CAPÍTULO LV

Pasaron las horas. En una habitación amplia, sentados a la mesa, sobre una superficie alfombrada y con cojines de piso en tonalidad vino, se encontraban Gojō y Getō en escuadra, con éste último a la cabeza.

Frente a ambos había varios platos con sushi y postres a base de arroz glutinoso. Gojō calmó los nervios comiendo dulces mientras platicaba al otro lo que había sido de su vida en los últimos años. Por razones obvias, omitió mencionar ser el novio de Yūji. «Nos llevamos de maravilla», fue lo que dijo. Habló de Fushiguro y de su relación con Sukuna. Getō ya conocía esa parte.

Por su lado, Getō lo puso al tanto de los asuntos familiares y le comentó enfrentar años duros purgando al clan, saldando cuentas pendientes, reafirmando su postura como el nuevo jefe. Todo… solo. Una parte de su mirada se oscureció, dejando a la vista el vacío del alma al mencionar que el puesto de su mano derecha seguía desocupado.

—Nanami —mencionó Gojō, haciendo una pausa dramática al final.

—¿Cómo se encuentra? ¿Qué ha sido de él? —su voz adquirió matices llenos de emoción.

Gojō se atrevería a asegurar que lo vio sonreír con una nostalgia casi romántica.

—E-Es decir —Getō se aclaró la garganta, retomando su seriedad—. Aprovechando que estás aquí poniéndome al día…

—¿Cómo? ¿No sabes nada? ¿No se supone que hiciste de él tu informante porque no confiabas en mí? —Se llevó una mano al pecho en un gesto de dolor fingido y exagerado.

—Sabes bien que no es por eso. Tiendes a ocultar las cosas que no te favorecen; Nanami no.

Gojō rodó los ojos. Tras una breve pausa, continuó.

—Ha estado bien.

—Está… ¿Limpio?

—Desde hace años. Sólo fuma. No diría que poco… Menos que Shōko, al menos. Bebe alcohol ocasionalmente, en la comida, nada excesivo.

—Eso es bueno. —Una media sonrisa curvó sus labios—. Y ¿está…? —hizo una pausa, razonando si deseaba conocer la respuesta a la pregunta que estaba por hacer—. ¿Está con alguien? —En el rostro se dibujaba una extraña preocupación que Gojō captó a la primera.

—No. Él ni siquiera ha intentado acercarse a alguien desde que dejamos este lugar, y ha tenido buenas oportunidades, lo que me hace pensar que aquí hay brujería implicada. Confiesa, ¿qué le hiciste a ese pobre hombre?

Getō se limitó a reír. Por un lado, le aliviaba que Nanami siguiera soltero; por el otro, se sentía responsable de su soledad. Pese a que él era su informante directo, jamás hablaban de cosas personales. Sólo una vez ocurrió y fue para tratar el tema de los Itadori.

En el fondo, temía que Nanami lo odiara y despreciara por lo que ocurrió en el pasado. Mantenerse en contacto en un ámbito profesional era lo único que lo mantenía cuerdo. A ambos, en realidad, aunque ninguno estuviese consciente de ello.

Gojō terminó de unir los pocos hilos que le faltaban acerca de la hermana de Getō, de quien estuvo enterado sobre el embarazo en su momento, mas nunca se inmiscuyó; el fallecido Jin, a quien tenía borroso en los recuerdos tras haberlo visto de reojo una o dos veces; el apadrinamiento de Nanami; restaba aclarar dudas menores.

—Hablando de Nanami, si es el padrino de los chicos, ¿por qué nunca vio por ellos? Es decir, desde lo de tu hermana… —Suspendió la oración al ser obvia la historia y gesticuló con las manos para invitar al otro a rellenar los huecos argumentales.

—¡Claro que lo hizo! —saltó en su defensa—. O, bueno, eso intentó. —Aclaró la garganta antes de proseguir—. Cuando Wasuke se enteró de lo ocurrido, le dio un ultimátum.

»Él guardaría los secretos de la yakuza y nos evitaría problemas legales, a cambio de que nos alejáramos de su familia, de los niños. En su momento creí que era la mejor opción. Ahora siento que fue un error porque pude haberlos criado como a mis niñas.

—¿Niñas? ¿O sea que tú…?

—Las adopté.

Por unos instantes Gojō experimentó genuina curiosidad sobre el amigo que creía conocer tan bien como la palma de su mano.

