Shuumatsu no Valkyrie y todos sus personajes pertenecen enteramente a sus respectivos autores y son usados aquí con meros fines de entretenimiento.
Advertencia: esta historia contiene yaoi (aunque nada demasiado explícito) entre Buda y Jesús. Si no te agrada la idea, es mejor que no sigas leyendo; si te quedas, espero que disfrutes la lectura.
Buda se pone pesado cuando está a solas con Jesús. Ninguno de los santos sabe porqué: quizá su seriedad le atraiga y busque alguna manera de llamar su atención, tal vez le recuerde a alguien especial de su pasado. O sencillamente, le gusta molestar al nazareno, al grado que Sócrates siempre convence a Confucio para dejarlos a solas.
—Es mejor así —comenta él con una sonrisa. Por lo que, en la comodidad de lo privado, Buda puede dar rienda suelta a su particular afición.
—Anda, abre la boca —le pide a su amigo, sosteniendo entre sus dedos una de sus paletas. Jesús lo mira con los párpados entrecerrados: ¿De verdad cree que meterá a su boca aquel dulce previamente ensalivado por el santo? Definitivamente no.
A pesar del claro rechazo, Buda no desiste. Incluso se atreve a ir más allá, dando un par de golpecitos con el caramelo macizo de la paleta en la mejilla de Jesús.
—Sé como hacer que abras la boca, viejo amigo.
Jesús lo escucha y, antes de que pueda decir algo (o hacer una mueca de asco por la sensación pegajosa del dulce en su piel), siente los labios de Buda contra su mejilla. Esta vez, al contrario de las anteriores donde Jesús se turba ante los malos recuerdos, decide mantenerse firme: los párpados cerrados al igual que los labios, aunque no puede evitar apretar estos últimos. Y, claro, que sus manos tiemblen levemente, tensamente posadas en sus brazos.
Buda, por supuesto, lo nota.
—Ya sé, ya sé —comienza a decir —. No te van los besos en la mejilla… ¿quizá en otra parte? —aquello último lo pregunta en voz muy baja y, para el gusto de Jesús, bastante sugerente. Sabe lo que se avecina… y siente ahora no sus labios sino su lengua contra la mejilla, subiendo lentamente por la misma zona donde lo besó. Jesús ahora sí abre los ojos y, para su desagrado personal, entre dientes deja salir una corta maldición.
Y aun así sabe que el santo no lo dejará en la paz que tanto añora, por lo que decide tomar acción: ladea la cabeza antes de cerrar nuevamente los párpados, ahora frente a Buda, quien toma el gesto como una clara invitación. Se acerca un poco más, y…
—…Auch.
Los lentes chocan con el rostro de Jesús, quien frunce el ceño. Ante eso, Buda suelta una risita.
—Ups, perdón.
Jesús sabe perfectamente que la disculpa es sincera, por lo que no comenta nada más. Buda se alza los anteojos y, antes de que pueda hacer algo más, siente los labios del nazareno contra los propios. Al inicio se extraña de que sea Jesús quien tome la iniciativa en su particular juego, pero acaba por alegrarse internamente y entreabrir la boca. Sin embargo, enseguida la diestra de su amigo lo toma con firmeza de la mandíbula, alejándolo a milímetros. Lo mira fijamente con esos profundos ojos que a Buda le resultan, desde la primera vez que lo vio, fascinantes. Todo en Jesús lo es… jamás terminará de conocerlo. La voz del otro lo saca de su ensoñación:
—Ni se te ocurra morder —advierte, en un susurro. Buda chasquea la lengua, frustrado tanto por la orden como por continuar tan lejos (a su juicio) de Jesús.
—Ya entendí —responde, y de nuevo es Jesús quien, sin soltarlo, lo acerca a su rostro. De nuevo Buda siente los labios del santo contra los suyos y debe admitir que es una sensación tan reconfortante como placentera. Muchos años atrás, Jesús curaba enfermos colocando las manos sobre sus cuerpos, ahora, es capaz de curar el alma de Buda con un beso. Un milagro… un verdadero milagro de los que, quizá, ya no existen.
Se alejan segundos después, aunque de buena gana Buda se quedaría ahí más tiempo, pegado a su Jesús, deleitándose con lo fresco de su aliento. Y Jesús, aunque no lo dice, piensa en que Buda es dulce por dentro y por fuera… no precisamente por comer tanto.
—¿Satisfecho? —pregunta el nazareno. Buda niega con la cabeza suavemente.
—Falta tu beso favorito, amigo…
Sin darle tiempo a reaccionar, lo toma de la mano derecha y coloca sus labios justo encima de aquella antigua cicatriz, la marca de los clavos que alguna vez le desgarraron la piel en una tortura atroz. Deposita un beso sobre ella con auténtica devoción y, en cuanto alza la vista, observa a Jesús sonreírle.
Mi primer fic de 2022 y tenía que ser algo que probablemente me condene al infierno pero la verdad no me importa (?) espero les haya gustado, ¡gracias por leer!
