»» Sᴇꜱꜱʜᴏᴍᴀʀᴜ'ꜱ POV««

ᴅɪꜱᴄʟᴀɪᴍᴇʀ: ꜱᴏʟᴏ ʟᴀ ᴀᴅᴀᴘᴛᴀᴄɪᴏɴ ᴍᴇ ᴘᴇʀᴛᴇɴᴇᴄᴇ.

ᴘᴇʀꜱᴏɴᴀᴊᴇꜱ: ɪɴᴜʏᴀꜱʜᴀ-ʜɴʏ ʀᴜᴍɪᴋᴏ ᴛᴀᴋᴀʜᴀꜱʜɪ

ʜɪꜱᴛᴏʀɪᴀ: ʟᴜᴄᴀ ᴠɪᴛɪᴇʟʟᴏ ᴄᴏʀᴀ ʀᴇɪʟʟʏ

ʀᴀᴛɪɴɢ ᴍᴀ: ᴄᴏɴᴛᴇɴɪᴅᴏ ᴇxᴘʟɪᴄɪᴛᴏ.


«« UNO »»

SESSHOMARU 9 AÑOS…

Inuyasha y yo nos sentamos en el comedor, con los ojos fijos en la puerta, esperando a madre. El toque para la cena había sonado hace mucho tiempo.

Nuestra niñera Kaede estaba de pie contra la pared, mirando hacia el reloj del aparador y luego de vuelta a nosotros. Nuestro tío rara vez comía con nosotros, pero madre siempre lo hacía; al menos la cena, incluso cuando apenas podía estar de pie. Siempre llegaba a tiempo por si mi tío decidía presentarse.

¿Dónde estaba?

¿Estaba enferma?

Ayer se veía blanca, excepto por las manchas azules y amarillas en su rostro y brazos donde nuestro tío la había disciplinado. A menudo hacía las cosas mal. Era difícil no hacer nada mal con él. Una cosa que estuvo bien ayer podría estar mal hoy. Inuyasha y yo a menudo confundíamos una con la otra y también éramos castigados.

Inuyasha tomó su cuchillo y lo hundió en el tazón las tempuras que habían dejado de humear, antes de deslizar la hoja con una pieza en su boca.

Kaede chasqueó la lengua.

—Un día te cortarás.

Inuyasha empujó el cuchillo de nuevo y comió una vez más, su barbilla sobresaliendo obstinadamente.

—No lo haré.

Decidí que era suficiente y me puse de pie. No estaba permitido levantarse antes de comer la cena, pero tío no estaba en casa, así que yo era el amo y dueño de la casa porque Inuyasha era dos años menor que yo.

Rodeé la mesa. Y Kaede dio un paso en mi dirección.

—Sesshomaru, no deberías… —su voz se fue apagando mientras veía mi rostro.

Cada día me parecía más a él, si bien nuestro físico era diferente nuestras actitudes eran similares. Por eso me tenía más miedo que a Inuyasha. Eso, y porque iba a ser Oyabun. Pronto, sería yo quien castigaría a todos por hacer las cosas mal.

Ella no me siguió cuando avancé a través de los pasillos.

—¿Madre? La cena está lista.

Izayoi no era mi madre biológica, mi madre había muerto cuando dio a luz, pero me había criado desde una temprana edad y para mí era una madre.

Volví a llamar pero no obtuve respuesta. Salí al rellano y me acerqué a la habitación de madre. La puerta estaba entreabierta.

La última vez que eso sucedió, la encontré sollozando en su cama, pero estaba tranquilo adentro. Deslicé la puerta abriéndola, tragando con fuerza. Estaba demasiado tranquilo. La luz se derramaba a través de la puerta abierta del baño.

Abajo, escuché la voz de mi tío. Había llegado a casa del trabajo. Probablemente estaba enojado porque no estaba sentado en el comedor. Debí haber ido a disculparme, pero mis pies me llevaron hacia la fuente de luz.

