Allí estaba, sentado en ese sitio que realmente merecía y que obtuvo a fuerza de sangre, sudor y lágrimas, gracias a sus propios puños en las peleas clandestinas del Círculo Rojo. La universidad era un lujo, algo extremadamente costoso para alguien de orígenes humildes, pero lo lograría y se graduaría, así tardara años en hacerlo. Él encontraba en ese lugar cambiando su duro destino.
-Bienvenidos a probabilidad y estadística- habló el ayudante de cátedra al ingresar -Mi nombre es Joshep Ivanovich, alumno avanzado del tercer ciclo y el día de hoy, reemplazaré al profesor Shifield al encontrarse algo indispuesto- una alumna apagó las luces y otra, encendió el proyector para poder comenzar -Gracias- conectó la laptop al mismo -Bien, como ustedes imaginaran, las matemáticas son sumamente complejas y abarcan infinitas ramas de estudio- pasó otra diapositiva -Ahora bien, ¿Qué es la probabilidad? ¿Y cuál es la relación que comparte con la estadística?- levantó la mano -¿Sí, señor...?- pidió que dijera su nombre.
-Helsing- su voz profunda invocó al silencio -Keilot Helsing-
Murmullos se percibieron alrededor. Todo el mundo que rondaba el Círculo Rojo hablaba de él, al igual que Lai. La potencia de sus músculos los ubicó en un pedestal muy alto y difícil de alcanzar para los novatos que rondaban esos bajos mundos, pero no para él, podía sobrellevar eso y más. Llegaría tan alto como quisiera y sin que nadie lo detuviera.
-Un placer- carraspeo un poco, al sentirse insignificante e intimidado por todo lo que él representaba -Lo escucho-
-Bien, la probabilidad es...-
La puerta del lugar, se abrió, estrepitosamente.
-Lo siento-
Se disculpó una joven desde el umbral ojeando un papel en mano. Vestía un overol roto, camisa a cuadros alrededor de la cintura y una pequeña blusa con símbolos extraños que enseñaba su abdomen. Sólo podía apreciarse eso de ella, ya que todo se encontraba en penumbras por la presentación.
-¿Esta es la clase de probabilidad y estadística del doctor Donald Shifield?- preguntó, inclinando la cabeza hacia atrás y comprobando el cartel en la puerta -¿Aula 3A?, Parece que es aquí- guardó la nota en el bolsillo trasero de ese overol andrajoso.
-¿A qué se debe este impropio tan abrupto e inoportuno, señorita...?-
Revisó una de las páginas del libro de asistencia que los alumnos firmaron al ingresar y el contenido de un espacio vacío.
-¿Curtís?-
-En realidad...- acomodó la mochila sobre su hombro -Es Fleming, pero me han registrado con el apellido de mi madre- aclaró -Así que, sí, soy Gaia Curtís, como dice ahí- apuntó al libro en cuestión.
-Eso puedo verlo...-
Ella era muy amigable y desfachatada, todo lo contrario a las alumnas rectas que circulaban por esos largos pasillos de la facultad de ciencias exactas.
-Y también dice que, cursa esta cátedra por elección, ya que estudia biología en este mismo edificio-
Encendió las luces revelando a esa hermosa criatura extrajera, de tez blanca, ojos avellanas y cabello salvaje, casi tanto o más que su actitud. Era ella, la ruidosa mesera de la noche anterior.
-Sip, necesito puntos extras para mi tesis- miró a sus compañeros con una sonrisa y devolvió la mirada en donde se encontraba anteriormente -Me matriculé en biotecnología clínica, así que, hay cosas que debo pulir antes de eso-
-Me parece muy bien, pero...- ojeó de nueva la plantilla moviendo las gafas sobre su nariz -Sus notas son terribles, así que, yo juzgaré si merece un asiento en esta clase-
-Es lo justo- respondió sin intimidarse.
