Robert y Stephan acababan de desaparecer, cuando se presentaron unos visitantes mucho menos agradables. Weasley, flanqueado por Finnigan y Thomas.
—¿Comiendo la última cena, Crane? ¿Cuándo agarras el tren para volver con los muggles?
—Eres mucho más valiente ahora que has vuelto a tierra firme y tienes a tus «amiguitos» —dijo fríamente Harry. La Mesa Alta estaba llena de profesores, entre ellos la profesora McGonagall y el profesor Snape, no podían hacer más que crujir los nudillos y mirarlo con el ceño fruncido.
—Nos veremos cuando quieras —dijo Weasley—. Esta noche, si quieres. Un duelo de magos. Sólo varitas, nada de contacto. ¿Qué pasa? Nunca has oído hablar de duelos de magos, ¿verdad?
—Por supuesto que sí —dijo Blaise, interviniendo—. Yo soy su segundo. ¿Cuál es el tuyo?
Weasley miró a Finnigan y Thomas, valorándolos. Draco y Osiris mostraban su descontento con su expresión.
—Finnigan —respondió—. A medianoche, ¿de acuerdo? Nos encontraremos en el salón de los trofeos, nunca se cierra con llave.
Cuando Weasley se fue, Blaise y Harry se miraron.
—Blaise ¿Qué es un duelo de magos? —preguntó Harry—. ¿Y qué quiere decir que seras mi segundo?
—Bueno, un segundo es el que se hace cargo, si te matan —dijo Blaise sin darle importancia. Al ver la expresión de Harry, añadió rápidamente—: Pero la gente sólo muere en los duelos reales, ya sabes, con magos de verdad. Lo máximo que pueden hacer Weasley y tú es mandarse chispas uno al otro. Ninguno sabe suficiente magia para hacer verdadero daño. De todos modos, seguro que él esperaba que te negaras.
—¿Y si levanto mi varita y no sucede nada?
—La tiras y le das un puñetazo en la nariz —le sugirió Blaise.
—Chicos.
Los dos dejaron de hablar. Eran Pansy, Osiris y Draco.
—¿No se puede comer en paz en este lugar? —dijo Blaise. Pansy no le hizo caso.
—No pudimos evitar oír lo que tú y Weasley estaban diciendo... —comenzó Osiris.
—No esperaba otra cosa de parte de ustedes —murmuró Blaise.
—... y no debes andar por el colegio de noche. Piensa en los puntos que perderás para Slytherin si te atrapan, y lo harán. Las consecuencias de eso serán muy severas, mi padrino no estará muy contento con ustedes, los podría castigar todo lo que resta del año escolar —termino Draco.
—Y la verdad es que no es asunto de ustedes chicos, se que no quieren perder puntos y tampoco vamos a tratar no ser atrapados —respondió Harry.
—Adiós —añadió Blaise.
De todos modos, pensó Harry, aquello no era lo que llamaría un perfecto final para el día. Estaba acostado, despierto, oyendo dormir a Theo (Draco y Osiris no estaban en la habitación). Blaise había pasado toda la velada dándole consejos del tipo de: «Si trata de maldecirte, será mejor que te escapes, porque no recuerdo cómo se hace para pararlo». Tenían grandes probabilidades de que los atraparan Filch o la Señora Norris, y Harry sintió que estaba abusando de su suerte al transgredir otra regla del colegio en un mismo día. Por otra parte, el rostro burlón de Weasley se le aparecía en la oscuridad, y aquélla era la gran oportunidad de vencerlo frente a frente. No podía perderla.
—Once y media —murmuró finalmente Blaise—. Mejor nos vamos ya.
Se pusieron las batas, agarraron sus varitas y salieron de su habitación y entraron en la sala común de ía brillaban algunas brasas en la chimenea, haciendo que todos los sillones parecieran sombras negras. Ya casi habían llegado al retrato, cuando una voz habló desde un sillón cercano.
—No puedo creer que vayas a hacer esto, Harry.
Una luz brilló. Eran Pansy, Osiris y Draco con el rostro ceñudo y una bata rosada.
—¡Ustedes! —dijo Blaise furioso—. ¡Vuelvan a la cama!