—Mimiko y Nanako. También son gemelas —explicó—. Planeaba presentártelas cuando volvieran de sus talleres escolares.

Tal era la incredulidad de Gojō, que casi olvida el agobiante martirio de su nariz rota. Getō planeaba mantenerlo en ese estado hasta que finalizara la operación de Sukuna, antes de brindarle tratamiento médico a él.

—Las… ¿adoptaste?

Las facciones de Getō dibujaron una sonrisa tranquila.

—¿De qué me estoy perdiendo? —Getō era la última persona de la que Gojō pensaría que estaría interesado en formar una familia.

—Lo hice por Nanami —comentó, fijando la vista en la taza de té que tenía delante—. Cuando nos hicimos con el producto de los Zen'in, las encontré como parte de la mercancía blanca.

»Eran unas niñas pequeñas y nadie les había hecho nada (aún). Nanami estaba maravillado con las fotos que Jin le mandaba para documentar su paternidad (o algo así) y, cuando las vi a ellas, pensé que era una señal.

»Podría darle la familia que tanto deseaba y, pues… —dejó escapar un suspiro cansado, perteneciente al pasado—, después descubrí su adicción a la coca; que aparecieras tú con otro niño y con las intenciones de dejar la yakuza no ayudó mucho, pero también vi en ello la oportunidad para alejarlo de aquí.

»Él…, no está hecho para soportar este estilo de vida. Y yo tampoco habría soportado ver cómo se destruía poco a poco.

—¿Le has mencionado algo de lo que me acabas de decir?

Getō negó de forma pausada. En aquellos ayeres estaba en sus veintes tempranos con el corazón roto y la presión de ser la nueva cabeza de familia. No actuó con sobriedad, fue estúpido y tenía prioridades mal organizadas. Pese a no contar con la experiencia de su difunto padre, se hallaba a años luz de tener la agudeza mental de ahora.

Los asuntos románticos le infundían temor, no por considerarse inmaduro en su manejo, sino por involucrar a la única persona con la que había tenido una conexión especial. Una conexión que temía seguir fragmentado. Una conexión que le arrebataría la cordura en caso de perderla en su totalidad.

Si podía hacerse ilusiones cuando recibía llamadas o mensajes de Nanami informando el estado de sus sobrinos, para él era más que suficiente.

Gojō no se metería a curar esas heridas. Los apreciaba a ambos, no lo suficiente para ser el Doctor Corazón, pero los escucharía. Al menos a Getō, dudaba que Nanami quisiera abrirse de la misma manera.

Estuvo a punto de agregar algo más, cuando la puerta a sus espaldas lo interrumpió.

Hanami entró con Sukuna por el brazo.

—Oyabun —saludó, agachando la cabeza—, el muchacho…

Getō levantó la palma como indicativo de que guardara silencio. La movió para hacer que se retirara.

Sukuna se quedó. Luego de que se le pasara la anestesia, despertó en una habitación solitaria, arropado y con un conjunto deportivo cómodo que no recordaba estar usando cuando ingresó al lugar.

Quería volver el estómago. En la búsqueda de un baño, entre pasillo y pasillo, oyó murmullos. Pegó la oreja a una puerta justo cuando Gojō y Getō se ponían al día. En eso, llegó Hanami.

Ahora se encontraba a la mesa, sentado frente a Gojō, al costado de Getō, con un vaso de té verde que éste último le había servido.

Momento incómodo que alguien se atrevió a romper.

—Imagino que has de tener muchas preguntas. —Getō llevó una mano sobre la frente, al inicio del cabello, sumergiendo los dedos en la sedosa mata oscura, que peinó hacia atrás. No tenía mucho de haber salido de la ducha cuando los otros dos llegaron y debía comprobar qué tanto se había secado.

—¿Planeas responderlas?

Getō asintió.

—Cada una de ellas.

Gojō se mantuvo atento.

—¿Sueles mandar a golpear a tus sobrinos seguido? —cuestionó con ironía mordaz, recordando el día que fue a parar al hospital.

Getō suspiró antes de responder.

—Entendieron mal las órdenes. Fueron castigados adecuadamente.

Sukuna inspiró con profundidad, ordenando todos sus pensamientos.

—Bien. Tú eres un jefe yakuza.

—La familia Kamo —agregó.

Sukuna señaló a Gojō.

