Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada, Chimaki Kuori y Shiori Teshirogi.


El año había iniciado decente, pero ahora, a un mes después del inicio, era obvio que las cosas no serían brillantes. Era terrible que las cosas fueran así, pero así era la vida, llena de malas noticias y porquerías.

—¿Todo está bien, Deathmask?

Esa noche estaba en el bar de Calvera, con una botella de tequila frente a él y una noticia estremecedora.

—Todo está perfecto.

No quería ser maleducado, pero tampoco tenía intención de ventilar sus problemas con Calvera, sabía que la mujer era sobreprotectora, sin duda le saltarían las alarmas si él le contaba aquello que lo aquejaba, y llamaría al escuadrón de madres; estaba seguro que incluso la madre de Shura terminaría metiéndose.

El día anterior Albafica lo había invitado a su casa, una cena aprovechando que Celintha saldría y Afrodita aprovecharía para espiarla; sólo serían ellos dos, con Agasha como respaldo. Debió de haber imaginado que habría una trampa, desde la adolescencia sólo se reunía con ellos dos a solas cuando estaba en problemas, no necesitaban espectadores.

La noticia de esa noche, la jodida noticia: su padre regresaba.

Ya habían pasado varios años desde la última vez que hablaron del tema, esa vez terminó por ir a vandalizar la casa de uno de sus maestros en el Lykeio, no era por presumir pero esa fue una noche gratificante a medias, sabía que nunca podría quitarse el resentimiento cada vez que escuchaba el nombre de su padre.

Esa noche, justo después de disfrutar su postre, Albafica le dijo sobre el mensaje de su padre, directo y al grano. Deathmask aún podía recordar el momento en el que las cosas cambiaron, era triste que su recuerdo más viejo de la niñez fuera la semana que pasó en casa de los Blom, cuando lo que originalmente era una visita para pasar la noche se convirtió en una estadía de años, hasta que él tuvo la edad suficiente para vivir solo en la única cosa que su padre le había dejado. Porque a pesar de que el hombre se largara lejos, eso no evitó que tuviera algo de decencia y le dejara algo, una casa.

—Vaya, vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? Mascarita sentado en un bar…

Deathmask miró de reojo a Erda, esa endemoniada mujer que se sentó a su lado y pidió un vaso de cerveza, sin alcohol porque manejaría. Era una niña.

—No estoy de humor para tus estupideces, ¿por qué no mejor te largas?

—Que carácter, ¿tu querida te dijo que no? —Erda le sonrió con burla, hasta que notó que el hombre no mentía, no parecía de humor para sus ya acostumbradas bromas pesadas— Cielos, de verdad no estás de humor.

Deathmask le dió la espalda, no gastaría su tiempo en discusiones absurdas cuando tenía cosas más importantes que pensar. Su progenitor era la principal; a pesar de que Albafica le había señalado que tenía todo su respaldo (e incluso se había ofrecido a participar en algo así como una paliza grupal), aún no sabía qué hacer, o cómo sentirse.

—Escucha, Deathmask —Erda volvió a llamar su atención, con un tono serio que no hizo que él se moviera—, de un desconocido a otro… yo no te agrado y ciertamente no me entristecería que un rayo te partiera, pero yo no juego sucio.

—¿Y luego?

—Te escucharé, sólo por esta noche, oferta única que expira hasta que me acabe esta cerveza —Erda levantó su tarro a tres cuartos—, y te aseguro que no me burlaré y a cambio tu dejaras de joder en mi trabajo.

Deathmask se mantuvo sereno mientras veía a la castaña comenzar a tomar su cerveza como si fuera agua. Esa mujer estaba loca si creía que él ventilaría sus problemas así como así, no a una extraña, ella era una potencial enemiga cuya palabra no valía nada porque apenas y habían intercambiado algo más que insultos.

—Mi padre ha regresado —terminó por decir, justo cuando Erda tomaba lo último que quedaba de su bebida.

—¿Y eso es malo por qué…? —ella lo miró intrigada, por un momento pensó que él la dejaría hablando sola.

—Me abandonó cuando era niño.

El tema se había cerrado de manera tajante después de un año en casa de los Blom. Él era un niño listo, sabía que antes de su padre su madre también había empacado sus cosas y lo había dejado en la escuela, prometiendo que regresaría; no le fue difícil imaginar a los tres días con Albafica que su padre había hecho exactamente la misma jugada. Lo que siempre se preguntó era qué debía sentir después de todo eso; cuando era niño pasó mucho tiempo pensando que tal vez había algo mal con él, era muy escandaloso o muy problemático.

