Nota de la autora: Hola mis chicas. Antes que nada miles de gracias a mis queridas TeddyMellark, yesica7448, florfleur, genievieve7 y matocro. Este capítulo va dedicado a ustedes, por su apoyo tan padre y su entusiasmo al leer este fic. No puedo expresar en palabras cuanto agradezco sus reviews. Les mando un abrazo de oso directo a donde estén.

Siento mucho que este capítulo sea cortito pero no quiero dejar pasar más de un mes entre actualizaciones, sino nunca terminaré este fic. Aunque sea de poquito en poquito pero acá están sus dosis de Cedric/Ginny.

A ver qué tal quedó. Espero que les guste.


TO BE WITH YOU

By Delilah Lannister

Capítulo 26

Ferire Ater

ɠ·ɠ·ɠ·ɠ·ɠ·ɠ·ɠ·ɠ·ɠ·ɠ·ɠ·ɠ·ɠ·ɠ·ɠ·ɠ·ɠ·ɠ·ɠ·ɠ·ɠ·ɠ·ɠ

Cedric se terminó de lavar las manos mientras respiraba profundamente. Se secó con toda la lentitud del mundo, sintiéndose satisfecho. Recordó el momento un par de horas antes, en que un grupo de aurores habían llegado al ala de urgencias casi arrastrando al ministro que iba herido. Él, que se encontraba justo allí en ese momento lo reconoció de inmediato. El ministro Scott Moore se había convertido en su paciente desde un mes antes, por lo que había estado yendo a consultas y revisiones con él. Durante esas semanas había podido encontrar en el mandatario mágico a un hombre sencillo y humilde, alguien a quien casi podía considerar un amigo, o que por lo menos podría llegar a serlo con el paso del tiempo.

Cuando Scott comenzó a alejar a manotazos a los sanadores que intentaban ayudarlo, Cedric se acercó a él y el ministro lo reconoció de inmediato siendo al único que dejó ayudarlo. Cedric no tuvo más remedio que atenderlo personalmente, incluso cuando la sanación contra magia negra no era su especialidad y él hubiera preferido que un experto lo tratara. Pero el ministro insistió en que sólo confiaría en Cedric, por lo que él tuvo que aceptar y poner todo su esfuerzo en sanarlo. Afortunadamente la herida era muy pequeña, lo que indicaba que el maleficio conocido como Ferire Ater apenas y le había rozado el codo por obra de un rebote. Después de un par de horas de una dolorosa sesión de sanación, ayudado por sanadores expertos contra la magia negra, finalmente pudieron dejar al ministro como nuevo. La angustia que se había despertado en el pecho de Cedric se disolvió, había tenido sus dudas puesto que eran pocas las personas en el mundo que podían decir que habían sobrevivido al Ferire Ater, pero ahora todo estaba bien. Afortunadamente la herida no había sido de gravedad y se le había atendido de inmediato sin dejar que se expandiera, por lo que todo había resultado satisfactorio. Sintiéndose profundamente exhausto se dejó caer en el sillón de una pequeña sala de espera que estaba dentro del ala especial dedicada al Ministro de Magia y su familia. Había escuchado que uno de los hijos había llegado herido pero no de gravedad ni nada que tuviera que ver con la magia negra, así que en realidad todo ya se encontraba en calma. La esposa del ministro había entrado a verlo y los niños estaban durmiendo.

Mientras se tallaba los ojos con las manos, Cedric se quedó pensando en el Ferire Ater y en como nunca antes había presenciado magia tan obscura en su vida. Había leído y estudiado acerca del tema, claro, pero tener que presenciarlo era algo completamente diferente. Aún podía recordar los filos hilos de aquella sustancia viscosa tratando de hundirse en el tejido de la piel del ministro, luchando con todas sus fuerzas por engullir al ser humano. Sabía cómo funcionaba ese maleficio... una vez que penetra lo suficiente, se extiende hacia los órganos internos, envolviéndolos de negrura, succionándoles la vida hasta disecar dolorosamente por dentro a la persona. Un escalofrío recorrió su cuerpo y prefirió sacudir la cabeza alejando esos recuerdos. Bostezó sin poder evitarlo y decidió que era hora de irse a casa, después de todo estaba a punto de salir del hospital cuando el alboroto que precedió al ministro comenzó. Llevaba más de veinticuatro horas dentro de San Mungo trabajando sin descanso y ya era necesario que dejara el trabajo por unas cuantas horas al menos.

