Disclaimer: Fairy Tail y sus personajes pertenecen a Hiro Mashima.


-La esencia del amor-


El día de San Valentín era, sin duda alguna, uno de los días favoritos de Juvia. Era el día del amor en su máxima expresión, el día en el que los enamorados se transmiten todo lo que sienten y en el que se dan una parte de su amor incondicional. Era su día en definitiva.

Por ese motivo, se había pasado una buena parte de la mañana metida en la cocina. Quería preparar los bombones más exquisitos que Gray pudiera probar en toda su existencia y, aunque sabía que cocinar no era realmente lo suyo, estaba completamente segura de que, siguiendo la receta paso a paso y sin intervención alguna de su magia, esta vez todo iría bien.

Estaba muy emocionada. Normalmente, solía gritar a los cuatro vientos cuánto amaba a Gray, sin importar el lugar, el día o el momento, pero ese catorce de febrero se sentía especial. Estaba segura de que ese sería el día en el que el mago de hielo, al fin, correspondería todo el amor que ella tenía para ofrecer.

Y, por supuesto, también se planteaba la opción de que no lo hiciera, así que no se desanimaría si eso llegara a suceder. Su corazón, repleto del amor más puro y verdadero, podía aguantar más. Si era por la persona que le descubrió el mundo entero, así lo haría. Si era por su sol, lo conseguiría sin dudarlo.

De esa forma, cuando acabó de hacer los bombones, los guardó en una caja con forma de corazón que había comprado. La cerró, le puso un lazo de un tono rosa más intenso que el de la caja y los dejó en una de las alacenas de la cocina de Fairy Hills con una etiqueta que ponía su nombre para que nadie se los llevara por error.

Pasó el día en el gremio. No había misiones que le interesaran, así que se dedicó a ayudar a Mirajane en la barra, a charlar con las chicas y a preguntarle de forma insistente a Gajeel si Levy le había dado su regalo de San Valentín porque quería que se lo enseñara.

Unas tres horas antes del cierre del gremio y sabiendo que Gray no se encontraba por allí pero que tenía que ir a reportar la sencilla misión que estaba haciendo ese día, fue a Fairy Hills, recogió los bombones que había preparado esa mañana y volvió al gremio. Por suerte, Gray aún no había llegado y, de hecho, lo hizo tan solo una media hora antes de que el edificio cerrara sus puertas.

Juvia lo saludó con alegría, esperó a que terminara sus asuntos allí y le preguntó que si podía acompañarla a Fairy Hills. Quería darle el regalo cuando estuvieran solos porque a ella le daba igual, pero cada vez entendía un poco más cómo era Gray y que las atenciones desorbitadas enfrente de otros, a veces, no le agradaban demasiado. Quería que ese día todo fuera perfecto.

Cuando llegaron a la puerta de la residencia femenina, Juvia se detuvo y se giró. Miró a Gray, que tenía el semblante un poco cansado, y después le sonrió. Parpadeó un par de veces, algo nerviosa, y metió la mano en una bolsa que llevaba. Sacó la caja, la extendió para que Gray la viera y se sonrojó tímidamente.

Al ver la caja, Gray suspiró y la sonrisa y la ilusión de Juvia se desvanecieron. Pero decidió no darse por vencida aún. No, porque sabía que él estaba algo cansado y que podría ser que estuviera malinterpretando su gesto.

El mago de hielo cogió la caja, la abrió y se quedó mirando los bombones. Había algunos con forma de corazón, otros redondos e incluso un par que tenían una capa de chocolate blanco con la forma de un copo de nieve.

—¡Feliz San Valentín, Gray-sama! —exclamó la joven, llena de felicidad.

Gray la miró. Sonrió levemente y asintió.

—Muchas gracias, Juvia.

Al ver que Gray los iba a guardar sin más, Juvia decidió continuar con la conversación.

—¿No los vas a probar? Juvia cree que le han salido muy buenos esta vez.

—Es que no tengo mucha hambre.

—Si quieres, Juvia te los puede dar. Solo di «aaah» —sugirió la chica mientras ella misma abría la boca y le mostraba cómo debía hacerlo.

Por primera vez en todo el rato que habían compartido juntos, Gray pareció sonreír de forma sincera. Sin embargo, Juvia se quedó mirando sus ojos atentamente. Parecían apagados, tristes, confusos. Y no entendía por qué, pero quería saber el motivo por el que se sentía tan vacío en un día tan especial, así que decidió indagar de la forma más directa posible.

—Gray-sama… ¿va todo bien?