-¿Qué puede decirme sobre la probabilidad y su relación con la estadística, señorita Curtís?- señaló a la presentación -Es el contenido de esta cátedra el día de hoy-
-Que es como lanzar una moneda-
Todos rieron y en especial, él. Tenía mucha imaginación como para alegar algo como eso.
-Explíquese-
-Bien- inhaló profundo -Me refiero a que, la probabilidad de sacar cara o cruz, no es del 50% como todos suponen- extrajo una moneda de su bolsillo -En el mundo real, las cosas no son tan ideales- hizo un ademán obvio lanzando la moneda al aire con mucha agilidad -¿Cara o cruz?-
Cuestionó al ayudante de cátedra al atraparla sin revelar el resultado.
-Cruz- siguió el juego -Teniendo en cuenta que antes de lanzarla, cara era la figura visible-
-Cara- afirmó al dejar de ocultarla -Lo ve, las probabilidades son de 51 % y 49 %, según escojamos cara o cruz- la guardó en su bolsillo -Y estoy segura de que la mitad de las personas aquí, eligieron la misma opción que usted- movió los brazos en vaivén al sentirse el centro de atención -Lo que demuestra que, la estadística de un mismo resultado para una población dada, es independiente a las probabilidades que un fenómeno presente-
Retorció los dedos de sus manos para que el nerviosismo pasara.
-En otras palabras, la probabilidad propone modelos para los fenómenos aleatorios, es decir, los que se pueden predecir con certeza y analizando sus consecuencias lógicas- miró alrededor, ya que muchos de sus compañeros tomaron apuntes de lo dicho -Por otro lado, la estadística ofrece métodos y técnicas que permiten entender los datos a partir de modelos ya mencionados, como el de la moneda- ordenó su cabello aplacado por un pañuelo simulando un cintillo.
-Se podría decir que, son primas hermanas y van de la mano dentro del estudio de fenómenos en donde se presenta el azar- extrajo la moneda de su bolsillo, una vez más -Si ustedes quieren, podemos intentarlo de nuevo- preguntó al resto dentro de esa aula magna.
-Suficiente, señorita Curtís- interrumpió -Pase, estuvo muy bien su explicación- le dio paso -No hay muchos lugares disponibles, pero...- miró a todos y cada uno de ellos -Delante del señor Helsing hay uno libre-
-Gracias- subió las gradas y se detuvo delante, sosteniendo la mochila sobre su hombro con fuerza -Tú-
Pronunció con desagrado al tenerlo en frente y sin apartar la mirada de sus intimidantes ojos verdes. Él no se inmutó, la observó arrogante de arriba a abajo y como si fuera un asqueroso insecto dispuesto a aplastar, si es que tenía la osadía de interponerse en su camino.
-Genial- renegó por lo bajo ignorando su presencia y como él también lo hizo después de tomar asiento -Mi hermana es una cavernícola que no usa laptops- revisó la mochila a fondo -Y tampoco puedo escribir con estos colores o este trazo- realizó un triste mohín observando los tres plumones en sus manos -Es una friki sin remedio- volteó a ver a su compañero detrás y giró en otro sentido, cuando él continuó con su odiosa actitud -Disculpa, ¿Me prestarías un bolígrafo?- habló al chico de junto que le entregó lo pedido en silencio -¿Gracias...?- indicó que dijera su nombre con un sutil ademán.
-Kylar- respondió galante.
-Kylar- repitió y devolvió la mirada al frente -Lindo nombre-
Murmuró y él sonrió, admirando ese bellísimo tatuaje que adornaba completamente su espalda. Era una enorme hada alada en color negro, que jugaba entretenida entre un montón de enredaderas.
-Lindo tatuaje- susurró cerca de su oído haciéndola estremecer -Me alegra ver a alguien con cerebro aquí- halagó en el mismo tono -Lástima que eres bióloga- el hechizo terminó.
-Lástima que eres matemático- volteó a penas mirándolo de soslayo -No sabés lo que te pierdes-
Rieron sofocando unas enormes carcajadas, tenían la impresión de que serían grandes amigos y que ese encuentro no terminaría allí.
