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KuroVerso
Alerta: AU!Omegaverse distópico
Disclaimer: personajes no son míos
I. Test de Identidad Completa de la Sexualidad
El examen no se alargó más de lo normal, y fue bastante rutinario. Cuando salí de la sala de toma de muestras, me acompañó hasta casa un mal presentimiento.
Varios de mis compañeros mostraron síntomas de su celo durante los últimos años de primaria. Los que no nos habíamos determinado antes de los trece, debíamos inscribirnos para el Test de Identificación Completa de Sexualidad, conocido de ordinario como TICS.
De acuerdo con la nueva ley de regulación familiar, quienes no habíamos mostrado síntomas del segundo sexo al cumplir los trece años estábamos en la obligación de someternos al TICS. No tenía costo para las familias, y las propias escuelas gestionaban el trámite. En cada formación, en cada acto o ceremonia, oíamos el eslogan de la campaña familiar: «defínete definiéndote». Lo escribíamos en la clase de caligrafía, lo bordábamos en la clase de costura. No había niño que no lo comprendiera: solo una persona que se encuentra definida puede cumplir con el destino biológico codificado en su ADN. Si estás definido, la nación te ayudará a llevar a cabo tu destino biológico. Y llevando a cabo tu destino biológico, La Nación se volverá más grande. Nos lo enseñaban desde que empezábamos los estudios en la escuela primaria. No había nadie quien no comprendiera la importancia de definir tu sexo secundario.
Una vez obtenidos los resultados de la TICS, las mismas escuelas tramitaban tu Carné de Identidad Sexual, o CIS. Desde que se promulgó la nueva ley, no se podía postular a la educación secundaria sin estar inscrito en el sistema. Era obligatorio llevar la CIS siempre contigo.
La mayoría de los jóvenes que no habían manifestado indicios de celo antes de los trece resultaban Betas, cuyo potencial procreador venía determinado por su sexo primario, pero aquel no era mi caso. Al ser hijo de una pareja A/O, las probabilidades de que yo poseyera un sexo secundario eran absolutas, y por ello resultaba urgente que me sometiera al TICS antes de iniciar la educación secundaria.
Por mis características físicas, todo parecía indicar que yo sería un Alfa. Era alto para mi edad, ya tenía vello púbico, y los genitales de mi sexo primario se habían desarrollado. Ciertamente, no necesitaba haber experimentado mi celo para sentirme uno de ellos. Uno se daba cuenta de esas cosas. Además, era muy hábil en deportes, poseía un temperamento travieso, y pecaba de cierta tendencia inherente a salirme con la mía, características típicas con las que se describía a los príncipes Alfas de los cuentos de hadas. Cuando preguntaba a mis profesores, nadie parecía dudar. El único que no opinaba al respecto, era papá Omega.
Me decía:
—No deberías darlo por hecho, o podrías llevarte una decepción muy grande.
—No me llevaré una decepción. Yo no tengo nada contra los Omegas. Pero yo no soy uno de ellos.
En la escuela nos enseñaban de que los Omegas eran muy importantes para la construcción de sociedades fuertes. Si bien los Alfas son los líderes más audaces, los atletas más fuertes, y los administradores más prácticos, no son nada sin el apoyo de un buen Omega que los libre de toda carga mundana.
Los Omegas, en cuanto a compañeros de vida de los Alfa, son claves para el desarrollo de La Nación. Y por ello, La Nación necesitaba que los Omegas cumplan con su destino biológico. Mientras más hijos tuvieran los Omegas, más Alfas nacería. Y La Nación necesitaba Alfas que se encargaran de dar solución a los problemas difíciles de esta era. En el colegio cantábamos canciones y recitábamos poemas al respecto. Los Omegas eran importantes, claro que sí. No los despreciaba. Tenía un padre Omega que había cumplido con su destino biológico, y me sentía orgulloso de él. Pero yo no era uno de ellos, me daba cuenta de ello. Me lo decía mi reflejo en el espejo, mi ficha de salud. Yo no sería un paridor de soluciones, sino un resolvedor de problemas. Un Alfa.