Nunca imaginó que el que presuntamente era considerado el mejor amigo de su padre sería quien lo contradijera. Albafica y su familia lo adoptaron como uno más, no tardaron hacerle un espacio en la habitación de Afrodita, su amigo incluso le habló de los lugares en los que su tío Pefko ocultaba sus galletas de chocolate, Celintha no tardó en decirle que era su hermano favorito, e incluso Luco le enseñó algo sobre plantas carnívoras.

La mañana siguiente Deathmask buscaba la caja en la que guardaba su dinero, estaba tan concentrado buscando que no notó a la castaña que despertaba a sus espaldas. Erda sentía un gran dolor de cabeza que sólo aumentó conforme se percató de que estaba en un lugar desconocido.

—No… —susurró, recordando fragmentos la noche anterior, incluyendo cuando Deathmask le dió un poco de su tequila y ambos se pusieron a charlar como dos viejos amigos— No… —repitió levantándose de golpe, viendo a su odiado compañero de bebida abrir un libro y buscar entre sus páginas— ¡No!

El dúo no tardó en salir de la habitación, Erda no dejaba de repetirle que esa noche debía ser negada, además de que no debían de hablar de eso, nunca, jamás. Deathmask sólo asentía, con su libro hueco bajo el brazo y las manos en los bolsillos.

—¿Quieres callarte? —terminó por decir, cansado de escucharla.

—No, esto es en serio Deathmask, nadie debe saber esto, nadie, absolutamente nadie…

Deathmask la detuvo frente a la puerta principal, sosteniéndola de un brazo.

—Eres molesta, ya te dije que no pasó nada —aseguró, a diferencia de lo que ella creía, esa no había sido una verdadera borrachera, ni siquiera tenía resaca y lo recordaba todo.

—Desperté en tu cama —rebatió Erda, con una expresión que delataba su estado conmocionado.

—Sí... en realidad iba a aventarte al suelo, pero fallé —y estuvo lo suficientemente cansado como para moverla.

—Sí, pero dormiste a mi lado.

—Claro que lo hice, es MI cama, y agradece que te traje y no te dejé conducir tu moto, o que te dejé en mi cuarto y no afuera al lado de las secas flores de Afrodita.

—¡Oye!

La pareja volteó al mismo tiempo al comedor, donde todos los inquilinos de Deathmask e Hysminai estaban desayunando.

—… No —Erda rió nerviosa, dando pequeños pasos hacia atrás—, esto no es lo que parece —aseguró, antes de salir del lugar.

Agradeciendo que todos estaban reunidos, Deathmask entró al comedor dispuesto a exponer algunas ideas, al menos hasta que Afrodita alzó una mano.

—"No es lo que parece" —repitió—, chicos, lluvia de ideas.

—Hace frío en las noches —señaló Camus mientras se servía cereal.

—Los secuestraron los aliens y los devolvieron en una sola habitación para no hacer un largo viaje doble —Shijima alzó los hombros y se llevó su pan tostado a la boca.

—Ella entró en una agujero dimensional que la teletransportó a la habitación de Deathmask, y durante el viaje debió haberse golpeado la cabeza o sufrido una conmoción, y Deathmask tiene el sueño pesado —Hysminai dejó su licuado de lado para mirar a su jefe—, ¿cómo lo hice?

—Es excelente, de hecho quiero cambiar mi versión...

—Por alguna razón que desconozco y no me importa estuvieron bebiendo juntos —Shaka interrumpió a su primo—, ambos se alcoholizaron, ella más que él, y al final Deathmask sólo la trajo para que pasara la noche.

—¿Como lo sabes? —preguntó Deathmask algo sorprendido, eso fue justo lo que sucedió.

—Los vi en la noche —el rubio sólo alzó los hombros, restándole importancia.

—¿Todavía tienes insomnio?

—Algo.

El casero asintió distraído, escuchando a sus amigos comenzar a hablar sobre los problemas de sueño del rubio. Estuvo tentado a dejarlos continuar de manera normal, pero lo desechó. Esa noche, mientras Erda dormía a su lado, y balbuceaba cosas no entendibles, había pensado en su niñez y en su padre, en su abandono y todos los problemas que vinieron con eso.

Por varios años pensó que si alguna vez volvía a ver a sus progenitores se encargaría de echarles en cara todo lo que lo habían hecho sentir, pero ahora que ese sueño infantil sucedía sentía que no tenía nada que decir.

—Convoco a una reunión de emergencia —dijo, mirando a todos—, de inquilinos, ya lo saben.

—Oh —Hysminai agarró su vaso con su licuado y se levantó con cuidado, diciéndole a su jefe que esperaría en su habitación.

—Gracias Hysminai —le dijo Deathmask a la chica—, bien, tengo noticias, malas noticias, y algo… apresuradas.

—¿Tiene que ver con Erda? —preguntó Camus, algo confundido.

—Eso es solo una casualidad.

