Capítulo 6

La tormenta

André había apartado una de las mesas del pequeño comedor del alojamiento donde había dormido con Oscar aquella noche. Debido a la falta de carruajes, ambos habían tenido que permanecer ahí, compartiendo la misma habitación.

Al observar el lugar, se podía deducir que Doña Eloísa había sido sincera al decirles que no habían más habitaciones libres, ya que todas las mesas del comedor estaban ocupadas por huéspedes que se disponían a empezar un nuevo día al igual que ellos.

Oscar se había quedado en la habitación vistiéndose. Para no levantar sospechas y pasar desapercibidos, habían decidido fingir que eran un joven matrimonio que se dirigía a la casa de sus nuevos patrones y que solo estaba de paso en aquel humilde pueblo.

Mientras la esperaba, André tomó una pequeña libreta para anotar sus apreciaciones del día anterior, tratando así de evitar olvidar algo que pudiese ser importante. De pronto todas las conversaciones cesaron y todo quedo en silencio. Era Oscar la que había causado esa reacción al ingresar en el recinto. Tenía puesto un sencillo pero hermoso vestido color turquesa, y todos los presentes habían dejado de hablar para dirigir su mirada hacia aquella joven de impactante belleza. Ante ese repentino silencio, André también levantó la mirada para saber que era lo que estaba pasando.

Con una elegancia poco común entre la gente del pueblo, Oscar caminó hacia él ignorando todas las miradas. André se levantó para recibir a su "esposa" mientras intentaba sin mucho éxito contener su admiración y felicidad al verla nuevamente tan hermosa. Al detenerse junto a él, los comensales quedaron aún más asombrados por lo bien que se veían juntos... Era como si todos ellos hubiesen tenido el privilegio de presenciar por unos instantes una bella obra de arte.

Maravillada, Doña Eloísa se acercó a ellos.

- Buenos días, ¿durmieron bien?... - les dijo con una sonrisa.

- Buenos días Doña Eloísa, si, muchas gracias. - respondió André amablemente.

Doña Eloísa los observó en silencio unos segundos, muy emocionada. No podía ser indiferente a la belleza de ambos jóvenes, una belleza que se potenciaba cuando ambos estaban juntos como pareja.

- Debo decirlo... - dijo la señora sin poder contenerse - ... ¡Son la pareja más hermosa que he visto en toda mi vida! ...

Ambos la miraron sorprendidos por sus palabras y rieron nerviosos. Doña Eloísa tenía un don para hacerlos sentir incómodos, aunque era una incomodidad que lejos de molestarlos los hacía sonrojar.

- En seguida les traeré algo de desayunar... - dijo finalmente Doña Eloísa y se retiró rápidamente para poder atenderlos.

- Muchas gracias Doña Eloísa. - le dijo Oscar sonriéndole, y ambos se quedaron nuevamente solos.

- Oscar, ¿estas lista para partir? - preguntó André.

- Si…. - respondió ella, aunque aún se veía pensativa.

André buscó entre sus notas la dirección a la cual se dirigirían como segundo destino, y mientras lo hacía, Oscar lo observaba recordando lo que había sentido al despertar entre sus brazos…

- "Que afortunada será la mujer que se convierta en tu esposa…." - pensó Oscar contemplando a su amigo de toda la vida.

André retornó la vista hacia ella, y se encontró con su mirada melancólica…

- Oscar…. ¿Qué me ocultas? - preguntó él, ya que desde que llegaron a Abbeville percibió que ella venía teniendo comportamientos extraños.

- Nada… - respondió ella, sin intención de sacar de sus dudas a su compañero de viaje.

André ya no podía soportar más que ella se comporte de manera tan misteriosa, e insistió para que le diga que era lo que le pasaba.

- Oscar, me dijiste que querías que fuera feliz estos días, - le dijo él - ... pero..., yo no puedo ser feliz sabiendo que algo te sucede y no poder hacer nada al respecto… - André hace una pausa, y finalmente se atrevió a preguntarle acerca de lo que a él mismo le estaba inquietando desde que empezaron con la idea de visitar Abbeville - ... ¿Acaso estás incómoda por usar todos estos vestidos…?

