—Papá, por favor basta, ¡ya no quiero!— el pobre chico rubio tenía el rostro empapado de lágrimas.
Actualmente se encontraba con un vestido puesto, un vestido que antes le solía traer tantos buenos recuerdos, pero hoy era la causa de sus pesadillas. El vestido favorito de su fallecida madre.
Nunca fué fácil desde que ella se fué, pero Adrien nunca imaginó cuánto cambiaría su padre. Cuánto perdería la cordura, al punto de obligar a su único hijo a vestirse como su madre.
Esta agonía había empezado un año atrás, y no había parado. El maquillaje de su rostro estaba corrido.
—Cállate, maldita sea, soy tu padre y harás lo que yo te ordene— el hombre prácticamente ahorcó a su pobre hijo, que intentaba luchar contra él.
Adrien no sabía qué mal pudo haber hecho para vivir aquél infierno.
Él nunca había sido normal, pero esto ya era un exceso.
Gabriel levantó el vestido de Adrien, para ver mejor cómo penetraba a su propio hijo. Él se odiaba a sí mismo, pero en su mente se justificaba.
A el hombre le encantaba ver a su hijo con el vestido de Emilie, podía imaginarla cuando tenían intimidad.
Adrien seguía llorando, mientras su papá sólo aumentaba la velocidad de sus embestidas. Gabriel obligó a Adrien a ponerse en cuatro, el chico rubio casi vomita ver el de reojo como el gran pene de su padre estaba muy hundido dentro de él.
Nunca iba a acostumbrarse.
Gabriel siguió penetrando al pobre chico, notando con satisfacción como el pobre se iba rindiendo. Siempre era así, él se resistía hasta que ya no le quedaban fuerzas.
Y como siempre, Gabriel terminó vaciando su semen en el interior del chico, no paró hasta que estuvo seguro de que salió la última gota de semilla.
Gabriel se alejó un momento para apreciar su trabajo, el culo de su hijo escurría semen. El hombre se sentía tan orgulloso al darse cuenta de que el cuerpo de su hijo le pertenecía complementamente. Lo último que quedó de Emilie era complementamente para él, y nadie más. Ninguna chica o chico extraño.
El hombre mayor obligó a Adrien a ponerse de nuevo en postura normal. El chico tenía la expresión más derrotada. Y no lo miraba a los ojos.
—Adrien, sabes perfectamente que no soporto que no me mires a los ojos. —El hombre hablo con una voz firme que hizo que su hijo obedeciera sin rechistar.
El maquillaje de su rostro estaba corrido por las lágrimas, pero aún así, se veía hermoso. Idéntico a Emilie.
Gabriel no pudo evitar tomar el rostro de su hijo para juntar sus labios en un beso apasionado.
Adrien se congeló, pero no lo empujó.
Ya aceptó su destino. "Mi hijo es tan obediente y perfecto" pensaba Gabriel Agreste, con perversa satisfacción.
Mientras magullaba sus labios con los de su hijo. También notó que su hijo tenía una erección. Lo que lo hizo más feliz.
"Hace mucho tiempo que el cuerpo de este chico responde a mi tacto" pensó el hombre. "Aunque diga estar asqueado, sus instintos lo traicionan"
Más tarde ese día, Adrien tenía una expresión perdida en el rostro, se encontraba bañandose, limpiándose restos del semen de su propio padre.
Siempre se preguntaba cómo todo había terminado tan mal, cuando era niño todo parecía un cuento de hadas.
Antes de que su madre se fuera.
Hace mucho tiempo que Gabriel Agreste, su propio progenitor, lo obligaba a tener relaciones sexuales.
Lo besaba, manoseaba. De maneras inimaginables que Adrien sólo quiere olvidar.
Adrien quería morir.
Estaba harto de ser utilizado, cada vez que su padre utilizaba su cuerpo, más se rompía su corazón romántico que siempre quiso tener ese tipo de intimidad con el "amor de su vida"
Pero probablemente nunca la conocería, su padre no lo dejaba salir.
Y ella, sea quién sea, seguro lo rechazaría por haber sido utilizado como la prostituta de su propio padre.
A Adrien sólo le quedaba aceptar esa miserable vida. Siendo un muñeco de su propio padre.
En formas más allá de ser usado por su apariencia.
