-Presunción de inocencia-

Capítulo 10. El día del veredicto


El tiempo había acabado. Los dos días que le dieron de plazo para la celebración del juicio se le habían hecho eternos, pero por fin habían concluido. Mientras caminaba, esposado y custodiado por cinco guardias, hacia la sala en la que sería juzgado por su crimen, pensó en muchos momentos, en muchas personas.

Una de las que ocupó primero sus pensamientos fue su madre. Tenía pocos recuerdos de ella, pero siempre que aparecía en su mente la veía joven, bella, con el pelo azabache recogido en una gruesa trenza y sus ojos oscuros y amables acompañados de media sonrisa afable.

Su ramen era el mejor del mundo y sus abrazos reconfortaban a cualquiera. Era una sensación bonita de recordar, porque el calor y el cariño de una madre es inigualable, pero ya daba igual. De todas formas, jamás volvería a verla.

Por supuesto, también pensó en sus tres hijos y en Charlotte. Jamás había pensado que formaría una familia. Su carácter no era demasiado llevadero, sus vicios eran molestos y en general era una persona que no solía agradarle a nadie; mucho menos en un país en el que despertaba rechazo por ser extranjero y tener una magia extraña y que resultaba a los demás repudiable.

Los años fueron pasando, cumplió muchos objetivos a nivel profesional, conoció a grandes personas, amigos, rivales e incluso a unos chicos que, aunque sostenía continuamente que eran unos idiotas, se convirtieron en su familia.

Sin embargo, no esperaba llegar a enamorarse. O más bien, no esperaba que alguien se enamorara de él. ¿El motivo? No parecía agradarle a mucha gente, así que ¿quién querría compartir su vida con él? Por increíble que pudiera parecerle, esa persona llegó. Y no, por supuesto que no era una persona cualquiera.

Charlotte Roselei, desde la distancia, era alguien que imponía mucho. Con su mirada preciosa azul, pero gélida y sus gestos apáticos, lograba siempre su objetivo: que los hombres no se le acercaran demasiado. Los que se aventuraban no tenían mucha suerte con ella, pues eran rechazados sistemáticamente. Yami, sin embargo, se acercó. Durante muchos años, sus interacciones fueron de apenas unas burlas de su parte con enfados y sonrojos como contestación de la mujer, pero era divertido. Al menos para él, lo era.

Todo cambió cuando se enteró de que ella actuaba así porque lo amaba, a pesar de que siempre pensó que huía de él porque lo detestaba con todas sus fuerzas. El amor es un sentimiento extraño, de eso no le cabía ninguna duda. Pero Charlotte era una mujer hermosa, inteligente, valiente y capaz, así que no quería perder aquella oportunidad de oro que la vida le estaba brindando para acercarse a ella. De todas formas, siempre le había gustado y le había llamado la atención poderosamente, así que ¿por qué no arriesgarse a conocerla un poco más y saber si podrían llegar a algo?

Después, fueron todo. Yami se enamoró como nunca antes le había sucedido. Le contó sus más oscuros secretos, encontrando en ella su mayor soporte. Lo conocía como nadie, se llevaban bien y se querían profundamente. Con el tiempo, tuvieron tres hijos. Cuando se enteró de que Charlotte estaba embarazada por primera vez, la confusión fue demasiado grande. No sabía bien si podría llegar a ser un buen padre y tampoco era algo que fuera planeado, así que su reacción no fue la mejor. Recordaba atravesar una gran crisis con Charlotte en ese momento, pero no era para menos. Con la perspectiva del paso del tiempo, se dio cuenta de su fallo.

Hikari era una chica muy especial. Además de todo el potencial que tenía como guerrera, había conseguido heredar todo lo bueno de sus padres. Quería tan intensamente a los suyos que hacía que Yami se sintiera muy orgulloso de ella, pero no solo de lo que ya era, sino también de la persona en la que sabía que se convertiría con el paso del tiempo.

Hana, que había sido la única de sus tres hijos que habían buscado tener explícitamente, era una niña introvertida y bastante reservada, pero también muy inteligente y curiosa. A Yami le costaba un poco acercarse a ella, y esa iba a ser la espina que le quedaría clavada, de eso estaba seguro, pero admiraba mucho la forma tan elocuente en la que analizaba las situaciones y su entorno. Al ser la más parecida a Charlotte, sabía que actuaría con racionalidad ante los momentos difíciles.