Afrodita se sintió tentado a hacer alguna broma, pero la expresión de su amigo le advirtió que debía guardar silencio. Tenía años desde la última vez que lo vió así, tan acabado, perturbado o incluso melancólico, y sólo había una cosa que lo ponía así.

—Mi padre viene para acá —explicó, no valía la pena gastar tiempo o saliva en profundizar—, ustedes saben que esta es su casa así que pensé que ya que el desgraciado decidió al fin aparecer debería regresarle sus cosas.

Los cuatro habitantes lo miraron sorprendidos, aún más cuando vieron al médico forense abrir su libro falso y comenzar a sacar varios billetes que repartió entre ellos.

—Es su renta de este mes, se las regreso según el contrato de arrendamiento, debemos desalojar máximo en tres días.

—¿Cuándo vendrá?

—Albafica me dijo ayer, lo sabe desde el año pasado… en una semana.

—¿Por qué ustedes pagan más que yo?

La pregunta de Shaka los sacó de su estado impactado. Afrodita y Deathmask miraron a Camus, que rápidamente desvío la conversación. De un día a otro estaban desalojados, no había tiempo para profundizar en el aspecto monetario.

Tres días no eran suficientes para asimilarlo todo, Deathmask lo sabía bien. Un día estaba tranquilo escuchando las peleas de sus inquilinos y al siguiente los veía a todos empacar en cajas sus cosas y hablar sobre a dónde irían.

—El abuelo de Camus casi se infarta, así que todavía no sé si se quedará en el hotel con él o irá a la casa de Milo, en cualquier caso Milo dijo que sus padres ya le prepararon una habitación en el tercer piso por si acaso; Shaka y Shijima se irán con su tía, aunque Aioria quería que Shaka se quedara con él —le explicó Afrodita al segundo día, ambos estaban en el patio trasero—, papá espera que vengas conmigo.

—Ya no soy un niño, puedo cuidarme solo.

—Sabes que no es por eso… esto es… complicado.

—Complicado se queda corto —Deathmask buscó en sus bolsillos sus cigarros antes de recordar que ya no fumaba—, mierda…

—Deathmask, crecimos juntos, no tienes que fingir ser rudo conmigo.

—No sé que decirte… tampoco tengo nada que decirle, sólo… no quiero verlo, ¿por qué está regresando? ¿qué es lo que quiere?... ¿qué supone que debería de hacer?

Afrodita puso su mano sobre el hombro de su amigo y le dió un par de palmadas, no tenía nada que decir y sabía que Deathmask no quería escuchar absurdas palabras de aliento. El médico forense lo miró por un momento antes de asentir, sintiendo el apoyo.

—Ahora yo voy a pagarte la renta.

—Así es, de una vez te voy avisando que no quiero nada de Heavy Metal a las seis de la mañana o a la una y sobre todo, no eres el hermano favorito de Celintha.

—Eso no es lo que ella dice.

Por un momento sintió que no debía de ceder ante su padre, en especial sin conocer sus razones, pero no quería nada de él y después de darle vueltas al asunto con una alcoholizada Erda ambos pensaron que su padre tal vez quería su casa de regreso.

—No puedo creer que de verdad vayan a irse, quiero decir, ¿tienen idea de todas las cosas que pasamos en este lugar? —Aioria miró la sala semivacía.

Muchos de los muebles se habían repartido entre los dueños originales, o los que Shijima dejó afuera que desaparecieron al día siguiente. Nadie desaprovecharía un sofá en relativo buen estado.

— Tantas historias… —Aioros asintió, conmovido, mientras señalaba la puerta— nunca arreglaron esa puerta.

—Ya decía yo que olvidamos algo —Camus negó con la cabeza—, todavía hay algunos muebles que no tengo ni idea de dónde salieron, ¿estás seguro de que quieres hacer esto, Deathmask?

El aludido miró a todos sus amigos a su alrededor, enfocándose en los que vivían con él. Seis años atrás se había propuesto dejar de ser un vago en la casa de Albafica y mejor buscar su propio lugar; sus pensamientos lo llevaron frente a la casa donde había pasado sus primeros años de vida. El lugar estaba lleno de recuerdos olvidados y el sueño lejano de que él pudo ser feliz ahí. Por eso se había mudado, y por un momento había cumplido ese sueño, de verdad había sido feliz; pero no era el lugar, era la compañía. El lugar sólo era la representación de lo que él quería, ahora que su padre regresaba de entre los muertos no había mejor forma que enfrentar al pasado que deshaciéndose de la única cosa que lo ataba a él.

—Nuestras reuniones ahora serán en la casa de Mū —respondió, señalando al médico que acababa de llegar.

—¡¿Qué?!

