Ingresó a la clínica convertido en un vil demonio, en una fuerza de la naturaleza sin control o una terrible maldición de los dioses que no daría tregua. Lo mataría, lo haría trizas, lo había traicionado de la peor manera que pudiera haberlo hecho nunca. Liam, su hermano mayor, aquel que tanto amó, admiró y emuló por años, le había arrebatado a la mujer que amaba desde hace años.
— ¡Lai! ¡Por favor! — aferró uno de sus brazos para tratar de calmarlo pero la arrastró con él a cada paso, no iba a detenerse, merecía una explicación — ¡Por favor, te lo suplico, no hagas esto! — encontró el consultorio e ingresó dentro de un fuerte portazo — ¡Maldito hijo de perra! — lo golpeó en el rostro arrojandolo de nuevo a la silla por el impacto — ¿¡Cuándo pensabas decírmelo, desgraciado!? —
Lo levantó por las solapas de su mandil con fuerza, iba a matarlo y nadie lo detendría.
— Lai — le había roto el labio por el golpe que le dio — Cálmate — rodeó sus muñecas con ambas manos — Estoy trabajando y hay personas aquí —
— ¡Me importa un carajo! — lo soltó de un fuerte empujón — ¡Soy tu hermano! ¡Maldita sea! — el dolor que sentía en el pecho era insoportable — ¿¡Cómo pudiste hacerme esto, Liam!? — bajó la cabeza para sostenerse con fuerza del escritorio y no caer, sus piernas no daban a basto — ¡Yo la amo con toda mi alma, con todo mi ser y la amaré por siempre, pero tú me traicionaste y vas a casarte con ella! ¿¡Por qué!? — no podía contenerlo y las lágrimas no tardaron en llegar al impactar contra la madera debajo — ¿Por qué?, Sólo eso quiero saber —
Levantó la mirada y lo destrozó, había hecho añicos los sentimientos de su hermanito.
— Dea, sal de aquí — apuntó dónde ella estaba, llorando a mares y con las manos en un puño junto a su pecho — Por favor, déjanos solos, tengo que hablar con él — negó con la cabeza sin querer irse — Dea…— insistió una vez más.
— No le haré daño, preciosa — sus ojos azules la atravesaron y la hicieron temblar — Lo juro — la adoró por un instante — Jamás he roto una promesa y mucho menos a ti, puedes irte — limpió una última lágrima de su rostro y se fue.
— Siéntate —
Apuntó la silla vacía detrás y así lo hizo, después de secar sus lágrimas y él quitarse la sangre del labio. Tenían mucho que conversar y aclarar ahora.
— Lai — sus ojos eran fieros y dispuestas a dar el primer golpe si no media sus palabras — Yo también la amo — golpeó la madera frente a él sin poder soportarlo — Cálmate — pidió una vez más levantando las manos — Pero ella no me ama a mí — dejó un pequeño anillo de compromiso delante de sus ojos — Desde que volvió a verte no quiere saber nada de mí — él también estaba roto y herido por amar a la misma mujer — No habla, no come y a penas puede dormir — suspiró fuerte y pesado, como si se rompiera con cada respiración — Está mañana al despertar, no pude soportarlo más y con todo el dolor de mi alma, decidí romper nuestro compromiso — señaló la prueba fehaciente del hecho — Ella siempre fue tuya y yo fui un estupido al creer que podría estar conmigo —
— Liam — levantó una mano pidiéndole un minuto más.
— Te dije hace unos años atrás que esa chica te traería problemas — guardó silencio por un largo tiempo y poder continuar — Pero no lo dije por ti, lo dije por mí… — fregó sus ojos y volvió a mirarlo — Ella es la madre de Lue y aquella niña mágica de la cual me enamoré en la casa de la tía Linda, igual que tú — tragó pesado, las siguientes palabras eran muy duras — Pero yo jamás fui su salvador —
— Hermano, yo… —
Se removió inquieto sin saber qué decir. Estaba renunciando a la única mujer que siempre ha amado por él, por su pequeño hermano y como siempre lo hizo a lo largo de su vida desde que lo crío.
— Ella te ama, Lai — terminó de hacerse pedazos — Te ama con todo lo que es y la arruinaste, la arruinaste para siempre — se incorporó para palmear su hombro al pasar a su lado — Y jamás será feliz con otro hombre que no seas tú, piensa en eso —
Abrió la puerta y se fue, dejándolo solo dentro de su asquerosa miseria y hundido en el mar de la culpa, al observar el anillo que era la señal de que todo había terminado.