Por ello me picaba un poco que mi celo se demorase tanto. Cuando me encontraba en la misma habitación que un Alfa o un Omega, podía percibir cierto tufillo a feromonas, sin que despertase pasiones en mí. Tampoco era capaz de distinguir por el aroma si acaso me encontraba en compañía de un Alfa o un Omega, pero podía discriminarlos perfectamente de los Betas.
Los que veníamos de familias A/O fuimos citados al Centro de Planificación Familiar de nuestro distrito, una vez acabadas las vacaciones de verano. Fue ahí donde conocí a Kai y a Yaku. Quedamos los tres en el mismo grupo de evaluación. La enfermera que montaba guardia nos pasó lista, al tiempo que nos entregaba un vasito plástico con un gel viscoso en su interior. Tenía sabor a naranja.
Yaku era un muchachito delgaducho y menudo, con el rostro lozano de niño imberbe. Desprendía un ligero aroma, muy peculiar, que me produjo un rechazo casi instantáneo. Era un aroma algo picante, algo ahumado, que me generaba disgusto instantáneo.
—Por qué me miras con esa cara, imbécil —me reclamó con su rostro de niño.
—¿Y cómo quieres que te mire sino con esta cara, eh?
La enfermera de guardia nos dio el primer aviso de advertencia.
—Eres tú el que va provocando con tus hormonas a punto de reventar —gruñí, tratando de no abrir la boca—. Tú no necesitas el TICS. Ya se ve lo que vas chorreando.
—¿Y qué te crees? ¿Que la situación me agrada?
—Cuidado. No me hables en ese tono.
Estaba seguro de que aquel muchachito menudo y maleducado sería un Omega, una especie de instinto escondido me lo gritaba. Me sentía extraño en su presencia. Quizá, yo también estaba a punto de reventar. Repasé el gusto a naranja que se había impregnado a mis dientes. Me preguntaba si mi sensibilidad se debería al gel ingerido, o a la presencia de aquel muchachito.
Kai, en cambio, no parecía mostrar rasgos de lo uno o lo otro. Si acaso estaba nervioso, no se le notaba. No percibía aromas, agradables o desagradables, emanando de él.
—¿Y tú qué? ¿También provienes de una familia A/O? —le espetó Yaku a Kai.
Sin alterar en ningún momento su sonrisa, Kai respondió que no lo habrían citado de no ser así. Yo me habría conformado con esa respuesta, pero Yaku traía mala leche en las venas.
—No lo creo. Tú debes provenir de una familia B/O. Se te nota en el aroma.
—Querrás decir, en la falta de aroma —lo corregí con toda la intención de picarlo. Yaku alzó una ceja.
—Tú cállate. Te haces el bravo porque estás seguro de lo que eres, pero cuando recibas tus resultados te llevarás una sorpresa —y agregó—: no eres lo que piensas. Tú y yo somos más parecidos de lo que podría imaginar.
—¡Cómo te atreves! —salté, irguiéndome todo lo alto que era.
Yaku también se puso de pie, sacando pecho. Era ridículo, lo superaba por más de una cabeza. Qué se creía la rata asquerosa. ¿Que me podía desafiar? ¿A mí?
Un golpe me cruzó la cara. La enfermera había desenvainado una vara y nos había abofeteado a los tres. A Kai también.
—¡Qué he dicho! ¡A callar todo mundo!
Transcurrido treinta minutos desde la ingesta del gel, nos hicieron pasar a cada uno a un box individual. El técnico que me atendió me hizo desnudarme de pies a cabeza. Luego de registrar mi altura y mi peso en mi ficha, me pidió recostarme en la camilla. Tomó las medidas de mis genitales, comprobó mi reflejo escrotal, y sopesó mis testículos en sus palmas. Volvió a registrar notas en la ficha. Me pidió abrir más mis piernas y se bajó el barbijo para sentir mi aroma. Parpadeó confundido.
—No mires —me regañó—, recuéstate en la camilla y relájate.
Volvió a pasar su nariz por mi entrepierna. Me daba cuenta de que algo lo hacía dudar. Asomó la cabeza fuera del box y le pidió a una enfermera que llamara a un tal Doctor Blanco.
—¿Sucede algo? —pregunté.
—No, no te preocupes, es puro procedimiento. Dice tu ficha que provienes de una familia A/O, ¿cierto? —preguntó, volviendo a sus apuntes; asentí—. Háblame un poco de tus progenitores.
