Un payaso, así se sentía cada vez que la contemplaba desde lejos y con temor a acercarse. Había pasado un tiempo desde que huyó de su apartamento y se dignó a no dirigirle la mirada o tan solo una palabra. La humilló, la despreció, se burló de ella y no había forma de poder remediarlo.

– ¡Gaia! – intentó detenerla cuando escapó de él aquella tarde lluviosa al tener esa reveladora charla en su habitación – ¡Espera! – la detuvo de un brazo antes de que cruzara la puerta de entrada – ¡No te vayas así, podemos arreglarlo! – un trueno hizo temblar hasta los cimientos de la casa – Lo siento, no quería decirte eso, pero… –

– ¡Suéltame! – rompió su agarre de un tirón – ¡Cierra la maldita boca! – temblaba, soportando el llanto y la vergüenza que la atravesaban completa – ¡Y nunca más vuelvas a hablarme! – le gritó a la cara con un dedo en alto – ¡Nunca más! – se marchó de un fuerte portazo sin mirar atrás.

– ¡Gaia! – su hermana corrió tras ella al verla en ese estado y salir apresurada de la cocina mientras tomaba el té – ¡No me sigas, Lai! – lo detuvo con una mano en alto cuando intentó acompañarla – ¡Yo hablaré con ella! – se removió inquieto, no quería dejarla ir – ¡Tranquilo, prometo volver! – tomó su abrigo, el de ella y se perdió tras la puerta.

– ¿Qué pasó? – preguntó tras él al verlo inerte y mirando a la nada.

– Lo arruiné – murmuró en shock – Arruiné todo con mi mejor amiga –

– ¡Maldición! – frotó su rostro con fuerza para no golpearlo, imaginaba lo peor y lo cierto es, que no estaba errado – ¡Si esto arruina algo con Dea de alguna manera, te mato, Keilot! – amenazó, antes de caminar a paso largo y molesto a su habitación.

– ¡Por todos los dioses, Gaia! – logró alcanzarla debajo de un enorme roble donde se había detenido después de escapar –¿¡A dónde vas!? ¿¡Y qué fue lo que sucedió entre ustedes dos para que estés tan alterada!? – se interpuso en su camino cuando intentó huir de nuevo y señalando con un brazo extendido a sus espaldas.

– ¡Me siento tan avergonzada y humillada, Dea! – cubrió su rostro con ambas manos sin saber que hacer – ¡Ni siquiera estoy enamorada de él! ¿¡Cómo pude decirle semejante cosa!? –

– Tranquilizate, te hará daño – la abrigó con su chaqueta, aunque ya no servía de nada, estaba mojada de la cabeza a los pies – Cuentame que sucedio y así podremos solucionarlo –

Frotó sus brazos con suma ternura para tratar de tranquilizarla, su corazón no podía sufrir emociones fuertes o ser sometido bajo mucho estrés, si eso sucedía tendría problemas.

– Le dije a Keilot que quería acostarme con él – confesó sin tapujos o titubeos – Ni siquiera me atrae, no sé porque lo hice, solo se me escapó y ya – la vergüenza que sentía era enorme.

– Vaya – desconocía que decir sin que sonara a algo tonto – Es una forma muy interesante de decirle a alguien que quieres tener intimidad con él – rieron, decirlo en voz alta y con ese tono, sonaba más patético de lo que parecía – No es del tipo de hombres que te atrae y es muy raro que hayas hecho una cosa así – le apartó el cabello mojado del rostro – Siempre actuas de forma muy extraña cuando estás cerca de él –

– Sí, lo sé y te juro que me desconozco – se abrazó a sí misma al sentir frío – Él me rechazó y está bien, soy consciente de que jamás olvidará a Megan – un dolor punzante le atravesó el alma al pronunciarlo – Pero que me tratara como una chiquilla estúpida y sin experiencia, fue lo que me hizo enfurecer–

Dirigió sus ojos al apartamento y él estaba allí, detrás de la ventana de su habitación, mirándola fijamente y hecho trizas.

– No puedo regresar, mi cara se caerá a pedazos cada vez que lo vea – continuó la conversación fingiendo no verlo – Necesito estar sola un tiempo para aclarar mis ideas y pensar en paz–

– No hay problema – marcó a un taxi en la pantalla de su celular – En unos minutos pasarán por ti y podrás regresar a la residencia esta noche – la lluvia había mermado bastante, parecía que su hermana tenía el don de controlar el clima según sus emociones – Iré por tu pijama y una muda de ropa– caminó en reversa hacía el departamento – Y mañana después de clases te alcanzaré todo lo demás, ¿Sí?– asintieron al unísono y regresó a trote hasta la casa.

– Lo arruiné– se hizo pequeña para sentarse bajo el árbol a esperar – Lo arruiné todo con mi mejor amigo– dirigió sus ojos a donde él estaba anteriormente, pero se había ido – Todo esto es tu culpa – bajó la mirada a su pecho dándole pequeños golpecitos – Tú y tus estúpidos latidos cuando estamos cerca de él, no me permiten pensar claridad – ya nada entre ellos volvería a ser igual, algo se había roto.

Los días se hicieron aburridos y tediosos el uno sin el otro. El apartamento se volvió gigante y su habitación cayó en penumbras en su ausencia. Maldita sea su suerte y todo lo que venía con ella. La extrañaba, la extrañaba tanto que, no fue consciente cuando llegó a su lado mientras tomaba apuntes de un libro de texto e ignoraba su entorno, o eso fingía hacer sobre una de las mesas de la cafetería. Se encontraba hermosa con su cabello un poco más largo que hace unas semanas atrás, su típico overol roto y unas nuevas vans que le llegaban a las rodillas. Muy bonita y única, como tantas veces antes.

