Capítulo 1: El milagro

Estaba sola, en casa. Se había pasado semanas llorando, con una presión en el pecho que nunca nadie debería soportar.

La caída que tuvo le enseñó que no tenía a nadie a quien recurrir. Y también le recordó aquella lección que tanto había intentado olvidar: nunca tendría a nadie.

Se pasó días viendo películas, casi sin enterarse de lo que sucedía a su alrededor, sin sentir el pasar del tiempo. Solo quería aliviar el dolor de su pecho. Y entonces, la encontró.

Encanto.

Y se volvió una obsesión. Ella quería una familia como los Madrigal. Ella necesitaba una familia como los Madrigal. Que se quisieran, que se sacrificaran, que estuvieran presentes.

Sus canciones fueron las únicas melodías que aliviaban su dolor. Y, después de ver la película por 5 vez, entendió que la canción Waiting for a miracle era suya. Ella también esperaba un milagro.

Quiso morir. Quiso morir para ver si así podía llegar hasta ese mundo irreal que tanto necesitaba. Y esa noche, mientras estaba sola en su habitación, murmuró la letra de la canción para sí misma, durmiéndose con lágrimas en los ojos y los auriculares en los oídos.

Y, al igual que Mirabel obtuvo su milagro, ella también lo consiguió. Su cuerpo se quedó frío y sus facciones se relajaron.


Notó un calor agradable a su alrededor. Y sintió que la dejaban en el suelo. Su cuerpo estalló en sensaciones de dolor y sufrimiento, pero ella no se movió. Estaba demasiado cansada. Su mano empezó a sentirse fría, y podía notar el correr del agua.

Y los gritos.


'¡Señora Alma! ¡Necesitamos su ayuda!' gritó uno de los padres de los niños que jugaban junto al río. Traía a una niña en brazos, completamente magullada y llena de heridas, inconsciente. 'Los niños la encontraron en el río. No sabemos de quién es ni qué le ha pasado, pero...'

'No importa, ¡Julieta! ¡Trae algo de sopa! ¡Pepa, Bruno, traed mantas y cojines!' Pepa y Bruno colocaron las mantas y los cojines en el suelo, y pusieron a la niña encima. Pepa miró con curiosidad y algo de preocupación, mientras que Bruno se veía inquieto al haber tanta gente en la casa. Habían venido todos los padres, preocupados por el estado de la niña.

Julieta llegó con un cuenco lleno de sopa y se arrodilló a su lado. La señora Alma incorporó a la niña e intentó despertarla. La niña entreabrió los ojos y Julieta aprovechó para ponerle el cuenco en los labios. 'Bebe'.

La niña bebió un pequeño sorbo y sus heridas parecieron curarse. Sin embargo, ella volvió a quedar inconsciente.

'Muy bien. Amigos, la niña se recuperará, pero hay que encontrar a sus padres, que seguro estarán preocupados por ella. Por ahora, mis hijos y yo la acogeremos y la cuidaremos. ¿Podríais vosotros buscar a sus padres?'

'No hay problema' respondió una madre. 'Nosotros nos encargaremos de buscar a los padres mientras la cuidáis'

Dicho esto, los padres se marcharon y empezaron a preguntar a vecinos y amigos, mientras que Alma cogía en brazos el cuerpo de la niña. 'La llevaremos a la habitación de invitados. Niños, venid conmigo'

Los trillizos siguieron a su madre, cada uno pensando una cosa diferente. Cuando Alma colocó a la niña en la cama, miró a sus hijos 'Julieta, Pepa, ¿habéis terminado vuestras tareas?' Ambas negaron con la cabeza y Alma suspiró. 'Está bien. Bruno,' miró a su hijo pequeño y vio cómo se tensaba su pequeño cuerpo. 'hoy no tienes por qué ir al pueblo, nadie ha pedido ninguna visión. Te quedarás aquí vigilándola, y me avisarás si se despierta. Yo tengo unos asuntos de los que ocuparme. Y vosotras, id a trabajar. Ya habéis hecho todo lo que se podía por ella'

Las niñas salieron de la habitación -no sin antes mirar una última vez a la extraña niña aparecida- y fueron a hacer sus quehaceres.

