Capítulo 2

Volantis

Volar en dragón era la experiencia más hermosa que se pudiera concebir. Una se subía a lomos de la bestia y, con tan solo el batir de las alas, se remontaba el vuelo y se dejaba la tierra atrás. Las ciudades eran mucho más hermosas desde arriba, pero esa era una verdad que pocos estaban destinados a conocer. En todo momento había menos de medio millar de jinetes, pero los dragones bien sobrepasaban ese número. Los Belaerys tenían ellos mismos tan solo dos jinetes, su padre y ella, y sin embargo contaban con quince dragones en total, y no eran ni de cerca la casa que más dragones poseía. Las ciudades estaban mucho peor defendidas desde arriba, aunque esa verdad sí se había hecho clara a lo largo de los años, y ese era el secreto de la cantidad de dragones que poseían. ¿Qué ejército podría hacer frente a una fuerza que, sin importar la proporción de soldados de a pie, atacaba con trescientos dragones a la vez? Los rhoynar lo habían aprendido por las malas, los ghiscarios, los energúmenos de las Islas del Basilisco…

Mientras remontaba vuelo y dejaba la ciudad a su espalda, pensó en cuál debería ser su destino. Miró una última vez a la ciudad, una corona formada por los Catorce Fuegos que rodeaba a otra corona más pequeña de palacios, una corona de casas bajas, y luego, en el centro, los verdaderos palacios. El centro de Valyria era el centro del mundo civilizado, la zona en la que se decidían los destinos del mundo. Bibliotecas, mercados, palacios tan majestuosos que si los extranjeros los vieran se echarían a llorar, torres, templos. Miles de templos, cada uno para un dios distinto.

Aunque la maravilla más grande de la ciudad, y asimismo la maravilla más grande del mundo entero, eran los dragones, que sorprendían a propios y extraños. La inteligencia de estas bestias sorprendía a los mismos valyrios, los cuales, al estar acostumbrados a tener tanto poder, rara vez se sorprendían con algo. Los dragones parecían entender el concepto de las familias de los Señores Dragón casi tan bien como los Señores mismos, y se desarrollaban enemistades y amistades entre ellos a la vez que se firmaban alianzas y se producían rivalidades entre los Señores, al punto de que había quien opinaba que lo que ocurría en realidad era lo inverso. Tantos dragones sólo podían ser controlados con la ayuda de la poderosa hechicería valyria, donde magos y sacerdotes guiaban, porque controlar era imposible, a las bestias, con cuernos y conjuros, adiestrándolos en enormes jaulas cuyos barrotes eran de lava viva y mágicamente retorcida, enseñándoles a responder no como los caballos o el ganado con reflejos basados en el miedo sino con ademanes basados en la lucha y la confrontación, porque eran bestias feroces, y no temían a nada.

También volar era un acto religioso. Volar en dragón era el ritual religioso más hermoso que se pudiera concebir. Los dioses valyrios, a veces salvajes, a veces indulgentes, tenían una constante, y era que amaban el calor, las llamas y la naturaleza, siendo los dragones su propia personificación: fuego hecho carne, con corazas duras como el acero, y más rápidos que el mismísimo viento. El cielo era el templo de los valyrios, y ellos su propio objeto de oración. ¿Qué podía ser más sagrado que un jinete de dragón?

Era imposible para Jaenara ya buscar alguna familia que la acogiera, porque vivían todas en la ciudad, aunque era común ver jinetes de dragón por doquier en visitas esporádicas, ya sea a Oros, Mantarys o Volantys. Cualquiera de estas ciudades iba a estar preparada para alojarla al menos por algún tiempo, dado que ella debía pensar no solo en su pasar sino también en el de Terrax. Si Vaemon había sido exacto con su veredicto, ella no podría alojarse en ninguna ciudad valyria que estuviera directamente bajo el control de Valyria, pero quizás sí en alguno de los puestos comerciales o de avanzada del Imperio del Feudo Franco. De cualquier manera, esto descartaba a las Tierras del Largo Verano, la enorme península increíblemente fértil donde había nacido su pueblo.