Por último, Einar era el más travieso de todos y también y siempre a su pesar, quien más le recordaba al chico que un día fue. Aparte de ser prácticamente idénticos en apariencia, su carácter también era similar al suyo y eso le gustaba y le daba miedo a partes iguales.

No hubo más tiempo para pensar. Cuando menos lo esperaba, ya estaba en la puerta de la sala que usarían como juzgado. Entró y lo sentaron apartado y encadenado, como si de verdad fuera un preso peligroso. La luz que entraba a través de las pequeñas ventanas lo reconfortó increíblemente. Observó el ambiente.

Sería juzgado por un jurado compuesto de nobles por completo. El portavoz comenzó a hablar. Habría algunos testigos de las dos partes, pero no se permitiría la presencia de público; solo la de familiares de la víctima y uno solo del acusado a la hora de dictar la sentencia.

Estaba tranquilo. Sabía cuál sería el transcurso de ese juicio y también la conclusión, así que lo estaba. Pero su paz comenzó a resquebrajarse en cuanto sintió un ki familiar. Se sentó erguido en la silla y frunció el ceño mientras miraba hacia la puerta para ver pasar a quien sería su primer y único testigo.

Su hija mayor entró a paso firme, seguro y sosteniéndole la mirada con valentía. Sabía que aquello no le gustaba y hasta parecía estar desafiándole. Verla con esa decisión y con sus ojos azules tan afilados le recordó a su madre. Sin duda alguna, su temperamento lo había heredado de ella.

Por parte de la víctima, asistieron como testigos sus padres y algunos de sus compañeros de las Orcas Moradas. Pero casualmente no había nadie que hubiera asistido a la misión en la que participó Hikari y Axel Dahl. Yami sonrió de lado, sabiendo que lo tenían todo concienzudamente preparado.

El juicio dio comienzo. Se leyó un informe que detallaba los hechos ocurridos aquella madrugada lluviosa en la que el joven noble fue asesinado. Yami no miró a nadie mientras se relataba su crimen. Se describió perfectamente cómo lo había llevado a cabo todo entre las lágrimas de los progenitores de aquel chico y la mirada desafiante de Hikari.

Tras acabar, el jurado llamó a declarar a la hija mayor de Yami y Charlotte, que se sentó en la silla de testigos y juró contar la verdad; hacerlo por la seguridad, la paz y la integridad del Reino del Trébol.

—Hikari Sukehiro, ¿consideras a tu padre como un hombre violento?

La joven frunció el ceño sin comprender. Estuvo a punto de contestar impulsivamente, pero se había jurado a sí misma que tenía que pensar antes de actuar, así que respiró profundamente y respondió.

—No. Nunca lo ha sido. Es un padre excepcional desde siempre tanto conmigo como con mis dos hermanos.

—¿Alguna vez has presenciado un ataque de ira por su parte?

—Jamás.

—¿Tampoco con tu madre?

—Jamás —repitió de forma contundente y desafiante—. La relación de mis padres no es perfecta, pero no conozco a dos personas que se quieran y se respeten mutuamente más que ellos.

—Entonces, ¿por qué crees que el acusado, Yami Sukehiro, mató al joven Dahl a sangre fría y sin motivo aparente?

Hikari apretó su puño izquierdo, intentando que nadie se diera cuenta. Ni siquiera se habían molestado a preguntarle a su padre qué había pasado aquella noche con ese chico. Sabía que se debía a que simplemente no les importaba, porque un plebeyo extranjero no era asunto del reino, aunque se hubiese jugado la vida por el país y su gente durante más de treinta años.

—No creo nada, sé el motivo. Y no voy a negar lo que hizo porque sé que él mismo no lo hará, pero voy a demostrar que mi padre es un hombre inocente. Lo que voy a contar no son suposiciones ni conjeturas, sino la verdad. Si sois hombres y mujeres con sentido del honor, comprenderéis su postura.

El jurado se quedó en completo silencio, atento ante el discurso de la chica, que era muy joven para tener tanto arrojo, pero de hecho lo tenía, y mucho más del que pensaban.

—El dieciséis de agosto me encomendaron unirme a una misión en grupo. Había nueve novatos más, así que formamos un grupo de diez personas. Había también dos personas con más experiencia que estaban al mando. Uno de los dirigentes era Axel Dahl. Estaba a cargo de nosotros, debía instruirnos y enseñarnos, pulir nuestras habilidades. Lo podéis comprobar en los registros. Todos confiábamos en él porque era nuestro superior; yo también lo hice. Pasamos un día tranquilo y por la noche acampamos todos juntos. Este hombre me dijo, cuando terminamos de cenar, que lo acompañara. Nos alejamos mucho del grupo, pero seguí confiando en él. No sabía lo que me iba a hacer.