Nuestros baños eran de un blanco inmaculado pero, por alguna razón, un brillo rosado se reflejaba en la habitación. Avancé hasta el marco de la puerta y me quedé inmóvil. El suelo estaba cubierto de sangre. La había visto lo suficientemente a menudo para reconocerla, y su olor, con un toque metálico y algo dulce, era aún más dulce hoy a medida que se mezclaba con el perfume de madre.

Mis ojos siguieron el río de sangre, luego la cascada seca de rojo tiñendo la tina blanca hasta un brazo colgando flojo. La carne blanca se separaba, dando paso a un rojo oscuro por debajo.

El brazo pertenecía a madre. Tenía que ser ella, incluso si parecía alguien ajeno. Como con una máscara rígida, sus ojos de un color castaño opaco. Me estaban mirando, tristes y solitarios.

Me acerqué unos pasos más.

—¿Madre? —Otro paso—. ¿Mamá?

No reaccionó. Estaba muerta. Muerta. Mis ojos registraron el cuchillo en el suelo. Era uno de los de Inuyasha, un cuchillo negro Karambit. Ella no tenía sus propias armas.

Se había cortado a sí misma. Era su sangre. Miré a mis pies. Mis calcetines estaban empapados con el líquido rojo. Me tambaleé y resbalé, cayendo hacia atrás, gritando. Mi trasero golpeó el piso duro y mi ropa se empapó en su sangre, pegándose a mi piel.

Me puse de pie y salí corriendo, con la boca abierta, la cabeza palpitante, los ojos escociendo. Choqué con algo. Mirando hacia arriba, encontré el rostro furioso de mi tío fulminándome. Me pegó fuerte en la cara.

—¡Deja de gritar!

Mis labios se cerraron de golpe. ¿Había gritado? Parpadeé ante él pero se veía borroso. Me agarró por el cuello, sacudiéndome.

—¿Estás llorando?

No estaba seguro. Sabía que no estaba permitido llorar. Nunca lloraba, ni siquiera cuando él me hacía daño. Me golpeó aún más duro.

—Habla.

—Madre está muerta —murmuré.

Mi tío frunció el ceño, fijándose en la sangre de mi ropa. Pasó junto a mí hacia el dormitorio.

—Ven —ordenó. Noté a sus dos guardaespaldas en el pasillo con nosotros. Me observaban con una mirada en sus ojos que no entendía.

No me moví.

—Sesshomaru, ven —siseó.

—Por favor —dije. Otra cosa prohibida: rogar—. No quiero volver a verla.

Su rontro se retorció de rabia, y me preparé. Estuvo sobre mí y me agarró del brazo.

—Nunca más. Jamás dirás esa palabra otra vez. Y basta de lágrimas, no habrá otra repugnante lágrima más, o quemaré tu ojo izquierdo. Todavía puedes ser un hombre de la mafia con un ojo.

Asentí rápidamente y me sequé los ojos con el dorso de mi mano. No peleé cuando me empujó de nuevo al baño y no volví a llorar, solo miré el cuerpo en la bañera. Solo un cuerpo. El rugido en mi pecho se calmó lentamente. Solo era un cuerpo.

—Patética —murmuró—. Puta patética.

Mis cejas se fruncieron. Las mujeres con las que se encontraba cuando no estaba en casa eran putas, pero madre no lo era. Era su esposa. Las putas se encargaban de él para que así no lastimara tanto a madre. Eso es lo que ella me explicó. Pero no funcionaba.

—¡Uno! —gritó tío.

Entró uno de los guardaespaldas. Su nombre no era "Uno", pero él no se molestaba en aprender los nombres de los shatei de bajo rango y les daba números en su lugar.

Uno se paró detrás de mí, y cuando tío inspeccionó a madre más de cerca con una sonrisa cruel, me apretó el hombro. Lo miré fijamente, preguntándome por qué lo estaba haciendo, qué significaba, pero su mirada estaba enfocada en mi tío, no en mí.