Oscar lo observó pensativa… No quería mentirle, y tampoco quería que sienta que no confiaba en él, pero,... ¿qué podría decirle?... Todo lo que había pasado hasta ese momento era que se había sentido muy vulnerable representando el papel de una plebeya, y que mágicamente toda esa confusión e inseguridad había desaparecido luego de despertar entre sus brazos.

André siempre había logrado calmarla, ya sea con sus palabras o ya sea consolándola cuando se sentía frustrada, sin embargo lo que había sentido al despertar esa mañana era algo nuevo para ella, y no sabía como definirlo. Fue una de las sensaciones más extrañas - pero a la vez más hermosas - que había experimentado en toda su vida..., fue como si la unión que tuvieron al fundirse en ese abrazo prolongado mientras dormían en aquella pequeña cama hubiese reparado absolutamente todas las heridas de su alma. ¿Cómo explicarlo? ... No tenía idea de si alguna vez le encontraría sentido a lo que sintió.

Oscar nunca había pensado en André de una manera romántica, al menos no conscientemente. Nunca había pasado por su mente la posibilidad de que pudiese sentir por él algo más que amistad.

Muchos años atrás, cuando él la besó bajo la luz de las estrellas mientras ella estaba semi-inconsciente, ciertamente se había dejado llevar por él completamente, sintiendo todo su cuerpo vibrar al sentir los labios de André sobre los suyos... Después de todo, él era un hombre y ella una mujer, pero si bien era un recuerdo que atesoraba, había tratado de no pensar demasiado en ese beso para poder continuar viviendo de la forma en que lo hacía.

Probablemente el hecho de que ella nunca hubiese pensado en André como un hombre con el cual pudiese compartir su vida se remontaba a su niñez.

Si bien el inicio de su amistad fue algo abrupta ya que lo primero que hizo Oscar al conocerlo fue desafiarlo con su espada, con el pasar de los días todos en la mansión se dieron cuenta de que ambos niños eran muy compatibles y se llevaban muy bien. Por aquellos días a ellos les gustaba hacer todo juntos: montaban a caballo, nadaban en el río, trepaban árboles e inventaban miles de juegos.

El general Regnier de Jarjayes estaba más que feliz con el hecho de que Oscar pudiese jugar con André en igualdad de condiciones, y no veía mal que se peleen a golpes como dos hermanos, incluso lo alentaba a espaldas de la nana, pues quería que Oscar sepa como defenderse en la vida que él había planeado para ella, y que mejor que saber hacerlo desde pequeña. Sin embargo, eran raras las ocasiones en las que realmente peleaban, ya que cuando tenían diferencias ambos preferían solucionarlas retándose con sus espadas, donde para frustración de André ella siempre resultaba vencedora.

Cuando ambos entraron a la pre-adolescencia Oscar estaba muy apegada a André, incluso más que él a ella. Por aquellos días, André había comenzado a tener mucho interés por la lectura, y su pasión lo impulsaba a pasar mucho tiempo entre los libros, sin embargo aún disfrutaba compartir sus días con ella. Durante sus momentos juntos, él le contaba con emoción todo lo que había aprendido, y ella lo miraba atenta y deseosa de aprender al mismo ritmo para no quedarse atrás, por lo que también empezó a leer con la misma avidez que su compañero.

La nana de Oscar y abuela de André fue la primera en notar el apego de ella hacia él, y comenzó a preocuparse: finalmente eran un niño y una niña acercándose a una edad difícil.

Anticipándose al desastroso escenario en el cual Oscar pudiese enamorarse de André, la nana aprovechaba los momentos en los que la atendía para hablarle del futuro: Uno en el cual su nieto seguramente conocería a una chica de su misma clase social y se casaría con ella... Uno en el cual Oscar, seguramente, estaría viviendo en Versalles para ese entonces.

