Más de un mes había pasado desde que Keilot y Gaia comenzaron a tener ese "algo" que aún no podían explicar. Más de un mes desde que Dea se reencontró con su hija Lue a la cual abandonó hace seis años atrás y más de un mes desde que Lai se había convertido en el hombre más feliz del universo. Todo era perfecto, nada malo podía pasar pero, la suerte aún, no había mostrado su peor cara.
— Cántame una canción, bonita — se encontraba sobre ella escuchando los latidos de su corazón.
— ¿Una canción? —
Habló confundida, acariciando su espalda con la punta de los dedos y ambos tendidos sobre la cama. Esa tarde el calor era insufrible.
— Sí, una canción — levantó la mirada para cruzarla con la suya.
— Yo no canto si no es bajo el efecto del alcohol, Keilot —
Hizo un adorable mohín por puro capricho, un gesto que había adquirido de ella.
— Por favor — le acarició los labios con su pulgar — Sólo una y no te molestaré más — inclinó la cabeza hacia atrás dándose por vencida.
— Bien, pero no te rías — juntó las cejas en advertencia.
— Jamás lo haría — volvió a recostarse en su pecho — Cántame una canción — repitió como un niño adormecido, cerrando los ojos.
— Desde la infancia devoción de amor emanaban…— entonó por lo bajo, casi en un susurro — Almas unidas que la enfermedad separaba… — descansó una mejilla sobre su cabello — Dos vidas mermadas, en soledad… — la letra era muy triste — Se aman, se miman y sin poderse rozar — observó la fotografía sobre la mesa de noche de la mujer que él tanto amó con ojos nostálgicos.
— Bebes recuerdos, afloran los tiernos momentos y en tus sueños hablas con él sobre un reencuentro… — parecía que la canción había sido escrita para ambos — No temas, no llores, me encuentro bien — él comenzó a dormitar sobre ella, escuchando su exclusiva canción de cuna — Mí vida, tranquilo, cada noche yo vendré… — inspiró profundamente y se aferró a él con fuerza.
— Mientras recorro los ríos, los valles, los cielos, las nubes y los siete mares… — desvío la mirada hacia el buró, encontrándose con otra fotografía de ella que no había visto antes — Seguiré por ti esperando, ¡Mi vida no llores que te estoy mirando! — esa habitación era un mausoleo para su persona — Hago castillos de arena en la luna, dibujo sonrisas en nuestra amargura…— tenía ganas de llorar, todo alrededor eran recuerdos de Megan — Relatos de mis suspiros que en la medianoche compartiré contigo…— sostuvo las lágrimas, al igual que la angustia que la mataba — Compartiré contigo —
Terminó y él se quedó dormido escuchando su triste corazón. Le dolía el hecho de no ser tan amada como ella y nunca lo sería.
No entendía el porqué estaban allí y bajo qué condiciones había accedido a asistir a un lugar como ese, pero no había oportunidad de retractarse, no había marcha atrás y ahora, se encontraba aferrada a una soga para lanzarse a esas frías aguas dónde él la esperaba.
— ¡Tírate ya, maldita sea! — gritó empapado de pies a cabeza y con el agua a la altura de la cintura — Lo siento, preciosa, lo siento — se apartó el cabello hacía atrás que escurría sobre sus ojos — ¡Tírate ya! —
— ¡Por todos los infiernos, Lai! — estaba histérica, como también aterrada — ¡No sé nadar! — se aferraba a la soga como si su vida dependiera de ello — ¡Y si muero será tu culpa! —
— ¡Nada va a pasarte, amiga! — exclamó Evan sobre los hombros de su novio — ¡Nosotros estamos aquí! —
— ¡Me arrepiento inmediatamente de esta decisión! —
Tomando coraje de sólo los dioses saben dónde, se arrojó al río por la soga desde la orilla y sumergiéndose en el agua como una roca al caer. Habían decidido ir a pasar un día de campo con Evangeline y Logan, terminando nadando en las orillas del Río Rojo sin que ella supiera hacerlo.
— Te dije que nada iba a pasarte — Lai la sacó del agua como un perrito mojado al sentarla sobre uno de sus brazos — ¿Estás bien? — le apartó el cabello mojado del rostro, no podía dejar de toser.
— Creo que me tragué un pescado — golpeó su pecho por última vez — ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así? —
— No lo sé — se acercó más a ella — No me había percatado del color extraño que tienen tus ojos a esta hora del día —
Los enfrentó con los suyos e invadiendo en demasía su espacio personal. Aunque se veía increíble y todo un Adonis con ese traje de baño azul profundo que combinaba con sus ojos, no tenía en claro los conceptos del espacio privado.
— ¿Por qué siempre dices cosas tan extrañas? — pateó al aire al sentirse incómoda — Ni se te ocurra soltarme — se aferró a su cuello como una lapa — El agua llega a tu cintura y estoy segura de que a mí me llegaría al cuello, moriré — no iba a soltarlo así el universo estalle.
— Sobrepasas mi barbilla, no te ahogarás — la dejó en pie — Además, es tiempo de que alguien te enseñe a nadar — la invitó a hacerlo, pero negó con la cabeza, quería salir del agua en ese instante.
— No es necesario — no quería soltar su brazo por nada del mundo — Aprenderé a nadar en línea y el conocimiento es transferible — chilló un poco cuando algo rozó su pierna — Cuando los casquetes polares desaparezcan dentro de 50 años, estaré preparada —
— No pretendo estar vivo en ese entonces y tendrás que aprender a nadar — la cargó en sus brazos para caminar a la orilla — Al menos que nuestros hijos te enseñen y yo podré descansar en paz desde la tumba —
— ¿Tú pretendes tener hijos conmigo? —
La sentó con cuidado sobre la lona de playa y la rodeó con una toalla para abrigarla del frío.
