Capítulo 2
Rumbo a Normandía
A la mañana siguiente, Oscar y André partieron en un carruaje rumbo a Normandía. Los llevaba Don Bertino, un cochero que había entrado a trabajar con los Jarjayes hasta hacía tan sólo una semana, y el cual era bastante despistado.
A pesar de todo lo que había pasado recientemente, André se sentía feliz de pasar unos días a solas con su mejor amiga, tal como en los viejos tiempos. En los últimos años no habían tenido la oportunidad de salir de vacaciones solos, ya que desde que Oscar se encargó del cuidado de Rosalie ella estaba incluida en todos los planes, y aunque ambos disponían de tiempo a solas durante algunos de los momentos libres que Oscar tenía en el trabajo o en la mansión, la verdad era que no habían vuelto a salir de vacaciones solos desde hacía algunos años.
A André nunca le molestó la presencia de Rosalie, por el contrario, ella le inspiraba ternura. Había sufrido mucho y necesitaba de todo el afecto y la comprensión que pudieran darle, además, Rosalie sacaba el lado más noble de Oscar, y él sabía que esa brisa de primavera alegraba los días de la mujer que amaba.
La dinámica que tenían Óscar y André era muy distinta a la que tenían Oscar y Rosalie. Con André, Oscar se permitía ser ella misma; si estaba enojada se mostraba enojada, si estaba cansada se mostraba cansada, si estaba feliz se mostraba feliz, y cuando estaba triste, André lo notaba de inmediato.
Con él, Oscar se sentía en la libertad de tener una conversación de igual a igual, para estar en silencio viendo algún paisaje, leyendo algún libro, o simplemente para permanecer juntos sin la necesidad de hacer nada. Con Rosalie era distinto; ella era joven, inocente y sensible, y debido a eso Oscar sacaba su lado más dulce con ella, ya que quería aminorar - en alguna medida - todo lo que había sufrido, y le hablaba con el mismo cuidado que ponía para acariciar una delicada rosa.
Sin embargo desde hacía ya un buen tiempo Rosalie había abandonado la mansión Jarjayes para irse, primero con los Polignac, y luego a los barrios de París, y ahí estaban de nuevo solos Oscar y André, yéndose de vacaciones rumbo a Normandía en un amplio carruaje.
Había pasado un rato desde que partieron, y André estaba anormalmente pensativo. Se sentía un poco extraño por la nueva perspectiva visual que tenía al ver únicamente con su ojo derecho, sin embargo, aunque se sentía desorientado, también pensaba que tenía que adaptarse y seguir adelante.
De pronto, Oscar interrumpió sus pensamientos.
- André, lo siento... Primero te alejé de tu grupo de estudio para buscar al Caballero Negro, y ahora te alejo nuevamente para que me acompañes a Normandía. - le dijo la heredera de los Jarjayes, y él la miró sorprendido.
Su comentario trajo a su memoria que - por las fechas en las que buscaban al Caballero Negro - Oscar le había reclamado muy sutilmente su simpatía hacia las causas antimonárquicas, y es que André llegó a mencionarle incluso que se sentía con derecho a saber más acerca de la Nueva Era ya que él no era un noble, marcando claramente una diferencia entre ambos.
En aquel momento sus palabras tomaron por sorpresa a Oscar, e incluso le parecieron injustas, ya que en su casa las diferencias sociales eran casi imperceptibles; cada uno tenía su función, claro que sí, pero no se hacían diferencias entre las personas por ser de una clase social u otra, y es por eso que a la heredera de los Jarjayes le resultó extraño - y hasta indignante - que le comentara algo como eso.
Cuando en alguna ocasión ella estuvo en peligro de muerte, su nana - siendo plebeya - se enfrentó sin temor al General Jarjayes para defenderla, y éste se dejó regañar resignado y sin protestar. El mismo André había crecido como su compañero, con los mismos valores y con la misma formación intelectual, y si bien estaba claro que ambos pertenecían a familias distintas, para ella ambos eran iguales y siempre lo había sentido así.