– Hola – tomó asiento en la silla delante cuando no respondió – ¿Algún día volverás a hablarme? – reclamó cohibido y sin levantar la voz.

– Tal vez – cerró el libro con fuerza, ordenó sus pertenecías y se incorporó –Ya no estoy molesta, si eso es lo que crees– aclaró al dar un solo paso y regresar atrás – Sólo estoy evitándote, para no sentir la vergüenza inmunda que me invade al verte –

–Lo sé y créeme que lo siento– parecía destruido –Pero soy tu amigo, te respeto y jamás…– lo interrumpió levantando una mano para hacerlo callar.

– No estoy enamorada de ti y quiero que entiendas esto...– lo miró a los ojos y no mentía, ningún sentimiento romántico se reflejaba en ellos – No voy a acostarme por primera vez con un completo desconocido y tú eras la mejor opción en ese momento, no te creas tan importante al respecto – su tono al hablar era tan cortante que, lo destrozaba con cada sílaba que salía de su boca – Pero me molestó muchísimo que me dijeras todas esas estupideces que incluyeron a Megan y en vez de darme un simple no como respuesta – miró detrás de él y Dea junto a Lai se acercaban a ellos – Hay que dejar a los muertos descansar en paz y no meterlos en los asuntos de los vivos que no les competen–

– No sabía que decir, tu propuesta me tomó desprevenido y la verborragia salió por sí sola de mi boca, Gaia – juntó sus manos en súplica – Quiero que me perdones, que olvidemos todo esto y que regreses a casa con nosotros, por favor – sus ojos verdes estaban tristes y a punto de ahogarse en lágrimas – No puedo creer que diga esto, pero eres mi mejor amiga y te extraño –

Apretó sus labios en una pequeña línea y se derritió por dentro al oírlo. Él podía llegar a ser muy tierno y sincero cuando se lo proponía, a pesar de estar tan roto.

– ¿No se lo dijiste? – habló a su hermana al llegar y acomodando la mochila en su hombro.

– ¿Decirme qué? – miró de una a la otra.

– Sí, se lo dije – leyó un mensaje de texto al responder – Pero ha estado en modo automático desde que te fuiste y creo que no me escuchó – su cara de asco al enseñarle el mensaje recibido, lo decía todo, la persona del otro lado le resultaba muy desagradable – ¿Cómo consiguió mi número este tipo? – dijo a la nada, mirando la pantalla de su celular y sin cambiar en nada sus facciones.

– ¿Qué tipo? – se interesó Lai con los ojos fijos en el mismo objeto que ella – ¿Tú le diste su número a Velkan, Gaia? – alguien iba a morir entre sus manos ese día.

– ¡Por supuesto que no! – se defendió, llevándo una mano al pecho al sentirse ofendida – ¡Ni siquiera me agrada ese idiota, como para darle el número de mi hermana! – devolvió la mirada a Keilot por un instante y regresó a ellos – Creo que aún desconoce que ustedes dos están saliendo hace unas semanas –

Apuntó a ambos al cambiar de tema, su relación era relativamente reciente, pero muy intensa y hermosa.¿Causaba envidia en algunas chicas del campus? Sí y mucho, ¿eso sería un problema a corto plazo para ellas? Tal vez, pero no importaba, sólo deseaba que su hermana sea feliz y nada más.

– Pudo haber sido cualquiera, Lai y vamos a averiguarlo, tranquilo – él asintió a lo dicho por su mejor amigo, rodeando el cuello de su amada con un brazo y regalándole un enorme beso en la mejilla – Ahora bien, ¿Qué es lo que tengo que saber de ti, Gaia? –

– Me mudé hace un par de días del campus al ático del Valhalla – explicó sin importancia – Al quedarme sola en el dormitorio, ya que Dea ahora vive con ustedes, el decano pidió su espacio y entonces, decidí irme, no pienso compartir mi habitación con una extraña – levantó los hombros sin darle más vueltas al asunto – Me siento muy cómoda en donde estoy y no pienso volver a mudarme por tercera vez este año, lo lamento – culminó con una enorme sonrisa, ya que su hermana no podía alejar a Lai de ella y era algo muy divertido de ver – Pero prometo ir a visitarte todos los días después de clases para ver nuestra serie juntos – levantó uno de sus meñiques – Hemos perdido varios capítulos, pero podemos recuperar algunos más –

– Hecho – entrelazó sus dedos cerrando el pacto, todo había vuelto a la normalidad o eso creía.

Andaban por ese largo pasillo hasta llegar al aula de sumerio, los estudiantes lo saludaban al pasar y algunas féminas los asesinaban con los ojos, pero nada tenía importancia si ella se mantenía a su lado. Era preciosa, una diosa entre mortales, con un short borgoña, botas altas y un top negro que enseñaba su horadado abdomen.

– ¿Estás segura que quieres ir? – la llevaba protegida bajo su fornido brazo como si se tratase de un tesoro.

– ¿No íbamos a ir todos? – cruzó miradas con él, le encantaban sus ojos celestiales y siempre encontraba el momento para poder mirarlos – Le prometí a Evan que iría y Gaia estará allí con Val, tengo que ir, no puedo dejarlas solas – él suspiró fuerte y cansado – Podrían hacer cualquier estupidez sin mí –

Rodó los ojos, su hermana era demasiado imprudente cada vez que bebía alcohol y debía velar por ella como siempre lo había hecho.