— Sí, unos quince, más o menos — le fregó los brazos con fuerzas y sonriendo como un idiota.
— ¿¡Quince!? —
Exclamó impactada y escuchando los gritos divertidos de su amiga Evan desde el río.
— Sí, nadie dijo que serían todos productos de tu vientre — se recostó sobre sus piernas para besarle esa zona, su traje de baño era perfecto y le quedaba como un guante — ¿Crees que Gaia esté dispuesta a alquilar el suyo?, Parece tener fuertes caderas y un interesante vigor, podría sernos útil — sus ojos azules centelleaban como zafiros.
— Mejor cambiemos de tema, ¿Sí? — le acarició el cabello con cuidado — Casi terminan las vacaciones de verano, ¿Mañana podremos ir a ver a Lue? —
— Sí, iba a ser una sorpresa pero, Íngrid y papá tienen que viajar a Nuak este fin de semana, me preguntaron si podíamos ir a cuidar de ella y dije que sí — estiró una mano hasta su mejilla al verla sonreír — Lucke tiene encuentro de tatuadores y ella estará sola en casa, así que, no tienen otras personas confiables más que nosotros —
— Por mí no hay problema, le tendré que avisar a la tía Sarina para que cubra mi turno en Valhalla y podremos ir sin problema — envío un mensaje de texto en ese mismo momento.
— Sabía que esto te haría muy feliz —
Cerró los ojos y disfrutó de los rayos de sol sobre su rostro. No podía pedirle otra cosa a la vida que estar junto a ella.
El sábado llegó, su hermana y Lai emprendieron viaje a la mansión Row para cuidar a la pequeña Lue desde temprano, mientras ella retozaba desnuda sobre el colchón de esa cama, boca abajo y los ojos fijos en la imagen de Megan sobre el buró.
— ¿Cómo puedo odiarte tanto? — habló a la nada sin apartar la mirada de ella — Estás muerta y no eres un peligro para mí — su corazón se inquietó y la puerta se abrió.
— Buenos días, bonita — saludó con una enorme sonrisa y cargando con la bandeja del desayuno, su abdomen tonificado era la envidia de los mortales — ¿Dormiste bien? — asintió con un simple movimiento, fregando sus ojos y cubriendo su pecho desnudo con las sábanas — ¿Segura? — tomó asiento en la cama y tocó su frente con la palma — Te ves muy pálida — besó su frente para comprobar si tenía fiebre y no era así, estaba bien — ¿Qué te ocurre? — jamás la había visto así.
— Estuvimos toda la noche haciendo… — tomó una taza de café humeante para soplarlo con fuerza — Tú sabes — no quería ser muy específica al respecto — Es normal que me vea cansada después de pocas horas de sueño —
— Lo siento — besó sus labios por impulso — Pero tú me encantas — confesó, bebiendo de la misma taza que ella — Y no puedo dejar de besarte o tocarte ni aunque te niegues —
Colocó correctamente el portarretratos en su lugar, que había dejado boca abajo la noche anterior.
— Cambiaste la fotografía —
Sonrió apenas y sin ganas de hacerlo, últimamente fingía todas las sonrisas cada vez que hablaban de ella.
— Sí — lo tomó entre sus manos y la contempló — Es una de sus últimas fotografías, se la tomaron en una sesión de modelaje para la firma de ropa en la que trabajaba — miró de una a la otra — Un día tendría que llevarte a ti, quizás tengas suerte, eres muy bonita y podrías trabajar para una firma de modelos como lo hacía ella — escupió el café en su boca al oírlo.
— Yo no soy como Megan, Keilot — limpió sus labios con una servilleta de papel y dejando todo a un lado al perder el apetito — Es más, soy su antítesis, ella era alta y esbelta, su cabello era negro y caía como una cascada tras su espalda, sus ojos eran preciosos y de un color azul muy bello — pidió que le entregara el retrato para sentirse tan miserable como siempre lo hacía al compararse con ella — Jamás sería tan perfecta, no le llego ni a los talones — lo dejó en su lugar y se incorporó cubriendo su desnudez con una camisa a sus pies — Iré a ducharme, en unos minutos regreso — habló tan cortante y molesta consigo misma, que no se atrevió a mirarlo al salir.
— Gaia — se detuvo bajo el umbral sin siquiera voltear — ¿Estás enojada conmigo por lo que dije? — la conocía tan bien, que podía leerla a kilómetros.
— No — apenas y volteó a verlo — No puedo enojarme contigo si no hiciste nada malo para que eso suceda — la sonrisa en su rostro era tan falsa que lo atravesó.
— ¿Y entonces? — se incorporó y se acercó con cuidado para que no huyera — ¿Por qué cada vez que sonríes cuando hablamos de Megan, siento que no eres sincera como antes? — la detuvo colocando un brazo en la puerta y cerrándole la salida.
— No lo sé — rascó su frente al sentirse nerviosa — Será porque no me gusta que me compares con ella o quizás, porque las cosas entre nosotros han cambiado tanto que, no me siento cómoda cada vez que tocamos el tema — tenía que decirlo o él insistiría en el asunto todo el día.
— Comprendo —
Se alejó algo aturdido, no se había percatado de ese hecho en absoluto y lo mal que la hacía sentir al respecto.
— No me malentiendas — intentó tocarlo con las manos al verlo retroceder pero se detuvo — Es sólo que, creo que estoy empezando a sentir cosas por ti y eso me confunde — movió los brazos en vaivén, ya que se veía impactado e inerte.
— Momento — levantó un dedo al comprender sus palabras — ¿Acaso estás diciendo que estás enamorada de mí? — llevó las manos detrás de su nuca sin poder creerlo.