—Ambos son hombres —empecé—. Papá Alfa murió cuando tenía ocho años. Desde entonces, Papá Omega trabaja en un buró de abogados como secretario.
El enfermero se rascaba las sienes.
—¿Por qué trabaja? ¿Tu padre Omega no calificaba para la pensión de viudez?
—Papá Omega dice que la pensión no cubre todos los gastos de la casa…
—Ah, Doctor Blanco —me interrumpió el técnico, entregándole mi ficha al recién llegado—, tengo ciertas dudas de la prueba olfativa del paciente 256AO, ¿Usted podría…?
El recién llegado era un hombre recio, de piel pálida y barba rubia. Llevaba prendida a su bata el broche de los Alfas. Después de un rápido vistazo a los papeles, se dirigió a mi entrepierna, y con un movimiento muy rápido, pasó su nariz sobre mis genitales. Abrió mucho los ojos, y volvió a hacer una segunda inspección, con más calma.
—Esto es extraño. ¿De qué clase de familia proviene?
—A/O, hombres ambos —respondió el técnico.
El Doctor Blanco comprobó por su propia cuenta mi reflejo escrotal. Tras meditarlo un momento, me pidió ponerme en cuatro patas. Sin avisar, me ensartó un termómetro en el ano.
—Vístete, muchachito —Observó la marca en el termómetro y luego se lo entregó al técnico, a quien dijo—: registra la temperatura en la caja de «observaciones» y gestiona una muestra de sangre adicional para un estudio de electroforesis.
Ya vestido, el técnico me acompañó hasta la sala de muestra. La enfermera llenó dos tubos con mi sangre y los regresó al técnico, quién los rotuló con mi número de serie. Empezaba a sentirme afiebrado.
—El gel exacerba los rasgos secundarios —me explicó el técnico—. No sería raro que se te desencadenara el celo dentro de la semana.
—Perdón, ¿qué era lo extraño en mi aroma?
—Nada que deba preocuparte. Los resultados tardan no más de dos días, pero dado que hemos añadido una electroforesis, se demorarán un poco en llegar, no te impacientes. Comunicaremos tus resultados a la escuela, para que puedan realizar el trámite de inscripción oportunamente, y obtengas así tu CIS cuanto antes.
Fuera de la sala de muestras, unos técnicos subían a Yaku a una silla de rueda. Estaba pálido, y había llegado a tal nivel de transpiración, que parecía salido de una piscina. Incluso en ese estado, hizo acopio de fuerzas para dirigirme su mirada más venenosa. Su aroma intenso me picaba la garganta y me producía arcadas.
Abordé autobús junto a Kai. Ambos mostramos al chofer nuestras credenciales de estudiantes de primaria.
—¿Tú no sentiste el aroma de ese chico Yaku? —le pregunté. Siempre sonriendo, Kai negó con la cabeza—. Hay algo que no me cuadra… ¿Te pidieron una electroforesis?
—¿Una qué?
—Nada. Olvídalo.
Me bajé del autobús antes que Kai, preguntándome si nos volveríamos a ver. Pasé de largo de mi casa, y me enfilé en dirección a la casa de los Kozume. A mi amigo Kenma le había llegado su celo al inicio del año. Era mi único amigo Omega hasta la fecha. Quería comprobar una cosa. Lo encontré en su habitación jugando videojuegos. Últimamente, Kenma se la pasaba jugando viodeojuegos. Olfateé el aire. No había ni un tufillo a feromonas. En cambio, me daba cuenta de que no hace mucho se había comido una ración de pastel de manzana.
—¿Cómo te fue en la TICS? —me preguntó cuando me sintió entrar en su habitación, con la vista fija en la pantalla de su consola—, ¿ya te dijeron que eres Alfa?
—Los resultados tardarán en llegar. Además, me pidieron una electroforesis.
—¿Una qué…?
—No tengo idea.
—¿Por qué?, ¿algo fue mal…?
—No lo sé. No me quisieron decir —Me senté junto a Kenma, quien no dejó su consola en ningún momento. Suspiré, tratando de capturar su atención—. Sucedió algo extraño. Había un chico allí, flaquito, menudo, un Omega en toda regla, y al finalizar su examen, creo que se le desencadenó su celo.
