Disclaimer: Candy Candy es propiedad de Keiko Nagita y Yumiko Igarashi.
Advertencias: Un poco de OoC.
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• About the Anthrax Letters of a Rushed Romance •
Capítulo 4
Un même cœur (Désolée, mon amour)
Candy desde ese día le pidió a Neil que cada día le visitara.
No podía soportar la idea de no verlo, no después de esa amarga pesadilla. Necesitaba sentir la calidez del abrazo que sólo podía brindarle Leagan; eso le hacía reanimar sus pálidos rasgos y que sus mejillas se tiñeran rosadas, llenas de vida. Eso mismo pasaba con sus labios atrevidos, que tanto murmuraban frases maliciosas y fastidiosas como la enloquecían de gozo con los besos que Neil gustaba darle en cualquier parte del cuerpo en el momento más inesperado.
El joven se había vuelto más sobreprotector con la chica desde su petición. Lo hacía con gusto culposo; le fascinaba la idea de que ella lo necesitara así.
Sin embargo, había aprendido a amarla en libertad y ahora ante dicha súplica, todos los cimientos de su corazón se habían cimbrado. En lo más profundo de su ser, rechazaba la idea de que ella tuviese miedo. La chica pecosa más valiente de la Casa de Pony no podía estar temblando ante la mera idea de perderlo.
Como todo ser humano, el moreno sabía que no tenía asegurada la vida. Pero algo sí podía jurar: que dedicaría cada segundo que respirase en adorar a su huérfana dorada.
Así que su misión era dejárselo muy en claro.
"¿Me amas, Candy?"
La rubia meditó ante el escueto mensaje de Neil. Sí, él había vuelto a esa odiosa costumbre de dejarle cartas, en lugar de decírselo de frente. Pero, a la vez, tenía cierto encanto; o eso admitió enternecida. El joven Leagan le había dejado el pequeño papel entre sus manos al despedirse en un beso fugaz, donde apenas los labios se rozaron y el sentimiento se concentró en sus miradas.
La chica observó las palabras garabateadas que parecían cambiar de forma ante la luz de las velas, la electricidad se había cortado nuevamente en su humilde barrio y la sensación de soledad se incrementaba en su pecho con la fluctuante danza del fuego.
Creía que ya había quedado claro, después de toda la parafernalia de su pesadilla, que lo necesitaba… Se levantó molesta de la silla y trató de olvidarse de la absurda pregunta del moreno. Sin embargo, una punzada aguda de duda se clavó en su cabeza y giró a ver el pedazo de papel en la menuda mesa. Su mente masticó lentamente la frase, palabra por palabra, sílaba por sílaba y su corazón deshiló hebra por hebra el sentimiento detrás del mensaje.
¿Acaso Neil resintió de alguna manera lo que ella confesó en su sueño? Tal vez, se sintió inseguro de lo que había entre ellos. Esa falta de etiqueta, de siquiera definir ese intercambio de besos y caricias esporádico, el cual sólo hasta que Candy vio su pérdida en ese futuro entre las sábanas de una noche agitada fue determinante para hacerle perder la razón.
Una mano temblorosa se posó en su trémulo corazón. Él le había ofrecido su ser ante el altar del matrimonio. Ella no había dicho que sí o que no: únicamente había concentrado sus fuerzas en besarlo, la ansiedad de la pérdida la había vuelto muda y loca. La coherencia de pensamiento había salido volando y sus instintos primitivos se habían liberado en un arranque nervioso.
Pero ahora, en el silencio de una noche sin estrellas, las cartas estaban en la mesa.
Ella tenía que tomar una decisión. No huir. Ya no.
Suspiró y tomó la pequeña carta, besándola.
Neil volvió al día siguiente, como lo prometió. Candy lo recibió con una mueca que trataba de ser sonrisa. El pesar de una noche en vela se traslucía en sus grandes ojos verdes perdidos en ojeras violetas y su rostro hinchado. El varón sintió un leve remordimiento.
—¿Me leíste? —susurró con un tenso hilo de voz.
—Sí.
Neil tembló ante lo cortante de su respuesta.
—¿Qué dices al respecto? —no pudo evitar que la esperanza rezumara en su pregunta.
