TERREMOTO.
1. MIRADAS QUE SE ENCUENTRAN.
Él iba camino al trabajo, cómo todos los días.
Zoro Roronoa era un diseñador gráfico recién egresado que disfrutaba mucho su trabajo. Tenía dos meses de haber conseguido aquello y su jefa era una mujer muy enérgica, exigente y considerada. Le había encantado su folder de muestras, sus dibujos y los proyectos que había hecho durante su residencia, así que lo había contratado de inmediato.
Amaba su trabajo y no le importaba tener que tomar el metro cada día para ir al otro lado de la ciudad. Consideraba que había tenido mucha suerte de poder conseguir trabajo apenas un par de semanas después de haber egresado de la universidad, así que lo último que quería era quedar mal con su jefa.
Salió temprano, siempre lo hacía. Salía con al menos una hora de diferencia y andaba seis calles al norte para bajar a la estación del metro y poder emprender camino hacía su trabajo, pues luego de llegar a la otra estación tenía que caminar dos calles más para llegar a su destino, y aunque ya no se perdía como antes, había ocasiones en las que se distraía y terminada algunas calles lejos de su destino.
Llevaba puestos sus auriculares con la música de Ramstein a un volumen moderado, no tan alto para poder percatarse de lo que pasaba a su alrededor, pero lo suficientemente elevado para no tener que interactuar con nadie. Usualmente no le gustaba cruzar miradas con las demás personas, no le agradaba tener que sonreírles y ser "cortes" sólo porque era lo moralmente aceptado. No le gustaba tener que ser agradable con los extraños, y tenía la sensación de que la apatía y el desdén en aquellos sitios públicos tan concurridos era cosa de todos. Las personas ya no se detenían a mirarse, estaban demasiado concentradas en sus teléfonos, leyendo novelas, escuchando música y simplemente evadiéndose unos a otros.
La interacción humana se limitaba únicamente a mirar la pantalla del ordenar sin expresar emociones con nada más que con emojis y palabras vacías. Él era parte de esa nueva generación de apáticos huraños que las redes sociales habían moldeado desde la adolescencia, aunque quizás era peor que el resto, pues odiaba también todo el circo de las redes sociales y el compartir fotos e ideas en busca de la aprobación de los demás. Odiaba la nueva ola de lo "políticamente correcto", en la que nadie podía dar su opinión sin que algún completo extraño se sintiera ofendido y armara "una pelea virtual" que no llevaba a ningún lado. Cuando las personas tenían la suficiente convicción para no cambiar su postura por lo que los otros decían, terminaban siendo unos "fóbicos" imbéciles.
El mundo se había convertido en un circo que se vivía a través de un celular. Lo que se supone que había sido creado para que más personas estuvieran conectadas sólo servía para que ya nadie se "conectara" en realidad.
Sin embargo, por alguna razón aquel día levantó la mirada hacia su derecha, mientras pagaba el boleto de entrada.
Justo a su lado se encontraba un hombre alto y atractivo que parecía no tener la menor idea de cómo funcionaba aquel aparato y estaba retrasando la fila, haciendo enfadar a los otros transeúntes, quienes ya habían comenzado a soltar improperios en voz baja.
Terminó de pagar y comenzó su marcha en busca de su tren, sin embargo un impulso extraño lo obligó a girarse y fue entonces cuando sus ojos se cruzaron con los de aquel hombre. Tenía los ojos más exóticos y hermosos que había visto jamás, parecía la mirada de un ave rapaz. El contacto visual apenas duro unos segundos, pues al parecer la persona detrás de él en la fila había comenzado a echarle bronca.
Zoro suspiró. No entendía de donde venía el impulso por ayudar al prójimo, más sin embargo caminó hasta él, sacó unas monedas de su bolsillo he hizo girar la máquina, permitiendo que el extraño pasara, o más bien fuera empujado hacia el interior de la estación.