– Hoy tengo lucha en el círculo y no podré llevarte hasta más tarde, mi amor – rascó su nuca buscando una solución – No quiero que vayas sola a la fiesta de la fraternidad sin mí, yo ya no pertenezco a ese lugar y los buitres estarán al acecho, no podré pelear tranquilo si tengo eso en la mente esta noche – negó con la cabeza de un lado a otro y odiando esa idea con toda el alma – Tengo que solucionarlo antes de que terminen las clases – extrajo su celular y buscó un número en el directorio de contactos – ¡Otto! – se detuvo en la puerta y ella también – No puedo ir esta noche, tengo fiesta en la fraternidad y no pienso dejar a mi novia sola en ese infierno – bajó la cabeza apretando el puente de su nariz al escuchar la respuesta – ¡Me importa un carajo que tengas un dineral en esto! ¡No voy a ir! – perdió la paciencia en un instante – Bien, tú ganas, iré – se rindió, descansando su lánguido cuerpo bajo el umbral de brazos y piernas cruzadas – ¡Pero me la debes y recibiré el doble por esto, imbécil! – cortó, devolviendo el móvil a su lugar.

– Analizando tu expresión puedo decir que, no pudiste hacer nada, ¿Verdad? – tiró de ella para acercarla y darle un enorme abrazo de disculpa – Estaré bien, Gaia estará conmigo y tú sabes que los de la fraternidad le tienen terror, no va a dejar que se acerquen a mí – su hermana se convertía en una criatura muy violenta cuando bebía como un vikingo sin control – Recuerda lo que le hizo a uno de ellos la tarde que se fue de la casa y quiso pasarse de listo en el Valhalla – él tapó sus partes por mero impulso – Lo ves, nada pasará – rió al ver lo asustado que parecía.

– Esa enana es un demonio cuando se enoja – aferró su rostro con ambas manos para besarla con ganas – Pero sabe cuidar bien de ambas, me quedaré tranquilo sabiendo que estarás con ella y Evan – le apartó un rizo del rostro con delicadeza – No puedo creer que hayas aceptado estar conmigo después de lo que pasó en el cumpleaños de mi padre –

Le era irreal el tenerla entre sus brazos, pero después de muchas súplicas, humillaciones y luchar con la horrible tempestad que era su indomable carácter, al fin le dio la oportunidad que tanto anhelaba, aunque no fue para nada fácil. Le daría de comer a los mortales hasta que conociera a su diosa y así lo hizo, como le había prometido a su difunta madre.

– No sucedio nada que no tuviera que pasar – se escondió en su pecho dándole un enorme abrazo – Gracias por dejarme estar con ella, Lai –

Le estaría eternamente agradecida y jamás olvidaría lo que hizo ese día.

– ¿No se supone que Keilot asistirá contigo al cumpleaños de tu padre? – preguntó detrás de él sentada en la motocicleta que los llevaría a destino.

– Desde que tu hermana se fue, se ha convertido en un zombie y no puedo llevar a alguien con esa vibra tan oscura a mi casa – se detuvo debajo de un semáforo en rojo – La idea es pasarla bien y divertirnos, por esa razón, te llevo a ti –

– Tienes los conceptos muy equivocados si piensas que soy una persona divertida – el semáforo cambió y siguieron rodando por la avenida principal.

– No, pero todo es mejor cuando estás tú – ingresaron a la zona residencial de Thaum en cuestión de minutos – Sé que este barrio es un poco exagerado y excéntrico, pero no me representa en lo absoluto su estilo de vida – parecía nervioso por el simple hecho de llevarla allí – Tengo que advertirte que mi familia no es fácil de llevar – la mansión Row se encontraba muy lejos de la entrada – Mi padre cree que no existe un apellido mejor que el nuestro, al igual que su odiosa esposa – desaceleró, no quería llegar tan pronto – Ya conoces a Liam, con él no tendrás problemas – se detuvo un momento bajo la sombra de un árbol – Supuestamente, Lui no vendrá porque está en una misión, pero siempre llega tarde – resopló fuerte e imaginando lo que haría su hermano con ella – Él te examinará de pies a cabeza y te interrogará hasta el hartazgo, buscando algo que no le agrade y encontrando algún defecto en ti – sus ojos azules se veían encendidos – Solo sé concisa en todo lo que te pregunte y sobrevivirás – asintió, guardando toda información en su mente – Por último, Lucke intentará sacudirse para que caigas en su juego – correría sangre si intentaba pasarse de listo con ella – A él te sugiero que lo ignores, ya que se pone muy intenso cuando una mujer tan hermosa como tú le sigue la corriente –

– Entendido – afirmó sin titubeos – ¿Y que hay de Lue? – un pequeño brillo de ilusión se percibió en su mirar al decir ese nombre – ¿Ella cómo es? ¿Cómo debo tratarla? – buscó algo en el interior de la mochila que cargaba en su espalda – ¿Crées que le agraden estos dulces? – le enseñó una enorme bolsa en su interior – También le traje este peluche, ¿Le gustará? – levantó una bolsa de regalos que cargaba en su otra mano – Yo lo veo un poco soso, ¿No te parece? –

– Estoy seguro de que le encantará – aseguró con una enorme sonrisa – Ella es adorable y no tienes que preocuparte por caerle bien, porque estoy seguro que lo harás – le apartó un pequeño rizo del rostro con una cálida caricia.

– Eso espero – susurró por lo bajo y apretando entre sus brazos esa enorme bolsa de papel que llevaba – Continuemos, ya quiero conocerlos a todos – volvió a la realidad cuando encontró su mirada – Suenan un poco locos, pero estoy segura de que serán maravillosos –

La mansión Row era tal cual la había imaginado, grande, lujosa, inmaculada e imponente, al igual que la familia que rondaba en su interior. Los hijos de la casa eran tan diferentes como sus nombres propios. Liam y Lai, eran el día y la noche, el hermano mayor y el menor que sólo compartían el color de ojos. Lucke era risueño, descarado, desfachatado y tatuado hasta el alma, físicamente similar a Lai, pero con los ojos oscuros de su padre y el cabello castaño claro. Por último, su contraparte Lui, el más parecido en aspecto a su madre, rubio, ojos verdes cristalinos, alto y fuerte como un poste. Un verdadero hombre de guerra.