— Quizás…— bajó la mirada al suelo balbuceando incoherencias — No lo sé…— rascó su frente sin saber que decir — Tal vez, esté un poquito enamorada de ti —
Marcó una mínima distancia entre su dedo índice y pulgar, cerrando un ojo al dar la respuesta.
— ¡Eso es suficiente para mí! — corrió hasta ella para cargarla sobre su hombro y sacarla fuera de la habitación, sin que se lo esperara — ¡Te prometo que nunca más volveré a compararte con Megan, bonita! — la estaba llevando con él al baño, abriendo la puerta de un fuerte empujón y dejándola en pie bajo la ducha — Porque yo también…— abrió el grifo empapandola integra — Estoy enamorado de ti — se introdujo bajo el agua con ella al sostener su rostro con ambas manos — Y a partir de hoy, serás la única mujer que ocupe mí mente día y noche, lo juro —
Unió sus labios en un húmedo, mojado y erótico beso que la hizo flaquear. Ese hombre sabía amar y cada vez que lo hacía con ella, la arrastraba al límite de la locura sin tener contemplaciones.
— ¡Dea! — se arrojó a sus brazos al verla bajar de la motocicleta de su hermano — ¡Te extrañe mucho! — juntó sus mejillas en un cálido abrazo.
— ¡Y yo a ti, princesa! — besó su rostro como sólo una madre podía hacerlo — ¡Te extrañé! — la miró a esos ojos tan iguales a los de ella — ¡Estás tan grande! —
— ¿La tía Gaia no vino contigo hoy? —
Preguntó feliz y emocionada de volver a verla. Su hermana y esa pequeña, se habían conocido en su fiesta de cumpleaños hace unas semanas atrás, y como si el destino no fuera tirano, desde el primer momento en que la vió comenzó a llamarla así, tía Gaia.
— No, mi amor — la bajó al suelo acomodándole el vestido con delicadeza — Pero te manda muchos besos y abrazos — se inclinó de cuclillas a su altura — ¡Y esta enorme bolsa de dulces! — extrajo la misma desde el interior de su mochila.
— ¡Sí! — se la quitó de un tirón y corrió al interior de la casa — ¡Mami! ¡Papi! — sus padres iban de camino a la entrada para recibirlos, pero ella se les adelantó — ¡Miren lo que me regaló la tía Gaia! — levantó la bolsa hacía ellos con su pequeño bracito.
— Eso está muy bien, cariño — su madre le acomodó en cintillo sobre sus largos rizos — Pero nada de dulces antes de la cena —
— ¡Aaaawww! — se lamentó con ojos brillosos — ¿Y después? — refutó como la niña lista que era.
— Sí, pero sólo tres — su padre le pellizcó la nariz con los dedos — Anda, ve a la cocina para que Selene los guarde en la alacena por ti y tus hermanos no los encuentren —
— ¡Sí! — la perdieron de vista como un pequeño vendaval andante.
— Ese monstruo es adorable — su hermano río al verla correr hacia la cocina — Buenos días padre — saludó serio y sumamente respetuoso, pero con una sonrisa socarrona en sus labios — Hoy te ves tan miserable como siempre, Íngrid —
Llevó las manos a los bolsillos de sus pantalones y fingiendo que nada había dicho después de ese comentario tan fuera de lugar.
— ¡Lai! — su novia lo reprendió con un fuerte manotazo en el brazo — ¡Por todos los dioses! ¡Eres un descarado! — moría de pena y quería que la tierra la tragara en ese instante — ¡Discúlpate ahora con la señora Íngrid! — ordenó sin derecho a réplica.
— Tú siempre tan bromista conmigo, mi niño — apretó sus mejillas con fuerza hablándole como si fuera un bebé — Te conozco desde que tienes diez años y tus hirientes comentarios ya no me afectan, corazón — besó su frente en un gesto maternal — Tendrás que cambiar de táctica para que deje de hacer esto en público — lo abrazó tan fuerte que parecía asfixiarlo — Y no demuestre todo lo que te quiero a los demás —
— No entiendo nada — murmuró perpleja junto al hombre de la casa.
— No tienes porque entender, pequeña — miraba en la misma dirección que ella — Ellos siempre fueron muy unidos, pero desde que Lai ingresó a la universidad y tuvo una horrible pelea con uno de sus compañeros al decir que su madrastra era la mujer más sexy del mundo, las cosas cambiaron — negó con la cabeza en un gesto divertido — Ella tuvo la grandiosa idea de acompañarlo el primer día de clases y bueno, tú podrás imaginarte el resto —
— Dioses, sí, puedo hacerlo claramente — tenía la misma expresión que él — Lai adora a Íngrid, sólo que no sabe cómo manejarlo —
Eso era completamente comprensible, con ella también había pasado lo mismo. No se le hacía bien expresar sus emociones y sentimientos en público.
— Exacto — chasqueó los dedos y giró a verla — Lai amó mucho a su madre, como todos mis hijos y su muerte lo cambió para siempre, él era el más unido a ella — su esposa seguía aferrada a él y sin querer soltarlo, lo adoraba y todos podían verlo — Pero al llegar Íngrid a nuestras vidas, un poco de ese dolor mermó…—
— Padre — rogó asfixiado y estirando una mano para que lo ayudara.
