En estos últimos años había tenido que seguir yendo a la scuela a pesar de mi primer acto como villana por el que casi me expulsaban. No sé por qué aún no lo hacían.

El día de hoy, como castigo por robar los peines de las otras prisioneras para un nuevo invento, el guardia ordenó que me cortaran la fina pelusa de pelo que tenía bajo mi nariz.

Sabía que no era común que las mujeres humanas tuvieran bigote, pero aun así me enfadó que depilaran lo único que me recordaba a mi padre. Además, me gustaba cómo lucía.

Llegué a la scuela con poco ánimo de hacer cosas malvadas, así que, a todos excepto a Servil, les fruncí el ceño y acentué mis rasgos furiosos.

—Al fin te ves un poco más normal —empezó el chico engreído que me hacía la vida imposible desde siempre.

—No sabía que te preocupaba —repliqué.