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KuroVerso
Alerta: AU!Omegaverse distópico
Disclaimer: personajes no son míos
Recordatorio: empieza el campamento de entrenamiento ¡y hay alfas presentes! Despiertan los sentimientos de Kuroo por Konoha, pero Konoha tiene a otra persona en mente.
XVI. Almas enlazadas
Tenía muchas ganas de saber más de Konoha y sus compañeros Alfas, y me dio la impresión de que él necesitaba desahogarse con alguien. Se pasó toda la cena hablándome de sus idas y venidas entre los Alfas de su escuela. Admitió que todavía no se acostumbraba. El cambio desde la escuela de integración a Fukurodani fue similar a un «shock cultural» (sus palabras), y me admitió que a veces no se hallaba. Los Alfas parecían nacidos para destacar, todos sobresalían en lo que se propusieran, en cambio a Konoha le sucedía que destacaba entre sus pares por no el hecho de no hacerlo.
—No digas eso, no creo que sea así —intervine—. Estás siendo muy estricto contigo. Además, ¿tan importante es destacar?
—¡Eso es lo que me pregunto! La rivalidad es inmensa en Fukurodani, hagas lo que hagas, al final todo se traduce a una competencia. Nadie quiere trabajar en equipo, ni comparar respuestas de exámenes, o incluso salir a comer o tomarse un café en un ambiente relajado junto a los colegas, ¡y con la de cafeterías que hay en el centro! Cierta vez logré convencer a unos chicos de mi salón de tomarnos unos frapés y nos fue horrible.
—Ah, por supuesto —dije, porque quería decir algo—. A los Alfas no les gusta salir porque las cafeterías son casi todas regentadas y frecuentadas por Betas, y ellos seguro que los retrasan.
Konoha se rio y negó con la cabeza.
—Se me había olvidado lo que renegabas de los Betas. No, no es eso exactamente. Simplemente es el modo de ser de los Alfas. Para ellos, las actividades sin objetivo carecen de sentido. Ir a beber unos frapés, ¿por qué lo harían? ¿Por sed? Mejor beber un vaso de agua, que está más a mano y es más económico. Para que veas que no exagero: mira a tu alrededor, ¿Cuántos Alfas quedan en la cafeta, además de yo? Apenas un Alfa acaba su plato, se levanta a hacer su siguiente actividad. Esto que estamos haciendo nosotros, charlando y poniéndonos al día, es toda una anomalía para un Alfa. A menos que haya un objetivo para quedarse charlando, ningún Alfa es fan de las sobremesas.
—¿Y qué hacen por ejemplo para entretenerse?
—Bueno… quizá no sea tan descabellado decir que les entretienen las competencias, o bien, hacer actividades que les pueda deparar una utilidad en el futuro. Desde que entré a Fukurodani, me he dado cuenta de que, en general, existen dos tipos de Alfas: los que viven en el gimnasio y los que viven en la biblioteca. Y, los casos más especiales, los que han encontrado la manera de mezclar gimnasios con bibliotecas. Sí, por ejemplo, Saru con Washio corren escuchando las grabaciones de las clases, y tengo entendido que Yukipie lee mientras se ejercita en la elíptica. Incluso Bokuto hace remates recitando números primos. Es… es la cultura de ellos.
—¿Y tú, Konoha?
—Yo soy el bicho raro del grupo…
—¡No digas eso! —salté—. De verdad pienso que estás siendo muy estricto contigo. Oí que tus compañeros te decían Maestro, y eso me parece un sobrenombre muy genial, especialmente viniendo de Alfas.
—Ya…
—Si los Alfas te consideran un Maestro, si incluso tus senpai lo hacen, quiere decir que le llevas la delantera a todos los demás. Es demasiado genial, Konoha.
—¿De verdad? ¿Te ha parecido que les llevo la delantera a mis colegas Alfas?
