El Valor de su Música


Sinopsis: Cuando Luka tocaba su música en el pequeño bar, el resto del mundo desaparecía para Chloe, como si sólo existieran ellos dos… Como si la dulce melodía fuera creada exclusivamente para ella y ocultara un valor especial que no lograba comprender. ¿El tiempo que pasaban juntos sería suficiente para descubrir el secreto tras su música? ¿Qué hacía brillar al joven guitarrista al que sólo ella parecía notar?


"El momento finalmente ha llegado, el ayer fue sólo el preámbulo del inicio. Pero tú puedes leerlo si quieres…

De ahora en adelante esta es mi historia."

Era ridículo, ¡totalmente ridículo!

Ella, Chloe Bourgeois era una de las mejores actrices de su generación, ¡¿y aun así prefirieron darle el papel estelar a una novata que ni siquiera podía memorizar sus líneas?! ¡¿Cómo se atrevían a dejarla de lado?! Una ridícula injusticia, eso es lo que era.

¿Se quejó? Por su puesto, ¿la escucharon? Claramente no.

Para todos ella no era más que una envidiosa y arrogante hija de papi, cuya reputación como actriz provenía de su madre. ¡Otra ridiculez! Su talento y prestigio lo había ganado a pulso y esfuerzo, los años que pasó en la academia de arte en Estados Unidos no habían sido en vano; pero claro, nadie se fijaba en eso.

No negaría que su carácter era de temer y, quizá, por eso sus amigos eran tan pocos que bastaban los dedos de una sola mano al contarlos… ¡Pero no tenía nada que ver con su habilidad actoral!

Ella más que nadie merecía ser la protagonista de esa obra que, justo ahora, le parecía de lo más estúpida.

—Será un fracaso en taquilla sin mi—gruñó dando pisotones al caminar por la acera.

Se aferraba a su bolso con frustración, lanzando miradas furiosas a cualquiera que se atravesara en su camino. Sentía el pulso acelerado, pero aun así se permitió liberar una pequeña risa al pensar en cuánto lamentarían no haberla elegido como protagonista. Tarde o temprano todo París se enteraría de la injusticia que cometieron con ella y del talento que habían desperdiciado. De eso estaba completamente segura.

—Deberían agradecerme por unirme a su teatro, pero ¡no!—agregó, apartándose el cabello del rostro con un ademán vistoso—. Ni siquiera entienden el enorme sacrificio que hice al regresar a París.

¿Sacrificio? Bueno, tal vez no a ese extremo, tan sólo había renunciado a una carrera en Broadway para actuar en el escenario parisino que vio crecer a su madre. Su verdadero sueño siempre había sido ese... Al menos así lo recordaba…

—Mamá se decepcionará cuando se entere—lamentó en un susurro, deteniéndose al final de la calle, esperando que el semáforo cambiara de color.

No tardó mucho en ser su turno de cruzar, pero antes de dar el primer paso, una tenue música llegó a sus oídos, erizándole la piel.

¿Qué era eso? ¿De dónde provenía? ¿Y por qué sentía una presión en el pecho, como si le costara respirar?

Nuevamente su pulso estaba acelerado, sólo que esta vez era por un sentimiento diferente.

—¿Por qué?—musitó con una mano en el pecho, intentando recuperar el aliento.

Se giró en busca de la fuente de aquella música, inquieta y curiosa en partes iguales, topándose con la fachada de un pequeño bar, cuyo brillante letrero de neón decía "La Mélodie" y prometía música en vivo. Al principio dudó en entrar, pero con cada nota musical que resonaba al compás de su corazón, terminó por ignorar las advertencias de su mente, dejándose guiar hacia el interior cálido del lugar.

Las luces blancas la cegaron por un instante mientras buscaba al responsable de aquella melodía y, cuando finalmente lo encontró, dejó de oponerse a ella.