Yami miró a su hija. A pesar de haber sido aquel uno de los eventos más traumáticos que había vivido —si no el que más—, contaba todo con una entereza digna de admirar. Ni siquiera sabía si él podría hacerlo de esa forma.

Hikari relató paso por paso todas las lesiones que le había provocado y cómo. También contó sus vejaciones y humillaciones a través de palabras vergonzantes e hirientes, que tenían como única razón de ser que ella era descendiente de un hombre nacido en tierras extranjeras.

—Si tienen hijos, entenderán la rabia y la frustración de mi padre, que me recogió del suelo empapado mientras escupía sangre y me desgarraba por dentro. Y entenderán la preocupación de su familia, de su mujer y sus tres hijos y de todos los integrantes de la orden de la que es capitán desde hace tantos años. Ni siquiera han respetado su presunción de inocencia. Simplemente lo encarcelaron durante semanas que se convirtieron en meses y apenas nos dejan verlo. No es justo el trato que se le está dando a alguien que ha arriesgado su vida miles de veces por todos ustedes —finalizó la chica, mirando con fijeza a todos y cada uno de los miembros del jurado y despertando un murmullo intenso por su parte.

Tras acabar, Hikari miró a su padre y le sonrió suavemente. Sus ojos parecían transmitirle que todo iba a estar bien, que ella se iba a encargar de solucionar el problema en el que lo había metido con su inexperiencia y su exacerbada inocencia adolescente.

Yami sintió una tristeza indescriptible en ese momento. Habiendo tenido una niñez y adolescencia horribles, no quería que ninguno de sus hijos tuviera que sufrir algo así. Y Hikari, con apenas dieciséis años, tenía que sacar el coraje de una persona adulta para defenderlo a él. Lo más desolador de todos sus esfuerzos era que no estaba dispuesto a apoyarla en absoluto, pues él ya había aceptado su destino. Era la mejor opción para todos.

Cuando su testimonio —que más bien fue un alegato— acabó, la joven fue obligada a marcharse. Siguieron los testimonios de los padres del heredero de los Dahl, que narraron el sufrimiento inimaginable que estaban viviendo tras haberle sido arrebatado su único hijo a tan temprana edad, y también la bondad que caracterizaba al chico y que contradecía la versión de la novata de los Toros Negros.

Para ellos, Yami era un monstruo que se lo había quitado todo. Y lo entendía, por supuesto que lo hacía. Después de todo, ese hombre era su hijo. Daba igual cuántas veces le contaran lo que había hecho, daba igual los detalles minuciosos con los que su hija había relatado sus ataques; no lo creerían.

La ronda de testimonios finalizó, así que el jurado pasó al turno de preguntas para Yami.

—Yami Sukehiro, ¿cómo te declaras ante la acusación del asesinato de Axel Dahl?

—Culpable —admitió y el murmullo que lo rodeó fue insoportable—. No voy a contestar a más preguntas. Solo quiero que durante la lectura de la sentencia esté aquí mi mujer.

—¿Perdón? —preguntó el portavoz del jurado.

—Charlotte Roselei. No estamos casados, pero es mi mujer igualmente. Es la persona que quiero que esté aquí.

—Bien. La sentencia será leída en una hora. Avisaremos a Charlotte Roselei. Llevadlo de nuevo a su celda.


Charlotte estaba fuera del Palacio Real, junto a la zona de las celdas. Había intentado ver a Yami, pero no había sido posible. Quería estar ahí durante toda la duración del juicio, aunque sabía que no la dejarían pasar. No solo por Yami, sino también por acompañar a su hija mayor, ya que sabía que estaba nerviosa, aunque intentaba ocultarlo.

Según Hikari le había informado cuando salió del edificio, dejarían pasar a una persona del entorno del Capitán de los Toros Negros para escuchar el veredicto. Sabía que si le daban a elegir, la escogería a ella, así que quería estar cerca. Uno de los guardias entonces salió. Le comunicó que en una hora tenía que entrar a la sala de juicios y que Yami había pedido que estuviera allí.

Ella suspiró y simplemente asintió. Cuando el guardia subió de nuevo las escaleras y entró al enorme edificio, Hikari se abrazó a su madre con alivio.

