Fumar y beber como dos desdichados, así de miserables se habían convertido sus vidas desde que todo terminó. Las peleas ya no valían nada y serían ganadores hasta que alguien más joven los destrone o se graduen, eso tampoco tenía importancia ahora, todo les daba igual. Buscar consuelo en el cuerpo de otras mujeres era un trabajo agotador, insignificante, pero valía la pena para no sentirse tan miserables o solos.

— ¿Quieres otra? —

Fumaban sin control alrededor de una mesa de póker. Lucke, Logan y Dylan, serían los otros jugadores esa noche.

— No, está bien — bajó su mazo a la mesa — Me retiro por hoy — miró la hora en su teléfono celular — No tengo nada y Camille me espera en el Valhalla — tomó la chaqueta del respaldo de su silla — ¿Quieren venir? — cabeceó a la salida.

— No y ya vete, estorbas — respondió su hermano, más que concentrado en el juego y sin ganas de pisar ese asqueroso lugar que lo llevaba al último recuerdo que tuvo con ella — Full de corazones —

Mostró sus cartas y tomó las ganancias sobre la mesa, era una buena jugada.

— Un momento — su amigo lo detuvo y enseñó su juego — Flor corrida de diamantes — había ganado sin mayor esfuerzo y causando disconformidad en todos los demás — Aprendan a perder, muchachos — frotó las manos con entusiasmo al contemplar lo ganado.

— No es justo — dejó las cartas sobre la mesa y se incorporó — Tú siempre nos ganas, cazador —

Negó divertido y se colocó la chaqueta para ir donde su novia.

— Relájate, Dylan — abrió otra lata de cerveza antes de marchar — Es un juego y pronto tendremos nuestra revancha — apuntó a los dueños de la casa con una brillante sonrisa — Nos vemos el próximo viernes, chicos — se despidieron al salir.

— Ah, cierto — Lucke se detuvo un momento y miró a ambos desde el umbral — El domingo es el cumpleaños de Camille, están invitados — extrajo una invitación y la dejó en la pequeña mesa junto a la puerta — No falten — se fue sin decir adiós.

— ¿Quieres ir? — leyó la misma al acercarse — Habrá chicas y bebidas gratis — levantó los hombros sin interés.

— Sí tú quieres ir, vamos — comenzó a guardar las fichas y cartas de póker en su estuche — ¿A dónde es? —

— En el MERS — regresó a la cocina para ayudarlo con el desorden — Hace meses que Lucke le está organizando una fiesta sorpresa a Camille y será increíble, él mismo lo dice — su hermano era un genio para organizar fiestas de ese estilo — La diversión está garantizada —

Destapó otra cerveza y descansó su cuerpo en la encimera para beberla con calma.

— No digas más, acabas de convencerme — encendió otro cigarrillo realizando aros con la boca — ¿Irene irá? —

— No lo sé y tampoco me interesa — leyó el mensaje recibido de ella e ignorándolo al eliminarlo — ¿Y Liv? — no respondió, miraba fijamente la pantalla de su celular como ido del planeta — Keilot, acabo de preguntarte algo —

Hace casi dos años que tenía ese tipo de lapsus mentales y lo desconcertaba demasiado, pero prefería obviar. No era de su incumbencia ver a su amigo perdido y mirando fotografías viejas en su celular.

— Sí, lo siento — lo guardó de inmediato al darse cuenta de lo que había hecho — Se puso intensa y tuve que cortarla — fumó un poco más — Sahara hizo muy mal en presentarmela y ahora, no sé cómo quitarmela de encima —

No quería compromisos, sus citas y encuentros con mujeres ahora eran de paso o de una sola noche. No tenía tiempo para eso.

— Tú hermana es una entrometida — él adoraba a esa chica, pero tenía la costumbre de inmiscuirse en vidas ajenas — Aún no entiende que hay un antes y después de las cosas —

— No hables así de Sahara, no lo hizo con mala intención — se incorporó y tomó las llaves de su jeep — Vámonos, no quiero estar aquí — el teléfono de su amigo, timbró.

— ¿Otto? — escuchó con atención su desesperación del otro lado — Es nuestra noche libre, amigo — fingió pesar y levantó un pulgar que iluminó su existencia — No nos convence ese número, multiplícalo por tres y ahí estaremos — asintió con una sonrisa reluciente al lograr su objetivo — Estamos saliendo —

Buscó las llaves de su motocicleta, la cajetilla de cigarrillos, un par de billetes y ya estaba listo.

— ¿Noche de duplas? — juntaron sus manos en un puño, iban a ganar.

— Noche de duplas — afirmó y tomó su casco sobre el sofá — Nos vemos en la arena, hermano — cerró de un fuerte portazo al salir.

— Sí, nos vemos —

Movió el pendiente con forma de colmillo que colgaba de su cuello, pensando otra vez en el último día que pasó con ella y se sintió feliz. No era feliz hace tiempo, no era feliz desde que supo la verdad sobre Megan y su relación con ella, abandonandola en el parque con una verdad a medias. En simples palabras, no era feliz y jamás lo sería.

