Disclaimer: Black Clover y sus personajes pertenecen a Yūki Tabata.


-Secuelas-

Parte I. Linaje


Despertó completamente sobresaltada, con el corazón latiéndole con insistencia dentro del pecho y un leve sudor frío recorriéndole la frente. Se sentó de golpe, pero tuvo que tumbarse de nuevo por el mareo que aquel movimiento tan brusco y repentino le provocó.

Cerró los ojos con fuerza mientras se tapaba la cara con la mano. No reconocía el colchón ni la habitación que había visto en los efímeros segundos en los que pudo enfocar la vista. Tampoco el tacto de las sábanas era el mismo ni la almohada y ni siquiera el camisón verde que llevaba puesto era suyo.

Una punzada de dolor se coló en sus sienes al recordar el sueño que la había despertado de forma tan abrupta: Yami se desvanecía ante sus ojos, se convertía en polvo, y la sangre se mezclaba con las cenizas de sus huesos, que se consumían sin que ella pudiera hacer nada.

Realmente, así había sucedido, así que, aunque un poco más sórdido, ese sueño solo representaba la realidad. Yami había muerto unas cuantas semanas atrás y ella, por más que había jurado que lo salvaría en varias ocasiones, solo se convirtió en una mera espectadora de su partida, que fue la experiencia más dolorosa que jamás había sentido en sus adentros.

Desde ese día, todo su mundo se había desmoronado, se había convertido en escombros, y su alma en un ente errante que no sabía donde posarse, porque parecía que su cuerpo ya no tenía disponible un lugar para ella.

Algunos simplemente la consolarían diciéndole que al menos había tenido la oportunidad de confesarse y de que sus sentimientos fueran correspondidos durante los seis meses de entrenamiento que llevaron a cabo antes del secuestro de Yami y el enfrentamiento contra la Tríada Oscura, pero aquellas palabras estaban vacías para Charlotte, porque había sido feliz como jamás lo logró ser y ahora aquel sentimiento de genuina alegría ya no existía. Y tal vez, no existiría para ella nunca más.

Aquellos seis meses fueron cortos pero muy intensos. Charlotte, pocos días después de que el incidente con los elfos tuviera fin, decidió darle un regalo a Yami en agradecimiento. Era algo bastante nimio y sin verdadera importancia —o eso pensaba ella al menos—, pero la reacción del hombre fue todo lo que no esperaba.

Le costó mucho entregarle el regalo, incluso tuvo que hacer el intento en varias ocasiones, pero cuando Yami lo vio, se le cambió la cara por completo. Era una simple hebilla para el cinturón con forma de rosa. Un simple detalle que pensó que no tendría relevancia alguna, pero se equivocó.

En uno de los pasillos menos transitados del Palacio Real y justo después de una reunión de capitanes, Yami besó a Charlotte ante su más verdadera sorpresa. Pero le correspondió. Llevaba tantos años tras esa respuesta que su cuerpo se movió solo. Tal vez no era la confesión que había imaginado, pero el momento le había resultado muy especial, porque ninguno de los dos titubeó o dudó, mostrando así sus sentimientos con verdad. Claro que cuando el beso terminó, Charlotte no pudo evitar esconder su rostro en el pecho del hombre, presa de la vergüenza. Él solo se rio y la abrazó durante algunos segundos.

Tras aquel instante, comenzaron a verse a solas sin que nadie lo supiera. No era momento para anunciar una relación formal entre dos capitanes que estaban a punto de enfrentarse a una de las más grandes amenazas que el mundo entero había vivido. Por eso, lo mantuvieron en secreto, prometiéndose que lo revelarían cuando volvieran a casa sanos y salvos. El problema fue que uno de los dos jamás volvió.

Habían sido los mejores meses de la vida de Charlotte, pero se le habían deslizado entre las manos con una facilidad asombrosa y que la asustaba. Ya solo quedaba el recuerdo… y eso sería lo único que le quedaría de él para siempre.

Se giró en la cama y sintió unas ligeras náuseas, pero pudo controlarlas. Llevaba al menos una semana teniendo vómitos constantes, sin dormir ni comer nada. Entonces lo recordó. Probablemente, estaba en una de las habitaciones del Hospital de Caballeros Mágicos. Lo último de lo que se acordaba era de que estaba en su despacho y sintió un mareo muy fuerte. Después, todo se volvió negro, y solo poseía en su mente fragmentos de la voz de Sol llamándola con preocupación.

