OVERLORD

MI QUERIDA ALBEDO

Autor: Jiraiya-Sama

NOTA: Todos los derechos de OVERLORD, pertenecen a sus respectivos creadores o a aquellos quienes les sucedan legalmente en el futuro. Esta historia fue escrita sin fines de lucro, solo como medio de esparcimiento. No me demanden.


Capítulo II: "UN JUEGO PELIGROSO"

Ainz Ooal Gown, anteriormente conocido como Momonga y actual Señor Supremo de la "Gran Tumba de Nazarick", tenía un mar de dudas en la cabeza. Las pasadas semanas había tomado algunas misiones importantes que le habían reportado muy buenos ingresos, especialmente la última, que le tomó solo una semana en completar, dos menos de las que había presupuestado y que le dejó una cuantiosa recompensa. Eso era bueno, no tendrían problemas de efectivo por un tiempo, pero pese a todo el trabajo que tuvo por delante su mente estuvo siempre en otra parte; su mente siempre estuvo con Albedo.

Pese a haber pasado ya varias semanas desde el día en que se había despedido de forma tan personal con Albedo, esa escena seguía volviendo a su mente cada tanto con la misma pregunta al final: ¿Qué iba a hacer ahora con ella?

La pregunta no era menor, tomando en cuenta lo que él había hecho, era de esperar que al volver a estar frente a Albedo, su saludo debería ser a un nivel similar. La situación no exigiría nada menos de su parte y ella definitivamente se sentiría decepcionada de no ser así. Aun así era algo que debía hacerse ya que él mismo se había buscado esta situación al cambiar la configuración de Albedo, sin contar el hecho de que además se había despedido de ella como si fuera su esposa.

"¿Por qué tuve que recordar justo esa escena de esa estúpida película?" se preguntó un cansado Ainz. Ese pensamiento le trajo además el recuerdo de otra escena de la misma película, cuando el protagonista regresa a casa y se reencuentra con su esposa. Se abrazan, se besan y luego él la carga en brazos para llevarla al dormitorio y… y… y… ¡Como el infierno él haría eso con Albedo!

Ainz sabe que su cara es un cráneo blanco sin piel, pero aun así sentía que estaba sonrojado por ese solo pensamiento, ya que sus mejillas ardían furiosamente. ¿Puede un esqueleto sin carne ni piel sonrojarse? ¿Por qué demonios se sonrojó? ¿No se supone que como "No Muerto" sus sentimientos habían sido dejados de lado? Eso era extrañó. Podía matar sin sentir ningún tipo de remordimiento, incluso podía dar órdenes de masacrar pueblos enteros, torturar y realizar experimentos aberrantes con los prisioneros sobrevivientes, sin sentir absolutamente nada. ¿Entonces por qué todo lo que tiene que ver con Albedo lo está poniendo tan nervioso de un tiempo a esta parte?

Tal vez tenga que ver con su nula experiencia con mujeres, o que ella sea demasiado entusiasta con sus demostraciones de afecto, que en algunas ocasiones rayan en el acoso sexual. Ainz suspiró cansadamente. ¿Y desde cuándo suspiraba tanto?

Para cuando el Señor Supremo de la "Gran Tumba de Nazarick" logró salir de sus reflexiones, se encontró de pronto ante las puertas que daban al salón del trono. Había dejado ya su forma de "Momon" y estaba actualmente en todo su esplendor con su fina túnica y las vistosas piezas de armadura sobre los hombros. A su lado, Narberal Gamma también había dejado de lado sus vestimentas de "Nabe" y usaba su uniforme de Pleiades. Ainz miró fijamente las puertas sin saber qué demonios iba a hacer con Albedo. No le quedó otra opción más que improvisar y esperar no complicar más las cosas. Con un asentimiento de cabeza, las dos sirvientas que estaban ante él, abrieron las grandes puertas dejando ver el impresionante salón del trono.

El lugar estaba tal cual como el día que había dejado Nazarick. Sebas Tian y la Pleiades a un lado y los Guardianes de Piso al otro, todos con una rodilla en el piso, la cabeza gacha y una mano en el pecho como signo de respeto. Frente a él, en la misma posición se encontraba la causante de todos sus quebraderos de cabeza: Albedo.