Cedric se dirigió a la salida del ala especial, pasando por largos pasillos llenos de encantamientos de seguridad, los cuales fueron reconociéndolo y dejándolo salir. En cuanto estuvo fuera de toda aquella capa de protección mágica vio una menuda figura sentada sobre una banca recargada en la pared del pasillo. Sólo unos segundos bastaron para que reconociera a Annia.

-Hey... -le dijo a lo lejos, contrariado de que ella se encontrara allí.

Annia alzó el rostro y se puso en pie de un brinco. Su ojos, hinchados. Su rostro, lleno de lágrimas. De pronto un gesto de desesperación y un sollozo. Sólo un par de segundos bastaron de igual forma para que Cedric supiera que algo malo había pasado. Algo terrible.

-Te busqué por todos lados -sollozó ella en un susurro -Quise avisarte... Traté de entrar pero no pude...

-Es la seguridad mágica del ala -aclaró él como si quisiera hacerla sentir mejor y libre de alguna culpa, pero Annia había comenzado a respirar con dificultad por lo que Cedric acortó la distancia entre ellos y la tomó de los brazos, temiendo que fuera a desvanecerse de un momento a otro -¿Qué pasa? -le preguntó contrariado, sintiendo que un nudo de angustia comenzaba a formarse en su pecho.

Annia alzó la vista y conectó los ojos acuosos con los suyos, como si temiera decirle lo que tenía que decirle y esperara transmitirle el mensaje a través de la mirada.

-Annia...

-Es Ginny.

Aquel nombre reverberó en su cerebro infinitamente, desencadenando una serie de escalofríos por su espina dorsal. No sabía lo que tenía, pero su cerebro conectó con rapidez las piezas que poseía hasta ese momento: algo horrible le había pasado.

-¿Dónde está?

-En quirófano, la están operando...

De forma automática, Cedric se alejó de Annia dispuesto a buscar a Ginny, pero ella lo tomó del brazo, deteniéndolo.

-No te dejarán entrar. Está en el cuarto piso...

El corazón de Cedric se comprimió dentro de su pecho, haciéndose del tamaño de un ovillo. Una voz desesperada negó dentro de su cabeza. No podía ser. Lo que sea que Annia le quería decir, no podía ser. El cuarto piso del hospital San Mungo era el dedicado a embrujos y maleficios y era bien sabido que dichas operaciones eran de sumo peligro, por lo que era imposible entrar a sus quirófanos a menos que fueras alguien especializado en el área. Se imaginó por un segundo a Ginny sobre una camilla, inconsciente, y entonces apretó los puños, sintiendo que se le iba el aire de los pulmones.

-¿Qué le pasó? -La respuesta de Annia fue un simple sollozo. Cedric volvió a tomarla de los brazos, esta vez con fuerza y desesperación -¡Dime! -la urgió angustiado, sintiendo que el control se iba de sí mismo.

-El ataque al ministro -dijo Annia entre llanto -Ella estuvo ahí...

-Pero no es nada grave ¿verdad? -se oyó decir respirando con dificultad, tratando de convencerse de sus propias palabras -Ella va a estar bien ¿no es así?... Annia... -susurró con lágrimas comenzando a salir de sus ojos, suspirando con dolor.

-Ferire Ater...

Cedric respiró con mayor dificultad y se alejó un paso de ella. Se pasó una mano por el cabello tratando de que las punzadas de angustia en su corazón no lo consumieran, intentando pensar con coherencia.

-Pero fue sólo un rebote ¿no? Como el del ministro... Ella va a estar bien. Si yo pude sanar al ministro los del cuarto piso ya deben tener a Ginny en recuperación...

Annia negó con la cabeza, mirándolo con tristeza, deteniendo su verborrea.

-El maleficio le dio directamente... -Cedric negó con la cabeza mientras las lágrimas corrían por su rostro sin control

-No...

-Y fueron al menos dos...