La pequeña Lue estaba ausente y llegaría tarde a casa, se encontraba en clase de violín y no tuvo la oportunidad de conocerla hasta el momento.

– Lai nos dijo que eres de Nuak – habló Ingrid, la señora de la casa, degustando la taza de té en su mano. – La capital es una ciudad muy hermosa y siempre tenemos la oportunidad de ir a pasar unos días allí en las vacaciones, ¿No, querido? – él asintió sin ser parte de la conversación, ya que se encontraba manteniendo una con su hijo mayor.

– En realidad… – se veía nerviosa, todos los ojos en ella podían verla temblar – Nací en Inghual, pero me crié con mi madre y mis abuelos en Nuak hasta los once años – no había probado bocado desde que llegó – Mi hermana, por otro lado, vivió en Zeón con mi padre hasta la misma edad –

– Es maravilloso – era una mujer bastante agradable, todo lo contrario a como la había descrito Lai – ¿Y viniste aquí por cuestiones de estudio? –

Cruzó las piernas, acomodando con delicadeza su largo vestido de fina seda en tono rosa pastel.

– Sí, señora – tomó su taza con las manos temblorosas – Gaia y yo, fuimos trasladadas como alumnas de intercambio – le dio un pequeño sorbo e intentando no derramar nada sobre su blusa o jeans – Sólo estaremos un año aquí y regresarémos a casa para graduarnos –

– No me habías dicho nada al respecto, preciosa –

Irrumpió en la conversación sin ser invitado. No le interesaba hablar con su padre o hermanos y es así que, se mantenía pendiente de todo lo que decía ella.

– ¿No lo hice? – habló confusa – ¿Qué extraño?, creí haberlo hecho– negó mirándola fijo – Bueno, sí, estaremos con Gaia aquí y ya dije el resto – apartó la taza de sus labios para dejarla sobre la mesita bajo sus pies – No creo que sea necesario repetirlo –

– No, claro que no y es bueno saberlo de esta manera tan poco impersonal, pero… – parecía molesto o abrumado, aunque intentaba disimularlo bien – Pensé que habíamos llegado a un punto de nuestra amistad que nos contábamos todo –

La atravesó con la mirada, perturbandola e inquietandola bastante. ¿Cómo un hombre con esas frías palabras podía afectarla tanto con su simple presencia? Era demasiado atractivo y como todos en su familia, pero él, con el cabello tan negro como la noche, tez tan clara como la nieve y ojos azules como el firmamento que ponían el mundo a sus pies, la hacían temblar.

– Hay muchas cosas que no sabés de mí, Lai – contestó sin bajar la guardia y removiendose un poco en su lugar – Como yo tampoco de ti –

– Sí, bueno… – rascó su nuca, tenía toda la razón – Pero… –

– ¡Mami! – el grito de su hermanita no lo dejó continuar – ¡Mami! ¡Papi! –

Apareció en la estancia como un un pequeño rayo de sol y regalando su intenso brillo a su paso. Era preciosa y muy diferente al resto de la familia, sus ojos eran almendrados, color avellana y largas pestañas, con una indomable melena rizada que le llegaba hasta más allá de la cintura. Un vestido blanco con pequeñas flores púrpuras ocultaban su cuerpo de niña y unas zapatitos de suelo negros la hacían adorable

.

– ¡Lue! – gritaron sus hermanos al unísono y siendo lanzada al aire por Lai que la cargó sin darle tiempo a nada.

– ¡Hermanitos! – era muy amada y adorada por todos, nadie podía negar que es la vida en esa casa – ¡Los extrañé! –

Juntó las mejillas con quien la cargaba en un enorme abrazo y como lo hizo con todos al llegar dándoles un beso.

– ¡Yo también a ti, hermosa! – besó todo su rostro haciéndola reír, eran muy unidos a pesar de la enorme diferencia de edad – Hay alguien que quiere conocerte – caminó hasta ella sin bajarla de sus brazos – Ella es Dea –

Sonrió al presentarlas, pero ella parecía ausente, como impactada o catatónica por algo que no esperaba ver.

– Hola – saludó levantando una de sus manitos – Es muy linda, Lai – ella abrió la boca y no dijo nada, las palabras se le atoraban en la garganta – ¿Es tu novia? –

Él río enternecido, al igual que sus hermanos. Esa era la pregunta que todos querían hacer al conocerla.

– No, es solo una buena amiga – se acercó a su oído para susurrarle un hermoso secreto – Pero estoy haciendo todo lo posible para que lo sea – le guiñó un ojo en complicidad, asintiendo al unísono.

– Dis… – tragó pesado dando un paso atrás – Dis…– carraspeo para acomodar su voz – Disculpen – parpadeó un poco y palideció – ¿Dónde está el baño? – miró a todos y cada uno de ellos de manera desesperada, quería huir de allí.

– ¿Te encuentras bien, querida? – la señora Ingrid se incorporó y caminó en su dirección cuando no respondió – El baño de servicio se encuentra al final del pasillo – señaló el mismo a su derecha – ¿Quieres que vaya contigo? – negó apresurada y con los ojos gigantes, caminando al lugar indicado sin decir nada o excusarse si quiera – Pobrecita – regresó a su sitio tomando a su pequeña en brazos – Parece que el viaje hasta aquí no le asentó muy bien – sus ojos viajaron al hijo menor de su esposo – Es una chica muy propia, Lai – él la observó indiferente, como cada mirada que le dedicaba a su persona – Cuídala bien – bufó sin ganas de dirigirle la palabra y fue tras ella.

