Ichigo aceleró la motocicleta hasta que el motor protestó. Estaba furioso, necesitaba soltar el grito que tenía guardado dentro y estaba muy cerca de hacerlo.

–Tranquilízate, idiota –gritó Ulquiorra que estaba unos metros detrás de él, montado en su propia moto, persiguiéndolo a través del camino de tierra que llevaba a las Montañas Rocallosas–. ¿Tan desesperado estás por donar tu corazón a alguien?

–Eso no sucederá; al menos, no hoy –gritó Ichigo, las ruedas aplastando la gravilla mientras doblaba en una de las curvas demasiado rápido. Estar tan cerca del peligro lo emocionaba y su ira disminuía poco a poco; tenía que hacerlo otra vez.

–¡Solo porque puedas ver el futuro no significa que no vaya a intentar seguirte!

A un segundo de llegar a la siguiente curva, el instinto de Ichigo le advirtió que un grupo de caballos estaba cruzando. Clavó los frenos y dio un giro en U, lanzando piedras hacia el costado del camino. Acostumbrado a los movimientos repentinos de su hermano, Ulquiorra lo imitó con elegancia, haciendo que su motocicleta se detuviera precipitadamente. Los dos se sentaron en la cuneta del camino mirando hacia el valle.

–¿Qué fue eso? –preguntó Ulquiorra con brusquedad.

–Caballos –respondió Ichigo y apagó el motor.

–Al menos aún tienes el suficiente sentido común como para no asustar a los vaqueros domingueros.

Ulquiorra apagó el motor y se tocó el bolsillo en busca de cigarrillos. Luego suspiró, recordando que había dejado de fumar. No lo había hecho desde que se unió al Departamento Policial de Denver. Ahora que ya era oficialmente miembro del lado salvaje, comenzaba a aburrirse de ser responsable.

Era irónico que el resto de la familia hubiera escogido a Ulquiorra para hablar con él sobre su comportamiento, reflexionó Ichigo. El muerto se ríe del degollado.

–Esperemos a que nos alcance Uryuu –el motor emitía pequeños ruidos mientras se enfriaba.

–No me digas: ¿le pediste que venga a ayudarte? –Ichigo apoyó la motocicleta sobre el soporte y se bajó. El sol matutino de otoño le daba calor con su chaqueta de cuero, así que se la quitó y la arrojó sobre el asiento.

El valle de South Fork estaba totalmente expuesto al sol, sin nubes donde esconderse; campos descoloridos, bueyes que apenas emitían una sombra donde estaban parados; mirando hacia el suelo, como si estuvieran plantados.

–No soy estúpido. Siempre eres más agradable con él.

–¿Tanto miedo doy que incluso un oficial de la policía necesita a alguien que lo ayude?

–Dímelo tú, Ichigo. ¿Debo estar asustado?

Su temperamento volvió a dispararse por lo que su hermano implicaba.

–Ulquiorra, ¿qué demonios quieres decir?

–Últimamente estás emitiendo señales raras. Ninguno de nosotros sabe qué sucede dentro de ti y cuando esto le ocurre a un savant con tu poder, un joven sensato como yo se preocupa.

Ichigo rio, pero su risa sonó vacía.

–Detente, eres un pesado.

–Hablo en serio. Tener dones como los nuestros es una responsabilidad. Pueden convertirte en una mejor persona o destruirte.

Sin mucho para decir, Ichigo miró hacia el camino en silencio, observando cómo Uryuu se abría paso hacia la cima de la colina en su mountain bike. De todos sus hermanos, él era el ecologista. Prefería los músculos a la potencia. Debía haber dejado el jeep en el comienzo de la senda para luego seguir a las motos con gran esfuerzo.

–Aquí viene el Señor Galahad.

Por un momento, Ichigo se sintió unido a Ulquiorra por el chiste afectuoso sobre su hermano mayor, el chico de luz.

–Tiene un aura que siempre lo acompaña, ¿no?

–Son sus reflejos angelicales azules. No eligieron un buen nombre para él. ¿Por qué tiene ese color cuando el resto de nosotros heredamos el tono de papá y mamá… entre otros? –y para enfatizar lo que decía, revolvió el cabello naranja de Ichigo.

–Aleja tu mano si quieres conservarla –dijo Ichigo dándole un puñetazo a la palma de su hermano.

Ulquiorra sonrió.

