Los recuerdos de su niñez lo acompañaron durante algunos días. Ese niño daba vueltas en su cabeza junto a otros recuerdos oscuros: los asesinatos sin sentido, los abusos y los sufrimientos a los que su familia puso fin, haciendo que el culpable fuera juzgado. Esa pizca de inocencia, el pequeño que quería pelear contra los monstruos, parecía muy débil comparada con toda la basura que estaba amenazando con borrar a Ichigo del mapa. Se aferró a ese niño, como lo haría una persona que se aferra de una roca para no caer al precipicio…
–¿Vienes a la clase de Música? –preguntó Toshiro mientras se preparaban para ir al colegio–. Empieza a la hora del almuerzo.
Ser un Kurosaki no era sencillo con tantas personas a las que igualar. Ahora que estaba en su último año, Toshiro era el mejor alumno de la preparatoria, si es que no lo era de todo el estado. Parece que ser el complicado era el único papel disponible para Ichigo, dejándolo detrás de todos sus hermanos.
–Tal vez –Ichigo guardó los palillos de la batería en la mochila.
–Eres demasiado cool como para anotarte, ¿no?
–Puede ser.
Ichigo no iba a admitir que amaba la música. Era un hecho que iba a estar en la clase. Tocar jazz con Shiro y los otros chicos de la banda era una de las pocas cosas de la preparatoria que valía la pena soportar hasta la graduación. Era una pena que el único pianista más o menos decente fuera el señor Chojiro; que un profesor formara parte de la banda, provocaba que el estilo de Ichigo se limitara, ya que tenía que actuar como si no le gustara.
–¿No te cansas de ti mismo, Ichigo? –Toshiro colgó la mochila en la parte trasera de su bicicleta–. Debe ser difícil de mantener esa actitud cabrona con todo el mundo.
–A veces –respondió Ichigo y salió disparado hacia la preparatoria.
Entró al edificio con un nivel de ansiedad mayor al habitual. Los últimos días habían sido más extraños de lo normal en Wrickenridge High. La mente de Ichigo divagaba en direcciones bizarras en los momentos menos pensados. Como unos días atrás, luego de clases, cuando estaba recostado sobre el asiento, pasando el rato con tres amigos en el estacionamiento y hablando sobre motos, y de repente tuvo la sensación de que alguien se estaba riendo de él, burlándose. Por un momento se vio vestido con un atuendo tonto, como si fuera el personaje de un cómic. Su primer instinto fue darle una golpiza a la persona que se estaba riendo, pero luego se dio cuenta de que, aunque sintiera que venía desde afuera, esa imagen estaba dentro de su mente. Era una locura. Irritado y desconcertado (aunque no le gustaba admitirlo), abandonó el estacionamiento a toda velocidad y fue a dar una vuelta para aclarar su mente.
Hoy todo parecía estar tranquilo. Durante las clases, no captó pensamientos de ningún desconocido. Tenía que haber una explicación. Se preguntaba si algún otro savant habría aparecido en el colegio, aunque era poco factible, ya que su madre conocía a todos los miembros de la Red en la zona. Era más probable que él estuviera al borde de la locura. Solo para corroborar que sus sentidos habían vuelto a la normalidad, al comienzo del almuerzo vigiló el edificio en busca de algún lugar donde hubiera alguna fuente de pensamientos. Pero no encontró nada. Lo único malo de esto fue que llegó tarde a la clase de Música, cuando en realidad no quería hacerlo, más allá de lo que le había dicho a Toshiro.
–Sr. Kurosaki, es muy loable de su parte unirse a nosotros.
En la sala había una ola de imágenes que provocaban que Ichigo no pudiera prestar atención al sarcasmo del profesor. Era como saltar a una piscina llena de superhéroes. Hizo rodar los palillos de la batería. Quería golpearse la cabeza hasta que su mente se comportara. La boca del señor Chojiro había dejado de moverse, así que el sermón que no había estado escuchando debía haber terminado.
–¿Llegué tarde? –dijo, mientras se preguntaba si ese era el tema del sermón.
Toshiro le golpeó las costillas con el codo.
Bla, bla y algo sobre una disculpa… Ichigo miró al señor Chojiro, mientras en su mente bailaba una imagen del profesor vestido con un traje de lycra decorado con notas musicales.
–Lo siento –eso parecía ser lo único correcto que podía decir, dado que no había escuchado ni una palabra de lo que le había dicho. ¿Qué le pasaba?
Luego, el señor Chojiro comenzó a hablarle a una chica que estaba a su lado: era pelinegra y pequeña, espléndida. Ichigo estaba seguro de que nunca antes la había visto en la escuela. Jamás se le habría escapado un encanto como ese. Parecía un retrato de Bo Peep en un libro para niños, pero de cabello oscuro; lo único que le faltaba era el bastón y el sombrero. Ichigo sonrió ante esa imagen. Linda. Estaba seguro de que los chicos que la hubieran visto antes que él ya estarían buscando una forma para ser su Little Blue Boy. Basándose en su expresión tímida, seguro era el tipo de chica que saldría con el nerd lleno de granitos, solo por ser amable. Esperaba que por su bien, alguien más normal la conquistara primero. Por la manera en que Kaien Shiba andaba en actitud protectora a su alrededor, suponía que el saxofonista del grupo de jazz ya estaba en carrera.
