El viaje hasta Ingual constaba de una hora o si el tiempo apremia, de unos cuarenta minutos como máximo, pero aprovecharían ese momento a solas para ponerse al corriente de sus vidas.

— Y esa es la historia de cómo me enteré que Daven llegaría a mí me vida —

Miró por la ventana con una enorme sonrisa, no le causaba dolor alguno el haberle contado todo lo vivido en los últimos dos años y encontrarse sola con un bebé, después de un duro rompimiento. Todo lo contrario, la llegada de ese niño inundó de luz su existencia y sobre todo, por la inmensa suerte que tuvo al parecerse a él. Un pedacito de cielo con enormes y brillantes ojos verdes idénticos a los de ese hombre que tanto amó.

— Debió haber sido muy duro y lamento mucho el no haber estado ahí — aferró una de sus manos para llevarlas a sus labios — Te juro que lo siento —

— No tienes porque disculparte, fue difícil por la condición de mi corazón, pero los dos estuvimos bien y él es completamente sano, es lo único que me importa — apartó su mano, lentamente — El doctor Ayerdi estuvo conmigo desde el primer momento en el que me convertí en su paciente y me derivó a la mejor ginecóloga que he conocido en toda mi vida, todo salió bien — buscó algo en la pantalla de su celular para enseñarsela — Mira, es idéntico a ti — observó la fotografía con los ojos gigantes.

— Tengo excelentes genes — devolvió su mirada al frente con el pecho lleno de orgullo — Eso no hay que dudarlo, mi hijo romperá corazones cuando crezca —

No veía la hora de tenerlo en sus brazos y darle una abrazo gigante, de esos que tantos compartió con ella el tiempo que estuvieron juntos.

— Eso jamás — guardó su celular — Daven no será un cretino y mucho menos, un patán con las chicas — negó con un semblante tan serio que la desconoció — Él será un hombre de bien y se enamorará de una buena mujer cómo su mamá — se señaló a si misma.

— Eso será difícil — las primeras luces de la ciudad podían verse a lejos — Porque en toda mi vida no he conocido a alguien como tú — no dijo nada, no sabía si era un halago, un cumplido o un insulto, prefirió dejarlo pasar — ¿Puedo preguntar algo? —

— Sí, claro — se removió en su asiento esperando lo peor.

— ¿El doctor y tú están…? —

— ¡No! — lo interrumpió de golpe — ¡Claro que no! — imaginarlo la ponía nerviosa — Es un hombre atractivo, con muchísimo dinero y de buen corazón — respondió sin pensar demasiado — Pero es mi jefe y hasta un tiempo atrás, yo era su paciente, no me imagino tener algo con él — bajó la ventanilla para dejar entrar el aire — Después de ti he tenido algunas citas casuales, pero nada serio, el encanto se rompe cuando les digo que tengo un hijo —

— Idiotas — murmuró por lo bajo apretando los dientes — Tener un hijo de otro hombre, no te hace una mujer poco deseable o menos atractiva — bajó la velocidad — Cualquiera con dos dedos de frente y lejos de prejuicios, estaría contigo —

Parecía que el tiempo no había pasado entre ellos, seguían conversando de la misma manera como lo hicieron siempre. Era extraña su relación, pero no les incomodaba en lo absoluto.

— Pues, gracias… — movió los ojos en varias direcciones — ¿Creo? — pensó un momento — ¿Y tú? — giró a verlo con mucho interés — ¿Tienes a alguien por ahí? — su lado infantil seguía allí, latente y espontáneo como el día en que la conoció.

— Como tener del verbo tener…— le indicó dónde virar con un dedo — No — una pequeña sonrisa se formó en sus labios — Siempre hay algo, soy hombre y humano, pero no quiero más de lo que puedo manejar —

— Tendrías que, eres joven, atractivo no te falta y aquí entre nos, digamos que te sobra— rodeó con ambas manos uno de sus enormes bíceps — Y has estado haciendo ejercicio, ¿Verdad? — sus dedos no alcanzaban a completarlo — No recuerdo que haya sido tan grande —

Ese detalle no era lo único que recordaba de él, la naturaleza había sido muy generosa y nadie podía negarlo.

— Sí, fumo y bebo como un desgraciado — la piel le ardía y quemaba en dónde ella lo había tocado — Y es por esa razón, que decidimos entrenar en el gimnasio con Lai tres veces por semana — encendió un cigarrillo después de eso — Nos estamos poniendo viejos y es nuestro último año en el Círculo, pensamos retirarnos con el estandarte bien alto — lanzó humo por la nariz y la boca al decirlo — Seremos un mito o una leyenda dentro de ese lugar —

— Hacen bien, yo tuve que dejarlo — miró la hora en su teléfono celular — Mis tiempos son muy acotados para ocuparme de mi misma y no tuve otra opción que dejar de entrenar —

La miró de reojo y la ropa le quedaba gigante, seguramente, aún seguía amamantando a su bebé.

— Si concurres al gimnasio desaparecerás — rodeó su muñeca con una mano — Tu hermana y tú están diminutas — parecía que podía romperla fácilmente — ¿Qué les pasó?, Las dos se ven muy frágiles, pequeñas y delgadas — sonrió triste y sin ganas de hacerlo — Tu cuerpo no es el de hace dos años atrás —

— La vida por encima, eso nos pasó y me convertí en madre — regresó a su asiento mirando al frente — Esa es la casa de mis padres — estaban a cincuenta metros de llegar.

— ¿Y todos viven aquí? —

Detuvo el auto en la entrada. La casa se veía enorme, segura y con mucho espacio disponible para una familia grande.

— No, Dea vive en Cebek con su novio, ya que cursa las últimas cátedras de su carrera los fines de semana y a veces, después del trabajo — tomó su mochila del suelo y subió la ventanilla — Era absurdo viajar todos los días hasta allá al vivir aquí y decidió quedarse —

— ¿¡Dea tiene novio!? — asintió antes de bajar yl abrir la puerta — ¡Vaya, eso sí que no me lo esperaba! — se sorprendió al escuchar su propia voz tan fuera de lugar — Qué bárbaro, si que me escuché impactado — la detuvo un momento al levantar una mano — Probemos de nuevo, ¿Dea tiene…? — chasqueo la lengua mofándose de sí mismo – No, ya no es lo mismo — empujó la puerta para poder salir — Y no tiene sentido que lo haga, vámonos —

Cómo era de esperarse, su ansiedad le jugó en contra y llegó una hora antes a la clínica.

— Lai — suspiró fuerte, pesado y consistente — Estoy trabajando — desconocía la cantidad de veces que dijo esa frase a lo largo del día — No puedes venir de visita o estar aquí, es una clínica — apuntó a las sillas de espera — Siéntate a esperar y no hagas nada fuera de lugar — ordenó como si fuera un niño.

— Bien, esperaré —

Caminó hasta allí a paso largo y tomó una revista para ojearla un poco, mirándola a ella trabajar de vez en cuando. No había cambiado nada, es más, estaba mucho más delgada de los que recordaba.

— ¿Tú también eres donante? — preguntó un sujeto a su lado haciendo lo mismo que él.

— ¿Perdón? — no entendió a qué se refería hasta que entró en razón — No, lo siento, estoy esperando a alguien — extendió una mano al cerrar la revista — Lai Row —

— Nigal Rion — aceptó el saludo — Lo lamento, pero tienes el perfil perfecto para donar tu simiente al ala de fertilidad y creí que lo eras — soltó su agarre — ¿Eres modelo o algo por el estilo? —

Rascó su nuca al sentirse avergonzado y como pocas veces le había pasado antes. No le gustaba ser el centro de atención en cuanto a su atractivo o fuera de la arena de combate.

— No, estoy a un semestre de graduarme de abogado — regresó a su posición inicial — Soy un hombre de leyes —

— Que pena, porque soy fotógrafo profesional en Nuak — le entregó una tarjeta de presentación — Y hombre, déjame decirte que… — encuadró su rostro con los dedos como si se tratase de un lente fotográfico — Tienes todas las cualidades para el modelaje — una risa ahogada salió de él.

— Gracias, en serio, pero no —

Volvió a abrir la revista y sin ningún tipo de interés en la oferta laboral que acababa de recibir. Dea se acercó a él con una tierna sonrisa y se incorporó para recibirla.

— Estoy lista — acomodó el bolso sobre su hombro y apartó un rizo del rostro, hasta que un flash le inundó los ojos — ¿Disculpé? — preguntó molesta al hombre sentado allí, les había tomado una fotografía sin autorización — Señor Rion, sigue aquí — habló sorprendida al reconocerlo — ¿Su esposa aún está en consulta? —

— Sí, se ha tardado demasiado — también se incorporó — ¿Estará bien? —

— Permítame, iré a consultar —

Ingresó a uno de los consultorios, sería su última labor antes de ir por unos tragos.