Poco a poco y desde muy niña, Oscar fue interiorizando que el destino de su mejor amigo iría hacia un camino muy diferente del suyo. Incluso en alguna oportunidad, cuando ya se encontraba comandando la Guardia Real, la madre de Oscar le había mencionado que André sería el candidato ideal para administrar sus propiedades en Arrás cuando decidiera formar una familia y establecerse en algún lugar. Aquel comentario había detenido el corazón de Oscar por un instante ya que ella no se veía a sí misma sin André a su lado, y hasta ese día no se había detenido a pensar que él no podría continuar junto a ella eternamente, ya que el estilo de vida que llevaba a su lado era casi incompatible con la vida de familia, y André tenía derecho a tener la suya, sin embargo los años pasaban y ellos permanecían juntos.

Oscar jamás se había atrevido a preguntarle sobre esa parte de su vida personal. Asumía que había tenido relaciones con mujeres pero nunca habían hablado del tema, era algo que prefería no abordar ya que se le hacía sumamente incómodo. Oscar no tenía idea de que André solo tenía corazón para quererla a ella, y que por más que lo intentaba no podía dejar de amarla.

Al conocer a Fersen, ella no se sintió atraída hacia él de inmediato, fue después de unos años y al conocerlo mejor que se dio cuenta de que ambos eran bastante similares: los dos eran aristócratas, buenas personas, y a ella le resultaba muy fácil hablar con él y comprender sus sentimientos, además de eso, Fersen era todo un caballero, y era muy distinto a los nobles que había conocido.

Cuando el conde regresó a Francia luego de luchar en la guerra de independencia de Estados Unidos, Oscar ya tenía sentimientos hacia él, y pensó sinceramente que Fersen era el único hombre al que podría ser capaz de amar, sin embargo después de darse cuenta de que él nunca iba a olvidar su amor por María Antonieta decidió renunciar a él, sintiendo un profundo dolor al hacerlo, ya que no solo renunciaba a Fersen sino también a cualquier posibilidad de amar.

Eso había quedado atrás, al menos eso pensaba Oscar. Hasta ese momento no sabía que posteriormente sus sentimientos iban a quedar totalmente expuestos ante Fersen, y que ella tendría que enfrentarse al dolor de escuchar de sus propios labios que nunca iba a ser correspondida.

Sin embargo ahora estaba en Abbeville con André, bastante intrigada sobre lo que había experimentado esa mañana. Él definitivamente era una de las personas a las que más quería, el que siempre había estado cerca de ella, incluso más que su propia familia... ¿Era normal haberse sentido así?... No lo sabía..., pero lo mejor que podía hacer en ese momento era olvidar eso y concentrarse en sus siguientes pasos, ya que tenían muchas cosas por hacer.

Decidida a hacerlo Oscar sonrío, y tomando con ambas manos las manos de André lo miró para dirigirse hacia él y tratar de tranquilizarlo.

- No te preocupes por mí André... Efectivamente me he sentido muy extraña al ponerme todos estos vestidos, pero por otra parte nunca me había hecho pasar por otra persona, y me resulta bastante emocionante hacerlo. - mencionó ella.

André sonrió ante esa confesión. Oscar continuó.

- Sin embargo también me siento muy preocupada por los problemas de nuestro país, y me siento impotente ante la realidad que hemos observado... Yo podría ser cualquiera de esas mujeres que buscan trabajo y que se preocupan por no saber si mañana sus hijos tendrán que comer... - comentó ella, y bajó la cabeza apesadumbrada - ... Yo tuve la suerte de nacer en una familia noble, y tuve privilegios que ninguna de estas personas tiene. Cuando lo pienso siento que es muy injusto que yo lo tenga todo y ellas no tengan nada….

- Oscar, haces más por las personas pobres que cualquier otro miembro de la nobleza que yo conozca, no seas tan dura contigo misma... - le dijo André.

- Lo sé….. - respondió resignada.

- La verdad es que a mí también se me hace muy difícil ver tanta miseria, pero hay que seguir adelante con el plan... - le dijo él.

André hizo una pequeña pausa mientras ambos, aún tomados de las manos, se miraron fijamente.