— Bienvenido de regreso a nuestro hogar… ¡Ainz-Sama! — dijo Albedo tal vez con demasiada emoción, levantando la cabeza para darle una intensa mirada con una radiante sonrisa de oreja a oreja… literalmente.

Ainz no pudo evitar dar un paso atrás ante la anhelante mirada y el total entusiasmo en las palabras de la mujer arrodillada ante él.

— Ehh… yo… estoy… estoy en casa, Albedo — logró decir Ainz, solo para ver como la susodicha se ponía de pie de un salto.

— ¡Ainz-Sama! — dijo Albedo con emoción en la voz mirándolo expectante.

La Supervisora de los "Guardianes de Piso" estaba frente a Ainz, con las manos tomadas baja el rostro con una sonrisa aún más grande, si fuera posible. Sus ojos ambarinos lo miraban con una mezcla de deseo y anhelo. Sus alas daban pequeños y algo frenéticos aleteos inconscientes mientras daba saltitos sobre los dedos de los pies. Albedo era todo expectación. Ainz sabía lo que ella quería, sabía que ella esperaría esto. No podía culparla ya que él mismo lo inicio.

Albedo se congeló en su lugar y sus ojos casi salen de sus órbitas cuando la huesuda mano derecha del Señor Supremo de Nazarick, subió para acariciar su mejilla.

Ainz no pudo dejar de sorprenderse ante la cara de total sorpresa y felicidad de Albedo por estar recibiendo esa caricia. Es como si ella hubiera estado esperando que él pasara de ella y simplemente siguiera su camino para tomar su lugar en el trono de Nazarick, pero: ¿No es eso lo que él había estado haciendo hasta ahora? Por alguna razón ese pensamiento le hizo sentir un mal sabor de boca.

En un arranque de impulsividad poco común en él, Ainz se vio levantando su otra mano para llevarla a la cabeza de Albedo y darle una caricia, sintiendo la suavidad de su hermosa y sedosa cabellera negra azabache, haciendo que Albedo se congelara en su lugar y sus ojos casi salieran de sus órbitas ante lo que su Señor estaba haciendo.

— Me alegra verte, Albedo — dijo finalmente Ainz, sin parar las caricias, logrando que los ojos de la mujer se humedecieran de la emoción, mientras comenzaba a hiperventilar — ¿Albedo? — preguntó.

— ¡AINZ-SAMA! — gritó Albedo casi en un llanto arrojándose a sus brazos, dejando de lado todo el protocolo y casi botándolo al suelo por el impulso que tomó.

— Ya, ya… tranquila Albedo — dijo Ainz, tratando de separar de él a la emocionada Súcubo.

— Ainz-Sama… Ainz-Sama… Ainz-Samaaaaa…. — repetía una emocionada Albedo mientras lo seguía estrechando en un fuerte abrazo.

— Albedo, recupera la compostura. Recuerda donde estamos — dijo Ainz, con voz de autoridad.

— Perdone mi comportamiento Ainz-Sama. Me dejé llevar — dijo Albedo, soltando su agarre y volviendo a la postura erguida y la cabeza ligeramente gacha en señal de respeto.

—Ejem, está bien, comprendo. No hay problema — dijo el Señor de Nazarick dándole una mirada a la mujer alada frente a él, que se veía un tanto mortificada y algo decepcionada. No le gustó verla así, por lo que contra lo que dictaba su mejor juicio, volvió a levantar una mano para dar una última caricia a la mejilla de la sorprendida Súcubo — Vamos Albedo.

Ainz no esperó la respuesta de la mujer, simplemente comenzó a caminar a paso firme por el corredor entre sus súbditos que seguían arrodillados con la cabeza gacha en señal de respeto, aunque totalmente conscientes de todo lo que había pasado. Por su parte, Albedo se unió a Ainz un par de pasos más atrás de él, pero con una radiante sonrisa de felicidad de los labios. El ser Supremo se sentó en su trono con un movimiento dramático de su túnica, miró a sus súbditos frente a él y a una Albedo que era toda sonrisas de pie a su derecha.

— Bien. Es hora de ponernos al día. Quiero un informe completo de todo lo ocurrido mientras estuve fuera de Nazarick — demando Ainz con voz de mando.