El chico se frotó el cabello con algo de frustración. Quería ser sincero. Sabía que Juvia merecía que lo fuera, que se lo merecía todo, pero él no se lo podía ofrecer. Y eso lo atormentaba mucho. Pensar en que ella solo tenía sus ojos puestos en él y que aguantaba continuamente sus desplantes y rechazos lo hacía sentir muy mal.

—No sé por qué eres tan considerada conmigo si sabes que yo… no puedo corresponderte.

Juvia frunció el ceño. Posó una de sus manos en su barbilla y pensó concienzudamente en esas palabras.

—¿Es que te molesta que Juvia te haga regalos?

—No es eso —afirmó Gray.

Incluso en esos momentos, en los que él seguía rechazándola, ella solo pensaba en su bienestar. En lo que pudiera pensar, sentir o en lo que le hiciera estar cómodo. Realmente no la merecería ni aunque naciera cien veces.

—¿Entonces…? —preguntó Juvia con confusión.

—Deberías pensar en ti antes que en nadie, Juvia. No valgo tanto la pena como para que siempre estés pendiente de lo que necesito y tengas tantos detalles conmigo. Sabes que esta situación es muy difícil para mí. Y te digo esto porque te tengo mucho cariño: no tengas tanta consideración conmigo.

Juvia compuso un gesto de extrañeza al escuchar todo aquel discurso por parte de Gray, pero, inmediatamente después, sonrió. Y fue la sonrisa más pura, deslumbrante y perfecta que el mago de hielo alguna vez había visto.

Lo sobrecogió. Y entendió, a través de ese sencillo gesto, que Juvia no era atenta exclusivamente por él, porque fuera considerada o esperando algo a cambio de su parte. Lo era porque eso le proporcionaba felicidad.

—Juvia piensa en ella. Siempre lo hace —dijo suavemente, reafirmando así la idea que el joven había tenido—. Gray-sama, te sientes mal porque crees que no mereces su atención, pero te equivocas. Juvia se siente muy afortunada de poder estar contigo, de hacerte regalos, de verte sonreír. Da igual el tiempo que tenga que esperar o si ese tiempo se convierte en un para siempre. Juvia solo será feliz si está a tu lado.

En ese momento, a Gray se le erizó el vello de la nuca. Nunca había escuchado unas palabras tan sinceras ni tan amorosas. Ni por parte de Juvia ni de nadie. Se sintió en paz por primera vez en mucho tiempo, aunque no entendió bien el porqué.

Juvia lo abrazó. No fue tan intenso como en otras ocasiones, pero se sintió mucho más real. No podía entenderlo ni mucho menos explicarlo, pero se sintió tan sumamente bien que no quería que acabara el momento. Justo cuando iba a posar sus brazos en la espalda de la chica, para así devolverle el gesto, ella cortó el contacto.

—Juvia espera que te gusten los bombones, Gray-sama. Hasta mañana.

Gray, algo atónito ante su comportamiento, se quedó mirándola mientras entraba a Fairy Hills. Después, observó la caja de bombones, que se había doblado un poco debido al abrazo. Sintió su corazón temblar, arder, bombear tal cantidad de sangre que pensó que su pálpito desbocado haría que saliera despedido de su pecho.

Sin embargo, nada de eso pasó. Tras unos segundos más intentando descifrar qué era ese hormigueo tan intenso que le recorría las yemas de los dedos de las manos, decidió marcharse.

Tendría tiempo para pensar en Juvia más atentamente una vez que se relajara un poco.


Gray estaba algo nervioso ese día. Sí, era otro catorce de febrero. ¿Pero otro más? No. Para nada.

Acostumbrado como estaba a recibir regalos constantes desde que Juvia comenzó a formar parte de su vida, estaba muy extrañado. Especialmente, porque ese era el primer día de San Valentín que pasaban como pareja formal. Y nada. Ni un regalo, ni una sola atención, ni un abrazo… absolutamente nada. Juvia ni siquiera había pasado por el gremio.

¿Estaría enfadada…? No recordaba haberle hecho nada y además Juvia no era una persona que se molestara con facilidad —de hecho, no podía recordar ni una sola ocasión en la que se habían enfadado—, pero todo podía ser.

—¡Mira Gray, Lucy me ha regalado bombones! —gritó Natsu a la vez que se acercaba a su amigo.

—¡No se los enseñes, idiota! —exclamó Lucy, quien perseguía al Dragon Slayer del Fuego con cara de pocos amigos.

—¿Pero por qué no?