Tiró de las espinas cervicales de Terrax bien fuerte, para que el dragón subiera más alto en su vuelo, y poder pensar mejor. Aún no se encontraban lejos de Valyria, todavía ocupaba gran parte del horizonte a sus espaldas. Decidió, mientras caía la tarde, volar hacia el sol del ocaso.

Jaenara no gustaba de usar silla ni látigo, ni gritaba a su dragón para controlarlo. Habían crecido juntos, nacidos el mismo día, y estaban acostumbrados a jugar desde antes de que ella pudiera montarlo. Siempre había sido un dragón temperamental, al punto que ni siquiera su padre podía acercarse: sólo ella podía. Era, también, un dragón hermoso. El más hermoso del Feudo Franco, según Jaenara, aunque ella suponía que su opinión no era del todo objetiva. Tenía en todo el cuerpo escamas blancas, pero del tono de la nieve sucia, salpicadas de motas negras aquí y allá, principalmente cerca de las patas y las alas. Las alas eran del color aguamarina profundo de los ojos de Jaenara, lo cual sólo podía ser explicado por la conexión que sentían ambos entre ellos, desde el día en que habían llegado al mundo. Su cuello y partes de su lomo presentaban grandes espinas del color de la crema ligera, duras y afiladas, al igual que los cuernos que salían de su cabeza. Sus ojos eran de un aguamarina oscuro, duro e inquietante. Tenía el dragón una mirada inteligente, y solía tomar decisiones acertadas a la hora de volar y esquivar obstáculos, como si su principal misión fuera mantener cómoda a Jaenara en su lomo. Ningún dragón jamás necesitaría armadura, por supuesto: sus escamas eran tan duras y tan fuertes que ni el escorpión más pesado podría jamás penetrarlo.

Terrax había dejado huevos, pero Jaenara no llevaba ninguno consigo. Se lamentó, porque le habría sido útil al menos uno para venderlo. Los huevos se podían vender porque no había peligro de que eclosionaran: era sabido que nadie fuera de Valyria podría jamás hacer nacer un dragón, por numerosas causas que tenían que ver con la magia y que eran materia de los hechiceros. Lo único que tenía para vender era el broche de su capa, un pincel confeccionado en mármol blanco con cerdas de platino, que tenía un mecanismo oculto de oro que, al apretar un botón de madreperla, expulsaba una pintura hecha con tinta de los calamares del Mar de Jade. Semejante obra de arte podría valer tanto como una casa modesta con algunos criados en alguna de las colonias, pero, ¿por qué se contentaría con una casa? ¿Por qué no un palacio?

Pensó, entonces, que la mejor manera de pasar los años iba a ser siendo una invitada de honor en la corte de algún noble extranjero, quizás de los reyes pendencieros que se encontraban más allá de los dominios de lord Velaryon, en una bahía del Mar Angosto. Así, vio que su decisión de volar al sol poniente había sido acertada, y, viendo toda la costa por delante, con sus bahías y riscos, con sus ríos, lagos y lagunas, y la península a su espalda, decidió volar hasta Volantis, para estar allí durante algún tiempo, pero, para no alejarse tanto de la tierra, viró hacia el norte.

Se hacía de noche, por lo que decidió hacer tierra y descansar, durmiendo a la intemperie bajo el ala de su dragón. La sangre de dragón abandonada en medio del monte, vaya espectáculo, pensó. Las estrellas eran hermosas esa noche, pero el sueño fue agitado.

Luego de volar todo el día siguiente, justo antes del anochecer llegó a Volantis, una ciudad enorme y hermosa, que, de tener dragones volando por los cielos, habría rivalizado en hegemonía a Valyria seguramente. Sobrevoló la ciudad un par de veces para ser vista a lomos de Terrax, y posteriormente se posó fuera de la muralla exterior, lejos del olor y el bullicio de los esclavos, y esperó que alguien saliera a su encuentro.

