Fugo fue el primero en despertar esa mañana, lo cual, de hecho, era bastante extraño: No porque Fugo fuera del tipo de persona que duerme hasta tarde (de hecho, era alguien bastante madrugador), sino porque Bucciarati solía despertar aún antes, para tener el desayuno preparado para sus bendiciones.

Sin embargo, la noche anterior el susodicho y Mista habían tenido que salir de emergencia para hacerse cargo de un grupo de traficantes de poco monta; nada del otro mundo, pues por lo que sabía, ninguno de ellos tenía un stand. Aún no regresaban, pero eso no lo preocupaba, pues las sesiones de tortura para extraer información podían prolongarse incluso por días.

El rubio bajó a la cocina, dispuesto a encargarse de su propio desayuno, cuando un movimiento bajo la mesa llamó su atención. Hizo una mueca de disgusto al darse cuenta de que se trataba de Doctora, la mascota que Mista había adoptado hace cinco días. Le pareció algo extraño verla ahí a primera hora de la mañana: generalmente, dormía en la habitación del pistolero, pero ya que este se encontraba fuera, era lógico que el animal no estuviera en su habitación.

- ¡Fuera! - Gruñó Fugo. Él tenía la firme idea de que los animales no debían ingresar a la cocina, porque era antihigiénico. Doctora lo observó por unos segundos antes de estirarse y salir de la cocina, rumbo a la sala: a ella tampoco le agradaba Fugo.

A pesar de saber cocinar bastante bien, Panacotta optó por algo sencillo: Cereal con leche. Tomó su tazón favorito y sirvió primero el cereal, y después la leche, como los dioses mandan. Se dispuso a desayunar frente al televisor, viendo las noticias matutinas, pero al llegar, se encontró con una desagradable sorpresa: Doctora estaba cómodamente acostada en SU lugar.

- Bájate.

El animal lo observó por unos segundos con sus inteligentes orbes cafés, antes de ignorarlo. Molesto, Fugo la empujó con una mano hasta hacerla caer al piso: no fue una caída significativa, pero aún así, la Doctora lo miró con rencor antes de dirigirse al otro sillón y subirse de un salto. Fugo contó hasta diez, tratando de evitar que un perro lo hiciera estallar, y se dispuso a disfrutar de su desayuno. Ya estaba casi relajado, cuando el sonido de unos ronquidos le crispó los nervios nuevamente.

Honestamente, no entendía por qué demonios los demás habían accedido a tener un perro: Un perro solamente era un gasto innecesario, una pérdida de tiempo, una fuente de gérmenes, ruido, pelos y desorden. Y ellos, principalmente, con su estilo de vida, no estaban en posición de tener una mascota. Está bien, admitía que el animal no había dado problemas hasta el momento, pero solo era cuestión de tiempo para que lo hicieran.

Entonces, casi de la nada, a Fugo se le ocurrió una brillante idea. Ni Bruno ni Mista estaban, y los demás seguramente dormirían unas horas más; era la oportunidad perfecta. Terminó su cereal de forma apresurada, lavó su tazón, y fue a buscar la correa de la Doctora el el buró donde siempre la dejaban.

- Hey, Doc, es hora de dar un paseo. - Llamó Fugo, con una sonrisa malvada.

A pesar de que a la Doctora no le agradaba Fugo, tampoco le desagradaba por completo: al fin y al cabo, ya se había acostumbrado a su presencia, y hasta ahora, no le había hecho algo realmente malo, así que, cuando vio la correa roja, se acercó al rubio moviendo la cola alegremente. Cuando la correa estuvo enganchada al collar, comenzó a mover sus patitas delanteras de arriba a abajo, como hacía cuando algo la emocionaba: la correa significaba paseo, y ella amaba los paseos.

Fugo tomó la llave del WV sedan negro (un vocho, pa' los compas), pues era el carro más discreto que tenían, y salió a la calle. Le sorprendió bastante que la perra se subiera por cuenta propia al asiento trasero: debía admitir que era un animal muy inteligente... Pero eso no iba a cambiar sus planes. Subió al asiento del conductor y arrancó el auto.

Desde el retrovisor, podía observar de reojo a su acompañante, mientras conducía hasta la salida de Napoles.

- Mira, esto en cierto sentido, esto es lo mejor para ti. - Por alguna razón (tal vez algo de culpa) Fugo sintió la necesidad de justificar sus acciones ante el perro. - No somos las personas más adecuadas para tener una mascota, mucho menos una tan demandante de atención como un perro. Ya estabas acostumbrada a la calle, así que te va a ir bien. Es más, con algo de suerte, alguien más te llevará. Es bastante probable: quedaste bastante decente después de la peluquería, incluso podrías pasar por un perro de raza.

Como era de esperarse, la Doctora no le respondió: se limitó a observarlo con un poco de interés.

Después de pasar casi todo el camino en silencio, llegaron a los límites poblados de la ciudad, y Fugo decidió que era lo suficientemente lejos: tampoco pensaba dejar al animal en la carretera, o algo parecido. Estacionó el auto frente a una tienda, hizo bajar a la Doctora, y después de caminar media calle, le quitó el collar.

- Lo siento, pero esto es lo más sensato para todos. Ahora, sientate, y quédate ahí.

Y mientras Fugo se alejaba, la Doctora se sentó y esperó, como le habían ordenado.