— Ella es muy fotogénica — le enseñó la imagen en su celular — Y junto a ti, lo es aún más —

Se veían radiantes, sonriendo el uno al otro con los ojos iluminados. Si no fuera porque el flash los tomó desprevenidos, cualquiera diría que estaban enamorados.

— Señor Rion — regresó enseguida con la cara pálida — Podría ir con su esposa, por favor —

Tragó pesado y él exhaló todo el aire que tenía dentro, imaginando lo peor.

— Gracias — su mirada cambió por completo — Si piensas en cambiar de trabajo, llámame —

Asintió sin pronunciar palabra al sentirse incómodo y él se marchó, el ambiente cambió en cuestión de segundos.

— Vámonos, Lai — caminó hacia la salida a paso firme y cansado.

— ¿Estás bien? — sostuvo la puerta para ella.

— No — bajó la mirada y frotó sus ojos con fuerza al salir — Es la tercera implantación embrionaria que pierde, estaba destrozada —

Levantó la mirada al cielo, era una mezcla entre gris, naranja y negro junto a las primeras estrellas sobre el horizonte.

— Lamento mucho escuchar eso — caminaron por la acera en completo silencio después de eso — ¿Dónde quieres ir? — lo rompió al transitar unas calles.

— No muy lejos de la clínica, tengo que ir a casa temprano a preparar la cena — respondió entre balbuceos al sentirse culpable — Mañana es un día muy largo y no puedo desvelarme —

— Está bien — miró alrededor — ¿Ahí? — asintió y guiaron sus pies hasta allí — Buenas tardes, ¿Una mesa para dos? —

Preguntó al empleado que los recibió en la puerta. Era un lugar excéntrico y agradable, con carteles publicitarios en las paredes, fotografías viejas y artículos de mecánica por doquier, como también, un pequeño museo de antigüedades en la parte trasera del lugar, con automóviles viejos y productos descontinuados de hace años atrás.

— Síganme — los guió a un privado lejos de la vista a la calle — Aquí está la carta — les entregó una a cada uno — Es auto servicio, cuando decidan su orden tendrán que dirigirse al mostrador y una vez que estén listas serán llamados por el micrófono —

— Perfecto — ojeó la carta en mano — Gracias — asintió y se marchó — Me gusta este lugar — dijo, al bajar la carta y mirarla a ella.

— A mí también — leía el menú pasando el dedo por cada palabra sin dirigirle la mirada — De vez en cuando vinimos aquí con Gaia a comer algo, los precios son razonables y el servicio es muy bueno — al fin lo miró — ¿Y qué hay de ti, Lai? —

— No mucho —

Tenía el cabello más largo y se veía más tonificado que la última vez que lo vio, se notaba que hacía ejercicio, pero sus ojos seguían siendo los mismos, traviesos y expresivos como los de un niño.

— Imagino que estás por graduarte, ¿Verdad? — tamborileo los dedos en la mesa sin tener noción de que más hablar.

— Es correcto, ¿Y tú? ¿Sigues estudiando? —

— Sí, este es mí último año — su teléfono timbró, pero decidió ignorarlo al ponerlo en silencio — Me encuentro cursando mis últimas cinco materias los fines de semana y las llevo al día, no tengo que preocuparme por eso —

— ¿Y qué harás una vez que te gradues? — tenía interés en saberlo.

— No lo he pensado, pero supongo que, seguiré trabajando en la clínica a medio tiempo y dar clases en alguna escuela secundaria — se incorporó para ir por la orden de ambos — Tener trabajo no es un problema para mí hoy en día — lo apuntó — ¿Qué quieres?, Yo invito —

— Un combo cinco para mí está bien —

El móvil en su bolsillo no dejaba de vibrar y podía imaginar quién podría ser sin tener la necesidad de echarle un vistazo.

— Enseguida regreso —

Lo tomó al irse por sus órdenes y responder a la fastidiosa persona del otro lado.

— Estoy ocupado, Irene — respondió a una velocidad increíble — Cuando regrese a casa, hablamos —

Lo guardó inmediatamente cuando regresó a la mesa y sonrió fingiendo que nada pasaba.

— ¿Irene? — habló al llegar y él asintió algo incómodo — Tranquilo, Lai — palmeó su mano en un gesto amistoso — Ya no importa —

Ella era la mujer con quién la había engañado al momento de terminar su relación. Siempre hubo algo entre ellos, un fuego incipiente que todo el mundo podía ver cada vez que cruzaban miradas y era lógico que algo así iba a pasar o seguir pasando, cuando él estuviera libre.

— Dea, yo…—

— Estoy saliendo con alguien — lo interrumpió antes de que dijera más — No quiero mentirte, fue duro superarte y me arruinó, ya que no te creía capaz de engañarme — era un dolor que se había guardado por años — Pero él me ayudó mucho y bueno, aquí estamos —

Le enseñó el anillo de compromiso engarzado en su dedo. Lo amaba, lo amaba muchísimo y nunca iba a dejarlo atrás, él se clavó en su corazón como una espina que nunca iba a poder sacar, pero la vida debía continuar.

— Lo entiendo — la verdad lo hizo pedazos — Era evidente que no me esperarías o escucharías todo lo que pensaba decirte el día de hoy — colocó una mano sobre la suya — Sé que no sirve de nada ahora, pero lo siento mucho, de verdad —

— Lo sé — sus ojos se llenaron de dolor y lástima — Y yo también, pero la vida continúa, Lai —

— Orden veintiséis — escucharon por los parlantes del lugar.

— Es la nuestra — se levantó con pequeño salto — Ya regreso — asintió y la vió ir.

— Necesito un trago —

Su corazón le dolía tanto que pensó que moriría justo ahí, en ese mismo instante. Todavía la extrañaba y la amaba, pero no podía seguir aferrándose a esos sentimientos como lo estaba haciendo.

— Bien, Daven — sus padres los habían dejado solos para que el niño estuviera tranquilo — Ese hombre que ves ahí — apareció con él en brazos y su corazón se saltó un latido, era hermoso — Es tu papá —

Llegó a su lado con las piernas temblorosas, no podía creer que eso estuviera pasando.

— Hola, amiguito — tomó uno de sus dedos cuando estiró la mano para poder tocarlo — Soy tu papá — hacía un esfuerzo titánico para no llorar al conocerlo — Y eres igualito a mí — tiró sus bracitos hacia él y lo cargó con cuidado — Estoy tan feliz de conocerte —

Le dio un abrazo gigante, de esos tan bonitos y únicos que sólo un padre podía dar. El abrazo que tanto había anhelado antes de llegar.

— Gracias por esto, Gaia — ella quitó una lágrima de su mejilla, era la imagen más hermosa y tierna que había visto en su vida — Gracias por darme a él —

El edificio donde ella vivía se encontraba más cerca de lo que imaginaron. No deseaba entrar y él no quería dejarla ir, pero habían pasado un buen momento juntos y ahora, debían marchar.

— ¿A dónde te quedarás, Lai? —

— Esperaré a Keilot en un hotel a pocas calles de aquí — señaló en esa dirección — ¿Vives aquí? —

Admiró sorprendido la fachada delante con las manos en los bolsillos. Era un lugar enorme, de más de diez pisos y muy moderno.

— Sí, es impresionante, ¿No? — buscó la tarjeta magnética para ingresar — Bien — suspiró al encontrarla — Me encantó verte, Lai — reconoció sincera.

— A mí también — no sabía cómo despedirse de ella y romperse en el intento — Espero que tengas una buena vida de ahora en adelante, Dea — se aclaró la voz, esas palabras le rasparon fuertemente la garganta — Y si alguna vez me necesitas, ya sabés… — extendió una mano que fue tomada por ella — Llámame —

— Lo haré, lo prometo — no pudo resistirlo más y se arrojó a sus brazos para sentir su aroma por última vez — Gracias por regalarme esta tarde contigo — se aferró a él con fuerza cuando rodeó su cabeza con una mano al estrecharla como antes — Te prometo que seré feliz y espero que tú también lo seas —

Una lágrima rodó por su mejilla y la apartó al soltarse. No quería dejarlo, soltarse de él y mucho menos, tenerlo lejos, pero le abrió su corazón a alguien más y tenía un compromiso que cumplir ahora.