—Estuve a punto de decírselo a alguien—contestó enfadada Pansy—. El prefecto puede detenerlos. Iré por él.
—Vamos —dijo a Blaise. Empujó el retrato y se metió por el agujero.
Ninguno de los tres iba a rendirse tan fácilmente. Siguieron a Blaise a través del agujero.
—No les importa Slytherin; ¿verdad? Sólo importan ustedes. Yo no quiero que los leones ganen la copa de las casas y ustedes van a perder todos los puntos que conseguimos de la profesora McGonagall por conocer los encantamientos para cambios —hablo Draco molesto.
—Váyanse chicos.
—Muy bien, pero ya les avisamos. Recuerden todo lo que les dijimos cuando estén en el tren volviendo a casa mañana —le contesto un Osiris molesto—. Son tan...
Pero lo que eran no lo supieron. Pansy había retrocedido hasta el retrato para volver; y descubrió que la tela estaba vacía. Pero estaban fuera de la sala común de Slytherin.
—¿Y ahora qué vamos a hacer? —preguntó Pansy.
—Ése es su problema —dijo Blaise—. Nosotros tenemos que irnos o llegaremos tarde.
No habían llegado al final del pasillo cuando los demás los alcanzaron.
—Vamos con ustedes —dijo Draco.
—No lo harán.
Blaise miró su reloj y luego echó una mirada furiosa a Pansy, Osiris y Draco.
—Si nos atrapan por su culpa, no descansaré hasta aprender esa Maldición de los Demonios, de la que nos habló Quirrell, y la utilizaré contra ustedes.
Pansy abrió la boca, tal vez para decir a Blaise cómo utilizar la Maldición de los Demonios, pero Harry susurró que se callara y les hizo señas para que avanzaran.
Se deslizaron por pasillos iluminados por el claro de luna, que entraba por los altos ventanales. En cada esquina, Harry esperaba chocar con Filch o la Señora Norris, pero tuvieron suerte. Subieron rápidamente por una escalera hasta el tercer piso y entraron de puntillas en el salón de los trofeos. Weasley y Seamus todavía no habían llegado. Las vitrinas con trofeos brillaban cuando las iluminaba la luz de la luna. Copas, escudos, bandejas y estatuas, oro y plata reluciendo en la oscuridad. Fueron bordeando las paredes, vigilando las puertas en cada extremo del salón. Harry empuñó su varita, por si Weasley aparecía de golpe. Los minutos pasaban.
—Se está retrasando, tal vez se ha acobardado —susurró Blaise.
Entonces un ruido en la habitación de al lado los hizo saltar. Harry ya había levantado su varita cuando oyeron unas voces. No era Weasley.
—Olfatea por ahí, mi tesoro. Pueden estar escondidos en un rincón.
Era Filch, hablando con la Señora Norris. Aterrorizado, Harry gesticuló salvajemente para que los demás lo siguieran lo más rápido posible. Se escurrieron silenciosamente hacia la puerta más alejada de la voz de Filch. Osiris acababa de pasar, cuando oyeron que Filch entraba en el salón de los trofeos.
—Tienen que estar en algún lado —lo oyeron murmurar—. Probablemente se han escondido.
—¡Por aquí! —señaló Harry a los otros y, aterrados, comenzaron a atravesar una larga galería, llena de armaduras. Podían oír los pasos de Filch, acercándose a ellos. Súbitamente, Pansy dejó escapar un chillido de miedo y empezó a correr, tropezó, se aferró a la muñeca de Blaise y se golpearon contra una armadura.
Los ruidos eran suficientes para despertar a todo el castillo.
—¡CORRE! —exclamó Harry, y los cuatro se lanzaron por la galería, sin darse la vuelta para ver si Filch los seguía. Pasaron por el quicio de la puerta y corrieron de un pasillo a otro, Harry delante, sin tener ni idea de dónde estaban o adónde iban. Se metieron a través de un tapiz y se encontraron en un pasadizo oculto, lo siguieron y llegaron cerca del aula de Encantamientos, que sabían que estaba a kilómetros del salón de trofeos.