— ¿Una bicicleta? — pronunció pasmada y los ojos desorbitados — Pero, Keilot…— parpadeó sin saber qué decir — Es demasiado — la acarició con la punta de los dedos cuando la bajó al suelo fuera del Valhalla — No puedo aceptarla —

— Sólo dame las gracias y ya — cruzó los brazos satisfecho al ver su reacción y descansando contra su Jeep — La compré en una venta de jardín, la dueña anterior prácticamente no la usaba y estaba a buen precio — estiró un brazo para señalarla — Te la mereces, acéptala —

— No sé qué decir — se removió inquieta — Dar un regalo, implica tener en cuenta la ley de la reciprocidad y yo no tengo nada que darte — miró alrededor buscando algún obsequio para él, hasta que tocó su cuello encontrando la solución — Ya sé — se quitó el collar que colgaba de ella — Esto es para ti — lo dejó en él después de un abrazo — Un niño que conocí en el hospital hace muchos años atrás, me lo regaló y me trajo suerte desde entonces — era algo insignificante pero justo — Y quiero que tú lo conserves, ¿Sí? — sintió pena por su pequeño regalo, pero no tenía más.

— De ninguna manera — intentó quitárselo, pero ella se lo impidió — Era de tu amigo y estoy seguro de que no le gustará que me lo des a mí —

— No te preocupes — negó en un movimiento desinteresado de su mano — No volví a verlo después de salir del hospital — descansó a su lado mirando con nostalgia su nueva bicicleta — Él tenía neumonía, era un niño muy frágil, desgarbado y parecía demasiado delgado para su edad, pero jamás me dijo su nombre, sólo me entregó este collar al escucharme llorar por la noche en la cama de junto — lo único que recordaba de él, eran sus enormes ojos verdes que brillaban en la oscuridad — Me dijo que las niñas bonitas como yo, no debían llorar — rió enternecida — Me quitó una lágrima con su dedo después de darme su regalo y regresó a la cama para dormir en paz —

Esa historia le resultó muy familiar, incluso un pequeño deja vuh llegó a su memoria, pero lo dejó pasar. No era bueno recordando cosas.

— Es una linda historia — montó la bicicleta como si se tratase de un cohete que lo llevaria al espacio — Sube — la invitó con un movimiento de su mano y así lo hizo — ¿A dónde quiere ir, señorita? —

— A las estrellas — se aferró con fuerza a su cintura y él comenzó ese viaje que sería el principio del fin.

La carretera se hizo austera, oscura y solitaria, siendo recorrida por él y su enorme motocicleta. Se detuvo bajo una luminaria, miró a la derecha y observó con ojos ardidos ese sitió en donde todo acabó. No hubo adiós, no hubo despedidas, no hubo llantos, no hubo lágrimas y no hubo nada. Un insípido golpe, un portazo y nada más. Siguió rodando, no había sentido seguir reviviendo el pasado después de casi dos años y ahora, a tan solo medio semestre de graduarse, tenía metas fijas en el horizonte en donde pretendía llegar.

— ¿Esto es lo que quieres? —

Extendió las manos para señalarse completo, antes de salir por la puerta del ático de su hermana y en donde ella se había refugiado, como cada vez que lo hacían al pelear.

— ¿Esto es lo que quieres, Dea Alexandra Fleming? — repitió al borde de la locura.

Ese día, mejor dicho, esa madrugada, habían tenido una horrible discusión sobre el porque era una mala idea el seguir juntos. Ella era estéril, tenía mal genio, acompañado de un incontrolable carácter, no sabía vivir los momentos y sobre todo, no era para nada feliz estando a su lado. Él quería tener una vida juntos, crecer uno con el otro y ella, con sus malditas inseguridades, lo echó todo a perder.

— No lo entiendes, Lai — acomodó su cabello en una coleta mal hecha — Un día te levantarás y verás que tu vida no es lo que deseas estando a mí lado — intentó con sus fuerzas que la comprendiera — Tú quieres formar una familia y eso es algo que yo no puedo darte — no entendía razones.

— ¡Eso no me importa si estás tú! —

Las paredes los estaban asfixiando, se hacían cada vez más pequeñas a su alrededor y en vez de un refugio, parecía un campo de guerra sin ningún vencedor, ambos perderían.

— Sé que es difícil de entender…—

Se acercó a él, pero se alejó levantando las manos y marcando distancia para no tenerla cerca. Si lo tocaba, no respondería de sus actos.

— No me toques — suplicó herido y roto — Por favor, no —

— Lai, lo lamento, estoy haciendo todo esto por los dos — no podía creer que no derramara una sola lágrima al decirlo — Nos estoy ahorrando años de dolor — apretó su entrecejo sin saber qué más decir — Yo te…—

— ¡No! — la interrumpió antes que terminara — ¡No digas que me amas porque juro que enloqueceré! — el silencio se hizo inmenso y absoluto, ya no había más que hablar — Si esto es lo que quieres…— giró el pomo con una mano detrás — Me iré — abrió la puerta de par en par — Pero ten por seguro que, si yo me voy de aquí, nunca más volverás a verme —

Y cumplió su palabra, porque después de eso, todo se arruinó. Él la engañó, intimó con la primera mujer que tuvo enfrente para matar su dolor esa noche y la destrozó. La decepcionó, la mató en vida y la humilló cruelmente, al encontrarlos enredados en la cama. Todo tiene un final, todo termina y el de ellos, fue fatal.