— Yo no puedo prometerte eso — le apartó un rizo del rostro con cuidado — Pero lo seré si tú lo eres — regresó las manos a los bolsillos y se removió inquieto — ¿Cómo es él? —

Era algo que tenía que saber, no podía marchar sin tener conocimiento de cómo era ese hombre. Sería su último adiós y se alejaría en paz.

— No tienes porque saber eso, Lai — deslizó la tarjeta por la cerradura — Lo único que te diré de él, es que es un buen hombre — empujó la puerta al escuchar el pitido de apertura — Y que, aunque no lo creas, me ama con todo el corazón — dio un paso para ingresar dentro.

— No creo eso — se detuvo de espaldas al escucharlo — Nadie en la este mundo te ama más que yo —

Giró sobre sí mismo y emprendió su andar, sin permitirle pronunciar una palabra más. No se iba a rendir, ahora más que nunca, lucharía por ella.

— Keilot — habló por teléfono a su mejor amigo al cruzar la esquina — Mira por la ventana y ten cuidado al regresar —

La impactante historia que le había comentado Dea con respecto a la oscura obsesión que el doctor Ayerdi profesaba por Gaia, le hervía la sangre y lo llenaba de rabia. Keilot tenía que saberlo, antes de perderse en el alcohol del bar que lo saludaba al entrar.

— Bien, cuídate hermano —

Cortó y tomó asiento en una de las banquetas disponibles en la barra.

— ¿Qué te sirvo, guapo? —

Habló la cantinera de cabello rosado, ojos pardos y enormes tatuajes por todo el cuerpo.

— Lo más fuerte que tengas, dulzura —

Sonrió sin ganas y entregándose al primer trago de esa larga noche.

Sus ojos no se apartaban del vehículo estacionado fuera de la casa. Los habían seguido de camino allí, no estaba alucinando, ese maldito doctor o alguien a sus órdenes, los había seguido hasta Ingual.

— ¿Sucede algo? — llegó a su lado con una taza de café en mano para él.

— No, nada importante — cerró la cortina de golpe — Pensé que vivías con tus padres — miró alrededor y su pequeña casa era muy acogedora.

— No, vivo enfrente, Daven y yo necesitamos nuestro propio espacio — tomó asiento en un pequeño sillón junto a la ventana — Este lugar le pertenece a ellos y los departamentos detrás también, esta es una de las once propiedades que tienen a su nombre por toda la ciudad y que rentan como un ingreso extra — sopló con fuerza su taza, estaba muy caliente. Por suerte, su bebé se había dormido después de alimentarlo y podían hablar con tranquilidad — Aquí vivía una señora mayor, enfermó producto de la misma vejez y falleció hace unos meses atrás en el hospital — bebió un poco para entrar en calor — Y antes de rentarlo a cualquier desconocido, me lo ofrecieron a mí y aquí estamos — se relajó en su sitio.

— Eso está muy bien — ocupó el lugar vacío delante de ella — Mañana hablaré con Lai y pactaremos la manutención, ¿Sí? —

— No tienes porque preocuparte por eso, Keilot — dejó su bebida a un lado, había terminado — Estamos bien, pero sí pactar manutención y días de visitas con Daven te genera tranquilidad, puedes hacerlo, no me opondré al respecto — parpadeó cansada.

— Lo sé, pero es mi hijo y me corresponde hacerme cargo de él — terminó su café y se incorporó para marcharse — Mañana volveré y hablaremos de esto con más calma — caminó hasta la puerta — Hoy estás muy cansada y… —

Tomó el pomo con una mano, pero ella lo detuvo con la suya antes de que abriera la puerta.

— Quédate — rogó mirándolo a los ojos — No quiero que te vayas — tragó pesado y cerró el pestillo con las manos temblorosas — No podré dormir está noche sabiendo que él envío a matones por ti —

No era estúpida. Era consciente que el doctor Ayerdi había contratado a un grupo de guardaespaldas para protegerla a ella y a su pequeño hace un tiempo atrás, pero esa noche, las órdenes eran muy diferentes.

— Bien, me quedaré — no tenía miedo a esos sujetos, pero no podía provocarle esa angustia a ella — Dormiré en el sofá —

No dijo nada, sólo aferró sus manos y lo guió escaleras arriba sin pronunciar palabra.

— No, tú dormirás conmigo —

Su habitación era hermosa, ordenada y de muy buen gusto. Los muebles eran oscuros y la cama tan suave con una nube, cuando lo invitó a sentarse de un leve empujón.

— Gaia —

Susurró sin aliento y mirándola desencajado desde su lugar, cuando lo obligó a rodear su cintura con ambas manos, ¿Qué estaba pasando? ¿Quién era esta mujer que tenía enfrente ahora?

— Silencio — se inclinó para juntar sus frentes y mirarlo a los ojos con adoración — Los dos queremos esto después de tanto tiempo — rozó sus labios con los suyos — Tú y yo sabemos que…— se sentó a horcadas sobre su regazo para quitarle la chaqueta con cuidado — Lo nuestro no terminó, cazador —

El alba llegó y le dio justo sobre el rostro, detrás del inmenso ventanal esmerilado que daba a su cuarto. No había pegado un ojo en toda la noche, jamás imaginó que su presencia la perturbaría de esa manera al volver a verlo.

— Buenos días —

Saludó su prometido anudando la corbata del traje que vestía. Tendría una ponencia en la facultad de medicina de su ciudad natal y debía verse presentable.

— Llegarás tarde a la universidad, preciosa —

— No me digas así — se incorporó ocultando su cuerpo desnudo al arrastrar la sábana con ella — Detesto ese absurdo apodo y lo sabés — pasó a su lado con los dientes apretados, su no despertar, no podía ser peor.

— Lo siento, ¿Está bien? — la siguió al sanitario, ya que se daría una ducha — Nunca despertarás de buen humor, ¿Verdad? — reclamó del otro lado de la puerta que fue abierta de golpe.

— Te he dicho más de mil veces…— lo apuntó a la cara con un dedo — Que jamás dijeras esa palabra y lo primero que haces al verme, es pronunciarla — hirperventilaba de la rabia, no podía estar de buen humor por culpa de su imprudencia — ¿Qué es lo que no entiendes? —

Tomó su dedo con una mano, mirándola fijamente a los ojos y buscando las palabras justas en su mente para no sacarla de quicio.

— No pensé que el volver a verlo te afectaría tanto — deshizo su agarre de un tirón y le cerró la puerta en la cara para no seguir discutiendo — Dea… — golpeó después de un rato al escuchar agua de la ducha crepitar contra el suelo — No podemos seguir así — no respondió — Es absurdo lo que estás haciendo, abre la puerta y hablemos —

— Déjame en paz — se encontraba sentada bajo la ducha abrazando sus piernas y escondiendo el rostro sobre las rodillas — Me siento cansada y confundida — él no dijo nada, sólo la escuchó — No me pidas que lo deje pasar, porque no puedo, ocultarle esto me mata —

— Bien — golpeó la frente contra la puerta, se sentía tan miserable como ella — Voy a pensar en una solución y lo conversaremos en la noche con más calma — retrocedió tres pasos para terminar de arreglarse — ¿Está bien? —

Esperó su respuesta por mucho tiempo, se hizo eterno, pero al fin llegó.

— Sí — alcanzó a oír en un murmullo — Está bien — no pronunció nada más y él se marchó.

No reconoció el lugar donde se encontraba al abrir los ojos. Era pequeño, rosado e inundado de peluches en cada rincón. Además, como si no fuera por demás abrumador, se encontraba completamente desnudo y como los dioses lo trajeron al mundo, bajo esas sábanas de satén color coral, ¿Qué había pasado en la noche que no podía recordar nada? ¿Acaso lo habían drogado?

— ¿Dónde diablos estoy? —

Intentó mover los brazos y las piernas, pero se encontraba atado a la cama, ¿Qué clase de sádico había hecho eso con él?

— Buenos días, mi Dios de la Guerra —

La cantinera de la noche anterior, ingresó por la puerta con un babydoll de seda rosa brillante, medias alrededor de sus voluptuosas piernas y un sexi liguero rodeando sus muslos. Era sensual y atractiva, pero sus ojos de loca lo desquiciaron.

— ¿¡Quién diablos eres!? —

Luchó para escapar de su tacto cuando acarició su marcado abdomen con la punta de los dedos, pero fue un esfuerzo inútil, lo recorrió con lujuria de palmo a palmo.

— Soy Briana, pero dejaré pasar ese detalle, ayer estabas muy alcoholizado e intoxicado como para que lo recuerdes — su lengua llegó a sus labios como una venenosa víbora — Me encantó lo que hicimos anoche, mi amado Black Tiwakan — subió sobre él como una gata ardiente.