—Haz que alguien limpie este desastre y llama a Menomaru. Tiene que encontrarme una esposa nueva.

Mi cerebro tropezó con lo que había dicho.

—¿Esposa nueva?

Takemaru entrecerró sus ojos.

—Cámbiate de ropa y actúa como un maldito hombre, no un niño. —Hizo una pausa—. Y busca a Inuyasha. Necesita ver qué clase de puta cobarde era su madre.

—No —dije.

Takemaru me miró fijamente.

—¿Qué dijiste?

—No —repetí en voz baja. Inuyasha amaba a nuestra madre. Le dolería.

Takemaru miró hacia la mano que aún estaba en mi hombro, luego a su guardaespaldas.

—Uno, golpéalo hasta hacerle entrar en razón.

Uno retiró su mano y, con una breve mirada a mi rostro, comenzó a golpearme. Caí de rodillas, volviendo a empaparme en la sangre de madre. Apenas sentí los golpes, solo miré el rojo sobre el piso blanco.

—Para —ordenó Takemaru, y los golpes se detuvieron. Miré de nuevo a él, mi cabeza resonando, mi espalda y estómago ardiendo. Me observó a los ojos durante mucho tiempo, y le devolví la mirada. No. No. No. No buscaría a Inuyasha. No lo haría aún si Uno me seguía golpeando o no. Estaba acostumbrado al dolor.

Su boca se estrechó.

—¡Dos! —El guardaespaldas Dos entró de inmediato—. Busca a Inuyasha. Sesshomaru solo seguirá manchando de sangre las costosas alfombras persas.

Casi sonreí porque había ganado. Intenté ponerme de pie para detener a Dos, pero Uno agarró mi brazo con fuerza. Luché y casi me liberé, pero entonces apareció Inuyasha en la puerta y me detuve.

Los ojos dorados de Inuyasha se abrieron cuando vio a nuestra madre y la sangre, luego su cuchillo junto a la bañera. Takemaru hizo un gesto hacia madre.

—Tu madre te abandonó. Se suicidó.

Inuyasha solo miró.

—Agarra tu cuchillo —ordenó Takemaru.

Inuyasha entró tambaleante, y el agarre de Uno en mi brazo se apretó. Padre me echó un vistazo, luego de nuevo a mi hermano, quien recogió el cuchillo con manos temblorosas.

Odiaba a Takemaru. Lo odiaba tanto.

Y odiaba a madre por hacer esto, por dejarnos con él.

—Ahora límpiense, los dos.

Inuyasha permaneció inmóvil, mirando su cuchillo ensangrentado fijamente. Agarré su brazo y lo saqué de ahí, tropezando detrás de mí. Lo llevé a mi habitación, después al baño. Todavía miraba su cuchillo. Lo arranqué de su mano y lo sostuve bajo el grifo, limpiándolo con agua caliente para deshacerme de la sangre seca. Mis ojos escocían, pero tragué con fuerza.

Sin lágrimas. Nunca más.

—¿Por qué usó mi cuchillo? —preguntó Inuyasha en voz baja.

Cerré el grifo y lo sequé con una toalla, luego se lo tendí. Después de un momento, sacudió su cabeza, retrocediendo hasta que chocó contra la pared, antes de hundirse en su trasero.

—¿Por qué? —murmuró, con los ojos llenos de lágrimas.

—No llores —siseé, cerrando rápidamente la puerta del baño en caso de que Takemaru entrara a mi habitación.

Inuyasha sobresalió la barbilla, entrecerrando los ojos mientras empezaba a sollozar. Me tensé y agarré una toalla limpia antes de arrodillarme delante de mi hermano.

—Deja de llorar, Inuyasha. Para —dije en voz baja. Empujé la toalla en su rostro—. Sécate las lágrimas. Takemaru te castigará.

—No me importa —dijo Inuyasha atragantándose con las palabras—. No me importa lo que haga. —Sus palabras resultaron ser falsas por la temblorosa nota de terror en su voz.