Su estudio siempre había sido su lugar de reclusión y tranquilidad, donde podía sentarse a pensar o simplemente holgazanear, relajándose del estresante trabajo que es estar a la cabeza de la "Gran Tumba de Nazarick". Es cierto que él delega muchas funciones, pero en estricto rigor siempre está al tanto de todo lo que pasa, por lo que de vez en cuando necesita un momento de relajo. No es como si fuera algo vital, de hecho, ser un "No Muerto" tenía sus ventajas, como no necesitar comer o dormir, pero algún remanente de su vida pasada debe haber quedado ya que no podía evitar buscar algunos momentos de relajo; aunque tener a una hermosa mujer sentada en las piernas no era precisamente su idea de "relajación".

Albedo era la viva imagen de la felicidad sentada en sus piernas, apegada a su pecho mientras lo miraba con ojos soñadores y una sonrisa de oreja a oreja… literalmente. No ayudaba que ella además fuera tan cálida y oliera tan bien. Eso le trajo a su mente nuevamente la sensación de que había sentido el aroma de Albedo en algún otro lugar.

— ¿Está todo bien, Ainz-Sama? — preguntó una entusiasmada Albedo.

— Si, si, todo está bien. Solo pensaba que hueles muy bien — respondió sin querer.

— ¿De verdad? ¿Quisiera olerme un poco más Ainz-Sama? ¿Tal vez por todo el día? — preguntó Albedo con una cara algo lasciva, mientras sus alas daban pequeños aleteos de anticipación.

— No, todo el día es mucho tiempo — respondió Ainz totalmente complicado, logrando una cara de profunda pena y decepción de Albedo, que incluso estaba por soltar algunas lágrimas — Está bien, en realidad podría olerte por un tiempo… mientras reviso estos documentos.

La sonrisa de Albedo fue respuesta más que suficiente para saber que ella estaba completamente de acuerdo con eso, apegándose más a él para que pudiera olerla mejor. ¿De verdad él estaba haciendo esto, olfateando a una mujer como si fuera un viejo pervertido? Aun así, no podía negar que el aroma de Albedo es hasta cierto punto intoxicarte y adictivo.

Le dio una mirada a la mujer que era todo sonrisas mientras se apegaba más a él para que pudiera olerla mejor. Si, en realidad parecía uno de esos viejos pervertidos, pero por otro lado, no había nada de malo si es la propia mujer la que se está ofreciendo para esto, ¿verdad? Suspiró con cansancio llenando sin querer sus fosas nasales con la esencia de Albedo.

"Demonios, en verdad huele bien" pensó Ainz, antes de obligarse a dejar de lado el intoxicante aroma de Albedo y analizar las cosas con más calma. En primer lugar, ¿Cómo es que había llegado a esta situación?

Cierto, había declarado que iba a tomarse un tiempo a solas aquí en su estudio, para poder aclarar sus ideas. Estuvo tranquilo por un tiempo hasta que golpearon a su puerta. Era Albedo con algunos documentos que necesitaban su aprobación. Ella no estaba por irse una vez le entregó los documentos y se veía demasiado entusiasmada, lo que podía degenerar en algún tipo de arranque de esos que ella solía tener cuando se sobreexcitaba; de hecho, había comenzado a hablar algunas incoherencias mientas se iba sobre él, momento en que le ordenó que se calmara, cayendo recién en cuenta de que de alguna forma ella terminó sentada en sus piernas y… bien, como dicen: "Lo demás es historia".

Ainz volvió a suspirar por enésima vez, llenando una vez más sus fosas nasales con la deliciosa esencia de una feliz Albedo, mientras seguía revisando los documentos que descansaban en el escritorio frente a él. Era extraña esta situación. En su anterior vida nunca había experimentado algo así, por lo que no sabía cómo se supone que debía sentirse con todo esto. Aun así, no podía negar que es hasta cierto punto agradable. El calor de Albedo se siente bien y su aroma es realmente agradable.

Un golpe en la puerta sacó a Ainz de sus reflexiones y a Albedo de su estado de felicidad, para darle una mirada odiosa a la puerta.