Por algún motivo algo amargaba sus palabras, pero para mí no tenía sentido. Él decía que no destacaba pero, por lejos, Konoha había sido el Alfa que más había sobresalido en el entrenamiento. Obviamente en grupo los Alfas eran muy imponentes, pero no podía recordar movimientos o jugadas individuales, como si solo brillasen en pack. Al único que recordaba era a Konoha. Había corrido de un lado a otro salvando balones sin parar, asumiendo el rol no solo de atacante lateral, su posición titular, también adaptándose con facilidad en las posiciones de armador y líbero. Konoha un jugador muy completo, capaz de adaptarse a diversas situaciones, y así mismo se lo hice saber. Pero él me escuchaba en silencio, como si mis palabras no lograsen tocarlo.
Entonces regresó a mi mente el recuerdo de aquel chico, del Alfa Bokuto, corriendo al otro lado de la acera una mañana de verano.
—Ese Alfa con cara de búho también se hace notar mucho, pero no te llegaba ni a los talones. Te prometo que fuiste quien más ha destacado de todos. De verdad. No lo digo porque seas mi amigo.
Y claramente no lo decía con ese motivo, pero sin dudas mi juicio estaba sesgado, y yo ni me enteraba.
—Gracias Kuroo. Jah, qué nefasto, cómo necesitaba oír algo así. Es que Kuroo, Bokuto es realmente una espina en el culo.
Por fin dejó ir una risa. No tenía nada realmente contra el Alfa Bokuto, pero si a Konoha le hacía gracia despotricarlo, yo no tenía problema con eso. Quería alargar nuestra cena infinitamente, pero de pronto sucedió que apareció Yaku a mi lado y fue de lo más maleducado.
—¿Cuándo vas a terminar de comer? Te recuerdo que todavía tenemos que ordenar y ya es muy tarde.
Me di cuenta que, salvo los profesores y coaches que comían de últimos, éramos los únicos que seguían en la cafeta. Con Konoha regresamos nuestras bandejas a la cocina y luego me enfilé tras Yaku hasta el dormitorio de los Omegas. Esta vez me tocó a mí responder las acusaciones de mis senpai.
Decían:
—Estos chicos de primer año nos han aventajado en todo. Cada uno ya cuenta con su Alfa, ¡y nosotros qué! ¡Una gran tragedia!
Y otras tonterías por el estilo.
—Konoha es mi amigo —repliqué a sus absurdas acusaciones—, es un buen colega, es legal.
—¿Pero te gusta?
—¿Pero es tu Alfa?
Y más tonterías por el estilo.
No quise responder. Me divertía verlos especular e imaginar escenarios de bodas imaginarias, peleándose imaginariamente por quien agarraría el ramo imaginario. De alguna manera, esas fantasías alimentaban mi corazón. Yaku, ajeno a la alegría general, rodó los ojos y se pasó el resto de la noche mirando partidos de vóleibol en su computador portátil, hasta que el capitán decidió que era hora de dormir y apagó las luces.
Al día siguiente, sin embargo, los Omegas notábamos las consecuencias del ejercicio físico. La efervescencia colectiva se diluyó con el dolor de los calambres y las agujetas que nos recibió la mañana siguiente, y ninguno fue capaz de salir de la cama, salvo —como era de esperarse— el idiota de Yaku, que saltaba como rana, calentando músculos.
—¡Se bueno y tráenos desayuno! —le pidió el capitán y todos coreamos apelando a su benevolencia.
Aunque rodó los ojos, llegó junto al profe Nekomata y el coach, todos transportando sendas bandejas repletas de bananas, zumo de naranja y yogur con granolas.
—Bueno, bueno, no esperaba que se encontrasen en mucha condición, pero nunca imaginé que quedarían tan destruidos, francamente… —habló el coach—. Es importante que recuperen sus fuerzas. Desayunen con calma, ordenen sus pertenencias, y luego asistan como espectadores. Yaku, si también quieres quedarte…
—Ni hablar. He venido hasta aquí a entrenar y eso es lo que haré.
Antes de irse a la práctica, Yaku me apartó a una esquina para hablar conmigo. No me sorprendió que estuviese otra vez enojado.
—Ayer fuiste el peor amigo, Kuroo. ¿Te acuerdas lo que me prometiste antes de venir hasta acá? Que me ayudarías con Kai, ¿y qué fue lo que hiciste? Te la has pasado pavoneándote entre los Alfas igual que nuestros descerebrados senpai.