- ¿Sabes Oscar? ... El solo hecho de que se te haya ocurrido hacer todo esto, incluso el aceptar ponerte un vestido para averiguar más sobre todo lo que está pasando al interior de Francia, me hace respetarte aún más. Eres la mujer más admirable que conozco.

Oscar se quedó una vez más sin palabras luego de escucharlo, mientras él la miraba a los ojos con todo ese amor que ella no comprendía..

De pronto sintieron que alguien los observaba desde la recepción: era Doña Eloísa, quien contemplaba esa romántica escena totalmente fascinada. Ambos se soltaron las manos de inmediato, un poco avergonzados por la situación, y empezaron a reír.

- Bueno Oscar... Es hora de avanzar. - resolvió André.

- André, seguiremos casados hasta que termine esta pequeña misión. - dijo ella, en tono imperativo.

- Está bien Oscar, seguiré siendo tu esposo. Pero déjame decirte que no soy un chico fácil ... - le dijo él bromeando.

- Cállate André... - le respondió ella fingiendo estar molesta... - Tú sabes a qué me refiero...

- Ya lo sé Oscar... - le dijo André sonriendo y empujó suavemente la nariz de Oscar con su dedo índice, lo cual la hizo sonreír de inmediato.

Ambos se levantaron de la mesa, tomaron sus maletas de la habitación, se despidieron de Doña Eloísa, y se dirigieron a la estación de carruajes para partir hacia su siguiente destino.

...

El siguiente poblado era más comercial. Las personas iban y venían de un lado a otro ofertando sus productos. También había pobreza, pero no se veía tanta gente necesitada como en el primer pueblo.

André y Oscar habían dejado sus cosas en las dos habitaciones que habían separado. Seguían fingiendo ser un matrimonio, pero esta vez cada uno tenía su propia habitación, las cuales eran más amplias y cómodas que las de la modesta pensión de Doña Eloísa.

Caminaban por los alrededores y trataban de observar todo a su paso. De repente, un grupo de gente acumulada en una pequeña plaza llamó su atención, y ambos se acercaron hasta quedar en la primera fila ya que querían ver de cerca lo que estaba sucediendo.

En el centro de la plaza había un improvisado estrado, el cual tenía pegadas varias pancartas en contra de la realeza, la nobleza y el clero. Al leer las injurias ahí escritas, André tomó de la mano a Oscar, quien sostuvo la suya con fuerza para darse el valor de soportar todo aquello.

Unos minutos después, un joven apareció para dirigirse a todos los presentes. Ambos alcanzaron a escuchar que el nombre de este joven era Jaques, y todo lo que supieron de él era que ejercía como abogado en aquella ciudad.

- Ciudadanos, tal como lo prometimos, estamos aquí ya que no podemos ser ajenos al sufrimiento de nuestra gente. - dijo Jaques, tratando de que su voz sea lo bastante fuerte como para que todos puedan escucharlo, y prosiguió - ... Hoy queremos compartir con ustedes los testimonios de aquellos compatriotas que han sufrido en carne propia los estragos de la miseria en la que se encuentra gran parte de la población francesa debido a las extravagancias de la reina y de su séquito. Esto no puede continuar así, tenemos que hacer algo antes de que la ineptitud del rey Luis XVI y la falta de escrúpulos de la Austriaca acabe con nuestro país y nos hunda en el infierno.

Los ciudadanos presentes gritaron enardecidos ante la mirada de asombro de Oscar y André. Jaques tomó nuevamente la palabra.

- Quiero darle pase a un hermano Francés. George, por favor, adelante... - dijo él, dirigiendo su mano hacia donde se encontraba un joven delgado, que probablemente no tendría más de treinta años.

El joven subió al estrado para iniciar con su discurso, pero ni Oscar ni André estaban preparados para lo que él iba a decir.