No tuvo que esperar mucho, porque en seguida la comitiva del triarca salió a recibirla, subido a una litera de marfil y oro cargado por ocho o diez esclavos, Jaenara no se preocupó por contarlos. Lo que sí observó fue el tumbo que casi da cuando lo bajaron al nivel del suelo, debido a lo pesado que el triarca debía ser, a juzgar por lo que se veía a través de las cortinas de terciopelo violeta. Lo acompañaban también unos cincuenta esclavos armados con lanza y escudos, pero sin ninguna otra defensa. Cuando el triarca pudo salir, él mismo se presentó ante ella: ningún esclavo de Volantis sería digno jamás de dirigirse a una Señora Dragón de Valyria.

- Mi señora, bienvenida. La Ciudad de Volantys es suya, y quien le habla, el triarca Magario, se declara su fiel servidor.

- Triarca Magario, busco asilo en esta hermosa ciudad, al menos durante algún tiempo: es mi misión viajar hacia los reinos del ocaso.

- ¡Ah! Muy bien. Sin más dilación, permítame escoltarla hacia mi palacio, dentro de la Muralla Negra. Mientras menos nos mezclemos con la gente de esta ciudad, tanto mejor.

- La única escolta que necesito es Terrax, él será toda mi compañía.

De manera que partieron hacia el interior de la Muralla Negra, el triarca con toda su comitiva, y Jaenara volando a lomos de su dragón.

Volantis era una ciudad bastante grande, compuesta por dos mitades separadas por la monstruosa desembocadura del Rhoyne, que era atravesada por el Puente Largo que, a decir verdad, era menos impresionante que lo que las historias contaban. Lo que sí era impresionante era la interminable sucesión de callejuelas no más anchas que el cuerpo de una persona flaca, con tan solo alguna que otra fuente aquí y allá, plagada de esclavos y de quién sabe qué otra clase de gente. Cinco esclavos por hombre libre se decía que había en la ciudad, por lo que se preguntó si era apropiado estar en un lugar donde ella podría estar tan mal atendida. En un rincón frente a una fuente de agua un tanto mohosa se alzaba lo que no podía ser otra cosa que el Templo Rojo de Volantis, una construcción bestialmente gigante, una sucesión de cúpulas y agujas y ventanales y vidrieras rojas, amarillas y anaranjadas, el cual se decía que era el templo más grande del mundo dedicado al dios rojo.

Y, más allá, la Muralla Negra, el recinto oval dentro del cual se restauraban el orden, la belleza y la gracia. Sólo podían entrar quienes tuvieran una verdadera ascendencia valyria: los demás, no podrían apreciar nunca la belleza de la sucesión de jardines, palacios y templos que se encontraban en su interior a menos que fueran expresamente invitados. Ella, por ser de la Sangre del Dragón, prácticamente poseía la ciudad y su voluntad era tomada como ley, aunque nunca hubiera conocido la ciudad hasta ese momento.

El palacio del triarca Magario era más bien pequeño, como pudo comprobar cuando llegó su comitiva, que iba a pie, y le señalaron hacia dónde debía dirigirse. Hasta ese momento había estado esperando encima de la muralla, que, aunque se decía que era más dura que el acero y el diamante, había perdido algunos bloques bajo la fuerza del empuje de las garras de Terrax al posarse. Los dragones eran torpes en tierra, pero igual eran una visión pavorosa. Voló un corto tramo hasta las puertas del palacio.

- Mi señora, esta es mi humilde casa. Espero que le sienta tan cómoda a usted como a mí. La invito a que elija las habitaciones que prefiera y descanse, que más tarde vendrán los demás triarcas y nobles para una pequeña recepción en su honor. Le pido por favor que mis propias habitaciones no las elija, dado que, bueno, ¿dónde dormiría? – rió – Aunque si mi señora las quisiera, eh, todo podría arreglarse.