— ¿Eh? — sus ojos azules casi salen de sus cuencas — ¿De qué hablas? —

— A mí no me engañas — su mirada voló a una enorme biblioteca repleta de libros a su derecha — Eres el protagonista de Propuesta Barbárica — bajó de la cama y tomó uno de un estante — Tú eres él —

Abrió el mismo por la mitad, enseñándole una hermosa ilustración de un hombre idéntico a él, vestido de armadura negra y altura predominante. No podía ser verdad, ella era una friki come libros y lunática, enamorada perdidamente de un ser literario.

— Disculpa, linda — tiró con fuerza su brazo derecho y no pasó nada, esas esposas eran de buena calidad — Pero estoy seguro que estás confundiéndome —

Iba a mantenerse estoico y tranquilo, le seguiría el juego hasta que lo dejara ir.

— No, jamás podría equivocarme — mordió sus labios admirándolo con pasión y locura — Eres todo lo que he esperado y llegaste a mi anoche — comenzó a desvestirse en su sitio sin pudor alguno — Y nunca más te dejaré ir — abrió la puerta que daba al pasillo — Tomaré un baño y luego iré a la universidad — regresó a él con sus pechos expuestos y rebotando libremente a cada paso — Pero primero… — le tapó la boca con una mordaza — Tendrás que guardar silencio hasta que regrese a casa —

Lo besó en la mejilla y se marchó desnuda como una ninfa en celo, para darse ese ansiado baño que comenzaría su psicótico día. Estaba perdido, era peor que una pesadilla, lo habían secuestrado y no había forma de escapar de su captora.

Ellos seguían allí fuera, vigilándola y siguiendo todos sus pasos desde las primeras horas del amanecer. Ese hombre estaba loco, era un enfermo e iba a aclarar todos los puntos con él cuando tuviera la oportunidad.

— ¿Estás bien? — sus delgados brazos lo rodearon por la espalda y acariciaron sus pectorales con delicadeza para regalarle un cálido beso en la espalda — ¿Por qué estás despierto a esta hora? —

Apenas el sol rayaba el alba y él ya había tomado su baño de todas las mañanas, para comenzar un nuevo día del resto de su vida.

— Esos hombres de fuera — señaló con el mentón sosteniendo la cortina para que lo vieran del otro lado — Me ponen nervioso y no pude dormir en toda la noche pensando en ello —

— Sí, el doctor Ayerdi… —

Volteó rápidamente, para aferrar sus hombros y mirarla con el mismo semblante inquebrantable que siempre mantenía en su cara.

— El doctor Ayerdi es un enfermo, que está obsesionado contigo y no voy a permitir que un desequilibrado como él esté cerca de mi hijo — sus pequeños pasos por el pasillo lo hicieron sonreír y separarse de ella — ¡Ven aquí, campeón! — se hincó de cuclillas extendiendo los brazos para refugiarse en él — ¡Te quiero mucho, enano! ¡Te quiero! — lo abrazó fuerte y disfrutando del olor a bebé recién aseado.

— Son idénticos —

Les tomó una fotografía con su teléfono celular. La había extrañado horrores y no podía creer que ahora tuviera un hijo con ella. Esa realidad, su realidad, que en momentos fue muy oscura, ahora le encantaba y lo convertía en el hombre más feliz del mundo.

— ¡Tú, ven aquí! —

Rodeó su cintura con un brazo libre para llenarla de besos. Era adorable, su mayor debilidad y la amaría hasta la muerte de ahora en adelante.

— ¡Keilot! — no podía quitárselo de encima — ¡Ya basta! — tiraba de su cabeza hacia atrás moviendo los pies al aire, la había levantado a unos centímetros del suelo al abrazarla — ¡Me da alergia! — al fin dejó de besarla — ¿Qué quieren de desayunar? — tomó a su bebé en brazos cuando la dejó en el suelo.

— Lo que ustedes quieran — comprobó la hora en su teléfono celular que se encontraba sobre la mesita de noche — ¿Podemos ir a desayunar a algún lugar?, Aún es temprano y Lai no me ha llamado para que vaya por él al hotel —

Volteó a verlos y murió de ternura por dentro. Ella arrullaba a su hijo juntando sus mejillas y tarareando una dulce canción de cuna por lo bajo.

— ¿Tú qué dices, Daven? — preguntó como si pudiera contestarle — Papá nos invita a desayunar, ¿Vamos? — lo apartó un poco para verlo a la cara y él llevó su pequeña manito a sus labios para que la besara — Dijo que sí — regresó a él para que lo cargara — Me daré un baño rápido y enseguida regreso —

Buscó rápidamente todas sus pertenencias y trotó hasta el baño para disfrutar de ese pequeño momento de paz que pocas veces podía tener.

— Bien, amiguito — caminó a la ventana y el auto no estaba — Tú mami es lo más bonito e importante que tenemos y entre los dos, vamos a protegerla de ese desgraciado — levantó una mano para chocar cinco y así lo hicieron — Nadie nos la va a quitar, lo juro, hijo —

La psicópata se había ido hace horas y según podía deducir, vivía completamente sola, ya que los murmullos de los departamentos aledaños se oían alrededor. Tenía que salir de allí o al menos, pedir ayuda. Comenzó a moverse y golpear la cama contra la pared causando un gran alboroto, pero se detuvo en seco al escuchar voces procedentes de la puerta de entrada. Había vuelto, pero no estaba sola.

— El profesor de lingüística está loco, nos dio muchísimo material teórico por estudiar — reconocería esa voz en cualquier lugar y desesperó como nunca, ella corría peligro allí — Pero…— se detuvo un momento — ¿Qué es ese ruido, Bri? —

— Son los vecinos, están remodelando el apartamento de junto — golpeó la pared con histeria para fingir que nada pasaba — ¡Cállense ya, maldita sea! — gritó como lo que era, una lunática — ¡Dejen estudiar al prójimo! — quedó inmóvil al escuchar sus pasos acercándose a la habitación — ¡Toma asiento dónde quieras, Dea! — podía ver el pomo girar desde la cama — ¡Iré por los libros a mi alcoba, ponte cómoda! — y la puerta se abrió — ¿Cómo estás, mi Rey? — intentó articular palabra pero la mordaza se lo impidió — Más te vale comportarte, amor — pasó un dedo por su mejilla — Porque te castigaré muy fuerte si no lo haces — extrajo un arma de debajo de la cama para dejarla a su lado — Así que… — hizo la seña de silencio — Calladito y bien portado, que todo estará bien —

Cerró al salir después de besarlo en la frente. Cerró los ojos y se rindió, sólo esperaba que Dea fuera lo suficientemente lista como para notar su presencia en ese tórrido lugar.

— Esto es muy difícil — negó con la cabeza de un lado a otro — No entiendo nada, ¿Tú sí, Dea? —

Asintió sin levantar la mirada, se había mantenido en silencio durante las siguientes horas de estudio. Al llegar allí, una atmósfera muy rara la rodeó causándole un mal presentimiento. Tenía que salir de ese lugar o algo malo podía pasarle, su compañera no era una persona con la mente sana o completamente clara.

— Sí, lo es — estiró su cuerpo para relajar su cansada espalda — ¿Puedo pasar al baño? — pidió, apartándose un rizo del rostro — Cuando regrese te explico cómo es esto, ya terminé —

— Sí, claro — señaló al pasillo tomando apuntes — La segunda puerta junto a mi habitación — se incorporó del suelo dónde estaba — Por cierto, Dea…— se detuvo antes de que diera un paso más dándole la espalda — Nadie más que yo entra a mi habitación, ¿Está claro? — advirtió amenazante.

— Descuida — siguió camino — No lo haré — suspiró fuerte al perderse de vista — Dioses — cerró despacio la primera puerta que encontró al sentirse segura y descansar en ella — Está loca —

— ¡Mmm! ¡Mmmm! — se sobresaltó ante el sonido y quedando inerte al abrir los ojos — ¡Mmmm! — su mirada azul llena de terror la atravesó.

— Lai — corrió hasta él al verlo sobre la cama completamente maniatado — ¡Por todos los dioses! — miró en varias direcciones buscando las llaves de las esposas — ¡Allí están! — las halló sobre el buró — ¿Estás bien? —

Respiraba agitada, al igual que él, fue una sorpresa gigante el encontrarlo allí y en esas condiciones.