Eché un vistazo hacia la puerta, preocupado por haber escuchado pasos. Todo estaba en silencio a menos que nos estuviera espiando, pero probablemente estaba ocupado encargándose del cuerpo de madre. Tal vez le diría a su Saiko-komon Menomaru que la arrojara en la fosa Chidorigafuchi. Me estremecí.

—Toma la toalla —le ordené.

Inuyasha lo hizo finalmente y la pasó bruscamente sobre sus ojos rojos. Le tendí el cuchillo nuevamente. Él lo miró críticamente.

—Tómalo.

Apretó los labios.

—Inuyasha, tienes que tomarlo. —Takemaru no le permitiría deshacerse de él. Mi hermanito al final alcanzó el cuchillo y enroscó sus dedos alrededor del mango—. Es solo un cuchillo —le dije, pero yo también solo podía ver la sangre con la que había estado cubierto.

Él asintió y se lo metió en el bolsillo. Nos miramos el uno al otro.

—Ahora estamos solos.

—Me tienes a mí —dije.

Sonó un golpe en la puerta y puse a Inuyasha de pie rápidamente. La puerta se abrió y Kaede entró. Sus ojos se arrugaron a medida que nos veía. Su cabello castaño, que usualmente llevaba en un moño, estaba por todas partes como si hubiera arrancado la redecilla bruscamente.

—El amo me envió a ver si se estaban preparándose. Su Saiko-komon estará aquí muy pronto. —Su voz tenía una nota extraña que no reconocí, y sus labios temblaron mientras sus ojos se disparaban entre Inuyasha y yo.

Asentí. Ella se acercó y tocó mi hombro.

—Lo siento mucho. —Retrocedí, alejándome del toque. La fulminé con la mirada, porque eso no hacía más fácil el no llorar.

—No lo hagas —murmuré—. Ella era débil.

Kaede retrocedió un paso, mirándonos a Inuyasha y a mí, su expresión cayendo.

—Dense prisa —dijo antes de irse.

Inuyasha deslizó su mano en la mía.

—La voy a extrañar.

Bajé la vista a mis pies, a mis calcetines cubiertos de sangre, sin decir nada porque habría sido débil hacerlo. No se me permitía ser débil. Jamás.

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Jaken aterrizó un duro golpe en mi estómago. Caí de rodillas, jadeando. Kaede dejó sus agujas de tejer con una aspiración aguda. Antes de que él pudiera aterrizar un golpe en mi cabeza, rodé y me puse de pie, luego levanté mis puños cerrados.

Jaken asintió.

—No vuelvas a distraerte.

Apreté los dientes y ataqué, fingiendo un golpe alto, luego estrellé mi puño contra su costado. Él gruñó, pero después saltó hacia atrás. Jaken me había estado dando lecciones de lucha desde que tenía tres años.

Jaken se apartó de mí.

—Serás imbatible cuando seas mayor.

Quería ser imbatible ahora para así evitar que Takemaru nos lastime. Ya era mucho más alto y más fuerte que los otros niños en la escuela, pero necesitaba ser aún más fuerte. Comencé a sacarme mis guantes.

Jaken se volvió hacia Inuyasha, que estaba sentado en el borde del ring de boxeo, con las piernas levantadas contra su pecho, y un ceño fruncido en su frente.

—Es tu turno.

Mi hermano no reaccionó, mirando en blanco hacia el lugar. Le arrojé mi guante de boxeo. Jadeó, frotándose un lado de la cabeza, desordenando su cabello negro, luego frunció el ceño.

—Tu turno —dije.

Se puso de pie, pero podía decir que estaba de mal humor. Sabía por qué, pero en realidad esperaba que él se lo guardara para sí.

—¿Por qué no estamos en el funeral de mamá?

Kaede se estaba dirigiendo hacia nosotros. Le arrojé mi segundo guante.

—Cállate.

Él estampó su pie.