–Todavía odias eso... Es bueno saberlo –agitó los brazos para mostrarle a Uryuu dónde lo estaban esperando–. Algunos de mis compañeros pagan una fortuna para tener reflejos como los de Ury. Pero ninguno lo admite.

Ichigo los detestaba profundamente.

–Los reflejos son para las chicas.

–Díselo a los fashionistas en Denver.

–Las palabras hombre y moda no deberían estar en una misma oración –Ichigo, cínico por naturaleza, sospechaba de todo lo que los estilistas ofrecen para hacer creer a los chicos que deben esponjarse y gastar miles de dólares en su imagen personal. Todo es una trampa, cuyo principal objetivo es ganar dinero.

–Grimm discreparía contigo en ese punto –el quinto hermano, Grimmjow, tenía más ropa que el resto de los Kurosaki, sin contar a su madre.

–Es un caso perdido. Pero pensé que tú eras inmune a esas cosas. ¿Estás siendo más flexible ahora que vives en la ciudad? No me digas que has tenido, ¿cómo lo llaman?, manscaping.

Ulquiorra rio entre dientes.

–Oh, sí. Eso es tan propio de mí. ¿No te habías dado cuenta? –de todos los hermanos, era al que le salia mas barba y vello corporal; una cosa era afeitarse, y otra muy distinta dejarse depilar hasta quedar como un champiñon–. Hey, Ury, descansa un poco.

–Gracias por esperarme, chicos –dijo Uryuu quitándose el sudor de la frente.

–No hay problema. No me perdería esto por nada en el mundo –dijo Ichigo–. ¿Cómo dejaría pasar esta gran oportunidad espontánea de tener a mis dos hermanos mayores diciéndome cuán idiota soy?

–Ah, ¿tú crees que tenemos una intención oculta? –preguntó Uryuu mientras apoyaba su bicicleta contra la moto de Ichigo.

–No te gastes en explicarlo. Ya sé cómo fue todo: mamá y papá están preocupados y como no pueden hablar conmigo, les pidieron a ustedes que hagan el trabajo sucio cuando vinieran a visitarnos. ¿Qué ha cambiado?

–El único que ha cambiado eres tú. ¿Qué está pasando dentro de tu cabeza, Ichigo? Eres grosero con todos: los profesores, mamá, papá. Cielos, incluso con los clientes de la escuela de rafting. Ya no colaboras, a menos que te obliguemos.

Ichigo ya conocía ese discurso, pero no podía hacer nada para que las cosas fueran diferentes. Estaba cambiando y lo sabía. Pero ellos no lo entendían. Las cosas que vieron juntos, los crímenes que su familia ayudó a investigar. Todo quedaba en él como sangre viscosa y caliente en sus manos. Se sentía como la dama de Macbeth, que intentaba limpiarse las manchas, pero se volvía loca cuando no podía quitárselas. Cuando conocía a alguien nuevo, lo primero en lo que pensaba era en los crímenes que esa persona podía cometer, en su lado oscuro, no en su lado bueno. No podía contar esto, ni siquiera a sus hermanos. Sonaría débil, como si confesara que no es lo suficientemente hombre para ese trabajo. En la preparatoria, donde ya tenía una gran reputación de rebelde, había aprendido que era mejor la ofensiva que la defensiva.

–¿Te desilusioné, hermano? –se burló Ichigo–. ¿Solo porque no quiero luchar contra el crimen como ustedes, héroes?

–Sabemos que lo pasaste realmente mal cuando intentaste hacer que despidieran al maldito señor Lomas, pero esa injusticia no debe hacer que dejes de luchar por lo que creemos.

–¿Y en qué creemos exactamente? –Ichigo quería largarse de esa discusión. Todavía se sentía pésimo cuando pensaba en cómo había fallado cuando intentó frenar al nuevo profesor, el señor Lomas. Abusaba de su cargo para hacerle la vida imposible a un estudiante de primer año. Él había visto lo que sucedía gracias a su don pero nadie, excepto su familia, le creyó. En cambio, lo suspendieron hasta que se comprobó que sus acusaciones eran ciertas. Cuando se reincorporó, el director no se disculpó, solo le dijo que tendría que haber "manejado su ira de una manera más apropiada".

–En defender a las víctimas, en eso creemos.

–Suena bien, Ulquiorra. Has prestado atención en la escuela de policías y aprendiste la jerga a la perfección

–Ichigo, ¿realmente te has olvidado por qué hacemos esto? – preguntó Uryuu.

