-Secuelas-

Parte II. Mentor


Noelle miró a través de la ventana de su habitación. Las nubes empezaban a acumularse, ennegreciendo el cielo y anticipando una inesperada tormenta. Hacía frío, pero el ánimo en la base comenzaba al fin a levantarse, al menos, mínimamente.

La noticia de la muerte del fundador de los Toros Negros cayó como un jarro de agua fría sobre todos los integrantes de la orden. Nadie esperaba que finalmente, su capitán los abandonaría para siempre, pero sucedió. Parecía una auténtica pesadilla, un mal sueño del que todos querían despertar, pero no lo era. Esa era su nueva realidad y debían afrontarla, por más que les costara.

La base entera se paralizó al menos durante una semana. Nadie sabía qué hacer, quién tomaría el mando o si ese grupo de gente debía seguir permaneciendo juntos si la persona que los había unido ya no estaría nunca más a su lado para guiarlos.

Sin embargo, el anterior vicecapitán fue quien tomó las riendas de la situación. Con la muerte de Yami, la orden no podía quedar desamparada por completo. Para eso existía la figura del vicecapitán y Nacht sabía que ese era el papel que debía adoptar hasta que el siguiente capitán de los Toros Negros estuviera listo para el puesto.

Así, Nacht Faust pasó a comandar la orden y Asta, a ser su mano derecha, aunque le resultó muy raro en un principio. Sin embargo, debía aceptar, adaptarse y seguir adelante. O eso era lo que debía hacer pensar a todos sus compañeros, porque, en el fondo, sentía un vacío y un pesar de los que no podía librarse. De los que, estaba completamente seguro, no podría soltarse jamás.

Noelle había observado el panorama desde lejos. También estaba afectada por la muerte de Yami, pero sabía que nadie sentía su falta como Asta… hasta que descubrieron que la Capitana de las Rosas Azules iba a tener un hijo de su capitán.

La desconcertante sorpresa fue enorme. Nadie supo cómo reaccionar ante las palabras de Mirai, vicecapitana de la orden y encargada de transmitir la noticia a todos los Toros Negros. En condiciones normales, habría estado llena de júbilo y festejo, pero Noelle no podía quitarse de la cabeza que Yami había perdido la oportunidad no solo de ser feliz y tener una vida plena con la mujer que acababan de descubrir que amaba, sino que también le habían arrancado el derecho y deber de ver nacer al bebé que crecía en el vientre de Charlotte, de criarlo, de educarlo… Le habían robado el futuro y ese hecho le retumbaba en la consciencia de forma bastante recurrente. Aunque, por supuesto, sabía que había alguien a quien le pesaba mucho más.

Los sentimientos de Noelle por Asta no habían cambiado, solo se habían transformado con el tiempo. De sentir cosquilleo en las yemas de los dedos al verlo, a admitirse a sí misma que le gustaba. Y de ahí, a desarrollar sentimientos amorosos mucho más profundos, maduros y enteros por su compañero de escuadrón, que simplemente seguía tratándola como siempre.

Desde luego, ese no era el mejor momento para intentar un acercamiento entre ellos. No sería justo, porque podría estar aprovechándose de la fragilidad de Asta, que probablemente estaba necesitado de cariño y consuelo por sus trágicas circunstancias. Así que había decidido mirarlo desde la distancia; vigilar que no se rompiera por completo y no fuera posible recoger los pedazos de su alma, que sabía que se encontraba muy vulnerable.

Asta no se mostraba triste ante sus compañeros. Intentaba hablar como siempre, actuar como siempre, luchar como siempre… pero Noelle lo había visto limpiando la katana de Yami con cuidado mientras la miraba absorto, lo había visto empapándose debajo de la lluvia mientras miraba al cielo sin poder moverse, y también había escuchado su llanto algunas noches en las que había ido a su habitación a preguntar cómo estaba, aunque nunca se había atrevido finalmente a hacerlo.

Una prueba irrefutable de que el chico no lo estaba pasando bien era que no había ido a visitar a Charlotte para saber sobre el bebé. En otras circunstancias, estaba segura de que no se habría despegado de ella, de que le habría insistido en que se cuidara constantemente y hasta habría pensado en nombres que automáticamente Yami habría descartado.

Pero ahí radicaba la raíz del problema. Yami no estaba. No podía descartar nombres ni pensar en el futuro ni siquiera regañarlo por estar obsesionado con el bienestar de un bebé que no había nacido. Seguramente, ese era el verdadero motivo por el cual había estado tan distante con todo lo que tenía que ver con el bebé.