—Tienen que estar en algún lado —lo oyeron murmurar—. Probablemente se han escondido.
—¡Por aquí! —señaló Harry a los otros y, aterrados, comenzaron a atravesar una larga galería, llena de armaduras. Podían oír los pasos de Filch, acercándose a ellos. Súbitamente, Pansy dejó escapar un chillido de miedo y empezó a correr, tropezó, se aferró a la muñeca de Blaise y se golpearon contra una armadura.
Los ruidos eran suficientes para despertar a todo el castillo.
—¡CORRE! —exclamó Harry, y los cuatro se lanzaron por la galería, sin darse la vuelta para ver si Filch los seguía. Pasaron por el quicio de la puerta y corrieron de un pasillo a otro, Harry delante, sin tener ni idea de dónde estaban o adónde iban. Se metieron a través de un tapiz y se encontraron en un pasadizo oculto, lo siguieron y llegaron cerca del aula de Encantamientos, que sabían que estaba a kilómetros del salón de trofeos.
—Creo que lo hemos despistado —dijo Harry, apoyándose contra la pared fría y secándose la frente. Pansy estaba doblada en dos, respirando con dificultad.
—Te... lo... dije —añadió Draco, apretándose el pecho—. Te... lo... dije.
—Tenemos que regresar a las mazmorras —dijo Blaise— lo más rápido posible.
—Weasley te engañó —dijo Osiris a Harry—. Te has dado cuenta, ¿no? No pensaba venir a encontrarse contigo. Filch sabía que iba a haber gente en el salón de los trofeos. Weasley debió de avisarle.
Harry pensó que probablemente tenía razón, pero no iba a decírselo.
—Vamos.
No sería tan sencillo. No habían dado más de una docena de pasos, cuando se movió un pestillo y alguien salió de un aula que estaba frente a ellos. Era Peeves. Los vio y dejó escapar un grito de alegría.
—Cállate, Peeves, por favor... Nos vas a delatar.
Peeves cacareó.
—¿Vagabundeando a medianoche, novatos? No, no, no. Malitos, malitos, los agarrarán del cuellecito.
—No, si no nos delatas, Peeves, por favor.
—Debo decírselo a Filch, debo hacerlo —dijo Peeves, con voz de santurrón, pero sus ojos brillaban malévolamente—. Es por su bien, ya lo saben.
—Quítate de en medio —ordenó Blaise, y le dio un golpe a Peeves. Aquello fue un gran error.
—¡ALUMNOS FUERA DE LA CAMA! —gritó Peeves—. ¡ALUMNOS FUERA DE LA CAMA, EN EL PASILLO DE LOS ENCANTAMIENTOS!
Pasaron debajo de Peeves y corrieron como para salvar sus vidas, recto hasta el final del pasillo, donde chocaron contra una puerta... que estaba cerrada.
—¡Estamos listos! —gimió Blaise, mientras empujaban inútilmente la puerta—. ¡Esto es el final!
Podían oír las pisadas: Filch corría lo más rápido que podía hacia el lugar de donde procedían los gritos de Peeves.
—Oh, muévete —ordenó Draco. Agarro la varita de Harry, golpeó la cerradura y susurró—: ¡Alohomora!
El pestillo hizo un clic y la puerta se abrió. Pasaron todos, la cerraron rápidamente y se quedaron escuchando.
—¿Adónde han ido, Peeves? —decía Filch—. Rápido, dímelo.
—Di «por favor».
—No me fastidies, Peeves. Dime adónde fueron.
—No diré nada si me lo pides por favor —dijo Peeves, con su molesta vocecita.
—Muy bien... por favor.
—¡NADA! Ja, ja. Te dije que no te diría nada si me lo pedías por favor. ¡Ja, ja! —Y oyeron a Peeves alejándose y a Filch maldiciendo enfurecido.
—Él cree que esta puerta está cerrada —susurro Harry—. Creo que nos vamos a escapar. ¡Suéltame, Pansy! —Porque Pansy le tiraba de la manga desde hacía un minuto—. ¿Qué pasa?
Harry se dio la vuelta y vio, claramente, lo que pasaba. Durante un momento, pensó que estaba en una pesadilla: aquello era demasiado, después de todo lo que había sucedido.