—¡No! —Saltó del ring de boxeo y se avanzó enojado hacia la puerta del gimnasio. ¿Qué estaba haciendo?

—¡Inuyasha! —grité, persiguiéndolo.

—¡Quiero despedirme de ella! No es justo que esté sola.

¡No, no, no! ¿Por qué tenía que decir algo así cuando otros estaban cerca? No miré de vuelta a Jaken y Kaede, pero sabía que habían oído cada palabra.

Agarré el brazo de Inuyasha poco antes de la salida y lo empujé hacia atrás.

Intentó sacudirme, pero era más fuerte que él. Me miró con los ojos llorosos.

—Deja de llorar —susurré ásperamente.

—¿No quieres despedirte? —preguntó con voz ronca.

Mi pecho se apretó.

—Ella tampoco se despidió de nosotros. —Solté a Inuyasha, y comenzó a llorar otra vez, Kaede puso su mano en su hombro, pero no en el mío. Había aprendido. Cada vez que había intentado consolarme en los últimos días, la había sacudido.

—Está bien estar triste.

—No, no está bien —dije con firmeza. ¿Acaso no entendía? Si Takemaru se enteraba que Inuyasha estaba llorando por nuestra madre, especialmente cuando Jaken estaba alrededor, lo castigaría. Tal vez quemaría su ojo como había amenazado con hacerme. No podía dejar que eso pase. Eché un vistazo a Jaken que estaba a unos pasos atrás, desenvolviéndose la cinta de su muñeca.

—Nuestra madre era una pecadora. El suicidio es pecado. No merece nuestra tristeza —repetí lo que el sacerdote me había dicho cuando visité la iglesia con Takemaru. No lo entendía. Matar también era un pecado, pero el sacerdote nunca le decía nada a Takemaru sobre eso.

Kaede negó con la cabeza y tocó mi hombro con una mirada triste. ¿Por qué tenía que hacerlo?

—No debería haberlos dejado solos.

—Tampoco es que alguna vez estuvo en realidad ahí para nosotros —dije firmemente, conteniendo mis emociones dentro de mí.

Kaede asintió.

—Lo sé, lo sé. Tu madre…

—… era débil —siseé, alejándome de su toque. No quería hablar de ella.

Solo quería olvidar que ella alguna vez existió, y quería que Inuyasha dejara de mirar el estúpido cuchillo como si eso fuera a matarlo.

—No —susurró Kaede—. No te vuelvas como él, Sesshomaru.

Eso es lo que la abuela Setsuna había dicho antes de morir.

La abuela se veía demasiado delgada y pequeña. Su piel parecía demasiado grande para su cuerpo, como si la hubiera tomado prestada de una persona el doble de su tamaño.

Me sonrió de una manera que nadie nunca me sonreía y estiró su arrugada mano. La tomé. Su piel sintiéndose como papel, seca y fría.

—Toga fue un buen hombre. Se hizo de una reputación y gobernó todo Kanto con solo 25 años. —La abuela había acogido a padre de joven cuando sus padres murieron. —Fue otro hijo para mí.

—Shhh, mi tío no debe escucharte —susurré. Mi tío detestaba que hablaran de él.

—Él estaría tan orgulloso de ti —dijo con su voz cada vez más distante.

—No te vayas —le exigí. Tío dijo que moriría pronto. Por eso me había enviado a su habitación, para entender la muerte, pero ya lo hacía.

La abuela apretó mi mano ligeramente.

—Te cuidaré desde el cielo.

Negué con la cabeza.

—No podrás protegernos cuando estés ahí arriba.

Sus ojos castaños lucieron amables.

—Pronto no necesitarás más protección.

—Los gobernaré a todos —susurré—. Y entonces mataré a mi tío para que así ya no pueda lastimar a Inuyasha y madre.

La abuela tocó mi mejilla.

—Takemaru mató a tu padre para así poder convertirse en Oyabun.

Mis ojos se abrieron por completo. Tenía tantas preguntas, tanta rabia, pero la abuela pronto se iría.