Noelle cerró entonces los cortinas de su cuarto y justo después empezó a llover con fuerza. El ruido del inicio de la tormenta se solapó con el de la puerta cerrándose sin cuidado alguno.

Salió de la habitación y bajó las escaleras para encontrarse con Asta en la sala. Su cabello estaba ligeramente mojado, pero se notaba que apenas le había pillado la lluvia. La miró con una sonrisa amplia, una que llevaba demasiado tiempo sin mostrarle a nadie, y su corazón brincó dentro de su pecho con anhelo y alegría.

—Noelle, ¿puedes acompañarme un momento? Necesito contarte algo.

La chica simplemente asintió con extrañeza, lo siguió y se sentó en el sofá, justo a su lado. Se sentía algo raro estar en la sala, que no era demasiado transitada desde que la persona que más tiempo pasaba allí ya no estaba. Aun así, giró un poco su torso para mirarlo mejor. Asta apoyó sus codos en sus muslos, sin mirarla, y acunó su rostro entre sus manos mientras sonreía y el verde de sus ojos brillaba con ilusión.

—¿Sabes dónde he estado hoy?

—No. Ni siquiera sabía que habías salido —explicó Noelle.

—He ido a ver a la Capitana Charlotte.

Sintió esas palabras como irreales, pero no pudo evitar la sonrisa de alivio que se instaló en sus labios al oírlas.

—¿En serio? ¿Cómo está? Fui la semana pasada, pero ya sabes que las mujeres embarazadas sufren muchos cambios y muy rápido.

—¿Ah, sí? —dijo con inocencia y por fin miró a Noelle mientras se erguía para apoyar la espalda en el respaldar del sofá. La joven le asintió—. No sé mucho de estos temas —añadió con algo de apuro—. Pero está muy bien. Tiene el vientre enorme y me dejó tocarlo. El bebé se mueve mucho. Dice que en eso se parece al Capitán Yami.

Noelle le acarició la rodilla en un movimiento automático. Al darse cuenta, pensó que lo mejor era cortar la caricia, pero no quiso estropear el momento, aunque pensaba que tal vez estaba traspasando la línea de confianza que él siempre le había dado. Sin embargo, Asta, con sus acciones, le demostró que estaba equivocada, porque enseguida posó la mano encima de la suya.

—He ido porque quiero ser el padrino del bebé. Y la Capitana Charlotte me ha dicho que sí, pero que debía buscar una madrina. ¿Te gustaría ser la madrina, Noelle?

Asintió sin dudarlo ni un segundo y, sin poder evitarlo, algunas lágrimas se acumularon en sus ojos. También echaba de menos a su capitán y que Asta hubiera pensado en ella para desempeñar un papel tan trascendental y bello la hacía muy feliz.

Los Toros Negros se habían quedado sin su figura paterna principal, pero ahora tendrían un bebé al que proteger y debían estar a la altura.

Asta y Noelle se abrazaron en medio de la penumbra de la habitación y la lluvia se intensificó afuera. Al separarse, sus rostros quedaron muy cerca, provocando el momento más raro que jamás había sucedido entre ambos, pero no duró demasiado, porque el chico se levantó rápidamente. Chocó su puño contra la palma de su otra mano y sonrío con decisión.

—¡Bien! Me voy a dormir, que mañana será un día con mucho por hacer. ¡Buenas noches, Noelle!

—Buenas noches —contestó en un tono mucho más bajo mientras se reía quedamente.

—Muchas gracias.

Noelle volvió a asentir y después lo vio dirigiéndose hacia las escaleras para subir al segundo piso e irse a su habitación.

Parecía que Asta estaba mejor y ella estaba contenta y muy orgullosa de que quisiera ser parte de la vida del bebé de Yami. Después de todo, estaba segura de que era el estímulo que le hacía falta para volver a ser el mismo de siempre.


Hikari cumplía ese día un año y en la sede de las Rosas Azules había una fiesta. La niña, que cada día se parecía más físicamente a su madre, recordaba de forma irremediable a su padre en muchas de sus actitudes, y eso que aún era muy pequeña.

Todos los componentes de los Toros Negros estaban allí… o casi todos, porque realmente había una persona que había alegado tener trabajo inaplazable y no había ido.