No estaban en una habitación, como él había pensado. Era un pasillo. El pasillo prohibido del tercer piso. Y ya sabían por qué estaba prohibido. Estaban mirando directamente a los ojos de un perro monstruoso, un perro que llenaba todo el espacio entre el suelo y el techo. Tenía tres cabezas, seis ojos enloquecidos, tres narices que olfateaban en dirección a ellos y tres bocas chorreando saliva entre los amarillentos colmillos.
Estaba casi inmóvil, con los seis ojos fijos en ellos, y Harry supo que la única razón por la que no los había matado ya era porque la súbita aparición lo había cogido por sorpresa. Pero se recuperaba rápidamente: sus profundos gruñidos eran inconfundibles. Harry abrió la puerta. Entre Filch y la muerte, prefería a Filch.
Retrocedieron y Harry cerró la puerta tras ellos. Corrieron, casi volaron por el pasillo. Filch debía de haber ido a buscarlos a otro lado, porque no lo vieron. Pero no les importaba: lo único que querían era alejarse del monstruo. No dejaron de correr hasta que alcanzaron el retrato de la entrada a la sala común.
—¿Dónde se metieron? —les preguntó, mirando sus rostros sudorosos y rojos y sus batas desabrochadas, colgando de sus hombros.
—No importa... Ojos de basilisco, ojos de basilisco —jadeó Harry, y el retrato se movió para dejarlos pasar. Se atropellaron para entrar en la sala común y se desplomaron en los sillones.
Pasó un rato antes de que nadie hablara. Pansy, por otra parte, parecía que nunca más podría decir una palabra.
—¿Qué pretenden, teniendo una cosa así encerrada en el colegio? —dijo finalmente Blaise—. Si algún perro necesita ejercicio, es ése.
Draco había recuperado el aliento y el mal carácter.
—¿Es que no tienen ojos en la cara? —dijo Draco enfadado—. ¿No vieron lo que había debajo de él?
—¿El suelo? —sugirió Harry—. No miré sus patas, estaba demasiado ocupado observando sus cabezas.
—No, el suelo no. Estaba encima de una trampilla. Es evidente que está vigilando algo —Osiris.
Pansy se puso de pie, mirándo a los cuatro indignada.
—Espero que estén satisfechos. Nos podía haber matado. O peor, expulsado. Ahora, si no les importa, me voy a la cama.
Blaise la contempló boquiabierto.
—No, no nos importa —dijo Blaise— Nosotros no la hemos arrastrado, ¿no?
—Quizás no nos obligaron a ir —hablo Draco molesto por el comentario—, pero casi hacen que Filch nos atrape, por sus estupideces.
—Draco tiene razón, ya deberían de dejar de caer en el juego del idiota de Weasley. Deberían de pensar más como Slytherin —dijo Osiris secundado a su hermano—. Harry se que no conoces mucho del mundo mágico, pero nosotros te podemos ayudar.
—Si Harry, ya lo viste en la clase de vuelo, nosotros te apoyamos y me atrevería a decir que Zayn también te apoya.
—Lo sé chicos y lamento lo que pasó hoy. No sé volvera a repetir.
—Si por favor —pidió Osiris—, no quiero que un día de estos mis papás vengan a regañarnos en persona por algo como esto.
—O peor —agrego Draco creando el escenario en su cabeza—, que vengan ellos junto con los tíos James y Tom, y de paso que se junte mi padrino al regaño.
—Lo último que quiero es hacer enojar al profesor Snape.
—Hablando de ellos, me enteré por Zayn que van a venir los cuatro a ver el primer partido de Zayn, que casualmente es contra Slytherin. Esa va a ser una gran experiencia.
Luego de la gran charla sobre el partido los niños se fueron a la cama, para dormir lo que quedaba de la noche.
Pansy le había dado a Harry algo más para pensar, mientras se metía en la cama. El perro vigilaba algo... ¿Qué había dicho el profesor Snape? Gringotts era el lugar más seguro del mundo para cualquier cosa que uno quisiera ocultar... excepto tal vez Hogwarts.
