Mista se encontraba caminando por las calles de Napoles, bastante lejos de la casa que compartía con el resto de la pandilla. Llevaba una bolsa de compras, la cual contenía seis suéteres completamente nuevos, idénticos al horrible sueter azul con rombos blancos que usaba habitualmente: los que tenía estaban mayormente llenos de agujeros de balas, y necesitaba uno nuevo.

Estaba tratando de recordar dónde demonios había dejado el carro: ya llevaba cerca de veinte minutos dando vueltas por la zona, tratando de encontrar el vehículo, cuando algo llamó su atención.

Caminando hacia su dirección, a un paso tranquilo, se acercaba una bonita maraña de pelos. Era un perro algo extraño, pero lindo: era mediano, aunque con patas algo cortas. Su enmarañado y mugroso pelaje era en su mayoría color miel y café, aunque por la suciedad, no podía estar completamente seguro. Pero lo más llamativo eran esos enormes ojos cafés, que lucían, en cierta forma, casi humanos.

Mista se acercó, y el perro lo observó con sus enormes ojos cafés, moviendo la cola amistosamente. Se agachó para acariciar su cabeza durante unos segundos, y la bola de pelos cerró sus ojitos, complacido. El pistolero se puso de pie, dispuesto a seguir su camino, pero el animal se paró sobre sus patas traseras, apoyando las delanteras en las piernas de Mista, como exigiendo que continuera con sus caricias.

Mista soltó una risita, y accedió a las exigencias del animal de seguir acariciándolo. Notó que el perro jadeaba, con la lengua colgando por fuera. Debía estar muerto de sed... Y de hambre. Había una tienda cruzando la calle, así que pensó que darle de comer al perro podía ser su buena obra del día.

- Espérame aquí, vuelvo en un momento.

Ya en la tienda, se dio cuenta de que era bastante probable que el perro se hubiera ido, y cuando saliera, la calle estuviera vacía. Era un animal de la calle, después de todo, y no le debía fidelidad a un extraño. Se sorprendió bastante cuando al salir de la tienda encontró al perro sentado, en el mismo lugar donde lo había dejado. Cuando el animal lo vio, se puso a mover la cola alegremente.

Como no tenía un cuenco o algo parecido, Mista utilizó su mano como recipiente para ofrecerle agua a la bola de pelos. Bebió de inmediato, se notaba que estaba muerto de sed. Luego, abrió la pequeña bolsa de alimento que había comprado y la regó en el suelo. El perro lo observó en todo momento mientras comía, pero no de forma agresiva, sino como si estuviera pidiendo permiso para comer. Algo se removió dentro del pecho del pistolero.

El perro terminó de comer, y Mista supuso que era momento de despedirse de su nuevo amigo, aunque para ser honesto, no tenía ganas. ¿Los otros chicos le dirían algo si lo llevaba a casa? Nunca habían discutido sobre la posibilidad de tener una mascota: con todas las responsabilidades de la mafia, tener un animal (a demás de Narancia) era una locura. Pero tampoco tenía el corazón para dejar en la calle a esa mugrosa criatura que lo observaba con ojos brillantes mientras movía la cola. Mista suspiró.

- Sígueme.

Sorprendentemente, el perro lo siguió. Era un animal muy listo. Encontró su coche una calle más abajo, y abrió la puerta trasera para subir a al perro. Titubeó por un momento: el animal parecía amistoso, pero no sabía como podría reaccionar si lo levantaba repentinamente en brazos... Pero eso no fue necesario, porque de un salto, el perro subió al asiento, para luego acomodarse.

"Vaya, es bastante listo. Tal vez tenía un dueño y se escapó, o lo abandonaron... Bueno, no importa, ahora es mi perro." Y con eso en mente, Mista condujo de regreso a casa.

En la casa de la Buccigang, se encontraban Giorno, Fugo y Narancia jugando monopoly en el comedor, mientras en la sala, Abbacchio veía un maratón de La Ley y el Orden, y Bucciarati leía una revista de modas en el sillón aledaño.

En eso, sonó el timbre. Era raro que recibieran visitas, así que de inmediato, Leone asumió que era Mista, quien nuevamente debía haber olvidado las llaves.

- Bruno, ¿puedes abrir?

- ¿Por qué no abres tú?

- Porque no puedo poner pausa, es TV abierta. - Respondió el albino.