Ahí, en un rincón del escenario, lejos de los reflectores parpadeantes, estaba un joven rasgando con soltura las cuerdas de una vieja guitarra.

¿Quién era? ¿Y por qué lucía tan triste aunque su música fuera alegre?

Se sentó en la primer mesa que encontró libre, sin perderlo de vista un sólo instante, como si algo dentro de ella temiera que fuera a desaparecer en cualquier momento.

Detalló cada parte de él, desde su cabello teñido de turquesa, hasta las uñas pintadas de negro que producían la música con una destreza digna de admirar. Sus ojos permanecían cerrados, inmerso en un mundo que parecía existir sólo para él y que, por algún motivo, deseaba conocer también.

Pidió la primer bebida que vio en el menú ofrecido por el mesero, importándole poco sus ingredientes, para continuar disfrutando de ese pequeño concierto privado.

—Realmente es bueno—murmuró absorta, con los labios sobre el vaso de cristal.

Ligeros aplausos comenzaron a escucharse en el recinto, devolviéndola a la realidad. Sólo entonces, y por alguna extraña razón, notó que el joven guitarrista no era el único en el escenario. ¿En qué momento habían llegado ahí un cantante y una pianista? ¿Y por qué los aplausos parecían ser sólo para ellos?

Era injusto, ridículamente injusto, ¿acaso no escucharon la maravillosa guitarra? ¡Porque ella sí y lo había disfrutado!

Lo buscó con la mirada de nuevo, aplaudiendo exclusivamente para él, ignorando al aparente dueto que daba inicio a una nueva canción. Había bajado del escenario, con la guitarra devuelta en su estuche y unos ojos azules iluminándose al encontrarse con los suyos. Al principio pareció sorprendido, con un extraño miedo opacándole el rostro, pero después de unos segundos esa sombra desapareció para regalarle una sonrisa tan radiante como los reflectores.

¿Quién era? ¿Y por qué lucía tan triste aunque le estuviera sonriendo?

Deseaba averiguarlo a pesar de no saber la razón.

Lo vio salir del bar sin decir nada, como si su presencia fuera ignorada por todos menos ella…

Como si él y su música sólo existieran para ella…

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"Con experiencia, sabiduría y un valor perfectamente claro, me sumerjo hacia donde tú estás, a una velocidad nunca antes vista."

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Era la tercera ocasión que visitaba el bar para escuchar su música, a pesar de que el resto no pareciera hacerlo. Aún no podía comprender por qué él siempre se marchaba sin despedirse, ni por qué nadie le agradecía por armonizar la noche con su guitarra, en especial cuando no había ningún otro músico en el escenario.

—¿Por qué?—murmuró frustrada al salir del local.

La luz de los faros iluminaba la calle vacía.

—Eso mismo me pregunto yo—dijo alguien de pronto, sobresaltándola.

Ahí, recargado contra la pared húmeda del callejón en penumbras, estaba el joven guitarrista de cabello turquesa.

—¿Por qué me sigues cada noche?—agregó, el estuche de la guitarra colgaba en su hombro.

—Y-yo…—tartamudeó ella, perdida en su mirada—, sólo quería decirte que…—las palabras salieron lentas y torpes—, me gusta tu música.

Aquello pareció tomarlo por sorpresa, pues se estremeció en su sitio antes de formar una mueca que intentaba lucir como sonrisa.

—Gracias—sinceró, llevándose las manos a los bolsillos de su pantalón rasgado—. ¿Eres nueva en el bar?—añadió cuando el silencio se volvió incómodo.

—Sí, lo descubrí hace unos días—logró responder, controlando los latidos de su corazón que, por algún motivo, estaba descontrolado.

Lo vio asentir, balanceando su peso de un pie a otro, como si dudara qué hacer a partir de ahora… Como si una guerra se llevara a cabo en su interior y estuviera por perderla.