Las habitaciones elegidas habían sido las del ala norte, que daban a uno de los jardines. Detrás de las cortinas de terciopelo violeta, que Jaenara juzgó debían haber sido fabricadas con la misma tela que las de la litera, se sucedían las estatuas, los bancos y los limoneros, las fuentes y los pájaros. Allí, en un claro del jardín, Terrax se había echado a dormir luego de haberse alimentado con una vaca entera. En la habitación había toda una pared ocupada por una estantería repleta de libros, por lo que, si se aburría o le entraba la nostalgia, se le ocurrió que podría tomar uno e ir a leer al jardín. Ojeando los tomos, encontró una copia del Compendio del Jade, de Colloquo Votar, una pesada y larga relación de la historia reciente de varios de los Señores Dragón de otro erudito volantino, y muchos tratados acerca del comercio en la zona del Rhoyne. Ninguno era particularmente interesante, pero el Compendio del Jade era precioso, una obra de artesanía exquisita. Sobre una mesa habían dejado una bandeja de plata con frutas y una jarra de vino de tierras lejanas, pero por el momento no le apetecía nada.

El mismísimo triarca Magario fue a buscarla a sus habitaciones cuando llegaron el resto de los invitados, enviar un esclavo habría sido indigno.

- Mi señor, muchas gracias por sus atenciones. ¿Tiene usted sirvientes que sean hombres libres? No me sentiría insultada si fuera atendida por ellos.

- Lo lamento, mi señora. Todos mis hombres son esclavos, desde mis cocineros hasta la pequeña guarnición que me protege. Curiosamente, mis cocineros superan en número a estos últimos. ¡Ja! Viéndome, parece un espectáculo obvio, ¿no lo cree? – desapareció por un momento, pero volvió en seguida – Acompáñeme.

Ella lo siguió a él y a su comitiva de sirvientes por largos pasillos, hasta un salón iluminado con velas en lámparas de oro y cristal. Todas las bandejas eran de oro, todos los manteles eran de seda, y todas las copas tenían un zafiro o una esmeralda engarzada, menos la de Jaenara, que tenía una piedra de aguamarina.

- ¿Cómo lo supieron? – Jaenara sabía que aún no se había presentado, que sólo llegar a lomos de un dragón era motivo suficiente para merecer tantas atenciones.

- ¡Por favor! ¿Es que mi señora anda portando los ojos más hermosos de todo el Feudo Franco tan descaradamente y pretende que uno no se dé cuenta? – dijo Magario con tono de gracia – Mi señora de Belaerys, permítame presentarle a mis excelentes compañeros.

La compañía de la noche resultó ser muy simpatica. Los triarcas Carmello y Bonnoro eran grandes conversadores, conocían la historia de Valyria como la palma de su mano, y sabían mucho sobre dragones. Habían hablado de las cosechas, ella les había contado cómo era volar, cómo crecían los dragones. Ellos parecían disfrutar cada comentario, hablando a su vez de estrategias de guerra y de las campañas que habían llevado a Volantis a lo más alto de la pirámide de poder de la región. Carmello le presentó a su hijo, el pequeño Horonno, que había asegurado que su sueño de grande era ser triarca por muchos años. Bonnoro quería retirarse de la vía pública y convertirse en un príncipe comercial, manejar la flota más grande que Valyria hubiera visto, y vender sedas y marfil de Yi Ti a cambio de las tintas y los tocados de Volantis, y, por qué no, los pesados y polvorientos manuscritos de los brujos de Asshai. Todos estaban convencidos del poder de Volantis y del lugar que la historia le depararía.

- Sabe usted, Volantis será la nueva Valyria, una vez que Valyria sea devorada por el tiempo – dijo Bonnoro.

- ¿Disculpe? – preguntó sorprendida Jaenara.