De forma simultánea, Mista y Bucciarati ingresaban a la ciudad, exhaustos después de una noche llena de acción, peleas, sangre e interrogatorios salvajes.

- Literalmente, mataría por un café en este momento. - Comentó Mista.

- Mista, cuando dices "literalmente" te refieres a que lo que dices es real.

- Sí, lo sé.

Bruno desvió su mirada del camino por un momento para observar al pistolero, algo exhasperado por las idioteces que decía en ocasiones, aparentemente de la nada, cuando algo en la calle aledaña llamó su atención. Decidió detenerse por un momento.

- Oye, ¿ese no es Fugo?

- ¿Ah? - El pistolero dirigió su mirada hacia el punto donde Bucciarati señalaba. - Sí, eso parece. ¿Qué hace de este lado de la ciudad? ¿Y por qué va con Doctora? Creí que la detestaba o algo así.

Pero sus dudas pronto fueron resueltas, cuando observaron con estupefacción como Fugo retiraba el collar de la Doctora, se alejaba, subía a un auto y se marchaba.

- Grandísimo hijo de... - Bucciarati no dejó a Mista terminar.

- Vamos por ella, y luego nos encargamos de Fugo. Ahora solo quiero llegar a casa y dormir un par de horas.

Dicho y hecho: La Doctora se subió al auto de buena gana, increíblemente contenta al ver nuevamente a dos de sus humanos favoritos, sin saber lo cerca que estuvo de volver a la calle.

Fugo no llevaba ni dos minutos conduciendo, y la culpa ya lo estaba devorando. "Ella no conoce esta zona, ¿qué tal si la atacan otros perros? ¿O si la atropella un carro? También se la podría llevar la perrera, y luego la pondrían a dormir cuando nadie la reclame... ¿Y si camina hasta salir de la ciudad y la ataca un animal salvaje? Podría morir de hambre y sed. O si algún enemigo nos vio con ella y la reconoce, podría torturarla hasta matarla como venganza hacia nosotros. ¿Por qué la dejé? Soy un asco de ser humano. No, tranquilo, Fugo, estás divagando. Esto es lo correcto, le va a ir mejor, posiblemente alguien la adopte... Y ese alguien podría ser un psicópata al que le guste torturar animales. No debí hacer esto, ni siquiera es tan mala..."

- Mierda - Musitó, antes de dar una violenta vuelta en U, ganándose varias maldiciones de otros conductores.

Pero cuando regresó al lugar en donde había dejado a Doctora, no había una sola alma.

"Está bien, tiene sentido, no es como si fuera a quedarse sentada esperando. No puede haver ido muy lejos."

Así que Fugo buscó, dando vueltas en círculos, y al ver que eso no funcionaba, comenzó a preguntar a las personas, incluso tocando de puerta en puerta, ofreciendo una cuantiosa recompensa para el que le diera información sobre la Doctora. Y luego fue a la perrera, y después de eso, regresó al lugar donde la había dejado, para volver a preguntar puerta por puerta. Pero todo fue inútil.

Eran cerca de las 11 de la noche cuando volvió a casa, derrotado física y mentalmente. Sobra decir que su sorpresa fue enorme cuando al abrir la puerta, la Doctora se acercó meneando la cola. Ni siquiera le prestó atención a las miradas furibundas de Mista, Narancia, Bruno y Giorno, ni de la cargada de lastima por parte de Abbacchio.

- Hola, Fugo. - Saludó Bucciarati con falsa amabilidad. - Te hechamos de menos. ¿Dónde estabas?

- Eh, bueno, yo... - El chico recorrió la habitación con la mirada, como si pudiera encontrar ahí una respuesta adecuada. Algo llamó su atención: Abbacchio le estaba haciendo algunas señas extrañas: prestó más atención, tratando de descifrar el mensaje. Notó que movía los labios sin emitir sonido. Sintió un escalofrío cuando entendió que el peliblanco repetía una y otra vez la misma palabra: "Corre".

Todo pasó muy rápido: Fugo trató de huir, pero antes de que pusiera un pie fuera de la casa, Bucciarati separó sus piernas de su cuerpo, mientras Gold Experience lo llenaba de energía vital, haciendo que sus sentidos enloquecieran, y que el dolor provocado por Narancia y Mista cuando lo taclearon fuera casi enloquecedor.

Media hora después, el grupo arrojaba a un Fugo atado y amordazado sobre una pila de basura del tiradero municipal, para después, arrancar el auto.

- ¿No les parece que esto es un poco excesivo? - Preguntó Abbacchio. Odiaba ser la voz de la razón, pero Bucciarati estaba poseído por el mismo espíritu de venganza que el resto del grupo, así que el puesto recaía en él.

- No te preocupes. Seguramente logrará regresar antes de medio día.

Y de hecho, de alguna manera, Fugo lo logró. Semidesnudo, cubierto de mugre, mierda y orines, mordido por ratas y cucarachas, y muy, muy enojado, pero lo logró. Durante todo el camino, había pensado en diferentes formas de asesinar a sus compañeros, pero cuando llegó a casa y la primera en recibirlo fue la Doctora, moviendo la cola alegremente, decidió que estaban a mano.


Hola, aquí les dejo otro capítulo de esta mamada (aunque nadie la lee en esta plataforma, pero al chile me vale verga). Buenas noches, se la lavan.