Noelle se excusó con Charlotte, contando aquella excusa que sabía que no era real y la mujer fingió comprensión, aunque el azul de sus ojos denotó una gran decepción.

Todavía podía recordar el día en el que Hikari nació. Todos se quedaron prendados de la niña, de su belleza, su simpatía y su carisma, que había ido mostrando con el paso del tiempo.

Asta, en un principio, parecía muy ilusionado con su nacimiento. Solía ir a visitarla asiduamente, le llevaba regalos y hasta le hablaba de su padre, aunque sabía que era demasiado pequeña para entenderlo.

Sin embargo, en los últimos seis meses, había dejado de hacerlo. Apenas se dejaba ver por la base de las Rosas Azules, siempre excusándose porque tenía mucho trabajo. Todo había coincidido con el paulatino crecimiento de la niña, que ya balbuceaba algunas palabras y había dado sus primeros pasos.

Tal vez, las remembranzas que la niña tenía con su padre eran demasiado para Asta. Todos pensaban que su duelo había concluido, pero Noelle se había dado cuenta de que no. Probablemente, Asta estaba pasando por su peor momento, pero siempre que intentaba interceptarlo para hablar con él, huía, inventando más excusas.

Cuando la fiesta acabó, Noelle se acercó a Charlotte para despedirse apropiadamente. A fin de cuentas, ella era la madrina de la pequeña y no se desentendería de sus compromisos.

—Capitana Charlotte, nosotros nos vamos ya.

—Está bien. Ya sabes que podéis volver cuando queráis.

—Lo sé —dijo y fijó su vista en Hikari, que dormía en los brazos de su madre—. No ha parado en todo el día. Debe estar muy cansada.

—Sí. Le gusta mucho que vengáis, así que cuando estáis aquí no puede parar de jugar —explicó mientras le acariciaba el cabello despacio—. Noelle, ¿dónde está Asta?

—Tenía una misión importante, así que…

—Ya —rechistó la mujer, visiblemente molesta.

—Tal vez venga luego, antes de que se haga de noche.

—Tal vez. En cualquier caso, muchas gracias por venir. Hikari es muy feliz con vosotros.

—Y nosotros con ella. Además, es lo que el Capitán Yami querría, no podemos defraudarle.

Charlotte sonrió con nostalgia y Noelle se dio cuenta de que, en el fondo, Asta estaba fallando a su capitán con su actitud. Así que no le quedaba más remedio que hablar seriamente con él, porque no creía que su comportamiento fuera correcto, pero también porque quería ayudarlo a aliviar, aunque fuera un poco, el intenso dolor que sabía que su corazón aún arrastraba.


El atardecer rayaba ya el horizonte cuando llamaron a la puerta de la sede de las Rosas Azules. Mirai, que fue la encargada de abrir, se sorprendió mucho al ver al muchacho allí, ya que pensaba que finalmente no iba a poder ir. Lo dejó pasar y lo llevó hacia el despacho de Charlotte.

Tocó dos veces a la puerta y, tras escuchar la invitación a pasar desde dentro, abrió, anunció al chico y se marchó.

Asta entró con algo de recelo y un poco avergonzado. No sabía bien por qué, pero se sentía algo fuera de lugar en ese momento. El aura de Charlotte además lo intimidaba mucho. Parecía serena, pero su seriedad se le clavaba en el pecho de forma bastante inusual.

Fijó su vista al lado de la mujer; Hikari dormía en la cuna que había en el despacho.

—Buenas tardes, Capitana Charlotte.

—Hola Asta. Pensaba que ya no vendrías.

—No podría perderme el cumpleaños de Hikari.

Charlotte lo volvió a mirar seria. La mujer siempre había tenido fama de dirigir las miradas más frías de todo el reino y por fin podía comprender el porqué. Se llevó la mano a la nuca y se la rascó con incomodidad, sin saber bien qué decir.

—Le he traído un regalo —afirmó, señalando después un paquete que llevaba consigo.

—Gracias. Puedes dejarlo en el escritorio. Lo abriremos cuando se despierte.

Asta estuvo a punto de marcharse, pero sabía que si lo hacía la culpa no lo dejaría dormir tranquilo; que el fantasma de su capitán recriminándole por no saber cuidar a su legado lo perseguiría hasta el final de los tiempos, y no quería defraudarlo.

—Siento mucho no haber venido a la fiesta. Yo…

—Llevas algunos meses sin venir demasiado. Pero no te preocupes; no tienes ninguna obligación con nosotras.