-¡Cállense! ¡Cierren el pico de una maldita vez!-
Exigió silencio en un tono por demás exaltado y demandante, pero casi inaudible. No dejaron de cuchichear desde que le prestó ese bendito bolígrafo y ya estaba harto.
-¡Estamos en clase! ¿¡Pueden dejar sus coqueteos para después!?-
Los atravesó con la mirada tensando todos los músculos de su cuerpo y soportando las ganas de arrancarles la cabeza. Ella levantó los hombros al escuchar sus ácidas, absurdas y hostiles palabras palabras, ocultó los oídos debajo de unos auriculares ignorando el entorno y aislándose del mundo, para prestar la debida atención como su odioso compañero ordenó. Maldito, no se iba a quedar así, a ella nadie le da órdenes.
-Relájate, primo- palmeó uno de sus hombros para intentar tranquilizarlo -Es nuestra primera clase y disfrutar de compañía por un momento, no nos hará ningún daño- se mordió el labio, al profanar la esbelta figura de su compañera de junto que miraba al frente -Mírala, es muy bonita para ser extranjera- puntualizó, encantado y eclipsado por tanta belleza -¿De dónde crees que sea?- rascó su barbilla más que interesado.
-Cierra la boca, Kylar- lo apuntó con un dedo -O te retorceré el cuello hasta la muerte-
Amenazó tajante regresando a su sitio y observando con disimulo a esa pequeña criatura que le daba la espalda. Tenía toda la razón, era muy bonita, pero por nada del mundo se parecería a ella.
La clase continuó con la lectura de material teórico y actividades prácticas de aplicación de conceptos, pero una melodiosa y hermosa voz, inundó los oídos de todos en aquel silencio.
-Tengo una pregunta cuando siento tu piel tan junta...- entonó, dibujando unos acordes de guitarra y complicados arpegios en su material teórico -¿Verdad que hemos gozado de otra vida en el pasado?-
Culminó hace más media hora con los ejercicios prácticos que eran demasiado fáciles para ella y se encontró aburrida de tanta monotonía, como también del silencio.
-Mirada de amor...- continuó, no lo hacía nada mal, tenía talento -Hemos muerto tantas veces, nos seguimos reencontrando y ahora nos debemos intereses-
Parecía ajena al lugar donde se encontraba y las miradas de asombro que recibió.
-Fui el ciego que te amó cuando eras un delfín...- movíó la cabeza de un lado a otro siguiendo el compás -La reina que a su rey por infiel puso fin o aquel esclavo que la santa inquisición quemó por hechizar de amor tu corazón...-
Aplaudió en solitario esa sorda melodía que sólo ella podía escuchar y siguió tarareando en voz baja sin haberle importado irrumpir la clase. No había dudas y mucho menos certezas, era bióloga y los biólogos son los hippies de la ciencia.
-Señorita Curtís- habló el ayudante de cátedra llegando a su lado y quitándole un auricular -Las clases de canto son los días jueves a las 14 horas en el salón de usos múltiples-
-¡No me diga!- exclamó sorprendida y anotándolo en su libreta -¿Podría repetirme el horario?- lo apuntó con su bolígrafo, mientras él, permaneció incólume -No, espere...- entrecerró los ojos -¿Es sarcasmo? -
-¿Usted que cree?- indagó, sin cambiar de actitud.
-Yo creo muchas cosas, señor ayudante de cátedra- aclaró -Una de ellas, es que la Tierra es redonda-
Su compañero detrás, estalló en carcajadas sin poder evitarlo y todos lo miraron como si se tratase de un extraño. No había cabida en ese universo para lo que presenciaban sus ojos, él era Keilot Helsing, el mejor alumno de su generación y eso quiere decir que, jamás reía en público o al menos, no lo hacía dentro de esa institución en mucho tiempo. Era un prodigio, muy aplicado, con excelentes calificaciones y alguien a quien emular. Sus pies estaban bien puestos sobre la Tierra y se encontraba muy centrados en sus metas y objetivos, lo que veían, no era real o normal.