Escuchó la puerta abriéndose e hizo todo el esfuerzo que pudo para sentarse en la cama y recibir a su visitante, que no era otro que Owen, que seguramente vendría a regañarla por su deplorable estado. Sintió de nuevo el dolor punzante instalado en su sien derecha y supuso que tendría una herida provocada por la caída.

El médico por fin entró, cerró la puerta y se colocó de pie, justo al lado de la cama. La miró con intensidad y reprobación.

—Charlotte, me alegra que te hayas despertado ya —dijo, aunque su semblante no acompañaba sus palabras.

—Gracias. ¿Qué hago aquí? —profirió con voz débil y se dio cuenta de que no recordaba demasiado bien cómo sonaba, porque no hablaba prácticamente con nadie desde que Yami murió.

—Te desmayaste y te golpeaste la sien con el escritorio de tu despacho. Nada demasiado grave, pero estás muy débil, así que has estado durmiendo dos días.

—¿Muy débil? Estoy perfectamente…

—Charlotte, ¿a quién pretendes engañar? No me hace falta ser médico para darme cuenta de que estás más pálida de lo normal, de que tienes unas ojeras enormes y de que has bajado de peso notablemente.

La mujer desvió la mirada con algo de bochorno. Se sentía como cuando era una niña pequeña y su madre —en las pocas ocasiones en las que le hizo caso— la regañaba. No respondió nada, porque sabía perfectamente que Owen tenía razón. Se limitó a permanecer en silencio, esperando a que la reprimenda continuara o a que el doctor se marchara y la dejara tranquila de una vez.

—Tienes que cuidarte más. —Lo vio carraspeando, como si estuviera nervioso por lo que iba a decir a continuación. Y no era para menos, porque las palabras que salieron de su boca cambiaron para siempre la vida de la Capitana de las Rosas Azules—. Estás embarazada, Charlotte.

—¿Qué? —preguntó con sorpresa mientras clavaba su mirada azul en los pequeños ojos de Owen.

—Estás embarazada —repitió—. Y si sigues maltratándote así, el bebé también sufrirá. Tienes que dormir más, empezar a alimentarte bien y descansar un poco del trabajo. Vas a tener un embarazo muy complicado debido a estas primeras semanas, así que piensa en el bienestar de los dos, ¿vale?

Los ojos de Charlotte expulsaron dos lágrimas silenciosas, que se resbalaron con premura por sus mejillas. Había escuchado las palabras perfectamente, pero aún no había podido asimilarlas bien.

—¿Por qué…? —susurró con tristeza.

Owen no le contestó. No pudo, más bien. Porque sabía que no era un interrogante sobre cómo funcionaba el proceso de la reproducción humana, sino que probablemente se estaba preguntando por qué le sucedía algo así justo en el momento de su vida en el que más perdida y menos preparada para ser madre estaba.

—¿Es hijo de Yami?

Charlotte asintió con la mirada fijada en un punto inexacto. No tenía sentido ocultarlo. De todas formas, ella misma se había delatado con aquella reacción tan visceral ante el cadáver de Yami, mientras lo abrazaba y se lamentaba por su suerte, por la de ambos y por su futuro juntos, que quedó completamente quebrado.

—Me iré para que descanses un rato, ¿de acuerdo?

La mujer volvió a asentir, se tumbó en la cama, dándole la espalda a Owen y se tapó. Al escuchar la puerta cerrándose por completo, las lágrimas volvieron a escurrirse por la superficie de su rostro, sin que ella hiciera nada para apartarlas o reprimirlas.

—¿Por qué me has dejado sola, Yami…?


Yami se tumbó en el pasto y miró hacia el cielo. Dio una calada larguísima a su cigarro mientras se sostenía la cabeza con los antebrazos y el humo pareció relajarlo al punto de casi dejarlo dormido. Miró hacia su lado y vio a Charlotte mirándolo con desaprobación. Cierto: odiaba que fumara. Se quitó el cigarro de los labios y lo apagó. La miró de nuevo y le sonrió. Y ella, aunque quería no dar su brazo a torcer tan pronto, le correspondió al gesto enseguida.

Movió un poco la mano contra el césped, indicándole a la mujer que se tumbara a su lado y lo hizo. Se quedaron en silencio y Yami sujetó su mano mientras miraban las estrellas.

Charlotte nunca había hecho cosas así. En el pasado, le parecía una pérdida de tiempo tumbarse en cualquier sitio a observar la noche, pero ahora podía comprobar su encanto. Suponía que la compañía ayudaba mucho.

—¿Sueles hacer a menudo esto?

—Bueno… Depende. Cuando necesito pensar, sí.

—Creía que estas situaciones en las que uno piensa se llevan a cabo a solas.