Sus cuerpos se estrellaron y el peliverde cayó al suelo por la inercia. Sus auriculares se separaron de sus oídos, pero la caída sólo fue estrepitosa, nada importante.
—Lo lamento —se disculpó el extraño al tiempo que lo ayudaba a ponerse de pie.
—No se preocupe —Zoro intentó restarle importancia y se alzó de hombros, no quería parecer un inútil ni nada por el estilo.
Ambos se quedaron frente al otro, expectantes, esperando algo que no sabían que era... fueron momentos bastante incomodos. El mayor carraspeó.
—Gracias... —miró detrás de si, por donde las personas pagaban, pero no terminó la frase.
—Descuide —el más joven se alzó de hombros de nuevo—. Es normal la primera vez.
El mayor se ruborizo, y a Zoro se le antojo bastante tierno.
—¿Se nota mucho?
—Un poco —sonrió sin poderlo evitar. « ¿Estoy coqueteando? »—. ¿Es nuevo en la ciudad? —inquirió para intentar borrar aquella sonrisa de su cara, se sentía estúpido y fuera de lugar coqueteando así con un perfecto extraño. Generalmente él era quien daba el primer paso en todas sus relaciones, pero siempre que conocía a alguien nuevo era en alguna fiesta, un bar, donde se sentía cómodo siendo el mismo, donde no sentía que todo el mundo lo miraba de manera inquisidora. Lo último que necesitaba era coquetear con alguien fuera de su zona de confort y recibir un puñetazo entre ceja y ceja.
—No —respondió con sinceridad—, sólo es mi primera vez en el metro.
Zoro frunció el ceño—. Eso es raro.
—¿De verdad?
—Generalmente uno comienza a andar en metro desde pequeño.
—Mi familia siempre tuvo auto —se excusó, al parecer aquella confesión lo hacía sentir culpable. Era extraño.
—Ok —el más joven miró alrededor, aunque había salido con tiempo de sobra se le estaba haciendo tarde—, ha sido un placer, pero debo ir a trabajar.
—Igual yo.
Se despidieron y tomaron caminos opuestos, cada quien rumbo a su anden. Voltearon un par de veces hacia atrás, pero sus miradas no volvieron a encontrarse en aquellas ocasiones, haciéndoles suponer que el impulso de volverse a mirar al otro era algo unilateral.
Zoro subió al metro y se sentó junto a una ventana, observando la estación con insistencia, esperando ver a aquel hombre otra vez, pero evidentemente aquello no sucedió. Sonrió para sí mismo, burlándose por aquel ridículo impulso. Tenía veintitrés años y no recordaba haberse sentido así desde la secundaria, cuando se había ilusionado con su mejor amigo y todo había resultado en un perfecto desastre.
Entendió que era homosexual cuando tenía catorce años y sus compañeros comenzaron a interesarse por las mujeres, mientras él las encontraba molestas y sin gracia, no obstante su atención siempre estaba dispuesta en uno de sus compañeros, carismático, animado y vivaz. El centro de atención de todos. En un principio había supuesto que todo aquel interés no era otra cosa sino admiración, después de todo lo consideraba el chico perfecto, el chico que cualquiera quisiera ser...
Sacudió la cabeza alejando aquellos recuerdos. No le gustaba ponerse nostálgico, pues luego del desastre que había sido la secundaria todo había cambiado. Sacó el celular de su bolsillo para ver la hora. Pese a su breve retraso iba bastante a tiempo todavía.
Al llegar al trabajo el día había trascurrido con habitual normalidad. Hizo todo el trabajo pendiente, vio a varios clientes, planeó un par de proyectos y quedo de ir a una reunión con su jefa la siguiente semana.
A las seis de la tarde se fue a prisa para evitar el aguacero que iba a caer. Estaba cansado y aprovecho para dormitar un poco en el metro, sin embargo no podía sacarse de la cabeza aquella mirada de ave rapaz que se había posado en él.