Sin decir nada comenzó a caminar hacia ella, pasándola de largo para cruzar la calle, ignorando el mini infarto que le provocó. ¿A caso lo había ofendido de alguna manera y daba por terminada la conversación? Si pensaba irse, mínimo debía decir «adiós», ¿o no?

—El parque de enfrente luce muy lindo de noche—dijo en su lugar, deteniéndose para observarla sobre su hombro—, ¿te gustaría acompañarme?

Aunque una parte de ella quería aceptar, la otra le recordaba los peligros de ir con un desconocido a un lugar apartado de noche. Por fortuna, él pareció notar sus dudas, regalándole una nueva sonrisa, más sincera y radiante que la anterior, para después extender una mano en su dirección.

—Me llamo Luka—se presentó, su voz se elevó como una melodía—. Luka Couffaine.

Ese pequeño acto bastó para confiar y, a la par en que la luz del semáforo se volvía verde, aceptó la mano que le ofrecía, estremeciéndose al sentir su piel fría.

—Soy Chloe Bourgeois.

La sonrisa se amplió y ella, por primera vez, le correspondió.

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"Fue un gusto haberte conocido, pero me tengo que marchar muy lejos, así que respiremos mil años en un sólo día."

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Desde esa noche, las visitas al bar y las posteriores charlas en el parque se volvieron una costumbre para ambos, no habían llamadas ni reuniones espontaneas, no parecía hacerles falta y realmente no necesitaban nada más. Tan sólo bastaba con sentarse en el pasto bajo la luz de los faros y hablar sobre su día.

Luka era, en pocas palabras, la amistad más sincera y real que había tenido en mucho tiempo. La comodidad que le brindaba su compañía era suficiente y, si acaso llegaba a terminar pronto, al menos intentaría disfrutarlo lo más que pudiera.

¿Estaba siendo imprudente al relacionarse con un extraño que conoció en un bar? Probablemente. Aún había una voz en su mente advirtiéndole que tuviera cuidado, pero era silenciada en cuanto Luka comenzaba a tocar su guitarra y no sabía si agradecerle por eso.

Su música era lo único que la ayudaba a olvidar los problemas y la presión que constantemente cargaba sobre sus hombros. Aunque claro, a veces ese peso era más grande que cualquier nota musical, justo como ahora…

Estaba sentada contra la espalda de Luka mientras él practicaba algunos acordes en su guitarra. Realmente no le prestaba mucha atención, pues sus ojos estaban fijos en el libreto arrugado sobre su regazo.

—¿Tan mal suena?—le preguntó de pronto él, al parecer había notado la molestia en su mirada—. Es una canción en proceso—añadió, rascándose la nuca nervioso.

—¡No, no! Tu canción está bien—se apresuró a decir, apartándose para mirarlo mejor—. Sólo me distraje un segundo.

—¿Ocurrió algo en tu trabajo?—cuestionó entonces, dejando a un lado la guitarra para darle su entera atención.

Suspiró con pesadez, recordando el mal momento que pasó esa tarde en el teatro. El director había terminado de asignar los papeles de la obra, la misma obra que su madre protagonizó veinte años atrás cuando inició su carrera. La misma en la que ahora ella participaría… pero, ¿había logrado convencerlos de darle el estelar? ¡Claro que no! En su lugar esperaban que interpretara a la villana cuyo único destino era morir en el penúltimo acto.

Ella, Chloe Bourgeois, no merecía ese papel. ¿Cómo lograría brillar de la misma forma en que lo hizo su madre, si tenía que interpretar al personaje más odiado de la historia?

—¡Es ridículo, totalmente ridículo!—exclamó liberando su frustración por primera vez ante él—. Se suponía que yo sería la protagonista, pero eligieron a una novata tartamuda en mi lugar.

Luka contuvo una risa, mientras ella se levantaba de un salto con el ceño fruncido y una mueca infantil que a él le pareció encantadora.