—¿Quién carajos es este tipo? ¿Y por qué te conoce?

—Satoru es —lo miró de reojo, volviendo al chico en el acto—, un amigo de la infancia. Podrías decir que es como un hermano para mí.

—¿Eso lo vuelve un…? —suspendió la pregunta a propósito.

—No. No del todo.

Sukuna cruzó los brazos, esperando una explicación.

—Satoru solía ser un asesino independiente. A cambio de la protección de los Kamo, las joyerías que asumió de su familia estarían anexadas dentro de los negocios implicados en el lavado de dinero. Con el tiempo dejó el trabajo sucio y se puso a dar clases. Es la explicación corta.

Un bufido a modo de risa escapó de los labios de Sukuna. Se forzó a contener un quejido por el dolor que le produjo en el abdomen tan simple acción.

—Fabuloso. Mi hermano se está acostando con un asesino pederasta, para variar.

Getō, que decidió dar un sorbo a su té, casi se ahoga en el intento de no escupir por la sorpresa. Gojō palideció.

—¿Cómo dices? —alcanzó a pronunciar mientras tosía.

—¿No te contó? ¿Y se supone que son mejores amigos?

«Hijo de puta» escupió Gojō para sus adentros.

—Primero que nada. —Se puso en pie por si necesitaba huir, que era lo más probable—. No, aún no me he acostado con Yūji.

—¡¿Aún?! —exclamó Getō.

—Segundo.

—¡Satoru!

—Eso de «pederasta» es una palabra inapropiada. Un poco fuerte si quieren mi opinión. Aparte, Yūji ya tiene dieciocho, está a nada de graduarse de la preparatoria y entrar en la universidad.

Getō se levantó de golpe.

Gojō conocía a la perfección los ojos inyectados en sangre que se clavaban sobre su persona.

—¡Creí que había quedado claro que hasta hace unas horas no sabía que eran tus sobrinos! ¡Esto es un gran malentendido!

En lugar de responder, Getō se abalanzó sobre su amigo, quien frustró su agarré al echarse para atrás.

—¡Ven acá, Satoru!

—¿Para qué o qué?

—Para hacer algo que debí hacer mucho tiempo contigo: castrarte.

—¡¿Piensas que soy una mascota?!

—¡Una bestia salvaje! ¡Por eso eres un peligro!

—¡Vamos, Suguru! ¡¿Cómo le voy a rendir a Yūji?! ¡¿No piensas en él?!

—¡Justo por eso es la mejor decisión de todas!

Gojō, ya muy cerca de la puerta, echó a correr hacia la libertad.

—¡Agarren a ese idiota! —bramó Getō, saliendo tras él junto a algunos de sus hombres.

Sukuna esbozó una mueca maliciosa. Disfrutó del espectáculo todo lo que pudo, hasta que las náuseas volvieron a asaltarlo, más fuerte que antes.

Gateó con dificultad hacia el bote de basura más cercano que vio y ahí vacío lo poco que había en su estómago: el té de momentos atrás. Por suerte, había más sobre la mesa para quitarse el mal sabor de boca.


Gojō volvió a la mesa. La nariz se le veía morada, con bordes verduzcos, hinchada y preocupante. Seguro necesitaría cirugía. El labio superior, partido e inflamado, le palpitaba.

Getō retomó su lugar, con el cabello recogido en una coleta.

Sukuna lucía pálido, bastante enfermo y necesitaba una buena siesta, al igual que vigilancia médica apropiada. Ya se había llevado unas piezas de sushi a la boca, en caso de necesitar tener algo que volver más tarde. Su desastre en el basurero fue recogido por personal de limpieza.

Al poco tiempo llegó el padre de Shōko con un maletín médico. Administró a Gojō antiinflamatorios y mandó traer un paquete de hielo. Getō le prohibió proporcionar el tratamiento completo; era eso o recibir los tres tiros que recibió Sukuna. A Gojō se le dio la opción de escoger.

El doctor se retiró.

—Entonces —retomó Getō con un suspiro de toques engorrosos—, ¿en qué nos quedamos?

Se giró hacia Sukuna.

—Según lo que alcancé a escuchar —dijo—. Tuviste algo que ver con Nanami.

Gojō experimentó una ligera satisfacción para sus adentros. Hora de poner incómodo a su mejor amigo.

—Oíste eso —murmuró Getō, fingiendo calma.