2. VOLVERTE A VER.
Habían pasado dos semanas desde su casual encuentro con el atractivo desconocido del metro. Todos los días había ido a la misma hora con la esperanza de volvérselo a encontrar, pero al parecer, tal y como el hombre había sugerido, aquella visita al metro había sido un hecho aislado en su vida que seguramente no se volvería a repetir.
Suspiró mientras pagaba su boleto y escuchaba algo de rock con sus auriculares. « Ya supéralo, Zoro. » Se reprendió a si mismo mientras pateaba una lata de refresco que algún descuidado no había echado en la basura. Iba pateando aquello como si tratara de una pelota de soccer, y la verdad su día pudo trascurrir con aburrida normalidad de no ser porque "bombeo" la lata y le dio a alguien justo en la cabeza. « ¡Maldición! » Estaba a dos segundos de hacer la graciosa huida cuando su cerebro reconoció la figura delante de él.
El transeúnte se rascó la cabeza para aminorar el dolor del golpe al tiempo que se giraba. Su mirada se clavó en Zoro, quien antes de darse cuenta lo que hacía ya lo estaba saludando con las manos. Aquel hombre debió haberse enfadado y lo más normal hubiera sido que le hiciera bronca por semejante idiotez, no obstante le devolvió la sonrisa y caminó hacia él a paso decidido.
—¡Que sorpresa!
Zoro lo miró sorprendido. Le extrañaron los pequeños rasguños en una de sus mejillas, pero realmente le daba demasiado gusto verle—. Eso debería decirlo yo —respondió él más joven—, usted es quien no acostumbra tomar el metro.
El mayor le sonrió—. Ciertamente, pero últimamente me he visto forzado a hacerlo.
—¡Que suerte! —el ceño fruncido de su interlocutor lo hizo ruborizarse—. Quiero decir que... — ¿qué carajos quería decir?
El moreno lo tomó de la mano y le colocó la lata con la que acababa de golpearle la cabeza—. También me alegra haberte conocido —le cortó el mayor con una sonrisa. Tras decir aquello se dio la vuelta y se marchó.
Zoro quedó tan anonadado que no fue capaz ni de despedirse de él.
Una vez que se encontró solo entre la multitud sonrió. Su corazón latía de prisa, pero no era doloroso, más bien era una sensación agradable, cálida, que le llenaba todo el interior de paz. Sujetó su pecho algunos segundos, dejándose llevar por aquellas nuevas y agradables sensaciones.
Sólo era un extraño, pero jamás había sentido algo así por ninguno de sus amantes.
3. PERFECTO.
Nuevamente había trascurrido dos semanas desde que había visto a aquel hombre de ojos ambarinos. Andaba con los audífonos puestos y con cautela, esperando encontrárselo, pero sus ilusiones se fueron por el caño en cuanto subió a su transporte una vez más.
¿Acaso ahí había terminado todo? Dos encuentros casuales y nada más, ni siquiera sabía su nombre...
Esperaba encontrárselo porque sin querer se había ilusionado con él, probablemente a causa de su aspecto, después de todo el gusto siempre entra por los ojos, aunque quizás por el timbre de su voz, tan grave y varonil que de sólo imaginarse una voz así hablándole al oído se erizaba completa si piel... y sus ojos miel... y ese cabello azabache...
Fuese lo que fuera, ya era historia.
El tiempo siguió su marcha con aburrida monotonía. No pasaba nada, no se topaba a nadie, e incluso la música parecía dejar de interesarle.
Casi habían pasado dos meses desde la última vez que aquel hombre y él se había cruzado. Dos meses y aquellos encuentros no ocupaban más sus pensamientos ni su interés. La vida continuaba con cotidianidad y él no se preocupaba por cosas sin importancia. Llevaba sus audífonos encendidos, pero los traía alrededor del cuello en lugar de las orejas. Uno de sus amigos le había comentado que no debía distraerse de su derredor porque podría sufrir un accidente, y aunque el comentario le había fastidiado terminó reconociendo que su amigo tenía algo de razón.