— Sí, gracias — quitó la mordaza de su boca al sentirse liberado y escupir un poco de saliva antes de hablar, tenía la garganta seca — ¡Vete de aquí, Dea! — logró soltarlo de todas las cadenas que lo apresaban — ¡Está loca, vete! —

Alcanzó a ponerse los pantalones, pero el impacto de la puerta abriéndose de golpe los detuvo en el tiempo y antes de emprender la huida.

— ¡Tú no te vas de aquí, bruja! —

La apuntó con un dedo y él la escondió detrás, levantando las manos en señal de paz y rendición. Una persona como ella era capaz de hacer cualquier cosa.

— Briana — retrocedieron a su paso — Déjala ir — no permitiría que le pusiera una mano encima — Ella no tiene nada que ver en esto — los analizó con la mirada y su rostro se transformó.

— ¿Se conocen? — negaron al unísono y de forma mecánica, tenían que salir los dos ilesos de allí — ¡No les creo! — caminó a paso largo hasta la biblioteca — ¡Porque ella es idéntica a ti! —

Reveló la portada del libro de antes y era verdad, Dea se parecía demasiado a la protagonista de esa historia, sólo que su cabello era rubio y extremadamente largo.

— ¡Estás loca, Briana! — se defendió temblando de nervios o mejor dicho, miedo — ¿¡Qué ocurre contigo!? — la apuntó con un dedo muerta de terror — ¿Cómo tuviste la osadía de secuestrar a un hombre en contra de su voluntad? —

Era lo peor que podía hacerle a otro ser humano y no iba a dejarlo pasar. No saldría impune de esta.

— ¡Él es mío! — parecía una niña caprichosa — ¡Es mi Dios de la Guerra! — cruzó los brazos y pisó fuerte haciendo un típico berrinche infantil — ¡Estuve esperando por él toda mi vida! — dió un paso y ellos otro, rodeándola — ¡Y no voy a permitir que una princesa como tú, me lo arrebate! —

Sus delirios eran gigantes e incontrolables. Alucinaba a lo grande y sin esfuerzo.

— ¿De qué diablos hablas? — respondió él sin bajar la guardia — ¡Ni siquiera te conozco o recuerdo lo que pasó anoche! — la puerta estaba cerca, una vez que llegarán a ella correrían como el mismo diablo — ¡Loca ridícula! —

— ¡No me digas loca! ¡Tú eres el hombre de mis sueños! — le arrojó el libro que tenía en las manos que lograron esquivar de milagro — ¡Es obvio que no me recuerdas, pero yo a ti sí! — tiró de su cabello comenzando a llorar a lágrima viva — ¡Yo te amo, te amo hasta enloquecer y tú jamás te fijaste en mí! —

La miró consternada buscando algún recuerdo de ella en su mente y después de unos minutos de un duro silencio, lo encontró. Tenía razón, ellos se conocían de antes y lo había olvidado por completo. Era Briana Lupan, la niña gordita y largas trenzas, de la cual se reía y burlaba cuando eran niños.

— No es cierto — llegaron a la puerta, era el momento de escapar — Eres la gordita Briana que cursó conmigo la escuela primaria, ahora te recuerdo —

Una mano apretó su brazo con fuerza para que se callara y tirando de él suavemente hacía la salida. La situación iba de mal en peor, se le estaba yendo de las manos y ella quería huir antes de que la desgracia cayera sobre ambos.

— Me mudé aquí en la secundaria, pero jamás te olvidé, mi Dios — caminó hasta él intentando acariciar su rostro como presa de una alucinación — Siempre recordé tus ojos y tu traviesa sonrisa — levantó el libro del suelo y le enseñó otra ilustración — Y luego te encontré aquí, en este libro y mi amor por ti creció el doble — lo estrechó con fuerza entre sus brazos — Pero ahora y después del mágico momento de anoche, no puedo dejarte ir —

Había perdido completamente la cordura, el juicio y la moral. La mente de los seres humanos era muy frágil, pero sobre todo, peligrosa.

— ¿Por qué dices que es él, Bri? —

Habló tranquila, pero tragando pesado y con dolor, la angustia del momento la estaba matando.

— Porque lo es — abrió la galería de fotos de su celular repleta de imágenes de él — Míralo, es el Dios de la Guerra del Círculo Rojo —

No sólo había imágenes de lucha, sino también en la universidad, bares, montado en su motocicleta y saliendo de su propia casa.

— Jamás le perdí el rastro a pesar de los años, ¿Sabés? — un tic nervioso apareció en su ojo.

— Ay dioses — volvió a retroceder y lo soltó, rogando por dentro que no fuera consciente de la relación que ellos mantuvieron alguna vez — Es muy romántico, Bri — no sabía qué decir para seguirle el juego — Debes amarlo mucho, ¿Verdad?—

— Sí, demasiado — suspiró enamorada — Y haría cualquier cosa por él — de un rápido movimiento, empuñó el arma sobre la mesa de noche y la apuntó a la cabeza sin que le temblara la mano — ¡Incluso matarte a ti, perra! — se corazón se paralizó, iba a matarla — ¿Por qué crées que te traje aquí desde un principio? — no contestó, no sabía qué decir o hacer para que no le hiciera daño — Porque él te ama o al menos, te amó en el pasado — llevó su dedo índice al gatillo — Algo que jamás hizo antes de conocerte — los celos hacían eco en su voz y en su mente, estaba pérdida por él — Y al acabar contigo, él me amará solamente a mí — una mano obstaculizo su campo de visión impidiendo que hiciera una locura.

— Dame el arma — sus feroces ojos azules la atravesaron — Dame el arma, Briana — no era una petición, más bien, era una orden — Dijiste que harías cualquier cosa por mí, así que, dame el arma — repitió y ella se arrodilló a sus pies, entregándosela.

— Sí, mi Dios —

Lo miró desde el suelo con benevolencia, locura y adoración, a sus ojos era un verdadero Dios.

— Gracias — extrajo el percutor, los casquillos, el cartucho y guardó el arma en su espalda — ¿Puedes hacer algo más? — la incorporó del suelo con cuidado y procurando no hacerle daño — Tengo ganas de revivir lo de anoche — miró de reojo a Dea, indicando que se marchara con un simple movimiento de cabeza — Pero ahora deseo que tú lleves las esposas, ¿Quieres? — comenzó a besar su cuello intentando seducirla — ¿Harías eso por mí? — pidió una vez más.

— Lo que quieras, mi Dios — la instó a sentarse en la cama, lentamente.

— Así me gusta — tomó la mordaza bajo sus pies para vendarle los ojos — Muy bien — se incorporó, lentamente y caminó en reversa hasta la puerta — Ahora, acuéstate en la cama, levanta los brazos y cuenta hasta diez para colocarte las esposas — tomó la llave de la cerradura y comenzó a salir — Uno — contaron juntos — Dos — lo hicieron de nuevo — Continúa — insistió.

— Tres — dijo ella — Cuatro — esperó y esperó — Cinco — un pequeño click la distrajo, pero siguió contando hasta el final — ¿Mi rey? — no respondió — ¿Mi Dios? — tomó asiento — ¿Estás ahí? —

Quitó la venda de sus ojos y se había ido, dejándola encerrada dentro de ese cuarto vacío.

— ¡Corre! — tiraba de ella como nunca antes — ¡Corre, preciosa y no te detengas! —

— ¡Lai! — bajaban las escaleras como si no hubiera un mañana — ¡Me harás caer! — tenía ganas de romper en llanto, la tensión del momento le había aniquilado los nervios — ¡Por favor! ¡Detente! —

Se detuvo en seco, se inclinó para aferrarle las rodillas y cargarla sobre su hombro.

— ¡Esa mujer está loca! — acercó el teléfono a su oído sin dejar de descender o detenerse — ¡No me importa lo que pueda hacer conmigo! — el tono de llamada era constante y repetitivo — ¡Pero te apuntó con un arma y no lo voy a permitir! — la hubiera matado si él no estaba presente — ¡Lui! — su hermano atendió después de unos dos minutos y por fortuna, lograron salir por una de las salidas de emergencia del lugar — ¡No sabes lo que pasó! ¡Tienes que ayudarme! —

Parecía un desquiciado, caminando por la acera con el torso desnudo, descalzo y con ella sobre su hombro buscando un lugar seguro para dejarla a salvo.

— Te alimentas muy bien a pesar de ser tan pequeño, enano — estaba maravillado con lo hermoso que era su hijo al darle de comer de su propio plato — Tanto tiempo lejos de ti y saliste igualito a mí — le acarició la cabecita con cuidado — ¿Está rico, bonita? —

Dirigió sus ojos a ella que tenía la mirada fija en la pantalla de su celular.