— Buenos días, doctor Ayerdi — saludó al pasar y detenerse delante — Hola, doctora Viviam — buscó un sobre para ella — Esto es para usted y este otro para usted — giró sobre sí misma para seguir con las rondas después de entregarle sus respectivos análisis — Adiós — trotó un poco hasta el ascensor — ¡Detenlo, Lisa! — la enfermera dentro apretó el botón del piso intentando detenerlo — Tengo un sobre para ti — las puertas se cerraron.
— Bien, eres mi hermano y sé que algo te molesta — ella era la jefa del área de fertilidad asistida en la clínica — ¿Qué ocurre? — preguntó al quedarse solos dentro de la sala de doctores.
— El padre de su hijo regresó — no necesitó más que eso para comprobar su mal humor.
— ¿Y están juntos? —
Bebió café interesada en la noticia. Esa chica era brillante, pero no era la adecuada para su testarudo y ambicioso hermano. En otras palabras, eran como el agua y el aceite, jamás estarían juntos.
— No lo sé, tal vez — hizo lo mismo que ella tomando asiento en una silla disponible — Según cuentan por los pasillos de la clínica y sus guardaespaldas… — dio otro sorbo — Es probable que estén juntos de nuevo —
— ¿Y qué harás ahora, Alen? — él no iba a rendirse, lo conocía bien.
— Hablar con ella y ofrecerle un trato que no podrá rechazar — sonrió como un demente.
— Eres un idiota, hermano — dejó la taza en el fregadero para atender su primer turno del día — No tienes ni idea de los sentimientos de las mujeres, nos vemos — cerró al salir.
La mañana pasó rápido y habían quedado en ir a almorzar juntas, pero a una de ellas la comida le resultó insípida y no sabía a nada dentro de su boca.
— A ver — sorbió el popote de su soda observándola con el ceño fruncido — ¿Puedes cambiar esa cara, Dea? — exigió, dejándola a un lado.
— No puedo — escarbó el almuerzo como buscando algún defecto en él — Le dije a Liam que me acosté con su hermano hace un par de semanas y como si no fuera más que suficiente, Lai vino aquí a romperle la cara como si tuviera todo el derecho de hacerlo, después de que discutirán por teléfono está mañana — entrecerró la mirada — ¿Cómo crées que me siento, Gaia? ¿Eh? — no respondió, esperó que terminara — Destrocé la relación de una familia y rompí el lazo que existía entre dos hermanos, ¿Cómo te sentirías en mi lugar? —
— Me sentiría deshecha y decepcionada de mi misma — metió una patata frita a su boca — Pero si tanto "amabas a Liam" — realizó las señas de comillas al decirlo — No te hubieras acostado con Lai — limpió su boca con una servilleta — No me vengas con tu falsa moral, Dea — jamás la había escuchado hablar en ese tono — Soy tu hermana y te conozco más que nadie, tú amor por Liam no era real — se limpió los dientes con el dedo meñique — Era un espejismo, una ilusión que no te hacía sentir tan sola o al menos, la corriente que no te llevaría a los brazos de Lai — se incorporó, ya había terminado — Pero ya ves, fallaste y no hay nada que pueda remendar todo el daño que dejaste atrás —
— Él rompió nuestro compromiso, Gaia — la acompañó a dejar la bandeja del almuerzo en el recibidor — Jamás me perdonará lo que hice, el me amaba y yo le destrocé la vida — tiró los restos de comida a la basura, casi no la había tocado — Todos los planes que él tenía para nosotros al comenzar una nueva vida juntos después de casarnos, los tiré a la basura por un revolcón —
Su hermana sofocó una risa al oírla, no podía creer lo que estaba diciendo.
— Estás siendo muy drástica y ridícula, Dea — salieron por la puerta grande — Es un adulto, tarde o temprano, lo superará — aseguró sin un poquito de lástima o empatía en todo su ser — Es tiempo de que te permitas ser feliz, hermanita — entrelazó sus brazos para caminar juntas — Liam no era el indicado para ti, era muy bueno para ser cierto y no es lo que realmente estás buscando —
— Puede que tengas razón, pero eso no me consuela en nada — negó con la cabeza de un lado — Quizás hablando con Lai pueda aclarar el caos en mi mente —
— Sip hablar — su sarcasmo era palpable para cualquier peatón que pasara a su lado — ¡Keilot! — se convertía en una niña cada vez que volvía a verlo — ¿Qué hacés aquí? —
Se colgó de su cuerpo al correr hasta él como si desapareciera en el aire si no lo alcanzaba.
— Vine a verte, amor — besó su mejilla una y otra vez, hasta que se cansó — ¿Ya almorzaste? — asintió sin bajarse de él — Qué lástima, venía invitarte para que almorcemos juntos —
La depositó en el suelo con cuidado y después de apartarle el cabello del rostro.
