Disclaimer: Candy Candy es propiedad de Keiko Nagita y Yumiko Igarashi.

Advertencias: Un poco de OoC.

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About the Anthrax Letters of a Rushed Romance

Capítulo 2

I know it's over, but... Do you ever loved me?


—Yo le quería.

Ante tal afirmación, en el rostro avejentado de Eliza, el desdén arruga sus rasgos.

—¿Cómo puedes atreverte a decir eso? Nunca aceptaste casarte con él —escupe con odio.

—Porque le quería —responde firmemente Candy.

Un matrimonio al estilo Leagan, Andrew, habría arruinado lo suyo. Lo estricto de sus maneras, la doble moral de la socialité norteamericana y la incertidumbre de si el amor tradicional funcionaría (o no), agriarían sus días juntos. Habían acordado que sería mejor seguir sin un lazo tan severo. Y ella todavía consideraba que había sido lo correcto. Caminó hasta el ataúd coronado de flores, condolencias y lágrimas. Contenía el aliento. Se sentía perdida, confundida. Con cierta ansiedad, esperaba verlo salir entre los deudos. Deseaba verlo esbozar esa sonrisa afilada tan suya. Espetándole su cariño, su candidez, aunque estuviese ella también a un paso de la tumba.

"¿En verdad creíste semejante tontería? Que yacería inerte e impasible; entre apestosas flores deshojadas, recibiendo la conmiseración de un montón de hipócritas que sólo desean arañar un pedazo de mi fortuna. ¡Cuánta inocencia la tuya!"

Se rio un poco, sintiéndose estúpida.

"Y aún así viniste. Estás aquí, querida. A darme un último adiós, con lo que detestas las despedidas. Ahora veo que sí me quieres, aunque lo negases tantas veces que perdí la cuenta. Mi ilusa Candy... ¡por eso te adoro con todo el corazón!"

En su garganta se ahogó un sollozo. Ahí estaba Neil Leagan. Su rostro vivaz y pícaro estaba adusto. La muerte se había llevado el brillo bronceado de su piel y, ahora, llevaba una máscara de palidez del otro mundo. Un traje tuxedo asentaba la elegancia lúgubre del finado Leagan. En la vida y en la muerte siempre llevaría un toque de buen gusto al vestir, le llegó a confesar vanidoso. Al menos, uno de sus últimos deseos se había visto cumplido. Suspiró, sintiendo que las fuerzas le abandonaban junto con su aliento.

Con manos temblorosas, sacó una bolsa llena de papeles.

—Por cada carta que escribiste para mí —exclamó con voz clara (aunque a punto de romperse)—, yo hice una también. Llévate este último recuerdo mío contigo. Gracias por todo, Neil, hasta siempre.

Besó con ternura un pequeño montón de cartas y lo depositó dentro del féretro, en uno de sus bolsillos. El resto, sobre su torso y bajo sus manos frías. La rubia no pudo evitar sentir un escalofrío al tocar su piel por última vez. Las lágrimas amenazaban con inundar sus ojos, a la mitad de la garganta tenía un lamento, pero engulló su pesar un poco más. No quería romperse, no enfrente de todos esos aristócratas, no cuando su dolor era demasiado íntimo. El único que podía verla así era...

Haciéndose de fuerzas, que ya no le quedaban, soportó el proceso de la misa y del entierro de Neil Leagan. El corazón estuvo a punto de explotar en su pecho cuando lo vio descender a la fría tierra. Cada palada de tierra era para ella misma. Sin embargo, se contuvo. Su rostro era una máscara de cera. Lo cual ayudó a que no se acercara ninguno de los invitados. No buscaba ningún consuelo, menos de alguien que poco o nada se había interesado por Neil. Pacientemente, esperó a que se fueran todos al banquete que ofrecerían los Andrew-Leagan por la pérdida.

—Como te prometí, leeré tus cartas. Ahora que te has ido del todo. Aquí, a tu lado —susurró suavemente frente a la tumba.

Tensa, sacó la primera carta que él le había escrito. Un tanto amarillenta por el tiempo, pero intacta. Habían pasado casi veinte años. Desde entonces, había aprendido a lamer las heridas del pasado con otra lengua. Su piel recordaba el arder entre sus brazos. A concentrar una vida en un beso. Tantas memorias le golpearon cruelmente el corazón. Desde la más desagradable hasta la más deliciosa. Neil. Neil. Neil. En todas y cada una de ellas: Neil. ¡Cuánto le había hecho sentir en una existencia tan corta y tan larga a la vez! Se estremeció por las emociones que la devoraban.

No.

No podía.

No, no quería leerlas.

Se dio cuenta que después de tanto, ahora que él ya no estaba, ¿en verdad valía la pena leerlas? Quizás en otro momento antes, el día después de esa primera carta, hubiera tenido sentido. Así, le habría abrazado con dulzura o con necesidad. Le habría abofeteado o premiado con un beso. Hubiera reído o llorado a su lado. Hubiera. Eso le sacudió con fuerza, como un azote. No podía correr el tiempo atrás y hacer de sus días juntos más placenteros ni más agradables. Ahora le quedaba contentarse con lo que había sido.

Sintió que todos esos años con Neil habían estado incompletos. Ya que no había reconocido del todo sus sentimientos.

En un arranque, abrió la carta.

Fue cuando no pudo más.

Se rompió, no aguantó más, se soltó a llorar.

Esas cartas, con su dulce veneno, habían estallado frente a ella. Le colapsaron los pulmones y el corazón en un segundo. Blancas, tan blancas, y tan mortales. Terminaron de arrancar lo que le quedaba de vida.

—Te amo... —exclamó en mitad de un sollozo contenido—. Perdóname por decírtelo hasta ahora. Aunque, de alguna manera, sé que siempre lo supiste. Lo veías en mis ojos, que brillaban con emoción al verte. Mis manos y mis labios, que nunca tenían suficiente de ti. A donde vayas, no olvides que te amo.

Un viento fresco le revolvió juguetonamente los rizos rubios. ¿Acaso le traería un último beso de él? Sonrió melancólica.

Hasta pronto, sé que nos veremos... pronto.

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The End


N/A:

Con un final medio abierto, para dar un poco más al drama.

Esperando sea de vuestro agrado...

See you around...~