Ese pensamiento lo irritó.
–Ichigo, ven –dijo Toshiro, señalando la batería.
Se sentó, quitándose de la mente los pensamientos aleatorios como si fueran telas de araña. Bo Peep tocó la introducción en el piano, y su mente se centró en la melodía. Tocaba perfectamente. Se dejó llevar por la música buscando el ritmo de la pieza musical, como un gato ladrón que entra por la claraboya y, sin darse cuenta, cae en la trampa. Durante lo que duró la pieza, dejó de ser el chico malo y simplemente se convirtió en el ritmo, desapareciendo con el hechizo que el piano iba tejiendo a su alrededor. Quienquiera que fuera y de donde sea que viniera, esa chica era fantástica. Fluía junto a la música, con un toque suave, sin equivocarse, sin tocar con torpeza ni una sola tecla.
La joven provocó que todos se levantaran y dieran lo mejor de sí: Toshiro logró la aflicción con la armonía de su clarinete, Kaien hizo que su saxo cantara. Era la mejor experiencia musical de toda su vida pero terminó muy pronto.
–Muy bien, es más, ¡excelente! –dijo el señor Chojiro con entusiasmo. Miraba a la chica nueva como si fueran todas sus navidades y sus cumpleaños–. Temo que me acaban de echar de la banda de jazz.
Ichigo permaneció sentado en la batería mientras el profesor continuaba comentando las novedades sobre los ensayos del coro. La chica seguía en el piano, acariciando las teclas. Lo abrumó un deseo: quería ir, recostarse y dejar que sus dedos recorrieran su cuerpo, tal como lo hacían con las teclas.
Basta, le dijo a su mente perversa. Ese no era el tipo de chica con la que saldría. Primero porque era de la ciudad e Ichigo siempre se mantenía lejos de todo el melodrama de las rupturas, asegurándose de que sus novias no vivieran en la misma ciudad que él. En segundo lugar, también era… tenía que encontrar la palabra indicada: pura. Sí, exacto. Era como una mariposa cuyas alas se romperían si alguien la tocara. La iba a dejar revolotear alrededor de los chicos del colegio y volverlos locos. Pero él no iba a entrar en ese juego.
Mientras todos se preparaban para irse, Toshiro hablaba con la joven.
–Ese idiota es mi hermano Ichigo.
Lo último que quería era conocer más de lo debido a Bo Peep. Sería demasiado tentador.
–Vámonos, Shiro –tenía que salir de allí antes de empezar a sonreírle a la chica como un idiota. Por Dios, era tan hermosa...
Toshiro estaba charlando tranquilamente con ella, mientras la furia se apoderaba de Ichigo, que estaba a punto de explotar. Era bizarro, pero la canción de La guerra de las galaxias comenzó a sonar dentro de su cabeza, a pesar de que hacía años que no veía la película. Luego, escuchó que su hermano decía que él era como el bebé de la familia.
–Diablos. Gracias, hermano, estoy seguro de que ella quería saber eso –dio media vuelta y se fue. Toshiro lo siguió.
Cuando llegó al pasillo, se derrumbó contra una de las paredes y respiró profundamente.
Toshiro apretó el paso y se puso a su lado.
–¿Estás bien?
–Sí. Solo me siento un poco extraño. ¿Sentiste algo ahí dentro, alguna energía extraña?
Toshiro frunció el ceño.
–No. Pero no soy tan sensible para captar otras mentes como tú. ¿Es eso lo que te fastidia?
Ichigo asintió.
–Tengo que trabajar para mantener los escudos altos mientras estemos en el colegio.
Toshiro le dio unos golpecitos en la espalda.
–Buena idea… ¿Qué me dices de nuestra nueva pianista? Es increíble, ¿no?
–Sí –respondió Ichigo mientras se ponía la mochila.
–Si eso es todo lo que tienes para decir, tiene que ser porque estás enfermo, Ichigo. Es preciosa, como una pequeña Elizabeth Taylor que puede tocar el piano como Oscar Peterson. ¿Estabas leyendo su mente?
Quería pedirle a su hermano que no se fijara en la chica, pero no podía. Además, sonaría un poco exagerado: no tenía derecho a marcar territorio. Un momento, ¿qué quería decir su hermano con eso?
–¿Por qué lo dices?
–Es nueva. Vino de Inglaterra. Si tu problema es reciente, puede tener relación con ella. Quizá no está utilizando sus escudos.
–Si realmente es así, tiene una mente extraña. Incluso siendo… "preciosa".
–Me gusta lo extraño, es aun más interesante. Me pregunto cuándo es su cumpleaños.
Ichigo se imaginó estampándole un pastel de cumpleaños en la cara.
–Es muy joven para ti.
–Sí, supongo. Y demasiado dulce para ti… –Toshiro se estaba burlando de él. Sabía que Ichigo intentaba alejarse lo más posible de la atracción que sentía por ella. Lo único que su hermano quería era molestarlo.
–Por eso me estoy manteniendo bien lejos.
–Mmm, déjame adivinar qué tal te está yendo con eso –Toshiro hizo un gesto de despedida, mientras se dirigía a su clase de Matemáticas avanzada.