Sin embargo no era la intención de André molestarla con su comentario, solo había dicho la verdad - que él había crecido en una casa de nobles pero que en realidad era un plebeyo - sin embargo, aún así, nunca se le hubiese ocurrido abandonar a Óscar a su suerte si las cosas para los aristócratas se complicaban, por eso, y dándose cuenta de que ella lo había malinterpretado, decidió aclararle las cosas.
- Oscar... - le dijo André, mirándola con seriedad. - No mentí cuando te dije que esas reuniones eran como un grupo de estudio para mí, pero si estaba yendo a ellas era también por ti, para ver como esta situación podría afectarte, a ti o a tu familia... Por favor, nunca dudes de mi lealtad hacia ti... Tú siempre estarás primero.
El nieto de Marion pronunció esas palabras con tal determinación que Oscar enmudeció sin saber que decir. Sin duda André era su amigo más leal, y desde que ambos tenían uso de razón se habían tenido principalmente el uno al otro.
Paralizada por sus palabras, ella lo observó pensativa y con una mirada iluminada, tierna, podría decirse que hasta deslumbrada... ¿Acaso de amor?... André no alcanzaba a descifrarla en esos momentos.
Él hubiese estado seguro de que ella lo amaba de no ser por la existencia de Fersen... Fersen..., a quien en ese momento, Oscar ni siquiera recordaba.
Días antes de todo lo ocurrido con el Caballero Negro ella había decidido olvidar esa ilusión de juventud, y se sentía tranquila de saber que el que había sido el amante de María Antonieta nunca supo acerca de sus sentimientos hacia él. Aún así, desde que André perdió la vista de uno de sus ojos luego de su encuentro con el bandido más famoso de Francia, todos sus pensamientos estaban enfocados en su amigo de la infancia; ella necesitaba estar segura de que él estaría bien, y segura también de que recuperaría la alegría que lo caracterizaba.
Luego de unos segundos, y como respuesta a las palabras de su más cercano amigo, Oscar sonrió, y él le devolvió la sonrisa sintiéndose más tranquilo de haber puesto fin a ese malentendido.
- ¿Por cuanto tiempo habremos viajado ya? - preguntó ella.
- No mucho... Probablemente unas dos horas, tal vez un poco más... - le respondió él, luego de tomarse unos segundos para calcular el tiempo que había pasado desde que salieron.
De pronto, Oscar se recostó en el asiento, apoyó la cabeza sobre las piernas de su amigo y cerró los ojos ante la sorprendida mirada de André, ya que ella no se recostaba así desde hacía mucho tiempo.
En el pasado, la heredera de los Jarjayes acostumbraba descansar de esa manera cuando hacían largos viajes en carruaje; se recostaba en el asiento con la cabeza sobre las piernas de André, o se sentaba con la cabeza apoyada sobre su hombro, pero había dejado de hacerlo y tenía sentido, ya que sus últimos viajes habían sido en compañía de Rosalie, y Óscar nunca le demostró al cien por ciento la gran confianza que tenía con André a la hija de Yolande de Polignac.
Por su parte, y mientras miraba el rostro apacible y relajado de su amiga, André sonreía al pensar que - después de todo - ninguno de los dos había cambiado tanto.
Ambos tenían su propio universo, un universo que sólo ellos conocían. Ni Marion, ni el general, ni la madre de Oscar, ni Gerodelle, y ni siquiera Rosalie, se percataba de lo que pasaba en los momentos en los que ellos estaban totalmente solos.
Momentos como ese, en los que Oscar se recostaba sobre él cuando viajaban, en los que André la abrazaba para consolarla, o en los que ambos se jugaban bromas o se retaban el uno al otro. Momentos en los que discutían por no estar de acuerdo en algo, y en los que reían al contarse los chismes que circulaban en la corte acerca de alguno que otro noble con una nueva amante.