—Papá va a salir de ahí, ¿verdad? —preguntó la chica mientras acariciaba el cabello dorado de su madre.

—Claro que sí, cielo. De la forma que sea, saldrá de ahí. Tú has hecho todo lo que has podido y más. Ahora vete a casa. Necesito que estés con tus hermanos.

Hikari, aunque no estaba del todo convencida, asintió. Se marchó ante la atenta mirada de su madre, que esperó el tiempo necesario hasta que el mismo guardia salió y la dirigió hacia la sala donde Yami estaba siendo juzgado.

Entró ante la atenta mirada de todos los allí presentes. Cruzó su mirada azul con la de Yami. Estaba seria. Se sentó y esperó a que el veredicto fuera pronunciado.

—Por favor, todos en pie —comenzó el portavoz del jurado. Los asistentes obedecieron—. Yami Sukehiro, ante las pruebas aportadas por los Caballeros Mágicos de las Orcas Moradas, los distintos testimonios escuchados hoy en esta sala, sus propias palabras y atendiendo al código del honor y la moral del Reino del Trébol, este jurado lo considera culpable del asesinato de Axel Dahl, y lo condena a la pena máxima: la muerte.

Yami no habló. Solo miró a Charlotte. Sintió su ki furioso, devastado y triste. Cruzaron miradas nuevamente. Supo que ella entendería la situación sin que le dijera una sola palabra, pero no contaba con su inesperada reacción.

—Solicito la repetición del juicio —dijo Charlotte, sorprendiendo a todos, incluso a Yami.

—La sentencia es definitiva e irrevocable. En dos semanas, Yami Sukehiro será ejecutado en la plaza principal de la capital. Suspendemos además las visitas definitivamente por considerarlo tanto a él como a su entorno extremadamente peligrosos. No queremos arriesgarnos a que se fugue o a que sea ayudado a hacerlo.

—No representáis al honor ni a la justicia ni a este pueblo. Me da vergüenza vivir en un reino que tolera de este modo las injusticias —apuntó Charlotte, intentando no perder los papeles, porque sabía que si hacía lo que quería, que era empalar a todo el jurado completo con sus zarzas, solo añadiría más problemas a la situación.

Miró a Yami por última vez. Sus ojos lo asustaron tremendamente, porque le aseguraron, gritándole en medio del silencio, que no se iba a rendir. Salió de la habitación y se fue a la base de los Toros Negros, donde vivía desde que su primera hija nació.

Llegó rápidamente a su habitación, asegurándose de que nadie la notara allí, pero no lo logró, pues Hikari estaba pendiente de la vuelta de su madre. Cuando sintió su ki subiendo las escaleras, les dijo a sus hermanos que se quedaran donde estaban porque debía hablar con ella.

—Hikari, ¿puedo ir yo también? —preguntó Hana con preocupación. Justo antes de que su padre se marchara a su supuesta misión, le había estado empezando a enseñar a manejar el ki. Aunque no lo tenía dominado del todo, sintió que su madre no estaba bien.

—No, Hana. Quédate aquí con Einar. Vuelvo enseguida.

La niña asintió sin ganas. A Hikari le pasaba igual que a su padre: cuando los llamaba por sus nombres y no diciéndoles «mocosos» era porque algo andaba mal.

—Tata, pero vuelves luego, ¿verdad? —dijo el niño.

—Sí. Esperadme aquí.

Hikari subió las escaleras con velocidad y fue al cuarto de su madre, donde ella se encontraba dándole vueltas a la habitación. Había tirado un mueble con sus espinas, aunque el ruido no se había escuchado demasiado en el piso de abajo.

No podía más con esa situación. Su plan no estaba acabado, no tendría con dos semanas más para perfeccionarlo y no le veía salida posible a esa espantosa situación. No quería perder a Yami. No podía soportar la idea de que sus hijos se quedaran sin padre, pero tampoco que ella no volviera a verlo más, no pudiera escuchar sus bromas, sus sarcasmos o sus palabras cariñosas, no pudiera sentir sus besos o sus caricias en la cintura.

—Mamá —la llamó Hikari, cortando así sus pensamientos—, ¿qué ha pasado?

—Hikari… han condenado a muerte a tu padre. En dos semanas lo ejecutarán delante de todos.

Al contrario de la reacción que pensaba que tendría —una en la que se desmoronaba por completo por la idea de la pérdida y la culpa—, la chica se acercó y sujetó sus manos con determinación.

—Mamá, Alistar y yo tenemos un plan para sacar a papá de prisión. Pero te necesitamos.