Anduvo hasta su andén con calma y aburrimiento, fastidiado de la gente, de los gritos y empujones. Había dedicado más de diez miradas amenazantes aquella mañana y una mujer regordeta lo había golpeado con su bolso en la cara, según ella porque la estaba mirando demasiado... ¡que tontería! No soportaba más aquella mañana, no aguantaba más ese día... o eso pensaba hasta que sorpresivamente lo miró de nuevo. El elegante y atractivo extraño que tanto le había gustado.
Estaba parado frente a las vías, cruzando la línea amarilla de seguridad, con la mirada fija en el túnel, aparentemente esperando mirar el tren.
Zoro caminó hasta él a paso rápido—. ¡Oye! —el mayor se giró, aunque no estaba seguro si lo había mirado—. Es peligroso que estés ahí.
El hombre suspiró y caminó un par de pasos hacia atrás, para colocarse del otro lado de la línea—. Aun no me acostumbro —se excusó.
—Trate de poner atención a los señalamientos —el peliverde se sentía tonto por estarle dando indicaciones. ¿A él que le importaba? Rascó su cabeza tratando de relajarse.
El mayor volvió el rostro hacia él lentamente, abrió los ojos muy grandes, como si acabase de percatarse de quien era. Sonrió—. Es una buena sugerencia.
Zoro se sonrojó ante aquel gesto tan familiar, pero tan extraño al mismo tiempo. La sonrisa de ese hombre siempre derrumbaba todas sus defensas, haciéndolo perder un poco de sentido común cada vez. Le miró a los ojos fijamente, eran unos ojos hermosos, color ámbar, casi dorados.
El mayor ladeó la cabeza un poco, como quien se da cuenta de una obviedad—. Tienes una bella sonrisa —soltó de repente, sin tapujos, como si no le importara una mierda lo que Zoro o transeúntes que lo escucharan pudieran pensar sobre él.
El sonrojo de Zoro se hizo aún más intenso, y el impulso de ocultarse lo hizo tensarse por completo, afortunadamente el mayor sacó su reloj de bolsillo para revisar el tiempo. ¿Quién usaba reloj de bolsillo en aquellos días?
—Fue agradable verte de nuevo... —comenzó a despedirse, pero frunció el ceño y levantó la vista para mirarlo a los ojos otra vez—. ¿Cuál es tu nombre? —inquirió con soltura. Cualquier persona habría considerado que esa familiaridad podría ser atrevida, pero el joven de tez morena lo considero fascinante.
—Mi nombre es Zoro —respondió, extendiéndole la mano para que la estrechará—, Zoro Roronoa.
El mayor aceptó el gesto y volvió a sonreírle—. Mihawk Dracule —se presentó también, dándole un apretón fuerte, firme, llenó de seguridad. Para Zoro era extraño conocer a alguien tan estoico y desinhibido al mismo tiempo, con una galanura nata y una despreocupación absoluta por la sociedad.
Se quedaron así por unos segundos, pero la electrizante sensación que los recorrió hizo que aquella diminuta cantidad de tiempo pareciera eterna.
Mihawk le soltó lentamente—. Debo irme o perderé mi tren.
Zoro tardo unos segundos más en regresar a la realidad, estaba tan ensimismado en sentir toda esa oleada de locura que lo recorría, que lo único que fue capaz de hacer a modo de despedida fue asentir y cederle el paso. La mano le cosquilleaba, y aquella sensación se extendió completamente en su cuerpo haciéndolo estremecer.
No tenía idea de que era aquello, pero le encantaba como se sentía... era... perfecto.
4. OTRA PERSPECTIVA.
Estaba cansado de todo en su vida.
Estaba cansado de escuchar las constantes quejas, los interminables reclamos, las hirientes y mal intencionadas palabras dichas deliberadamente.
Estaba hartó.