—¿Lo odias por eso?. —La abuela siempre me contaba lo mucho que quiso a mi padre.

—No —respondió—. Tu abuelo era un hombre cruel. No pude proteger a Takemaru de él convirtiéndose en alguien cruel. —Su voz se tornó más áspera y muy baja, así que tuve que inclinarme para escucharla—. Es por eso que intenté protegerte de él, pero fracasé otra vez.

Sus párpados revolotearon y soltó mi mano, pero me aferré a ella.

—No te vuelvas como ellos, recuerda lo que te he contado de tu padre, Sesshomaru.

Cerró los ojos.

—¿Abuela?

Fruncí el ceño, luego miré a Jaken que estaba observando todo con los brazos cruzados. ¿Había escuchado lo que había dicho Kaede? Takemaru estaría enojado con ella. Muy enojado.

Giré sobre mis talones y avancé hacia él, parándome justo frente a él y entornando los ojos.

—No escuchaste nada.

Las cejas de Jaken se alzaron. ¿Creía que estaba bromeando?

No había mucho que pudiera hacer. Takemaru tenía todo el poder.

—No le dirás nada a nadie, o le diré a mi tío que hablaste mierdas de él. Soy el heredero. Me creerá.

Jaken dejó caer los brazos.

—No tienes que amenazarme, Sesshomaru. Estoy de tu lado.

Con eso, giró sobre sus talones y entró en el vestuario. Takemaru siempre decía que estábamos rodeados de enemigos. ¿Cómo se suponía que supiera en quién podía confiar?

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SESSHOMARU, 11 AÑOS…

Los gritos desgarraron mi pesadilla, a través de las imágenes de riachuelos rojos sobre blanco. Me senté, desorientado, escuchando gritos y disparos. ¿Qué estaba pasando?

Una luz se encendió en el pasillo, probablemente por los sensores de movimiento. Rodé hasta el borde de mi futón cuando se abrió la puerta. Un hombre alto que nunca había visto se detuvo en la puerta, su arma apuntando hacia mi cabeza.

Me quedé helado.

Iba a matarme. Lo podía ver en su expresión. Lo miré fijamente a los ojos, queriendo morir con mi cabeza en alto como un hombre de verdad. Una pequeña sombra se adelantó detrás del hombre y, con un grito de batalla, Inuyasha saltó sobre su espalda. El arma se disparó y me sacudí cuando un dolor lacerante me cortó en todo el centro.

La bala pasó mucho más debajo de lo que se suponía. Me habría matado si no hubiera sido por Inuyasha. Las lágrimas salieron rápidamente de mis ojos, pero tropecé fuera de la cama y saqué mi arma de la mesita de noche. El hombre levantó el cañón hacia Inuyasha. Alcé mi arma, apunté a su cabeza como Jaken y Uno me habían enseñado, y entonces apreté el gatillo. La sangre salpicó por todas partes, incluso sobre el rostro en shock de Inuyasha. Por un momento, todo pareció detenerse, incluso el latido de mi corazón, y luego todo se aceleró.

El hombre cayó hacia adelante y se habría llevado a mi hermano con él si no hubiera vuelto a saltar al último momento, todavía luciendo aturdido. Parpadeó hacia mí, después miró hacia el cuerpo. Arrastró su mirada de vuelta hacia mí lentamente, deteniéndose en mi vientre.

—Estás sangrando.

Aferré la herida en mi costado, temblando por la fuerza del dolor. Me temblaba la mano con la pistola, pero no la dejé caer. Disparos y gritos todavía sonaban abajo. Asentí hacia mi armario.

—Escóndete ahí.

Inuyasha frunció el ceño.

—Hazlo —dije bruscamente.

—No.

Me tambaleé hacia él, casi desmayándome por el dolor agudo en mi cuerpo. Agarré a Inuyasha del puño de su pijama y lo arrastré hacia el armario. Luchó, pero lo empujé dentro y giré la cerradura. Inuyasha golpeó contra la puerta desde el interior.