- No, es solo una idea que rondaba por mi cabeza. Volantis sabe cómo luchar y ha ganado guerras sin dragones, pero Valyria dudo que sepa cómo, o que pueda acostumbrarse una vez que éstos desaparezcan.

- No tienen por qué desaparecer. Cada año nacen cientos de dragones, y son alimentados y entrenados de manera excelente. El poder de Volantis misma se asienta en nuestros dragones, así que no teman por nosotros. Estamos bien preparados.

- No le prestes atención, solo siente envidia. Su flota fue atacada y le asestaron un duro golpe hace poco.

- ¿Cómo? ¿Quién?

- Esos malditos isleños – dijo Bonnoro -. Los isleños del verano, que unificaron todas las islas bajo un solo mandato otra vez. Con sus arcos pueden perforar el casco de un barco. Le mostraré las flechas, son más largas que mis brazos. Los bardos ya la llaman la Guerra de los Esclavos. Cantan sobre mi derrota, ¿puede creerlo mi señora? ¿Permitiría el Héroe de Rocaselva que se cantara sobre sus derrotas?

- ¿Estamos en guerra? ¿Los Señores Dragón lo saben?

- No, aún no. Ha sido una escalada de violencia en rechazo de nuestras incursiones buscando esclavos, pero se ha ido de las manos hace ya unas semanas. Los isleños del verano son excelentes esclavos, hábiles para la lucha pero sin un ápice de violencia, y hábiles para la cama, con sus cuerpos gráciles tallados por dioses más benevolentes que los nuestros. Antes los vendían ellos, pero hace cientos de años se unificaron y se rebelaron contra nosotros. Y esas guerras las perdimos, ¿puede mi señora creerlo? Desde ese momento tenemos que capturarlos nosotros por la fuerza, con lo difícil que es eso. Y ahora se unificaron de nuevo, están combatiendo contra nosotros, y estamos perdiendo de nuevo.

- Esto es terrible. Si en Valyria se enteraran, la guerra duraría un día.

- No es tan simple. Las Islas del Verano están muy lejos, un dragón no puede volar hasta allí sin descansar. Se necesita una flota potente, y usted se imaginará el peligro que es transportar dragones por barco. Además, nuestros barcos podrían ser fácilmente atacados por la flota de los isleños, que tienen esas malditas naces cisne…

- Oh, qué preciosas son las naves cisne – lo interrumpió Magario -. Tienen velas de colores y todo el casco está tallado con figuras doradas tan gráciles que enamorarían hasta a un eunuco.

- Preciosas porque no fue tu flota la atacada – le contestó Bonnoro -. Son asquerosas. Son más gráciles, más rápidas, más robustas, y están mejor defendidas que nuestros propios barcos, y las tripulan mejores arqueros que los nuestros. No tienen remos, por lo que sin viento son inútiles, pero en el Mar del Verano siempre sopla una brisa suave, y ellos saben cómo aprovecharla de manera perfecta.

- Podemos esperar a que se acerquen a nuestras costas y tenderles una emboscada. Quemarlos vivos y, una vez destruidos, invadir las islas y terminarlos de una vez por todas – dijo Jaenara, que jamás había estudiado las tácticas y estrategias de la guerra, por lo que no tenía ni idea si aquello tenía sentido.

- No. Los isleños jamás se alejan de sus costas para atacar, sólo se defienden. Lo único que les interesa el comercio, lo más que se alejan es hacia sus puestos comerciales en Sothoryos.

- Entonces los atacaremos desde allí, tendiéndoles una emboscada. Destruimos las naves cisne que nos encontremos, o las robamos y las usamos contra ellos, lo que mejor sea en el momento. Sus generales pueden planear la estrategia como mejor les parezca, porque asumo que sabrán más que una joven como yo.

- Mi señora, ¿conoce usted los peligros que asechan en Sothoryos? Básicamente es imposible dar un paso sin morir.

