Capítulo 1

El juicio

Cada una de las cuarenta Familias había enviado su representante para el juicio, y se ubicaban ya casi todos en sus lugares asignados, que formaban un gran círculo. En cualquier momento ella se encontraría escuchando sus acusaciones, parada en medio, tratando de sonar convincente para que su justificación fuera suficiente para salvar su vida.

Mientras esperaban impacientes a que llegara el último magistrado, Jaenara miraba a la ciudad desde un saliente en el balcón de la gran terraza donde tendría lugar el juicio. Desde lo alto de la terraza donde se encontraba, Valyria se veía como un gran parque cortado por ríos de lava, salpicado aquí y allí por torres apiñadas que conformaban los palacios rodeados de muros exquisitamente trabajados, cada uno más majestuoso que el anterior, con sus torres abiertas al cielo, sus terrazas y sus jardines colgantes, y, en el cielo, dragones volando y jugando en libertad.

Los palacios de los Señores Dragón eran una vista impresionante. La ciudad más hermosa del mundo, y tuve que traicionarla, pensó. Quería observar cada detalle y recordarlo para siempre, guardarlo en su memoria, para cuando, en el futuro, alejada de todo lo que amaba, pudiera revivir la ciudad en su mente y sentirse en casa un poco.

Observó el palacio de los Targaryen, que era el que más cerca se encontraba, exquisitamente ornamentado con piedra negra lisa y gárgolas y esfinges por doquier, de las cuales caía agua resplandeciente hasta un arroyo artificial que convertía al palacio en una magnífica isla ajardinada. Los Targaryen tenían su sentido del humor, y hacer que dragones de piedra expulsaran agua por la boca era ciertamente parte de un gran chiste. Aún así era un palacio pequeño, con solo unas tres torres, que albergaban tan solo cinco dragones. No podía compararse con los jardines de los Helaenys, tan ricos y frondosos que cuando el viento soplaba en la dirección correcta el aroma a jazmín inundaba toda la ciudad, con tantos esclavos y sirvientes que empleaba más personas que las guarniciones enteras de algunos puestos comerciales, con tantos dragones que ellos solos podrían derrotar de nuevo a las legiones de Ghis.

Algunas familias decidían vivir en palacios tallados directamente en las laderas de los Fuegos, lo que los alejaba bastante del centro de la ciudad, detrás del muro de esclavos, pero los dragones de estas familias tenían fama de ser más fieros y poderosos que los de cualquier otra, aunque también de ser más crueles, alimentándose algunos exclusivamente de sangre valyria y de otros dragones, si las leyendas eran ciertas.

Más bajas y menos glamorosas eran las viviendas de los señores mercaderes, los exploradores y los senescales, que, aunque tenían posesiones en la ciudad, por lo general eran enviados a vivir en las Marcas del Feudo.

El palacio de los Belaerys era menor comparado con el de los grandes Señores Dragón, pero aún así era considerado hermoso. A diferencia de la mayoría, construidos en piedra negra fundida por los dragones y los hechiceros, los señores de Belaerys habían edificado su morada en piedra clara, arenisca y mármol, tallada por un ejército de esclavos al cual le había tomado una generación terminar el trabajo, tal era la magnitud. Tenía tres terrazas y quince torres, cada una con una corona de gárgolas, con acentos en distintas piedras preciosas.

Ahora mismo se encontraban todos en la terraza superior, que era la más nueva y la más elaborada, con sus fuentes de agua, de lava, y sus jardines de plantas exóticas. Los salones ceremoniales de ese nivel estaban decorados en madreperla y huesodragón y aguamarina, gemas tan grandes que, talladas, conformaban lámparas enteras sostenidas por cadenas de acerodragón. Los niveles inferiores cada uno era menos opulento que el anterior, porque eran los más cercanos al suelo, y en el suelo se encontraba la gente que no volaba. Así, las entradas a los palacios por tierra eran casi siempre de piedra basta. Algunos Señores Dragón colgaban estandartes, costumbre que habían adquirido principalmente de sus viajes por los pendencieros reinos de más allá del Mar Angosto, pero la mayoría exhibía las calaveras de sus dragones, exhibiendo, orgullosos, su historia en el Feudo Franco.

Los niveles subterráneos eran terreno de los hechiceros y esclavos, y, recubiertos de una piedra grasienta y horrenda proveniente en su mayoría de las Tierras Sombrías, eran escenario de numerosos rituales cuya mención pública podía significar el exilio de familias enteras.

Poca importancia se les daba a los salones, en realidad: los recintos cerrados eran propios de sirvientes, esclavos y hechiceros: el dominio de los dragones era el mismísimo cielo, donde volaban más alto incluso que los propios dioses. Toda la vida pública de Valyria, todas las reuniones importantes, las fiestas, las campañas y las traiciones, se decidían en los jardines de las terrazas, cargados de fruta y de fuentes, siempre con el cielo como testigo.