-¡No! -el gritó fue desgarrador. -¡Nooo! - Cedric apretó los puños con fuerza y los abrió una y otra vez sin encontrar en donde descargar su furia, su odio. Se pasó las manos por el cabello, jalándolo con desesperación mientras lloraba desconsolado -No... por favor no... -susurró recargando la frente en la fría pared del pasillo. Luego con un arrebato de desesperación estampó su palma contra el muro, para luego volcar todo lo que encontró a su paso, sin dejar de llorar, mientras una Annia sollozante lo veía a unos pasos y luego trataba de tranquilizarlo. Cedric no supo cuanto tiempo pasó, sólo supo que se dejó consumir por una desolación total y un frustración inmensa, deseando con todas sus fuerzas poder hacer algo por ella.

Ginny... pensó en los rincones de su consciencia, sin poder controlar todos los sentimientos arremolinados en su interior.

-Tengo que verla -dijo de pronto con resolución y entonces salió corriendo de aquel pasillo, sin detenerse hasta llegar al cuarto piso, sin percatarse del todo que Annia lo seguía de cerca e intentaba detenerlo.

Al llegar a la zona de quirófanos, tuvo que pelear con las enfermeras que no lo querían dejar pasar, pero después de que Annia interviniera, les permitieron quedarse en la sala de espera, justo a un lado de donde se llevaban a cabo las operaciones. Pero Cedric no podía quedarse en ese lugar, por lo que en cuanto los dejaron solos, se dirigió al pasillo que daba a los quirófanos y aún sabiendo que no podría llegar más allá, lo intentó. Pero el hechizo de protección sobre la puerta no lo dejó pasar y aunque él sabía que así sería, no pudo evitar suspirar con decepción y angustia. Sin embargo, no se movió. Se quedó con la frente pegada al vidrio de la puerta, colocando una mano sobre el frío material, sin dejar de llorar, sin poder dejar de sentirse tan desolado, tan triste, con el corazón hecho añícos, dándose cuenta como su alma se desintegraba, odiando al mundo y a la vida. No podía ser posible... Negaba su realidad con tanta fuerza, apretando los ojos deseando que todo desapareciera.

Y se quedó allí, llorando en silencio, pensando en Ginny a tan sólo unos metros de él. Tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. Intentaba recordar su hermosa sonrisa, pero sobre cualquier otro recuerdo se imponía el de aquella última vez que se habían visto, cuando él le había pedido que no volviera a buscarlo. Recordaba su propia determinación, sus estúpidas decisiones... Dos meses sin haberse visto y ahora... No sabía si la volvería a ver una vez más con vida.

Se alejó de la puerta, cubriéndose el rostro que no dejaba de estar bañado en lágrimas de dolor, negando de forma enérgica con la cabeza. Luego se dejó caer en el piso, sentado contra la pared.

De forma inmediata Annia se sentó junto a él, poniéndole una mano sobre su brazo.

-Va a estar bien -susurró con voz poco convincente -La está atendiendo Eric Richardson... Y ya sabes que él es el mejor en esta materia -Cedric alzó la vista y encontró en sus ojos un atisbo de esperanza -Es tal vez el mejor en todo el mundo. Ha salvado a muchas personas que se creían casos perdidos. Él no va a dejar que... -las palabras se ahogaron en su garganta y se quedó en silencio por unos segundos -Él la va a salvar.

-¿De verdad lo crees? -le preguntó con la voz entrecortada

-Sí

La seguridad en la voz de Annia le infundió un poco de consuelo y entonces él asintió.

Cedric se dejó envolver en sus palabras y las repitió una y otra vez en su mente. Él sabía que lo que Annia decía de Richardson era verdad y era una suerte, casi un milagro que el mejor del mundo estuviera en ese hospital en ese momento. Casi del mismo modo en que él estuvo para salvar a Ginny la noche que tuvo su accidente y tuvieron su primer reencuentro. Era obra del destino. Ginny debía tener un ángel enorme que la protegía de una forma inverosímil. Tenía que sobrevivir una vez más. Cedric hizo una promesa muda al universo de cuidar de ella de ahora en adelante si salía de aquella operación sana y salva. Para Cedric no había otra opción aceptable.