- Mis señores, piensen, por un momento piensen. ¿Qué es el peligro, cuando se está a lomos de un dragón?

Y, quizás, pensó, sólo quizás, si ayudo a terminar el conflicto, mis crímenes sean perdonados.

La cena continuó siendo placentera, pero nada podía desviar su mente de aquel pensamiento, que empezó a repetir casi como una plegaria. Volver a su hogar a los brazos de su hermano era todo lo que quería y necesitaba. ¿Qué estaría haciendo su hermano ahora? ¿La extrañaría?

Se preguntó si Terrax extrañaría a sus hermanos también, aunque él podía volar si quisiera. Ella no tendría forma de impedirlo. Pero quedarse sola en una ciudad desconocida rodeada de gente nueva sería devastador. Aquello la aterraba, y sus pensamientos se nublaron. Ni los juegos malabares, ni el espectáculo de sombras, pudieron alegrarla.

Cuando entraron los sirvientes con los higos de fuego, el triarca Magario se levantó de su silla y, con sus manos regordetas, aplaudió un par de veces para que todos guardaran silencio.

- Mi señora Jaenara Belaerys, quiero darle las gracias por honrarnos con su presencia.

- El honor es mío, mi señor – dijo Jaenara un poco sonrojada por la súbita atención.

- Para que su estadía sea más placentera, he decidido disponer de mis diez mejores sirvientes, que, como es evidente, son esclavos, y liberarlos en este mismo momento. A partir de ahora pasarán a servir en esta casa como hombres libres, porque ningún esclavo volantino es digno de servir a la Sangre del Dragón. He comprado asimismo tierras con una torre y un molino, para que, cuando nuestra buena señora decida hacer fin a su visita, ella decida quién fue el que mejor le sirvió, y lo convertiré en seguida en un hombre hacendado.

Todos aplaudieron el gesto, aunque Jaenara se preguntó si no era aquello un tanto absurdo. ¿Por qué un esclavo valyrio sí era digno de servir a la Sangre de Dragón, pero uno volantino no? Era la primera vez que aquel pensamiento se le cruzaba por la cabeza. ¿Cuánto cambiaba la condición de aquellos hombres ahora que eran libres? ¿Iban acaso a servirle mejor? En todo caso, se sintió feliz por aquellos hombres. La esclavitud debía ser una cosa tremenda, no lo dudaba, aunque estaba feliz de estar en la cima de esa pendiente. Quizás al volver a casa pensaría más sobre estas cuestiones, aunque era fútil: los Belaerys eran servidos en su mayoría por hombres y mujeres libres, a excepción de los trabajadores de las minas, que debían ser casi obligatoriamente esclavos por las duras condiciones del trabajo. Incluso los mayordomos de los Belaerys eran los Antaryon, una casa noble venida a menos hacía ya generaciones, que, si ellos decían la verdad, habían tenido algunos jinetes de dragón ocasionalmente, aunque nunca dragones propios.

Luego del anuncio el triarca Magario se acercó a darle la mano a Jaenara como gesto de buena fe, y ella pudo sentir por primera vez su perfume de anís y vainilla, con algunas notas ya de vino. Él se acercó a hablarle por lo bajo.

- También tengo algunos esclavos de cama, si le place – dijo con una sonrisa -. E incluso esclavas, mi gente es discreta y nadie dirá una palabra.

Jaenara no supo qué contestar, estaba aterrada. Trató de reírse, pero Magario sintió su incomodidad, por lo que se disculpó y se fue. "Más muchachos para mí", oyó que dijo riendo mientras se alejaba.

Ya solo quedaban diez años menos dos días de exilio.


Mis disculpas! Mi idea es publicar los capítulos de esta historia los sábados, pero ayer fue imposible.

Quizás sea momento de hablar de la cronología de la historia, dónde se ubica en la historia de Valyria. Pero me parece una discusión interesante para más adelante...