— ¡Mi héroe! — se lanzó sobre él al subir al ring después de la pelea — ¡Eres increible, Lai! —

Esquivó su beso girando el rostro a un lado y recibiendoló en la mejilla.

— Irene — intentó apartarla aferrando sus brazos y no hacerle daño — Aquí no —

Pidió por lo bajo, encontrándose con algo muy familiar a sus pies, una melena rizada, cuerpo pequeño y largas pestañas delante de almendrados ojos avellanas, que se apartaba lentamente después de hablar con Otto. Pestañeó, fregó sus párpados con fuerza y ya no estaba, ¿Había sido una ilusión o un producto de su imaginación?

— ¡Gaia! —

Keilot saltó de la arena de manera desesperada, apartando a todo aquel que se cruzara en su camino y volteando con fuerza a una chica por el hombro que estaba a punto de cruzar la salida. Dió un paso atrás y rascó su cabeza, avergonzado, no era ella. ¿Qué diablos estaba pasando? Descendió, dejando a Irene atrás y se acercó a él que se veía consternado.

— ¿Qué pasó? — preguntó, fingiendo que todo estaba bien.

— No lo sé — respondió mirando el suelo bajo sus pies — Creí ver a Gaia, pero no lo era —

— Bien — tragó pesado y pensando en todas las opciones posibles que podían existir en ese mundo para que ellas estuvieran allí — Sólo hay una cosa por hacer al respecto — tomó su hombro esperando que él terminara con la idea.

— Vamos al Valhalla —

Llegaron al Valhalla y tampoco hubo rastros, definitivamente, sus mentes les habían jugado una mala pasada. Bebieron hasta perder la noción del tiempo y la razón, salieron cada cual por su lado y no lo hicieron solos, más bien, acompañados. Se hundieron en la lujuria, la desesperación y el hambre por un cuerpo ajeno. Llenos de nada, vacíos por dentro y carentes de anhelos por aquellos sucios besos que los recorrían enteros. Calmaron su hambre, su sed y se rindieron sobre sus lechos junto a un ser etéreo, sin nombre y sin rostro, que desaparecería en la mañana al abrir los ojos.

— Hola — atendió con la voz ronca su teléfono que no dejaba de timbrar sobre la mesa de noche — ¿Quién habla? —

Se incorporó un poco para ver la hora en su radio reloj y eran las tres de la madrugada. La persona del otro lado sólo suspiró y cortó sin decir nada.

— ¿Quién era, cazador? — preguntó adormecida la mujer a su lado.

— No lo sé — miró la pantalla en silencio — Era un número privado — tres noches consecutivas que sucedía ese hecho — Vuelve a dormir — ella lo abrazó y quitó sus brazos de un movimiento brusco — No me gusta que me abracen al dormir —

Dijo cortante y frotó sus ojos, aburrido. Ella lo aburría, todo lo aburría y el insomnio inundó sus pupilas. Un ruido en la puerta de la casa lo hizo levantar, colocarse los pantalones y alejarse del hedor a sudor, como también a orgasmo, que emanaba el cuerpo de su acompañante.

— ¿No puedes dormir? —

Preguntó Lai al doblar la esquina del pasillo que daba a la cocina, acababa de ingresar.

— No — tomó asiento a plomo y buscando sus cigarrillos con la mirada — Pensé que volverías mañana — él le pasó uno acompañado de un cerrillo.

— Yo también, pero Irene no dejaba de hablar y no tenía ganas de escucharla esta noche — lanzó humo por la boca y buscó algo que comer en el refrigerador — Estoy cansado, la pelea me agotó y necesito descansar — tomó asiento frente a él para destapar una cerveza y prepararse un sándwich — ¿Quieres? —

— No, gracias — se incorporó extrayendo un paquete de la gaveta del pan — Tengo papitas — metió un puñado a su boca y regresó a su lugar — Eran las favoritas de ella — releyó la etiqueta e ingredientes.

— ¿De quién? — habló con la boca llena.

— De Gaia — respondió obvio, dándole un trago a la cerveza que le robó.

— Cierto, a Dea le encantaban las galletas de arroz — tragó y recibió su bebida de nuevo — Eran insípidas y asquerosas, pero ella las comía todo el tiempo — hacía mucho tiempo que no hablaban de ellas — ¿Te dolió? — inclinó la cabeza sin saber a qué se refería — ¿Te dolió cuándo se fue? — apagó la colilla de su cigarrillo formulando una respuesta — Porque a mí me hizo trizas —

— Mucho — guardó silencio un momento pensando cada palabra antes de decirla — Me dolió el dejarla atrás y no comprender lo confundida que ella se sentía por llevar el corazón de Megan — miró a la nada — Fui un idiota, Lai y lo supe cuando se fue —

— Te sentiste engañado, Keilot y lo entiendo — terminó su sándwich y encendió otro cigarro, ese vicio los llevaría a tumba — Pero lo que yo hice, no tiene perdón y si ella hubiera hecho lo mismo, jamás la hubiera perdonado — recordó algo que su padre le dijo hace mucho tiempo — La vida es injusta, hicimos elecciones, cometimos errores y ahora tenemos que aprender a vivir con eso —