-Fuera de mi clase- apuntó a la puerta, corriéndola.
-Pero...- intentó excusarse.
-Fuera- volvió a decir.
-¡Bien!- se incorporó molesta -¡Me tendría que haber quedado en Ingual! ¡Si hubiera sabido que las personas aquí no tenían sentido del humor!- bajó las gradas a paso largo -¡Me voy!- cerró la puerta corrediza con furia al salir.
-¿A dónde va, Azoth?- preguntó, al verlo pasar junto a él en completo silencio y sin dar razones de su partida -¿Usted también se va, Helsing?- hizo lo mismo que su primo siguiéndole el paso.
-Libertad de cátedra, profesor-
Levantó los hombros dándole la espalda y caminando a la salida, después de dejar su práctico sobre el escritorio.
-Que tenga un buen día- tenía que encontrarlos y evitar que hicieran alguna estupidez -¡Kylar!- lo divisó en el terraplén que dividía a las facultades -¿A dónde vas?- lo detuvo con una mano en su hombro.
-A buscarla, ¿Qué no es obvio?- miró alrededor, desesperado -¡Allí está!- señaló a una pequeña silueta apresurada a lo lejos -¡Ey! ¡Gaia!- volteó al escuchar su llamado.
-Ah, eres tú...- murmuró al verlo, luego de escuchar un audio que le envió a su hermana -Lo siento, seguro vienes por esto- le entregó el bolígrafo en su mano y él lo tomó -No quería llevármelo pero, ya ves, me corrieron- volvió a mirar su teléfono con duda -¿Dónde diablos queda este lugar?- habló a la pantalla en un gesto confuso -Esto de ser extranjera me mata- divagó en voz alta y apartó la vista por un instante - ¡Ah! ¡Hola!-
Saludó con una linda y cálida sonrisa al chico detrás de que no había visto, a pesar de su imponente estatura.
-¿Ustedes saben dónde queda este lugar? ¿O cómo puedo llegar allí desde aquí?- les enseñó su celular con la dirección de un viejo edificio.
-Sí, estás de suerte- sonrió, era muy divertida y sociable -Es mi antigua facultad y no está muy lejos de aquí, si quieres, te llevo- ofreció -Mi motocicleta es aquella-
Señaló una hermosa máquina de gran porte y cilindrada en tonos negros a sus espaldas.
-Te lo agradecería muchísimo- colgó la mochila sobre su hombro suspirando aliviada, tenía la suerte de no ir andando hasta allí -¿Quieres venir?-
Invitó a la otra persona con ellos que asintió en silencio y apuntó a un hermoso jeep junto a la motocicleta, indicando que iría en él.
-Excelente- miró de uno a otro con curiosidad -Si que no se parecen en nada a pesar de ser parientes, sólo en el color de los ojos- se dirigieron hasta el estacionamiento -¿Y qué es lo que estudian?-
Montó a la motocicleta después de recibir el casco que Kylar le ofreció.
-Bueno, Keilot es matemático- sus ojos no se apartaban de su persona, jamás había conocido a alguien tan parco como él -Y yo ingeniería en sistemas, sólo que compartimos algunas clases- asintió cubriéndose la cabeza -Bien, primo...- dio marcha -Nos vemos en la facultad de leyes y humanidades- aceleró a fondo perdiéndose en el asfalto.
-¿Qué diablos estoy haciendo?- habló consigo mismo observando una vieja fotografía en el espejo retrovisor -Me estoy volviendo loco, Meg- negó de un lado a otro emprendiendo andar.
Llegar al tercer año en la facultad de leyes era todo un desafío y logro personal para él, teniendo en cuenta que, no recibía ningún apoyo económico de su desquiciado padre y su codiciosa, pero flamante joven esposa.