Aquella mañana el semáforo se puso en rojo durante una de aquellas peleas, y cansado de todo miró en la entrada al metro un túnel de escape. Bajó del auto en media calle y anduvo hasta la acera ante los gritos e improperios de su acompañante, pero nada le importo. Lo último que escucho de él esa mañana fue "vete al carajo"...
Su vida se estaba yendo por el caño, lo sabía con absoluta claridad, pero no estaba listo para darle fin a aquello, después de todo él y Shanks llevaban juntos casi toda una vida.
En medio de su ensimismamiento no se percató que no tenía la menor idea de cómo usar el metro, y eso pudo haberle significado un terrible problema si no hubiera conocido a aquel muchacho de cabello verde.
Esa fue la primera vez que vio a aquel joven, y en primera instancia no significó nada para él, tenía demasiados problemas, estaba demasiado cansado. Fue un encuentro casual, tan insignificante como cualquier otro.
Al llegar a la oficina luego del medio día se había encontrado tan disperso que había terminado estropeando la entrevista con un cliente. Más de quince años en aquel negocio y era la primera vez que echaba a perder una entrevista. Los socios acordaron que estaría a prueba... más de quince años y un error lo había puesto en jake. Siempre había sabido que nadie en aquella firma era su amigo, pero realmente nunca pensó que sus logros y aportaciones durante tantos años no significaran nada.
Los días en su vida trascurrieron con relativa tranquilidad. Las peleas con su pareja continuaban, la oficina estaba demasiado tensa y el caso que se le había asignado, de lo familiar, lo único que hacía era dejarle entre ver las fallas y el desastre que era su propia relación.
Al final del juicio y tras ganar, se descubrió más cansado que nunca.
Esa noche al llegar a su departamento, y ser recibido con una botella de whisky, no le sentó bien. Lo único que quería era descansar, poner en orden su mente, organizar sus ideas... pero Shanks tenía otros planes...
— ¡Eres un hijo de la gran puta! —estalló el pelirrojo—. ¡Me he esmerado toda la puta tarde en prepararte algo lindo y te importa un carajo!
Mihawk se apretó el puente de la nariz, tratando de liberar algo de tensión—. No es que me importe un carajo —respondió con voz pausada, esperando que su pareja obtuviera un poco de calma—, simplemente estoy muy cansado ahora, Shanks.
—¿Tienes un amante?
Los ojos dorados del pelinegro se abrieron como platos—. ¿Qué...? —¿realmente acababa de preguntarle aquello?
—Es una pregunta simple —la actitud de Shanks era ofensiva.
— ¡Claro que no! —estalló—. ¡No soy cómo...! —calló. Apretó los dientes con fuerza. Realmente estaba cansado.
—No eres como yo —terminó el pelirrojo con actitud altanera.
Mihawk se pasó una mano por la frente intentando recuperar la calma—. Shanks... por favor...
—Eres un puto mentiroso —escupió con resentimiento—. Dijiste que me perdonabas, pero lo único que hiciste fue tragarte el jodido resentimiento.
—No.
—Pero sabes qué, me importa una mierda.
Mihawk podía sentir cómo algo dentro de sí crujía... y le dolía—... por favor... basta... —pidió en un susurro, tan débil que realmente no estaba seguro si quería parar aquello.
—Te engañé porque eres cómo un maldito robot —continuó el pelirrojo—. ¡Eres tan frio!
—Estoy cansado...
— ¡Siempre lo estás! —arrojó con fuerza la botella de licor, que se estrelló en la pared junto al ojiambarino, salpicándolo e hiriéndolo—. Nunca tienes ganas. No recibo de ti ni una caricia, ni un beso si no lo pido.
—Siempre fui así.
—¡A la mierda tus excusas!
Esa noche se quedó sólo, preguntándose si realmente todo lo que pasaba era su culpa.
Las siguientes semanas fueron un caos absoluto. El pelirrojo confesó que no había dejado de engañarlo desde hacía más de un año, y tras echarle la culpa de todo lo abandonó. No estaban oficialmente casados, pero como abogados habían firmado un contrato de convivencia, así que Shanks inicio una demanda por los bienes.