— Si tu vida es injusta, Lai — se incorporó para tomar otra cerveza — Yo nací en la injusticia — su teléfono volvió a timbrar y lo atendió, otra vez el número privado — ¡Hola! — habló brusco y perdiendo toda la paciencia — ¿¡Vas a decirme quién diablos eres, infeliz!? — apartó su teléfono señalando la pantalla — ¡No estoy de humor para tus juegos de silencio esta noche! —

— Keilot — su voz lo atravesó, como olvidarla, si la escuchaba en sus sueños — Soy yo —

— Gaia — susurró sin aliento y temblando como una hoja.

— No, lo siento — Lai se incorporó de golpe al escuchar que no era ella — Soy Dea y lamento la hora pero, sólo llamaba para decirte que…—

— ¡Dea, preciosa! — le arrebató el teléfono de un tirón, había perdido la cabeza en un segundo — ¡Soy yo, Lai! ¡No sabes cuánto te…!— cortó sin dejarlo terminar — ¿Dea? — la línea estaba muerta — ¿Preciosa? — no hubo respuesta, el sonido sordo lo golpeó como una ola — Colgó — le devolvió el móvil en un estado de consternación que no cabía en su existencia.

— ¿Por qué habrá llamado a esta hora? — la pregunta lo sacó del trance — ¿Le habrá sucedido algo a Gaia? — seguía de pié impactado por lo ocurrido — Lai — parpadeó y regresó a la realidad de la noche — Son más de las tres de la mañana pero, ¿Existe alguna manera de rastrear un número privado? —

— Sí y creo saber quién puede hacerlo — buscó en la libreta de contactos la persona idónea para eso — ¿Lui? — su hermano era un soldado y jamás dormía — Necesito tu ayuda —

Caminó de un lado a otro recibiendo todos los insultos que él podía darle a esas horas, pero está vez y como nunca antes, era en serio, lo necesitaba.

— ¡Keilot! — amaneció y abrió la puerta de su cuarto de un fuerte empujón — ¡Lui lo logró! — otra vez lo mismo — Lo siento — se disculpó desde su lugar, al ver a la chica en ropa interior junto a la cama.

— No te preocupes, Kirby ya se va — respondió desde la ventana, con un cigarrillo entre los dientes y dándoles la espalda — El día amaneció espléndido, ¿No crees, Lai? —

Ignoró a la joven con ellos, que se veía molesta y muy humillada por su desprecio. Era bonita, de ojos rasgados y cuerpo armonioso, pero no le interesaba más.

— ¡Liv tenía razón! — levantó su ropa tirada por los suelos — ¡Eres un patán! —

Chasqueó la lengua con burla y sonrió como psicópata sin siquiera voltear a verla. Le habían dicho cosas peores en los dos últimos años y ya nada podía afectar.

— Ahorrate los comentarios y vete ya —

Dió una enorme calada y ella emprendió marcha como estaba, descalza y sin ninguna prenda de ropa encima.

— ¡Abre los ojos! —

Lai movió las manos en un gesto extraño al cruzarse en su camino y sacándola completamente de quicio. Si su amigo era un patán, él era un auténtico cretino. Le dio un fuerte empujón para apartarlo y seguir adelante con la frente en alto. Nunca más volvería a ese lugar y tratar con sujetos como esos.

— ¿Y bien? — podía verla alejarse semidesnuda por la calle desde la ventana — ¿Qué información consiguió Lui? — volteó a verlo con una enorme sonrisa.

— No tienes idea —

Le enseñó la pantalla de su celular con muchísimos datos sobre ellas y el origen de la llamada a su teléfono celular.

— ¿En serio, Lai? — imaginó lo peor — ¿Un hospital? —

Palideció y él quitó las gafas de sol que ocultaban sus ojos para observar todo. No podía ser cierto, la llamada fue hecha desde un teléfono público y dentro de un hospital en la ciudad de Cebek.

— Lui jamás me dijo que se tratara de un hospital — comprobó la dirección en su gps y no había errores, ese era el lugar — ¿Tú crees qué…? — no tuvo tiempo a terminar, había descendido del auto como un loco — ¡Keilot! — intentó detenerlo, pero atravesó las puertas de entrada.

— ¡Hola! — tocó el timbre de recepción, pero no había nadie a esa hora de la mañana — ¡Hola! ¿Hay alguien? — golpeó con insistencia el cristal frente a su nariz.

— Disculpe, señor — un hombre de maestranza le dirigió la palabra a sus espaldas — La atención al público comienza en dos horas — miró el reloj y eran casi las siete de la mañana.

— Lo siento — se removió inquieto — No sabía que esto era una clínica privada — rascó su nuca y se acercó a él sintiéndose un idiota.

— Descuide — descansó su cuerpo sosteniéndose con la escoba en mano y mirándolo fijamente, como analizándolo — ¿Usted es el padre de ese pequeño, verdad? —

— ¿Perdón? —

Sintió que su corazón dió un vuelco dentro de su pecho, incrédulo de lo que acababa de oír.