Cuando estaban solos ambos podían contarse sus preocupaciones más profundas, y compartir sus sentimientos más íntimos, como cuando André le habló acerca de la soledad que sintió cuando murieron sus padres, o como cuando Oscar le contó la gran confusión que sintió cuando - alguna vez - su padre la regañó violentamente solo por intentar jugar a lo mismo que jugaban sus hermanas.
Asimismo, nunca se sintieron incómodos en la proximidad o en el contacto físico ya que a ambos se les hacia muy natural estar cerca el uno del otro, sin embargo eso no les ocurría con otras personas, con las que preferían guardar una prudente distancia.
André y Óscar eran muy similares, mucho más de lo que la gente pensaba, incluso - aunque él parecía más sociable - ambos eran igual de reservados.
Sin embargo si había algo que los diferenciaba, y es que André estaba mucho más en contacto con sus emociones y era consciente del gran amor que sentía hacia la amiga a la que había visto crecer hasta convertirse en una mujer, mientras que por su parte, Óscar nunca se había detenido a reflexionar acerca de lo que sentía por André, sólo se dejaba llevar por esa paz infinita que sentía junto a la persona con la que podía ser ella misma, y por la felicidad que esa paz le daba en sus agitados días como Comandante de la Guardia Real.
En ese momento, recostada sobre él, la hija de Regnier de Jarjayes se había perdido en esa paz, mientras que André, acariciando su cabello, la observaba totalmente extasiado y muy consciente de que esa mujer tan bella que descansaba sobre él era la mujer a la que amaba con todo su corazón.
Unos minutos más tarde, el ligero movimiento del carruaje comenzó a adormecerlos, y ambos se quedaron dormidos.
...
Un par de horas más tarde Oscar abrió los ojos. Aún estaba recostada sobre el regazo de André, y al despertar sintió la mano de su amigo sobre su cabello, pero él seguía dormido.
- André, André... Despierta... - le dijo ella, en un suave susurro.
- ¿Oscar?... ¿Qué hora es?... ¿Dónde estamos? - le preguntó él, aún algo adormilado.
- No tengo idea... - le respondió ella incorporándose. - Me acabo de despertar.
Y luego de escucharla, André volteó hacia la pequeña ventana que lo separaba del cochero, y la abrió para dirigirse a él.
- Don Bertino... ¿Dónde estamos? - le preguntó.
- En Dreux joven. - respondió Don Bertino de inmediato. - Por cierto, debo detenerme en unos minutos para que los caballos tomen agua y descansen.
- Está bien. Mientras tanto la señorita y yo buscaremos un lugar donde comer. - le dijo André, y volvió a cerrar la ventana.
- ¿La señorita? - le dijo Oscar sarcásticamente, sorprendida por la formalidad de André.
- Es nuevo y es algo despistado. - le respondió él sonriendo. - Estoy seguro que no recuerda ni para que familia trabaja, ni quien eres tú... - le comentó, y ella lo miró sonriendo.
Algunos metros más adelante, el carruaje se detuvo cerca de un pequeño restaurante, y ambos bajaron de él.
- Caballeros, vendré a buscarlos en una hora en este punto. ¿Les parece bien? - preguntó Don Bertino.
- Está bien, muchas gracias. - le respondió André, y Don Bertino se marchó. Luego, dirigiéndose a Oscar, comentó. - Me parece que nunca habíamos hecho una parada en este pueblo. Al parecer el cochero nuevo nos trajo por una ruta distinta.
- Es cierto. - mencionó ella, observando con curiosidad la calle donde los había dejado Don Bertino. - Quizás no debimos quedarnos dormidos. - concluyó Oscar, al sentir algo de hostilidad en el ambiente, y André asintió con la cabeza.