—¿Qué pinta él en todo esto? —Una parte de su confianza percibió la punta afilada de la daga de la traición insertándose en su espalda.

—Era el amante de Suguru —contestó Gojō, buscando eliminar el silencio que el mencionado no se atrevió a romper.

—¿Nanami es…?

—¿Gay? ¿Casi cuarentón, soltero, amargado, adicto al trabajo? ¿En verdad no lo viste venir? —Tuvo una sensación de déjà vu.

—Entre otras cosas. —Getō reunió el valor necesario para recuperar fragmentos del pasado.

—¿También era un asesino, por casualidad? —indagó Sukuna, pues eso era lo que deseaba averiguar. La orientación sexual le importaba una mierda.

—Me enseñó todo lo que sé —agregó Gojō—. Tú dirás.

—No tuvo opción —habló Getō con la voz más alta a lo usual. Las manos, entrelazadas sobre la mesa, ejercieron más presión una sobre la otra—. Nanami no… La familia de Nanami es más como una agencia de mayordomos para la yakuza (por decirlo de alguna manera). Desde temprana edad le enseñaron a servir a quien resultase sucesor de la familia Kamo.

»Cuando yo asumí el puesto, él ya había trabajado una temporada con mi padre, así que me ayudó a mantener las cosas a flote. Después…, empezamos a salir y, al cabo de unos años, lo mandé a vigilar a Gojō porque al señorito se le ocurrió dejar la yakuza.

—¿Por qué razón? —preguntó Sukuna.

—Porque Satoru decidió mantener un perfil bajo luego de deshacerse de un hombre muy problemático, Zen'in Tōji. En realidad, se llamaba Fushiguro Tōji, pero en el bajo mundo se le seguía vinculado con la familia Zen'in. Satoru debía eliminar a toda su familia, pero…

—Megumi.

—Por razones inexplicables decidió criar a Fushiguro Megumi y hacer una vida más tranquila.

—Tengo entendido que nadie puede dejar la yakuza. ¿O es un mito de la pantalla grande?

—No es del todo un mito. —Movió la cabeza de un lado a otro—. Es un privilegio que te da el jefe cuando es como un hermano para ti. Claro que no fue gratis y sin consecuencias —aclaró—, Satoru tuvo que trabajar duro para que se le diera el permiso.

—Muy bien. —Juntó las yemas de los dedos de una mano con la otra a la altura del rostro, los codos recargados sobre la mesa, intentando conectar todos los puntos—. Quiero suponer que Fushiguro Tōji es el padre de Fushiguro Megumi.

—Correcto.

—¿Él también es parte de todo esto? —Si era así, mataría a su novio sin una pizca de remordimiento. Una traición era de esperarse de un zorro como Gojō; de Megumi, por otro lado…

—¿Megumi?

Sukuna asintió.

—No —respondió Getō—. No, él sólo se topó con la persona equivocada. —Volteó a ver a Gojō, quien no hacía más que llevar los ojos de un interlocutor al otro.

—Así que no sabe quién es realmente este tipo —dijo más para sí que para los otros.

—No lo creo, a no ser que Satoru ya le haya contado.

—No sabe nada —agregó Gojō—. Nada de nada.

—¿Por qué tomaste contigo al hijo de la persona que mataste? —inquirió Sukuna.

—Un pequeño trofeo —contestó sin mucho ánimo, encogiéndose de hombros—. Uno que creció y creció, y empezó a salir con delincuentes.

Sukuna suprimió una risa corta y gutural. Debió ver venir algo así. Al menos le aliviaba saber que Fushiguro era ajeno a todo eso. Una duda más lo asaltó.

—¿Lo sabe el mocoso?

—¿Yūji? —Gojō quiso cerciorarse.

—¿Qué otro mocoso conoces? —Si no mal recuerda, fue idea de su hermano el salir de paseo con Gojō al hospital y se mostraba muy insistente con ello.

—Tampoco sabe nada.

—Ok. —Le creería por ahora. Gojō era un excelente mentiroso, no tenía forma de saber si era verdad. Por suerte, Yūji era un idiota. En casa se las arreglaría para sonsacarle información—. Veamos —continuó—, si Getō es mi tío, quiero suponer que mis padres y mi abuelo sabían de todo esto. —Señaló la mesa, haciendo referencia a la situación mafiosa—. ¿Cierto?

—Así es —dijo Getō, con un suspiro pesado y nostálgico al final.