—Yo creí —dijo Kanon, acercándose a Shaka—, digo, ya que nuestro rubio favorito va a vivir en un hotel cinco estrellas, yo pensé en la clase de amigos que seríamos si no nos aprovechamos de esa oportunidad, pero si Mū ofrece su casa, me parece perfecto.

—Yo no dije…

—Eso suena genial, en especial por lo amplia que es tu casa, Mū —Shura y Milo comenzaron a hablar del amplio comedor, ignorando las protestas del médico.

—Yo le había prometido a Kiki que le mostraría los videojuegos clásicos, creo que podría aprovechar —murmuró Aldebaran, no tardando en iniciar un conversación con Saga y Aioros sobre la posibilidad de pasar una tarde frente a una pantalla, como en la adolescencia.

Fue un miércoles por la mañana cuando frente a la casa azul, conocida en el vecindario por las más jóvenes como el lugar donde vivían chicos increíblemente atractivos y los mayores como la casa de los locos, un taxi del aeropuerto se estacionó. De ella bajó un hombre alto, el cabello con algunas canas y ropa formal, atrás había quedado el estilo motociclista. El hombre suspiró y se quedó parado en la cera, viendo el auto partir.

Nervioso se quedaba corto, una parte él estaba muerta de miedo ante lo que pudiera pasar, y a pesar de eso estaba dispuesto a aceptarlo todo. Eso incluía la posibilidad de que su hijo (que ahora se hacía llamar Deathmask) le disparara apenas tocara la puerta. Quería explicar su ausencia, quería disculparse por ser tan idiota y, sobre todo, quería ver al adulto en el que su pequeño huracán se había convertido.

El timbre le sonó alto, como un eco. Intranquilo, se apresuró a sacar sus cigarros y encender uno. Esperó cuarenta largos segundos hasta que la puerta fue abierta por una versión rejuvenecida de él, algo ojerosa e igual de seria. Ahí estaban, era el momento que llevaba esperando desde el año anterior, cuando le escribió a Albafica que iba a regresar de Atenas después de todo ese tiempo.

El silencio se mantuvo entre ellos, cada uno esperando que el otro tomara la iniciativa. Él fue el primero en moverse, le dió una larga calada a su cigarro y se preparó para hablar; era su responsabilidad después de todo, él había viajado hasta ahí sólo para ver a su chico.

—A-Deathmask —dijo.

—Manigoldo —respondió el joven, plano, sin ningún tono o expresión—, sé lo que quieres, no opongo resistencia.

Deathmask terminó de abrir la puerta y estiró la mano para mostrar cinco juegos de llaves, dos de ellos aún conservaban sus llaveros. Manigoldo estiró la suya por reflejo, recibiendo todos los juegos; después se hizo a un lado para mirar a su hijo salir por completo, jalando una maleta detrás de él.

—La ducha del baño de abajo no sirve —dijo mientras caminaba hacia la calle—, y el patio trasero es un desmadre.

—¿Qué? —Manigoldo miró las llaves confundió, de todos los escenarios, ese era el que nunca imaginó— Deathmask, yo… quería hablar… ¿qué estás haciendo?

—Después de casi veinte años… no tengo nada que hablar contigo, ni siquiera te conozco —Deathmask se enderezó, actuando con madurez como nunca antes lo había hecho—, eres el dueño de este lugar, es tuyo, no necesito nada de ti.

—Deathmask…

—Dije que no me importa, en lo que a mí respecta, eres un desconocido.

Durante el viaje en autobús, Deathmask se felicitó por lo maduro que estaba actuando; ganas no le habían faltado para soltar un golpe a lo bestia, pero eso no resolvería nada. Mejoraría las cosas, que su padre resultara vivo no cambiaba nada, sólo era una piedra en el camino. Llegar a su nuevo hogar era la prueba.

Tener un nuevo lugar lo era aún más, lo importante no era el sitio, sino las personas que lo rodeaban y lo acompañaban; ellas hacían que los días fueran felices, a veces molestos, pero traían paz y la impresión de que no había algo malo con él, de verdad existían personas que querían pasar tiempo con su persona, para las que no era un estorbo.

—Te lo dijo Celintha, ahora que he regresado estaré más pendiente de ti.

—Afrodita, no seas absurdo, no necesito una niñera, ya soy una adulta, ¡papá, dile!

—Estoy ciento un por ciento de acuerdo con Afrodita, aún eres joven, cariño, necesitas vigilancia.

—Albafica, ya hablamos de esto.

—Agasha, lo único que recuerdo es a ti estando de acuerdo conmigo.

—Eso es exactamente lo contrario a lo que hablamos.

Deathmask sonrió al escuchar la discusión; con cuidado dejó su maleta cerca de la puerta de entrada y caminó hacia el comedor, ansioso por olvidar su mal momento y disfrutar de la compañía de su verdadera familia.