—¡Sí que la tengo! Yo fui el que pedí ser el padrino de Hikari. Ella es la hija del capitán…

Charlotte se sentó e instó a Asta hacer lo mismo. Cuando estuvieron sentados el uno enfrente del otro, la mujer suspiró y su gesto se suavizó, dejándolo algo descolocado.

—El color del pelo de Hikari es igual que el de Yami, ¿verdad? Duerme en la misma postura que él y también sonríe de forma parecida. Es muy difícil verlo, recordar que no está aquí.

—Es… muy injusto —masculló el joven con rabia.

—¿Te parece injusto?

—Me parece muy injusto.

—La muerte es un proceso natural, Asta. Todos moriremos algún día. Solo que tú crees que esta muerte es injusta porque es una que te afecta a ti de forma directa. —Asta abrió la boca para decir algo, pero las palabras no le salían. Ella era quien más debería haber sufrido la pérdida de Yami, así que no entendía que estuviera hablando de esa forma tan nimia sobre el suceso que les cambió la vida para siempre a mucha gente, pero especialmente a ellos dos. La mujer continuó—: Yo también pensaba así al principio. Que era injusto que no pudiera verlo nunca más, que no pudiera abrazarlo, que no pudiera volver a escuchar su voz de nuevo. Y cuando supe que estaba embarazada, se le añadió que tampoco era justo que no pudiera conocer a su hija. Todo era injusto, pero me di cuenta de que no podía seguir viviendo así. Yami no está, pero yo sí. Y no solo Hikari me necesita, sino también mis chicas, mis obligaciones, mi trabajo. No puedo resignarme y simplemente escudarme en que algo es injusto para hundirme. Él… no me lo perdonaría jamás.

Asta sintió unas cuantas lágrimas cayendo por su rostro. No se las limpió. En realidad, llevaba compadeciéndose de sí mismo desde que Yami murió. No quería estar solo, no quería haber perdido a la persona que consideraba como su padre… Quería que estuviera con él, que lo viera crecer, luchar, progresar. Pero eso no iba a ser posible nunca más. Y tal vez había llegado la hora de aceptarlo, seguir adelante e intentar proteger la huella que su capitán había dejado en el mundo.

Un llanto quebrado se escuchó en la habitación y Charlotte se levantó para atender a su hija, que se acababa de despertar. La sacó de la cuna y la llevó a la silla donde antes estaba sentada. Al ver a Asta, pareció calmarse. Él le sonrió y le ofreció la mano para que jugara con ella.

—Hola Hikari. ¿Cómo estás, preciosa?

La niña se rio mientras le daba golpecitos en la mano y las lágrimas que aún quedaban en sus ojos se soltaban por fin. Balbuceó algunas palabras mientras seguía moviéndose de forma inquieta.

—Lo siento mucho, Capitana Charlotte. No creo que Hikari sea mi obligación, pero quiero estar a su lado, porque sé que es lo que el capitán querría.

—Está bien. Te lo agradezco mucho.

—¿Podría venir algunos días a la semana a partir de ahora?

—Claro que sí. Esta es tu casa también.

Charlotte sonrió, Asta le devolvió el gesto y se secó por fin las lágrimas. Se quedó un rato más jugando con Hikari y, cuando era ya de noche, se marchó, jurándose a sí mismo que nunca más volvería a romper su promesa.


Desde que llegó de la fiesta de cumpleaños de Hikari, se sentó en la sala a esperar. Se le hizo tarde, así que encendió la chimenea. Las horas se le pasaban, eternas, y Asta no llegaba. Y con el movimiento de las manecillas del reloj, su enfado y decepción iban aumentando cada vez más.

Por fin, escuchó la puerta. Se quedó sentada, sabiendo que Asta tenía que pasar por allí y que la vería. Y en efecto, así sucedió.

—Noelle, no esperaba que estuvieras aquí tan tarde.

—Ven, siéntate aquí. Estaba esperándote para hablar contigo.

Al verla tan seria, Asta tragó saliva. Las mujeres le resultaban muchas veces entes abstractos y difíciles de descifrar. Nunca sabía si le tocaría un halago o una reprimenda, pero le hizo caso sin chistar.

—¿Por qué no has ido al cumpleaños de Hikari? ¿Es que no te da vergüenza comportarte así?

—Noelle, yo…

—Asta, me has decepcionado muchísimo hoy.