—¡Pues porque no me gusta cómo han quedado! Además… es un regalo para ti, no para que se lo enseñes a todo el gremio.

Gray observó la pintoresca escena. Natsu se reía mientras Lucy estaba completamente sonrojada y seguía gritándole. Ató cabos rápidamente y, sobre la base de sus suposiciones, preguntó con simpleza:

—¿Es que por fin habéis empezado a salir juntos?

La cara de los dos fue de incredulidad absoluta. Sin embargo, tras unos segundos, Lucy aumentó más su sonrojo, llegando incluso a taparse el rostro con las manos, y Natsu comenzó a reírse.

—¡Claro que no! Lucy solo me ha hecho este regalo porque… —Al no encontrar una buena explicación, el chico se volteó a verla.

Lucy lo miraba enfadado. Se podía ser denso en la vida, pero ese nivel no tenía lógica. Refunfuñó y se fue, mientras Natsu la miraba y componía un gesto de incomprensión con sus manos.

—¿Y ahora qué he hecho…?

—Pues ser idiota.

—¡Oye, ¿a quién llamas tú idiota?!

Gray suspiró con hastío. Ni ganas de pelear con Natsu tenía. Y él, obviamente, lo notó. Se sentó a su lado. Pronto, imaginó por qué su amigo se sentía así.

—¿Dónde está Juvia?

—Pues no tengo ni idea… No ha venido hoy y antes le he preguntado a Erza y me ha dicho que no la ha visto salir de su cuarto siquiera.

—Oh, así que estás molesto porque no te ha regalado nada, ¿eh?

Gray ocultó un ligero sonrojo detrás de su mano, la cual apoyó en una parte de su rostro.

—No es eso. Solo estoy preocupado por ella —explicó y, en parte, no mentía.

—Pues ve a buscarla. Tal vez le pasa algo.

—Sí… —aceptó Gray y después se levantó para marcharse, pero antes de hacerlo, decidió darle un consejo a Natsu— y tú deberías ir a hablar con Lucy. No la fastidies más por hoy.

Tras decirle aquellas palabras a su amigo, Gray se fue. Todo el camino fue pensando en qué podría pasarle a Juvia. El día de San Valentín era su día favorito, mucho más que otro tipo de aniversario, así que parecía irreal que se lo perdiera.

Sabía perfectamente que los hombres no podían entrar en Fairy Hills, por lo tanto, se coló como pudo y sin ser visto por nadie. Sabía cuál era la habitación de Juvia porque ya la había visitado en más de una ocasión a escondidas, así que, al llegar, simplemente entró sin pedir permiso.

Juvia estaba en la cama durmiendo. Le daba la espalda. A Gray le resultó muy raro que estuviera haciendo eso precisamente y a esa hora, así que se sentó en la cama a su lado y le quitó el pelo de la cara para verla mejor. Ahí fue cuando se dio cuenta de que tenía el rostro muy caliente. Llevó su mano a la frente de la chica y lo confirmó: Juvia tenía fiebre.

Sintiendo las caricias, la joven comenzó a despertarse. Se giró levemente y, al ver a Gray al lado suya, sonrió.

—Gray-sama…

—¿Qué te pasa?

—Solo una gripe. Juvia está bien.

—¿No le has dicho a nadie que estabas enferma?

—No —contestó con simpleza—. Juvia no quería que nadie se preocupara por ella. En especial, Gray-sama.

—¿Cómo no voy a preocuparme por ti? Supe que te pasaba algo en cuanto no te vi por el gremio, más teniendo en cuenta el día que es hoy y…

Gray se calló al ver el semblante triste de Juvia. No se había dado cuenta, antes de hablar, de lo que podría significar haberse perdido su primer catorce de febrero juntos.

—Juvia estaba tejiendo una bufanda para ti, pero no le dio tiempo a acabarla.

—Ey, no pasa nada —susurró Gray mientras le acariciaba el rostro.

Se tumbó a su lado y la abrazó, consolándola mientras le aseguraba que podía acabar de tejer la bufanda más tarde. Tras unos minutos, consiguió relajarla.

—Gracias por venir, Gray-sama.

El mago de hielo asintió y después besó su frente con dulzura. Cuando pasó un rato, escuchó su respiración tranquila, que le indicaba que se había quedado dormida de nuevo.

Se quedaría con ella hasta que se recuperara, pero eso implicaba dos tareas distintas: cuidarla y evitar que las demás —especialmente Erza— descubrieran que estaba allí. Pero, en realidad, le daba igual. Porque haría todo lo que fuera para que Juvia estuviera bien.