—Toma tu café o se te enfriará. No puedes llegar tarde al trabajo tampoco, así que bébelo rápido. ¿Quieres un poco de huevos con tocino? Hoy me quedaron perfectos —la rubia comenzó a farfullar entre el ruido de la vajilla y la comida cocinándose.
El moreno sonrió, derrotado.
—Sí, linda.
Todavía no era tiempo para ella. Él tenía que ser paciente, para que aceptara sus sentimientos y pudieran dar el siguiente paso. Además, Neil adoraba que Candy fuera así de hogareña; le daba cierta certidumbre de que podría haber una escena así diariamente en su propia casa y con un brillante anillo de diamantes en la mano que le servía tan atentamente el desayuno.
¿De qué tienes miedo, Neil?
El varón Leagan no podía creer que ella también había recurrido al uso de las cartas para responderle. Antes de salir del departamento, la rubia se apresuró a arreglarle la corbata y el traje en conjunto, finalizando con un abrazo que duró más de lo usual. Apenas si lo vio a los ojos. El mensaje escrito con prisas y manchado de café, la villana lo había redactado al último minuto y colocado estratégicamente en el bolsillo pegado al corazón, odiosamente volvía a darle la vuelta. Le confundía y solamente daba a entender que Candy se sentía ofendida ante su pregunta.
Él no tenía miedo de nada, por Dios bendito. Sólo quería que la rubia se reconociese del todo. Estaba cansado de jugar al amante. La parte excitante había pasado y quería que todo se afianzase entre ellos. No se imaginaba a nadie más fuera de Candy en su cama y en su corazón. Y él quería que también lo viese ella de esa manera.
Su mayor fantasía es que cuando le volviese a pedir matrimonio, ella con voz firme y segura le aceptara del todo porque las dudas y heridas del pasado ya se habrían superado.
No quería que estar con ella porque lo necesitara sino porque amaba a Neil Leagan pese a todo, como un todo con sus defectos y virtudes. Porque él así ya percibía a Candy White.
Una lágrima traicionera se resbaló por su rostro. El joven cubrió sus ojos con las palmas de sus gruesas manos, tratando de contener su impotencia. Frustrado, colocó el papelillo en su frente y resopló como si se le fuera la vida en ello.
Yo te amo y tu sigues huyendo. ¿Dime por qué?
Al parecer, Neil había dejado de lado los descriptivos mensajes previos y ahora era más directo, los halagos y otros juegos de palabras románticos se habían evaporado de la tinta de sus cartas. La rubia se encogió en un escalofrío, se imaginó la gruesa y altanera voz de Neil espetándole su aparente falta de reciprocidad.
La caligrafía rígida reflejaba la tormenta en su interior que había desatado la pregunta esquiva de Candy. La carta la encontró al lado de su almohada a mitad de la noche. Neil se había ido apresuradamente aprovechando la duermevela en la que ella se encontraba, esto después de haberle hecho el amor de manera agitada e intensa, como nunca lo había hecho.
La rubia no tenía forma de responderle. Es decir, podía decirle que lo amaba como él quería, al cabo que ella ya sabía lo que él buscaba exactamente. Sin embargo, ya se conocían lo suficiente como para darse cuenta cuando alguno estaba mintiendo. ¿Pero cómo podía Neil creer todavía que Candy White no había dejado de lado su yo del pasado?
Su pesadilla le había expuesto el panorama más desolador posible donde él dejara de estar a su lado. Donde perdía todo lo que Neil representaba en su vida, la manera en que había logrado adherirse a su día a día con sus sonrisas maliciosas, el sarcasmo de su voz, así como la agudez de su cinismo ante la vida frente a la siempre positividad cursi de Candy que ahora veía necesarias para seguir adelante.
Ella desde hacía mucho había dejado de comparar a Neil con sus anteriores amados. El atrevido había llegado más lejos que todos ellos juntos. Y lo amaba por eso, nadie había sido tan tenaz para seguir pese a los obstáculos que la vida había puesto en el camino. Había tomado su mano, le había mirado con sus ojos avellana llenos de confianza (fanfarrón) y bajo un vals apasionado habían estado bailando los últimos años.
Deshecha, lloró hasta el amanecer.