- Mi nombre es George, - dijo el joven con voz quebrada pero alta - ... y hasta hace 1 año vivía con mi esposa y mis 4 hijos en el poblado vecino. Vivíamos de la agricultura, y dado que necesitábamos vender más para poder comer, hice que mis hijos trabajen la tierra desde que cumplían los 4 años. Aún así, la cantidad de impuestos que pagaba era tan exorbitante que todo lo que me quedaba solo me alcanzaba para alimentarlos con un mendrugo de pan a diario. Mis hijos comenzaron a enfermar de tuberculosis. Toqué puerta por puerta cada casa de mi pueblo en busca de un médico, y me topé con un hombre generoso que me ayudó a contactarme con uno, sin embargo, ya era tarde. El doctor me indicó que la desnutrición de mis hijos era tan avanzada que no podía hacer nada para ayudarlos ya que el tratamiento era costoso e igual no había ninguna esperanza para ellos. Uno a uno tuve que ver como mis hijos perdían su batalla contra la muerte, y tuve que enterrarlos uno a uno en el plazo de seis meses. Mi mujer, enferma como todos ellos, solo soportó hasta ver al último de nuestros hijos partir, y después acabó con su vida lanzándose al río. Por una broma del destino es que sigo con vida, pero pido al cielo cada noche que me lleve con ellos.

Los ojos de George estaban llenos de dolor. Había sufrido mucho..., demasiado... Todos los presentes compartieron su dolor, y se llenaron de tristeza, de rabia, de impotencia...

Jaques, el joven abogado que al parecer era la persona que había reunido a toda esa gente de Abbeville para escuchar aquellos testimonios, volvió a tomar la palabra.

- George, a nombre de todos los que te escuchamos te doy las gracias por tu valor. - le dijo Jaques a George, el cual lucía absolutamente devastado mientras bajaba del estrado ante la mirada compasiva de las personas reunidas en la plaza.

- Este no es un caso aislado compatriotas - comentó Jaques, dirigiéndose a todos nuevamente - ... Esta historia se repite una y otra vez en nuestra nación. Ahora, quiero darle la palabra a Jean-Marie, una ciudadana que al igual que George ha sufrido la indolencia de los reyes y de la nobleza. Les pido que la miren con piedad, ya que esto podría pasarle a cualquiera de sus hijas, sobrinas o hermanas.

La joven subió al estrado. Era blanca, de cabello castaño y ojos cafés. Tomando valor, se dirigió a los presentes con la voz entrecortada.

- Buenos días compatriotas... mi nombre es Jean-Marie, - dijo la joven - ... Vengo de un pueblo muy alejado al cual regresaré luego de contarles mi historia, ya que no tendría el valor para volver a mirarlos a los ojos luego de decirles lo que les voy a decir... - Jean-Marie hizo una pausa y respiró hondo antes de continuar - ... Yo era una joven llena de ilusiones, soñaba con lo que toda mujer sueña, trabajar, conocer a un buen hombre, casarme, tener hijos y ser feliz... pero también vengo de una familia humilde. Tengo siete hermanos pequeños... - mencionó, mientras recordaba con tristeza su triste presente - ... Al inicio, sobrevivíamos con lo poco que teníamos, pero luego de que mi padre enfermó y murió las cosas en casa se complicaron... Solo Dios sabe todas las horas que caminé buscando un empleo... pero al ver que nadie me lo daba...tuve que optar por el único camino que encontré para darle de comer a mis hermanos, y empecé a vender mi cuerpo por dinero...

La mujer comenzó a llorar ante la mirada de todos los presentes, quienes lejos de juzgarla sentían una gran compasión por ella... Ella continuó su discurso.

- He sido víctima de vejaciones, de humillaciones y de maltratos... He querido quitarme la vida en varias oportunidades pero...¿qué sería de mis hermanitos si yo faltara? ... Estoy segura de que morirían, y aunque para nosotros la muerte sería un descanso..., no me atrevo a dejarlos solos. Tengo miedo de que sufran todo lo que yo he sufrido.

André y Oscar estaban devastados ante tanto dolor. No solo fueron los testimonios de George y Jean -Marie, vinieron muchos más luego de ellos. Cada vez que un testimonio culminaba, los ciudadanos enardecidos pedían los peores castigos para los reyes y para la nobleza, a quienes culpaban de todos sus sufrimientos.