Luego de unos segundos, ambos caminaron hacia el restaurante y se percataron que los lugareños habían comenzado a mirarlos con recelo, y ambos empezaron a sentirse cada vez más incomodos .
- Oscar, ¿nos está mirando raro? ¿o son sólo ideas mías? - le preguntó André, tratando de mantener bajo el volumen de su voz.
- André, yo también siento lo mismo... - le respondió ella, y ambos siguieron murmurando.
- Definitivamente es tu culpa. - le dijo André en tono de broma, y tratando de aligerar la tensión del momento. - Las personas no están acostumbradas a ver a un hombre con tu presencia.
- ¿Y qué quieres que haga?... - le dijo ella con mirada seria. - ¿Que me disfrace de mujer?
- ¿Disfrazarte? - preguntó André. - Pero si eso es lo que eres. - le dijo riendo, y de inmediato sintió un golpe como respuesta. - ¡Ay!... ¡Eso dolió Oscar! - reclamó él, mientras tomaba su estómago fingiéndose adolorido por el codazo que su compañera le acababa de dar.
- ¡Basta André!... - le dijo ella. - No bromees ahora, además, no soy yo la única que llama la atención... ¿Acaso no viste cómo te miraron esas mujeres que pasaron a nuestro lado?... Si parece que nunca hubiesen visto a un hombre...
- ¿De qué hablas? - le dijo él inocentemente. - No me di cuenta.
- Por favor... - le dijo ella sarcásticamente. - Claro que te diste cuenta. - aseveró Oscar, mientras André sonreía ante sus reclamos.
Luego de algunos minutos, y ya dentro del restaurante, ambos fueron recibidos por el dueño del lugar, quien les regaló una cálida sonrisa.
- Al fin una cara amable. - le murmuró André a Oscar.
- ¡Buenos días caballeros! - saludó Don Antoine con una sonrisa. - ¿Qué desean ordenar?... En esa pizarra tenemos las especialidades del día... Por cierto, soy Don Antoine, y soy el dueño de este restaurante, sean bienvenidos.
- Buen día Don Antoine. - dijo Oscar respondiendo a la bienvenida. - Muchas gracias. Por favor, a mí me sirve el Aligot.
- Encantado de conocerlo. - complementó André, con su amabilidad característica. - A mí me gustaría ordenar el Quenelle. ¿Podría traernos también dos copas de vino por favor?
- Claro que sí. Excelente señores, en seguida lo haré. - dijo Don Antoine. - Por cierto, disculpen si es que se sintieron incómodos por las miradas de los lugareños. Cada vez que vienen personas nuevas y bien vestidas al pueblo ellos piensan que son miembros de la nobleza. - mencionó el amable hombre. - Sin embargo, es bien sabido por todos que este es un lugar donde muchos intelectuales como ustedes hacen paradas, y yo acostumbro atenderlos lo mejor que puedo. - complementó el dueño del lugar.
Al escucharlo, Oscar y André se miraron alarmados. Por las palabras de Don Antoine se dieron cuenta de inmediato que ese no era el mejor lugar para ellos, y también supieron que cualquier gesto o palabra mal empleada podría ponerlos en peligro inmediato, por lo que decidieron mantener la calma.
- Si, si. Eso noté al llegar.. - dijo André sonriendo, y tratando de disimular los nervios. - Pero que ocurrencia... ¿Nosotros?¿Nobles? - mencionó el nieto de Marion, fingiendo una sonrisa incrédula. - ¡Que tontería!
- ¡Claro que sí! ¡Es absurdo! - dijo Don Antoine, riendo sonoramente. - A ningún aristócrata se le ocurriría venir por estos lugares. Por favor, siéntanse como en su casa; enseguida les traeré sus pedidos - y diciendo esto, el dueño del lugar se retiró, y por su parte, Oscar y André comenzaron una plática a muy bajo volumen.
- Oscar, debemos tener cuidado... - advirtió André. - Estas personas nos siguen mirando con desconfianza.
