¡Nada me pertenece los personajes son propiedad de Stephanie Meyer.
La historia está preservada bajo derechos autor!
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Isabella.
Estaba quedándome dormida debido al ronroneo del motor cuando el policía detuvo el coche en el estacionamiento de un bar.
—Colócate la capucha de la chaqueta y espérame aquí —dijo sin ningún tipo de emoción, todavía estaba oscuro y no quería quedarme sola en el auto.
—Iré contigo —murmuré viéndolo abrir la puerta del conductor.
—No — sentenció con brío.
—No te estoy preguntando, poli, no voy a quedarme sola en medio de la noche en un aparcamiento de un bar de dudosa reputación.
Él se detuvo fijando su mirada en la mía por unos segundos.
—Voy a encontrarme con alguien que no apreciará nada si llevo compañía. —Arqueé una ceja, mi propio gesto de me importa una mierda—. Si voy contigo levantaremos sospechas. Solo serán unos segundos. Necesito algunas cosas antes de retomar el camino y Snoppypuede ayudarme.
Miré el nombre del bar Elks Temple, un par de motocicletas se encontraban fuera del lugar y la carretera frente a nosotros estaba completamente sola.
—Solo mantente dentro de la camioneta y no llames la atención. —A pesar de que no quería hacerlo, asentí y vi al policía cerrar la puerta y caminar en dirección a la entrada del bar. Saludó a un hombre que estaba fuera y luego lo perdí cuando entró, pasé la mano por mi rostro, desabroché mi cinturón y esperé, echando miradas de vez en cuando hacia el lugar, siempre en alerta.
Veinte minutos después el policía salió del bar cargando un nuevo maletín. Abrió la puerta detrás de mí y lanzó el bolso para luego rodear el auto y subirse.
—Abrocha tu cinturón —dijo con su habitual tono de voz serio.
—¿Dónde estamos?
—Federal Way —expresó circunspecto sin mirarme, tenía mucha curiosidad por saber el contenido del maletín, pero no pregunté, en vez de ello miré fuera de la ventana del coche pero no podía ver más que oscuridad, y después de una hora y cuarenta y cinco minutos en carretera, me arrepentí de no haber tomado asiento en la cabina trasera. Supe que entrábamos a Olympia gracias al cártel en un establecimiento. Por un segundo pensé que habíamos llegado a nuestro destino, pero no fue así.
Quince minutos más tarde no podía más con el silencio, iba a causarme un cuadro de estrés.
—¿Puedo poner música?
Sus ojos me taladraron por unos segundos, al ver que no contestaba, estiré la mano hacia la radio.
—Solo no pongas mierda de chicas.
—¿Mierda de chicas? —reviré sin entender.
—Sí, este niño británico, a Vicky le encantaba colocar su música a pesar de que los odiaba. —Una ligera sombra cubrió sus facciones, pero se recompuso rápidamente.
—Ese grupo ya no existe.
—Lo sé, pero algunos aún cantan, o creen que cantan. —Busqué en entre las emisoras hasta encontrar una estación donde reproducían Hey Jude de The Beatles, era una de las canciones favoritas de papá, yo era más de la música de Imagine Dragons, Coldplay o Maroon V, pero también disfrutaba escuchando lo que papá denominaba buena música. Escuchar la letra de la canción me hizo evocar recuerdos así que volví a mirar por la ventana hacia la nada, el policía parecía estar de acuerdo con mi decisión porque, aunque se mantuvo en silencio, no cambió la estación radial.
Debí haberme quedado dormida, pero desperté cuando el policía volvió a detenerse, el sol apenas despuntaba por el oriente.
—¿Llegamos? —pregunté tallándome los ojos
—¿Te parece que hemos llegado? —respondió con descortesía.
—¿Siempre eres tan cordial por las mañanas? —satiricé y luego salí del coche para estirar las piernas divisando donde estábamos, era un establecimiento de Walmart.
—Necesitamos un par de cosas —murmuró llegando a mi lado.
—¿Qué hora es? —bostecé.
—Las siete treinta, he manejado despacio para no llamar la atención de ninguna patrulla de carretera, ahora estamos algo lejos de Seattle. Necesitamos comida y quizá necesites ropa interior y algunos artículos personales, vamos a entrar ahí —señaló el lugar—, y actuaremos como dos personas normales en una situación normal, no debe haber mucha gente ya que apenas están abriendo el establecimiento. Isabella, no hagas nada estúpido como llamar la atención o intentar escapar.
—Dijiste que estábamos lejos de Seattle, poli, creo que puedo cuidarme sola si me das algunos miles.
Él rio abiertamente echando su cabeza ligeramente hacia atrás.