Yami sonrió y pasó uno de sus brazos por debajo de los hombros de Charlotte para atraerla hacia su cuerpo y poder abrazarla.

—Sí, pero estoy muy bien contigo, así que igualmente pienso. No me resulta incómodo.

Charlotte le acarició el pecho y suspiró. Podía entender su situación, que tuviera miles de pensamientos rondándole la cabeza, porque a ella le sucedía igual.

—¿Estás preocupado?

—Por supuesto que lo estoy —declaró sin titubear—. No solo por la situación del reino en general, sino también por la de Asta.

—Ya… lo entiendo. Ese chico es muy importante para ti, ¿verdad?

Yami se rio a carcajadas mientras recordaba cómo lo conoció y por qué lo aceptó en su orden. Era un chico interesante, pero luego fue descubriendo sus múltiples virtudes y se reafirmó en numerosas ocasiones que había tomado la decisión correcta. Charlotte sonrió mientras notaba el abrazo apretándose ligeramente.

—Todos lo son. Pero Asta es especial. Sé que ese mocoso va a llegar muy lejos.

—Le tienes mucha confianza.

—Porque la merece. Y porque verdaderamente creo lo que digo.

La Capitana de las Rosas Azules asintió. Yami no era alguien que dijera las cosas por decirlas, siempre las decía solo si estaba convencido de ellas. Notaba que tenía muchas expectativas en él, que creía en sus capacidades y eso hizo que se sintiera muy orgullosa de estar al lado de una persona con unos principios tan sólidos.

Se incorporó un poco para poder mirarlo, apoyándose con su brazo en el suelo. Lo besó. Al principio, no era capaz de mirarlo casi cuando él la besaba, pero había llegado un punto en el que incluso era ella quien se envalentonaba para iniciar el contacto.

—Me tengo que ir —dijo mientras se separaba.

—No te vayas. Es muy temprano.

—Pero mañana tenemos que entrenar. No quiero que nos desocupemos de nuestras obligaciones por estar juntos. Tenemos tiempo de todas formas, ¿no?

Charlotte, al hablar por primera vez sobre un futuro compartido, se sonrojó ligeramente. No quería presionarlo, porque ni siquiera habían tenido la conversación sobre qué eran, y no sabía si procedía tenerla en realidad. Eran personas adultas, que supuestamente debían saber lo que querían, pero Charlotte no podía evitar que un nudo de incertidumbre se formara en su garganta al pensar que él no quería el compromiso que estaba dispuesta a ofrecerle.

Yami le acarició la mejilla y asintió. No hizo falta nada más. Ni conversaciones incómodas ni ambiguas en las que nada queda claro; solo un gesto.

—Igualmente, puedes quedarte a dormir conmigo. Podemos tener… un entrenamiento especial.

La mujer se rio por unos segundos y Yami no pudo dejar de observarla mientras sonreía. Se quedaba completamente embelesado cuando actuaba con esa naturalidad que era impensable para él tan solo unos meses atrás. Se alegraba mucho de haberse atrevido a besarla, a saltar al vacío sin pensar en las consecuencias.

La amaba. Y ese sentimiento le daba fuerzas para querer luchar, para querer seguir viviendo a su lado todos los años posibles. Quería regresar para que pasaran el resto de su vida juntos.

—Bueno… por esta vez, cederé. Pero —interrumpió al ver que Yami iba a celebrar su victoria— mañana nos despertaremos temprano y nos iremos a entrenar.

—Te lo prometo. Ese entrenamiento tuyo… ¿Cuándo me vas a enseñar los resultados?

—Cuando sea el momento oportuno. Y ahora, vamos adentro.

Charlotte se levantó y Yami la imitó. Sujetó su mano y se adentraron en la base de los Toros Negros sin que nadie los viera.

—o—o—o—

Diciembre estaba a punto de llegar y, con él, se cumplían siete meses del embarazo de Charlotte. Cuando sus chicas se enteraron de la noticia, prácticamente la obligaron a abandonar gran parte de sus funciones de capitana, las cuales delegaron en Mirai, la vicecapitana de la orden.

Sol fue la encargada de hablar con Owen. La alertó de la situación compleja de Charlotte y de las pocas posibilidades que tenía el bebé de sobrevivir si seguía con ese estilo de vida en el que había decidido dejar de pensar en ella misma. Así que se lo contó a las demás y, entre todas, la ayudaron a tratar cara a cara con su duelo. Los primeros en enterarse fueron, además de sus chicas, Julius y los Toros Negros, porque consideraba que también tenían derecho de saber que Yami iba a tener descendencia.