-Mujerzuela mal habida y taimada, ¿Cómo pude acostarme contigo?- cortó la llamada entrante, se trataba de la secretaria de su padre -Si él supiera que tratas de seducirme, te sacaría los ojos con sus propias manos y te correría como un perro, maldita - la clase de Sumerio aún estaba muy lejos y podía pensar con claridad en ese bochornoso asunto -¿¡Otra vez!?- presionó el teléfono con fuerza para no lanzarlo por los aires -¿¡Qué diablos quieres, Ingrid!?- atendió de puro hartazgo, ahora era su madrastra -¡Yo te hablo como quiero! ¡No eres mi madre!- lo sacaba de quicio su irritante voz -¡Bien! ¡Ahí estaré! ¡Adiós!-
Terminó la llamada más cabreado que una mula, pero se contuvo, respirando profundo y contando hasta diez millones, si es que eso era posible. Pero su amargura no terminó allí, todo empeoró en una fracción de segundo, ya que chocaron contra él y casi haciéndolo caer de cara al suelo.
-¡Oye! ¡Pedazo de idiota!- desquitaría su furia contra ese bastardo -¿¡No sabes que aquí no se puede correr!?- destruiría el mundo por culpa de su estupidez e insolencia.
-Lo siento- parpadeó aturdido al escuchar su tenue y dulce voz -Lo lamento, no te vi-
El impacto fue tan duro que, ella cayó de bruces al suelo y no se incorporó de inmediato por el golpe que recibió.
-Discúlpame, tenía prisa y no era mi intención el chocar contra ti-
El tiempo se detuvo, justo ahí, al igual que su corazón, ¿Qué Dios errante había creado esa perfecta obra de arte? Nunca había visto a alguien como ella en toda su vida y ahora, tenía el privilegio de hacerlo por segunda vez. Su piel era nívea y muy clara, su cabello corto y rizado por encima de los hombros, sus iris eran preciosos, de un hermoso color avellana y adornados por largas pestañas. Era alta, pero no tanto y delgada, ocultando su perfecta anatomía bajo un abrigo en tonos granates. Era hermosa, algo jamás visto por esos lares o en esa facultad.
-¡No! ¡No!- se precipitó alarmado -Yo lo siento- le tendió una mano levantándola de un tirón -No es propio de mí el hablarse así a una chica tan hermosa como tú-
No podía soltar su mano, se percibía pequeña y fría entre la suya.
-Bueno...- rió nerviosa y algo avergonzada -Es la disculpa más extraña que he escuchado jamás- bajó la mirada -Puedes soltar mi mano ya-
-Sí, sí, lo siento- la soltó lentamente -Es solo que, estoy encantado de volver a verte- su sinceridad era arrebatadora -Eres la chica que conocí en el Círculo Rojo hace unas semanas atrás- sus ojos azules destellaban por el simple hecho de tenerla en frente -Y no tienes ni la menor idea de cuanto tiempo he estado buscándote-
-Qué?- pronunció pasmada y sobre todo, escéptica -Espera- levantó una mano para hacerlo callar y chequear la hora en su teléfono celular -Te juro que me encantaría charlar contigo, pero...- se apartó un rizo del rostro - Llego tarde a Sumerio-
-Tus ojos son hermosos- se inclinó un poco a su altura ignorando lo dicho -Tienes ojos del tiempo- buscó su mirada con insistencia -Nunca había admirado unos ojos tan únicos como los tuyos-
-Esto es incómodo y muy raro- retrocedió unos pasos -Mejor me voy- giró sobre si mismo dejándolo atrás.
-Que extraña casualidad- la alcanzó en un instante ubicándose a su lado -También tomo esa clase, te acompañaré- ni un pequeño sonido salió de ella -Estudias letras y literatura, ¿No es así?- insistió otra vez, pero fue ignorado brutalmente -Pues, yo estudio leyes- respondió a la pregunta que nadie le hizo -Mi padre anhelaba que fuera médico psiquiatra como él, pero no me gusta tratar con la gente si no es estrictamente necesario- llegaron a destino y él abrió la puerta -En fin, no tengo pasta para ser médico y por esa razón, me incliné por las leyes- pasó a su lado sin siquiera dirigirle la mirada y dando fin esa conversación unilateral -¿Te sientas conmigo?- señaló unos pupitres en el centro.