—¿Y a quién interpretarás tú?—indagó curioso.

—La villana…—gruñó, tendiéndole el libreto arrugado.

El guitarrista comenzó a hojearlo con detenimiento y, tras un par de minutos que a ella le parecieron eternos, alzó su mirada de nuevo con una media sonrisa.

—¿Muere en el penúltimo acto? Vaya, eso es trágico—suspiró, dejándolo a un costado para apoyar las manos sobre sus rodillas—. Pero…—carraspeó con una seriedad nunca antes vista—, ¿qué más da cuál personaje seas?

—¡Claro que importa!—exclamó dando un pisotón frustrado, cruzándose de brazos; no quería mostrarle ese aspecto de ella, pero le estaba resultando imposible—. Mi actuación se verá opacada por la sombra de sus acciones.

—Bueno—volvió a suspirar él, levantándose para estar a su altura—, lo mío son las guitarras, no el teatro, pero creo que estás viéndolo desde el ángulo equivocado.

Antes de poder preguntarle a qué se refería, Luka recogió su guitarra, rasgando un par de cuerdas en una improvisada melodía.

—La actuación es como la música, aunque las partituras definen el rumbo, cada persona le da una significado diferente—explicó, concentrado en el movimiento de sus dedos—. El valor de una canción cambia según la intensión de su interprete, lo mismo debe ocurrir con los actores, ¿no crees?—se detuvo para observarla, sonriéndole una vez más—. ¿Qué más da si el personaje es bueno o malo? Si lo interpretas bien podrás ganarte los aplausos del público.

Quizá tenía razón. Tal vez le estaba dando demasiadas vueltas a un problema que, seguramente, no era tan grande. Pero…

—Y, si sirve de algo—añadió él, sacándola de sus pensamientos, había un brillo divertido en sus ojos—, me gustan más los villanos, se divierten más... Incluso aunque mueran en el penúltimo acto.

No pudo evitarlo y se permitió reír, reflexionando sus palabras.

¡Por supuesto que tenía razón! ¿Qué más daba si no consiguió el mismo papel que su madre?

—Es verdad, no importa—aseguró, contagiada por su sonrisa, llevándose las manos a la cintura—. Me robaré los reflectores como la gran villana que soy.

—Esa es la actitud—se rio él con una soltura maravillosa, y comenzó a tocar de nuevo su música.

Se sentó a su lado de nuevo, disfrutando del pequeño concierto privado que Luka le regalaba y, por primera vez, deseó que no terminara nunca.

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"Cuando estabas frente a mi mostrabas una linda y tímida sonrisa…

Esa sonrisa era como un libro abierto describiendo el mundo."

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—¿Por qué nunca hablas con nadie en el bar?—le preguntó de pronto mientras caminaban hacia la parada del autobús, luego de otra noche juntos.

Luka se detuvo de pronto, estremeciéndose sin saber qué responder. ¿A caso su pregunta estuvo mal?

—Siempre te vas sin despedirte y nadie parece percatarse de ello—continuó, ignorando el sentimiento de culpa que le provocaba su reacción—. ¿Por qué? ¿Por qué ni siquiera te agradecen por tocar para ellos?

Buscó su mirada, notando la incomodidad reflejada en sus ojos, pero él sólo rio nervioso antes de contestar.

—No a todos nos gustan los reflectores, princesa.

Ahora fue ella quien se estremeció, era la primera vez que la llamaba así y, por algún motivo, le agradó.

—¿A caso no quieres escuchar sus aplausos—insistió con palabras atropelladas—, saber si tu música les gusta?

—Eso no importa—negó él dulcemente—. Sólo importa que me guste a mi...—sin previo aviso, acarició su mejilla con los nudillos—, y que te guste a ti...

El corazón le latió con fuerza como un tambor, acelerándole el pulso y la respiración. Aunque Luka no pareció percatarse de ello.