– ¿Liam? – dijo Lui, cruzando una de sus típicas miradas que lo transmitían todo.

– Lo sé – no dijo más y entabló una nueva conversación con su progenitor.

– ¿Qué? ¿Qué saben? – Lucke, como siempre, siendo el hermano que jamás entendía nada.

– Ignorante – refunfuñaron y siguieron conversando con su padre.

Jamás, en toda su vida, un pasillo se había hecho tan largo hasta llegar al servicio. Ingresó precipitada y ahogada en su propia respiración. Se inclinó sobre el retrete y sin ningún tipo de decoro, devolvió lo poco que había en su estómago ese día.

– No estoy lista para esto – las arcadas eran incontrolables – Creí estarlo, pero no, me equivoqué – limpió sus labios con un pedazo de papel, descargo el retrete y tomó asiento a un lado con los ojos cerrados – No puedo ser tan patética – rió sin ganas al quedar en vergüenza ante toda la familia Row.

– ¿Preciosa? – la voz de Lai después de un tenue golpe en la puerta, la hizo despabilar de su agonía.

– Un momento, Lai –

Respondió débil y sin intentar incorporarse, sus piernas no la aguantarían si lo hacía.

– ¿Estás bien? – era evidente que no lo estaba, ya que tardó mucho tiempo en responder – Voy a entrar – la puerta se abrió y él quedó inerte en su lugar, mirándola con los ojos desorbitados – ¡Por todo el universo! – se precipitó hacia ella – ¡Estás blanca como un papel! –

– Lo siento – fue lo único que dijo cuando asió su rostro con cuidado – Dame un minuto y estaré bien, ¿Sí? – pidió, levantando un dedo al aire.

– No, claro que no – no sabía qué hacer – No te muevas de aquí – regresó apresurado a la puerta para asomarse fuera – ¡Liam! – gritó otra vez y regresó sus ojos a ella – ¡Liam! ¡Con un demonio! – gritó desesperado y en pánico – ¿¡Eres sordo o qué!? – la paciencia lo había abandonado en un instante – ¿¡Puedes traer tu curandero trasero aquí o tendré que ir a buscarte, imbécil!? –

– ¡Maldita sea! – exclamó a todo pulmón el padre de la casa – ¿¡Pueden tratarse bien por una vez en la vida!? –

Un trote se escuchó y él apareció en la puerta convertido en un atroz demonio.

– ¿¡Qué diablos te sucede, idiota!? – lo aferró con fuerza de su franela para matarlo, si es que eso era posible – ¿Acaso quieres morir hoy? –

Ella rió débilmente. Era evidente que el carácter de la familia Row se heredaba por línea paterna. Lai no respondió, sólo la señaló en completo silencio y desafiando a su hermano con los mismos ojos.

– Entra y cierra la puerta – ordenó al soltarlo y verla sentada en el suelo tan pálida como un cadáver – ¿Qué te sucedió? – se hincó de cuclillas tomándole el pulso y mirando el reloj en su muñeca para contar sus pulsaciones – ¿Comiste algo antes de venir aquí? – asintió en silencio – Bien – la analizó con ojo clínico – Parece que has tenido una impresión muy fuerte, pero pronto te repondrás – se incorporó sin apartar la mirada – Él no lo sabe, ¿No es así? – apuntó a su hermano sin siquiera mirarlo.

– ¿Saber qué? – pronunció el implicado sin comprender nada – ¿De qué hablas, Liam? – su mirada aún seguía en ella.

– Eres tan ingenuo, hermanito – negó con la cabeza y palmeando su espalda con lástima – Te dije que ella te traería problemas – le apartó su mano de un golpe.

– ¡Déjate de juegos, Liam! – lo señaló, ya estaba harto de sus insinuaciones o juegos de palabras – ¿Puedes decirme qué diablos está pasando aquí? – su dedo viajó de uno a otro, imaginando lo peor y como era un hábito cuando se trataba de ella – No me digan que ustedes… –

– ¡Ni se te ocurra terminar esa oración, Lai! – advirtió tajante – Mírala bien y analiza la situación que acaba de desplegarse en nuestra estancia – puntualizó tan hastiado como él – Mira su boca, sus ojos, su cabello y dime a quién se parece – así lo hizo, analizó cada rasgo y facción de ella.

– No puede ser – habló sin aliento y sosteniéndose del lavamanos detrás – Lue – murmuró y ella rompió en llanto sin poder contenerlo un minuto más – Tú eres la madre biológica de Lue – asintió desarmándose en lágrimas, la verdad saldría a la luz esa tarde.

El tortuoso silencio dentro de la estancia no la dejaba respirar, se asfixiaba bajo el yugo de su propia culpa. La realidad la aplastó de golpe, sin anestesia, le había ocultado la verdad a él y a todos, pero ahora era absurdo seguir escondiendola como lo había hecho. Era la madre biológica de una pequeña niña de casi seis años y ahora, por crueles circunstancias del destino, volvía a estar con ella después de dejarla atrás.

– Dea – levantó la mirada cuando el hombre sentado frente a ella le habló – Todos y cada uno de nosotros, no estamos aquí para juzgarte – él tenía las mismas facciones que Lai, sólo que más duras y afectadas por los años – Nosotros adoptamos a Lue hace casi cinco años y cuando era apenas una bebé – le dio un sorbo al whisky en su mano – Lo hicimos en uno de los orfanatos gestionados por el Convento de la Cruz en la ciudad de Nuak y al conocer que Íngrid no podía tener hijos –

Su esposa se mantenía seria y firme a su lado, con la mirada agobiada y cargada de angustia al tener a la madre biológica de su pequeña allí.