— Un momento, hijo — pidió un minuto, levantando un dedo en su dirección y siguiendo la conversación — Pero al conocerte a ti, pequeña hechicera — afianzó sus hombros en confianza — Ese dolor desapareció — sus palabras la atravesaron como balas — Y lo único que puedo decirte es, gracias —
— No me diga eso, señor Row — pidió con la voz rota y conteniendo las lágrimas — Me duele que me dé las gracias por el sólo hecho de ser parte de la vida de su hijo — no pudo contenerlo más y se rompió — No vuelva a hacerlo — le entregó un pañuelo en silencio — Gracias —
Limpió su nariz, ruidosamente. No podía imaginar lo mucho que había sufrido Lai sin la presencia de su madre y siendo tan pequeño. Tenía apenas unos 3 años y se encontró solito, al cuidado de tres hermanos tan rotos como él y un padre destrozado por la pérdida de su esposa. No es justo para nadie tener una vida así.
— Cariño — la señora Íngrid la rodeó con sus brazos al verla llorar y soltar a su hijo que no entendía nada — ¡Rocks! — reprendió a su esposo que se veía enternecido — ¿Qué le hiciste a mi niña? —
No le perdonaría y tampoco aceptaría excusas tontas por el origen de sus lágrimas.
— Nada, querida — excusó, recibiendo su pañuelo de vuelta — Sólo le di las gracias —
— Ohh — fregó uno de sus brazos para tranquilizarla — Dijimos que lo haríamos juntos y te adelantaste — lamentó como toda una dama — No es justo —
— ¿Dar las gracias? — Lai intervino ayudando a quitarle esas sucias lágrimas que tanto lo perturban — ¿Por qué? — no les creyó nada — Nadie lloraría de esta manera por solo recibir las gracias— miró a su progenitor con recelo — ¿Qué le dijiste, padre? ¿Algo horrible sobre mí? —
No era tonto y sus sospechas no estaban erradas, todo lo contrario, eran muy certeras para su mala suerte.
— Lai, no seas impertinente — volvió a golpearlo como lo hizo antes — Me dió las gracias por cuidar a Lue y tú sabés, no me pude contener — era una vil mentirosa como buena actriz — Todo lo que tenga que ver con ella me rompe —
— A eso sí te lo creo — la abrazó por los hombros con fuerza dándole uno de esos besos sonoros que la hacían reír — ¿Quieres conocer a los padres de Keilot? — la condujo a la cocina.
— ¿Ellos trabajan aquí? —
Preguntó sorprendida, no había tenido la oportunidad de conocerlos las dos veces que estuvo allí.
— Sí, la señora Selene es la mejor cocinera del universo y el señor Alán es el mayordomo, conductor y confidente de todas las personas de la casa — parecía un niño — Ellos son parte de la familia y tú les caerás en gracia, les recordarás a Gaia —
— Bien — aplaudió enérgica al tener a su pequeño de nuevo en casa — Me despediré de Lue y en unos minutos podremos irnos, Rocks —
Dirigió sus pies a las escaleras, podía oír a su niña ensayando con el violín.
— Excelente — también siguió camino a la cocina — Enviaré a Alan por nuestro equipaje, querida —
El día no era día sin el sol y ella descorrió las cortinas para dejarlo entrar a esa oscura habitación. Después de una mañana de colechar por horas y horas, necesitaba aire y poder respirar a esa hora de la tarde.
— No solo respirar — abrió la ventana de par en par — Es vivir — inspiró profundo y disfrutando de la brisa en su rostro — No quiero ir a trabajar — renegó en voz alta subiendo al alféizar para mirar fuera — Pero tengo que cubrir a Dea — la camisa que cubría su cuerpo no dejaba nada a la imaginación — Ni modo — bajó las piernas para moverlas de arriba a abajo — Ya he holgazaneando lo suficiente el día de hoy, mi cuenta estará cubierta por meses —
Estiró su cuerpo sin sostenerse de un lugar seguro y cayó dentro, golpeando su cabeza con fuerza en el buró y provocando que el retrato de Megan se hiciera añicos contra el suelo.
— ¡No! ¡No! ¡No! — se levantó como si nada hubiera pasado — ¡Keilot va a matarme! — se hizo un profundo corte en la palma de la mano al apartar los cristales rotos — ¡Maldición arde! —
Apretó la herida para detener la hemorragia. Por suerte, él se encontraba en la cocina hablando por teléfono con Otto y esperaba que no oyera el escándalo que hizo.
— ¿Qué es eso? — apartó más cristales con el pie y detrás de la fotografía encontró un sobre que levantó con su mano sana — ¿Para la familia del donante? —
Abrió los ojos gigantes al reconocer la letra y esconderla apresurada en la parte trasera de sus bragas, al escuchar el trote de Keilot por la casa.
— ¡Gaia! — azotó la puerta como un demente, la escuchó gritar después de un golpe — ¿¡Estás bien!? —
Se precipitó hacia ella al verla sentada en suelo levantando los cristales con los dedos.
— Lo siento, lo siento mucho — se disculpó sin mirarlo — Te juro que no fue mí intención romperlo — su mano volvió a sangrar — Es que, como una idiota caí de la ventana y cuando me di cuenta, el retrato ya estaba hecho trizas —
Sus manos no dejaban de temblar, era horrible lo que había hecho por su estupidez.
— No importa — tomó su mano llena de sangre, la incorporó para guiarla a la cama y poder mirarla a la cara — Sé que no lo hiciste a propósito, fue un accidente — examinó la palma de su mano con cuidado — Es una fotografía y lo único que me preocupa ahora, es que tú estés bien — llevó una mano a su cabeza buscando más heridas — ¿Te duele aquí? — tenía un enorme chichón, el golpe había sido duro.
— Sí — murmuró un poco cohibida y en voz baja — Pero estoy bien — se incorporó de golpe y dejándolo aturdido — Tengo que ir a trabajar — buscó su ropa desperdigada por toda la habitación y comenzó a vestirse — En serio, lamento mucho haber roto el retrato de Megan y te juro que lo repondré — se colocó los pantalones a toda prisa para que no viera el sobre oculto entre sus bragas — Nos vemos mañana, Keilot —
Salió de la habitación como un rayo al terminar de ponerse la ropa. Asió su bicicleta al pasar por la sala y seguir huyendo si él no la detenía.