—¡Pavoneándome! ¡Qué atrocidad dices! ¡Solo estaba poniéndome al día con un amigo!
—¿Solo era eso?
—¡Solo era eso!
—Bien, si solo era eso, ahora que ya te has puesto al día con el Maestro, no te preocupará quedarte con Kai el resto del día en lo que yo entreno.
—Pero…
—¡Prometiste que lo harías!
—Vale, vale. Seré su guardaespaldas, Yaku. Vete tranquilo.
—Pero acuérdate, ¿okey?
Miré de soslayo a donde estaba Kai. Se veía más tranquilo y sosegado que el día anterior, quizá porque la perspectiva de pasar el día observando desde las graderías significaba una mayor distancia con los Alfas. De todas maneras, había algo extraño en su mirada. Una suerte de miedo reprimido velaba sus ojos.
—Deja de ofenderme y ándate a la estúpida práctica, Yakkun. Yo estoy con Kai hoy.
Adoloridos y todos, nuestros senpai se arrastraron hasta las graderías, sentándose lo más cerca de los Alfas, exhibiendo sus camisetas mojadas sin pudor. Con Kai trepamos hasta lo más alto. Me sorprendió lo bien que se movía en comparación con nuestros senpai y yo mismo, y cuando se lo dije, admitió con vergüenza que no había amanecido con agujetas.
—¿Por qué estás tan raro? —le pregunté sin rodeos, no daba crédito que desperdiciara la oportunidad así como así—. Sé que fue una canallada que los senpai se hayan callado que en el campamento entrenaríamos junto a Alfas, pero en realidad no ha sido tan malo. Son tipos extraordinarios, y hemos visto caras conocidas entre ellos.
—Ajá…
—¿De verdad no te ha alegrado reencontrarnos con Konoha y Komiyan? ¿No te parece que ambos se veían estupendos?
Si bien lo dije usando el plural, la verdad solo me refería a Konoha. Konoha estaba estupendo. Komiyan era simpático y todo lo que quieras, pero ¡Ay madrecita santa! ¡Konoha! El calentamiento ya había terminado y Konoha se preparaba para servir. Vaya pectorales, vayas piernas, ¡y qué cabello tan brillante! ¡Cómo se abría en abanico cuando saltaba por los aires!
Se veía tan lleno de energía, que recordé lo abatido que parecía Konoha durante la cena, y sentí la necesidad de ayudarlo.
—Tu actitud ha sido muy infantil, Kai. Tú no sabes cómo de mal lo ha pasado Konoha.
—¿Mal?
—¿Por qué crees que dejó su escuela de integración? Es obvio que los Betas estuvieron retrasándolo y ahora que se encuentra en una escuela que no menosprecia sus capacidades, él se siente en desventaja junto a los Alfas que son tan competitivos, y si no fuera suficiente, tú lo esquivas y le haces la vida más difícil, ¡dale algún respiro!
Por supuesto, yo había llegado a estas conclusiones por mi propia cuenta. Pero en esos momentos, estaba convencido de que, de alguna manera, mi modo de razonar era una verdad científica irrebatible. La escuela de integración había minado la confianza de Konoha y por eso no lograba hallarse entre Alfas. Kai se estaba comportando como un cretino de primera al no prestar su apoyo a un viejo amigo. De pronto me sentí muy enfadado.
—Yo sé que tuviste una mala experiencia, Kai. Pero tú bien sabes que esas cosas están fuera de todo control. Cuando te explotan las hormonas, te explotan, es así.
Kai no quiso replicarme. Era imposible saber qué estaría pensando.
La técnica de las camisetas mojadas les reportó beneficios a nuestros senpai, y durante la hora del almuerzo, unos Alfas de tercer año los invitaron a unírseles a su mesa. Sin embargo, y tal como me hubo explicado Konoha, el almuerzo se desarrolló rápidamente, y apenas esos Alfas vaciaron sus platos, se levantaron. Nuestros senpai dejaron sus platos a medio terminar para seguirlos.
Yaku miraba aquella escena con malos ojos, pero se abstuvo. Cuando vi a Konoha levantarse, yo también me levanté igual que un resorte. Mis muslos se quejaron, pero de todas formas le di alcance.
—Estuviste genial, Konoha.