— No hay problema, podemos comer pasta esta noche en casa, ¿Qué dices? — movió los brazos en vaivén esperando que dijera que sí — Yo cocinaré —
— Me parece una estupenda idea — se inclinó un poco para juntar sus ojos — Y ya deja de morderte el labio — los separó con su pulgar al acariciarlos — A las seis vengo por ti — le regaló un beso en la nariz — Nos vemos en la tarde, bonita — dió la vuelta y se marchó.
— Él es el padre de mi hijo — señaló con orgullo a un par de ancianos que los observó al pasar — Buenas tardes — ingresó a trote a la clínica, su hermana la había abandonado hace rato al regresar a su trabajo — No tiraré de reproches…— tarareo llamando al elevador presionando el botón de la planta baja — Me basta con un adiós, se me atragantan tus noches…— las puertas se abrieron — Tus días aún peor — sonrió al ver una persona adentro — Hola otra vez, doctor Ayerdi — ingresó y apretó el número que la llevaría al cuarto piso — ¿A dónde va? — pidió saber de espaldas a él.
— A mi oficina — respondió serio — Quiero hablar contigo a solas — volteó con los ojos bien abiertos al escucharlo.
— ¿Hice algo malo? — parpadeó consternada.
— No — llegaron al piso en cuestión — Acompáñame — ordenó al salir.
— Sí, doctor — lo siguió sin chistar.
— Pasa — sostuvo la puerta para ella — Siéntate — ordenó al entrar — Bien — entrelazó las manos sobre el escritorio y la miró intensamente — Tú sabés que estoy enamorado de ti — habló de golpe y sin anestesia — Y ahora, no sé qué hacer contigo —
— ¿A qué se refiere? —
Miró en todos los ángulos posibles buscando una salida fácil a esa encrucijada.
— Soy consciente de que tienes una relación con el padre de tu hijo — la señaló con ambas manos al separarlas — Y es algo que me está molestando mucho —
— Keilot — indicó — Él se llama Keilot y no interfiere para nada en mi trabajo, si es a lo que usted se refiere — negó de inmediato al escucharla.
— No es eso, eres una excelente profesional — deslizó un papel hacía ella, se trataba de un nuevo contrato laboral — Pero tendrás que terminar tu relación con él si quieres que tu hermana y tú sigan trabajando aquí — le lanzó una bala y no pudo procesar el dolor que le causó el impacto.
— Clínica Cebeck, buenas tardes…— habló por el intercomunicador — ¿En qué puedo ayudarle? —
Tecleó el nombre de uno de los pacientes en la pantalla para actualizar su historial médico.
— Dea — se oía ebrio y destrozado del otro lado de la línea.
— ¿Lai? — se incorporó asustada al escucharlo — ¿Qué te sucede? — no respondió — ¿A dónde estás? — su hermano ingresó justo en ese momento a recepción para tomar los siguientes turnos — ¿Lai? — podía oírlo llorar del otro lado — Por favor, te lo imploro…— juntó sus manos como si fuera una plegaria — Dime dónde estás, por favor —
Quería llorar igual que él, ¿Qué le estaba pasando?, Moriría si algo malo le hubiera pasado.
— ¡Lai! — tomó la bocina desesperado al no escuchar respuesta — ¿¡A dónde estás!? — exigió saber a voz en grito — ¡Con un demonio, deja de llorar y dime dónde estás! — miró a la mujer a su lado que se veía en peores condiciones que él — ¡Nos estás asustando a todos aquí! ¡Habla! — su voz se rompió pero se recompuso de inmediato — Por favor, hermanito…— rogó por última vez — Dime, ¿Dónde estás? — asintió al oír su respuesta — Bien, voy por ti, no hagas nada hasta que llegue allí — cortó de golpe.
— Christian, suspende todos mis turnos, me voy — quitó su mandil para colgarlo en el perchero detrás — Tú también vienes — tiró de ella por uno de sus brazos a la salida — No hables, no quiero oírte justo ahora — sería la culpable si algo malo le sucedía a su hermano — Entra al auto y mantente callada hasta que lleguemos por él — así lo hizo.
— ¡Gaia! — uno de sus compañeros le apartó la mano de un golpe, casi pierde un dedo a causa de la centrifugadora — ¿¡Qué diablos pasa contigo el día de hoy!? —
— Lo siento, Hero — suspiró y ató su cabello es una coleta mal hecha — No me siento bien el día de hoy — su corazón estaba muy inquieto esa tarde después de hablar con el doctor Ayerdi — Creo que me iré a casa — se quitó la chaquetilla de trabajo, la colgó al paso en el perchero junto a la puerta y salió de allí a dónde la llevarán los pies sin despedirse de nadie — Keilot — apretó los labios en una pequeña línea y lo mismo hizo con sus ojos al esperar el ascensor — Tengo que hablar contigo, ¿Podemos vernos ahora? — las puertas se abrieron — Perfecto, voy para allá — tomó el mismo bajando a su destino final.