-No, gracias- se apartó otro rizo del rostro, podía decir que era un gesto muy familiar en ella -No me gusta sentarme con matones si no es estrictamente necesario- lo dejó en jaque e inerte en su lugar.
-Hola primo-
Un pequeña jovencita rubia paso de él, sacándolo del estupor y tomando asiento junto a ella.
-¿Por qué dices que soy un matón?-
Ocupó el otro pupitre a su lado exigiendo una explicación e inclinándose en su dirección. Parecía molesto, pero no la inquietó en lo más mínimo.
-¿No es obvio?- extrajo los materiales de estudio de su mochila -Todo en ti lo dice- lo repasó con un dedo en varios sentidos -Luchas en peleas clandestinas, tienes un genio del demonio que se ve a kilómetros y tus brazos, amigo...- movió la cabeza en desaprobación -No demuestran en lo absoluto que eres un ángel inmaculado-
Sus ojos se hicieron enormes al oír su argumento. Lo destrozó en mil pedazos con unas simples, pero tórridas palabras y lo más impactante de todo, es que no levantó la voz.
-Vaya...- asintió asombrado -No pensé que fueras tan vacía, preciosa-
Cruzó sus enormes brazos, mucho más arrogante que antes.
-Dea- apeló su nombre.
-Lo sé, mi diosa- invadió en demasía su espacio personal al tirar de su silla para acercarla a él -En primera- tomó un mechón de su cabello para acariciarlo entre los dedos -Lo del Círculo Rojo, es un trabajo que brinda enormes ganancias y eso, pequeña...- lo devolvió a su sitio -No me hace un matón, más bien, me convierte en un ganador- aclaró pidiéndole un minuto más de su atención -En segunda, también tendrá un genio de los mil diablos, si tuviera tres hermanos mayores, cuyo pasatiempo en la vida es molestarte y además, una pequeña hermanita por quién velar- enfrentó sus ojos -Y por último, mi hermoso ángel, uno de mis hermanos es un virtuoso artista del tatuaje y voy a aprovecharlo- besó su mejilla sin que se lo esperara -Esto es lo que soy y estoy feliz con eso- abrió los brazos señalándose completo y sin darle tiempo a refutar.
-¿Otra vez molestando a los alumnos ingresantes, Row?- reprendió el profesor al ingresar -Y además, ¿Qué hace en esta clase?-
Todos y cada uno de los alumnos, tomaron asiento en ese lugar que sería propio el resto del año, prestando completa atención a la charla entre ellos.
-A mí también me encanta volver a verlo, profesor Rigan- respondió desde su lugar en un tono muy sarcástico -Y en cuanto a su última pregunta, esta clase es opcional y como el año anterior no fue del todo claro para mí, decidí tomarla de nuevo-
-Está bromeando, ¿Verdad?- negó sin cambiar de actitud -El año anterior tomó Erión-
-Eso no importa, profesor- movió una mano en un gesto desinteresado -Lo importante es que no se olvidó de mí- sonrió con todos sus dientes.
-Yo y ninguna de las jovencitas que dejó atrás- fin de la charla, al igual que su radiante sonrisa -Muy bien, soy el profesor Stuard Rigan y sean bienvenidos a Sumerio-
Las clases transcurrieron y no volvió a verlo, agradeciendo a cualquier deidad por ello. Hambrienta, llegó a la cafetería del campus después de una rápida y fugaz visita de su hermana, para intercambiar mochilas.
-Ahí está Logan- su amiga tiró de ella hasta la mesa donde se encontraba -¿Podemos sentarnos aquí?-
-Claro, bebé- miró con mala cara al sujeto de junto -Quítate- ordenó sin derecho a réplica y así lo hizo -¿Cómo estuvo tu primera clase, Dea?- su sonrisa burlona emulaba todo el mal que cargaba dentro.