—Y tú… tú no estuviste —dijo con su sonrisa tan divina—, ¿tan mal quedaste de ayer?
—Lo sé, lo sé, lo siento, el ritmo ha sido demasiado duro… Pero oye, no he desaprovechado el tiempo. He hablado con Kai.
—¿Qué? Pero… ¿Qué?
—Creo que sigue resentido por… ya sabes… ¡pero no pongas esa cara! Yo creo que puedo convencerlo de que eres un buen tipo. Porque lo eres. No es como que esté vendiendo humo.
—No sé qué decirte… ¿De verdad harías eso?
—Sí, sí. Si insisto un poco más estoy seguro de que acabará entendiéndote.
—Eso sería genial, Kuroo…
Pero aunque parecía sorprendido de lo que le había dicho, una inquietud seguía tensándole las facciones del rostro.
—¿No debí hablar con Kai?
—No, no es eso. Solo… no quiero ponerte en esa posición, Kuroo. Debería ser yo quien le diera las disculpas a Kai. Creo que es lo que corresponde.
—¡Por supuesto! ¡Es lo que corresponde! ¡Puedo ayudarte en eso también! ¡Convenceré a Kai para que se reúna contigo y así puedas disculparte!
Sus facciones duras fueron cediendo. A Konoha le brillaban los ojitos.
—Realmente eres el mejor amigo que haya tenido.
En un arrebato de felicidad, me rodeó con los brazos y me levantó por los aires antes de irse corriendo. El momento completo duró tan solo unos segundos, pero me dejó adrenalínico y me evaporó todo el calambre de las piernas.
Me estaba acercando mucho a Konoha. Ahora era el mejor amigo que ha tenido. Tenía la confianza para contarme sus problemas, y me había abrazado. Con ese abrazo, hubo curado mis piernas. Era obvio. Estaba clarísimo. Konoha era mi Alfa destinado. Mi corazón bombeaba alegría a todo mi cuerpo.
. . . .
Otra vez me olvidé de Kai y con las piernas recuperadas, me uní al entrenamiento de la tarde. Obviamente cumpliría mi promesa con Konoha, pero no tenía nada de malo pasar más tiempo con él. Además, debía esperar un momento en que Kai estuviese menos a arisco. Al terminar la jornada, el coach Alfa informó a todos que habría un segundo campamento durante las vacaciones de verano, de una semana de duración. La alegría manaba a chorros de mi cuerpo.
Alfas y Omegas intercambiamos números. Aquel Alfa Bokuto se me acercó y me dijo que esperaba que me encontrase en mejor forma la próxima vez que nos viéramos. Por sus ojos turbulentos parecía asomarse un rayo de locura. En el trayecto de regreso nos la pasamos hablando de lo bien que fue el campamento y lo geniales que eran los Alfas.
La opinión del capitán resumía el pensamiento colectivo.
—En casa mi papá Alfa es genial y todo, pero no vibra como lo hacen estos chicos. Los seleccionados de Fukurodani parecían energía condensada en forma humana. Uno lo ve en la televisión y tal, pero es muy distinto verlo a experimentarlo. Son claramente otra raza.
Todos creímos que Yaku nos desafiaría por decir algo así, pero estaba tan agotado que ni enojarse le salía.
Llegué de muy buen humor a casa. Entré llamando a mi abuela por todo lo alto, corrí las cortinas para que entrara luz en la casa y revisé el frigo. Las viandas que dejé para mi abuela estaban intactas. Fuera de su habitación encontré la bandeja desayuno que le dejé la mañana anterior, ahora rancio. Con urgencia me abalancé sobre la puerta y abrí de golpe.
Estaba seguro que, debajo de la pila de ropa sobre la cama, encontraría su cuerpo sin vida. Aún respiraba, sin embargo, su estado de deshidratación era evidente. No logré hacer que bebiera ni un vaso de agua. No estaba seguro siguiera que me reconociese, y en mi desesperación, corrí por ayuda hasta la casa Kozume. La mamá de Kenma ordenó a su marido encender el carro mientras ella regresaba conmigo a buscar a mi abuela. Empapó una gaza en agua con la que mojó los labios de mi abuela y con su ayuda la arropamos con cinco abrigos, envolvimos sus pies en unos gruesos calcetines, y la subimos al carro rumbo al hospital.