—Entonces sabes cómo murió mi padre.

Getō afirmó con la cabeza.

—¿Conoces a su asesino? —cuestionó Sukuna.

—Fushiguro Tōji.

—De nada —añadió Gojō, adelantándose a la discusión de presentarse como el vengador.

Sukuna lo ignoró.

—¿Él también mató a mi madre?

—Ella sigue viva —dijo sin mucho preámbulo—. Es mi hermana mayor, en caso de que te preguntes nuestro orden de nacimiento.

Sukuna quedó en blanco un par de segundos. Cerró los ojos para parpadear, tardando más de lo debido. ¿Había escuchado bien? ¿Un integrante de su familia seguía respirando en algún lugar del planeta sin presentarse ni una sola vez ante ellos?

Soltó por la boca el aire que inhaló, con pesadez.

—Si hago más preguntas esto nos llevará una eternidad. Necesito escuchar la historia completa, a ser posible, antes de mi nacimiento.

Getō dejó escapar una risita avergonzada.

—Creo que debimos empezar por ahí.

Le contó cómo fue que Jin y Nanami se conocieron en la universidad. No pasó mucho tiempo para que Jin se topara con su hermana mayor y tuvieran su romance de novela. Se casaron en secreto, ella tuvo a los gemelos, y como la familia Kamo estaba pasando por un momento álgido, se decidió que Jin cuidaría «solo» y «sin apoyo» a los niños para que nadie sospechara.

El amor de madre —y de padrino— no se quedó atrás, así que entre escapes organizados y furtivas huidas nocturnas, los Zen'in se percataron del inusual movimiento y dieron con los terceros en discordia, usando a Jin como advertencia.

Por temas de seguridad, la familia biológica se disgregó, estalló una guerra que los Kamo ganaron y, con una mayor lentitud de la estipulada, el río regresó a su cauce.

Al sentirse culpable por lo que le sucedió a su marido, la hermana de Getō decidió «exiliarse» como castigo. No concebía un peor sufrimiento que el de no ser capaz de ver a sus hijos. Por eso jamás volvió a Japón. Se le pasaba una cuota para que hiciera su vida normal. Misma cuota que ella indicó disminuir y que se pasara la diferencia a su suegro, Wasuke, para que mantuviera a los niños.

Nanami fue el encargado de informar la situación, dada su condición de padrino, también se ofreció a tomar la custodia de los chicos, cosa que Wasuke no le permitió, así como le prohibió acercarse a ellos o intentar mantener algún otro tipo de contacto.

Al inicio, Wasuke no recibió el dinero. Lo entregaba a la policía como un error en el correo, hasta que creyó que hacerlo de forma constante podría levantar sospechas y si era incriminado de algo turbio, resultando en una detención o encarcelamiento, Sukuna y Yūji pasarían a una Casa Hogar, quedando a merced de que Getō o Nanami los obtuviera.

Comenzó a utilizar el dinero. El monto era mayor al de la pensión, por lo que no podía ingresarlo al banco sin un comprobante que justificara su obtención. La artritis tampoco le permitía hacer gran cosa como para obtener un trabajo de tiempo completo que le permitiese subsistir con los chamacos, así que comenzó a esconderlo en casa mientras lo distribuía con moderación.

No podía mimar demasiado a los niños o se malcriarían y se volverían ambiciosos, así que los crecería como hizo con Jin. Se permitiría gastar sin mucha mesura en días importantes como sus cumpleaños o navidad, no a diario, y el resto lo ahorraría para sus futuras universidades.

Era un plan perfecto, casi sin fallas, de no ser porque no vio venir su inminente muerte. Por suerte, los gemelos sabían cómo apañárselas. Uno era el freno del otro y, por suerte, Sukuna no era nada imbécil; era un maldito hijo de perra, le recordaba a sí mismo en su juventud. Yūji lo frenaría en caso de que decidiera destramparse y hacer alguna estupidez.

Yūji sí era un poco menso, pero de buen corazón y tanto su sentido común como el de supervivencia y autoconservación habían sido pulidos con esmero. Siempre y cuando trabajaran como equipo, les iría muy bien.

Terminó revolcándose en su tumba cuando ellos solitos se toparon con Nanami y Gojō.

Getō le contó sobre cómo Nanami mantenía reportes quincenales —a veces mandaba fotos— sobre las actividades de los gemelos. Gracias a que se enteró de cómo sobrevivían, fue que ambos decidieron mantenerse al margen y observar. Sólo en caso de ser necesario, intervendrían.