— Sí, usted debe ser el padre — siguió el hombre — Tienen los mismos ojos y el mismo color de cabello, debe ser usted — comenzó a barrer la entrada — La tía del niño dijo que vendría a verlo y que lo dejáramos pasar —

Era irreal todo lo que él decía y se pellizcó un par de veces para comprobar que no dormía. Estaba despierto, consciente y teniendo una revelación que nunca imaginó que pasaría en toda su vida. Él era padre.

— ¿Keilot? —

Una voz familiar lo hizo voltear y su respiración se detuvo, si no fuera porque no sabía cómo reaccionar en ese momento, seguramente, lloraría al volver a verla.

— Gaia —

Fue lo único que dijo, dejándose llevar y correr hacia ella para abrazarla, pero no fue correspondido. Era fría, era helada, era hielo. Lai contempló la escena en silencio y sin poder creer que, realmente, era ella la que veían sus ojos. Ahora la pregunta era, ¿Dónde se encontraba su hermana?

— ¿¡Qué hacés tú aquí!? — su tono irritado le crispó los nervios y giró el rostro al escucharla a unos metros — ¡Ahg! — pasó de él, completamente, asqueada — ¡No puedo creer que no entiendas el porque corté la llamada! — no podía tolerar su presencia o dirigirle la mirada — ¿¡Tú no tienes discreción, verdad!? —

Reclamó al hombre que abrazaba a su hermana como si fuera nada o mejor dicho, nadie. Su carácter había empeorado en los dos últimos años.

— Dea, preciosa, yo… — colocó una mano sobre su hombro, pero fue apartada de un golpe.

— Punto uno… — levantó un dedo delante de su cara al voltear — No me toques — hizo lo mismo con otro apartándose un rizo del rostro — Punto dos… — lo aniquiló con sus ojos — No me digas preciosa… — un tercer dedo acompañó a los demás — Y punto tres — señaló a la salida — Vete, no eres bienvenido aquí —

Cruzó los brazos negándose a irse. Si ella era mala y cruel, él podía hacerlo mejor, sería un demonio despiadado.

— Que quede claro que, yo no vine aquí por ti — la recorrió con un dedo de arriba a abajo, despreciandola — Estoy acompañando a mí amigo, así que, no te creas tan importante…— se inclinó a su altura y casi rozando su nariz — Hechicera —

Los pocos recuerdos felices que habían cosechado juntos, se destruyeron en ese instante y en miles de pedazos. Los dos estaban rotos y heridos, el rencor era el único sentimiento viable entre ellos ahora.

— Vete al diablo, vidente —

Giró sobre su propio eje y perdiéndose detrás de una de las puertas del ala principal de ese lugar, para no volver a verlo el resto del día.

— Si piensa que la dejaré en paz…— subió las mangas de su camisa hasta los codos y peino su cabello como siempre lo hacía antes de meterse a la arena — Está muy equivocada, esta pelea recién comienza —

Siguió sus pasos sin mirar atrás. Tenían muchas cosas que arreglar, asperezas que limar y roturas en sus almas que remendar. El camino sería largo, tortuoso y tempestuoso, pero él era Lai Row y nunca, jamás, en toda su vida, se había rendido sin pelear.

— Creo que tenemos que hablar — pronunció al quedarse solos.

— Sí — lo miró de reojo y alejándose unos cuantos pasos — Ven conmigo —

Lo encaminó fuera de la clínica para poder hablar tranquilos en una cafetería de la esquina, había mucho por decir y poco tiempo que contar.

— Dos años sin vernos es mucho tiempo — asintió, aferrando la taza de café con fuerza y las manos temblorosas, no podía controlar los nervios— ¿Es cierto? — volvió a mover la cabeza en afirmación y sin decir nada — ¡Con un demonio, Gaia! — golpeó la mesa, asustándola — ¡Dime algo! — exigió, sin poder soportar ni un minuto más su silencio — ¡Tu hermana habla conmigo a las tres de la madrugada! — cerró las manos en un puño para no perder la compostura del todo — ¡Cuando al fin puedo hablar con ella, no me dice nada y después de mover a todo el ejército para tratar de rastrearlas, las encontramos en Cebek! — era algo bastante irreal a decir verdad, pero cierto — ¡Y al llegar aquí, me entero por la boca de un empleado de maestranza, que soy padre de un pequeño niño! — llevó una mano a su pecho al sentirse hecho añicos — ¡Yo ahora te pregunto a ti! — la señaló con una mano extendida — ¿¡Qué con eso!? —

— ¿Puedes dejar de gritar? — pidió tranquila y la voz pétrea, estaba interpretando una escena — Sí, eres padre, ¿Y qué? — afirmó con la guardia alta — Su nombre es Daven, tiene un año y tres meses, es un niño hermoso, alegre y feliz — contó con los dedos todas las cualidades de su hijo — Y no te necesita, así que, vete por dónde viniste —

Hizo un gesto despectivo corriendolo y él detuvo su mano al aire apretando con fuerza. Todo tenía un límite y ella los había atravesado sin piedad. Una cosa era esconder el origen de su corazón, pero otra muy distinta, era ocultarle la existencia de su propio hijo y eso, aunque no lo quiera, tenía que terminar.