—¿Cuanto tiempo lleva así? —me preguntó la señora Kozume. No estaba seguro, ni podía pensar—. No te angusties, esto no es culpa tuya.
La abuela estaba prácticamente en los huesos. El señor Kozume se consiguió una silla de ruedas una vez llegamos al hospital, y tras una rápida inspección, le inyectaron suero por intravenosa. Solo se aceptaba el ingreso de un acompañante, pero la señora Kozume consiguió que nos dejaran entrar a ambos.
—Está grave —habló el médico—. Podemos hospitalizarla, pero quedará con secuelas y seguramente vuelva a recaer en la misma situación.
—¿Qué tiene mi abuela? ¿De qué secuelas habla?
El médico miró de reojo a la señora Kozume.
—Lo más recomendable en estos casos es ingresarla en una residencia.
—¿Residencia? ¿Por qué mi abuela no puede volver a casa?
—¿Es hijo suyo? —preguntó el médico a la señora Kozume. Ella negó con la cabeza.
—Soy la vecina. Déjeme hablar con Tetsurou un momento.
Me llevó a la sala de máquinas y me compró un chocolate caliente. Tenía el estómago demasiado revuelto, pero el calor me reconfortaba.
—Ven, sentémonos.
—¿Se va a morir mi abuela?
La señora Kozume dudó un momento.
—Eventualmente, todos moriremos en algún momento. Tu abuela se encuentra grave, pero quizá pueda recuperarse. Lo que tiene tu abuela es un debilitamiento de lazo.
—¿Debilitamiento de qué?
—De lazo. Esto es algo frecuente entre Alfas y Omegas. Cuando nos encontramos, y nos mordemos, se forma entre ambos un vínculo, una conexión. A eso le llamamos lazo.
—Me hablaron de las almas enlazadas en clases de Autocuidado. La mordida del Alfa vivifica al Omega.
—¿Te dijeron qué sucedía si alguno moría?
—Sí, que había que entrar al programa de viudez para buscar un nuevo Alfa.
—¿Y te dijeron por qué?
Lo pensé un momento.
—¿Para llevar a cabo nuestro destino biológico?
La señora Kozume negó con la cabeza. Sentí sus manos acariciar mi cabellera, tratando al mismo tiempo de peinarla.
—La mordida no solo es beneficiosa para el Omega, también lo es para el Alfa. El vínculo que se forma es tanto espiritual como bioquímico y operan muchos cambios en los cuerpos de ambos enlazados. Por eso, cuando uno muere, es como si el otro perdiera la mitad de sus órganos, la mitad de su vida. La depresión puede ser muy grande. Son pocos los que prefieren la degeneración y seguir a su persona destinada. En algunos el proceso de degeneración dura apenas unas semanas, pero en otros el proceso es más gradual.
—Y el programa de viudez…
—Es un programa para crear un nuevo lazo. El compromiso es que debes engendrar un hijo con tu nueva pareja. Tu abuela, seguramente por su edad, prefirió no entrar al programa, y su llama se ha ido extinguiendo lentamente. Las residencias de la que hablaba el médico son residencias A/O de desenlaces. Ahí se encargan de darles los cuidados necesarios en esta etapa. No quiero darte falsas esperanzas, hay casos en que los internados han logrado recuperarse, pero tu abuela ya tiene una edad…
—Pero… ¿y si la metemos al programa de viudez a la fuerza y le conseguimos un alfa? Estoy seguro…
—Incluso si tu abuela llegase a encontrar un nuevo Alfa —me interrumpió la señora Kozume—, incluso si eso sucediera, ya es demasiado tarde. Está muy deteriorada. Lo entiendes, ¿cierto?
—¿Entonces cuál es el sentido de meterla en una residencia si no se va a sanar?
—La calidad de vida es importante también. Tú estás estudiando, Tetsu-kun, y tu abuela necesitará muchos cuidados —me empezaron a asomar algunas lágrimas—. Pero siempre puedes ir a visitarla, ¿sabes? Mi madre Omega tampoco quiso entrar al programa de viudez cuando falleció mi Madre Alfa. La trataron bien. Yo iba a visitarla todos los fines de semana. Creo que tiene su dignidad. Es duro, pero como te digo, todos moriremos algún día. Y si sabes que ya se acerca tu momento, mejor hacerlo de buena manera.