—No quiero que participéis en esto.

—Necesitamos actuar los tres juntos. Es nuestra única oportunidad. Te prometo que es la única opción que tenemos.

Charlotte miró durante algunos segundos los ojos de su hija. Aunque fuera arriesgado y peligroso, era la única alternativa que le quedaba. No podía permitirse el lujo de rechazar la oferta.

Asintió seria y se abrazaron en silencio, sin saber que alguien había escuchado la totalidad de sus palabras.


Gael se sentó en el pasto, como solía hacer todos los miércoles por la tarde desde hacía mucho tiempo. Miró a Hana, que estaba a su lado. Hacía unos meses que estaba muy seria. Concretamente, su actitud había cambiado desde que enfermó y poco después su padre se fue a una misión de duración desconocida.

Hana no era una niña ingenua, así que sabía que, al igual que él, sospechaba que lo que le habían contado no era verdad. Pero no quería decírselo porque eso solo aumentaría su incertidumbre y su preocupación.

Su situación familiar tampoco es que fuera buena. Tenía once años, pero no era tonto. Sus padres no dormían juntos desde hacía muchos días y casi no se hablaban. Estaba seguro de que el culpable de esa situación era su padre, pues su madre era la persona más prudente, buena y cariñosa que había conocido jamás. Gauche, sin embargo, tenía un lado serio y malicioso que él mismo sabía que había heredado y que lo colocaba como punto de sus sospechas por su alejamiento repentino.

Margaret era muy pequeña, pero pronto se daría cuenta de que algo sucedía. Sus padres no eran las personas más cariñosas del mundo, pero siempre estaban cerca. Gael creía que era porque su madre era muy tímida y le daba seguridad estar al lado de su padre. Explicárselo a su hermana iba a ser muy complicado, pero tendría que hacerlo él porque estaba seguro de que ninguno de sus padres le iba a contar la verdad.

Él, por su parte, tenía pensado primero averiguarla y después decírsela, aunque intentaría endulzarla lo máximo posible, a sabiendas de que no se le daba demasiado bien.

—¿Sabes qué? Creo que mis padres se van a separar. No se hablan apenas. Seguro que ha sido mi padre el que la ha fastidiado, como siempre hace.

Gael miró hacia su lado, donde Hana estaba sentada. Ella tenía sus ojos marrones pegados al suelo. Los dedos descansaban en su regazo, entrelazados con nerviosismo. Le pareció ver que acumulaban algunas lágrimas. Pero claro, era obvio que no sería por su situación, sino porque le había pasado algo.

—¿Qué te pasa? —le dijo en un tono medio seco que solo le salía cuando estaba genuinamente preocupado por alguien.

La niña lo miró entonces y las lágrimas rodaron por sus mejillas.

—Mi papá se va a morir…

—¿Qué dices? —preguntó Gael con incredulidad en la voz—. ¿De dónde sacas eso?

—He escuchado a mamá y a Hikari diciéndolo. No está en una misión. No sé por qué, pero lo han condenado a muerte —dijo con la voz entrecortada, recordando las palabras que había escuchado hacía tan solo una hora—. Sabía que algo raro estaba pasando, pero no creía que fuera algo así. Yo…

Hana dejó de hablar porque sus palabras fueron ahogadas con el llanto que no podía detener. Gael, que nunca había sido bueno con las palabras ni mucho menos para dar consuelo, se quedó congelado, sin saber bien qué decir ni cómo actuar.

Yami era una persona que lo intimidaba mucho y que le dio miedo durante bastantes años, pero lo respetaba, porque sabía que había dado una mejor vida a sus padres y que era un hombre de honor y leal. Además, era el padre de su mejor amiga y las consecuencias que podrían dejar en ella su muerte serían nefastas. No quería verla triste ni tampoco llorando como en ese momento lo estaba haciendo. Así que llevó su mano hacia la de la niña y la apretó contra la suya, provocando que pudiera mirarlo de nuevo.

—Ni tu madre ni tu hermana mayor van a dejar que nada malo le pase a tu padre. Y sé que mis padres tampoco ni nadie de los Toros Negros. Y yo… voy a estar contigo.

La niña asintió mientras seguía llorando y apretó el agarre de la mano de su mejor amigo.

Era lo único que le quedaba; confiar en que Hikari y su madre harían todo lo posible para que pudiera volver a ver a su padre con vida.