-Además -dijo ella de pronto -Estoy segura de que el maleficio aún no había penetrado hacia sus órganos, por lo menos no gravemente, como lo habría hecho con una persona normal. Ella estaba peleando internamente contra la magia negra...

-¿Tu la viste? -preguntó él un poco más calmado

Ella asintió.

-¿Cómo fue? ¿Cómo le pasó esto?

Annia se encogió de hombros y negó con la cabeza.

-No sabemos mucho del ataque. Sólo que fue en la casa del ministro. A él lo trajeron primero, y tu lo atendiste. Luego llegó su esposa con la niña, ilesas. Y después de un rato Ginny llegó con el niño.

-Estaba herido también... O eso fue lo que escuché...

-Sí, pero no por algún maleficio. Llegó con una departición en la mano. He estado pensando... Que tal vez atacaron a Ginny cuando estaba desapareciendo -Cedric se quedó en silencio observando el blanco piso -Cuando llegó, ella entregó al niño. Dicen que nadie se dio cuenta de que venía herida... Estaba demasiado ocupada pidiendo ayuda para el pequeño... Y luego nadie recuerda haberla visto, nadie reparó en su presencia hasta que yo la encontré... Buscándote.

-¿Buscándome? -preguntó volteando a ver a Annia, quien le dedicó una sonrisa triste.

-Me dijo que necesitaba verte.

-¿A mí? -preguntó sintiendo un espasmo brincar en su corazón.

Annia sollozó con una sonrisa.

-¿Conoces a otro Cedric? -Las lágrimas en su ojos volvieron a agazaparse, tratando de imaginarla aún en pie -Ella... corrió hacia tu oficina y entonces fue cuando vi su herida.

-¿Qué tan grave era?

Annia lo miró a los ojos por un segundo y luego bajó la vista al piso.

-Mucho. Comenzaba en su pulmón y abarcaba todo un costado hasta el inicio de las costillas.

Cedric apretó los ojos y se los talló con las manos. La herida que describía Annia era demasiado grande. Enorme. Si pensaba coherentemente, Ginny no tendría oportunidad, sin embargo se obligó a recordar lo buen sanador que era Eric Richardson y la fortaleza innata de Ginny Weasley. Así que si decidía pensar coherentemente, debía reconocer que esa clase de herida en cualquier otra persona, la habría desplomado al instante. En otras circunstancias habría sonreído al pensar que cuando se trataba de Ginny nada tenía coherencia. Respiró profundamente tratando de ser positivo y pensar que ella estaría bien.

-Antes de desmayarse en medio de tu oficina... -dijo de pronto Annia -ella me pidió que... -la voz se le cortó mientras que Cedric volvía a quedarse viéndola fijamente

-¿Sí?

-Que te diera las gracias por todo -susurró ahogando el llanto en su garganta.

Cedric la observó sin poder creerlo del todo, sintiendo cómo más lágrimas caían de sus ojos sin poder evitarlo, como si se hubiera convertido ya en algo natural. Hubiera querido preguntarle más pero no sabía qué decirle, además de que no creía poder articular palabra alguna. Los sollozos hacían que su cuerpo se agitara levemente y la verdad es que no tenía ganas de hablar más. Así que simplemente acercó su mano a la de Annia y le dio un apretón cariñoso de gratitud por todo lo que había hecho y seguía haciendo. Durante los últimos dos meses Annia había sido su único apoyo en cuanto a Ginny se trataba. La enfermera lo había molestado durante todo ese tiempo, tratando de hacerle entender el error que estaba cometiendo al mantenerse alejado de la auror, pero él no hizo caso y ahora eso ya no importaba. Para Cedric nada tenía sentido ni relevancia más que la salud de Ginny. Su vida. Era lo único en lo que podía pensar. Los errores, el pasado, las peleas, la culpa, las risas, los besos, los abrazos... todo lo bueno y todo lo malo se reducían a ese quirófano detrás de la puerta de vidrio. A un pulso que luchaba por seguir latiendo.