Una lágrima finalmente resbaló por mi mejilla, pero no tenía nada que ver con mi abuela.
Después de haber oído a la señora Kozume, me daba cuenta que mi Papá Omega no estuvo jamás enlazado a mi Papá Alfa. No fue mordido por mi Papá Alfa. Por eso tampoco calificó para la pensión de viudez. La imagen de Konoha apareció en mi mente y otra lágrima abandonó mis ojos. Mis padres me habían dado a luz, pero quizá mis padres jamás se habían amado. Quizá solo los unió el hecho de que yo llegué a este mundo.
Mis padres no estuvieron enlazados.
. . . .
Trasladaron a mi abuela a una residencia esa misma noche. Como era menor de edad y mi abuela figuraba como mi tutor legal, volví a entrar en el sistema de asistencia social. Me harían una nueva evaluación y nuevamente me insistirían para que me inscribiera en una agencia matrimonial.
La imagen de Konoha volvió a inundar mi mente.
Si tan solo tuviese un Alfa…
En la entrada de la escuela me encontré con Yaku. Su rostro se contrajo del disgusto, no quiso saludarme. Lo seguí. Yaku estaba terco.
—Kuroo, ni me mires. Estoy tan enfadado contigo que ni sé por dónde empezar.
—Internaron a mi abuela, Yaku.
—De acuerdo —Yaku se detuvo, pero se negaba a mirarme—. Pacto de paz temporal. ¿Qué ha sucedido?
Le expliqué la situación. Cuando acabé, Yaku pensaba.
—Y yo estaba más que dispuesto a no perdonarte en la vida por lo que me hiciste el fin de semana y que pagaras por tu cretinez hasta la eternidad. Qué chungo lo de tu abuela. ¿Pero tú cómo te sientes?
—No sé, Yaku. Me siento mal porque creo que debería sentirme peor. Luego de lo de mi Papá Omega… es verdad, no le he dicho a Konoha lo de mi Papá Omega.
—¿Disculpa?
—Debería decírselo, ¿cierto? Lo de mi papá Omega y lo de mi abuela. Él debería estar enterado de estas cosas que son tan importantes para mí.
—Oye, pero qué haces. Trae el teléfono, no llames al Maestro.
—No voy a llamarlo, solo le escribiré.
Yaku trató de robarme el teléfono.
—Detente, Kuroo, es una pésima idea. Joder, no puedo creer que tenga que ser yo la niñera de todos los Omegas. Entrégame tu teléfono. Ahora. Kuroo basta, ven aquí. No estás pensando bien y es normal, porque ahora tú no eres tú. Tú eres un caldo de hormonas que se deja guiar por el instinto.
—¿Y qué tiene de malo? El instinto es bueno, es superbueno.
Yaku me echó su apestosa colonia y aprovechó para robarme mi teléfono,
—¡Regrésamelo!
Yaku siguió rociándome cuando intenté abalanzarme sobre él.
—¡Por qué te crees que tienes derecho sobre mí! ¡Estúpido Yaku! ¡No te valdrá de nada porque también conozco su correo electrónico!
Yaku dejó de forcejar y me regresó el teléfono.
—¡Como quieras! ¡Pero que sepas que te estás equivocando! ¡Y cuando te des cuenta yo no voy a recoger tus pedazos! ¡Pacto de paz anulado!
Le escribí a Konoha que se habían llevado a mi Papá Omega a rehabilitación, que quizá su matrimonio con mi Papá Alfa fue una farsa, y que ahora mi abuela estaba ingresada en el hospital porque seguía vinculada a mi abuelo muerto y esperé su mensaje de regreso.
Y, milagro de milagros, me respondió casi enseguida.
Que era muy injusto. Que lo sentía mucho. Que, si necesitaba desahogarme, podía contar con él, porque éramos buenos amigos. Luego me preguntó si había podido hablar con Kai.
«¡Es verdad! Con tanta cosa no me ha dado tiempo, pero ya lo coordino».