—Llévatelos todos.
La hermosa abogada del ojimiel lo miró incrédula al oírle decir aquello—. Mihawk...
—Olvídalo Hancock —la interrumpió el aludido—, no importa una mierda.
—¿Y cuándo te importó? —oyó bramar a Shanks mientras abandonaba aquella oficina.
Estaba cansado de todo, y todo le dolía. Quizá había amado demasiado a aquel hombre, quizá realmente era demasiado hermético y todo aquello sólo había sido la consecuencia ineludible del destino... tal vez era momento de dejar todo atrás.
La mañana que debía ir a firmar la cesión de bienes se descubrió preguntándose si saltar a las vías cuando el tren estuviera más cerca lo mataría o lo enviaría al hospital, pero cuando estaba a un paso de la orilla alguien lo jaló.
Las primeras palabras que cruzó con aquella persona habían sido automáticas, hasta que se percató que se trataba de aquel muchacho, Zoro Roronoa.
Esa mañana se presentaron y estrecharon sus manos, esa vez sintió como un choque eléctrico recorría cada rincón de su cuerpo al tiempo que su corazón se detenía.
Ese día se alejó de aquel muchacho, deseando no hacerlo.
5. Quizás.
Aquella mañana salió sin prisa y anduvo hasta la estación sin prestar mucha atención a nada. Había pasado un mes desde su último encuentro con Mihawk...
«Mihawk.»
Era agradable saber su nombre real y que no fuera solo el tipo guapo del metro. De algún modo lo hacia un poco más real, un poco más plausible.
Sinceramente nunca se imaginó a si mismo prendado de alguien de aquella manera, no luego de lo desastrosa que había sido su adolescencia cuando todos en la escuela descubrieron que era gay, no luego de que todos sus amigos se alejaran de él por prejuicios y el único que se le acercaba era el pervertido de closet que lo único que quería hacer era metérsela.
Suspiró. Había sido un adolescente estúpido y se prometió que aquello no volvería a pasarle, pero ahora ahí estaba, prendado de un extraño del que apenas sabia su nombre.
Se maldijo en silencio y anduvo hasta su oficina sin más eventualidades. No era como si aquel hombre y él se tomaran muy a menudo.
Finalmente, todo había terminado.
El pelirrojo opto por vender los bienes comunes y repartir las ganancias por la mitad al final de las negociaciones.
"—No quiero nada que venga de ti. "
Eso le había dicho, como golpe final para terminar de hacerlo pedazos.
Una parte de él realmente no lo culpaba, nunca había sido lo que él había querido, aunque se había esforzado en serlo. Tenía demasiados demonios, tenía demasiadas cargas, y con el paso de los años lo único que había hecho era cansarse más y más de todo. Demasiadas pérdidas en una sola vida. Suspiró.
La vida no era más que el inevitable infinito de un efímero instante.
Hancock le ayudó en todo lo que fue posible, era una gran mujer, fuerte, decidida, implacable. Se había encargado de que todo estuviera en regla de que el reparto hubiera sido justo y de que no tuviera que ver a su expareja más veces de las que fuera necesario. Una parte de él sentía que ella trataba de protegerlo, quizá realmente lo estaba intentando, pero era algo difícil con alguien como Shanks. El pelirrojo era explosivo e hiriente cuando se lo proponía. No pensaba en las consecuencias de sus palabras, o quizás no le importaban. Quizás estaba demasiado herido como para importarle una mierda alguien más que él mismo, después de todo, como no había parado de repetírselo los últimos años, compartir la vida con él no había sido fácil.
"—Intenta vivir con alguien como tú."
Esas palabras le habían dejado un hueco en el pecho que parecía querer succionarlo todo cada vez que las recordaba. ¿Acaso había sido una persona tan difícil? ¿Acaso sus exigencias no eran justas? ¿Cuánto daño le había hecho para que acabara tratándolo así?