— Mucho y no puedo terminarlo — la rebanada de pastel de chocolate sobre la mesa era gigante — ¿Quieres? — acercó la cuchara a él y lo probó con gusto — Está bueno, ¿Verdad? —

— Demasiado — habló con la boca llena, para darle un sorbo a la taza de café después — ¿Y ahora que vamos a hacer, Gaia? — lo escuchó atenta — ¿Qué pasará con nosotros? —

Aferró su mano entre la suya para besarla con ternura al llevarla a sus labios.

— No lo sé, Keilot — sonrió encantada por volver a ver esos ojos iguales a los de su pequeño, pero sin su toque de inocencia — ¿Tú qué quieres hacer? —

— Mentiría si te dijera que no quiero estar con ustedes, porque lo quiero y mucho — limpió con cuidado la carita de su hijo llena de chocolate — Pero eso no depende mí, sino de ti — inhaló profundo para poder continuar — Los amo como un loco y no puedo estar lejos de ustedes, pero esa es una decisión que yo no puedo tomar —

— Perdón — sus manos no dejaban de temblar al sostener la taza que llevaría a sus labios — ¿Aún me amas? —

— Como no tienes idea — llevó una mano a su pecho al sentirlo errático — No me importa que tengas el corazón de Megan en ti, ella es sólo un lindo recuerdo para mí y sin él, no seguirías viviendo — una lágrima escapó de ella y luego otra, y otra, era un mar — Jamás te hubiera conocido o al menos, recordado — le apartó esas odiosas lágrimas de sus ojos con el pulgar — Mi niña bonita de largos rizos — sonrió nostálgico llevando una mano al pendiente de su cuello con forma de colmillo — Al fin te encontré —

Débil, así se sentía todo el tiempo y a todas horas. Era pequeño, delgado y enfermizo, para tener apenas unos ocho años. Sucumbía a cualquier padecimiento con solo un soplido y esa vez, no era la excepción. Estar internado en terapia intermedia por una febril neumonía no era fácil para nadie y mucho menos, para él. Ni siquiera su amigo Lai podía ir a visitarlo, ya que viajó a la isla de Magna con sus hermanos para visitar a la hermana de su difunta madre, la tía Linda.

— Hola, cariño — su madre ingresó por la puerta con una brillante y gran sonrisa — ¿Cómo amaneciste hoy, amor? —

— Bien, mami — tenía un respirador conectado a sus fosas nasales — Pero todavía me duele aquí — tocó su pecho con una mano — ¿Cómo está Ivette? —

— Muy bien, aquí dentro todavía — su madre daría a luz a su nueva hermanita dentro de poco y con su pronta llegada serían tres — Pero con muchas ganas de conocer a su hermano mayor y a su hermana — una mucama del hospital ingresó con el desayuno del día.

— ¿Y papá? —

Preguntó, observando el desayuno ansioso. Ella acercó la pequeña mesita con ruedas hasta él y cuando la señora del servicio la dejó en su lugar en completo silencio.

— Cuidando a Sahara en la casa, cielo — le peinó el cabello hacía atrás — Ten cuidado, el té está muy caliente —

Lo sopló entre sus manos y se lo entregó despacio revolviendolo un poco. Esa habitación era enorme y por suerte, estaba completamente vacía, sólo él y su madre ocupaban la cama más cercana a la puerta, podían estar tranquilos y pasar su tiempo allí en paz, pero la misma, no duró mucho.

— ¿Cuál cama ocupará, doctor? —

Preguntó una de las enfermeras del equipo después de darles los buenos días. Una pequeña niña acostada en una camilla ingresó al lugar. También se encontraba conectada a un respirador y parecía tener su edad.

— En la cama tres estará muy cómoda y podrá ver el sol al despertar — estaba dormida y su cabello era muy largo, caí como una cascada rizada por el borde la cama — Señor Curtis — habló al hombre detrás, acompañado de una mujer de tez morena que parecía angustiada — ¿Podría venir conmigo un momento? — él asintió en silencio y salió de la sala antes de darle una tierna mirada a su hija.

— Mi pequeñita — la mujer tomó asiento junto a la cama y acarició sus largos rizos con tristeza — Todo estará bien — suspiró agobiada y al sentirse un poco más tranquila, los miró — Buenos días, soy Greta —

Era muy propia y amigable, pasarían un largo tiempo allí, según podían deducir.

— Encantada — respondió su madre — Yo soy Selene y él es mi hijo Keilot — los presentó.

— Lindo nombre, pequeño — miró a la niña a su lado — Ella es Gaia y yo soy su nana —

Sus ojos verdes no se apartaban de ella, era muy bonita y parecía un pequeño ángel teniendo dulces sueños.

— ¿Neumonía? — quiso saber su madre con curiosidad.

— No — respondió, conteniendo el llanto — Los doctores piensan que es su corazón — su voz quebró, pero se contuvo.

— Lo lamento — se removió incómoda — No quise ser indiscreta, lo siento —

— Está bien, no es necesario que se disculpe, aún hay que hacerle unas pruebas para descartar lo peor y en unos días volveremos a casa —

La niña se removió un poco y abrió sus cansados ojos agitando esas largas pestañas que tenía.

— ¿Nana? — su voz era muy dulce y tierna.

— Aquí estoy, cariño — se inclinó sobre ella para que pudiera verla — ¿Cómo te sientes? ¿Te duele algo? —

— No, ya no duele —

Giró la cabeza y sus ojos se encontraron. Él se ruborizó hasta las orejas y ella sonrió amistosa. Era un niño muy tímido e inseguro, pero ella era traviesa y pura diversión, se llevarían bien el tiempo que estuvieran allí.

— Hola — se sentó de golpe en la cama como una indomable fuerza de la naturaleza — ¿Quién eres? —

Parecía una muñeca y él enrojeció, todavía más. No respondió, las palabras no salían de su boca aunque las fomulara en su mente y miró a su madre en busca de ayuda.

— Mami — le hizo señas para que se acercara y compartiran un enorme secreto — Ella es muy bonita —

Susurró en su oído y río encantada. Él tenía razón, era preciosa, como un pequeño sol de grandes ojos avellanas.

— Sí, tienes razón, es muy bonita, hijo — se incorporó despacio y lentamente por su estado — Iré al baño, enseguida regreso —

La otra mujer asintió, le echaría un ojo hasta que ella regresara.

— Nana — volteó al escucharla — Tengo hambre — ahora estaba arrodillada sobre la cama. Era muy inquieta.

— Lo siento, linda — observó la hora en su reloj de muñeca — El desayuno ya pasó, tendrás que esperar hasta el almuerzo para comer algo —

— Pero tengo hambre ahora —

Bajó la cabeza para mirar el cobertor de conejitos debajo, no tenía sentido hacer un berrinche por algo que no obtendría y prefirió ser una buena niña esa vez.

— Toma — le extendió una manzana sin mirarla y con el rostro del mismo color que la fruta en su mano — Yo no la quiero — su nana se levantó para poder tomarla.

— Eres todo un caballerito, gracias — se hizo pequeño por el cumplido — Aquí tienes, corazón — la recibió entre sus manitas — ¿Qué se dice? — indicó con reproche.

— Gracias — le dio una enorme mordida y sonrió — Es muy callado, nana — él no respondió, sólo miraba al frente como si le tuviera miedo — Creo que es raro — no era la primera vez que alguien decía algo como eso.

— ¡Gaia! — reprendió avergonzada — ¡Te he dicho que no le digas esa clase de cosas a otros niños! —

— ¿Por qué? —

Refutó molesta, estirando mucho la última sílaba y sin dejar de comer su manzana.

— ¡Porque a nadie le gusta! — cruzó los brazos y miró en otra dirección, no le agradaba que su nana le diera regaños — ¡Así que, acuéstate, sé una buena niña y mantente en silencio, por favor! — dio por cerrada la discusión.

Los días pasaron y la vergüenza fue mermando poco a poco, pero ambos empeoraron horriblemente.

— Mami — no podía respirar, la fiebre y la neumonía dentro de sus pulmones lo estaban ahogando — La niña…— deliraba entre los dos planos de la conciencia — La niña bonita de largos rizos…—

Miró a su lado y ella estaba allí, inconsciente, volando de fiebre y conectada a un montón de máquinas producto de una infección bacteriana que contrajo en el hospital.

— ¿Estará bien? — su pecho subía y bajaba intentando incorporar el aire faltante, pero no podía hacerlo, le dolía y quemaba por dentro ese simple esfuerzo — Quiero ayudarla — estiró una mano a ella — No me gusta verla llorar — después de darle su colmillo de la suerte había dejado de hacerlo por las noches — Quiero estar con ella —

Su madre apretó su mano con fuerza y soportando el llanto que la estaba matando.