— ¿Quién es? — preguntó Ainz, en voz alta

— Demiurge, Ainz-Sama. Vengo por la reunión que había solicitado — respondió el Guardián del Séptimo Piso, desde el otro lado de la puerta.

Ainz recordó que efectivamente Demiurge le había solicitado una reunión poco antes de dejar el salón del trono, a la que él accedió dentro de un par de horas. ¿Tanto tiempo había pasado? Le dedicó una mirada a Albedo, la que hizo un puchero, pero finalmente dejó su cómoda posición para permanecer de pie a un lado de él.

— Adelante, Demiurge — dijo Ainz con voz fuerte, luego de lo cual el aludido ingresó a la oficina, percatándose de que Albedo estaba ahí dándole una mirada fulminante.

— Oh, Albedo, estabas aquí — dijo Demiurge, sin darse por enterado de la mirada de muerte de la Súcubo de cabello negro azabache — Eclair estaba buscándote. Algo sobre implementar algunas nuevas y estrictas normas para realizar la limpieza en Nazarick.

— ¿Otra vez? — preguntó Albedo casi en un gemido, arrancando una sonrisa de Demiurge.

— Puedes ir Albedo. No quiero distraerte de tus responsabilidades — dijo Ainz mirando a su mano derecha — Además, sería bueno que detuvieras lo que sea que ese pingüino fanático de la limpieza quiera implementar. No quiero que se repita lo de la última vez que se le ocurrió algo — añadió.

— Pero… Ainz-Sama — dijo Albedo con cara de decepción.

— Ve Albedo. Podemos seguir luego, cuando ambos estemos desocupados.

Espera un momento… ¿El acaba de decir eso?

— Si, Ainz-Sama. Me desocuparé lo antes posible para regresar con usted — dijo una extasiada Albedo, antes de salir a toda prisa de la oficina dando saltos de felicidad.

Ainz se quedó viendo la puerta por la que salió una feliz Albedo, apenas creyendo lo que él acababa de decir, a lo que se acababa de comprometer. ¿En qué rayos estaba pensando? ¿Siquiera estaba pensando? ¿Acaso el delicioso aroma de Albedo le había freído el cerebro?

— Me disculpo si interrumpí algo importante, Ainz-Sama — dijo Demiurge con una reverencia.

— ¿Eh? No, claro que no. No interrumpiste nada — respondió un nervioso Ainz, antes de aclararse la garganta y recobrar la compostura — Bien Demiurge. ¿De qué es lo querías hablar?


Ainz estaba preocupado, muy preocupado. La Situación en la que él mismo se había involucrado parecía estar saliéndosele de las manos; y es que desde el día en que se le había ocurrido la brillante idea de acariciar la mejilla de Albedo para tener un gesto con ella, mucha agua había corrido bajo el puente y las cosas habían ido escalando paulatinamente.

Es cierto que no habían pasado muchas semanas desde que había regresado desde E-Rantel, para encontrarse atrapado en esta situación y la verdad es que se había sentido como si fueran años. No era fácil lidiar con una Albedo emocionada y desbordante de deseo, que lo acosaba cada vez que tenía un momento disponible. Es cierto que los primeros días tuvo que llamarla al orden bastante seguido, dejándole en claro que ella no podía descuidar sus responsabilidades, mientras que él estaba muy ocupado atendiendo las múltiples cosas que requerían su atención y supervisión. Ser el Señor Supremo de la "Gran Tumba de Nazarick", no era algo fácil, consumía mucho de su tiempo, pero por otro lado tampoco quería decepcionar a Albedo más de lo que ya lo había hecho. Bien, tampoco podía obviar el hecho de que Albedo olía muy bien y de que le gustaba verla sonreír.

Es así como Ainz se las había ingeniado para tener algunos momentos en privado con ella; momentos en que le daba algunas caricias en la mejilla o acariciaba su larga y sedosa cabellera negra azabache, mientras ella se sentaba en sus piernas y le permitía olerla. El hecho de que Albedo oliera condenadamente bien, no ayudaba demasiado. En este punto debía reconocer que le gustaba tener a Albedo sentada en sus piernas y acariciar su cabello mientras la olfateaba. Si, se estaba convirtiendo en un pervertido, pero nuevamente, era ella la que lo buscaba para sentarse en sus piernas y dejar que la oliera a gusto.