Estaba mejor. Aún sentía demasiado cercana y profunda la pérdida de Yami, pero al menos, el bebé que crecía en su vientre le daba esperanza; cada día un poco más. No sabía el sexo ni había pensado demasiado en nombres aún —aunque en la orden tenían una lista enorme, tanto si era niño como si era niña—, pero estaba tranquila.

Se sentó en la mesa del jardín, ya que ese día el sol había decidido salir a brillar y las temperaturas no estaban tan frías. Se acarició el vientre mientras miraba al cielo azulado y recordaba que a Yami le gustaba mucho observarlo, ya fuera de día o de noche. Suspiró con pesar. Lo echaba de menos. No habían pasado mucho tiempo juntos, pero lo necesitaba y las ganas de saber cómo reaccionaría ante la noticia del bebé le reconcomían la conciencia. Era una sensación de desamparo y soledad bastante extraña, de la que sabía que jamás se iba a poder desprender.

—Capitana, tiene visita.

La mujer, ante las palabras de Mirai, se sobresaltó un poco, ya que no la había escuchado llegar, así que no esperaba que estuviera allí. Miró hacia ella y detrás, lo vio. Le sonreía con inocencia y pena mientras se rascaba la nuca.

—Gracias, Mirai. —La chica se retiró y Asta se quedó enfrente de Charlotte. Parecía no saber si posar sus ojos verdes en su rostro, en su vientre o en cualquier otro lugar—. ¿Quieres sentarte?

El chico simplemente asintió y se sentó. Era común que algunos miembros de los Toros Negros fueran a visitarla de vez en cuando, pero el que menos iba era Asta. Supo que era quien peor lo estaba pasando de todos los integrantes de la orden que comandaba Yami.

—Venía… a verla, Capitana Charlotte.

—Te lo agradezco mucho, Asta. Estamos bien.

Asta no le contestó. Probablemente, no sabía ni siquiera qué hacía allí, pero para Charlotte era importante que la persona en la que Yami más confiaba se interesara por ella y por el bebé.

Al observarlo algo nervioso y sin saber bien cómo actuar, sujetó su antebrazo de forma repentina y llevó su mano a su vientre para que lo acariciara. Los ojos verdes del chico brillaron con emoción y sonrió de forma real por primera vez desde que había llegado a aquel sitio que seguro le parecía tan extraño.

—Se mueve mucho…

—Sí. Es muy revoltoso. Se parece a Yami en eso.

El joven la miró con algo de nostalgia. Dejó de acariciar su vientre y se levantó para observarla. Compuso un gesto bastante decidido antes de volver a hablar.

—Capitana Charlotte, sé que lo que le voy a decir es precipitado, egoísta y tal vez hasta injusto. O que puede que probablemente el Rey Mago quiera encargarse de esto, pero… me gustaría mucho ser el padrino del bebé. No quiero que sea una obligación que acepte ni nada de eso, solo… piénselo.

—Está bien —aceptó ella mientras sonreía, sorprendiendo así a Asta por la velocidad de su respuesta—. Serás el padrino de nuestro hijo… o hija.

Asta sonrió ampliamente y volvió a acariciarle el vientre.

—Muchas gracias.

—Tendrás que buscar una madrina.

—Lo haré.

Tras concretar aquella promesa e intercambiar algunas palabras más, Asta se marchó y Charlotte por fin entendió por qué le resultaba tan sumamente especial a Yami.


Sintió unas caricias leves viajando a través de la desnudez de su espalda, pero ya llevaba unos minutos despierta. Se dio la vuelta y abrió los ojos para posarlos inmediatamente en la oscuridad de la mirada de Yami, que parecía completamente serena.

—Buenos días —saludó con voz somnolienta.

Yami, sin contestarle nada, la besó despacio.

No habían hablado del tema, pero sabían que los seis meses se habían agotado y que pronto estarían enfrentándose a un enemigo poderoso y muy peligroso, y la sola idea de no volver a verse era algo que les dolía mucho como para verbalizarlo.

—¿Has dormido bien?

Charlotte, ante la pregunta, asintió. Le acarició la mejilla y lo vio tumbándose completamente a su lado, sin parar de mirarla ni un instante.

—Mi cama es un poco más cómoda, pero no ha estado mal.

—¿Cuándo me vas a invitar?

—Pensaba que no te gustaba venir a mi base.

—Bueno… si es para estar contigo, realmente no me importa.

—Eso habría que verlo —dijo con sorna, siendo consciente de que el tono amenazante que Sol usaba con él no le agradaba demasiado—. ¿Qué va a ser lo próximo, que quieras conocer a mis padres?