—Dije que estábamos algo lejos, pero apenas estamos a unas horas de distancia de Seattle, como dije, conduje despacio para no llamar la atención, ciñámonos al plan —Sacó de su chaqueta un par de teléfonos desechables y me entregó uno—. Solo mi número está registrado, no intentes llamar a nadie más.
—Como si tuviera a quien llamar… —Tomé el teléfono y lo guardé en el bolsillo de mi chaqueta dirigiéndome a su lado hacia el supermercado.
—Solo tenemos quince minutos, haremos esto rápido, no te separes de mí.
—No voy a comprar tampones y toallas femeninas contigo a mi lado.
—Tuve una esposa, viví en un prostíbulo con diecisiete chicas desde los catorce hasta los dieciocho años, no me asustan los tampones, ni las compresas con alas o sin alas, de tela o de gel… —masculló caminando hacia el pasillo de los productos femeninos, el lugar estaba vacío solo algunos empleados pululando por los pasillos.
—No voy a ir a ningún lugar, no soy estúpida y esto está vacío, creo que si vas comprando los alimentos y yo me encargo de las cosas de aseo personal y otros productos que necesito, terminaremos más rápido. Tengo el teléfono que usó Tutankamón, puedo hablarte cuando termine y preguntar dónde estás. —Entrecerró los párpados y luego asintió, no estaba mintiendo, si bien no quería estar con él, tampoco era estúpida como para irme sola sin saber exactamente a qué distancia de Seattle estábamos y sabiendo que alguien quería acabar con mi vida.
—Está bien.
Una vez estuve sola tomé suficientes compresas y tampones para un par de ciclos, no sabía cuánto tiempo estaría escondida, pero Gabriel dijo que haría todo lo posible porque Daddy estuviese tras las rejas.
Para cuando me reuní con el detective, dejé en el carrito del mercado todas mis compras, incluso algunos juegos de ropa interior, ropa de invierno, productos de cuidado personal y unos libros que había visto y que me ayudarían a mantenerme distraída. Él tenía el carro de compras medianamente lleno con enlatados, harinas y algunos productos no perecederos. También llevaba huevos, algo de carne y productos de aseo y ropa de cama; como el almacén estaba solo, no demoramos mucho facturando y pagando los productos, nos tomó exactamente veinte minutos comprar lo que necesitábamos.
Casi dos horas después de nuestra excursión a Walmart, el policía detuvo el auto una vez más; esta vez en una gasolinera que contaba con una estación de autoservicio, no sabía qué tanta hambre tenía hasta que el olor a huevos, beicon y café se coló por mi nariz al entrar a Nanny. Una mujer de edad avanzada estaba en la barra y una un poco más joven servía café a dos camioneros que estaban en una mesa al fondo.
La cafetería estaba un poco más concurrida que Walmart, pero el policía ubicó rápidamente una mesa escondida al final del local, me senté y él se sentó frente a mí.
La mujer que servía el café se acercó rápidamente hacia nosotros entregándonos un par de desgastados menús.
—Llámame cuando estén listos para ordenar —exclamó, apartándose rápidamente.
—¿Puedes decirme a dónde vamos? —pregunté ante su silencio un par de minutos después que la mujer nos dejó a solas.
—No.
—¡Necesito saber a dónde demonios piensas llevarme!
—Y yo necesito que cierres la boca, pidas algo para desayunar, comas y luego retomenos el camino hacia nuestro destino.
Deslicé las manos por mis cabellos peinándolos hacia atrás. El hombre hacía que fuese difícil controlar mi temperamento.
—Poli…
—Es detective Masen.
—Y mi nombre es Isabella, pero tú sigues llamándome jovencita —rebatí, él ni siquiera me miró.
—¿Ya elegiste qué desayunar o prefieres que pida por ti?
—Realmente no me dirás nada, ¿cierto?
—Bingo —llamó a la mujer que esta vez se presentó como Micaela, pero podíamos llamarla Mika. Rápidamente ordenó dos desayunos con bagels, huevos y beicon, acompañados de jugo de naranja y café.
—Quería unos waffles.
—Lidia con la desilusión.
—No me moveré de este lugar si no me dices a dónde vamos.
—Es por ello por lo que te llamo jovencita, te comportas como una.
—¿Sabes que puedo gritar y decir que me estás reteniendo en contra de mi voluntad? Alice dijo que no todos los policías eran buenos, ¿qué me asegura que tú no eres parte de los corruptos?
Un indicio de fuego se reflejó en sus ojos.
—Soy el único policía que puede protegerte, te lo dije, tengo un motivo. —Se levantó de la cabina, acercándose a la mesera que nos tomó la orden, ambos miraron en mi dirección y ella asintió.
¡Joder con el poli!
El programa que se estaba transmitiendo en el viejo televisor fue interrumpido por una noticia de último minuto, un par de minutos después, un vídeo del policía llevándome casi a rastras llenó la pantalla.