A veces recordaba en el inicio de su relación. Shanks siempre fue apasionado, pero nunca cruel. ¿Él era más accesible en aquel entonces o Shanks era más paciente? ¿Quién había cambiado, qué había cambiado?
"—Intenta vivir con alguien como tú."
Trataba de no pensar demasiado en nada porque recordar esas últimas palabras le sofocaban. Sentía como si el aire no pudiera entrar a sus pulmones.
Suspiro, bajó del taxi y entró a la estación del metro. Necesitaba despejar su mente, necesitaba estar rodeado del bullicio para evitar pensar en todas esas cosas que le quemaban por dentro, calcinándolo.
Zoro saco una bebida energética de una maquina expendedora mientras esperaba su tren. La noche anterior había tenido que llevar trabajo a casa y no había conseguido dormir más de un par de horas. Abrió la lata y bebió un sorbo mientras miraba alrededor, sin ver nada. No estaba buscando a nadie solo no sabía a donde mirar mientras daba aquel sorbo.
Sus ojos se detuvieron en una elegante y familiar figura que caminaba sin prisa. Llevaba algo en las manos, observándolo. Supuso que se trataba del boleto.
Se bebió de un trago el resto de la bebida y echo la lata a la basura antes de correr hacia él—. ¡Mihawk! —le llamó antes de detenerse a pensar en lo que estaba haciendo.
El hombre se detuvo y se volvió a mirar, y aquellos ojos ambarinos fueron como un balde de agua fría en la espalda de Zoro. No tenía idea de porque le había llamado. Había sido un impulso estúpido y se maldijo por no haberlo controlado.
Mihawk volvió la vista al escuchar su nombre. Sabia que no era un nombre muy común y le costaba trabajo que pensar que le estuvieran hablando a alguien más, aunque por un instante no supo quién podría estarle llamando en aquel lugar. Claro que solo tuvo que volverse y reconocer la figura masculina del otro lado del andén para saber quién le había llamado.
Caminó hasta él a paso decidido—. Hola Zoro —la cara del joven estaba visiblemente roja. Quizá había estado corriendo. Ladeo la cabeza y le sonrió—. ¿Estas bien? —el joven asintió con la cabeza de manera enérgica. No pudo dejar de sonreír, se veía sumamente cómico—. ¿Sucede algo? —inquirió, con respecto al inesperado llamado que el joven le había hecho.
Zoro sintió como se ponía todavía más rojo, si eso era posible. Desvió la mirada y negó con la cabeza—. Solo te reconocí y quise saludarte.
Mihawk se rio. No se estaba burlando, pero fue una reacción natural al no saber como tomarse exactamente aquello—. Me alegra que lo hicieras —dijo con sinceridad—, siempre me alegra el día mirarte.
Zoro levantó la mirado sorprendido. Sintió como su corazón se detenía. Ni siquiera le importó que se hubiera reído de él. ¿Cómo podía ser tan desinhibido? —. A mí también —murmuró tan bajo que pensó que no lo escucharían.
Por un segundo Mihawk sintió un choque eléctrico recorrerlo completo. Pudo sentir como si su corazón hubiera comenzado a latir otra vez y sonrió con calidez. Los últimos días había comenzado a pensar que ya no era capaz de sentir otra cosa que no fuera hastió y pesar. Aquel joven de extravagante cabello verde le hizo darse cuenta de que si era capaz de sentir algo más que dolor—. Es bueno saber que no es algo unilateral.
Se miraron a los ojos por un tiempo que les pareció interminable, hasta que el sonido de los trenes llegando a la estación los devolvió a la realidad.
—Ojalá nos veamos pronto —dijo el mayor como despedida, para enseguida darse la vuelta y andar rumbo a su tren.