—No me importaría.

—¿Eh? —preguntó con incredulidad.

—En serio, no me importaría.

Estaba bastante aturdida. Jamás pensó que Yami aceptaría hacer algo así, tan formal y estando rodeado de lujos y nobles, pero sabía que se trataba de la confirmación de sus sentimientos y eso la hizo sentir muy feliz.

—No es necesario, era broma. Mis padres y yo tenemos una relación compleja. Solo se limitaron a ponerme el nombre y poco más.

—Es bonito.

—¿El qué?

—Tu nombre —contestó Yami mientras abrazaba su cintura y le besaba el hombro—. ¿Sabes por qué te lo pusieron?

—Ni idea. ¿Y a ti?

—Mmhm… Mi nombre significa oscuridad en mi idioma, así que supongo que fue por el color de mi pelo y mis ojos, pero no estoy seguro. Nunca lo pregunté.

—¿Oscuridad…? ¿No sería mejor buscar un nombre que significara luz para llamar a un hijo?

—Existe, pero es un nombre de mujer. Es bastante bonito.

—¿Cuál es? —cuestionó Charlotte.

—Hikari.

—Es realmente precioso.

La mujer se dio cuenta de que parecía que estaban hablando sobre nombres de sus futuros hijos y se puso nerviosa. Tal vez, Yami no había tenido esa sensación, pero ella estaba obsesionada con no dar pasos demasiado grandes para no agobiarlo. Aunque también tendía a pensar de más todo, así que probablemente esa idea ni siquiera había pasado por la cabeza de su acompañante.

Se sentó en la cama y posó sus pies sobre el suelo. No quería, pero era hora de marcharse. Claro que esos no eran los planes de Yami, que empezó a besarle el cuello y a apartarle el pelo de la espalda.

—Yami…

—Quédate un rato más conmigo —le susurró en el oído.

Charlotte, que ya no sabía cuántas veces había sucumbido a sus deseos —aunque eran propios, pero ella siempre intentaba que la razón y la responsabilidad ganase y, cuando Yami estaba de por medio, rara vez lo lograba—, se tumbó en la cama y lo sintió colocándose encima de su cuerpo mientras la seguía besando y ella simplemente recibía sus caricias.

—Te quiero, Charlotte —musitó cerca de su cuello.

—Yo también te quiero —le contestó mientras le acariciaba la nuca y el nacimiento de su cabello oscuro de manera intensa, como si quisiera imprimir su tacto y sus atenciones en su piel para siempre.

Se quedaron juntos unas horas más mientras finalmente salía el sol completamente.

Muchos meses y años después, Charlotte llegó a la conclusión de que fue la mejor decisión de su vida, porque esa fue la última vez que compartieron palabras, besos y pasión.

—o—o—o—

Cuando Charlotte sintió una punzada de dimensiones enormes en el vientre y vio un líquido bajando por sus piernas y manchando el suelo, supo que la hora de ver al bebé por fin había llegado.

Llamó a Sol, que inmediatamente la atendió, y fue llevada al hospital enseguida.

El parto fue algo complejo, debido a que era madre primeriza, pero todo se desarrolló con normalidad. Fuera de la habitación, tanto los Toros Negros como las Rosas Azules esperaban para ver el legado de ambas órdenes, que a partir de ese momento compartirían un vínculo especial para siempre.

—¿Cómo está? —preguntó la mujer a Owen mientras veía que se llevaban al bebé para lavarlo un poco y comprobar que todo fuera bien.

—Está todo perfecto. Es una niña.

Charlotte sonrió. Vio al médico yendo a por la pequeña para ponérsela en los brazos. Y cuando la cobijó contra su pecho por primera vez, no puedo evitar que las lágrimas de emoción, melancolía y también de alegría se esparcieran por su rostro sin control.

La niña era bastante pequeña, tenía el cabello oscuro y la tez, pálida. Cuando abrió los ojos, pudo ver que eran azules, justo como los suyos. Le besó la frente y la abrazó delicadamente antes de hablarle por primera vez.

—¿Sabes qué, Hikari? Papá, desde donde está, nos está observando y está siendo muy feliz. No me cabe ninguna duda.


PARTE I. FIN


Nota de la autora:

Me gusta hacerme daño a mí misma, cien por cien comprobado.

Llegué a los 400 seguidores en Wattpad, así que este two-shot es para celebrarlo. Los dos one-shots, este yamichar y el segundo, astelle, van a estar relacionados entre sí, pero no es necesario leer uno para comprender el otro. El os astelle estará pronto listo también.

¡Gracias siempre por leer!