— Sí, me necesita, soy su padre y quieras o no, tengo todo el derecho de saber de él — intentó incorporarse, pero volvió a sentarla de un tirón. No le permitiría irse de allí, no más — Soy su padre, Gaia y haré todo lo posible para estar con él —

No era una advertencia y tampoco una amenaza, lo haría y sin titubear.

— Tú me dejaste — murmuró con los dientes apretados — Me abandonaste, yo estaba enamorada de ti y no te importó nada — soltó su agarre de un tirón — ¿Crees que fue fácil para mí contarte sobre el corazón de Megan? — llevó una mano a su pecho, después de dos años, seguía latiendo con fuerza al verlo — ¡Fui su receptora, maldita sea! ¡Y no tuve la culpa de todo lo que pasó entre nosotros después! — ahora, la que interpretaba un escándalo era ella.

— Baja la voz— murmuró levantando un dedo y señalando alrededor, todos los estaban mirando — Me dijiste que no sabías lo que sentías por mí, que no creías que fuera real al llevar su corazón, ¿Cómo crees que me sentí al escucharlo? — preguntó retórico — ¡Destrozado! ¡Así me sentí! — se acercó a ella para decírselo en la cara — ¡Yo te amaba con locura, Gaia y me hiciste pedazos! —

— ¡No me dejaste terminar! ¡Te fuiste con una verdad a medias y sin permitirme darte una buena explicación!— refutó igual que él — Y ahora, ya no tiene sentido —

Regresó a su silla, ya que ambos se habían puesto de pie para gritarse todas las verdades a la cara de una buena vez.

— No, no lo tiene — hizo lo mismo que ella y se mantuvieron en silencio por un largo tiempo — ¿Por qué no me lo dijiste antes? — la rabia que sentía se transformó en tristeza.

— Lo hice, te llamé tantas veces que ya no puedo contar — volvió a tomar su café un poco más tranquila — Te envié miles de mensajes y millones de email, pero jamás contestaste —

— Es que hice trizas mí teléfono cuando te fuiste — si no hubiera sido tan orgulloso, podría haber estado con su hijo desde siempre — Lo hice para no llamarte y molestarte al estar lejos de mí —

— Lo supuse — bajó su taza a la mesa — También llamé a la mansión Row para decírselo a tus padres, pero me informaron que se habían retirado y mudado al sur, perdiendo todo contacto con ellos —

— Sí, mis padres decidieron vivir una vida austera y alejarse de los lujos de la mansión por un tiempo — colocó una mano sobre la suya — Lamento haber sido tan… —

— ¿Idiota? — terminó ella haciéndolo reír — Y yo lamento no haber sido sincera contigo — apretó su agarre con fuerza.

— ¿Por qué están en un hospital? — quiso saber cambiando de tema — ¿Por qué están aquí? ¿Está bien? — suspiró fuerte y tan cansada como se veía en su mirar.

— Esa es otra historia —

Lo odiaba, lo odiaba tanto que le corría el alma y dejaba de ser ella misma al verlo. Lo odiaba tanto que lo amaba, lo amaba de una manera enfermiza y rozando a una oscura obsesión. ¿Cómo se puede amar tanto a alguien que te ha hecho tanto daño? ¿Cuánto más iba a amar y odiar a ese hombre en un mismo momento? ¿Qué tan delgado es el límite entre el amor y el odio? Esas eran las preguntas que se hacía a diario desde que se marchó.

— Maldito hijo de la… — ató su cabello en una coleta al terminar de ponerse su uniforme de trabajo — Pantufla — se miró al espejo sintiéndose satisfecha — ¿Por qué regresaste?, Lo arruinarás todo —

Bajó la mirada, apretó el puente de su nariz y salió del vestuario empujando el carrito del aseo.

— Tardaste mucho — le habló a su lado al atravesar la puerta — Llevo más de media hora esperándote — arrugó la frente, respiró hondo y siguió camino sin mirarlo.

— ¿Por qué mejor no te vas? — apretó el botón del ascensor — Estoy trabajando —

— Yo también — lo miró y casi le da algo.

— ¡Santo dios! — perdió los estribos por completo — ¿¡Qué hacés vestido así!? — llevaba uniforme al igual que ella.

— Las personas aquí son muy descuidadas — leyó el gafete en su pecho — Y en especial…— sonrió con todos los dientes — Ernesto — detuvo la puerta del ascensor al abrir — Adelante, mi diosa —

Bufó hastiada e ingresó dentro. Ascendieron al quinto piso en completo silencio y observando las luces del tablero pasar de un número a otro.

— ¿Hace mucho que trabajan aquí? — negó y el ascensor se detuvo.

— Cuando Daven tenía tres meses…— empujó el carro para salir y él la ayudó a hacerlo — Uno de los médicos de Gaia fundó esta clínica y nos ofreció empleo a las dos —

— ¿Fregar pisos?, No es un gran empleo —

No le gustó para nada su tono despectivo, era un trabajo digno para cualquier persona el hacer el servicio de limpieza en ese lugar.