Condujo por las calles como un demente, tenía que llegar a ese puente antes de que su hermano hiciera una locura. No le importaba nada, sólo quería llegar a destino y rezaba a cualquier dios errante que lo escuchara o incluso a su difunta madre, para que cuidaran de él.
— ¡Ahí está! — señaló a la figura de un hombre sentado sobre el barandal del puente colgante de la ciudad — ¡Lai! — gritó como una loca al verlo allí y mirando al vacío debajo — ¡Ay! ¡Dioses benditos! — corrió hacía él como si fuera lo último que haría en la vida — Lai — sus ojos se aguaron al estar separada de él por unos metros — ¿Qué hacés ahí? — tragó las lágrimas y el llanto para poder hablar.
— Lo arruine todo, Dea — que la llamara por su nombre era el peor presagio que podía existirá — Todo — bebió de la botella de licor en su mano — Arruiné mi vida, la tuya y la de Liam — rascó su nariz al sentir escozor — Soy la peor persona que ha nacido en este mundo —
— No digas eso, por favor — dio un paso y luego otro, pero Liam la detuvo — No arruinaste nada, en todo caso, la que tendría que decir eso soy yo — se señaló a sí misma con culpa — Por favor Lai, te lo suplico…— limpió sus lágrimas con el dorso de su mano — Baja de ahí —
— Hermano — apenas y lo miró de reojo — Sea lo que sea que esté atravesando por tu mente, lo superaremos juntos — estiró una mano hacia él — Piensa en papá, piensa en nosotros… tus hermanos y piensa sobre todo… — se acercó a él, dejándola atrás — En Lue, eres su hermano favorito, no le causes un dolor así — tan sólo un metro los separaba — Por favor, baja y tratemos de solucionarlo —
— Lue — sonrió al pensar en ella — Amo a esa enana — arrojó la botella más allá de la vista — Como te amo a ti, preciosa… — sus ojos se hicieron enormes al voltear — ¡Dea! — se incorporó tan rápido que a los dos segundos tocó el suelo bajo sus pies.
— ¡No te me acerques, Lai! — marcó una enorme distancia con su mano subida al puente y dispuesta a arrojarse a las frías aguas — ¡Estoy cansada de que ustedes dos jueguen con mi mente de esta manera! — su odio los atravesó — ¡Tú me engañaste de la peor manera que podrías haberlo hecho, Lai! — gritó al mundo y a los cuatro vientos su falta — ¡Te entregué todo de mí, te confíe mi más grande secreto y no te importó nada! — estaba histérica, loca, jamás la había visto así — ¡Te odio! — sus palabras le calaron el alma — ¡Te odio por amarte tanto! ¡Te odio! — miró al otro hermano allí que retrocedió asustado, era capaz de lanzarse al vacío si decía una sola palabra fuera de lugar para intentar detenerla — Te quiero mucho, Liam — inhaló profundo y entre temblores para poder continuar — Pero eres demasiado bueno para ser verdad y eso no es sano para mí, lo siento — bajó la cabeza y se sostuvo de uno de los cables sin saber qué más decir — Los dos me tienen harta — suspiró fuerte, agotada y tomando asiento en ese lugar — Harta — miró a ambos sintiéndose vacía, la nada misma, un agujero negro había acabado con cualquier sentimiento que tenía por ambos — No los quiero en mi vida — bajó de un salto — A ninguno de los dos — pasó entre medio sin dirigirles la mirada — Se acabó para mí la familia Row —
El bullicio era caótico y ensordecedor a esa hora del día, los niños habían salido de las escuelas y ahora, se encontraban en una de las tantas cafeterías del centro ansiosos por la merienda.
— Voy a renunciar —
Habló después de un largo silencio y revolviendo sin sentido la taza de café frío.
— ¿Qué pasó? —
Quiso saber, aunque imaginaba lo peor, su instinto era muy agudo y certero en todo.
— El doctor Ayerdi me está chantajeando — no tenía sentido esconderselo, tarde o temprano iba a enterarse — Me nombrará jefa de laboratorio y a Dea su asistente personal, a cambio que yo termine mi relación contigo — la observó fijo y bebiendo de su café en completo silencio — Tenías razón, es un mal hombre — bajó la taza de su boca con una sonrisa triunfal — Dea me odiará por esto, pero mi dignidad es lo único que tengo y no voy a renunciar a ella por tener un mejor empleo —
— Por supuesto que no, bonita — colocó una mano sobre la suya — Ella estará orgullosa de ti y te acompañará hasta las últimas consecuencias — su teléfono se iluminó, era ella — Atiendela y hablen tranquilas, yo espero — llamó a la mesera para pedir una nueva orden.