El corazón de Zoro estaba latiendo tan deprisa que sentía como si fuera a escapársele del pecho en cualquier momento para correr detrás de aquel hombre. Estaba asustado de dar un paso hacia adelante, a ultima vez que lo había hecho las cosas se habían ido por el caño, pero todas las palabras de aquel hombre no podían ser al azar. Sus emociones no podían ser fruto de una fantasía. Tragó duro y corrió tras él.
Mihawk subió a su tren tratando de que la sensación de tener todos los vellos del cuerpo erizados desapareciera. Tenía un escalofrió en la nuca. Suspiró. Aquello parecía una tontería, ni siquiera conocía a aquel muchacho, no sabía sus preferencias, no sabía nada de él. Ese día, como cada día que se lo encontraba con él en aquella estación, se estaba reprendiendo por los comentarios indebidos que soltaba sin darse cuenta, y la verdad agradecía que el chico fuera tan amable no le hubiera dado, aún, un buen puñetazo.
Se sujeto del pasamanos y suspiró.
Había pensado en cambiar de estación, después de todo ya no vivía en los edificios aledaños, pero un impulso ridículo lo hacía tomar un taxi hasta aquel lugar siempre que tenía que tomar el metro.
Quizá era porque aquel muchacho era como un sol. Cálido y brillante que lo hacía olvidarse por unos momentos de toda la oscuridad y la mierda que siempre llevaba encima.
Una mano en su hombro lo sobresalto. Se giró para terminar encontrándose con el agitado muchacho que segundos antes estaba ocupando sus pensamientos. Miró a su alrededor como las puertas del metro se cerraban, luego con expresión de preocupación se volvió hacia el muchacho, quien estaba tratando de recuperar el aliento—. ¿Siempre tomas este tren?
Zoro negó con la cabeza—. Quería alzarte.
Mihawk volvió a sentir la sacudida en su pecho que le hacia creer que su corazón estaba intentando latir de nuevo—. ¿Cómo?
—Me gustas.
—¿Qué?
—Quería... —sacudió la cabeza—. Quiero invitarte a salir —se inclinó, evadiendo la mirada del mayor. Esperaba sinceramente no haberse equivocado y no recibir una paliza en aquella ocasión. Sintió la mano del mayor aproximarse y cerró los ojos, pero en lugar de un golpe sintió las yemas de sus dedos acariciar su mejilla hasta sujetarle el mentón y hacer que se levantara. Abrió los ojos lentamente y se encontró con una cálida sonrisa.
—Realmente me encantaría poder salir contigo —Sintió su corazón bombeando deprisa, hacia días que era incapaz de sentirlo latir, aunque sabía que lo hacía. Los vellos de su nuca se erizaron y ese hueco que se había formado en su interior en los últimos años ya no parecía ser tan grande.
Zoro pudo sentir como todas las emociones en su interior chocaban entre sí, buscando la manera de escapársele del cuerpo, de desbordarlo. Sonrió, porque era todo lo que podía hacer en aquel momento. Porque el tacto de aquellas manos y la mirada de aquellos ojos hacia que algo dentro de él explotara como fuegos artificiales.
La sensación de paz y alegría les duro demasiado poco. Hubo una sacudida. El piso se movió.
Mihawk se aferró al pasamanos con una mano mientras con a otra atrapaba al joven en un abrazo protector, mientras todo a su derredor se desmoronaba.
Aquel día un sismo con una magnitud mayor a los ocho sacudió su cuidad. Varias líneas del metro se vieron afectadas y más de un centenar de vidas se perdieron. No hubo nada que hacer más que sacar los cuerpos de entre los escombros.
La vida es efímera, pero parecemos no darnos cuento ello hasta que no sentimos el fin. Vivimos atrapados en la rutina, en la cotidianidad de andar sin parar por un rumbo que no acaba de gustarnos, yendo y viniendo, sobreviviendo, pero si vivir en realidad.
Dar un paso hacia el abismo puede ser aterrador, pero también puede suponernos los momentos más felices de nuestras vidas.
FIN.