Y bajo ese mismo cielo iba a tener lugar el juicio. El juicio contra ella, por los crímenes que había cometido.

No tuvo que esperar mucho para que comenzara: en seguida se anunció la llegada del último magistrado. Venía de las escaleras, naturalmente. Nadie fuera de las cuarenta Familias podía volar.

Los cuarenta Grandes Señores, las cabezas de cada una de las casas de los Señores Dragón, habían elegido cada uno un magistrado para actuar como juez en el juicio de Jaenara, dado que a muchos de ellos no les interesaba estar presentes. Así, se veía entre el jurado a hombres tan ilustres como Vaemon Velaryon, el Héroe de Rocaselva, como él mismo se había apodado, u hombres tan pendencieros como Qentyn Zohaerys, mariscal de una colonia de las Islas del Basilisco. Si bien sólo la Sangre de Dragón podía juzgar a la Sangre de Dragón, todos estos señores menores contaban con el permiso de los Grandes Señores, por lo que la vida de Jaenara no estaba tan a salvo como su familia quería creer.

Una vez estuvieron todos en la terraza, el vocero anunció el comienzo del juicio, por lo que todos se sentaron en los sillones de oro y perlas, y comenzaron las preguntas.

– Jaenara Belaerys, se la juzga por intentar comprar y vender un dragón a numerosas casas, que son las que la acusan. ¿Cómo se declara?

Jaenara no podía creer lo que estaba a punto de decir, pero era su estrategia y debía funcionar.

– Culpable, mi señor. Me declaro culpable.

Un murmullo de sorpresa quedo corrió entre los presentes. Aedmyn Belaerys, su padre, espantado ante tal afirmación, pidió tener la palabra.

– Con su permiso, mis buenos señores, mi hija no sabe lo que está diciendo. Claramente no ha entendido la pregunta, creo que podríamos conducir mejor nosotros una investigación por nuestros medios, creo que podemos…

– Con todo respeto, lord Aedmyn, quien está en juicio es su hija, no usted. Si se encuentra tan nervioso que necesita interrumpir un procedimiento legal le recomiendo dar un paseo a lomos de Paryx hasta que terminemos – otros hombres asintieron. Su padre se había avergonzado a sí mismo, pero temía por el destino que pudieran elegir para su hija. Los magistrados, entre ellos el adusto Vaemon Velaryon, magistrado elegido por Targaryen y quien había contestado tan gélidamente, no iban a ser tan indulgentes ni ingenuos.

– No pueden, ¡no pueden! ¿Quién creen ustedes que son como para juzgar a mi hija? ¿Alguna vez montaron a lomos de un dragón? ¡No lo creo! ¿Alguna vez quemaron a un enemigo aterrorizado? ¡No lo creo! No hablan ni con la verdad de los dioses ni con la verdad de los hombres. No pueden juzgar a un Señor Dragón, ¡no son nadie!

Lord Vaemon lo miraba serio, con ojos que perforaban el aire. Otros señores no eran tan pacientes, y, entre suspiros sorprendidos, un hombre de entre la pequeña multitud tomó la palabra.

– Aedmyn, silencio – quien habló era uno de los Señores Dragón, que no formaba parte del grupo de cuarenta magistrados juzgando a Jaenara –. Deja que el juicio siga – dijo con su mano en el pomo de su espada. Aedmyn pareció aceptar, y se quedó callado.

Esta vez la que habló fue Jaenara.

– Mis señores y nobles magistrados. Quiero decir que lo que hice, lo hice por una razón – su padre la miró nerviosamente, pero ella estaba decidida a hablar –. Quiero contarles por qué hice lo que hice, por qué quise comprar un dragón, convencida de que van a entender mis motivos, y que van a entender por qué tuvo sentido, aunque haya sido un error.

Su padre estaba espantado, pero los magistrados querían saber qué tenía ella para decir.

– Adelante, mi señora. Somos suyos – dijo Vaemon.

– Conocido por todos es el poder de esta familia. Somos una familia noble y antigua, como bien saben. Lucerys Belaerys luchó junto a Volon Helaenys – dijo mirando a lord Helaenys, quien se encontraba presente en la multitud – y juntos trajeron los caparazones de los ancianos del río, tan grandes que los hijos de uno y otro se bañaban juntos bajo el sol de verano. Un milenio antes de eso, Mara Belaerys viajó hacia Ghis a rescatar al buen señor de Vaegyen – dijo mirando al magistrado que representaba a lord Vaegyen, porque este no estaba presente – que estaba prisionero. Los Belaerys siempre hemos servido a esta ciudad y siempre hemos actuado con los demás señores dragón como si fueran nuestros hermanos. Lord Garmin – dijo mirando a Garmin Mortigar – ¿no se casó acaso su abuelo paterno con una tía de quien hoy es mi padre?