— ¿Dea? — tapó su otro oído para escuchar mejor — ¿Qué? — su cara de asombro era un poema — ¿De verdad? — apretó sus labios y afiló los ojos, como si eso ayudara a escuchar mejor — Sí, tienes razón, estoy haciendo preguntas tontas — se relajó en su lugar al exhalar todo el aire que contenía dentro — Te apoyo con todo, hermanita — inclinó la cabeza un poco — No te preocupes, conseguiré un nuevo empleo por ahí o donde sea, no soy exigente — movió su mano en un gesto desinteresado — Eso no importa, me voy contigo — sonrió radiante al escuchar su tono entusiasta del otro lado — Está bien, ahora me encuentro con Keilot, pero esta noche haré pasta en casa, ¿Quieres venir? — levantó un pulgar como si pudiera verla — Perfecto, dinos dónde estás y vamos por ti — le pidió su teléfono celular para anotar la dirección — Vamos para allá — finalizó la llamada.
— ¿Y ahora qué? — se incorporó dejando unos billetes en la mesa.
— Dea acaba de renunciar a la clínica — levantó las pocas pertenencias que tenía encima sobre la silla — Y me ahorró el boleto de salida de ese inmundo lugar —
— Si a ti te hace feliz, a mí también — empujó la puerta vaivén para salir de la cafetería y atender su celular que vibraba sin control — ¿Lai? — se detuvo un momento para poder escuchar — Está bien, amigo — miró al cielo pidiendo una explicación a toda su desgracia — Todo saldrá bien — atravesó un brazo delante de ella, el semáforo aún seguía en verde y no podían cruzar — Quédate con Liam algunos días, a los dos les hará bien compartir su soledad — su Jeep los estaba esperando del otro lado de la calle — Adiós, hermano — abrió la puerta de un simple tirón — Cuídate —
Subió con la mirada al frente y apretando con fuerza el volante entre sus manos, su amigo no podía tener tanta mala suerte.
— ¿Y ahora que le sucedió al rey del drama? — su hermana le comentó, muy por arriba, que quiso tirarse de un puente esa tarde.
— Él será el rey del drama — lo defendió, tajante — Pero tu hermana es un demonio rompe almas —
Dio encendido y retrocedió en el estacionamiento para emprender camino.
— ¡Juh! — abrochó el cinturón de seguridad sin darle importancia — Tu amigo se lo merece después de todo lo que le hizo a mi hermana— miró por la ventanilla los árboles pasar.
— Nadie se merece eso, Gaia — no quería discutir con ella un tema que no les incumbe — Nadie nadie se merece morir de amor —
Un par de meses habían pasado y adelantó todo lo que pudo en su carrera para poder graduarse. No lo hizo con honores, bombos y platillos por una cuestión de tiempo, pero ahora era libre de poder ejercer como abogado laboral y especialista en divorcios. En otras palabras, era considerado una mina de oro para la firma que lo recibió con los brazos abiertos.
— Habla Row — atendió su teléfono sin mirar — Hola, Liam — su amada motocicleta fue cambiada por un auto compacto último modelo cortesía de su padre — ¿Qué pasa, hermano? — subió después de arrojar su maletín dentro — Sí, estoy libre hasta las cuatro, ¿Qué ocurre? — miró la hora y tenía tiempo de sobra — Bien, voy para allá — se perdió en la carreta al ritmo de la música hasta llegar a la cafetería favorita de Lue.
— ¿Lai? — lo llamó desde el privado al verlo entrar.
— Aquí estoy — apartó los lentes de sol de sus ojos — ¿Por qué me…? — se petrificó al ver a la otra persona con él — ¿Dea? — la observó con ojos desorbitados.
— Hola, Lai — sonrió a penas — Te estábamos esperando —
Señaló el lugar vacío junto a su hermano invitándolo a sentarse.
— ¿Estábamos? — tomó asiento a su lado.
— Sí, estábamos — dijo él sin apartar los ojos de ella — Bien, aquí estamos, ¿Qué querías decirnos? —
No dijo nada, sólo deslizó una hoja hacia ellos que leyeron en silencio.
— ¿Embarazada? — el recién llegado no daba crédito a lo que acababa de leer — Dea, ¿Estás embarazada? —
— Sí, lo estoy — respondió a su pregunta.
— Pero se supone que tú no puedes tener hijos — la noticia lo impactó mucho y no sabía cómo reaccionar al respecto — Lo recuerdo bien, eres estéril y tú misma me lo dijiste—
No había lógica para eso, se trataba de un milagro o de una horrible broma del destino.
— ¿Quién es el padre? —
Era una pregunta que ella misma se había hecho un millón de veces desde que fue consciente de su estado.