De mala gana, Bucciarati se puso de pie y se dirigió a la puerta. Efectivamente, era Mista.

- Mista, te he dicho cientos de veces que antes de salir te asegures de llevar tus llaves. Un día de estos nadie te va a abrir la puerta, a ver si así aprendes a ser... - Un movimiento que captó de reojo llamó su atención, interrumpiendo su regaño. Miró hacia abajo, y sus ojos se iluminaron.

- ¡UN PERRITO! - Chilló emocionado. Eso activó todas las alarmas de Abbacchio, quien inmediatamente se olvidó de su serie y buscó con su mirada al azabache.

Vio al perro el la puerta, y luego a Bucciarati, quien casi casi estaba dando brinquitos en su lugar. Ya conocía de sobra la costumbre de su capo de recoger cosas de la calle, y sabía qué iba a pasar a continuación.

- Bruno, no. - Dijo, con una seriedad que hubiera asustado a cualquier otro.

- Bruno, sí. - Replicó el azabache, de forma retadora, mientras se agachaba para abrazar al perro.

- No. Ya tenemos suficientes animales en la casa con Giorno.

- ¡Oye! - Se quejó el susodicho, quien había ido a la sala, junto a todos los demás, atraído por el escándalo.

- Pero mira sus ojitos, Abba.

- Bucciarati, suelta esa cosa. Está sucia y podría pasarte pulgas, o alguna enfermedad. - Dijo Fugo, con cara de asco. No le gustaban los perros.

- No hables así de mi perro. - Regañó Mista, molesto por que estuvieran ofendiendo a su bendición.

- Si vas a quedártelo, deberías llevarlo al veterinario, para garantizar que esté sano y ponerlo al día con sus vacunas. A demás, pueden darle un baño: posiblemente está lleno de pulgas y garrapatas, ya que viene de la calle. - Sugirió Giorno.

- ¿En serio se van a quedar con esa cosa? - Se quejó Fugo. Nadie le hizo caso, así que se subió a su habitación.

- Eres un genio, Giovanna. Vamos ahora mismo, ¿me acompañas? -

- Claro.

- ¿Puedo ir también? - Preguntó Narancia, visiblemente emocionado. Nunca había tenido una mascota.

- Sí, no veo por qué no. - Respondió Mista.

- Yo también voy. - Anunció Bucciarati.

Abbacchio solo suspiró, sabiendo que cualquier queja que tuviera iría a parar a oídos sordos, así que decidió que lo mejor era volver a su programa.

El resto del grupo fue rumbo al veterinario, Mista al volante, Bruno como copiloto y Naracia y Giorno atrás, con el perro al centro. El animal estaba extasiado con toda la atención recibida.

Llegaron al a Petco, y tras una exhaustiva revisión, se enteraron de que el perro en realidad era una hembra, de unos dos o tres años de edad, completamente sana. Tenía varias pulgas y garrapatas, a demás del pelo lleno de rastas, así que la dejaron para un corte y baño medicado (servicio de lujo, por supuesto, ventajas de trabajar para la mafia). Mientras acicalaban a la nueva mascota de Mista, los chicos fueron por un helado.

- Oye, ¿y cómo la vas a llamar? - Preguntó Narancia, quien disfrutaba de un enorme helado de cítricos.

- Doctora. - Respondió el pistolero, con simplesa. Bruno lo miró con una ceja alzada.

- ¿Qué clase de nombre es ese? - Cuestionó el ojipúrpura. Mista se encogió de hombros.

- A mi me parece un buen nombre. - Apoyó Giorno, mientras disfrutaba de su helado de pistacho y chocolate.

Los chicos regresaron a la veterinaria, y mientras Bucciarati verificaba los detalles de la cartilla de Doctora, los más jóvenes buscaban cosas para la nueva integrante de la plantilla, como un plato, un bebedero automático con filtro de carbono, un bonito collar rojo, una cama para perros, un par de suéteres, el alimento más fino, golosinas y una placa metálica en forma de huesito con el nombre "Doctora" grabado en la parte delantera, y el número de Mista en la parte posterior.


Aquí les traigo otra historia pitera de Vento Aureo. La Doctora es, de hecho, mi perro. La encontré en la calle y la amo mucho. Les dejaría fotos de ella de poder meter imágenes... De hecho, puse algunas en Wattpad, donde también subo está historia.Esperen actualizaciones esporádicas de esta mamada.