—Mi música, su valor, no permito que cualquiera lo entienda—agregó con una sonrisa apagada, muy similar a la que le regaló la primera vez que se vieron en el bar—. ¿Quisieras hacerlo tú?

—Lo intento—susurró, perdida en su mirada—, realmente lo intento.

—Entonces no necesito nada más…

Antes de darse cuenta, la atrapó en un abrazo frio que le erizó la piel. Sintió su mano acariciarle el cabello y se permitió cerrar los ojos para disfrutar la cercanía, ese primer abrazo que no tardó en corresponder.

No supo cuánto tiempo estuvieron así hasta que él se alejó, recogiendo su guitarra del suelo, para después ofrecerle una mano que ella aceptó nerviosa.

—El autobús llegó—señaló, entrelazando sus dedos fríos con los cálidos de ella.

Fue una caminata breve y silenciosa hasta la parada.

Mientras subía al transporte, sus manos se soltaron lentamente con un ligero roce, permitiéndole despedirse con un pequeño ademán que él imitó, ambos ignorando la expresión de desconcierto del conductor que, sin decir nada, puso en marcha el autobús, creando cada vez más distancia entre ellos.

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"Palabras como «destino» y «futuro» están completamente fuera de nuestro alcance.

Sin importar qué tan lejos estemos, deberíamos jugar otra vez en este lugar."

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Otra noche más, el estreno de su obra estaba cerca y, así como Luka componía música nueva en su compañía, ella había tomado la confianza de practicar su actuación frente a él. Al principio había sido incómodo sentir su mirada contemplándola, pero con el tiempo se acostumbró a tal punto en que lo buscaba inconscientemente durante los ensayos en el teatro.

¿A caso se estaba volviendo dependiente de Luka? ¿Por qué últimamente no podía sacarlo de su cabeza? En más de una ocasión se descubrió pensando en él, perdida entre las líneas escritas en las páginas de su libreto.

—Chloe…

Escucharlo pronunciar su nombre la devolvió a la realidad. Esa en la que unas gruesas gotas de lluvia comenzaron a empaparlos.

—¡Corre!—gritó entre risas él, sujetando su mano para arrastrarla hacia un pequeño kiosco en medio del parque.

Ahora en el refugio improvisado, con sus respiraciones agitadas y la ropa pegándoseles a la piel, se permitió observar el cabello que goteaba sobre la frente de Luka, tan azul como sus ojos que reflejaban la luz de los faros. ¿Por qué lucía tan bien incluso mojado por la lluvia?

—Temo que no podré prestarte mi abrigo—confesó apenado mientras se quitaba la delgada chaqueta gris para exprimirla.

—D-descuida—se atragantó con las palabras, intentando ocultar el sonrojo de sus mejillas, ¿en verdad había estado admirando el aspecto de su amigo?—. No hace tanto frío.

Como una contradicción, su aliento se mostró entre ellos formando una pequeña nube cálida. Llevó una mano a sus labios, en un inútil intento por ocultarlo, y se sobresaltó cuando los fríos dedos de él tocaron sus nudillos.

—Luka…—musitó, permitiendo que apartara su mano, entrelazando los dedos de ambos.

Él, sin decir nada, acarició su mejilla, secando las gotas de lluvia que la humedecían y erizándole la piel con cada roce.

Todo su mundo comenzó a dar vueltas mientras su visión se nublaba, sentía que su corazón se le saldría del pecho en cualquier momento, latiendo sin control causándole dolor. No estaba segura, pero en ese instante creyó escucharlo decir algo, una pequeña frase que surgió como un susurro opacado por el repiqueteo de la lluvia sobre el techo:

—¿Por qué es tan difícil estar frente a ti?

¿De qué hablaba? ¿A caso su presencia le hacía daño?