Ninguno anticipó que Gojō la cagaría de manera olímpica, pero lo hecho estaba hecho y no tenía sentido alguno seguir ocultando la verdad. Lo único que no le mencionó fue el trastorno de identidad disociativo de Gojō, porque su pasado oscuro sí estaba incluído en el paquete.

—Así que puedes sentirte con la libertad de acercarte a pedir lo que necesites. No es necesario que me llames tío si no lo deseas, pero quiero hacer mi papel. Aunque no lo creas, te tengo afecto a ti y a Yūji. Nanami puede decirte cómo contactarme o puede traerte hasta acá; Gojō también puede hacerlo.

—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! —exclamó Gojō—. Yo soy ajeno a tus asuntos familiares.

—No más. Así que compórtate, Satoru. Además —intentó no descomponerse, aunque la vena que saltaba en su sien era demasiado notoria—, si Sukuna me comenta que estás usando a Yūji de alguna manera o que sólo te estás aprovechando de él, en verdad te cortaré yo mismo la cabeza. Las dos. No me importa que seas mi hermano. ¿Te quedó claro?

Gojō chasqueó la lengua, musitando un «Sí, mamá» con hartazgo mientras desviaba el rostro y refunfuñaba algo sobre mafiosos abusivos y chantajistas.

Ninguno de los dos advirtió que Sukuna asimiló la información con mucha facilidad. Una persona normal habría reaccionado de otras maneras; con impacto por las fuertes revelaciones o con emoción por el «poder» adquirido de forma repentina.

No obstante, Sukuna maquilaba una venganza poco violenta para su gusto, pero con el mismo impacto psicológico que Gojō ejerció sobre cuatro personas a la vez.

Un celular comenzó a vibrar.

No era el de Sukuna. Lo dejó en el auto. Getō no sintió nada en el bolsillo. Gojō extrajo el suyo del lateral del pantalón y miró a los otros dos con un dedo sobre los labios para que no lo interrumpieran, el ceño fruncido a modo de amenaza.

—Yū… —Gojō no alcanzó a finalizar la palabra.

—¿Está todo bien, sensei? Ya es algo tarde y Sukuna no me contesta los mensajes. No me diga que se fugó y anda por la ciudad a pie.

—Tranquilízate, mi chico. Tuvimos un pequeño inconveniente, pero todo está bien ahora.

—¿Un inconveniente? ¿Qué pasó? Fue por… ¿eso?

—Hmm, algo así. Te explico cuando vuelva, ¿está bien?

—Mh, okay.

—Bye-bye.

Colgaron.

—Bueno, creo que tenemos que irnos —dijo Gojō como si nada—. Yūji está preguntando por su querido hermanito y yo tengo que pasar con un cirujano plástico.

—Ni fue tan fuerte —comentó Getō—. Exagerado.

No obtuvo réplica, aunque tanto él como Sukuna lograron escuchar un «Ni fi tin firti. Ixigiridi».


Sukuna tomó una siesta en el auto durante el tiempo que pasó Gojō en una clínica particular arreglando su nariz. Sólo se veía mal por la inflamación producida, pero las radiografías mostraron que no se necesitaba reconstrucción. Se le colocó una férula nasal en lo que sanaba la fisura y la prescripción fue de analgésicos.

Después de volver al auto con una naciente jaqueca, se recargó con pesadez sobre el respaldo del asiento. No tenía ganas de conducir y que Sukuna estuviera justo a un lado suyo no mejoraba el ambiente.

—Vas a contarle todo al mocoso.

Le escuchó decir a Sukuna.

—Con excepción de que todavía tenemos madre y tío. Tampoco le puedes decir que Nanami es nuestro padrino.

—¿Hah?

—Te doy una semana. Si no lo has hecho después de ese tiempo, no sólo le contaré todo a él, también a Megumi —sentenció.

Sabía que Yūji no iba a soportar estar con alguien como Gojō después de saber todo lo que hizo. La confianza desaparecería. Disfrutaría de presenciar en primera fila como todos los sucios planes y artimañas de Gojō se iban al carajo junto con su relación de porquería.

Si por Sukuna fuera, lo golpearía en ese mismo instante hasta quedar satisfecho, pero lo mejor era arrebatarle todo lo que deseaba. Poco a poco, gozando del espectáculo en decadencia. Luego podría recurrir a la agresión física.