— No lo sé, Liam — respondió avergonzada y agachando la mirada — Te juro que no lo sé — se apartó el cabello del rostro — Cualquiera de los dos puede ser el padre de este bebé —
La risa irónica y burlona que brotó de la garganta Lai, la atravesó como si fueran un millón de puñaladas, ¿Qué había pasado con él que reaccionó así?
— ¡Bien! ¡Salgan las cámaras! — aplaudió al ponerse de pie — ¡Me atraparon y les juro que casi me la creí! — todos lo miraban como si estuviera loco — ¡Pero no es gracioso y quiero que está broma termine ya! —
— No estoy bromeando, Lai — respondió con el alma en un hilo — Estoy embarazada y tú podrías ser el padre —
Miró a su hermano que se mantenía estoico y carente de emociones. No era un juego, era real y estaba pasando justo en ese momento.
— No, no es cierto — volvió a sentarse tan blanco como un papel — ¿Te das cuenta de lo enfermo y retorcido que suena esto? — peinó su cabello hacía atrás — Estás embarazada y cualquiera de nosotros puede ser el padre, es ridículo, Dea — la apuntó con una mano extendida para que entendiera el punto. No iba a volver a desestabilizar su vida, no más, no lo iba a permitir — Yo no quiero ser parte de esto, me da náuseas de sólo pensar que te acostaste con mi hermano y conmigo, siendo tú la única consciente del hecho — se levantó sin tener ganas de mantener esa clase de conversación con ella — No soy el padre de esa criatura y tampoco me interesa serlo — cubrió sus ojos con los lentes de sol — Dea Fleming se acabó para mí — después de esas frías palabras, se fue.
— ¿Cuánto tiempo llevas en cinta? — habló de nuevo al encontrarse solos.
— Según el último sonograba — las palabras de Lai le habían afectado mucho, la odiaba con todo su ser o la había superado — Un poco más de 12 semanas —
Contó las fechas en su mente y la analizó con ojo clínico por un largo tiempo, llegando a una conclusión inminente.
— Yo no soy el padre, Dea — apretó una de sus manos con fuerza para darle consuelo y transmitirle todo el coraje que necesitaba para sobrellevar el momento — Te juro que me encantaría serlo, pero las matemáticas no mienten y biológicamente, no puedo ser yo…— negó con la cabeza completamente derrotado — El padre de tu bebé es Lai —
Rompió en llanto sin poder suprimir las lágrimas o al menos, contenerlas. Ella lo sabía, lo supo desde siempre, pero él no quería saber nada de esa realidad.
— Muero de amor — cantaba como un jilguero limpiando los pisos de su nueva casa — No es lo mismo ahora que tú no estás… — abrió los brazos bailando con el trapeador — Si el vacío que dejas no se va de mí y en su lugar solo hay dolor …— el recital que estaba interpretando era único — Muero de amor, me haces falta para respirar, tu ausencia es una enfermedad sin fin … — el padre de su hijo o mejor dicho, su adorado esposo, se acercaba a ella sonriendo como un tonto — Que consume y lo peor, es que no me mata — rodeó su cuello con los brazos para darle un beso — Esposo mío, ¿Qué puedo hacer por usted hoy? —
— Lo mismo que hacemos todos los días, bonita — la cargó sobre sus caderas por impulso — Tratar de traer a otro Helsing a la familia —
Sonrió sádico y ardiente de deseo, quería tener otro hijo y no daba a basto con cada nuevo intento.
— Por favor, eres peor que un animal en celo — subió las escaleras de ese amplio dúplex para ir a su alcoba — Keilot, no estoy preparada para tener otro hijo — la depósito en la cama con cuidado — Ya lo hemos conversado, Daven ni siquiera tiene dos años — comenzó a desvestirla entre besos y ella tampoco opuso resistencia, le encantaba lo que estaba haciendo — Dame tiempo a tener resiliencia entre un embarazo y otro — era lo único que pedía, tiempo.
— Bien, lo tendrás — se sostuvo de los brazos para no aplastarla — Pero que no sean más de tres años, me estoy poniendo viejo — un llanto opacó el momento y ella sonrió autosuficiente — Tienes razón, no estamos preparados para otro hijo — saltó de la cama con el torso desnudo — Daven, no llores campeón, ahí va papá — lo perdió de vista por el pasillo.
La noche cayó y con ella la luna llena que tanto le recordaba a ella. Después de meses de terapia, lamentos, llantos e intentos de suicidio, la había superado por completo o eso creía hasta que volvió a verla.
— ¿Qué hacés aquí tan solo? — lo rodeó por la espalda con sus brazos — ¿Otra vez no puedes dormir por el trabajo? —
La brisa de esa noche era tenue y serena, mecía su cabello y refrescaba su piel que ardía levemente ante su toque.