— No, precisamente — golpeó una puerta delante que tenía escrita la palabra "servicio" — ¿Bianca? ¿Señor Leto? — abrió cuando nadie respondió — Cierto, vinimos muy temprano hoy — se trataba de una pequeña cocina en donde los empleados de maestranza podían tomar el desayuno o almorzar — Siéntate, Ernesto — apuntó a la silla junto a una pequeña ventana y encendió la cafetera al seguir de largo cuando se sentó — Este lugar es una clínica especializada en varias áreas — el café ya estaba listo — Pero destaca en cardiología y fertilidad asistida —

— Eso es excelente — aferró la taza que le ofrecía — Gracias — sopló para darle un pequeño sorbo — ¿Y qué haces tú aquí? — la apuntó con la misma procurando no derramar nada — Es un área muy alejada a tu zona de confort —

Ella estudiaba literatura y letras en la universidad, no tenía nada que hacer en un lugar como ese.

— No tanto — descansó su cuerpo en la encimera — Soy la recepcionista, sólo que me gusta ayudar a las personas del aseo antes de tomar turnos y atender a los pacientes de los médicos —

Tenía sentido, no había nadie más adecuado que ella para ese trabajo.

— Entiendo — no quería que el café se acabara, la charla también lo haría cuando eso pasara — ¿Y Gaia? — miró el contenido, pensando.

— Pues, el fundador y director de este lugar, está enloquecido por ella y le dio uno de los puestos más altos en el laboratorio de análisis clínicos —

— Momento — se incorporó para dejar la taza vacía en el fregadero — ¿No dijiste que el fundador de este lugar era uno de sus médicos? — asintió lavando la suya — ¿Entonces? —

— Sip — apretó los labios en una pequeña línea — Es un típico caso de "amor por transferencia" —

No podía dejar de reír, le dolía el estómago de tanto hacerlo. Era inevitable, reía para no explotar por amargura y los celos que le ocupaban el pecho.

— ¿De verdad? — intentó recomponerse al ver qué ella no reía.

— Sí, ¿No sé de qué te ríes? — se veía muy acongojada por lo que acababa de contarle — Por culpa de Doctor Ayerdi, ahora tengo que viajar todos los días en tren desde Ingual hasta aquí y trabajar en un lugar que detesto, porque todo el mundo me odia — descansó la barbilla en las palmas de sus manos — La paga es buena, pero no sé si vale la pena, dejo muchas horas a Daven en casa de mis padres y me extraña —

Tuvo una enorme suerte de que al graduarse de técnica biotecnóloga en análisis clínicos, consiguiera un gran empleo y en un buen lugar, pero estaba a punto de dimitir por su hijo.

— Sí, es mucho tiempo — dejó dinero sobre la mesa, ya que ella tenía que ingresar a trabajar — Hablaré con un abogado y pactaremos la manutención — cruzaron la calle al tener el paso — Y todo lo que él necesite, por supuesto —

Como ayudante de cátedra en diversas áreas de su universidad, el dinero no era un problema para él ahora y sin mencionar, las ganancias extras que generaba el Círculo. Podía mantener a su hijo y a ella, sin ningún tipo de limitación.

— No es necesario, en serio — se detuvo a unos metros de la entrada para poder hablar unas últimas palabras — Estamos bien, es solo que, es cansado — suspiró al sentirse exhausta.

— Es mi hijo y todo lo que necesite, se lo daré — le entregó su teléfono celular — ¿Podrías darme tu número? — pidió avergonzado — Sólo lo necesito para saber de él y nada más — ansiaba por conocerlo, pero esperaría el momento para pedírselo.

— Lo sé — lo agendó sonriendo — Salgo a las seis de aquí — se lo devolvió — Si tú quieres, ven por mí y vamos a Ingual para qué lo conozcas —

— Me encantaría, gracias — llevó las manos a los bolsillos de sus pantalones para no tocarla — A las seis vengo por ti —

Asintió enérgica y una persona pasó corriendo a su lado como si el mundo se acabará al salir de la clínica. Era Lai.

— ¡Corre, Keilot! ¡Corre! — alcanzaron a escuchar antes de perderlo al girar en una esquina — ¡Están locas! —

— ¡Allí va! — un grupo de entre cinco y seis mujeres corrieron detrás de él — ¡Por favor, regresa! — suplicó una de ella al borde de las lágrimas.

— ¡Quiero un hijo con tus ojos, Ernesto! — dijo otra sin dejarlo escapar en paz.

— ¡Señoras, por favor! — su hermana fingió estar muy abochornada por el horrible espectáculo que acababa de presenciar — ¡Mantengan la compostura y el decoro! — se estaba divirtiendo a horrores — ¡Ese donante no sirve! — gritó al mundo con una mano cerca de su boca, levantando un brazo al aire y dando pequeños brincos — ¡Ya lo chupó el diablo! — hizo todo lo posible o mejor dicho, nada, para detenerlas — Avisenme cuando Lai esté cerca — pidió antes de volver a entrar — Es una mina de oro y no puedo dejarlo escapar — su sonriera era siniestra y perversa, lo haría derramar lágrimas y suplicar piedad — Hay muchas pacientes ansiosas por su simiente y yo se lo voy a quitar para mi beneficio personal — se apartó el cabello del rostro y alisó su ropa — Ipso facto — atravesó las puertas de cristal para volver a trabajar.