—¡Déjame salir!

Temblando de ansiedad y dolor, me arrastré por los pasillos, hacia la sala de estar desde donde venían los sonidos. Cuando entré, vi a Takemaru agachado detrás de unos muebles en un concurso de disparos con otros dos hombres. Ambos estaban de espaldas a mí. Los ojos de Takemaru se movieron hacia mí, y por un momento, consideré no hacer nada. Lo odiaba, odiaba cómo nos hacía daño a Inuyasha y a mí, e incluso a su nueva esposa Tsubaki.

Aun así, levanté la mano y disparé a uno de los hombres. Takemaru se encargó del otro. El hombre cayó al piso agarrándose su hombro. Takemaru pateó el arma y luego le disparó en ambos pies. En algún lugar en la casa oí más disparos, después pasos pesados. Uno entró tambaleante, sangrando por una herida en su cabeza.

Takemaru frunció el ceño.

—¿Mataste a todos?

Uno asintió.

—Sí. Le dieron a Dos.

—No deberían haber llegado tan lejos como lo hicieron —murmuró.

Sin previo aviso, apuntó su pistola en Uno y apretó el gatillo. Grité de sorpresa cuando el hombre cayó al suelo junto a mí. Lo había conocido toda mi vida.

Mis piernas cedieron, mi herida palpitaba. Takemaru me contempló mientras levantaba su teléfono y hablaba.

—Envía al Doc, y ven con Onigumo. Nadie más hasta que sepa quiénes son las ratas.

Takemaru se acercó a mí y me puso de pie bruscamente. Sosteniéndome en posición vertical, apartó mi mano de mi herida sangrante. La palpó, y mi visión se volvió negra a medida que retrocedía bruscamente en agonía. Takemaru me sacudió.

—Contrólate. No te mueras.

Mis ojos se abrieron despacio. Takemaru sacudió la cabeza y luego me soltó, y me hundí de nuevo en el suelo. Me apoyé en mis manos, jadeando.

Takemaru salió de la habitación, dejándome solo con el atacante que gemía mientras intentaba huir arrastrándose. Cuando volvió, llevaba una cuerda. Ató al hombre y luego sacó su cuchillo y lo apoyó contra el antebrazo del hombre. Gritó cuando comenzó a cortar la piel de su carne. Es como pelar una manzana.

Eso es lo que Takemaru siempre decía, pero una manzana no chillaba ni suplicaba.

Acunando mi estómago sangrante, observé incluso cuando la bilis subió por mi garganta. Takemaru siguió mirando en mi dirección. Sabía que me castigaría si apartaba la vista. Los gritos resonaron en mis oídos, y me estremecí. Mis brazos cedieron y mi mejilla chocó contra el duro suelo. La estática en mis oídos pronto ahogó los gritos, y entonces todo se tornó negro.

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Los kumichos y so-honbucho esperaban en la sala de estar de nuestra mansión. Takemaru se paraba en el medio y me hizo señas hacia adelante. Cada ojo en la habitación me siguió a medida que me dirigía hacia él. Sostuve mi cabeza alta, intentando parecer más alto. Era alto para mi edad, pero aun así los hombres que me rodeaban se alzaban sobre mí.

Me veían como si fuera algo que nunca antes hubieran visto.

Me detuve justo enfrente de Takemaru.

—El iniciado más joven que Kanto ha visto —anunció él, su voz resonando en la habitación—. Once años y ya es mucho más fuerte y cruel de lo que cualquiera podría desear.

El orgullo se hinchó en mi pecho. Takemaru nunca había sonado orgulloso de mí, nunca había mostrado el menor indicio de que Inuyasha o yo fuéramos más que una carga. Enderecé los hombros, intentando parecer un hombre en mi traje negro y zapatos de punta.

—Nuestros enemigos susurrarán tu nombre con miedo, has sido un hijo para mí, mi heredero.