—Oh, ¿de verdad?. Eso debió ser incómodo.
—El asunto es que sentí su aroma… pero no me atrajo para nada.
—Ya. No tiene nada de raro en tu condición, puesto que todavía no te ha llegado el celo.
—No me estás entendiendo… ¿puedes dejar la consola de lado un momento? Lo que trato de decir es que fue lo opuesto a atracción. No es que no haya sentido nada. Es que sí sentí, y lo odié. Me produjo un profundo rechazo. Me picaba la garganta, sentía ganas de vomitar, era un aroma insoportable.
Kenma dejó su consola a un lado. Sus ojos, que asemejaban rendijas, se clavaron en los míos.
—Eso es raro. ¿Estás seguro de que era un Omega?
—Sí.
—Descríbelo, a él y su celo.
Le describí su aspecto físico y lo que logré atisbar de su celo, a las afueras de la sala de toma de muestras.
—¿Alguna vez has sentido algo así? ¿Por otro Omega, o por algún Alfa?
—Pues… —dudó al responder, y sus mejillas se tornaron escarlatas—. Tomo supresores, Kuroo. Ya no siento muchos aromas.
—¿Qué crees que me suceda?
—Quizá no seas el Alfa fuerte que pensábamos.
—No me digas eso.
—Quizá solo podrás reproducirte empleando tu sexo primario.
—Ya basta, ¿por qué me dices cosas tan horribles?
—Si no quieres escucharme, entonces no me preguntes. Tú viniste aquí buscando una opinión, y te la he dado.
—¿Será posible que, entre dos Alfas, sus feromonas…?
—No. No trates de darte falsas esperanzas. En la escuela jamás han dicho que algo así suceda.
Volví a casa más preocupado que antes. No me atrevía a compartirle mis dudas a Papá Omega, pero cuando me preguntó, unos gruesos goterones me resbalaron por el rostro. Estaba asustado. El TICS fue una experiencia incómoda. ¿Por qué los médicos no me dijeron nada? ¿Acaso no sabían qué me sucedía? ¿O era preferible que yo no supiera, por eso se callaron lo que ya sabían? Quizá, ocurría que yo era una persona sin un destino biológico. Esa idea me aterraba más que nada.
Papá Omega me abrazó. No me pidió explicaciones. Me envolvió en sus brazos, y aunque ya medíamos lo mismo, lo sentía más grande que nunca.
Al cabo de una semana, mi celo seguía dormido en lo más profundo de mí. En cambio, a otros tres compañeros de mi grado se les activó el celo. Mi profesora me avisó que la jefa del departamento de Educación Sexual me esperaba en su despacho. Llamé a la puerta antes de entrar.
Me explicó que los resultados de mi TICS habían llegado a la escuela, y me entregó en mis manos, una carta certificada dirigida a mi nombre. Sopesé el sobre entre mis manos. Adentro había una carta, y una larga cadena de la cual colgaba una placa de plata con la inscripción de mi sexo secundario.
—Pero esto no puede estar bien —balbuceé, sorprendido.
Balanceé la placa ante mis ojos. No era necesario leer la carta, en todo caso lo hice, si acaso había algún error. Debía de haber algún tipo de error. Yo, Kuroo Tetsurou, había resultado ser un Omega, y a partir de aquel momento, debía identificarme ante la sociedad como un Omega. La carta me indicaba que, dentro del mes, debía ofrecer todas las facilidades a mi institución educacional, a fin de que mi registro en el sistema nacional se realizara sin contratiempos. Que, hasta no emitido mi CIS, debía cargar conmigo el certificado adjunto en la misiva, el cual fungiría como carné provisorio, y que mi credencial de estudiante de primaria sería desactivada en las próximas 24 horas. Por último, me listaba las obligaciones, deberes y derechos generales de los Omegas, y me daban la bienvenida en el cumplimiento de mi destino biológico.
¡Sí! ¡Un Omegaverse! Honestamente, ni idea si acaso logre continuar la idea. El fin de HQ me ha llevado a desbloquear estos niveles de fanfiquer (?). A los intrépidos, gracias por leer.
En mi profile he colgado un link de un post en el cual hablo un poco de la población A/B/O... un estudio algo loco de distribución poblacional, muy ñe, pero que comparto de todas maneras.
jc