Greige se levantó y fue a la cocina. Su madre estaba muy atareada al parecer. Estaba haciendo un postre, algo que era bastante raro porque no solía hacerlos. No le quedaban bien o eso decía ella.

Tenía seis años. A esas alturas, ya era consciente de muchas cosas. Por ejemplo, de lo que se querían sus padres, de la relación especial entre los miembros del gremio o de que sus abuelos ya no seguían con ellos.

Así que se acercó, con la curiosidad desbordándole su menudo cuerpo, hasta su madre, que tarareaba una canción mientras mezclaba chocolate en un recipiente de color rosa.

—Mami, ¿qué haces?

Juvia se giró y miró a su hijo. No se había percatado siquiera de su presencia hasta que lo había visto ya en la cocina. Seguía con el pijama puesto y con cara de sueño. Lo vio incluso restregándose el rostro con las manos.

—Buenos días, cielo. ¿Quieres desayunar?

—Sí —afirmó el niño mientras se sentaba alrededor de la mesa de la cocina, donde siempre desayunaba—, pero… ¿no me vas a contar qué haces?

—Oh, ¿esto? —preguntó Juvia mientras señalaba con el dedo el chocolate y Greige asentía—. Es un regalo para papá por el día de San Valentín.

—¿Y eso qué es, mami?

—Pues es un día en el que las parejas se dan regalos porque se quieren mucho.

—Pero papá y tú os queréis mucho todos los días, ¿no? —preguntó el pequeño con cara interrogante mientras arqueaba una ceja.

Juvia se rio un poco por el comentario. A fin de cuentas, razón no le faltaba.

—Claro que sí. Pero nunca está de más demostrarlo, ¿no crees?

Greige asintió. Juvia le sirvió tras un breve rato el desayuno y lo observó comiendo. Cuando acabó, el niño se puso al lado de su madre, que seguía preparando los bombones para su esposo.

—¿Puedo ayudarte? Yo también os quiero mucho a los dos, así que quiero participar en el regalo.

—Por supuesto, cariño.

Juvia sonrió con dulzura y acarició a su hijo. Era un niño muy bueno y cariñoso, pero también algo inseguro y tímido. Tenía una personalidad encantadora. Gray estaba loco con él y Juvia ya tenía dos personas con las que compartir su desorbitado amor. Sin duda alguna, esperar realmente mereció la pena, porque la recompensa era tan grande que no podía imaginarse una vida, un destino, un futuro mejor.

Greige ayudó a su madre a hacer los bombones y, justo antes de que cayera la noche, Gray llegó a casa con un ramo de rosas para su mujer.

Ya no le costaba tanto tener detalles románticos con ella, pero algo de vergüenza sí que le daba, así que le entregó el ramo a Juvia con una sonrisa tímida y un sonrojo tenue en su rostro. Ella lo abrazó con efusividad.

Cuando se separaron, fue Greige quien le dio los bombones a su padre.

—¿Y esto? —preguntó él, algo sorprendido.

—Es un regalo de parte de los dos, Gray-sama —contestó Juvia porque sabía que su hijo no podía.

Gray se agachó para sujetar a su hijo por debajo de los brazos, levantándolo después para cargarlo y que pudiera ponerse a su altura.

—¿Tú también los has hecho?

—Sí —afirmó con una media sonrisa adornando sus labios.

El mago de hielo los abrazó entonces a los dos.

—Muchas gracias por todo. No os podéis imaginar cuánto os quiero.

Greige se acurrucó con fuerza contra el pecho de su padre.

Sí, aunque era pequeño, definitivamente se daba cuenta de muchas cosas. Por ejemplo, de que sus padres se amaban como nadie, de que se sentía muy orgulloso de que precisamente ellos fuesen las personas que le dieron la vida y de que ese día parecía estar hecho exclusivamente para ellos.

Porque si alguien representaba el amor en su máxima dimensión y complejidad, esos eran, sin duda alguna, Gray y Juvia.


FIN


Nota de la autora:

Necesitaba mucho escribir de mi OTP suprema y, para mi sorpresa, cuando pregunté en Wattpad que de qué ship debería escribir para este día, dos personas me contestaron que gruvia. Así que aquí estoy, porque lo merezco, lo merecéis y lo merecen.

Hace mucho tiempo que no me gusta al cien por cien algo que escribo, pero con este one-shot me pasó, así que espero traspasaros el sentimiento y que disfrutéis muchísimo leyendo.

¡Feliz San Valentín, mucho amor para todos, todas, y por supuesto, para la OTP!