:::::Edward
Entré al baño de la cafetería y abrí la llave del lavabo, coloqué mis dos manos debajo del agua para poder echarme un poco en la cara y el cuello. Tenía que planear bien nuestros siguientes pasos, estábamos a casi una hora de nuestro destino final y teníamos comida para poco más de un mes, si sabíamos administrarla.
Saqué del bolsillo el celular que Snoppy me había dado e hice una llamada de un tono a Carlisle, quien inmediatamente me devolvió la llamada.
—¿Edward?
—Sí, Carlisle, soy yo.
—¿Llegaste al lugar de destino?
—Estoy a menos de dos horas. —Pasé la mano por mi pelo, tomaba un poco de tiempo acostumbrarme a ese corte, pero era lo mejor, lo supe después de rasurar mi barba—. ¿Tienes noticias?
—Brandon sigue en estado crítico, pero lograron terminar las intervenciones con éxito.
—¿Hale y McCarthy?
—Tendrán una cita con el fiscal Dawson en la tarde, no hay una sola prueba que los incrimine y son excelentes agentes, estarán fuera para cuando termine el día, Edward ¿cuántas tarjetas de celular compraste?
—Snoppy me dio suficiente para un mes.
—Sin preguntas.
—Sin preguntas, también me entregó algunas armas, un nuevo computador, una tableta, cámaras y sensores para marcar el perímetro de la cabaña. ¿Dónde conociste a ese hombre?
—Cuando llevas tantos años en servicio conoces muchas personas, el vídeo saldrá en el noticiero del mediodía, es preferible que estén en la cabaña para cuando las noticias sean transmitidas. ¿Dónde estás ahora?
—En una cafetería a quince minutos del pueblo más cercano.
—¿Isabella está contigo? —Joder, se suponía que no debía dejarla sola—. ¿Edward?
—Está en el comedor, necesitaba venir al baño y he recordado que tenía que llamarte.
—¡La has dejado sola! ¿No se te ha pasado por la cabeza que aproveche la oportunidad para huir?
—Puede intentarlo, su teléfono tiene un pequeño rastreador.
—El teléfono puede dejarlo en cualquier parte, Edward. No confíes en ella, va a decir y hacer cualquier cosa, lo que menos esperes.
—Ella es solo una chiquilla que está sola en el mundo con un hijo de puta que la quiere muerta —puntualicé—, si se escapa, que no lo hará, la buscaré hasta debajo de las piedras y la encontraré mucho antes de que James pueda acercársele.
—Esperemos que tengas razón, ella es la única que lo puede poner en prisión, no alcanzó a firmar su última declaración, por lo tanto, si capturamos a Daddy y ella no está, no habrá manera de involucrarlo. La necesitamos en el juicio. Es preferible que desactives el Internet y el GPS de tu antiguo teléfono, ¿Snoppy te dio las nuevas identidades?
—Las tengo.
—Te llamaré por la noche.
Guardé el aparato en el bolsillo de mi chaqueta, me sentía un poco más calmado por lo que salí del baño y me encaminé hacia la mesa donde había dejado a Isabella, pero dos hombres y una mujer estaban ocupando el lugar.
«¡Mierda, Mierda, Mierda!», murmuré internamente caminando hacia la mujer que servía los cafés.
¿Cómo demonios era que se llamaba?
—Hola, ¿has visto a la chica que estaba conmigo?
—Salió del local unos segundos después de que entraste al baño, guapo.
¡Doble joder!
Salí de la cafetería, necesitaba llegar al auto, seguramente no estaba muy lejos a menos que… A menos que hubiese pedido un aventón a algún auto, necesitaría descargar el programa del chip de rastreo de su celular en mi computadora antes de buscarla y eso le daría una ventaja. Estaba a punto de perder mi paciencia cuando la vi.
Estaba recostada en la parte trasera de la camioneta sosteniendo el celular en las manos.
—Estás aquí —exhalé acercándome, pude observar que estaba jugando el estúpido juego de los bloques en el celular.
—Hay un vídeo de nosotros en la televisión, los camioneros me observaban mucho después de que salió, deberíamos irnos, ellos siguen mirándome.
Giré mi rostro observando a los dos hombres mirarnos con suspicacia. Gabriel había dicho que el vídeo saldría a mediodía, al parecer cambiaron de opinión.
—Sube al auto —dije rodeando la camioneta, Isabella obedeció sin chistar.
—Están ofreciendo una recompensa por información sobre tu paradero, no es tan generosa como la de Daddy, pero esto es América —indicó abrochando su cinturón, giró su rostro hacia la ventana y yo puse el auto en marcha, necesitaba un poco de café así que esperaba que pudiéramos ir a otra cafetería antes de llegar a nuestro lugar de destino, recordaba vagamente que había una gasolinera antes de cruzar el bosque que nos llevaba hacia la cabaña.