¿Era Albedo más pervertida que él? En este punto no tenía muchas dudas de que en verdad lo fuera, sobre todo considerando que ella es en verdad un Súcubo. Ese es otro punto importante aquí, Albedo es un Súcubo y parece que sentarla en sus piernas mientras la acaricia y la olfatea ya no es suficiente para ella. Albedo quiere más de él, pero… ¿Cómo hacerlo? ¡Es un costal de huesos!

Ainz suspiró pesadamente, algo que había estado haciendo demasiado seguido de un tiempo a esta parte, pero es que la situación en verdad lo estaba superando. Las insinuaciones de Albedo pasaron en poco tiempo de sutiles, a descaradamente obvias. De seguir así no sería extraño que un día de estos ella saltara sobre él con las piernas abiertas.

Si, la situación en la que se encontraba era bastante compleja, una situación que él mismo se había buscado. Todo lo que él quería era recompensar las buenas acciones de sus subordinados, darles un estímulo por su buen trabajo. Nunca imaginó que buscar darle eso a Albedo degeneraría en esta situación tan bizarra. Aun así, Ainz era plenamente consciente de que solo bastaba una orden suya para que todo este juego un tanto erótico se detuviera de cuajo. Desgraciadamente, también sabía que si hacia eso lastimaría a Albedo. ¿Por qué las cosas tenían que ser tan complejas? ¿Por qué le importaba tanto lo que sintiera Albedo? ¿Por qué le gustaban tanto esos momentos que compartía en privado con ella? ¿Es por qué huele tan bien?

Ainz volvió a suspirar y levantó la cabeza. Estaba nuevamente en el salón del trono en su forma de "Momon", pero manteniendo su cabeza huesuda sin él casco de la armadura. Debía partir una vez más hacia E-Rantel, ya que uno de sus espías Hanzo había informado que se estaba requiriendo urgentemente a "Momon" para una misión muy importante, por lo que era indispensable que partiera de inmediato.

Permaneció de pie unos segundos contemplando a sus más cercanos y fieles servidores. Ahí estaban los "Guardianes de Piso" a un lado y al otro, Sebas Tian y las "Pleiades". Todos estaban con una rodilla en el suelo, la cabeza gacha y una mano en el pecho en señal de respeto. Por supuesto, frente a todos ellos estaba ella, Albedo, igualmente con una rodilla en el suelo. Algo se removió dentro de Ainz al ver a la belleza de cabello negro azabache… espera, ¿Cómo es que se removió algo dentro de él? Es un "No Muerto", se supone que no puede sentir nada; pero más importante: ¿Desde cuándo pensaba en Albedo como una belleza?

Bien, Albedo es linda; muy linda… de acuerdo, si, es bella. ¡Condenadamente bella!

Ainz volvió a dar un nuevo suspiro de resignación que estuvo muy cerca de ser un gemido lastimero. Se enderezó dejando eso de lado y comenzó a caminar adentrándose por el largo corredor pasando por entre sus subordinados. Podía sentir a Albedo caminando a unos pasos detrás de él. No necesitaba mirarla para saber que había algo de pena en ella por su nueva partida, así como también sabía que había anticipación por saber cómo sería esta despedida. Tomando en cuenta todo lo que habían estado haciendo las pasadas semanas, era de esperar que Albedo estuviera anticipando una despedida mucho más efusiva por su parte.

El Señor Supremo de Nazarick se detuvo frente a las puertas donde esperaba Narberal Gamma, ya en las ropas de su alter ego: "Nabe". Se encontraba de rodillas y la cabeza gacha como los demás atrás de él, pero estaba totalmente pendiente de él y de una ansiosa Albedo, que lo miraba con ojos expectantes y una sonrisa que amenazaba por partirle la cara, mientras su alas daban pequeños aleteos inconscientes ante lo que él haría. Esa era una buena pregunta: ¿Qué haría? Sea lo que fuere, ni en sueños lo haría aquí frente a todos. Con un rápido vistazo a un lado pudo ver que las cabezas de todos estaban volteadas hacia él y Albedo, esperando a ver cómo se iba a despedir esta vez de la "Supervisora de los Guardianes de Piso". El que Shalltear tuviera una mirada algo maniática, mientras mordía con fuerza el dobladillo de su vestido, no ayudaba en nada.