– Todo lo que dice mi señora es cierto – dijo Vaemon, que parecía haberse puesto al mando de los magistrados – pero tiene que dirigirse a los magistrados, no a los señores presentes.

– Quiero decir, a quien tenga oídos para escuchar, que esta familia ha noblemente dado su vida por el Feudo Franco.

– Bien. ¿Y?

– Y entenderán ustedes, entonces, la decepción y la vergüenza que cayó sobre nuestro padre cuando, a lo largo de los años, su heredero demostró ser incapaz de domar un dragón…

Todo el mundo quedó en silencio, sorprendidos. Lo que había sido un secreto, ahora había salido a la luz: Aegon, el hermano mayor y prometido de Jaenara, nunca había sido capaz de montar un dragón. El huevo de dragón que habían puesto en su cuna de bebé nunca había eclosionado, estando todavía en alguna de las habitaciones del palacio. Con los años, cuando ya Jaenara crecía junto con Terrax, Aegon intentó domesticar a uno de los dragones de su familia, dado que además de los de su hermana y su padre, ninguno tenía jinete. Pero con ninguno tuvo suerte: Artax estaba demasiado viejo para volar, Leño estaba demasiado gordo, Tiznehoguera era demasiado terco. Otro de los dragones había amenazado con quemarlo si se acercaba, y los demás dragones del palacio ni siquiera prestaban atención. No habían servido ni los sacrificios ni los látigos, ni los hechizos, que tanto se decía que podían controlar un dragón sin importar la voluntad del mismo.

Decenas de esclavos habían tenido que ser azotados para que olvidaran semejante espectáculo, algunos incluso asesinados para mantener el secreto. Con los años todos se habían empezado a dar cuenta de que el heredero de Belaerys jamás había sido visto a lomos de un dragón, comparándolo con su hermana, a la que siempre veían a lomos del grácil Terrax. En un intento desesperado por solucionar la situación, Jaenara había contactado a un mago al servicio de los Eorherys, una de las familias de los Fuegos, y había intentado comprar un dragón que, le habían dicho, iba a poder ser domado. El precio a pagar iba a ser no solo por el dragón, sino también por los magos.

– ¿De cuánto estamos hablando? ¿Qué precio se le puso al dragón, símbolo y razón de ser de este Imperio?

– Lo equivalente a cien carracas de oro. Cinco carracas de canela. Cinco carracas de azafrán y cinco de clavo. Una máscara de caparazón de tortuga, cien esclavos… y Findelfuego.

Los magistrados quedaron en silencio un momento.

– ¿Y qué pasó después?

– El mago con el que yo había hablado fue encontrado muerto, mi señor. Al igual que lord Eorherys, pero de eso verdaderamente no sé nada.

– No se te acusa de haber asesinado a Rhys Eorherys, y mucho menos se te va a acusar de asesinar a un mago – dijo uno de los magistrados, riendo.

– Por favor, prosiga con el relato.

– Bien. Luego de esto, intenté contactarme con hechiceros y esclavos de los Señores de Targaryen, pero se negaron de lleno, sin ninguna posibilidad de negociar. Entonces hablé con una mujer al servicio de Maera, la hija bastarda de Sycamor Maentaerys, que me prometió un huevo… Pero fui traicionada, y aquí estamos ahora.

– Hm, entendemos. Una pregunta – dijo un magistrado gordo y calvo que no había hablado hasta ese momento –, ¿por qué decidió hablar usted personalmente, en lugar de contactar a estos magos y esclavos a través de sus propios esclavos?

– Bueno… tenía que ser yo. Pensé que sería más efectivo si era yo.

– Muy bien, mi señora. Bueno, los juicios son aburridos, creo que nos vamos a retirar un momento a tomar una decisión, ¿no? – dijo mirando alrededor – Volveremos en unos momentos con un veredicto y terminaremos con esto.

Los magistrados se levantaron y entraron todos juntos a uno de los salones cercanos, quedando Jaenara y los nobles Señores Dragón presentes fuera, en la terraza. Estos no tardaron en ponerse a conversar entre sí, mientras ella se acercó a una torre desde donde sabía que su hermano estaba escuchando todo en secreto, dado que no se animaba a presentarse frente a los demás por vergüenza.

– Muy buena defensa, hermana – dijo luego de besarla – ¿Familia noble y antigua? ¡Ja! Lord Velaryon debe conocer muy poco la historia de los señores dragón para creer eso. ¿Me convertiré en alguien tan imbécil como él cuando sea viejo? – se lamentó.