– Sí, lo sé o al menos, lo supuse – todos los ojos estaban fijos en ella y se apartó el cabello del rostro al sentirse nerviosa al extremo – Yo fui quién la dejó allí cuando nació –

– ¿¡Qué es lo que quieres de nosotros!? – Lui tomó la palabra golpeando la mesa frente a él con un puño – ¿¡Dinero!? – su movimiento fue tan rápido que, ella dio un pequeño brinco en su lugar del susto – ¿¡Eso es lo quieres!? – se incorporó de golpe cuando no dijo nada.

– ¡La tocas y me olvidaré que eres mi hermano, Lui! – Lai se interpuso en su camino, al igual que Lucke cuando dio un paso al frente, mientras Liam lo contenía de un hombro – ¡No voy a permitir que la trates como te dé la gana! – lo golpeó en el pecho con un dedo cruzando miradas – ¡Ella no es una criminal, una ladrona o lo que se te cruce por esa cabeza de perro del ejército que tienes! – era tan alto y fuerte como él, pero aunque su hermano lo hiciera morder el polvo, le daría una buena pelea – ¡Cierra tu maldita boca y déjala terminar! – volvió a su lugar cuando su padre asintió de acuerdo – Gracias – regresó hasta ella hincándose a sus pies, para aferrar sus manos y transmitirle paz – Tranquila, preciosa – le apartó una lágrima que caía por su mejilla con un pulgar – Estoy aquí y puedes hablar con calma, yo te defenderé de estos idiotas, lo juro – rió entre sollozos y limpiándose el rostro con el dorso de sus manos.

– Lo siento, les juro que desconocía que Lue era parte de su familia – sus labios no dejaban de temblar – Conocí a Lai de pura casualidad en la universidad y no me atreví a revelarle la verdad sin estar segura que era ella – miró a la señora Íngrid a los ojos – Existen muchas niñas que se llaman igual y no podía precipitarme al respecto –

– Lue es un nombre muy hermoso y particular, querida – movió la cabeza en total acuerdo – ¿Tú se lo diste? –

– Sí – respondió ahogada – Significa alma en sánscrito – cerró los ojos y exhaló profundo para dejar de llorar – Era parte de mí, de mi alma y tenía que dejarla ir, darle un nombre era lo único que podía hacer por ella en ese entonces – les enseñó las manos vacías al recordar aquel momento – Dos años antes de terminar la preparatoria, mi hermana Gaia empeoró del corazón y mis padres al no poder cuidar de mí, me enviaron a Nuak a la casa de mis abuelos para continuar con mis estudios en un colegio pupilo – era la primera vez que hablaba de eso en años – Estaba sola, triste y mis padres me habían alejado para cuidar de mi hermana que se estaba muriendo – sus ojos se veían llenos de nada – No la odio y jamás lo haría, pero yo también los necesitaba y me enviaron lejos completamente sola, se olvidaron de mí – apretó con fuerza las manos que las sostenían – Y en ese momento, lo conocí a él –

– ¿El padre de Lue? – preguntó obvio y con sus ojos azules hundidos en los de ella.

– Sí, el padre de Lue, mi profesor de música y violín del pupilo en dónde estaba –

– Él se aprovechó de ti – aseguró el mayor de los hermanos y ella negó sin pronunciar palabra – Eras una niña de no más de 16 años, estabas sola, vulnerable y desorientada, cualquier hombre de bajos escrúpulos hubiera jugado todas sus cartas para estar con alguien como tú –

– Liam, ¿Qué diablos acabo de decir? – pronunció Lai apretando los dientes y dándole la espalda.

– Bien, lo siento – cruzó los brazos desviando la mirada.

– No sé porque lo hice, él tenía esposa e hijos – se sentía muy avergonzada al confesarlo en voz alta – Pero me ofreció un hombro en donde llorar y no sentirme tan sola – llevó ambas manos a su vientre – Oculté el embarazo por meses y meses, hasta que no pude más y una de mis compañeras me encontró en el baño, cubierta de sangre y luchando con fuerza para pujar – sus palabras les inundaron el pecho y los hizo derrumbar, la imagen en sus mentes fue desgarradora – Ella nació allí, las monjas me ayudaron con el parto y aunque fue algo difícil, cuando la sostuve entre mis brazos era lo más hermoso que había tenido nunca y me sentí feliz, como pocas veces me había sentido antes – acunó sus brazos vacíos – Ella era mía y yo era suya, pero no podía quedarmela –

La señora Íngrid lloraba en silencio, casi tanto o más que ella y apretando la mano que le ofrecía su esposo como consuelo con los nudillos blancos.

– Un bebé es solo un bebé, me dijo la Madre Superiora – le enseñó las palmas de sus manos cargando con un pequeño cuerpo que no estaba – Y tú eres una niña, no sabrás qué hacer cuando regreses a casa – cerró sus ojos una última vez – Así fue como la dejé ir, llorando más que ella y ocultando su inocente existencia al mundo – finalizó con su triste historia, su doloroso relato y destruyendo los corazones de todos con esas palabras – Yo… Yo…– tartamudeó, después de limpiar su nariz y continuar con sus párpados – Yo no quiero alejarla de ustedes, ella es feliz y no voy a desestabilizar su mundo – se adelantó a cualquier posible réplica que pudiera recibir – Llegué aquí porque el destino lo quiso, jamás la busqué, pero nunca la olvidé y eso es algo con lo que estoy aprendiendo a vivir todos los días al levantarme de la cama – se oía sincera y mucho, nadie podía contradecir lo que salía de su boca – Lo único que quiero y si ustedes me lo permiten, es pasar un tiempo con ella, formar un recuerdo y no me importa que sea un instante, pero sólo de las dos –

Todo fue silencio, nadie dijo nada, la decisión era muy difícil de tomar cuando se trataba de la pequeña adoración de la casa.