— Estará bien, mi amor — prometió para tranquilizarlo — Es una niña muy fuerte y saldrá de aquí… — besó sus nudillos con desesperación — Al igual que tú —

Una lágrima rodo por su mejilla y miró a su esposo con ojos ardidos, su niño estaba muriendo y no sabían qué hacer.

— Llegaste a este mundo antes de tiempo y por esa razón, eres tan pequeño, Keilot — habló su padre del otro lado de la cama y él giró el rostro para poder encontrarlo — Pero yo siempre voy a confiar en ti, en lo poderoso que eres y sé muy bien que cuando salgas de aquí… — le acarició la mejilla con su enorme mano — Te convertirás en el hombre más fuerte de todos, hijo —

Un pitido de la cama de junto los asustó, el corazón de Gaia había entrado en paro, otra vez.

— ¡Enfermera! — su nana Greta corrió desesperada a la puerta pidiendo ayuda — ¡Enfermera! ¡Ayúdenme! — rompió en llanto sin poder contenerse — ¡Mi niña se muere! —

Un enorme grupo de personas entró en terapia intensiva para poder asistirla o al menos, traerla a vida, su corazón no latía.

— ¡Cierra las cortinas! — ordenó el doctor y la enferma lo hizo — ¡Vamos, pequeña! — alcanzó a oír antes de cerrar los ojos y sucumbir a la oscuridad — ¡Tienes que vivir! —

El zumbido irritante y constante de esa máquina que indicaba su muerte, no lo iba a olvidar jamás.

— Abrí los ojos una semana después y tú ya no estabas — no había parado de llorar abrazada a su bebé cuando comenzó el relato — Y tampoco tuve el valor suficiente para preguntarle a mis padres que había pasado contigo— le acarició el pómulo con su pulgar, odiaba verla llorar así — Que había pasado con esa bonita niña de largo cabello rizado y que olvidé con los años, al convertirme en el hombre más fuerte de todos como lo había dicho mi padre —

El destino los había encontrado hace años, pero ambos lo habían olvidado.

— El niño raro de ojos verdes eras tú — rió entre llantos, incrédula — No puedo creerlo — besó las pequeñas manitos de su hijo que tenía en su rostro — Eras tú — estaba feliz de poder volver a verlo.

— Sí, era yo y al fin te encontré, amor —

Juntó sus labios en un hermoso y tierno beso de reencuentro, después de años de vagar en el olvido por un largo tiempo.

Cada vez que él se cruzaba en su camino, ocurrían grandes desgracias y ese día, no era la excepción a la regla. Todo lo relacionado con su persona era una enorme calamidad. Una enorme calamidad que lo volvía loca, que le encantaba y la hacía temblar.

— ¿Preciosa? — se había alejado del mundo desde hace unos cuantos minutos dentro de su cuarto de hotel — Háblame, por favor — rogó con sus ojos celestiales muertos de miedo y pena — Lo siento — la abrazó de cuclillas ante ella — Lamento mucho que por mi culpa tengas que pasar por esto —

— Estoy bien — respondió autómata y volviendo en sí — Es sólo qué, siempre suceden cosas extrañas cada vez que estoy contigo y eso me desconcierta demasiado — parpadeó mucho, como tratando que con cada pestañeo la angustia desapareciera — Es como si nunca pudiéramos estar tranquilos cada vez que estamos juntos — suspiró y tiró su cabello hacía atrás — Siempre tenemos que estar luchando o con la guardia alta — se arrojó de espaldas a la cama — Es agotador —

Cubrió sus ojos con uno de sus antebrazos para poder morirse en ese mismo lugar si era posible. Era su gran amor malaventurado desde tiempos inmemoriales.

— Lo sé — caminó nervioso de un lado a otro — Soy conciente de eso — frotó su rostro con ambas manos al detenerse — Es como si el destino tuviera algo contra nosotros, como si nos odiara de alguna manera inexplicable e hiciera cada vez más larga y profunda la enorme distancia que nos separa — la miró por un largo tiempo pensando en que hacer a partir de ahora — No podemos seguir viéndonos, Dea — se incorporó de golpe al oírlo — No quiero que nada malo te pase estando a mi lado y tampoco estoy dispuesto a entrar en un conflicto de emociones con tu prometido al mantener una amistad conmigo — caminó hasta la puerta y la abrió de un simple tirón — Vete de aquí, lo mejor para los dos es que jamás vuelvas a verme — cabeceó a la salida sin siquiera mirarla.

— Perdiste completamente la cabeza, ¿Verdad? — quedó inerte en su lugar y sin mover un sólo pie para irse — No voy a irme de aquí y mucho menos, dejar de verte por lo que sucedió hoy, Lai —

Cerró de un portazo y caminó hasta ella a paso rápido. Era tan terca que lo sacaba de quicio.

— ¡Casi te disparan hoy, Dea! ¡Casi te dan un tiro por mi culpa! — la incorporó por los brazos de un fuerte tirón y la zamarreó un poco para que entrara en razón — ¡Y si no hubiera estado allí ella hubiera acabado contigo y yo sería capaz de destruir el mundo si algo así te ocurre! — la abrazó a su cuerpo para no soltarla nunca más.

— Lai — se aferró a él con fuerza y encondiendo el rostro en su pecho — Cálmate, estoy bien — disfrutó del calor que emanaba su piel y que tanto había extrañado — Tú siempre estarás ahí, para cuidarme y protegerme, como lo hiciste aquella vez en Magna —

— ¿Magna? —

El invierno en la isla de Magna era grandioso, la nieve lo cubría todo y la casa de la tía Linda era la más alta sobre la colina. Los hermanos Row, tan diferentes el uno del otro, iban de visita todos los años para que su tía los apapache y consienta, como lo hubiera hecho su madre. En especial, al pequeño Lai que era su adoración.

— ¿Tía? — sus ojos azules estaban fijos en la nevada de fuera mientras tomaban desayuno.

— ¿Sí, cielo mío? — siempre le decía así, era su niño celestial.

— Afuera hay una niña —

Apuntó con su dedo el patio de la casa de junto y era verdad, afuera había una pequeña niña de no más de seis años jugando con un cachorro. Todos sus hermanos se interesaron en ella y sobre todo él. Parecía una niña mágica, que intentaba capturar los copos de nieve con su mano.

— Es la niña de la familia Fleming y según parece, este año llegaron antes a pasar el invierno aquí — explicó ella sirviéndoles chocolate caliente — Es muy dulce, callada y bien portada —

— ¿Cómo se llama? —

Preguntó el mayor de ellos. Esa niña era preciosa a pesar de ser tan pequeña y la invitarian a jugar cuando los dejaran salir.

— Tiene un nombre muy extraño, su madre y sus abuelos hablan sumerio con fluidez, estoy seguro que proviene de esa lengua su significado — respondió el esposo de su tía o mejor dicho, el tío Alex, como ellos le decían — Dea, ese es su nombre — acomodó el periódico entre sus manos para seguir con la lectura.

— ¿Dea? — Lucke, uno de los hermanos más jóvenes, jamás había escuchado algo así — Que nombre más raro, ¿Qué significa? — la taza que llevó a sus labios era más grande que su carita.

— Según el internet…— su tía buscó el significado en su celular — Significa Diosa — y el mundo del pequeño Lai se detuvo, jugaría con esa niña cueste lo que cueste.

Todos los intentos fueron en vano, cada vez que la invitaban a jugar con ellos, corría a esconderse a la casa con el cachorro en brazos, ¿Les tendría miedo? ¿O quizás vergüenza? Podía verla desde la rama de un árbol, sentada en un columpio y mirando sus pequeños pies. Era una niña muy solitaria, al fin de cuentas.

— Lai, ¿Qué hacés? — no respondió, su vista seguía fija en ella — Déjala, no quiere jugar con nosotros, baja ya —

Tampoco bajo, la vigilaría como un centinela mientras pudiera hacerlo. Otro grupo de niños caminando por la acera se acerco a la casa y cuando la divisaron sentada allí, se detuvieron con sonrisas malvadas en sus rostros, ¿Qué pensaban hacer?

— ¡Bruja! ¡Bruja! ¡Eres bruja! —

Sus gritos de burla la asustaron y emprendió huida hacía la casa, pero algo impactó contra su cabeza haciéndola caer en fría nieve. La habían golpeado con un objeto que le arrojaron para lastimarla.