Sacó un cuchillo y extendí mi mano, sabiendo lo que iba a venir. No me estremecí cuando Takemaru cortó mi palma. Él me había cortado muchas veces antes para hacerme fuerte para este día. Cada vez que me estremecía, me cortaba nuevamente y echaba jugo de limón o sal en mi herida hasta que aprendí a esconder el dolor.

—Nacido en sangre, jurado en sangre. Entro vivo y salgo muerto —dije firmemente.

—Eres un hombre de la yakuza, de Kanto Sesshomaru. Matarás y mutilarás en mi nombre. Romperás y quemarás.

Un hombre fue arrastrado a la habitación. No lo conocía ni sabía lo que había hecho. Estaba cubierto de moretones y sangre. Sus ojos hinchados se encontraron con los míos y me rogaron. Nunca nadie me había mirado de esa forma, como si tuviera todo el poder.

Takemaru asintió y me tendió el cuchillo, el mismo cuchillo con el que se había suicidado mi madre Izayoi. Lo acepté y luego me acerqué al hombre. Luchó contra el agarre de los nuevos guardaespaldas de Takemaru, pero no lo soltaron. Mis dedos se apretaron alrededor del mango. Todos estaban observándome, esperando una pizca de debilidad, pero era el heredero de Takemaru, algún día sería Oyabun. Balanceé mi mano de lado rápidamente, llevando el cuchillo a lo largo de su garganta. El corte fue desordenado y la sangre brotó, salpicando mis zapatos y camisa. Di un paso atrás mientras los ojos del hombre se ensanchaban. Cayó al suelo, con los ojos horrorizados mirándome a medida que convulsionaba y se ahogaba.

Vi como la vida se drenó de él.

Dos días después, las palabras más importantes de mi vida fueron tatuadas en mi pecho, haciéndome un hombre de la yakuza de por vida. Nada sería más importante que Kanto.

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»»NOTAS DE AUTOR««

Mis reinas no saben como me costó este capitulo, entre todo el show del calor y eso... pero aparte es doloso este capítulo. Solo así se fundó la relación de Inuyasha con Sesshomaru en este universo. Como saben en la novela original no los cría su tío, si no su padre que es un bastardo sadico... y los protas son hijos de la misma madre, pero igualmente se suicida.

Con mi Beta dialogamos que si la abuela hubiese sido Irasue pero dije que sería raro que Irasue fuera madre y no esposa de Toga. xD Creo que no hubiera quedado mal...pero amo el drama.

Cualquier error me avisan porque traigo un sueño, wuieten que siga dejando el glosario? o solo las palabras nuevas?.. Gracias por sus comentario 3

Ya estoy en WATTPAD Usuario Setsuna_sama Historia 304456020

GLOSARIO

Existen clanes con nombres definidos pero por practicidad se nombrarán por la región, familia o prefectura que gobiernan.

Clan Taisho: Región Kanto; sede Tokio; prefecturas Ibaraki, Tochigi, Gunma, Saitama, Chiba, Tokio y Kanagawa

Clan del Alba: Región Chubu; sede Yamanashi; prefecturas Niigata, Toyama, Ishikawa, Fukui, Yamanashi, Nagano, Gufy, Shizuoka y Aichi.

Clan pendiente*: Región Chugoku; sede Hiroshima; prefecturas Tottori, Shimane, Okayama, Hiroshima y Yamaguchi.

Yakuza Crimen organizado de Japón

Oyabun El Jefe de la Región

Kobun Miembro de la Yakuza dividido en:

Kumicho Jefe general/prefectura (Daiku segundo al mando en caso de arresto);

Saiko-komon Consultor principal

So-honbucho Jefe de sedes/municipio

Wakagashira Administra sedes divididas bandas; Shateigashira Jefe de la banda

Otras categorías son:

Shigiiin asuntos legales Kaikei contadores Komon negociadores

Kyodai jefe inmediato Shatei subordinados

Oji-san Miembros que se unen cuando son ancianos