— ¡Bicicleta estúpida y vieja! —
Perdió la pata de apoyo al intentar sacarla del apartamento, se caía a pedazos, pero era lo único que tenía. No podía contener las ganas de llorar, su día había sido perfecto y ya no más, lo arruinó por completo.
— ¡Tú no te vas de aquí! — le cerró la salida de un portazo — ¿¡Qué demonios pasa contigo!? — se veía furioso y ella aterrada — ¡Ni siquiera me miras a los ojos o piensas despedirte de mí, por haber roto un estúpido portaretratos que ya no tiene importancia para mí! — lágrimas descendieron por sus ojos sin contención y él desesperó — ¿Qué hice mal? — suplicó al juntar sus frentes y quitarle las lágrimas — Te juro que intento hacer las cosas bien, pero tú no me lo haces para nada fácil, bonita — negó con la cabeza de un lado a otro, no sabía qué más hacer para hacerla feliz y no verla llorar — Dime qué fue lo que hice mal y podré solucionarlo —
Inhaló profundo, conteniendo el llanto una vez más y dignarse a contestar con la poca verdad que podía manejar en ese momento.
— Me siento muy mal por todo lo que dije respecto a Megan, tu la amarás por siempre y yo no respeté tus sentimientos en lo absoluto —
No podía dejar de temblar entre sus manos y su corazón quería salirse de su pecho en ese momento, ¿Cuánta verdad podía ocultar ese día?
— Luego sucede lo del retrato y yo… y yo… — hipo entre llantos tratando de serenarse — Jamás haría una cosa así y me asusté, me asusté mucho por tu posible reacción y…— juntó sus labios en un tierno y cálido beso que no la dejó continuar — Lo siento — susurró con los ojos cerrados al separarse — Lo siento mucho, Keilot —
Acarició su rostro como si fuera a romperse, como si fuera una delicada muñeca de porcelana que se desharía en partes con su delicado tacto.
— No estoy enojado contigo, bonita — su voz era serena, profunda y tranquila — Siempre, por pequeño que sea, habla conmigo y encontraremos la manera de solucionarlo, antes de que huyas de mí como un animal asustado — colocó un rizo detrás de su oreja — No puedes ir de puntillas por el mundo a causa del recuerdo de Megan, ella no volverá y ahora te tengo a ti —
Asintió moviendo sus ojos de un lado a otro y buscando alguna distracción para no seguir llorando.
— Está bien — parpadeó mucho, muchísimo, evitando que más lágrimas cayeran de sus ojos — Te prometo que lo haré, ¿Sí? —
Le dolía la cabeza, pero no sabía si era por el llanto, el golpe recibido o llevar oculta la carta que empeoraría su condición más tarde.
— Te creo — la soltó abriendo la puerta — Avísame cuando llegues al Valhalla, ¿De acuerdo? — la acompañó afuera al bajar su bicicleta por la escalera — Y cuando te vayas a la cama también, ¿Sí? — pidió una vez más — Hoy tengo pelea en Círculo y no podré ir a verte — asintió muda montando su bicicleta — ¿Estás segura de que te encuentras bien? —
— Sí — mintió — Mi mano ya no sangra y mi cabeza se siente un poco mejor, estaré bien — aferró su nuca para acercarla a él.
— Eres una terrible mentirosa, pero te dejaré ir —
Juntó sus labios una vez y ella profundizó el beso, imaginando que sería el último que compartirían en mucho tiempo.
— Adiós —
Susurró por lo bajo y perdiéndose entre las calles al pedalear como si no hubiera un mañana. Tenía que alejarse lo más posible de él y leer la carta en un lugar seguro. Llegó al parque ubicado a unas tres calles del Valhalla, descendió apurada buscando una banca libre y comenzó con la lectura silenciosa después de tomar asiento en ella.
— El destino me odia —
Murmuró a la nada, completamente estrangulada y muriéndo por dentro al conocer la verdad que no quería admitir en voz alta.
— Dea, mira esto — señaló con su pequeña mano extendida una de sus muñecas sobre la cama y nada pasó — Ohhh fallé —
Suspiró abrumada y regresando a su lugar para servir más té a sus invitados.
— ¿Qué querías hacer, hermosa? —
Preguntó su enorme hermano, bebiendo el té con el meñique en alto y una coleta conteniendo su cabello, sin mencionar el maquillaje en todo su rostro.
— Quería moverla con mí mente —
— ¿Moverla con la mente? — repitió ella, ocultando la risa con su taza de té — ¿Tú puedes mover cosas con la mente, Lue? — esa pequeña era única.
— Sí, puedo — aseguró, compartiendo unas galletas — El otro día pude hacerlo, pero cuando quiero mostrárselo a alguien, no me sale — rodó los ojos al igual que lo hacía ella — Lucke dice que nadie puede hacer eso, que la magia no existe, pero yo sé que miente — mojó la galleta en su taza, para meterle en su boca — Por esa razón, jamás sonríe —
Ahogaron una risa para no estallar a carcajadas, su imaginación era gigante y esperaban que fuera eterna.
— La magia existe — aseguró, pidiendo más té — Yo soy una hechicera y sé de lo que habló — le guiñó un ojo a su novio para que siguiera el juego — ¡Abracadabra! ¡Abracadum! — movió las manos como conjurando un hechizo — ¡Que Lai quedé tan tieso como un ostión! —
Él quedó paralizado, con la boca abierta y los ojos gigantes es una expresión poco ortodoxa. Era algo muy gracioso de ver y ella, por supuesto, aprovecharía el momento para inmortalizarlo con su teléfono.