Candy decidió tomar un turno en el hospital que no le correspondía con el fin de no ver a Neil por ese tiempo, es decir, al menos tres días sin pararse en su departamento. Buscaba un poco de tiempo para "descansar" de la tensión que había entre ellos. Enfocó su energía en sus queridos enfermos, pese a que su rostro tenía todos los signos de que estaba a punto de desmayarse. Al pensar que llegaría a dormir en una cama que ya no desprendiera la intensa colonia de su amante, sus ánimos decayeron un poco.
La condenada huérfana no había pisado su cuarto en al menos dos días, pensó con cierto rencor el joven Leagan. Se sintió traicionado al ver rota la promesa de estar juntos al menos un momento de manera diaria. Pensó en el destartalado hospital donde ella trabajaba, lo lejos que estaba de su domicilio y lo desfallecida que llegaría al terminar el turno suicida.
La rubia confirmaba sus temores: mientras Neil daba su corazón, ella prefería el rumbo evitativo.
Pero el moreno sabía que era necesario otro cambio de táctica.
La luz del mediodía penetraba con furia las pupilas aletargadas de Candy. En sus manos sostenía un papel que escuetamente decía "Ve a la entrada principal" con una tipografía pesada de máquina de escribir; el cual había encontrado dentro de su locker. Ella, ya caminando por inercia en modo muerto viviente obedeció sin más. Sólo deseando llegar a casa todavía medio despierta y lo suficientemente consciente para atinar su cuerpo en la cama.
Neil estaba ante las amplias puertas de la entrada, él siempre tan cliché con su ramo de rosas rojas en brazos y su media sonrisa de lado. Sabiéndose en ventaja, limpio y bien presentado frente al deshecho de lágrimas, sudor y estrés que era Candy después de una guardia de más de dos días. Sin embargo, la sorprendió al correr hacia ella (dejando de lado su imagen impecable) para sujetarla con una fuerza sin precedentes.
No, más bien él se había dado cuenta de lo exhausta que estaba y la había atrapado antes de caer al suelo, traicionada por sus piernas temblorosas.
—¿Candy, ¿qué tienes? —exclamó preocupado.
La rubia le observó con ojos entrecerrados entre los cabellos rebeldes de su fleco y el enorme ramo de flores bloqueando su apuesto rostro apesadumbrado. Ella levantó una de sus manos y acunó una de las mejillas morenas del joven con ternura.
—Te tengo a ti, ¿qué más querría? —susurró dulcemente.
Neil la estrujó contra su duro pecho en todo el camino, ni por un segundo la soltó. Tampoco la llevó a su departamento. El joven Leagan la tuvo en su propia casa y la trató como una reina: preparó su baño con las mejores esencias, pidió los mejores platillos para que ella comiera en su habitación y la sostuvo entre sus brazos con el temor de que el alma se le escapara si él osaba bajar la guardia.
—Sólo necesitaba escuchar tu corazón, Candy. Creo que solamente bajas sus impenetrables defensas cuando estás entre la vida y la muerte —exclamó burlón el moreno.
—Ridículo —respondió ella con un leve golpe en su bíceps.
—Vístete, vamos a salir —soltó repentinamente el varón en una tonada de alguien que vive para ordenar.
La rubia miró estupefacta la ancha espalda de Neil que se extendía aún más durante el proceso de vestirse. El varón lo hacía con la paciencia y parsimonia de quien busca lucir lo mejor posible en un gesto solemne… como si fuera la antesala de un gran suceso cuyo telón estaba a punto de levantarse. Y ella estaba en medio de dicho escenario, sin saber su papel ni las líneas que debía interpretar.
—¿Candy?
—La única ropa que tengo es mi uniforme de enfermera —admitió en una mueca que se debatía entre la humillación y la furia—. Difícilmente podría acompañarte a algún lado de los que frecuentas sin ser la mofa del lugar.
—A mi lado, nadie osará posar su mirada en ti sin sentir respeto, Candy —contestó impasible el moreno mientras extendía uno de sus brazos hacia uno de los muebles de la habitación.
Un vestido reluciente de satín rosado reposaba vanidoso a la espera de su dueña. El varón se acercó en un suspiro detrás suyo y colocó un precioso (¡pesaba como la culpa!) collar de brillantes que complementaba su atuendo. La rubia apenas podía creer lo fríamente calculado que estaba ese detalle por parte de Neil. Tembló ligeramente al pensar que esa noche no sería ordinaria, que definitivamente habría algo grande detrás. Los cristales que colgaban de los candelabros refulgieron repentinamente, le hicieron recordar los codiciados anillos de compromiso repletos de diamantes, y cerró los ojos.