Ojalá hubiera tenido tiempo de preguntarle. Ojalá no se hubiera paralizado al sentir sus dedos rozarle los labios…

Si tan sólo lo hubiera detenido cuando acercó el rostro hacia el suyo…

Si tan sólo no hubiera correspondido el beso que le regaló esa noche lluviosa, tal vez no se habría alejado de ella, ni la habría mirado con arrepentimiento.

—Lo siento…—fue lo único que alcanzó a escuchar antes de verlo correr bajo la lluvia, con la guitarra colgando de su hombro.

Si no hubiera sido una cobarde y lo hubiera seguido, en lugar de quedarse temblando de rodillas sobre el suelo, quizá los sentimientos que habían empezado a florecer, no se habrían marchitado antes de tiempo.

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"Incluso la forma en que amaba tenía tu aroma.

Incluso la manera en que caminaba llevaba el sonido de tu risa."

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Las siguientes dos noches algo dentro de ella le impidió entrar al bar, paralizándola frente a la entrada, con la luz neón reflejándose en su rostro y la tenue música de la guitarra llegando a sus oídos.

¿Por qué tenía tanto miedo? ¿Por qué aunque deseaba verlo, no podía acercarse a él como antes? ¿Por qué había permitido que todo eso ocurriera?

Esas y más preguntas se estuvieron repitiendo en su mente desde entonces hasta que esa tercera noche, luego de un auto-regaño casi eterno, se armó de valor para abrir la puerta del bar, sorprendiéndose al no escuchar ninguna guitarra.

Luka no estaba ahí.

¡¿Por qué no estaba ahí?!

—¿Estará evadiéndome?—se cuestionó, acercándose temerosa a la barra en el fondo del local.

Pidió lo primero que vio en el menú a la barista y lo bebió de un trago, sintiendo un ligero ardor recorrer su garganta.

—¿Buscas a alguien?—le preguntó de pronto la rubia de cabello corto mientras limpiaba la barra—. No dejas de observar todo el lugar, si alguien te está molestando puedo pedirle al guardia que se lo lleve.

—No, no—se apresuró a decir, jugando con el vaso ahora vacío, pero se detuvo al pensar que ella podría ayudarle de otra manera—. Aunque sí estoy buscando a alguien.

Antes de entrar al bar había decidido no irse sin hablar con Luka y, si para encontrarlo tenía que interrogar a todos los empleados, entonces lo haría.

La otra rubia la observó con detenimiento, esperando a que continuara.

—Es un guitarrista que suele tocar aquí—inició con voz lenta y temerosa—, hoy no lo he visto.

—¿Guitarrista?—repitió la joven y su expresión cambió a una inquieta mientras retrocedía un par de pasos.

¿Por qué reaccionaba así?

Una alarma imaginaria comenzó a sonar en su cabeza, advirtiéndole que algo estaba realmente mal.

—S-sí…—dudó en continuar—, se llama Luka.

La inquietud de la rubia se convirtió en terror y luego a tristeza cuando una joven de cabello púrpura se acercó a ellas. Realmente no entendía qué estaba pasando, pero la mirada lúgubre de la recién llegada no hizo más que preocuparla.

—Él ya no toca aquí—dijo con voz ronca, erizándole la piel.

Pero antes de preguntar la razón, la joven de ropa negra pronunció unas palabras que pusieron de cabeza su mundo.

Ahora fue ella quién retrocedió con miedo en los ojos, mientras el bar parecía dar vueltas al compás del piano que sólo lograba provocarle nauseas.

No podía ser cierto. Lo que dijo no tenía sentido… Era una locura, ¡una ridícula locura!

Dejó dinero suficiente sobre la barra y se marchó sin siquiera mirarlas. No quería escuchar más explicaciones, no si provenían de ellas. Así que salió del bar, corriendo hacia el parque hasta quedarse sin aliento; pues ahora sabía que, después del bar, era el único lugar en el que podía estar… Y ahora más que nunca necesitaba encontrarlo.

Necesitaba escuchar de su boca esa verdad que se negaba a aceptar.