— ¡Eres una bruja! —
Exclamó encantada y picando a su hermano con un dedo en la mejilla.
— El término correcto es hechicera, cariño — caminó de rodillas hacia él y estiró una mano a ella — Tráeme más maquillaje, hoy haremos arte —
Su sonrisa era tan grande y siniestra que, todo el mundo pensaría que era un fiel acólito de los demonios más oscuros. No podía hacer nada, estaba a su merced y no tuvo otra opción que ser el objeto de diversión ese día.
— Hola — atendió su teléfono celular sin mirar, estaba muy entretenida maquillando a Lai — ¿Gaia? — habló preocupada al escucharla llorar del otro lado de la línea — Dame un momento, hermanita — chasqueó los dedos y él regresó a la normalidad — Tengo que habla
r con ella, ya vuelvo — salió de la habitación para hablar en privado.
— A ver cómo quedé — observó su reflejo en el espejo de mano y río a carcajadas, igual que su hermanita — ¡Ven aquí, enana! — la sentó en sus piernas para hacerle cosquillas — ¡Cuando Dea regrese no sabrá lo que le espera! —
— ¡Basta! ¡Basta! — su risa era contagiosa — ¡Me haré pipí! — se detuvo al oírla y la llenó de besos sonoros en su regordeta mejilla — ¿Lai?—
Jugó con los dedos de sus manos entretenida y sobre todo, pensativa.
— ¿Sí, hermosa? — midieron sus manos y la de él, era enorme comparada con la suya.
— ¿Es cierto que Dea es mi mamá? —
Se congeló y esta vez, no fue producto de ningún hechizo, era real.
— Lue —
Carraspeó incómodo y miró en todas direcciones buscando ayuda, pero estaba solo.
— Lue, hermosa…— sus nervios estaban a punto de estallar — ¿De dónde sacaste eso? —
— La señora Selene le dijo al señor Alán el otro día que, Dea era mí mamá, yo estaba escondida detrás de la puerta y ellos no pudieron verme, pero los escuché — no se veía alterada y mucho menos triste, todo lo contrario, se veía feliz — ¿Es verdad? —
Tragó pesado, no iba a mentirle, era su hermanita, uno de los tesoros de su vida y necesitaba conocer su verdadero origen.
— Sí, es verdad — la abrazó fuerte, muy fuerte, para que sus palabras dolieran menos — Dea era una niña cuando tú naciste, su hermana estaba enferma y tus abuelos no podían ayudarla a cuidar de ti — explicó lo más natural posible — Y decidió que lo mejor para las dos, era dejarte con una familia que te quisiera mucho y te hiciera feliz, por esa razón, llegaste a nosotros — besó su cabello con tanto amor que lo desarmó por dentro — Mamá Íngrid te ama muchísimo, papá Rocks te cuida como un león, porque eres su pequeña princesa y tus cuatro hermanos estaremos siempre contigo, jamás estarás sola — sus manos seguían unidas y como siempre lo estuvieron desde aquel día que llegó a casa — Y Dea te ama, te ama tanto que, nunca te olvidó y vino a buscarte — llevó un dedo a su boca para que guardara silencio — Pero ese será nuestro enorme secreto —
Cerraron el pacto con sus dedos meñiques. No hablarían de eso con nadie, jamás.
— ¡Te quiero mucho, Lai! —
Lo abrazó fuerte, sintiéndose la niña más afortunada del mundo y no sólo porque tenía a una enorme familia, sino que ahora tenía a otra mamá que también la amaba mucho.
— ¡Yo también quiero un abrazo! — se unió a ellos al atravesar esa puerta necesitando uno.
— ¿Todo está bien? — ella era transparente ante sus ojos.
— No — negó con un semblante tan lúgubre que lo impactó — Gaia romperá con Keilot —
Fue lo único que dijo, ya que Lue se encontraba presente y era un tema muy delicado para hablar frente a una niña.
Los días transcurrieron como una ola y el primer lunes después de vacaciones llegó, encontrándose con sus amigas y su hermana en la enorme biblioteca del campus que unían a todas las facultades.
— ¿Qué voy a decirle, chicas? — lloraba como un alma en pena desde que se enteró de la existencia de esa carta — No he tenido contacto con él, más que por mensajes o llamadas — limpió sus lágrimas con un pañuelo de papel que le ofreció su amiga Val — No puedo seguir escondiéndome, huí como una cobarde a la casa de mis padres en la última semana de vacaciones y ahora, tendré que dar la cara quiera o no —
— Bueno, le dirás… — gesticuló mucho con las manos formando un círculo — Keilot yo…— seguía haciendo lo mismo — Keilot… Verás — la invitó a continuar, pero no logró nada — Keilot, tenemos que…—
— ¡Por dios, Dea! — golpeó la mesa con las palmas de sus manos al incorporarse — ¡Ni tú sabés qué diablos voy decirle! — tiró de su cabello hacia atrás, dejándose caer de nuevo en la silla — ¡Estoy pérdida! — escondió la cabeza entre sus brazos para hundirse aún más en su asquerosa miseria.
— Amiga — la señaló con la paleta que extrajo de su boca — Dile la verdad — movió la misma de un lado a otro — ¿Qué puede pasar? — habló retórica — ¿Se enojará? Sí, tal vez…— levantó los hombros sin mucha importancia — ¿Se sentirá decepcionado y quizás engañado? Por supuesto, cualquiera lo estaría en su posición — se incorporó como si nada y cargando con su pesada mochila sobre un hombro — Pero él necesita saber la verdad —
— ¡Evangeline! — Val intervino al ponerse de pie como una hiena rabiosa — ¿Por qué tienes tan poco tacto al decir las cosas? — aremeda con burla y devolviendo la paleta a su boca, sin ganas de discutir en un tema que no le compete — ¿¡Y tú no dirás nada, Dea!? — la conversación había tomado un camino de reproches sin sentido — ¡Es tu hermana! —
— Evan tiene razón, Val — hizo lo mismo que su amiga, tenía que ir a clases — Él tiene que saber la verdad y si yo pude sobrellevar lo de Lue, tú puedes con esto, Gaia —
La apuntó de pie desde su sitio y manteniendo el mismo tono firme que surgía de ella ante situaciones límites.