— Sí, he tenido mucho trabajo últimamente, Irene — abrazó su cintura al voltear — Ve a la cama, en unos minutos estaré contigo —
— Te espero — lo besó antes de regresar a la cama — No tardes — negó en silencio y regresó su vista a la luna.
— ¿Qué hago? —
Habló con ella como si realmente le entendiera o pudiera oirle, pero nada pasó, no hubo respuestas, sólo el viento arrastró sus palabras en la lejanía.
— Hablé con Liam — ahí estaba, frente a ella, luchando contra los latidos de su corazón y los gritos de su alma para dejarla atrás — Bueno, en realidad, él habló conmigo — no dijo nada, sólo esperó a que hablara — Y… — cerró los ojos, bajó la cabeza y presionó su entrecejo con fuerza — No me mires así, por favor — levantó la mirada poco a poco — Llevo más de tres meses en terapia tratando de superarte y ahora vuelves a mí diciendo que tendremos un hijo — se sentía tan roto que no podía aclarar la mente — No tienes idea de lo perdido que me siento al no saber qué hacer contigo a partir de ahora — la señaló con una mano completa.
— No te estoy pidiendo que hagas algo por mí, Lai — sus ojos descendieron a la taza de té sobre la mesa para no verlo a la cara — Vine aquí, porque es algo que tú tienes que saber — tomó un sorbo sin ganas y le produjo náuseas — No quiero nada de ti, sólo creo que es lo correcto que tú seas consciente de su existencia — se incorporó tambaleante, se sentía mareada e indispuesta.
— ¿A dónde vas? — la detuvo de un brazo al verla palidecer — Todavía no hemos terminado —
— Al baño — apartó su brazo de un tirón — ¿Tengo que pedir tu permiso también? — dio un paso y el mundo se puso de cabezas.
— ¡Dea! — alcanzó a sostenerla antes de que llegara al suelo — ¡Está bien! ¡Está bien! — detuvo a los demás comensales que quisieron asistir en su ayuda — Yo me ocupo de ella, gracias — regresaron a sus asientos.
— ¿Su esposa necesita algo, señor? —
Preguntó una joven mesera que se acercó a ellos con un vaso de agua en la mano por si lo necesitaba.
— Está bien, sólo se desmayó — la cargó en sus brazos con cuidado — Está embarazada y sus malestares matutinos son muy fuertes — aspiró su aroma como siempre lo hacía cuando estaban juntos — Envíame la cuenta al despacho, Jorgie — pidió al cantinero antes de salir.
— Así será, doctor Row — afirmó limpiando una copa con un trapo limpio — Que suerte tiene esa mujer — pronunció celoso e indignado mirándolos con reproche — Que daría yo para que él me lleve así en sus brazos —
Dijo a su compañero detrás de la caja registradora y que a su vez, se encargaba del servicio del lugar.
— Deja de soñar despierto, Jorgie —
Una pequeña sonrisa se formó en su rostro al percibir su indignación sin sentido.
— Ay dioses benditos — se incorporó con ayuda de los brazos — Mi cabeza va a estallar — apretó los ojos con fuerza para soportar el dolor — ¿Dónde estoy? —
La oficina donde se encontraba era enorme, muy moderna y con una vista panorámica espectacular de la ciudad.
— ¿Estás bien? — su voz profunda la sobresaltó.
— Algo — miró alrededor y la ostentación era perturbadora — ¿Trabajas aquí? — asintió en silencio detrás del escritorio — ¡Vaya! — se apartó un rizo del rostro — Felicitaciones — se sentó mejor sobre el sofá dónde dormía previamente — Esto es lo que siempre quisiste —
— No tanto — se levantó y caminó hasta ella para ver su semblante, se veía mejor que hace unas horas atrás — Pero se le acerca bastante — tomó asiento a su lado — Escúchame — la miró intensamente — Yo no te odio y jamás lo haría, pero tú tienes la costumbre de desestabilizar mi vida y ya no es gracioso —
— Lo sé y no es mi intención hacerlo, lo juro, pero…—
— Todavía no terminé — la interrumpió de golpe — Lamento mucho el haber sido tan grosero contigo cuando volví a verte, pero no puedo bajar la guardia contigo — le pidió un minuto más — Tú me lastimas, me haces daño y es algo que no puedo seguir permitiendo — silencio total, no había más que hablar.
