrimas en sus cristalinos ojos azules y una dulce sonrisa en los labios El sonido de unas palmadas en un lento aplauso los sacó de su mundo de dos:
- ¡Qué historia de amor tan hermosa!
Bulma se giró hacia el dueño de la voz para escupir su nombre con el veneno más letal:
- ¡Frieza! Tenías que ser tú; no sé cómo hemos podido tardar tanto en averiguarlo - No te lo tomes a pecho, querida. Al fin y al cabo, todos los periodistas no sois más que unos ineptos. Pero debo decir que en tu caso esperaba un poquito más, agente Saiyan, después de todo tú eres policía en Capital del Norte, donde tu padre era el comisario hasta fallecer en extrañas circunstancias, ¿cierto? Así que, ¿cuál es tu excusa?
- ¡Maldito! ¿Qué sabes tú al respecto?-chilló encolerizado el joven Bulma se quedó mirando a su compañero con cara de no comprender:
- ¿Agente Saiyan? ¿Policía? ¿Qué eso que está diciendo, Vegeta?
- ¿Acaso era una sorpresa? Ups, lamento haberla estropeado entonces -se burló hiriente, llevándose una mano a la boca como quien revela un secreto sin intención - Bulma, quería contártelo todo cuando terminara esta misión especial encubierta y explicart…
- ¡Basta! Todavía quedan muchas cosas por resolver, guardaos el melodrama para luego -cortó el mafioso constructor- La séptima bola, Briefs: entrégamela ahora. Me ha costado lo mío encontrarlas todas con un scouter creado especialmente para su rastreo - ¡No! -gritó Vegeta- Todavía no sabemos qué es capaz de hacer con ellas - ¡Oh! Si esa es toda tu preocupación, puedes quedarte tranquilo, Saiyan, pronto haré uso de mi deseo y lo descubrirás -respondió en un aura de maldad terrible - ¿Deseo? ¿Qué deseo? -inquirió Bulma - ¡Estos periodistas! Nunca os cansáis de preguntar, ¿verdad? Está bien; dado que vuestra muerte está muy cerca y hoy me siento especialmente magnánimo, os lo contaré. A quien reúna las siete bolas de dragón se le concederá un deseo y os adelanto ya que no, no voy a pedir la paz en el mundo -soltó con una risa siniestra - ¿Pero qué patraña es esa? ¿Un deseo? ¿Y por ello han tenido que morir seis personas inocentes? -se lamentó la joven - ¿Qué puedo decir al respecto? La violencia es tremendamente efectiva y, ah sí, me importa un bledo quién vive o muere siempre que yo consiga lo que quiero - ¡Eres un monstruo! -exclamó asqueada - Tsk, tsk, tsk…Esa no es forma de referirse al inminente dueño del universo, de manera que voy a tener que mandarte al rincón de pensar. ¡Dodoria!
La mole de carne rosada que respondía al nombre dio un paso al frente desde las tinieblas en las que se ocultaba. En su mano, su inseparable bate metálico.
- Busca entre las pertenencias de la señorita Briefs la bola de dragón y mira si ha traído algún arma con ella ¡No! -vociferó Vegeta, luchando inútilmente contra las esposas que lo retenían con las manos atadas a sus espaldas- Si le pones una sola mano encima, Frieza, acabaré contigo - Ya tengo la piedra, jefe -intervino el matón - Estupendo, acompáñala a su lugar de castigo a ver si aprende a dirigirse de manera adecuada a sus superiores. Cuando acabes, encárgate del policía. ¡Zarbon! -el otro secuaz se materializó también de entre las sombras, sus bellas facciones deformadas en una mueca demente- Sígueme a la parte de atrás y trae el pergamino; vamos a empezar la invocación La resistencia de la mujer no supuso nada para el malvado secuaz y Bulma fue arrastrada hasta una cámara frigorífica anexa, donde fue encerrada con llave. En cuanto la puerta se cerró, la periodista metió la mano dentro de su sujetador y extrajo un minúsculo aparato que, al presionar un botón, se convirtió en una especie de navaja suiza con varias horquillas; exactamente idéntica a la que había depositado entre las manos de Vegeta cuando lo abrazó al verlo.