—¡Luka!—gritó, deteniéndose frente al kiosco mientras un relámpago iluminaba el cielo, anunciando la nueva lluvia que estaba por llegar.

Podía sentir las primeras gotas humedecer su rostro, ¿o quizá se trataba de sus lágrimas?

—¿Por qué no me lo dijiste?—musitó con un nudo en la garganta—. La razón por la que nadie notaba tu presencia… La razón por la que todos me veían raro cuando nos despedíamos en el autobús…

Un nuevo relámpago se fragmentó sobre su cabeza, seguido de un trueno que pareció imitar el latido de su corazón.

—La razón por la que te alejaste esa noche...

Esta vez estaba segura que eran sus lágrimas lo que resbalaba por sus mejillas, pero ni siquiera se atrevió a limpiarlas cuando finalmente vio su silueta frente a ella.

—Porque no podía atarte a alguien que ya no tiene futuro—pronunció él caminando en su dirección.

Esa respuesta bastó para saber que aquello que le contaron era verdad. Él, Luka Couffaine, se había marchado hace mucho tiempo… Su existencia no era más que un recuerdo que la había alcanzado sin darse cuenta y que, por algún motivo, más allá de entristecerla, la llenaba de frustración.

—Yo soy quién decide eso—declaró con voz temblorosa, llevándose una mano al pecho—, ¡¿Qué más da si quiero pasar el resto de mis días con un estúpido fantasma?!

Otro relámpago más se hizo presente, proyectando únicamente su sombra en el suelo, como un recordatorio cruel de la diferencia que existía entre ellos.

Porque ella estaba viva…

Y él ya no…

—Sí—se lamentó, sosteniéndole la mirada—, soy un estúpido que no debió acercarse a ti en primer lugar.

—¡¿Entonces por qué lo hiciste?!

Necesitaba saber. ¡Necesitaba entender! Y cuando finalmente lo hizo, también se lamentó, pues sin duda no era la respuesta que quería escuchar.

—Porque podías verme...—confesó con voz rota—. Después de tanto tiempo, finalmente alguien escuchaba mi música...—sonrió débilmente, aferrándose a la guitarra que, hasta ese momento, no había notado—. Por primera vez recibí aplausos y un «gracias».

Se acercó a él temblorosa, extendiendo una mano en su dirección. Pero se detuvo a medio camino, temiendo que fuera a desaparecer al tocarlo.

—Fui egoísta y un idiota, pero no quería perder eso—terminó sin apartar su mirada vidriosa de ella.

Contuvo un sollozo, ignorando las lágrimas que volvieron a correr por sus mejillas, y se estremeció cuando fue él quien disminuyó la distancia para secarlas con sus dedos fríos.

—Perdón por mentirte—susurró, acariciando su piel erizada y tibia—. Debí alejarme en cuanto supe que sentías algo por mí.

—¿Por qué...?—se atrevió a preguntar, aferrándose a su mano para evitar que se alejara.

Luka suspiró, sonriéndole con tristeza. Ahora entendía por qué a pesar de reír y tocar música alegre, siempre lucía deprimido.

—Porque yo también siento algo por ti—contestó, liberando una lágrima solitaria—. Y sé que está mal, pero quería disfrutarlo aunque fuera un poco... Antes de desaparecer.

Aquello la alertó y él pareció notarlo, pues no tardó en recibir respuesta a esa pregunta sin pronunciar.

—Tres años—tragó con dificultad—, es el tiempo que tienen las almas para resolver sus asuntos pendientes antes de irse—explicó, entrelazando sus dedos con los de ella—. Aferrarse al mundo mortal por más tiempo no es una opción.

Tres años.

Recordó la breve historia que le contaron en el bar, aquella que tuvo lugar hace tres años.

—Tú...

No pudo decir nada más, sentía que en cualquier momento iba a caer, en especial cuando lo vio asentir.