Ichigo se encogió de hombros. Estaban jugando con él al policía malo y al policía bueno, y lo estaban logrando.

–Solías estar tan entusiasmado por unirte que prácticamente rompiste la puerta para formar parte de esto.

–Quizá mamá tenía razón en detenerme. Quizá me debería haber mantenido fuera de todo.

Tal vez, él nunca fue lo suficientemente fuerte para poder limitarse a cada uno de los crímenes que investigaban juntos, como lo hacían sus hermanos. Ellos solamente veían una parte, pero Ichigo lo veía como un todo y la imagen no era bonita.

–O, quizá, necesitas recordar las buenas razones por las que querías unirte –dijo Uryuu extendiendo su mano.

–Hey –Ichigo se echó hacia atrás, dado que ya conocía la habilidad de su hermano para evocar recuerdos.

–¿Tienes miedo de recordar, pequeño? No temas. Nosotros queremos a ese chico.

A Ichigo le dolía saber que su hermano no estaba contento con la persona en la que ese chico se había convertido. Por lo general, Uryuu era el que veía las cosas buenas en la gente y si no encontraba nada bueno en él, estaba en grandes problemas.

–Todavía soy ese chico, Ury –para demostrarlo, tomó su mano y la apretó con fuerza.

Ser el hermano menor apestaba. Ichigo Kurosaki se inclinó al lado de la puerta de la cocina, para escuchar a escondidas lo que hablaba el resto de la familia. Oía la voz de su padre, siempre firme y segura, y luego la voz de su madre que, como siempre, sobresalía con sus gimoteos de sorpresa y shock. Si su madre tendía a ser dramática, su padre era el único capaz de calmarla. Eran almas gemelas, la otra mitad de cada uno en su sentido más profundo, y su relación era la base sobre la que se había construido la familia. Ichigo esperaba encontrar a su alma gemela algún día, así como lo habían hecho sus padres.

Ya era demasiado. No le importaba que sus padres tuvieran una charla en privado. Lo que le molestaba era que todos sus hermanos pudieran formar parte de ello, menos él.

–Pero tengo nueve –se quejó antes de que le cerraran la puerta en la cara.

Su mamá bloqueaba la entrada. El agujerito por el que intentaba espiar estaba obstruido por la falda naranja con llamas en formas geométricas que ella llevaba puesta. Esa era su falda favorita, parecía que los animales estuvieran hechos de Legos.

–Sí, mi vida. Tú tienes solo nueve. Tus hermanos ya son adultos.

Tenía que admitir que sus tres hermanos más grandes, Ulquiorra, Uryuu y Byakuya, ahora eran lo suficientemente mayores como para convertirse en esa criatura incomprensible, un adulto, y para necesitar afeitarse e incluso (puaj) para tener novias. No podía entender ni para qué se molestaban. Ninguna de sus citas eran sus almas gemelas y si fueran parecidas a sus compañeras de colegio, se tendrían que reír como tontas y usar prendas sosas y brillantes. Las chicas no hablaban sobre cosas importantes como béisbol, fútbol o música, al menos, no de música verdadera, solo de alguna bandita juvenil. Sin embargo, creyó haber encontrado un fallo en el argumento de su madre.

–Toshiro no es grande, solamente tiene diez años.

Su madre frunció el ceño y por un momento sus ojos se nublaron. Estaba utilizando su don para ver el futuro. Conocía las señales porque él también podía hacer eso. Aunque su poder le decía que la puerta continuaría cerrada, su terquedad lo hacía pelear contra ese destino.

–Querido, en este caso, veo que necesitamos a Shiro –dijo su madre, casi justificándose–. Sabes que es bueno para las cuestiones científicas. Aparte, esta es la primera vez que lo dejamos formar parte de nuestras charlas. Cuando tenía nueve, no lo dejábamos.

Ichigo se puso a juguetear con el hilo suelto de su guante de béisbol.

–Entonces, ¿para qué necesitas a Grimm? Si es un inútil, solo un buen sanador.

–Grimmjow no es un inútil, no permitiré que llamen inútil a ninguno de mis hijos, Ichigo Kurosaki –respondió su madre, poniéndose firme.

–Ups. Lo siento, mamá.

–Trata de no volver a decir algo así nunca más.

De mala gana, Ichigo apretó el puño dentro del guante.