– Desde que adoptamos a Lue…– escucharon con atención a la señora de la casa, que no podía dejar de llorar – Mi peor pesadilla siempre fue que su madre regresara a su vida y la arrebatara de mis brazos al ser un ser sin corazón – se incorporó, nerviosa y tambaleante producto del llanto – Pero ahora te veo a ti…– aferró cada uno de sus brazos al llegar a ella – Tan llena de amor y anhelando que sólo sea feliz con todas las personas que la aman que, jamás en la vida se me ocurriría no compartir a nuestra pequeña contigo –

La abrazó para que llorara en su hombro como tanto lo había deseado desde que comenzó narrarlo todo.

– Gracias – disfrutó del abrazo y las caricias recibidas en su cabello – Gracias a todos – el llanto se detuvo entre hipitos, ahogos y suspiros, ya no tenía sentido seguir derramando lágrimas en vano – Lai es un mentiroso, usted no es tan mala como me lo hizo creer, señora Íngrid – lo hundió, al separarse de ella.

– Es que eso tiene otra historia, querida – le estiró uno de sus hermosos rizos con ternura – Él no soporta que su joven madrastra sea encantadora con todas sus citas y por esa razón, inventa todas esas historias locas sobre mí –

– ¡Íngrid! – reclamó como un niño, dándole un fuerte pisotón al suelo – ¡Me prometiste que no dirías eso! –

– Silencio, cariño – era muy dulce y maternal al dirigirse a ellos – Estoy hablando – chasqueó los dedos y sus hermanos lo rodearon – Llévenselo de aquí, tenemos que planear la próxima fiesta de cumpleaños de Lue y no quiero intromisiones – ordenó con firmeza pero como todo una dama.

– ¡Sí, madame! –

Lo sacaron de la estancia entre forcejeos, gritos y empujones. Lai era fuerte, pero los tres juntos, lo eran mucho más.

– Bien – se incorporó, ajeno al escándalo de sus hijos – Las dejaré solas, llevaré a Lue por nuestro helado de cumpleaños de todos los años – se detuvo al pasar a su lado – Bienvenida a la familia, pequeña hechicera – fue lo último que dijo y cerró las puertas al salir.

– ¿Pequeña hechicera? – repitió confusa y mirando a la mujer que la acompañaba.

– Sí, pequeña hechicera – tomó asiento en el lugar que previamente ocupó su esposo – Mis hijos dicen que tú eres una hechicera que embrujó el tieso y frío corazón de nuestro Lai – asió libreta y pluma en mano – Muy bien, a nuestra pequeña le encantan los violines y los dulces, podemos organizar una hermosa fiesta con eso –

Apuntó y ella limpió otra lágrima que escapó, sería el primer cumpleaños que le organizaría a su hija.

– Dea – el chasquido de dos dedos frente a su cara la hicieron regresar – Dea, preciosa – se oía preocupado y muy asustado – Mi amor – se encontró con sus ojos de golpe – ¿Estás bien? – la aferró de los hombros inclinándose a su altura – Hace más de quince minutos que estoy hablándote y no respondes – enrojeció cual manzana al sentirse una tonta y divagar sola por su mente.

– Lo siento – mordió su lengua con culpa – Pero estaba pensando en el cumpleaños de Lue – él sonrió de oreja a oreja como un encantador psicópata.

– No te preocupes, preciosa – la cargó por debajo de los brazos para levantarla sobre su cabeza y contemplarla – Ingrid y tú harán una fiesta espectacular, estoy seguro – la sentó en su antebrazo como si fuera una niña – Todo es mejor cuando estás tú – besó sus labios en un pequeño impulso – Por cierto, hoy vendrás en la noche al Círculo conmigo – la bajó al suelo sin dejarla replicar – Y después de allí, iremos a la fiesta de la fraternidad – subieron a su motocicleta y retornaron camino a casa.

Las carcajadas eran contundentes y cada rincón del apartamento vibraba por sus risas. La comedia que miraban todas las tardes desde que se conocieron, era grandiosa y no podían dejar de reír. Teorías científicas, algoritmos matemáticos y chistes muy fuera de contexto, como cada uno de sus personajes hilarantes, llegaban a las pantallas chicas de los hogares en horario estelar.

– Keilot – recostó la cabeza sobre su regazo comiendo palomitas de un tazón sobre su abdomen – Ráscame la cabeza – escupió todo lo que tenía dentro de la boca al reír – Lo siento – se incorporó de golpe y golpeándose el pecho para dejar de toser – ¡Pero Sheldon está loco! – bebió de la soda que llegó a sus manos – Gracias – volvió a recostarse en él.

– Él me recuerda a alguien que conozco muy bien – se inclinó un poco para enfrentar sus ojos – ¿A ti no? – seguía acariciando su cabeza enternecido.

– ¿Sí? – metió más palomitas a su boca – ¿A quién? – lo miró pensando en su silencio – ¿A mí? – le arrojó palomitas al rostro haciéndolo reír – Yo no soy como Sheldon, me halaga, pero no soy así – negó con la cabeza de un lado a otro con semblante obvio.