—Mis tres años terminaron la noche que te conocí—musitó él, acariciando de nuevo su mejilla.

Las lágrimas no se detenían, mezclándose con la lluvia que, sin darse cuenta, había empezado a empaparlos. Sólo su aliento se mostraba entre ellos con cada sollozo que intentaba detener, sólo su piel se erizaba debido al frío. ¿A caso también sólo ella sentía su corazón romperse?

—Estar frente a ti es cada vez más difícil—dijo Luka de pronto, devolviéndola a la cruel realidad, y esta vez sabía que había más de un significado tras sus palabras.

No dijo nada, no porque no quisiera, sino porque su voz había desaparecido; y dejó que él juntara su frente con la suya, estremeciéndola al sentir su baja temperatura. Por un instante, vio cómo pequeños destellos celestes y blancos comenzaban a brotar de su cuerpo.

Un silencioso aviso de que su tiempo juntos estaba por terminar.

Ocultó el rostro en su pecho, aferrándose a su cuerpo que, por primera vez, se sentía cálido mientras la abrazaba.

—Gracias por escuchar mi música todas estas noches—susurró, acariciando su cabello.

Ella negó contra su pecho, ahogando los sollozos en su garganta.

—Gracias por tocar para mi—logró pronunciar con voz rota.

La despedida era inminente, lo sabía, y no había nada que pudiera hacer para evitarlo.

—Dime—carraspeó él, apoyando la barbilla sobre su cabeza—, ¿lograste entenderla?

La rubia sonrió con tristeza, negando una vez más.

—Lo sigo intentando.

Luka rio ligeramente. Una risa suave y sincera que la estremeció. No había tristeza en ella, ni una falsa alegría.

—Estoy seguro que lo lograrás.

Su tacto volvió a ser frio, obligándola a apartarse para observarlo. Quería ver aunque fuera por última vez sus ojos celestes y esa sonrisa radiante. Pero sólo vio su rostro pálido, distorsionado por esos destellos que se mezclaban con el color de su cabello.

—Lamento no poder tocar más canciones para ti—murmuró sin soltarla por completo, mientras comenzaba a tararear las notas sueltas de una melodía.

—No te vayas—logró pedir al fin, aferrándose a él, aunque sabía que era inútil.

Luka no dijo nada más, tan sólo besó su frente, abrazándola por última vez antes de desaparecer, con el eco de la melodía extinguiéndose al igual que los destellos de luz.

Ahora estaba sola, de rodillas bajo los faros que parpadeaban como un reflector a punto de apagarse.

El penúltimo acto de la historia que compartieron había concluido.

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"Ante el hecho de que eventualmente desaparecerás, no tengo más remedio que grabar con mis ojos toda tu existencia en mi memoria.

Ya no lo tomo como un derecho… ¡Siento que es mi deber!"

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Los aplausos que estaba recibiendo tras terminar la obra se sentían lejanos mientras observaba el asiento vacío que había reservado para él. Incluso aunque sabía que no podía asistir, una voz en su interior siempre le insistía que lo hiciera.

¿Por qué se aferraba? ¿Por qué seguía buscando su sonrisa entre la multitud? ¿Por qué su música continuaba sonando en su cabeza?

Era ridículo, totalmente ridículo, pero justo ahora, estando en uno de los escenarios más famosos de Broadway, al fin había entendido el valor oculto tras su música…

La alegría detrás de la tristeza.

La sombra proyectada por la luz.

La soledad disfrazada de libertad.

La vida atada a la muerte.

Y el «adiós» que llega después del «hola».

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"Palabras como «destino» y «futuro» están completamente fuera de nuestro alcance.

Nos amamos de tal forma que no importa cuán lejos estemos."


A todos los que leyeron hoy... GRACIAS.

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Dedicado a mi Luz Rosita

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[Nota de autor y curiosidades en la siguiente parte]