– Hm – rió Jaenara lo mejor que pudo. El Héroe de Rocaselva. Dioses, ¿qué demonios es una Rocaselva?

– Es imposible que esa gente te esté juzgando. No tienen autoridad para hacer nada. Padre va a derretirlos en un abrir y cerrar de ojos si deciden sobrepasarse con su castigo.

– Tengo miedo, Aegon. No sé qué van a hacer conmigo. Padre tiene las manos atadas. Tengo miedo de que decidan lo peor – Jaenara no podía tomar la situación con la ligereza con la que se la tomaba su hermano, su corazón palpitaba por los nervios y la pena.

– Tranquila, Jana, tranquila – dijo abrazándola –. Padre no dejará que te ejecuten. Eres su heredera. Yo no puedo montar un dragón, nunca voy a ser un señor dragón. Tú, en cambio, has nacido para ello. No pueden hacerte nada, tienes tanta sangre de dragón como cualquiera de esos que se creen por encima de todos. Tú eres la verdadera heredera de Belaerys, tuya será Findelfuego.

– Ay, Aegon, siempre tan ingenuo – ella había apoyado la cabeza en su pecho, buscando refugio –. Siento que intenté comprar el hijo de uno de esos Señores Dragón, ¿entiendes? Es… Es mucho. Fui muy lejos. Siento…

– ¿Qué?

– Siento que no te veré nunca más después de hoy.

– Mira quién es la ingenua ahora – sonrió. Se abrazaron y se quedaron en silencio. Su hermano era el hombre más hermoso de la ciudad, y uno de los más ilustres. Los Belaerys tenían una belleza legendaria incluso entre los valyrios, con su pelo una mezcla brillante de plata y oro, y sus ojos profundamente aguamarina, en lugar del tradicional violeta y lila que tanto cautivaba a los extranjeros. Sus ojos eran tan distintivos que su propio palacio era llamado Aguamarina, y se adornaban ellos mismos con ornamentos de aguamarinas, turquesas y oro, que sólo podían ser confeccionados por orfebres ancianos que habían estudiado su arte toda una vida. Las suyas no eran piedras tan preciosas como el rubí de los Targaryen o el lapislázuli de los Helaenys, pero la calidad de la manufactura era miles de veces superior. El broche que cerraba la capa de su hermano, por ejemplo, tenía forma de lira, con una pieza de aguamarina tallada formando el cuerpo principal, y pequeñas cuerdas de oro fino, con clavijas de platino que podían cambiar la afinación para tocar pequeñas canciones.

Su hermano era un poeta y bardo excepcional, que compilaba sus poemas en un ya grueso tomo que esperaba publicar algún día. Muchos de sus poemas y canciones estaban dedicados a ella y sus hermosos ojos y su cabello, y cada vez que escribía su nombre empleaba una tinta especial, encantada para que de noche brille con la intensidad del sol de oro.

Para pasar el tiempo él se puso a tararear una canción, pero la melodía solo arrancaba lágrimas en sus ojos.

Cuando finalmente volvieron los magistrados a la terraza, con Vaemon Velaryon al frente, preparado para hablar, ella se apresuró a volver a la terraza.

– Jaenara, de la sangre de Belaerys, hija de Aedmyn, hijo de Ceorwyn. Los magistrados, en representación de cada una de las familias de los Señores de la sangre de Dragón, en nombre del Feudo Franco de Valyria, han decidido que sean usted y su dragón Terrax exiliados de la Ciudad y de todo territorio bajo dominio del Feudo Franco, por un período de tiempo no menor a diez años. Aegon, de la sangre de Belaerys, hijo de Aedmyn, hijo de Ceorwyn, tiene prohibido de por vida montar en un dragón. La sangre de Belaeys, de la sangre de Dragón del Feudo Franco de Valyria, quedará exiliada permanentemente y despojada de todas sus posesiones si estas medidas no fueran cumplidas en su totalidad.

Su padre se veía derrotado, pero la condena había sido justa. Jana estaba aliviada: le habían perdonado la vida, y en diez años volvería a estar en casa. De inmediato debía prepararse para partir, mientras antes fuera, mejor. Aunque sabía que iban a ser difíciles las despedidas.

Inmediatamente se dirigió a sus habitaciones, mientras los magistrados y los grandes señores se retiraban y, preparando tan solo un pequeño bolso con ropas ligeras de viaje, subió por una torre hasta encontrarse con Terrax, que parecía estar esperándola, y en seguida remontaron vuelo, sin saber a dónde dirigirse.

Había decidido no despedirse de nadie.


Aquí termina el primer capítulo de esta historia, basada en el viaje de la noble valyria Jaenara Belaerys mencionado en El Mundo de Hielo y Fuego. Espero que lo disfruten.