Al finalizar aquel evento, ambos comenzaron a caminar sin rumbo fijo y en silencio. Iban tomados del brazo, pero más por sostenerse el uno al otro que por intentar fingir que eran un matrimonio. Habían dejado de observar lo que sucedía a su alrededor, estaban conmocionados, y no eran capaces de emitir ni un solo comentario.

Después de casi una hora de silencio, fue André el primero en tomar la palabra.

- Oscar, regresemos al hotel... - dijo él.

- Si, regresemos André... - respondió ella.

Ambos regresaron. Ya en el hotel, pidieron que les lleven el almuerzo a la habitación de Oscar.

Mientras esperaban el servicio en silencio, André miraba hacia el exterior a través de la ventana de la habitación, y Oscar permanecía sentada en un pequeño sillón con la mirada baja.

- Oscar, será mejor que vaya solo a la reunión nocturna de hoy. Como recordarás, no hay mujeres en ese tipo de reuniones, y no quiero exponerte llevándote conmigo. - comentó André.

Si bien él consideraba que no debía ir con ella por estar vestida como una mujer, también quería que descanse. Había sido demasiada información para ambos, pero sobre todo para ella, a quien le afectaban mucho los insultos hacia la realeza a la que ella servía y hacia la nobleza de la cual formaba parte.

- Está bien André, es lo mejor. - le dijo Óscar luego de unos segundos en silencio - ... Pero... por favor, no omitas nada al regresar. Quiero saberlo todo, aunque sea difícil de escuchar. Es el futuro de mi país el que está en juego en este momento...

- Te lo diré todo Oscar, descuida.. - le dijo él.

...

Ya habían pasado unas horas desde que Oscar y André regresaron al hotel. No había sido un día normal para ellos, habían sido testigos nuevamente de la absoluta miseria en la que vivían los ciudadanos franceses.

Ambos se sentían tristes y con un enorme peso sobre sus hombros. Almorzaron casi sin dirigirse la palabra, se hablaron más que para lo necesario. Ninguno se atrevía a decirle al otro lo que pensaba, aunque ambos pensaban lo mismo: que ni Luis XVI, ni María Antonieta, ni los ministros elegidos para dirigir el destino de Francia eran capaces de solucionar los problemas de los que ellos habían sido testigos. Ambos conocían muy bien la realidad de la corte francesa, aunque en ese momento hubiesen preferido no conocerla para poder aferrarse a alguna esperanza.

Luego de almorzar, Oscar y André se habían separado, y descansaban cada uno en una habitación distinta. Estaban agotados, pero ninguno de los dos había podido dormir.

Un par de horas más tarde, André tocó a la puerta de la habitación de Oscar para despedirse de ella antes de ir a la reunión clandestina en donde se conspiraba contra la monarquía para dar paso a una Nueva Era. Ese era el último paso de su plan.

Ella abrió la puerta y lo encontró ahí, con una oscura capa que lo cubriría del frío o de la lluvia.

- Oscar, ya me voy. - le dijo André.

- Por favor, ve con cuidado. - respondió ella algo preocupada.

- Así será... - le dijo él con una sonrisa.

André la observó una vez más notando que ni siquiera se había cambiado de ropa. La entendió, ya que él había estado en el mismo estado de conmoción hasta que llegó la hora de enrumbarse hacia su siguiente objetivo de investigación.

- Oscar, ponte algo más cómodo e intenta dormir. - le aconsejó. - Mañana temprano vendré a buscarte para contarte todo. Esta es nuestra última noche aquí y necesitas descansar para el viaje de retorno.

- Esta bien André... - le respondió Oscar - ... Por favor, ¿me das una señal cuando regreses para saber que has vuelto?... - le preguntó sonriendo dulcemente - ... No creo que pueda dormir mucho de todas formas.

- Claro que sí.. - respondió él, devolviéndole la sonrisa - ... Te avisaré cuando haya retornado.

André salió de la habitación, bajó hacia el primer piso y tomó uno de los caballos del alojamiento para partir raudamente.

En su habitación, Oscar no podía sacar de su mente el dolor del que había sido testigo, pero sabía que tenía que descansar, por lo que se dio un baño, se puso un largo y grueso camisón blanco compuesto por varias capas de seda, y se acostó en su cama.