Gojō apretó los dientes. La molestia fue tal, que incluso en el cuello saltó a la vista una de las principales venas que lo recorrían.

Arrancó el auto y mantuvo el control necesario para que el volante no crujiera bajo el agarre de los dedos. Evitó hacer cualquier clase de sonido que delatara la rabia hirviente en su interior. Intentó perder los pensamientos en la carretera.

Sabía que no podía tocar a Sukuna. No de forma imprudente y arriesgada. Mucho menos en ese instante. Getō poseía una avidez mental que le permitiría llegar a la conclusión en cuestión de minutos.

Además, el factor Yūji era el más problemático de todos; no porque la corrompida versión de su interior albergaba un extraño capricho hacia él, sino porque en verdad le importaba.

Ahora que tenía todos sus pensamientos en orden, esperando levantarse con el pie derecho cada mañana, no podía permitirse cometer un error tan grande como ese.

«Decirle a Yūji…», era el peor error.

Si su chico descubría todo lo que hizo en el pasado y se hacía ideas equivocadas sobre lo que podría hacer en el futuro… Jamás se lo perdonaría.

Por el contrario, si se mantenía callado, Sukuna lo haría de todos modos. ¿No sería mejor que Yūji lo escuchara de sus propios labios antes que de los de alguien más? De paso se ahorraría que Fushiguro descubriera la verdad, pues Sukuna dejó tácito el hecho de que no le soltaría palabra alguna a él si cumplía sus condiciones.

Desconfiaba de la palabra de Sukuna, pero si Yūji se enteraba de todo, se sumaría a la causa de evitar que Fushiguro lo hiciera. Conocía a Yūji. Su muchacho era un libro abierto con patas. Era imposible que, conociendo el pasado de Fushiguro, quisiera hacerle saber que la persona que lo tuvo bajo el ala todo esos años, también fue la que le arrebató a la destrozada familia que apenas y podía mantenerse unida.

Aparte, ¿cómo reaccionaría Fushiguro al saber que su padre biológico fue el causante de que los gemelos perdieran al suyo? No negaba que la curiosidad le picaba las costillas, mas era una pregunta que podría quedarse sin respuesta. Nada relevante.

Al llegar a la casa de los Itadori, Gojō llegó a una resolución.

—Pero, ¿qué rayos pasó esta vez? —exclamó Yūji, intentando ignorar la historia alternativa e imaginaria de alta posibilidad, que le planteaba el subconsciente, en la que ambos, hermano y novio, se habían liado a golpes.

Sukuna no dijo nada. Se fue directo a la habitación a descansar, sin cerrar la puerta, para saber de qué hablaban esos dos.

Yūji se hallaba de pie, descalzo; Gojō, frente a él, un escalón más abajo sin retirarse los zapatos en el genkan.

A Gojō se le estrujó el corazón al ver la cara atribulada y confundida que Yūji mostró al ver pasar a su hermano, pálido y con pocas energías. Definitivamente no podía decirle que le disparó. Tres veces.

—Sen…

—Yūji —interrumpió, echándole las manos a los hombros, apretando ligeramente en un vago intento por reconfortarlo—, nos asaltaron.

El muchacho arqueó las cejas.

—En realidad —prosiguió Gojō—, asaltaron a tu hermano y estuvo bien al inicio, pero el médico le dijo que no hiciera movimientos o esfuerzos bruscos porque corría con la posibilidad de que sus heridas se abrieran por dentro.

»A decir verdad, no planeaba ayudarlo hasta que vi que lo apuñalaron y, pues…

—¡¿Qué?!

—Lamento haber intervenido tarde. Yo…

Frenó sus palabras cuando recibió un puñetazo, carente de intención asesina, en el abdomen. Ocultó el profundo dolor, pues Getō le había soltado un derechazo con mucha más violencia y furia por la misma zona, horas atrás.

Yūji estaba molesto. Resignado de que su gemelo y su pareja nunca podrían llevarse bien. Apreciaba el hecho de que Gojō hubiese intervenido —tarde—; quería reprenderlo por hacer la vista gorda hasta tal punto, pero con sólo ver su nariz supo que había experimentado el karma suficiente.

—Por lo demás —continuó Gojō, adelantándose a que el otro hablara—, ya no tienes de qué preocuparte.