Asta arrugó la frente y su gesto se volvió triste. Noelle, al darse cuenta de su cambio de semblante, se sintió un poco culpable. Pero sabía que no podía seguir justificando sus comportamientos, así que quería ser lo más directa posible.

—A todos nos duele la pérdida del capitán, pero tenemos la suerte de que al menos Hikari exista. ¿Es que no te das cuenta?

El chico agachó la mirada, impresionado por que Noelle estuviese siendo tan dura y directa con él. Pero sabía bien que lo merecía y lo necesitaba también.

—Lo siento…

La voz le salió en un susurro quebrado y, cuando Noelle se quiso dar cuenta, Asta lloraba como pocas veces lo había visto. Se le saltaron las lágrimas solo con verlo en ese estado tan frágil.

—Lo siento mucho. Yo… no sabía qué debía hacer. Cada vez que veo a Hikari, es como si viera una versión pequeña del capitán. Y no puedo soportarlo. No estoy bien, Noelle. No estoy bien…

Lo abrazó sin mediar más palabra. Lo sintió sollozando en su cuello y cómo sus manos se clavaban de forma descuidada en su espalda con desasosiego. Pero no lo soltó. No quería ni podía hacerlo. Quería cuidarlo, escucharlo, reconfortarlo; quería estar para siempre ahí, justo cuando la necesitara.

—Puedes contar conmigo para lo que necesites, Asta. Siempre has podido.

—Lo sé. Gracias, Noelle. Muchas gracias. No me dejes solo, por favor…

Noelle, sobrepasada por su estado, lo separó de su cuerpo, tomó su rostro entre sus manos y juntó sus frentes.

—No lo haré. Nunca lo haré. Porque te quiero, Asta. Te quiero mucho.

No se sintió siquiera como una confesión real, así que no tuvo vergüenza al decirlo. Su corazón habló por ella, se abrió en canal para mostrarle lo que sentía y no le importó hacerlo. Nunca se había sentido tan libre ni tan angustiada al mismo tiempo que como en esa ocasión.

Asta asintió con energía y volvió a abrazarla con fuerza mientras seguía sollozando.

Ninguno de los dos lo sabía, pero ese fue el punto de inflexión para ellos, para su relación, porque, a partir de ese momento, Asta se dio cuenta de que nadie le hacía sentir como Noelle y ella, simplemente decidió que nunca más volvería a esconder su amor.


El sol apretaba con una fuerza inusual para ese mes del año. Las flores inundaban los campos, rezumaban vida y Hikari, de cinco años por esa época, pasaba mucho tiempo en la sede de los Toros Negros. Asta y Noelle eran quienes más tiempo estaban con ella.

Ese día la habían llevado a ver las flores del valle que rodeaba la base. A Hikari le encantaban las flores, así que era el plan perfecto para tenerla contenta y entretenida.

Asta miró al frente. La niña, sentada en el pasto, le hacía una corona de flores a Noelle para adornar su cabello. La observó desde la distancia. Era preciosa y él tenía la suerte de estar con ella. Y quería estarlo para siempre.

—¡Hikari! —gritó para que la escuchara. La pequeña lo miró—. Ven, que tengo que decirte algo.

Sonrió y fue corriendo hacia él. Asta se agachó, le dijo algo al oído y le entregó un objeto, diciéndole que se lo diera a Noelle y que tuviera mucho cuidado, porque no podía perderse bajo ningún concepto.

Hikari volvió adonde Noelle se encontraba, abrió la palma de su mano y la puso enfrente de sus ojos.

—Noelle, Asta me ha dicho que esto es para ti.

Noelle no pudo contener las lágrimas al ver el anillo en el centro de la mano pequeña de Hikari. Alzó la vista. Él le sonreía sin decir nada más. Así que simplemente asintió con fuerza, aceptando la propuesta y la promesa de ese futuro conjunto que acababan de pactar sin palabras.

Se sintió muy orgullosa de él. De su progreso, de su personalidad, de su bondad, de su amor. Y estaba completamente segura de que Yami se sentía exactamente igual.


PARTE II. FIN


Nota de la autora:

Otra historia más que acaba. Hacía un tiempo que no escribía astelle, pero me alegro de haber vuelto. Son muy bonitos, así que siempre me gusta hacerlo.

Esta historia ha tratado sobre la pérdida y solo tengo que comentar que es algo muy personal, por eso he mostrado dos formas distintas de vivirla. Así que nada, espero que os haya gustado mucho.

¡Nos veremos pronto!