— Respeto eso y tienes toda la razón — se incorporó de su sitio sin mirarlo — Voy a irme ahora, antes que digas algo más y me eche a llorar como una idiota — limpió un lágrima con rabia — Mi intención nunca fue herirte o jugar contigo — la acompañó inmutable a la puerta — Sólo que lo nuestro fue tan malaventura que nunca pudo ser — abrió la puerta sin chistar — Llámame si algún día quieres saber de tu hijo — le entregó un pequeño post-it con un número telefónico — Adiós, Lai —
— Adiós, preciosa — murmuró sin sentir nada.
Los días pasaron yl se sentía peor que un tigre enjaulado, todo ser humano que se cruzaría consigo sucumbiría a su aplastante furia, excepto claro está, él.
— ¡Keilot! — lo recibió con los brazos abiertos — Pasa hermano, pasa — le abrió paso a su oficina con tanta alegría que parecía un niño — Siéntate, ¿Quieres un café? — presionó el botón del intercomunicador para hablar con su asistente.
— Sí, claro — hizo lo que dijo.
— Constance, nos traerias dos cafés por favor, gracias —
— Enseguida, doctor Row — respondió de inmediato.
— ¿Qué te trae por aquí? —
— En una hora tengo que recoger a Daven de la guardería y vine a verte — la secretaria llegó con los cafés — Gracias — inclinó la cabeza y se fue — Eres un asco — se detuvo en seco antes de tomar asiento en su silla.
— ¿Qué? — parpadeó confuso sin entender la situación.
— Lo que escuchaste — se inclinó para tomar su café — Eres un asco, Lai — llevó la taza a sus labios esperando el contraataque.
— Si es por lo de Dea y su bebé…— levantó la mano haciendo callar.
— Si es por lo de Dea y nuestro bebé — rectificó, tan estoico e imperturbable como siempre — Esas son las palabras correctas — bajó la taza un momento — Es tan hijo tuyo como de ella y no me vengan con tus traumas insuperables — no le permitió emitir palabra alguna — ¿Qué diablos pasa contigo?, ¡Eres Lai Row y nunca te rindes! ¿¡Por qué ahora das las cosas por hecho!? —
— ¿¡No lo entiendes!? — le gritó a la cara al ponerse de pie — ¡Podría haber sido el hijo de mi hermano! ¿¡Tienes una idea de lo enfermo que es eso!? —
— ¡Pero no lo es! ¡Acéptalo de una buena vez! —
Le dio un golpe tan duro al escritorio que ambos se sorprendieron de su reacción, apaciguando el momento.
— ¿Por qué estamos discutiendo esto, Keilot? — cayó a plomo sobre la silla detrás.
— Porque esta situación está afectando a mi matrimonio — hizo lo mismo que él — Dea el único lugar seguro que tiene ahora, es mi casa y según parece, Gaia no tiene ninguna intención de pedirle que se vaya — se levantó — Así que, soluciona esto, Lai — lo apuntó antes de irse — Es tu lastre, no el mío, solucionalo antes de que me vuelva loco — abrió la puerta de un simple tirón — Gracias por el café — y con esas palabras dejándolas atrás, se marchó.
— ¿Qué hago yo aquí? ¿No se supone que habías encontrado un lugar para mí? —
Miró alrededor el enorme departamento que los rodeaba y ubicado en el séptimo piso del edificio donde estaban, con un pequeño bolso de viaje colgando de su hombro.
— Sí, es mi casa — la guió a la cocina — No puedes seguir viviendo con Keilot y tu hermana hasta que te establezcas de nuevo aquí o consigas empleo — abrió el refrigerador — Lo mejor es que te quedes aquí hasta que el bebé nazca — la invitó a sentarse en la butaca frente a la isla flotante que había allí — ¿Quieres comer algo?, Puedo prepárate lo que sea, sólo dime y lo haré — subió las mangas hasta los codos y esperó, expectante.
— Estoy bien, gracias — llevó una mano a su pequeño vientre que apenas y se notaba.
— En serio, ¿Qué quieres? — insistió una vez más — Estás increíblemente pequeña y delgada, no parece que estuvieras embarazada — rió por lo bajo, parecía un niño.
— Estoy bien, en serio, no tengo hambre — miró alrededor una vez más — Tu casa es muy bonita y enorme —
— Sí, todos los de la firma vivimos aquí, es un condominio sólo para abogados — descansó su cuerpo en la encimera de brazos cruzados — Es algo grande pero espero adaptarme —
— Lo harás — giró para admirar el enorme ventanal que era iluminado por la luna — Cualquiera se acostumbraría a vivir con esta vista — se apartó un rizo del rostro y observó el bello satélite que todas las noches la escuchaba conversar.
— Sí, tienes razón — respondió desde su lugar — Cualquiera se acostumbraría a esto —
Su mirada no estaba fija en la luna, sino más bien, en ella. Era su luna, su luz dentro de una tortuosa y amarga oscuridad, pero tan lejana que no podía tocar o lo haría trizas.