Ni tonto ni perezoso, fui a encarar a Kai. Lo encontré de pie frente a una máquina expendedora comprando algo que desayunar.
—Konoha está deseando hablar contigo, Kai. Dime cuándo puedes.
Kai se agachó a recoger un paquete de galletas de arroz. Parecía muy concentrado en sus acciones. Después de una larga ceremonia, me dijo que no quería hablar con él, que estaba cansado. No podía dar crédito a lo que oía.
—De verdad que estás siendo muy cruel. Konoha solo quiere volver a ser tu amigo y tú lo rechazas, ¿por qué? ¿De verdad no has podido superar lo que sucedió en el taller?
Kai se quedó rígido, incapaz de replicar.
—Hay que seguir adelante, Kai. No te puedes estancar en el pasado. Konoha también quiere seguir adelante, pero tu actitud lo frena. Si hablaras con él descubrirías que sus intenciones son buenas.
—¿De verdad crees que solo se trata de eso? ¿Solo le interesa disculparse?
—Sí, por supuesto, ¿qué más iba a ser? Él me lo dijo.
—Kuroo…
—Cien por ciento seguro.
Yo, entonces, estaba seguro de que así había sido. Pero Kai actuaba muy receloso.
—Insisto, Konoha te dijo explícitamente que su insistencia obedece a que solo quiere pedirme disculpas. Solo eso. Y ya está.
—Te repito que sí. Kai, es que como no has hablado con él, no sabes lo angustiado que se siente. Pero yo sí hablé con él, y puedo darte fe de ello.
—Bueno… si lo pones así… quizá haya malinterpretado sus intenciones…
—¡Por supuesto!
—Pero…
—Basta con tus «peros», Kai. Los «peros» son prejuicios infundados. ¿Te parece si le digo a Konoha que se vean hoy después de clases? Y cierras por una vez este tema pendiente.
—Me gusta lo de «cerrar».
—¡Perfecto! ¡Está convenido! ¡Le diré a Konoha!
Sin darme cuenta, acababa de concertar una cita entre Kai y Konoha. Era todo un celestino.
. . . .
Tras el entrenamiento de vóleibol, estuve vigilando todo el tiempo a Kai, no se le ocurriera fugarse o algo por el estilo. Creo que Kai también parecía pendiente de mí. Se aseó y vistió poniendo mucho cuidado, como si quisiera alargar la espera, o como si quisiera perderme de vista. No me fui. Una vez estuvo arreglado, lo agarré del brazo y juntos nos encaminamos hasta la salida.
Konoha ya se encontraba en la acera del frente, a la sombra de un gran nogal. Agitó sus manos al reconocernos. Empujé a Kai para que fuera por delante. Se saludaron con torpeza. Me despedí de ambos y me quedé de pie observando sus figuras empequeñecerse.
Yaku llegó corriendo. Parecía agitado.
—¿Por qué Kai se va con el Maestro?
—Porque es necesario, Yaku. Ni Kai ni Konoha pueden seguir así. Ambos necesitan arreglar sus traumas, y cuando eso suceda, Konoha se pondrá muy feliz y me lo agradecerá y yo no tendré que ingresar a una agencia matrimonial.
—Qué modo de razonar tan absurdo es ese.
—Es cierto que todavía no tengo la entrevista con la asistente social, pero obviamente me van a recomendar para entrar a una agencia matrimonial. Pero cuando vean que ya tengo un Alfa…
De pronto me encontraba en el suelo: Yaku me había derribado de un derechazo.
—¡Tú realmente no entiendes nada! ¡Te prometo que no voy a recoger tus pedazos!
Salió corriendo en la dirección de Konoha y Kai, pero alcancé a taclearlo y lo inmovilicé de las piernas. Yaku se retorcía intentando liberarse, y me era difícil porque tenía mucha fuerza. Compañeros de clase formaron un corro alrededor, observando el espectáculo. Cuando Yaku pareció rendirse lo solté. Entonces me di cuenta de que Yaku lloraba.
—Tú realmente no entiendes nada de nada.
Me hizo a un lado y sobándose los mocos se fue caminando cabizbajo hasta su casa.