'Mamá, ¿dónde estarás? No me quiero quedar a solas con ella...' dijo Bruno mientras acariciaba sus propias manos para calmar su ansiedad. 'Brunito, tranquilo. Estaré en mi habitación, pero tú te tienes que quedar aquí, ¿vale? Confío en ti'

Alma salió y cerró la puerta, dirigiéndose a su propia habitación. Bruno se quedó mirando la puerta unos segundos, inquieto, y luego se volvió lentamente a mirar a la chica.

Sería de su edad, más o menos, piel clara y pelo castaño, llegando hasta sus hombros. Sus brazos llenos de lunares. Se preguntó de qué color eran sus ojos, ya que no los había visto antes, y se quedó mirándolos e imaginando diferentes colores.

De pronto, se encontró a sí mismo mirando a unos ojos azules claros, y pensó que eran muy bonitos.

'¿Qué...? ¿Dónde...? ¿Eh?' dijo la chica al despertar y encontrarse cara a cara con Bruno. Fue en ese momento que Bruno entendió que la chica estaba despierta y dio un salto hacia atrás, asustado.

'V-Voy a a-avisar a mi madre...' Bruno empezó a andar lentamente hasta la puerta, como si la chica fuese a saltar sobre él si hacía algún movimiento brusco.

'No... No me dejes sola, por favor...' la chica se incorporó, lo miró entrecerrando los ojos y Bruno vio como se colocaba una mano en el pecho. Ella cerró los ojos y empezó a respirar lentamente. Sus pestañas empezaron a llenarse de lágrimas que ella intentaba retener.

Le estaba dando un ataque de pánico. Acababa de despertar, vete a saber dónde, vete a saber con quién, sin poder ver bien porque no tenía sus gafas y le estaba dando un ataque de pánico. ¿O era de ansiedad? Ella ya no sabía diferenciarlos, solo quería que se acabase, quería dejar de llorar e intentar entender qué sucedía. Pero sus lágrimas empezaron a caer y no quería quedarse sola. Tenía mucho miedo.

'E-Está bien... N-No me voy...' dijo Bruno mientras cambiaba el peso de un lado a otro y jugaba con sus dedos sin quitarle la vista a la chica. Parecía que empezaba a ahogarse, sus respiraciones cada vez más irregulares y entrecortadas, y su mano apretando cada vez más su pecho.

'Yo... Lo siento... No...' La chica no dejaba de intentar respirar, pero no podía y su ataque cada vez iba a más.

Bruno se acercó a ella lentamente y, con bastante miedo, le cogió la mano que tenía libre. Ella abrió los ojos y le miró, revelando de pronto unos ojos azules oscuros, que parecían brillar con luz propia. Bruno le sonrió tímidamente y le apretó la mano suavemente.

Ella se quedó mirándole, con los ojos vidriados de las lágrimas y poco a poco recuperó el control de su respiración. Aún le dolía el pecho y, tras el ataque de pánico, también le empezó a doler la cabeza.

Ella quería ponerse de pie, empezar a preguntar cosas y entender otras, para calmarse. Sin embargo, al ponerse en pie demasiado rápido, su cabeza le jugó una mala pasada y se mareó. Su migraña empeoró y cerró los ojos mientras se volvía a sentar, aún sin soltar la mano de Bruno, como si esa fuese su ancla.

Bruno notó el dolor en su expresión y sacó una arepa de queso de uno de sus bolsillos sin que ella lo viese. 'S-Sé que no es gran cosa...' Ella abrió los ojos y le volvió a mirar. Miró la mano que le ofrecía la arepa y la cogió. 'Gracias' Probó un bocado y su migraña se alivió bastante, al igual que el mareo y, en menor medida, la presión del pecho. Sus ojos volvieron al azul pálido que Bruno había visto la primera vez.

Se lo comió lentamente, en algún momento soltando la mano de Bruno, y cuando terminó se quedó mirando el suelo un instante. Se vio demasiado cerca del suelo y se volvió a poner de pie. Ella de por sí era bajita, ¿pero esto? Esto era distinto. Se miró las manos y las vio pequeñas. Miró sus pies y también eran demasiado pequeños. ¿Era porque no tenía las gafas y eso le estaba jugando una mala pasada? ¿O sucedía algo más?

'¿Dónde...? ¿Dónde estoy?' Miró a Bruno. '¿Quién eres?'

'Estás en mi casa y... um... Soy Bruno. Bruno Madrigal'