- Si, pero ya no hay vuelta atrás. Sospecharían aún más si nos fuéramos de aquí. - respondió ella mirándolo a los ojos. - Comamos rápido y salgamos de aquí apenas terminemos.
- Pero no podemos continuar con el mismo carruaje, es demasiado ostentoso. - mencionó André, tratando de pensar rápidamente. - Mejor tomemos uno común a la salida.
- ¡No! - le respondió Oscar convencida. - Aún nos quedan algunas horas de camino, y todo puede pasar en un carruaje desconocido.
- Bueno, tienes razón. - le respondió André. - Al menos vinimos en un carruaje sin el escudo de la familia... Creo que el cochero nuevo nos ha salvado la vida al elegir el coche que aún no tenía el escudo de la familia pintado. - aseveró él.
- Si. ¡Pero también nos ha puesto en peligro al traernos a este pueblo! - mencionó Oscar, notando de inmediato que el dueño del lugar regresaba con sus pedidos. - Silencio, que ahí viene de regreso Don Antoine.
- Aquí tienen Monsieurs. - dijo él, mientras colocaba los platos y las copas de vino sobre la mesa. - ¡Bon apetit!.
Y luego de que Don Antoine volviera a la cocina, ambos comieron rápidamente y casi sin hablar, y aunque aún faltaban alrededor de quince minutos para que su cochero regrese por ellos, hicieron lo posible por salir rápido de aquel restaurante, y de aquel poblado tan poco amigable para los nobles, tanto, que habían pagado la cuenta anticipadamente para que nada los retrase.
- Tengo una idea Oscar. - dijo de pronto André, y se levantó. - Espérame aquí.
- ¡Oye! ¡No me dejes sola aquí! - le respondió ella, sorprendida por su intención de irse solo.
- No me tardo. - le dijo André tranquilizándola, y salió raudamente del restaurante.
- ¡Maldita sea! ¡Se fue! - murmuró Oscar enojada, y sin poder creer que la haya dejado sola. - ¡¿A dónde se supone que fue?!... - se dijo a sí misma, mientras fingía que leía un periódico local que había encontrado sobre la mesa para evitar las miradas de toda esa gente que la hacía sentir tan incómoda, pero sólo cinco minutos después, André regresó con un paquete en sus manos.
- ¿Qué has traído en ese paquete? - le preguntó Oscar intrigada.
- Luego te digo que es... ¡Vámonos de aquí! - le respondió André, y luego de decirle eso a Óscar, se despidió amablemente del dueño del restaurante aunque por dentro se sintiera nervioso, y ambos salieron del lugar.
A la salida el cochero ya los esperaba.
- Don Bertino, vámonos rápido. - ordenó André, mientras subían al carruaje. - Y por ningún motivo se le ocurra decir en el camino que la hija del Conde Jarjayes se encuentra con nosotros. - le advirtió.
- ¿La hija? - preguntó Don Bertino confundido, como si no tuviese idea de a quien está llevando.
André lo miró resignado. El hombre era nuevo pero la poca información que tenía respecto a la familia para la que trabajaba era realmente inquietante.
- Solo diríjase a Normandía... - le pidió André, con infinita paciencia. - ... y si alguien le pregunta algo, le dice que hable conmigo.
- Esta bien joven. Como diga. - respondió el viejo cochero, y partió rumbo a su destino.
- A todo galope Don Bertino, debemos llegar a la siguiente ciudad lo antes posible. - le dijo André ya dentro del carruaje, a través de la ventana interior que lo comunicaba con él.
Don Bertino obedeció, y el carruaje comenzó a rebotar debido a la velocidad a la que iban, sin embargo eso era lo de menos, ya que por experiencias previas ambos sabían que continuar en ese lugar resultaba bastante peligroso.