— ¡No es lo mismo, Dea! — llevó una mano a su pecho, estaba a punto de sufrir un colapso en cualquier momento — ¡Llevo el corazón de su prometida muerta aquí dentro! — cerró su mano en puño al sentirse impotente — ¿Tú crees que es fácil para mí sobrellevar esto? — desvío la mirada para no seguir llorando, no había caso derramar lágrimas en vano — ¡Me enamoré de él, con un demonio! — ocultó su rostro, se sentía tan mal — ¿¡Y ahora qué hago con eso!? — se miraron entre ellas llegando a una inminente conclusión que no tendría retorno.
— ¡Dile la verdad! —
Dijeron las tres en un mismo tono y sus pasos alejándose fue lo único que escuchó al dejarse caer de nuevo. No tenía opción, le diría la verdad así no volviera a verlo nunca más. Una tenues caricias en su rostro la despertaron de aquel letargo, no fue consciente de cuándo pasó, pero se había dormido.
— Hola — aquellos ojos verdes llenos de iluminación no habían cambiado en lo absoluto — ¿Qué hacés dormida aquí, bonita? — parpadeó pérdida y con su cálida mano aún en ella — ¿Cuándo regresaste de la casa de tus padres? — su corazón se rompió, se hizo trizas con sólo verlo.
— Me dueles — murmuró en un ahogo y presionando su pecho con fuerza — Me dueles, Keilot —
Hiperventilaba. El dolor era cierto, era real, se estaba rompiendo por dentro.
— ¿¡Qué te duele!? ¿¡Tú corazón!? — preguntó alarmado y examinándola de arriba a abajo al verla palidecer — ¡Gaia! — la tomó de los hombros cuando se incorporó tambaleante.
— Me dueles mucho, Keilot —
Cerró los ojos y cayó sobre él en un suspiro, se había dejado ir por el dolor.
Llegar con ella en brazos a ese maldito hospital, era revivir la misma pesadilla de Megan una y otra vez. No tenía sentido, no tenía consuelo, ¿Qué castigo divino estaba padeciendo en esa vida como para no permitirle ser feliz?
— ¡Keilot! — esa voz idéntica a la suya lo hizo levantar la mirada de su agonía — ¿Qué pasó? — respiraba agitada por la corrida — ¿Cómo está? — no podía recomponerse, la llamada que recibió la había desequilibrado bastante.
— No lo sé — respondió con la voz turbia y entrelazando sus propias manos que no dejaban de temblar — Al despertar, me dijo que le dolía el pecho y perdió el conocimiento después de eso —
No había más, no entendía nada y su cabeza estaba muy confundida por sus últimas palabras, antes de sostenerla inconsciente entre sus brazos.
— ¿Liam está con ella? —
Su amigo apareció en la sala de emergencia en ese momento, había quedado en el aparcamiento estacionando su motocicleta y ella corría a recepción a pedir razones de su hermana.
— Sí, lo llamé antes de llegar aquí y ya estaba esperándola con todo su equipo — sus pies no dejaban de moverse inquietos — No sé qué hacer o que pensar, Lai — se veía destrozado — Otra vez está pasando y no puedo hacer nada —
Tomó asiento a su lado, para darle esa clase de consuelo que solo un amigo o un hermano podía darle.
— Todo estará bien, tranquilo — lo sacudió un poco al rodearlo por los hombros — Gaia es fuerte, mucho más que los tres juntos y si saldrá riéndose de esa sala como siempre lo hace —
La puerta de emergencia fue abierta y su hermano Liam salió por ella. Su porte, seriedad y buena postura, eran el calificativo perfecto para un profesional de la salud.
— Sólo hablaré yo — los interrumpió antes que nada — Está despierta, consciente y lúcida — leyó el informe en su mano — Su corazón está bien, sus latidos son constantes y el electrocardiograma no muestra cambios desfavorables — sonrió satisfecho, su paciente estaba haciendo las cosas relativamente bien — Tiene un lindo y vivas palpitar — cerró la carpeta y se lo entregó a la enfermera a su lado — Vengan conmigo — lo siguieron como soldados a su general en completo silencio — ¿Gaia? — dijo serio al entrar y admirando su perfil que seguía fijo en la vista que le ofrecía la ventana.
— ¿Sí, doctor? — volteó a verlo después de quitarse una lágrima en su mejilla — Hola — saludó al verlos a todos allí.
— Gaia — volvió a decir y ella esperó que hablara — ¿Has estado bajo situaciones de mucho estrés o límites últimamente? — asintió de un simple movimiento — Lo supuse — quitó los electrodos que la unían al electrocardiograma y escuchó los latidos de su corazón con un estetoscopio — Esté corazón es prestado y si tú lo sometes a situaciones fuertes, por pequeñas que sean, no resistirá mucho tiempo más y tendrás muchos problemas — la miró por unos cuantos segundos, ya que otra lágrima escapó de su pequeño ojo, dejándola caer — Sea lo que sea, sácalo y déjalo ir, porque te está haciendo daño y no es bueno para ti — la ayudó a acomodar su ropa — Quedarás en observación por una más y podrás irte a casa — colgó el estetoscopio en su cuello — ¿Está bien? —
— Entendido — llevó la mano a su frente captando la orden e intentando regresar a su típico estado de ánimo — Gracias, doctor — asintió y salió de allí en silencio — Bien, ahora es cuando — se destapó integra y bajó los pies de la cama — Vámonos —
— ¡Tú te quedas aquí! —
Dijeron los tres al unísono, mientras Keilot la recostaba empujándola por los hombros.