Cedric y Annia se quedaron en ese pasillo durante días enteros. O eso le pareció a él. La desesperación lo embargaba de cuando en cuando por lo que tenía que levantarse del suelo y caminar de un lado a otro como león enjaulado, intentando inútilmente abrir la puerta cada cierto tiempo como si de pronto esperara que el hechizo de protección se olvidara de estar allí. Y todo se mantuvo completamente igual. Nadie llegó ni nadie se fue. Por lo menos no, hasta que repentinamente la puerta se abrió para dejar salir a una enfermera que Cedric reconocía de vista. Los dos se levantaron de golpe y se abalanzaron sobre ella, asustándola.

-¿Qué hacen aquí? No está permitido que haya gente en el pasillo.

-Ginny Weasley -dijo Cedric con el pulso acelerado, ignorando su comentario -¿Cómo está?

-No puedo dar informes -contestó la chica con tono de molestia

-Por favor, Elaine -le dijo Annia con voz más amable -Yo la traje. Ella es mi amiga. Por favor -le rogó una vez más.

La enfermera llamada Elaine suspiró cediendo y entonces negó con la cabeza.

-Tiene pocas probabilidades de vivir.

-No. No es cierto -espetó Cedric

Tanto Annia como Elaine lo miraron consternadas. Antes de que pudiera decir algo más, Annia intervino.

-¿Qué dice el sanador Richardson?

-Está haciendo lo imposible, ya saben cómo es.

-Pero él va a poder salvarla ¿verdad? -dijo Cedric con una expresión desesperada.

Elaine retrocedió un paso, espantada y luego caminó de lado, alejándose de ellos.

-Él dice que aún hay algo que hacer, pero yo no puedo asegurarles nada.

Entonces comenzó a caminar hacia el lado contrario del pasillo.

-¿A dónde vas?

-El sanador me mandó a informar a su familia. Necesita a un donador compatible de forma urgente -contestó sin dejar de caminar.

-¿De sangre? -preguntó casi en un grito Annia

-De magia -replicó Elaine antes de salir corriendo.

Cedric y Annia se quedaron como petrificados, mirándose uno al otro sin siquiera moverse durante unos cuantos segundos y entonces reaccionaron.

-Debimos avisar a su familia -dijo Annia de pronto mordiéndose el labio -¿Tendrás forma de comunicarte de inmediato con alguno de sus familiares?

Cedric negó con la cabeza tapándose la boca con una mano, luego se llevó una mano al pecho.

-No, pero tal vez tengo algo más rápido -y sin decir más simplemente echó a correr.

Corrió con todas su fuerzas, esquivando gente e ignorando sus reclamos, estando consciente de que Annia lo seguía pero le había perdido el paso. Él era más grande y más rápido, además de que se movía de forma más veloz a causa de la adrenalina que llenaba sus sentidos por completo. Pensó entonces en lo que había dicho Elaine: Eric Richardson creía que había forma de salvar a Ginny y la simple idea de que aquello fuera posible le regresaba las ganas de vivir.

En cuanto llegó a su oficina, abrió de un portazo. Enseguida vio la sangre de Ginny manchando el piso que afortunadamente nadie se había molestado en limpiar. Convocó un pequeño frasco y se arrodilló para introducir las gotas de sangre que permanecían frescas. Tan solo lo suficiente para su propósito.

Annia llegó justo en ese momento, agitada por la carrera y luego se quedó viéndolo confundida.

-¿Qué estás haciendo? -Pero él no contestó. Simplemente siguió levantando la sangre de Ginny y luego se apuntó con la varita al antebrazo para sacarse sangre a sí mismo. -¿No estarás pensando...? -Más silencio. Cedric envió la sangre de su brazo a otro pequeño frasco mientras sentía el escrutinio de Annia -¿Eres compatible con ella? -preguntó incrédula -¿Cedric?

-No lo sé -susurró yendo a su escritorio por unas etiquetas para los frascos.

-Pero ¿cómo podrías serlo? Esto no tiene sentido

-Es sólo una corazonada...

-Pero es arriesgado, no puedes simplemente guiarte por una corazonada. Sabes que si no son compatibles la donación podría matarla.

-¡Y esperar a que llegue un milagroso donador terminará matándola también!- gritó desesperado

-Pero Cedric, aún si fueras compatible ¿sabes lo que esto implica?