Todos bajaron la cabeza de inmediato en el momento en que Ainz les dedicó una mirada. Si, ni en sueños se despediría de Albedo aquí, con todos esperando por ver lo que haría a continuación.

— Sígueme Albedo — demandó Ainz, saliendo del salón del trono con paso firme.

Albedo siguió a Ainz un par de pasos detrás de él, con Narberal Gamma a una distancia bastante prudente para darles algo de espacio. Cuando sintió el sonido de las grandes puertas cerrarse tras él, Ainz detuvo su andar y se volteó para ver a una emocionada Albedo, que daba pequeños saltitos en las puntas de los pies, mientras los aleteos de sus alas aumentaron las revoluciones.

Él se había buscado esto, ya no podía dar marcha atrás sin romper el corazón de esta mujer.

Ainz llevó una mano a la mejilla de Albedo, mientras que la otra la llevó a su cabeza para acariciarle el cabello. La reacción de Albedo fue inmediata. Pudo sentir como ella cerraba los ojos y ladeaba un poco la cabeza, para acrecentar el contacto en su mejilla, mientras su sonrisa aumentaba un poco más, transformándose en la viva imagen de la felicidad. Ella estaba verdaderamente extasiada y lo había logrado únicamente con par de caricias. No pudo dejar de sentirse bien con esto. De alguna forma el ver feliz a esta mujer, lo hacía feliz a él también. Espera, ¿Podía él sentir felicidad?

— ¡Ainz-Sama! — dijo de pronto una emocionada Albedo, saltando a sus brazos — Lo voy a extrañar mucho, Ainz-Sama. Sobre todo extrañaré nuestro tiempo a solas — agregó con ojos llorosos.

— Eh, sí, yo… también extrañaré nuestro tiempo juntos — dijo Ainz, devolviendo torpemente el abrazo, encontrándose con la sorpresa de que sus palabras eran ciertas. En verdad extrañaría el tiempo que pasaba con ella.

Ainz bajó la mirada y se encontró con la mirada expectante de la mujer de cabello negro azabache.

— Cuida de nuestro hogar mientras estoy fuera, Albedo — dijo Ainz, dándole una caricia en la mejilla, ya sin el temor de la primera vez, acostumbrado a esta nueva cercanía.

— Descuide Ainz-Sama. Cuidaré bien de nuestro hogar — respondió una feliz Albedo, tal vez demasiado metida en el personaje — Por cierto Ainz-Sama, tengo algo para usted. Un regalo para que me recuerde mientras esté afuera.

— ¡Oh! ¿De verdad? — preguntó Ainz, totalmente sorprendido por este desarrollo, mientras ella daba un paso atrás sacando algo del escote de su vestido.

— Aquí — dijo Albedo poniendo algo entre sus manos — Huélalo, Ainz-Sama.

— ¿Eh? — fue todo lo que pudo decir un descolocado Ainz, mirando lo que parecía un pedazo de tela entre sus manos. Le dio una mirada interrogante a la mujer frente a él y esta simplemente asintió con la cabeza, mientras sus alas daban frenéticos aleteos de anticipación.

Un complicado Ainz solo pudo acercar renuentemente el pedazo de tela a su rostro ante una expectante Albedo. Cuando el pedazo de tela estuvo cerca de su nariz, lo sintió, era el aroma de Albedo. Acercó aún más el pedazo de tela y sus fosas nasales se inundaron con la deliciosa e inconfundible esencia de Albedo, pero había algo distinto. El aroma era mucho más fuerte, un poco picante tal vez, como almizclado, pero definitivamente delicioso.

— ¿Qué es esto? — preguntó Ainz, extendiendo el pedazo de tela que era… era… era…

— Son mis bragas. Ainz-Sama — dijo una feliz Albedo con una cara derechamente lasciva, mientras sus alas daban frenéticos aleteos.

— ¿EEEHHHH? — fue lo único que pudo decir el Señor Supremo de Nazarick, mientras sostenía unas bragas de encaje blanco en sus manos.