Luego de unos segundos, André volvió a cerrar la ventana interior que lo comunicaba con Don Bertino, mientras que Oscar no dejaba de mirar el misterioso paquete que André traía en las manos.
- André, ahora sí, dime... ¿Qué traes en ese paquete? - preguntó la heredera de los Jarjayes, sin poder soportar más la curiosidad, y André decidió mostrarle su contenido: era un sencillo vestido de color marrón oscuro.
- ¿Un vestido? - preguntó Oscar, sonriendo burlonamente. -¿Para que compraste eso? ¿acaso piensas disfrazarte?
- No tonta. Es para ti. - le dijo él.
- ¿Para mí? - respondió ella, riendo por la ingenuidad de su amigo al pensar siquiera que ella podría ponérselo. - Debes estar bromeando...
- No bromeo Oscar. - le respondió él con mucha seriedad. - Llamas demasiado la atención para ser un hombre, y además tu ropa es muy fina. Si alguien más nos ve, de inmediato sospecharán que eres una noble, bueno, un noble.
- Está bien, está bien... - le dijo ella, entendiendo su punto. - Tienes razón. Me pondré esto para no levantar las sospechas de nadie, pero solo hasta que lleguemos a la Villa de Normandía.
Y luego de decir esto, Oscar tomó el vestido y lo miró con curiosidad, tratando de entender cómo podría ponérselo.
- Tendré que cambiarme aquí. - dijo pensando en voz alta. - André, cierra los ojos y no los vayas a abrir: si los abres eres hombre muerto.
- ¡Oye! - le respondió él de inmediato, fingiendo estar indignado. - No me interesa verte... - bromeó André, cerrando los ojos tal como ordenó Oscar. - Ese cuerpo de espantapájaros no llama mi atención. - replicó, recibiendo como respuesta una patada de parte de su compañera de viaje. - ¡Ay!... ¡Oscar!... ¡Eres cruel! - dijo él, exagerando el dolor.
Mientras tanto, el carruaje iba a toda prisa y los caminos no eran muy planos por lo que cada cierto tiempo Oscar y André brincaban de sus asientos.
Y mientras la heredera de los Jarjayes hacía todo tipo de maniobras para poder vestirse con todo ese movimiento, André iba con los ojos cerrados, algo aburrido de tener que esperarla.
- ¡Oye Oscar! - se quejó él de repente. - ¡Me golpeaste de nuevo!
- ¡Perdóname! - respondió ella, disculpándose honestamente. - Esta vez no lo hice a propósito. Lo que sucede es que mi cabeza y mi brazo están atorados en el vestido, y no puedo moverme. ¡Necesito que me ayudes a desatorarme!... - le dijo ella con dificultad, mientras luchaba por ponerse la prenda.
- ¿Pero cómo? ¡Si no veo nada!... - replicó André.
- No importa, solo busca mi mano y jálala desde dentro de la manga. - le respondió ella.
A tientas, André logró alcanzar la mano de Oscar para ponerle la manga, y también la ayudó a meter su cabeza dentro del cuello del vestido, pero su odisea aún no había terminado.
- André, este vestido tiene los botones en la espalda. Tendrás que abrocharlos tú. - ordenó Oscar.
- ¡¿Yo?!... - respondió André, anonadado.
- ¡Claro que tú!... Ni modo que se lo pida a Don Bertino. Vamos, sólo hazlo... Pero no abras los ojos. - insistió Oscar.
- ¡Okey, okey!... - dijo André resignado, y empezó a tratar de encajar los botones dentro de los ojales del vestido, pero con todo el movimiento - y sin poder mirar - cada vez que estaba a punto de abrochar un botón el carruaje saltaba, y no lograba hacerlo.
- ¡Este coche se mueve demasiado! - se quejó él.
- Deja de quejarte, que esta fue tu idea. - reclamó Óscar.
