Una chica de cabello castaño tomó el paquete de muffins por abajo antes de que se le cayera al suelo a los pies del pupitre a su derecha, echó un suspiro de alivio y se alzó como si nada pasara mientras ponía el paquete de plástico en su regazo.
Por suerte para ella, la persona más importante en el salón de clases no oía a causa de alboroto de los alumnos. El profesor estaba en la puerta del otro salón hablando, ligando con otra profesora y dejándoles a su suerte, después de juntar todos sus smartphones, mientras ellos recurrían al antiguo método antes de que existieran las redes sociales: comunicarse personalmente en voz alta y burlándose de ellos mismos u otros.
Pero Sasha no era de esas personas y a pesar de no tener nada contra perder el tiempo hablando de tonterías, tampoco lo estaba haciendo por dos razones: En primera, la única persona con la que tendría una conversación a gusto era su amigo Connie quien no estaba ahí presente al ser un año menor. La segunda razón es que prefirió comer.
Tenía el tiempo suficiente para acabar la bolsa de muffins que acababa de comprar, en lo que el profesor regresaba. Si simplemente nadie la molestaba.
Para su mala suerte esta vez, la persona a su derecha que repasaba los apuntes, había presenciado su hazaña, dando un respingo cuando creyó que se caería por intentar atrapar algo que se le cayó y no le agradó para nada que aquello que ella sostuvo con tanta desesperación fuera comida.
Sintió una mirada sobre ella. Frunció el ceño y no tuvo que voltearse para saber de los ojos mirando. Casi podía oír a esa voz refunfuñar.
Ella detuvo su acción de abrir el segundo empaque en que venía encerrado el muffin y miró de soslayo. Era un compañero que se tomaba las reglas en serio, eso podía ser un problema.
—No puedes comer en clase —advirtió la voz masculina.
Sasha cree que lo más seguro es que le avise al profesor. De pronto tiene una idea. Mirando ambos lados, como esperando que nadie los vea a pesar de que hay otros veintiocho pares de ojos en el lugar, ella se encoge y estirando la mano con lentitud y rapidez deja algo en su banco.
El chico rubio detrás de ella, alza las cejas al ver que ha puesto un paquetito de plástico transparente. Vuelve a mirar la espalda de la chica.
—No puedes comprarme con un muffin.
A regañadientes la chica coloca otro muffin en su mesa y el rubio mira los dos muffins, pasmado.
Sasha no había entendido el mensaje.
—No acepto sobornos, Braus —murmura de nuevo.
Ella se pone nerviosa porque mencione su apellido. ¿Cómo lo sabe a pesar de que llevan menos de una semana de clases? ¡Rarito!
"Siendo así, no tengo opción…", Sasha pone otro paquete más y murmura apenas virando a su dirección: —Es lo último que estoy dispuesta a ofrecer.
Él no puede creer eso.
—No quiero tus muffins —dice apretando un puño sobre su cuaderno abierto.
Simplemente desea que entienda que es asqueroso comer en el salón, más si se trata de algo dulce, ¿ni siquiera es consciente de que el dulce se le pegará a los dedos y luego las hojas o el banco si no tiene con qué limpiarse? Lo dice por su bien y el bien de la etiqueta más básica.
La chica simplemente recoge los tres muffins y lo cambia por un caramelo, el más barato, pequeño y posiblemente rancio que te obsequian o dan como cambio en la tienda cuando quieren deshacerse de este o no encuentran el centavo para pagarte el cambio.
Él pone los ojos en blanco y al ver que Sasha Braus no entenderá, decide mejor callarse. Creyó que lo hacía a propósito, pero no. Definitivamente es un caso perdido, así que Nicolo toma el caramelo y lo guarda, optando por volver a lo suyo.
—Un placer hacer negocios contigo —susurra su compañera con tono de alegría, mientras prosigue abriendo por fin el muffin.
El profesor aún no regresa de todos modos.