— Las usé todo el día para impregnarlas con mi olor, Ainz-Sama. Así cada vez que las huela podrá recordarme — dijo Albedo con los ojos casi desorbitados y una sonrisa degenerada con un rastro de baba cayendo por la comisura de los labios.

— ¿EEEHHHH? — fue todo lo que pudo decir Ainz una vez más, cambiando entre ver las bragas usadas en sus manos y la cara de degenerada de una prendida Albedo, hasta que se percató de que Narberal Gamma estaba un poco más atrás, mirando con la cara totalmente roja por la vergüenza, ante el "regalo" y las palabras de Albedo.

Al sentir la mirada sobre ella, Narberal Gamma desvió la vista en el acto, aún más roja si fuera posible. Luego Ainz devolvió la mirada a la mujer ante él y luego a las bragas que sostenía en las manos. ¿En verdad esta loca degenerada le había regalado sus bragas usadas? Definitivamente sí. Olían a Albedo… ¡Al coño de Albedo!

Ainz miró las hermosas bragas de encaje blanco en sus manos, que seguían despendiendo el fuerte y delicioso aroma almizclado del coño de Albedo, que de alguna forma le alborotaba todos sus sentidos. Solo en ese momento cayó en cuenta de que aun sostenía las dichosas bragas frente a él, como si fueran una especie de trofeo. Con un rápido movimiento guardó las bragas haciéndolas desaparecer y se aclaró la garganta, tratando de guardar la compostura.

— Ejem, yo… debo retirarme ahora — dijo simplemente Ainz, dando media vuelta y comenzó a caminar — Vamos, Nabe — dijo sin esperar respuesta.

— Si, Ainz-Saaaa…. Momon-San — dijo una aun sonrojada Pleiades, pasando junto a su Señora con un asentimiento de cabeza.

— Adiós Ainz-Sama. Estaré esperando su regreso — se despidió una totalmente feliz Albedo, ya que su Señor no había rechazado su regalo, de hecho, lo había guardado y lo llevaba con él.

Un mortificado Ainz avanzó por el largo corredor hasta estar a una distancia respetable de una feliz Albedo, que al parecer estaba riendo de forma algo maniática. Apartó ese de su mente y se centró en lo importante.

— ¡Narberal Gamma! — dijo Ainz con voz de mando.

— Diga, Ainz-Sama — respondió de inmediato la Pleiades, usando el nombre verdadero de su Señor, pese a estar en su forma de "Momon".

— Quiero que olvides todo lo que viste y escuchaste ahí atrás. ¡Es una orden! — demandó.

— A su orden. Ainz-Sama — respondió Narberal Gamma, en forma marcial.

Ainz dio el que sería ya el millonésimo suspiro de resignación. Albedo y sus locuras uno de estos días lo iban a matar de un ataque de nervios. Al menos su coño huele rico… espera, ¿El acababa de pensar eso?

Ainz dio un nuevo gemido de resignación antes de llevar una mano a su huesudo rostro, para hacer aparecer su casco.

— Vamos, Nabe — dijo Ainz, ahora convertido en el aventurero Momon.

— Si, Ainz-Saaaa… Momon-San — respondió una aun sonrojada Narberal Gamma, que nunca en su vida creyó llegar a conocer cosas tan intimas de su Señor y su Señora, cosas que debía olvidar. Por alguna razón la Pleiades sabía que eso iba a ser algo bastante difícil de lograr.

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Continuará…


Notas del Autor: En el presente capítulo vimos el regreso de Ainz a Nazarick y su posterior reencuentro con Albedo, donde las cosas no tardaron mucho en salirse de control y escalar gradualmente en intensidad. Esto es algo que el mismo Ainz se buscó en realidad.

Albedo literalmente no puede dejar de ser intensa a la hora de expresar sus sentimientos y esta cercanía y actitudes, están tocando a Ainz de una forma que él nunca se esperó, sobre todo al percatarse de que le gustaba esa cercanía con ella. ¿En qué terminará todo esto?

Si bien esta historia se encuentra en un momento indeterminado entre el fin de la segunda temporada y el inicio de tercera temporada del animé, hay algunas referencias a cosas ocurridas en la cuarta temporada. Espero se hayan divertido y me sigan en el siguiente capítulo.

Saludos y no leemos.