Una luz dio vida al semblante del muchacho.

—Tu hermano dejará de hacer cosas imprudentes y peligrosas con mafiosos. —Una sonrisa curvó sus labios.

Yūji conocía de primera mano los gestos de su pareja y sabía que algo no estaba bien. Esa sonrisa era más solitaria y triste a las que estaba acostumbrado a ver.

—No se ve bien, sensei.

Gojō negó con la cabeza. Llevó las yemas de los dedos a la férula en la nariz.

—Oh, lo notaste —dijo con sutil ironía, cansado—. Comenzaba a pensar que lo ignorabas a propósito.

—¿Cómo podría? Arruina lo único bonito que tiene.

—Lo sé, lo s… ¿Qué? —espabiló—. ¡Yūji!

El nombrado dejó escapar una breve carcajada.

Atrapó el rostro de Gojō con ambas manos. Hizo que se agachara para poder besarlo con gentileza. Era tanto un agradecimiento por lidiar con Sukuna, como un consuelo por lo ocurrido a su nariz.

Gojō mantuvo los ojos abiertos, analizando las facciones de su amado, las pestañas cortas, las cicatrices en la parte superior de los pómulos.

Bajó los párpados para disfrutar un beso lento y suave como la seda; dulce y refrescante como la sandía en verano.

Rodeó la cintura ajena y, poco a poco, juntó sus cuerpos en un abrazo. Si le contaba todo lo que Sukuna escuchó ese día, era probable que esa fuera la última vez que tendría contacto íntimo con su chico.

Yūji sintió las acciones de Gojō como si se tratara de una despedida. No la forma usual en la que acostumbraba decirle «adiós» antes de volver al auto y regresar a casa. Esa ocasión era algo… triste.

—¿Se encuentra bien? —preguntó al momento de separarse.

Gojō negó con la cabeza.

—Estoy cansado —respondió, recargando la barbilla sobre la cabeza ajena.

Mantuvieron el abrazo.

—Debería quedarse a dormir.

—No puedo. No traje un cambio de ropa y cuando llegas así al trabajo, a veces los compañeros son muy insistentes para saber qué hiciste en la noche y con quién. Es una molestia.

—Uhm, ya veo. Entonces debería dejar un cambio o dos de ropa en mi clóset. Por si… Bueno, si quiere. Yo no tendría problemas. —Encogió los hombros.

—Es una buena idea —dijo, sin color en la voz—. Dejaré algo aquí para la próxima.

Yūji asintió.

Gojō sostuvo el rostro de su pareja, levantándolo un poco para depositarle un último beso en la frente. Fue lo último que hizo antes de volver sobre sus pasos y posar la mano sobre el picaporte. Lo apretó más de la cuenta.

—Yūji —giró el rostro—, mañana pasaré temprano por ti.

—¿Para la escuela? No tiene que…

—Espérame —interrumpió—, ¿sí?

—Oh… Ok.

Después de ver al chico afirmar, salió de la casa.

Yūji inclinó el rostro. Gojō solía hacer cosas peculiares y actuar con espontaneidad, pero rara vez se veía tan atribulado como esa noche. Era como si sus pensamientos gritaran en un remolino caótico.

No sabía si era correcto preguntar e inmiscuirse más de la cuenta. Si Gojō no quería contarle, no tenía razones para obligarlo, aun así, no podía evitar preocuparse por él.

Aprovecharía el trayecto a la escuela el día de mañana para hacérselo saber.

Por otro lado, sacó el celular y le tomó una foto a Sukuna, echado en cama, en ropa interior y con el torso descubierto —por el calor—, lleno de vendas.

Se la mandó a Fushiguro.

Itadori Yūji

Lo asaltaron en el camino (también a Gojō-sensei)

Necesita cuidados

Fushiguro Megumi

¿Y te parece que soy un enfermero particular?

Itadori Yūji

Yo nada más decía

┐(´ー`)┌

Sukuna contó a Fushiguro la mentira que escuchó a Gojō platicarle a Yūji. Sería un problema el día que se quitara las vendas y se revelaran las cicatrices de bala. Siempre podía decir que tuvieron que acordar decir que fue apuñalado para que no se alteraran de forma innecesaria.


Parece que este es el último capítulo que escribo este año. Tengan todos unas felices fiestas, pásenla bonito y nos vemos con la siguiente actu en el 2023 \o/