— Pero tengo hambre — excusó con ojos brillosos.
— Keilot se quedará contigo y nosotros iremos por comida — indicó su hermana girando sobre sí misma — Si llegas a mover un sólo músculo de esa cama, ten por seguro que tendrás que enfrentarte a la mayor autoridad y créeme…— su cara era la de una psicópata — No te gustará — el color abandonó su rostro al unir los hilos.
— La tía Sarina — susurró sin aliento y juntando sus manos en una plegaria, perdiendo toda la dignidad que podía tener — ¡Por favor, Dea! ¡Por favor! — caminó de rodillas en la cama hacía ella — ¡No le cuentes a la tía Sarina que pensaba escapar de aquí! — suplicó como jamás lo había hecho — ¡Es capaz de venir hasta aquí y castigarme hasta mi próxima vida! —
Mordió sus labios para no reír en su cara, era tan predecible su reacción, que su cabeza se había convertido en su diversión.
— No lo haré, siempre y cuando, te portes bien — deslizó la puerta corrediza frente a ella — Vámonos, Lai — cerró al salir.
— Bruja — balbuceó enojada y cruzada de brazos sobre la cama — Ya verá lo que le espera cuando salga de aquí — juró mirando por la ventana para no verlo a él — Si tú quieres, puedes irte a casa, Keilot —
Sintió hundirse la cama a su lado, no se iría y jamás lo haría si ella estaba allí.
— ¿Te sientes mejor? — giró su rostro con una mano para que le dirigiera la mirada — Me asusté mucho, ¿Sabés? — le acarició el pómulo con su pulgar — Creí que volvería a verte —
— Lo siento — su voz salió ahogada y rodeó con su mano la que seguía en su rostro — Tendría que haberte avisado que estaba aquí, pero lo arruiné, quería sorprenderte — movió la cabeza en negativa.
— No arruinaste nada, me desconcertó bastante encontrarte dormida en la biblioteca y no resistí la tentación de despertarte — se recostó en la cama para llevarla con él — Quería darte tu regalo, pero bueno, terminamos aquí — besó su pequeña mano con ternura — Lo compré hace unas semanas y estoy seguro de que va a gustarte — se acomodó sobre su pecho al sentirse cansada — Pero ahora tendrás que esperar — la rodeó con sus brazos para jamás soltarla.
— Puedo hacerlo — cerró los ojos, su olor era irresistible y adormecedor — Recuerda que esperé un corazón por años, puedo con esto, es nada — Inhaló profundo y comenzó a dormirse — Gracias por estar aquí, Keilot — besó su cabello y descansó la mejilla en ella, no había nada que agradecer — Y aunque mi corazón sea prestado, estoy feliz de tenerte —
Se durmió profundamente después de eso. No entendió del todo sus palabras, eran confusas. No estaba seguro si lo decía por él o por su corazón, cuando despertara y estuvieran solos, se lo preguntaría en calma.
— ¿Lai? — lo encontró en el área de maternidad observando a los bebés recién nacidos — ¿Qué hacés aquí? —
Gaia despertó de su pequeña siesta y había llegado el momento de regresar a casa.
— Nada, me encanta ver dormir a los bebés — sonrió encantado por todos los pequeños humanos que veían sus ojos — Me recuerdan a Lue — tocó el cristal con ambas manos — Era una cosita pequeñita, regordeta y hermosa —
La nostalgia lo invadió de golpe. Él ansiaba ser padre en un futuro próximo, cada fibra de su ser lo quería y lo pedía a gritos, pero debía esperar.
— Y ahora que sé que es tuya, la amo mucho más — un suspiro de agobio brotó de sus labios, su comentario le asentó fatal — ¿Sucede algo? — entrecerró los ojos al oírlo y mirando fijamente a esas hermosas criaturas — Dea, ¿Qué ocurre? —
La volteó lentamente por uno de sus brazos, si algo había aprendido en todo este tiempo, era leer sus emociones a la perfección.
— Es triste saber que el único ser que hizo cuna en mí vientre fue Lue — llevó las manos a esa zona por impulso — Después de que ella nació, enferme gravemente y me diagnosticaron endometriosis, un padecimiento que, prácticamente, es ser estéril y desde entonces, no podré tener hijos nunca más — eso sí que jamás se lo esperó.
— ¿Pero tú estás bien? — le apartó un rizo del rostro — ¿Eres una persona sana? —
La preocupación en él era tangible, palpable y le destrozó el alma el habérselo dicho, pero debía saberlo antes de que sea tarde.
— Sí, lo soy — apretó los labios en una pequeña línea, no le gustaba hablar de eso — Sí tomamos en cuenta el hecho de no poder tener hijos, mi vida es completamente normal y ordinaria, no corre riesgo mí salud si es lo que piensas — su abrazo fue enorme, gigante, tan así que la dejó sin aire.
— No me importa eso si tú estás bien — rompió el abrazo lleno de tranquilidad — Lamento mucho que pienses que soy un paranoico, pero estamos en un hospital y ninguna noticia es buena en un lugar como este — exhaló todo el aire de sus pulmones — No vuelvas a asustarme así — rogó con el corazón en la mano — Moriré si algo a ti te ocurre —
Aferró sus manos y dirigió sus pies a la salida. Era el momento de irse y salir de ese lugar para no regresar jamás.