André regresó una hora y media después. Al ingresar a la recepción se encontró con el encargado, el cual revisaba las cuentas de los huéspedes.

- Buenas noches... ¿Me podría regalar un papel y prestarme una pluma por favor?... - le preguntó André al joven.

- Por su puesto, Monsieur Grandier. Aquí tiene. - le respondió el encargado y le acercó una de sus plumas y una hoja de papel.

André escribió unas palabras, y mientras lo hacía, notó que en el florero del mostrador se encontraban unas bellas rosas blancas, al parecer recién cortadas.

- ¿Cree que pueda llevarme una de estas rosas?... - le preguntó nuevamente André al joven encargado.

- Por supuesto... - respondió el joven amablemente.

André tomó la rosa más bella y la colocó en el bolsillo de su capa con mucho cuidado.

De pronto, un trueno se abrió paso en el silencio de aquella noche dando paso a una fuerte tormenta. André tomó otra hoja de papel y escribió otra nota en ella, luego subió al segundo piso, donde estaban las habitaciones de ambos.

En su habitación, Oscar fue sorprendida por tres golpes conocidos.

De pronto, una hoja de papel y una rosa blanca se deslizaron por debajo de su puerta. Ella se levantó de la cama y se aproximó para recoger la rosa y aquella nota que decía: 'Una rosa para mi bella esposa... P.D.: Ya estoy de vuelta...', y por primera vez desde que presenciaron los discursos de la pequeña plaza donde habían estado esa tarde, Oscar sonrió. Luego de unos segundos, otra nota se deslizó por la puerta...

- 'Se ha desatado una tormenta...¿Quieres intercambiar tu habitación con la mía?'...- decía la nota.

A diferencia de la habitación de André que daba hacia el interior del hotel, la habitación de Oscar tenía una ventana hacia el exterior, y él recordó lo que ella le había contado con respecto a su miedo a los truenos... Ella sonrió nuevamente, tomó el papel, escribió una respuesta y la deslizó por la puerta. André la recogió sonriendo por aquel inocente juego, pero no pudo evitar emocionarse al leer aquella nota que decía: 'Querido esposo, trataré de soportar el ruido por esta vez'...

Luego de unos segundos contemplando el mensaje de Oscar, se dirigió a ella a través de la puerta con voz suave.

- Buenas noches Oscar. Hablamos mañana... - le dijo André.

- Buenas noches André... - le respondió Oscar, pero aunque se sentía más tranquila de que ya esté de vuelta, había algo la inquietaba.

Varios minutos después, André ya se había puesto su ropa de dormir cuando escuchó tres golpes en su puerta. Al abrir se encontró con Oscar.

- ¿Oscar?... - le dijo algo sorprendido al verla de pie en la entrada de su habitación, y con una vela encendida en las manos.

- ¿Puedo quedarme contigo?... - le preguntó ella.

- Si, claro... - le respondió él, sin objetar nada esta vez.

Había sido un día realmente duro para ambos y entendió que eso, sumado al inicio de la tormenta, había hecho que ella se sienta vulnerable. Él no necesitaba de mucha explicación para entenderla, y sabía que si bien Oscar a veces parecía fría y hasta dura, había algo que si lograba quebrarla y eso era el sufrimiento de la gente debido a la pobreza.

Oscar dejó su bata blanca sobre uno de los sillones y se echó en la cama. Un par de minutos después, André apagó las velas y se recostó a su lado, pero inmediatamente después de hacerlo ella se acercó a él y lo abrazó suavemente, con el rostro apoyado sobre su pecho.

André no atinó a moverse siquiera, estaba absorto ante lo que estaba pasando ya que ella nunca lo había abrazado de esa forma.

- André..., por favor..., solo por esta vez..., déjame quedarme así... - le pidió ella.

Y como una reacción casi inmediata a sus palabras, André la rodeo completamente con sus brazos, apoyó su rostro sobre su cabello y la abrazó también.

- Entonces.. tú también déjame permanecer así, Oscar.. - le respondió.

...

Fin del capítulo