Finalmente, las dos semanas transcurrieron y el día de la ejecución de Yami llegó. No había dormido mucho la noche anterior, pero sabía que pronto vendrían a recogerlo, así que se quedó sentado en la cama. Le apetecía increíblemente fumarse un cigarro, pero no tenía.

El guardia llegó en pocos minutos, tal y como esperaba.

—Es la hora —le dijo con tono neutro.

Se levantó del colchón, escuchando después el ruido de los muelles oxidados. Se acercó a la reja y el guardia abrió. La noche anterior le habían puesto unas esposas que suprimían su poder mágico y no entendía bien por qué. No iba a escapar. No tenía pensamiento de fugarse. Solo quería morir en paz. Le habría gustado despedirse de su familia, pero sabía que el momento sería aún más doloroso. Solo esperaba que en la plaza en la que iba a ser ejecutado no estuvieran Charlotte ni Hikari. Las conocía bien y sabía que eran capaces de presentarse allí e intentar evitar algo que era completamente irremediable. Confiaba en que su mujer sería responsable y consecuente, como siempre había sido.

A mitad de camino y, cuando ya el sol le dio de lleno en la cara, pues estaban pasando por unos pasillos al aire libre y que estaban cerca de los jardines del edificio colindante a la prisión, otro guardia se acercó a su compañero, así que se detuvieron. Ni siquiera lo miró. No le interesaba saber quién lo llevaría hacia su verdugo.

—Cambio de turno. Se me ha encomendado llevar al prisionero a la plaza.

—Pero si me dijeron que lo llevara yo.

—Las órdenes son explícitas —dijo y le enseñó a su compañero un documento que parecía confirmarlo.

El guardia se fue mientras farfullaba y Yami comenzó a caminar de nuevo. Se alejaron del camino que los llevaría a la plaza. Intentó fijarse en el rostro del chico, pero no pudo ya que llevaba la gorra del uniforme, que le tapaba la cara. Su ki estaba oculto, así que empezó a sospechar.

—Chico, este no es el camino.

—Lo sé, Capitán Yami —dijo, alzando entonces la vista.

Yami se dio cuenta entonces de que ese chico era el hijo de Vangeance. No entendía bien qué carajo hacía allí, pero todo cobró sentido cuando vio aparecer a su hija mayor y a Charlotte al final del pasillo.

No le dio tiempo a reprochar nada y tampoco a reaccionar. Simplemente, Hikari cortó las cadenas con su katana y Charlotte le agarró el brazo con sus espinas, haciéndole algunas heridas de las que brotaron un poco de sangre.

—Llevas mucho tiempo ensayándolo, así que no te preocupes. Te va a salir bien —le dijo Alistar a la joven en un tono de voz suave, tenue, mientras le apretaba el hombro afectuosamente.

Hikari asintió con decisión. Sujetó su katana de forma horizontal y se concentró. Después, la movió sobre el aire, haciendo un corte que creó un portal espacial enorme.

Yami, asombrado por completo por la nueva habilidad de su hija —porque sabía que podía abrir portales espaciales con su magia, pero normalmente eran muy pequeños—, alzó las cejas. En otras circunstancias, habría alabado sus capacidades, pero no le dio tiempo.

Charlotte prácticamente lo arrastró a través del portal, sin que pudiera poner impedimento. No solo porque estaba sorprendido, sino porque se encontraba débil y cansado a esas alturas.

—Salid de aquí lo más rápido posible —ordenó Charlotte a Hikari y a Alistar a través del portal, justo antes de que desapareciera.

Ambos asintieron. Al comprobar que Yami al fin estaba a salvo y sabiendo que el portal lo había llevado a un lugar muy lejano, escaparon de la capital sin ser vistos ni interceptados.

Para cuando los verdaderos guardias se enteraron del engaño y se dieron cuenta de que Yami Sukehiro había escapado de la prisión de máxima seguridad del Reino del Trébol, los jóvenes estaban ya en la base de los Toros Negros, preparando los siguientes movimientos para continuar con su plan.


Continuará...


Nota de la autora:

Bueno, bueno, pues así están las cosas. Sabíamos cuál sería la sentencia, pero no que se iba a poner esto así jajaja. Como ya dije, el próximo capítulo me está gustando mucho de momento, así que espero poder tenerlo la semana que viene, la siguiente a más tardar, para que podáis leerlo pronto porque es como una montaña rusa jaja y ya me callo, lo comprenderéis pronto.

Espero que os haya gustado mucho el capítulo.

¡Nos leemos pronto!