– Sí, lo eres – le apretó las mejillas con los dedos para jugar con sus labios – Eres una controladora insoportable, no te abstienes a explicar términos que nadie te pidió y relacionas todo con el mundo de la ciencia – se acercó unos centímetros más – Eres Sheldon –

La soltó y sus ojos quedaron prendados por mucho tiempo, sin más nada que decir, se habían extrañado terriblemente y ahora, al estar juntos otra vez, podían verlo.

– Keilot… Yo – llevó una mano a su mejilla, hipnotizada por el profundo verde de sus únicos irises – Te extrañé mucho y… – ahora ella se acercó, acortando muchísimo la distancia y casi rozando sus narices – Y…– el timbrar de su teléfono no le permitió continuar – Me lleva – murmuró entre dientes y él regresó a su lugar inicial fingiendo que nada pasaba – Hola – rascó su frente al sentirse nerviosa y escuchando a la persona del otro lado.

– Ah, hola Black – miró a su amigo de reojo cuando frunció el ceño y una pequeña, pero disimulada sonrisa burlona, apareció en sus labios – Lo siento, olvidé completamente que hoy me encontraría contigo despues de clases – tomó asiento cruzando las piernas, tirando la cabeza hacia atrás y apretando sus ojos al recordar su compromiso previo – Si me das unos minutos, estaré contigo en donde habíamos quedado – se levantó del sofá con un pequeño envión – Perfecto, en media hora estaré ahí – cortó, levantó su mochila del suelo junto a la puerta y la abrió – Me tengo que ir – lo miró con culpa y moviendo los brazos en vaivén – Pero olvidé que tenía un asunto pendiente el día de hoy – exhaló cansado, apagando la televisión y acompañándola a la salida.

– Sí, eso oí – descansó junto al umbral de brazos cruzados – ¿Black? – inclinó la cabeza por su tono de reproche – ¿Black Gardner? –

– Sí, ¿lo conoces? –

Acomodó la mochila en su hombro, parecía molesto y si no lo conociera bien, diría que estaba celoso. Pero era algo imposible, se trataba de Keilot, su mejor amigo desde que llegó a ese lugar y un hombre eternamente enamorado de Megan, su amor de toda la vida.

– Yo conozco a todo el mundo, bonita – tocó su cabello con un dedo, era sedoso y suave – Es el presidente de los Stabber, la fraternidad que promueve, auspicia y solventa los gastos de las luchas en el Círculo – desconocía por completo ese detalle – ¿Desde hace cuánto que se conocen? – preguntó interesado y sin cambiar de actitud.

– Es el ayudante de cátedra en química biológica y nos caímos bien, salimos hace un par de semanas con otro grupo de amigos a tomar unos tragos – comprobó la hora en su celular y otra vez llegaba con retardo – Lo lamento, pero tengo que irme – se despidió con dos dedos en la frente y él igual – Nos vemos esta noche, Keilot –

Descendió a trote las escaleras, pero una mano la detuvo de un fuerte tirón, la había seguido y no se percató de cuando lo hizo. Era muy rápido y atlético, a pesar de su imponente tamaño.

– Si te toca… – pronunció sombrío y la voz enronquecida, apuntándole con un dedo a la cara – Ten por seguro que mañana no verá la luz del día – soltó su agarre y ella retrocedió unos pasos, aturdida.

– Keilot – susurró casi inaudible, pero se recompuso – ¿Qué te ocurre? – él la aterraba cuando la miraba de esa manera.

– Lo mataré y lo haré sin remordimientos si te pone una sola mano encima –

Definitivamente, estaba furioso y no podía controlarlo. Jamás lo había visto en ese estado, siempre se mantenía estoico e imperturbable, pero ese día no era el caso.

– Estás loco – giró sobre sus talones y comenzó andar para alejarse de él – ¡Keilot! – la cargó sobre su hombro para regresar a la casa a paso furioso – ¡Bájame! – lo golpeó en la espalda para que la bajara, pero no había caso, era muy fuerte – ¿¡Cuál es tu maldito problema!? –

Abrió la puerta de una feroz patada y siguió camino a la habitación. La había secuestrado en contra de su voluntad.

– ¡Tú eres mi problema! –

La arrojó a la cama como si fuera nada, cerró la salida con el pie, arrojándose encima y sometiéndola por los brazos por encima de la cabeza.

– ¡Tú! ¡Desde que llegaste a este lugar me convertiste en un demente! – hiperventilaba, no podía hilar palabras con claridad – ¡Te tengo aquí día y noche! – apuntó a su cabeza – ¡Y aquí! – llevó una mano al pecho para sentir los latidos de su desbocado corazón que quería salirse – No sé que tienes, no sé qué me hiciste…– confesó, acariciando con el pulgar sus carnosos labios – Pero cuando estoy contigo me olvido de todo, me siento feliz y dejo de pensar en Megan, algo que pensé que jamás pasaría desde que ella se fue –

No dijo nada, desvió la mirada en otra dirección y aplacó el llanto que le cortaba la respiración.

– ¿Por qué estás diciendo todo esto? – no quería mirarlo, si lo hacía, caería en el encanto de sus bellos ojos.

– Porque soy egoísta, siempre lo fui y no voy a dejar de serlo – cerró los ojos y se derrumbó sobre ella para ocultar su cara al mundo – No quiero que te vayas con él, quiero que estés conmigo – besó su mejilla por un instante, pero convirtiéndolo en algo eterno – Te extrañé como un loco, Gaia – levantó la mirada, adorandola – No te vayas, quédate conmigo, por favor – separó sus labios con una simple caricia – Por favor…– la distancia era mínima – Quédate – juntó sus bocas y no supo más, se entregó a él en cuerpo y alma.