- Esos bastardos van a enterarse de quién es la orgullosa hija del doctor Briefs -dijo introduciendo el artilugio por la cerradura mientras luchaba con todas sus fuerzas por superar su claustrofobia Al otro lado de la puerta, Dodoria blandía amenazante su bate delante de Vegeta, caminando en círculos a su alrededor como una bestia carroñera:
- Así que policía, ¿eh? Pues te informo de que no hay nada que odie más en este mundo que a la pasma. Y encima te has quedado con la chica guapa; seguro que folla como los ángeles Cuando alzó su bate para asestar el primer golpe, Vegeta se puso de pie y se abalanzó contra el otro hombre. A pesar de la enorme diferencia de peso entre ambos, gracias al efecto sorpresa y a la fuerza del impacto, el policía logró derribarlo, haciendo que perdiera su bate, y se colocó encima.
Ya en el suelo comenzó a asestarle un golpe tras otro, pero la corpulencia de Dodoria jugaba en su contra y pronto el delincuente consiguió girar a ambos. Con Vegeta debajo de él, extendió sus manos y lo atrapó del cuello, estrangulándolo. El agente trató de soltarse sin éxito y justo cuando estaba empezando a quedarse sin oxígeno, se oyó un fuerte chasquido y Dodoria cayó desplomado encima de él.
Al escapar de esa cárcel de carne inerte que era el bruto, se encontró a la periodista del West City Tribune de pie a su lado con el bate entre las manos.
- ¡Bulma! -exclamó estrechándola entre sus brazos- ¿Estás bien? -se separó levemente de ella para mirarla de arriba a abajo en busca de alguna herida - Sí, estoy bien -respondió apremiante- Vegeta, las bolas de dragón, tenemos que detener a Frieza En el patio trasero de la fábrica, reconvertido en vertedero, un pequeño hombre vestido inmaculadamente de blanco se alzaba en medio de aquella especie de descampado con los brazos levantados en un clamor al cielo. A sus pies, siete esferas anaranjadas emitían destellos brillantes mientras recitaba una oración ancestral en una lengua muerta miles de años atrás.
Bulma y Vegeta, escondidos detrás de un montón de chatarra, observaban toda la escena cuando de repente el cielo se cubrió de nubes negras, desatándose una tormenta eléctrica:
- Voy a detenerlos, tú quédate aquí y pide ayuda por el móvil -le dijo él saliendo del escondite sin esperar su respuesta; primero porque sentía que ya no les quedaba mucho más tiempo y segundo porque sabía que ella se iba a negar a quedarse en segundo plano y no podía detenerse a discutir su seguridad Lanzado como una bala, se dirigió hacia Zarbon quien a pesar de estar concentrado en todo cuanto veían sus ojos, fue capaz de esquivar en el último segundo el ataque de Vegeta, abocándolos a los dos a un duro e igualado combate cuerpo a cuerpo.
Mientras tenía lugar la pelea, un dragón colosal emergió de entre las piedras y cuando Frieza se disponía a pedir su deseo, Bulma lo empujó por la espalda y ambos cayeron dando vueltas por el suelo en el mismo momento en el que Vegeta lograba reducir a Zarbon y tomar el arma guardada en la cintura del esbirro.
A lo lejos, la escena desarrollada ante él rodó como en una especie de cámara lenta aunque probablemente no duró más de un instante: Frieza quedó encima de Bulma, mirándola con unos ojos terroríficos inyectados en sangre y, extrayendo una daga de sus ropajes, asestó una puñalada mortal en el abdomen de la periodista justo un segundo anterior al balazo entre ceja y ceja que Vegeta le disparó.
Antes de que el cuerpo inerte del bellaco se desplomara contra el piso, Vegeta ya había tomado a Bulma entre sus brazos intentando sin éxito tapar la herida en su estómago por la que brotaba abundante sangre oscura.
- ¡No! No me hagas esto, por favor, Bulma… -sollozaba apartando un mechón de pelo azul de la frente de la joven, empapada en sudor frío - Menuda aventura, ¿eh? -contestó ella con un hilo de voz, acariciando la mejilla del hombre con una mano manchada de rojo- Apuesto a que nos concederán el Pulitzer Cuando la mano de Bulma cayó sin vida al suelo, Vegeta creyó morir. Y, entonces, lo oyó:
- ¿Cuál es tu deseo?