Heidryck estaba soñando, su nombre no le pertenecía y al intentar pronunciarlo una ola de silencio se abría paso dentro de ella. Tenía la certeza de que todo lo que tocaba era falso, desde el piso donde estaba parada hasta la ropa que llevaba puesta. Los oídos dolían con el ruido de la arena, siendo arrastrada a través de sus canales auditivos con furia, rompiendo su cráneo en miles de pedazos hasta que su cerebro intentaba luchar y algo le retenía. Los largos estandartes de guerra colgaban contra el viento, rebeldes y molestos. Dunas de arena se alzan y caen hasta la eternidad, un ejército de hombres formado detrás de sus propias sombras relucientes bajo la luz implacable del sol.

Su señora le sonríe guiando cada paso a través de la dura noche hasta que lo abandona. Heidryck siente el veneno que ha tomado quemar un cuerpo que no es suyo y al intentar huir no puede moverse.

Estaba de pie, mirando al frente y con los hombros tan tensos como una lanza de acero. Alguien la rodea con un brazo y le atrae a su pecho cantando una canción de cuna tan antigua que el idioma resulta totalmente desconocido, a pesar de saber el contenido: Va de guerra, de muerte y del destino forjado por los dioses.

Cuando abre los ojos sin recordar haberlos cerrado y sube la mirada, se encuentra con la mujer más hermosa que nunca. Un montón de cabello rojo que enmarca la piel dorada como el oro, ojos azules le miran desde arriba prepotentes aunque amorosos. Siente la energía de un amor extraño, surgiendo de dentro de su pecho y bullendo con tanta fuerza que le da miedo.

Reconoce la maldad en ella y la ignora, esperando que el amor profesado la cure de sus malos sentimientos. La recompensa es el dolor profundo en su pecho que se hace presente, apenas la mujer lo empuja lejos de su cuerpo.

Heidryck se mira el pecho encontrando el mango de un puñal, la hoja de metal está clavada profundamente dentro de su ser, rompiendo su alma. Vuelve a mirar a su mujer buscando respuestas por la traición, pero la burla de sus gestos compasivos le rompe el corazón. ¡Por Azura! La confusión le rompe la mente y el estómago se le revuelve con el odio causado por la infidelidad.

Los últimos segundos de su vida, las voces en las que alguna vez confío le susurran descaradamente, se ríen de su desdicha y le hacen perecer rápidamente con un ataque de Muatra.

—¡Nerevar! ¡Nerevar!

Intenta permanecer en el silencio, oculto dentro de su propia desdicha y desilusión el tiempo suficiente para superarlo. Pero las manos de un soldado le empujan hacia la voz que le llama. El nuevo amanecer de su gente le llena con la energía de una mentira bien contada.

Sus ojos, que están cerrados con los fríos paños de la muerte, ven sin la necesidad de fijarse en la realidad. Observa a una alta figura con una máscara dorada mientras le guía entre los muertos como si nada. Mechones de carbón se escapan de las ataduras encargadas de amarrarlos, y unos ojos rojos le miran fijamente a partir de orificios vacíos.

Nerevar… ¿Sigue siendo Heidryck siquiera? Ser Nerevar se siente correcto, tal vez sea él desde su propio cuerpo. Sabiendo exactamente lo que piensa la criatura desconocía, le sonríe a través de la máscara; le mira y asiente, colocando un brazo sobre sus hombros con hermandad.

Voryn… ¿Es él? Nerevar se siente tan cansado de intentar saber quién es quién, después de tanto tiempo, pero la figura se gira de nuevo en su dirección y asiente… luego lo empuja contra un cadáver.

Su ejército de fieles ha caído bajo las luces proyectadas por la lava; no hay sombras en ningún lugar, porque no hay nada que la proyecte. Todos están reducidos a criaturas desdichadas con cenizas pegadas a la piel.

Oye la voz de los muertos en tal cantidad que siente que podría quedar sordo, pero no hay labios que se muevan para decidir a quién atacar por silencio. A Nerevar le duele cada que intenta respirar con esfuerzo, el ardor del ahogamiento empeora a cada segundo porque su pecho no se mueve, sus pulmones se niegan a cumplir su función y algo más le niega la muerte.

Intenta quitarse la cota que anteriormente lo defendió de sus enemigos, pero que ahora le quema la piel y se la deja gris. Pedazos se han fundido con piel dándole el matiz del oro fundido. La figura de máscara no lo deja ir apretando sus hombros en su brazo para acercarle a su cuerpo.