-Para que preguntas si lo sabes- lo asesinó con sus pequeños ojos -¿Qué se traen tu amigo y tú, rojito?- golpeó la mesa con un puño para no hacer una escena -Estuvo acosándome toda la maldita hora y sin ningún tipo de vergüenza- despeinó su cabello, completamente, abochornada -¡Además de aprovechado es un descarado!-
Todas las personas sentadas alrededor podían imaginar de quién hablaba. Nada más y nada menos que de Lai Row, el mujeriego y casanova más grande que haya pisado jamás esa universidad.
Una manzana opacó su campo de visión por un momento e interrumpiendo otra posible queja de ese ser, que le había arruinado el primer día del comienzo de su nueva vida.
-Un pajarito de largo cabello rubio me comentó que te encantan las manzanas- no podía ser cierto, la había seguido hasta allí.
-Por todo el universo- murmuró entre dientes presionado el puente de su nariz -Otra vez él- suspiró agotada de ese hombre -¿Qué quieres ahora, Row?-
-Pero que modales tan horribles tienes-
Con una simple mirada, los demás hombres presentes se alejaron, brindándole todo el espacio necesario y que solicitaba con su amenaza. Eran sus compañeros de fraternidad y más tarde hablaría con ellos para dejar las cosas claras con respecto a ella.
-Te regalé una manzana, podrías decirme gracias, al menos- tocó su corazón como si le doliera y se hiciera añicos en ese momento -Tu indiferencia me lastima- ocupó el lugar vacío junto a ella con una pierna a cada lado de la banca - Decir gracias no le hace mal a nadie, ¿Sabés?- le acarició la mejilla con la punta de los dedos.
-¡No me toques!- lo apartó de un manotazo -¡Sólo lo Dioses saben a dónde metiste esas manos!-
-Grosera- la sonrisa en su rostro no acompañaba sus palabras -¿Qué quieres comer?- ahora ella sonrió -¡Aja! ¡Sabía que te convencería al llegar a tu estómago!- la picó con un dedo haciendola reír como tanto quería -Una hamburguesa para ti estará bien- se incorporó lleno de brío y gracia.
-Tú ganas- suspiró como lo había hecho a lo largo del día -Sorprendeme-
Se rindió sin ánimos de cruzar otra palabra más, totalmente derrotada y observándolo desde su sitio hasta la mesa de servicio.
-¿Qué es lo que vemos aquí? ¿Gente nueva?-
Un chico rubio, con unos pocos años mayor que ella y ojos verdes muy claros, ocupó el espacio frente a su amiga.
-Ni tanto, eres hermano de Evan- acotó, robándole una patata frita -¿Cómo estás, Adán?- masticó despacio, estaba muy caliente -Tenías razón, el profesor de lingüística me caería excelente-
-Te lo dije- bebió de su soda -Estoy muy bien, pero antes de venir aquí escuché un rumor, no sé si sea cierto-
Él era tan cotilla y parlanchín como su pequeña hermana. No por nada se habían hecho grandes amigos, antes de regresar con su madre a Ingual a vivir junto a su padre y Gaia, después de superar el período de separación y posterior divorcio por más de diez años. Ahora, todos siendo adultos y partícipes de sus propias vidas, volvieron a reencontrarse en la universidad del Este.
-¿Qué cosa, hermano?-
-Escuché en la fila que...- metió una patata a su boca para causar suspenso -Una de las calderas principales de la residencia de mujeres explotó, inundando parte del edificio y toda el ala oeste-
Si no lo conociera bien, diría que estaba exagerando, pero así era Adán, le encantaba agrandar los hechos. Hasta que su teléfono timbró, enmarcando su rostro de un inexplicable temor y tocándose el pecho al ser atravesada por un mal presentimiento.
-¿Gaia?- atendió imaginando lo peor -¡Me llevan todos los diablos!-