- ¡Ya! ¡Ya está! - dijo André finalmente, entusiasmado por culminar al fin su laboriosa tarea. - Oscar... ¿ya puedo abrir los ojos? - le preguntó, y ella se miró a sí misma para ver si tenía el vestido bien puesto antes de responder.
- Si, ya los puedes abrir. - dijo ella habiéndolo comprobado.
En ese momento, André abrió los ojos y se quedó maravillado al ver como lucía en ese vestido. Se veía tan femenina y tan hermosa que simplemente se quedó sin palabras, hasta sin aliento. Incluso, aunque era un vestido sencillo, el color marrón hacía resaltar aún más su frondoso cabello rubio, el cual ella había recogido hacia un lado.
- Eres una mujer muy bella Oscar... - le dijo André después de unos segundos mientras la contemplaba tiernamente, sobrecogido ante su belleza.
Ella lo miró sorprendida; había esperado que él bromee con ella o que se burle, pero nunca que la halague. La última vez que la vio en un vestido también le había dicho que se veía muy hermosa, pero en aquel momento Óscar pensó que él había dicho eso solamente para complacer a su nana, sin embargo ahora estaban solos, y sus palabras le sonaron bastante sinceras.
Al ver su mirada descolocada, André pensó que no había sido apropiado decir eso tan repentinamente, y apartó su mirada de ella dirigiéndola hacia la ventana , pero no estaba arrepentido de haber dicho lo que dijo ya que sus palabras eran ciertas, y él las había dicho con la convicción de quien afirma las verdades más absolutas e irrefutables.
En ese momento - y sin que él se diera cuenta - los ojos de Oscar se llenaron de lágrimas. Las palabras de André la habían emocionado pero él no lo notó, ya que viendo a través de la ventana de su carruaje se distrajo con un nuevo paisaje; habían llegado a su destino, y aunque el sol aún brillaba ya era tarde, y la brisa se hacía cada vez más intensa.
- Al fin llegamos a Normandía. - dijo André, aliviado. - Desde acá son unos cuarenta y cinco minutos a la villa, ya pronto descansaremos. - comentó, y abrió la ventana interior para dirigirse al cochero. - Don Bertino, por favor, a partir de aquí vayamos a ritmo normal. - le ordenó André.
- De acuerdo joven. - respondió Don Bertino, bajando la velocidad del carruaje.
- ¿Estás cansado André? - preguntó Oscar dulcemente.
- Si, un poco... - le respondió él, cerrando nuevamente la ventana que los comunicaba con el cochero. - Debió ser por la preocupación que tenía al no poder salir más rápido de ese pueblo.
- Sin embargo te noté tranquilo... - mencionó Oscar.
- Si, pero la verdad es que sí estaba nervioso en ese lugar. - le respondió André con mucha sinceridad.
En ese momento, Oscar lo miró con curiosidad. André era la persona con mayor control emocional que conocía, incluso en los momentos de mayor tensión, y esa era una de las cualidades que ella siempre había admirado de él. Y luego de observarlo por algunos segundos lo tomó suavemente del brazo, e hizo que se recostara en el sillón del carruaje acomodando su cabeza sobre su regazo para que pueda descansar; habían entrado en su dinámica de antes, cuando sólo eran ellos dos, sin los guardias reales, sin Rosalie, sin nadie: sólo los dos...
- André, trata de dormir... Yo me quedaré despierta hasta que lleguemos a la villa... - le dijo ella, y luego, casi con la punta de sus dedos, le apartó el cabello y miró la casi imperceptible cicatriz que había quedado en el rostro de su amigo, y sin dejar de mirarlo le sonrió con ternura. Él le sonrió también mientras miraba su rostro, casi sin poder ocultar el gran amor que sentía por ella, pero luego de unos segundos cerró los ojos para intentar dormir siguiendo el consejo de la mujer que amaba, y envuelto en una infinita felicidad siguió recorriendo junto a ella el camino que les quedaba para llegar a la villa de Normandía.
...
Fin del capítulo