—¡Nerevar! ¡Nerevar! –Le susurra o ¿le grita? Igual que Ayem antes.

La alta figura le habla al oído con parsimonia, dejando cada ráfaga de viento dispersarse en granos de arena quemados y luego lo abandona para ir con los muertos, hablando y riendo con todo el que se cruzará como si estuvieran vivos todavía. Ninguna de las criaturas, que puede reconocer como su gente a pesar de todo, le responde o se mueve de sitio.

Nerevar observa sin ver, con los ojos cerrados y segados que pertenecen a los traicionados, a los cadáveres con los que el contrario interactúa en un intento de no estar tan solo. Lo abandona también e intenta gritar para que lo saquen de allí, encontrándose sin voz alguna.

Los cuerpos se vuelven para mirar a su hortator con desilusión. Miles de miradas muertas, inyectadas con sangre, criaturas desiguales y estoicas, profundamente resentidas. La libertad por la que luchó convertida en un medio para esclavizar a otros. Nerevar, o tal vez Heidryck o cualquiera que ocupe la necesidad en ese momento, grita con temor de lo que sea convertido su pueblo.

—¡Nerevar! –La voz de Vivec se alza entre las tinieblas, burlándose de él y acusándole para hacerle callar.

El cielo se vuelve rojo en contraste con las montañas de arena, siendo sus más fieles creyentes los que saben la verdad y deciden huir lejos de los mentirosos. Se siente enfermo y sucio por la gente que se queda atrás. Su rostro mancillado bajo el estandarte de falsos dioses, que lo usan en una campaña para convencer a los otros.

Indecisas casas que se alzan para protegerse, adoptando a los marchitos.

—¡Nerevar! –La voz de Sotha Sil intenta despertarlo, golpeando sus canales auditivos con una ofensa intencionada.

Los señores daedras parecen ignorar al pueblo chimer cuando más falta le hace. Le duele por Azura, pero ella ignora los gritos pidiendo perdón.

La miseria de su cuerpo se vuelve penitencia, buscando alguien que sea adecuado para salvar al pueblo traicionado y perseguido, pero el adalid de Luna y Estrella aparece mil veces y mil veces muere.

—¡Nerevar! –Es Almalexia quién le llama, a sabiendas de su traición y esperando poder mofarse de él con renovadas fuerzas.

Nerevar abre los ojos, débil e inútil. Ve las manos de Heidryck, su cuerpo y armas, volviendo a ser su encarnada. Tan confundida y triste frente a la Montaña Roja, que se conforma con mirar a todos lados con confusión. Desenfunda la dai katana para prepararse para atacar a cualquier enemigo que se digne en aparecer.

No existe el norte o el sur, no existe el cielo o el infierno. Los falsos dioses le inflan el alma de asco y miedo, de reverencia y perdón. El Tribunal son sus dioses, sus señores, pero sabe que mienten en lo profundo de sus seres porque lo ha visto y vivido en sus propias carnes.

—¡Nerevar! –Le grita Voryn Dagoth sin burla u odio. Espera por él su único soldado fiel, pero cuando la voz le alcanza se ha transformado ya. —¡Nerevar! –Le grita de nuevo, el enemigo del Tribunal y enemigo suyo, al usar también el corazón.

Puede renocer los rasgos ocultos del hombre que lo siguió ciegamente y que está vez lo lleva entre cadáveres. Le grita por su nombre antiguo, como si nunca se hubiera casado con Almalexia. Al rechazarlo, la figura se transforma en Dagoth Ur, con la máscara de nuevo, muerto salvaje, y le lanza a sus lacayos para acabar con él rápidamente.

Heidryck se aparta, intentando huir de las profecías perdidas. Los hombres del enemigo se acercan a ella, llamándole por el nombre de su antepasado y sueltan gruñidos de odio para decirle impostora al cuándo no les contesta.

Vuelve a dejar de respirar mientras desciende a la muerte, sus ojos se cierran con violencia con los dedos de los muertos, arrancándole alaridos de dolor. Un golpe en el pecho le recuerda a su primer final, hace tanto tiempo, que al abrir los ojos no sabe donde está.

Caius Cosades le da una cachetada para asegurarse y ella sabe que ha dejado de soñar.