No podía ser eso. Definitivamente era eso.
El restaurante elegante, pero a la vez acogedor, que la llevó el moreno sólo hizo acrecentar su incertidumbre. Era demasiado romántico el ambiente, con velas aromáticas e infinidad de flores multicolores en cada rincón. La suave música instrumental se perdía entre los murmullos de los amantes que abarrotaban el lugar. Sin embargo, el joven Leagan se movía grácilmente pese a los tropiezos de su deslumbrada compañera, consiguiendo rápidamente una mesa.
—¿Qué es todo esto, Neil? —susurró débilmente ahogada por su ansiedad y el frío otoñal.
Él se limitó a reírse con malicia y dejarla con la duda.
Como buen caballero, le recorrió la silla para que se sentara aún a pesar de la resistencia de Candy. Los meseros volaron para atender el más mínimo capricho. La chica se encontraba estupefacta y Neil parecía disfrutarlo. Pronto se vieron rodeados de manjares de todo tipo en porciones de diversos tamaños y espumoso vino en copas de cristal fino.
Todo parecía como cualquier cena entre los dos.
Sus miradas chocaron, ambas ardían ante la expectativa de la reacción del otro.
Finalmente, uno cedió.
—¿Mi pañuelo? —exclamó sorprendida Candy luego de que Neil le limpiara la comisura de los labios con un inmaculado trozo de tela que sacó de su propio bolsillo.
—Sí. Lo he conservado desde que curaste mis heridas tras ese accidente de automóvil que tuve —respondió con voz queda y nostálgica.
Blanco y pulcro, se denotaba el cuidado que el moreno había tenido todo este tiempo con el humilde paño que tenía su nombre bordado. Ya habían pasado años de eso y parecía como si apenas se lo hubiera dado ayer.
—Mi amor es como ese pañuelo, Candy. Se ha conservado intacto hacia ti desde entonces. Soy el mismo hombre que te ama. No entiendo por qué dudas de mí.
—Neil, yo…—las lágrimas conmovidas comenzaron a empapar sus mejillas sonrosadas.
—Me voy a Francia, Candy. Quiero estar seguro que tu corazón me recibirá aún después del tiempo que esté afuera. Y, sobre todo, si estarás bien.
Él se iba y ella quedaba a la deriva.
"¡Cállate, corazón!" gritó la rubia internamente, Dicho músculo comenzó a latir como nunca en su vida. Golpeteaba dentro de su pecho con violencia, para ralentizarse paradójicamente a un ritmo que hizo a la chica temer por su vida.
—Veo que tienes razón, Neil. Sigues siendo el mismo hombre… ¡egoísta y soberbio de siempre! ¡Crees que tienes el derecho de decirme algo así de un minuto a otro y esperas que esté de acuerdo! Que tengo que soportar que te vayas y yo espere, como mujer de soldado, con la incertidumbre de que pueda perder ese supuesto amor de un momento a otro.
El varón parpadeó perplejo ante su enérgica respuesta. Pero se limitó a sonreír malicioso y depositó una tarjeta en la pálida mano de la chica.
—Me iré en una semana. Volveré en un mes. Pensaré en ti diario, Candy, porque las cartas no llegan. Saldré en un vuelo a medio día, ojalá puedas llegar a despedirme.
La cena terminó y regresaron en medio de un silencio sepulcral.
Candy volvió a huir de él durante los siete días previos al vuelo. Nunca estuvo en el departamento cuando él llegaba a tocar su puerta. La paciencia comenzaba a tambalear en el espíritu de Neil. Incluso puso en duda la relación. ¿Había sido correcto aceptar la riesgosa misión laboral en París a costa de lo construido arduamente con ella? No, era la prueba perfecta para aclarar las cosas entre ellos. Si tan sólo la rubia no lo hubiera tomado así, se lamentó.
No quería irse sin el recuerdo de su piel en sus labios…
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To be continued…
N/A
¿Inspiración repentina? Gracias a "Je suis le même" del gran cantante Garou. Agradezco su paciencia por todo este tiempo. Espero les agrade este penúltimo capítulo.