–Pero si no puede ayudar, ¿por qué puede estar con ustedes ahí dentro?

–Porque no sería justo dejarlo fuera. Invitamos a Toshiro que, como tú dijiste, es más pequeño que él. Por lo cual, si lo desea, Grimm también puede estar.

–Y lo deseo –Grimm iba corriendo y, con sus largas piernas, saltó sobre Woodrow, el viejo perro de la familia que estaba despatarrado en la entrada de la casa. Woodrow gruñó pero no se movió.

Ichigo ignoró a Grimm. La discusión era con su madre, no con él.

–Pero yo también quiero ayudar. Tú sabes que puedo hacerlo. Puedo ver y percibir todo. Nadie más puede hacer eso, ni siquiera tú.

Podía ver el futuro y lo único que veía era una puerta cerrada. Era tan frustrante.

–¡No es justo!

–Sí, lo es –el mayor de sus hermanos, Ulquiorra, le tocó el cabello cuando entraba, con paso largo pero con la elegancia de un luchador entrenado. Antes, en el tiempo libre que tenía cuando iba a la universidad, tomaba clases de artes marciales. Ichigo detestaba que le tocaran la cabeza. Ulquiorra, a quien admiraba casi tanto como a su padre, lo estaba tratando como a un niño.

–Es que eres un niño –le dijo Byakuya con una sonrisa, mientras seguía a Ulquiorra hacia al desayunador.

–Deja de leer mis pensamientos –Ichigo no se llevaba bien con su hermano, gracias al viejo hábito de Byakuya de manipularle la mente para que haga sus tareas diarias.

Byakuya lo dejó de hacer luego de que su padre lo descubriera. Pero Ichigo aún no se había olvidado y estaba planeando un contraataque para la próxima vez que su hermano trajera a una chica a la casa. Y lo que Ichigo tenía en mente era poner una rana debajo de los shorts de su hermano mientras él intentara impresionar a su chica. El súper-cool de Byakuya nunca podría superar la vergüenza.

–Si no quieres que la gente robe tus tontas ideas, ve y practica cómo usar tus escudos, enano.

Ichigo intentó utilizar telequinesis para arrojarle la caja de leche sobre la cabeza. Le iba a demostrar quién era el enano. Sin embargo, su hermano pudo desviar el ataque sin siquiera transpirar.

–Nada mal, pero también tienes que practicar esto antes de jugar con los chicos grandes.

–Byakuya, no estás ayudando –murmuró Uryuu, quien era un campeón para Ichigo. Ahora que Ury había comenzado la universidad y ya no estaba viviendo con ellos, Ichigo lo extrañaba.

Su madre le dio lugar a Uryuu y con una mirada le indicó que debía ver qué hacer para calmar las cosas. Gin, que de los siete hermanos era el del medio, entró y rápidamente percibió el ambiente tenso. Entonces, se ubicó para distraer a Byakuya y a Ulquiorra, y así evitar que empeoraran las cosas y que Uryuu pudiera convencer a Ichigo.

Ury se arrodilló al lado de su hermano menor.

–Mira, Ichigo, sé que estás enojado, pero también sé que cuando llegue el momento, tú serás el más poderoso de todos nosotros. Aunque ellos –señaló a sus otros hermanos que estaban reunidos en la cocina– no quieran admitirlo.

Eso tenía más sentido.

–¿No quieren?

–No. Tú, amigo, eres nuestra arma secreta. Y las armas secretas no se revelan hasta que uno está completamente listo para usarlas. ¿Tú ya lo estás?

Ichigo se mordió el labio, pensando en lo que su hermano le había dicho.

–Supongo que no.

–Entonces, quédate en la banca por hoy. ¿Sí? Hazle compañía a Woodrow.

–Pero estoy en el equipo, ¿no?

–Claro, por supuesto que lo estás. Eres el jugador estrella del Equipo Kurosaki y tenemos que cuidarte.

–Genial.

–Perfecto, gracias por entender.

Luego, la puerta se cerró.

Ichigo se prometió que la próxima vez él estaría dentro y le demostraría a todos lo que tenía. Se acurrucó junto a Woodrow, acariciándole las orejas, justo donde al lobero irlandés le gustaba.

–Hey, Woodrow, los chicos malos la tendrán difícil cuando los tengamos ante nosotros, ¿no?

El perro bostezó en respuesta y Ichigo lo tomó como un

"Sí".