-¿Crees que no lo sé? ¡Claro que estoy consciente!-gritó poniendo los frascos sobre su escritorio, mirándola fijamente -Sé que la operación podría matarme y sé que aún si todo sale bien, me quedaré sin magia hasta que termine de recuperarla en un par de días. ¿Crees que eso me importa? -Suspiró sollozando - Yo la amo. La amo como nunca he amado a alguien en esta vida -su voz se quebró y un par de lágrimas cayeron por sus mejillas -Y si pudiera salvarla no me importaría perder mi magia para siempre. -Los dos se quedaron en silencio por un instante infinito en el que Cedric continuó llorando sin importarle nada -Sé que es una locura...

-Lo es... -dijo Annia quien también lloraba y lo miraba con ternura -Dame las muestras. Las llevaré a que les hagan pruebas de compatibilidad. Tu vete preparando para el quirófano - Y entonces tras tomar los frascos salió corriendo de su oficina, sin ningún otro comentario, sin ningún otro tipo de escrutinio. Cedric agradeció internamente por la presencia de aquella joven en su vida.

Entonces, espabiló su mente y enseguida obedeció la indicación de Annia. Se metió al baño de su oficina para lavarse y cambiarse la ropa por un atuendo para operación, mientras no dejaba de pensar en lo que estaba a punto de hacer. La donación de magia era una práctica muy antigua y muy rara. Muy pocos sanadores se atrevían a realizarla por su complejidad pero Cedric tenía plena confianza en el sanador Richardson. Además, su vida era lo que menos le importaba. Su única preocupación en ese momento era la compatibilidad. Por lo general dicha compatibilidad se encontraba entre familiares, pero eso no era exclusivo, puesto que igual llegaba a darse entre sujetos con ningún tipo de lazo sanguíneo pero era en extremo raro. Había miles de estudios que intentaban definir la compatibilidad de magia pero después de tantísimos años seguía siendo un misterio inexplicable.

Cuando estuvo listo, corrió de vuelta al cuarto piso donde Annia ya se encontraba esperándolo, en el mismo pasillo en el que habían estado sentados durante horas.

-Tenías razón -le dijo ella mostrándole un papel -Eres compatible con ella- Su corazón dio un vuelco de alegría pero él simplemente asintió -¿Cómo lo sabías?

Él simplemente se encogió de hombros.

-Simplemente lo sabía.

Entonces se dirigieron casi corriendo hacia la recepción.

-Tenemos donador para la operación del sanador Richardson -diji Annia dejando encima el papel que lo comprobaba. La enfermera en la recepción se quedó un poco contrariada pero enseguida apunto con su varita hacia su garganta y transmitió el mensaje. De una bocina en la pared se escuchó una voz grave decir:

-Déjalo pasar de inmediato.

Y fue así como con una mirada de aliento Annia y Cedric se despidieron, sin perder tiempo en abrazos o palabras. Él simplemente se limitó a seguir a la enfermera a través del mismo pasillo con el que soñaría toda su vida y para su alegría a través de aquella puerta impenetrable de vidrio. Lo demás fue como un sueño muy surreal. Le practicaron los hechizos pertinentes de limpieza y desinfección y luego lo dirigieron al quirófano en el que estaba Ginny. Antes de entrar, firmó los papeles en los que autorizaba aquella donación de magia y en los que se hacía responsable de cualquier consecuencia que esta trajera. No se molestó en leer ni una sola línea. Cada segundo que pasaba era preciado para la supervivencia de Ginny.

Cuando entró al lugar todo estaba obscuro y apenas y alcanzaba a distinguir las siluetas. Sin embargo pudo ver el cuerpo que yacía en una de las camillas y aquel brillante cabello rojo. Hubiera dado lo que fuera por pasar sus dedos por sus filamentos y llevárselo a la nariz para aspirar el olor embriagante que emanaba, pero en lugar de eso obedeció a la enfermera que le indicaba acostarse en la camilla vacía. Una vez allí sintió el pinchazo punzante producto de la anestesia que la varita de la enfermera le había inyectado en el antebrazo. Poco a poco fue perdiendo la consciencia, pero antes de cerrar los ojos volteó a ver el cuerpo de Ginny y pensó antes de caer dormido, que si llegaba a perderla en aquella operación, preferiría no despertar jamás.