— ¡Oigan! — bajo del árbol convertido en un demonio — ¡Dejenla! —

Saltó la verja que dividía a las dos casas para interponerse entre ellos con los brazos extendidos.

— ¡Apártate, enano! — exigió el mas grande entre ellos que la había golpeado — ¡Esa niña es una bruja! — la apuntó y él observó su mano en donde cargaba con un montón de rocas — ¡Mi mamá me dijo que aquí viven las brujas y ella es una! —

El golpe que le dio en el rostro para que cerrará la boca lo tiró al suelo y no sólo eso, sus hermanos acudieron a respaldarlo en esa riña que había comenzado con tal de defenderla.

— ¿Estás bien, pequeña? —

Liam la ayudó a sentarse en su lugar, su frente sangraba mucho.

— Sí — llevó una mano a su herida con dolor — Me duele aquí —

Sus ojos viajaron al niño que la había defendido de ellos y le pareció impresionante, pero sobre todo, muy valiente.

— ¡Váyanse de aquí! — apuntó al resto — ¡No vuelvan a molestarla porque se las verán conmigo! — huyeron de él como jamás lo habían hecho en su vida — ¿Estás bien? — se posicionó de cuclillas ante ella para verla a la cara.

— Sí — se ruborizó al tenerlo tan cerca, tenía unos ojos muy bonitos — Gracias —

Miró a todos con una gran sonrisa, era raro que no llorara por el golpe que recibió, pero se sentía segura entre ellos.

— ¿Qué hacés aquí tan sola? —

Le parecía extraño que ningún adulto hubiera acudido a su ayuda o que estuviera tan desabrigada bajo la nieve que comenzó a caer, ya que sólo llevaba un pequeño vestido rojo, medias térmicas y botas hasta las rodillas como protección.

— Mi mami y mis abuelos salieron a hacer las compras — explicó bajando la mirada y apartándose un largo rizo del rostro — Y me dijeron que podía quedarme sola por un rato — no le gustaba ir de compras o salir mucho, Magna era un lugar muy frío para ella y prefería quedarse dentro — Pero la puerta se cerró por el viento cuando salí por mí pelota y no pude volver a entrar con Pucka — él era su cachorro que siempre la esperaba para jugar — Y me senté en el columpio a esperar a que regresen —

— No puedes quedarte aquí sola — Liam le dio la espalda para poder cargarla — Hace mucho frío y podrías enfermar — la miró de reojo — Sube, te llevaremos a dentro con la tía Linda —

Miró de uno a otro con inseguridad, hasta que sus ojos se posaron en su salvador, que asintió enérgico y con una gran sonrisa.

— Está bien — rodeó su cuello con los brazos — Gracias —

Los cuatro hermanos y ella, ingresaron a la casa para entrar en calor, pero sobre todo, para curar su horrible herida.

— Muy bien — el tío Alex era un excelente enfermero, podía con eso y más — Ya está, preciosa — colocó una bandita al terminar — ¿Te duele algo más? — negó en silencio — ¿Tienes frío? — volvió a negar, sentada sobre una de las mesadas y sus piececitos colgando — Perfecto, entonces, solo queda recuperarse del golpe —

Se había convertido en el centro de atención al llegar, pero como no, si era una muñequita de largos rizos y mirada agraciada.

— Toma, cariño — la tía Linda le entregó una taza de chocolate recién preparado — Para que te calientes por dentro — la asio entre sus pequeñas manos con cuidado — Acabo de hablar con tu mami y en unos minutos vendrá por ti — asintió con la taza en los labios — ¿Tienes hambre? — negó de inmediato — Bien, entonces, cuando termines con tu chocolate podrás ir a jugar con Lai —

— ¿Lai? — repitió confusa ese nombre.

— Sí, Lai — señaló al niño que jugaba videojuegos con sus hermanos y que le dirigía la mirada de vez en cuando — Desde que llegaste aquí anhela jugar contigo — el timbre se olló por toda la casa — Pero creo que eso será en otra ocasión — su esposo abrió la puerta y tres personas ingresaron dentro como un vendaval.

— ¡Mí pequeña! — su madre la abrazó y cargó en sus brazos con todas sus fuerzas — ¡Nunca más te dejaré sola! ¡Nunca más! —

— Mami — habló ahogada — No respiro — rió por los besos que le daba.

— Gracias por ayudarla, pequeños — el abuelo de la niña les entrego dinero a cada uno — Gracias y la recompensa por su ayuda no es suficiente, luego les daré algo más —

Aseguró, guardando el resto del dinero en su bolsillo. No existía nada en el mundo que sea más valioso que su adorada nieta y nada sería suficiente para recompensarlos.

— Yo no quiero esto, señor —

El más pequeño de los hermanos se lo devolvió, no veía valor en ello.

— Vaya — sonrió encantado — ¿Y que quieres, jovencito? — le despeinó el cabello con gracia — ¿Un juguete? — no tendría más de ocho años.

— No — respondió serio — Quiero estar con ella —

Sus ojos azules viajaron a esa preciosa niña que le encantaba y sin saber que más decir para que se quedara.

— ¿Puede quedarse con nosotros a jugar videojuegos? — intervino su hermano mayor para que no se malinterpretara — Prometo que antes de la cena la acompañaremos a casa —

Los adultos se miraron entre ellos y asintieron gustosos, le haría bien interactuar con otros niños.

— Por mí no hay problema, pero …— miró a la dueña de la casa — ¿Les molestaría que trajera a su cachorro? Son muy unidos y se pondrá inquieto si no la ve por mucho tiempo —

— Por supuesto que no, me encantaría — aplaudió entusiasta, era capaz de todo para hacer feliz a sus amados sobrinos — Querido, ¿Podrías acompañar a los abuelos para traerlo? — asintió y emprendieron camino a la casa para ir por el cachorro — Por cierto, soy Linda, yo fui quién hizo la llamada — extendió su mano.

— Selva — respondió el saludo — Y en serio, gracias por todo lo que hicieron por mi pequeña —

La bajó de los brazos para que jugara con su nuevo amigo que le extendia una mano desde el sofá.

— De nada, fue un verdadero placer — observó de reojo a su sobrino que le explicaba a la niña como jugar videojuegos — Él ha estado esperando esto por muchos días y no puedo negarle nada a esos ojos azules —

Le había prometido a su adorada hermana antes de morir, que cuidaría y velaria de sus sobrinos por siempre. Una promesa eterna y que jamás iba a romper.

— La tía Linda es grandiosa — besó su frente y acarició su espalda desnuda al contemplarla sobre su pecho — Pero después de ese invierno jamás regresaste a Magna —

No podía creer que la olvidó por tantos años, pero era sólo un niño y el olvido es inevitable para ellos.

— No — se acercó un poco más a él para juntar sus labios — Mis abuelos vendieron la casa y compraron otra en la capital por cuestiones de salud —

— Entiendo — llevó un rizo a su nariz para captar su dulce aroma — ¿Y qué pasó con Pucka? —

Ese cachorro era adolarble y muy juguetón, era lo único que recordaba de él.

— Tuvo una buena vida, mejor que tú y yo — siempre lo recordaba, fue su mejor amigo por años hasta que llegó su hermana — Vivió feliz por unos quince años o quizás un poco y luego murió de vejez — rió entre dientes — Gaia lloró por días y días cuando él se fue, mucho más que yo, imagínate — rodó los ojos — Se hicieron inseparables e insoportables al conocerse, no sabés lo difícil que fue para mí vivir con ellos — su teléfono timbró regresandola a la realidad al observar el nombre escrito en la pantalla — Por todos los dioses —

Susurró impactada al tomar asiento en su lugar y negándose a contestar la llamada.

Tapó su boca con una mano al sentirse una cualquiera y sobre todo, una vil traidora. Había tenido intimidad con su antiguo novio y sin tener consideración alguna hacía su prometido que la esperaba en casa.

— Liam — pronunció ahogada y conteniendo el llanto.

— ¿Liam? — frunció las cejas al sentirse confuso y posicionarse detrás de ella — ¿Mi hermano? — asintió con la mirada fija en la pantalla — ¿Qué con él? — le apartó el cabello a un lado para colocar la barbilla en su hombro — ¿Por qué está llamándote? —

— Lai, yo… — se alejó de él como si le quemara la piel — Te juro que quería decírtelo, pero… —

La realidad lo golpeó en el estómago quitándole todo el aire. No podía ser cierto, no podía pasarle eso a él, a cualquier persona menos a él.

— ¡Maldita sea! — golpeó su mano hecha un puño contra la cama — ¡Tu prometido es él! —