Por casi veinte minutos conduje en silencio, como la mayor parte del viaje, pensé que estaba dormida y entonces ella habló:
—Lamento que tu esposa haya muerto bajo su mano. —Apreté las manos en el volante, pero no dije ni una sola palabra—. No sé por qué el destino quiso que yo estuviese esa noche ahí.
—El destino no existe —refuté—. Tomas una decisión, Isabella, sea buena o mala, la vida te tendrá reservada una reacción que también puede ser buena o mala, yo voy protegerte hasta que ese maldito sea capturado y llevado a juicio.
El auto volvió a sumergirse en un silencio tenso, a unos pocos kilómetros había una gasolinera y una estación de servicios, esta vez me detuve para llenar el tanque y luego entré al lugar, aunque le pedí que me acompañara, Isabella prefirió quedarse en el coche prometiendo que no haría nada estúpido.
Un hombre estaba tras la barra y ordené unos panqueques para Isabella y un café grande para mí, tardaron quince minutos en tener el pedido de Isabella, pero cuando salí ella estaba en el mismo lugar en el que la dejé.
—Para ti, pero me temo que debes comer en el auto, son casi las ocho y nos quedan un par de horas en carretera.
—Gracias.
Esta vez conduje sin distracciones, la vi darle un par de sorbos a la malteada de fresa que compré para ella, pero ninguno de los dos dijo nada. La radio seguía encendida y se reproducían algunas canciones aleatoriamente, atravesamos el pueblo que, incluso para la temprana hora se notaba vibrante. Dos horas después al fin entramos a Idaho. Cuando vi el desvío que nos llevaba hacia la cabaña, me introduje en el bosque. El camino era de tierra y barro por las lluvias; temí que nos pudiésemos quedar atascados en la mitad del camino, sin embargo, la camioneta de Felix se internó por el sendero sin ningún tipo de inconvenientes. La propiedad estaba a unos veinte minutos del pueblo, pero completamente sola en el bosque, permitía experimentar tranquilidad y paz, sobre todo era el lugar perfecto para esconderse.
La temporada de caza ya había pasado y el invierno estaba cerca, marcaría el perímetro, colocaría las cámaras y sensores antes de que oscureciera. Iba a proteger a esta chica con mi vida si era necesario.
Finalmente los altos pinos fueron esparciéndose y llegamos al claro en medio del bosque donde estaba situado el inmueble. Era de madera y roca, una sola planta rodeada de pinos tan altos que apenas dejaban filtrar algunos rayos de sol.
River House estaba ubicada en medio del espeso bosque, detrás de ella, bajando la pendiente, pasaba el brazo de uno de los ríos que bordeaba el bosque del que no recordaba el nombre y donde seguramente podría bañarse en mejores temperaturas y quizá, con un poco de suerte, pescar. La cabaña no era muy grande, tenía solo una habitación y un sótano que podría servir como otra, pero me negaba a que Isabella y yo no estuviésemos en el mismo piso, también tenía un pasadizo que nos llevaba justo al lago.
—Hemos llegado —exclamé deteniendo el coche fuera de la rústica casita de madera y piedra—. Bajaré el equipaje. —Antes de que pudiese decirme algo, bajé del auto dejándola sola.
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¿Cómo creen que les ira a estos dos de ahora en adelante?
Para que no me odien tanto les dejo un adelanto del siguiente.
Adelanto.
—¿Qué demonios? ¡Baja eso ahora! —La voz del policía me hizo dar un brinco, lo que provocó que el arma cayera al suelo, junto con algunas cajas de lo que parecían municiones—. ¿Acaso sabes cómo usar un arma?
—No, pero…
—¿Pero? Si no sabes usar una de estas no las tocas, maldita sea, si hubiese estado cargada, si se hubiese disparado… ¿Cómo demonios te voy a llevar a un jodido hospital, Isabella? Se supone que tenemos que escondernos. ¡Mierda! —Se pasó las manos por el cabello completamente frustrado—. No se juega con armas.
—¡No estaba jugando!
—¡Estabas curioseando que es todavía peor! —gritó.
—¡No me grites! No hay necesidad de hacerlo, no eres mi padre.
—Entonces mantén tus manos fuera de mis cosas, —contestó irritado. —Más si no sabes cómo usar una de estas.
—Enséñame.
—¿Qué?
—¿Por qué no me enseñas? —Él bufó—. Si lo haces al menos sabré cómo defenderme.
—O cómo pegarte un tiro en el puto pie. —Recogió y cerró el maletín—. No sabremos cuánto tiempo estaremos aquí así que no podemos darnos el lujo de desperdiciar municiones practicando. así que olvídalo.