— Bueno — movió los brazos en vaivén al sentirse extraña — No quería saber tanto pero, en fin…— dio unos pasos al frente — Nos vemos a las seis —

— Sí, a las…—

— Gaia — la voz de un hombre a su derecha lo interrumpió.

— Buenos días, Doctor Ayerdi — saludó tranquila y las manos entrelazadas detrás de su espalda.

— Alen — pasó junto a él y ni siquiera lo miró — Te he dicho que ahora somos colegas y puedes llamarme por mi nombre de pila —

Un niño rico, así lo describió en su mente. Un niño rico, sin carencias, con cabellos dorados como las espigas de trigo y ojos grises muy claros, manicura recién hecha y perfecta, traje bien planchado y almidonado sin dobleces o hendiduras, pulcro de pies a cabeza. Era alto, a simple vista se notaba que hacía ejercicio y cuidaba de sí mismo con buenos hábitos por las mañanas. En simples y llanas palabras, lo opuesto a todo lo que él representaba.

— No lo somos, yo soy técnica y usted un doctor — le dirigió la mirada un último instante — A las seis te espero aquí, ¿Sí? — lo saludó con un simple movimiento de su mano — Estoy segura de que a Daven le encantará conocerte — sus ojos brillaron de solo imaginarlo.

— Claro que sí — miró al hombre allí, desafiándolo una y mil vidas con la mirada — Soy su padre — enfatizó en las últimas palabras y regresó los ojos a ella — No te robo más tu tiempo, Gaia — dio la vuelta y emprendió andar — Nos vemos — se despidió con una mano al aire dándoles la espalda.

Volver a verlo fue más divertido de lo que imaginó. Había olvidado lo mucho que se divertía cada vez que estaba con él, era tan hilarante, que con sólo abrir la boca le robaba un millón de sonrisas y miles de carcajadas.

— Clínica Cebek, ¿En qué puedo ayudarle? —

Respondió desde el auricular inalámbrico en su oreja, tecleando en el computador y confirmando los próximos turnos.

— Preciosa, soy yo —

Cubrió sus ojos con una mano al identificar su voz que hablaba en susurros del otro lado. Parecía que estaba escondiéndose de alguien.

— Lai, estoy trabajando — una sonrisa boba apareció en sus labios.

— Lo sé, pero sólo quería decirte que me encantó verte — levantó un dedo a la persona delante del cristal pidiendo un minuto — Keilot irá a la casa de tus padres a conocer a su hijo y como yo no quiero ir, me preguntaba si… — podía oír sus pasos por la acera — ¿Te gustaría salir conmigo esta noche después del trabajo? —

— Sí, está bien — respondió rápido y sin darle muchas vueltas al asunto — Pasa por mí a las siete, nos vemos — cortó — ¡Buenos días, señor Riota! ¡Tanto tiempo sin verlo! — buscó los datos del paciente en el ordenador.

— Eso significa que estoy muy bien de salud, linda — respondió con su voz áspera, siseante y cargada de paz — Sería un infortunio tenerme por aquí seguido —

— No diga eso, usted es más fuerte que un roble — afirmó, para subirle el ego y alegrarle el corazón — El doctor Ayerdi lo atenderá en un momento — sonrió encantado — ¿Quiere que lo acompañe al ascensor? —

— Puedo hacerlo, gracias — lo vió marchar con su bastón.

— El señor Uzui Riota — repitió su compañero en la otra ventanilla que se ocupaba del área de fertilidad asistida — Es un roble, pero a su viejo corazón le quedan pocos tic tac —

— Lo sé, Chris — negó con la cabeza tratando de olvidar, pero no podía — Leí su último informe y es desalentador — el intercomunicador de uno de los consultorios llamó — ¿Doctor? — esperó que hablara.

— ¿Puedes venir un momento? —

— Enseguida — dejó todo el sistema en espera, dirigiéndose al consultorio.

— Saludos al doctor LT —

Rodó los ojos y siguió camino fingiendo no escuchar, su compañero de trabajo y por ende, mejor amigo, era tan gay que le encantaba y la volvía loca a la vez.

— Aquí estoy, doctor — ingresó después de golpear — ¿Qué se le ofrece? —

— Cierra la puerta — la había dejado abierta — Necesito que le lleves esto a tu hermana — le entregó unas muestras de sangre — Y dile a tu amigo que no quiero verlo por aquí otra vez — la miró a los ojos para que captará su advertencia.

— Está bien, se lo diré — su cara se transformó al oírlo — ¿Algo más? — preguntó a la defensiva.

— Sí, te espero para cenar esta noche — le apartó un rizo del rostro con suma delicadeza — Haré espaguetis para tí —

Tocó sus labios con uno de sus pulgares para poder besarlos, pero se contuvo, estaban trabajando.

— Bien, llegaré un poco tarde, pero ahí estaré — abrió la puerta para irse.

— Dile que le mando saludos — se detuvo en seco antes de cruzar el umbral.

— No lo haré — murmuró por lo bajo antes de cerrar.