—Prólogo—


Una pareja de jóvenes enamorados sonríe a la cámara: el joven rodea con un brazo a su novia, una mujer pequeña y de tímido semblante, y hace el signo de la victoria con la otra mano.

Una sonrisa curvó sus rosados labios.

Naruto había querido a toda costa capturar su vigésima séptima cita, aquella en la que, sólo se había enterado después, le pediría matrimonio.

Recordaba ese momento con extrema precisión: los sonidos, los olores, las palabras. Las mariposas en su estómago. Todo era perfecto, tan perfecto que no dejaba de preguntarse si realmente había sucedido. Entonces miró su dedo anular izquierdo, en el que brillaba un solitario con un pequeño diamante, y se dio cuenta de que sí, en efecto había sucedido.

Resoplando volvió a colocar la foto en su sitio y regresó a la cocina, levantando la tapa de la olla para comprobar cómo estaba la sopa de miso. Sonrió con tristeza al ver que estaba lista. De cualquier manera, y aunque se engañe a si misma, llevaba tiempo preparada. Apagó el fuego y preparó las porciones con mucho cuidado, procurando colocar las hojas decorativas a igual distancia. Colocó la larga mesa rectangular, ya perfectamente dispuesta para dos, demorándose en dónde colocar el tazón de arroz, si junto al salmón a la parrilla o las verduras.

Era una tontería, lo sabía. A Naruto le habría dado igual, se habría lanzado de cabeza a la cena murmurando su clásico «todo está delicioso» que tenía el poder de hacer temblar su corazón.

Observó el reloj, siguiendo el movimiento de las agujas durante algún tiempo. Eran ya más de las nueve, podría regresar en cualquier momento. O eso había dicho aquella mañana, antes de dejarla al amanecer para reunirse con Kakashi en la oficina.

Estaba orgullosa de él, de la pasión que le impulsaba en el duro camino de convertirse en Hokage. Hizo todo lo posible por apoyarle, trató de no darle ninguna preocupación, ocupándose de la casa, de las compras, de los imprevistos. Le preparaba el almuerzo para que se lo comiera en la oficina, le hacía encontrar su sudadera naranja y sus pantalones negros bien doblados todas las mañanas, junto a la ordenada pila de papeles sobre la que invariablemente se quedaba dormido a altas horas de la noche, olvidándose de volver a la cama.

A ella no le importaba, su estruendosa risa y su detallado relato del día a la hora de la cena le compensaban por todo.

Sin embargo, desde hace algún tiempo, Naruto había llegado a casa cada vez más tarde.

Así, los días se habían hecho interminables, la casa se había vuelto demasiado silenciosa y ella se había quedado casi muda, arrastrada como un fantasma por la débil esperanza de sentir el calor de su abrazo, el temblor que le provocaba la mirada azul sobre ella.

Y se odiaba a sí misma, Hinata Hyūga.

Se odiaba a sí misma porque debería ser feliz. Terrible e irremediablemente feliz.

Se odiaba a sí misma porque había conseguido tenerlo todo y, sin embargo, no tenía nada.

Suspirando, se apoyó en la fría pared que tenía detrás, cerrando los ojos con fastidio. Podía distinguir claramente el sonido de los pasos, el exasperante estruendo de los platos golpeados, alguna maldición mal disimulada. Algunos sollozos.

Estaba cansado, agotado. Se sentía asfixiado.

No obstante, Sakura no le pidió nada. Ni su afecto, ni su atención. Todo lo que necesitaba era su presencia.

Se pasó una mano por sus largos mechones de pelo negro en un gesto nervioso, mirando al cielo, oscuro y completamente desprovisto de estrellas. Sólo la luna parecía esforzarse por emerger, irradiando una tenue luz a través del espeso manto de nubes grises.

Solo.

Quería estar solo.

Y eso le hacía odioso —y difícil— cumplir el miserable deseo de la chica.

Después de todo, Sakura se había quedado allí. A pesar de la guerra, a pesar de la sangre en sus manos. Sakura se había quedado allí, esperándole con los brazos abiertos, llena de esperanza, llena de vida. Y él, que no tenía nada que ofrecer a cambio, le había dado él mismo, su presencia.

Sakura se había quedado allí por él, y él se había quedado en Konoha porque ella se lo había pedido.

El sonido de la ventana francesa que daba al pequeño balcón anticipó la llegada de Sakura.

No se volvió para mirarla, no le apetecía. Conocía perfectamente su imagen de mujer herida. La oyó acercarse en silencio, colocándose a su lado y apoyando la cabeza en su hombro.

—¿Quieres... hablar de ello? —preguntó insegura.

Me falta aire.

Quería gritar, romper esos ridículos jarrones que colgaban de la barandilla. Pero no lo hizo. Permaneció inmóvil, mudo. Con un vacío en el pecho y un dolor punzante en el estómago. Como siempre.

Cuando los delgados dedos de ella buscaron los suyos, entrelazándose con ellos, él la dejó. No tenía la fuerza para luchar, ni la voluntad. Además, eso era lo de menos.

Sasuke Uchiha estaba cansado.

Estaba cansado de esa vida que no le pertenecía, de esa Villa opresiva, de esos ojos verdes que exigían más.

Estaba cansado y quería irse.

Estaba cansado y quería estar solo.


—I—

Hyūga Hinata miró al techo.

No quiso llegar al otro lado de la gran cama de matrimonio con la esperanza de encontrar el cuerpo cálido y tranquilizador de Naruto. No esa mañana.

Eso habría sido una tontería incluso para una soñadora incurable como ella.

«—Hinata-chan

Un cálido aliento golpeó la pálida piel de sus hombros, que quedaba expuesta por los finos tirantes de su camisón. Murmuró molesta, hasta que una risa familiar le hizo abrir los ojos.

¿Naruto-kun?

El rubio sonrió con ternura, acariciando su mejilla con la mano vendada.

Hinata bajó la mirada, sin poder contener una sonrisa de euforia y alivio. No quería que él se diera cuenta de sus ojos brillantes, ciertamente no por el sueño, ni del rubor que su proximidad provocaba cada vez.

Suspiró satisfecha, por fin pudo volver a respirar. Casi le dolían los pulmones por la repentina cantidad de aire que su prometido había traído.

De repente, frunció el ceño, levantó la cabeza y miró a su alrededor. La habitación estaba completamente invadida por la oscuridad, ni una luz parecía penetrar a través de las finas cortinas blancas.

¿Qué hora es?

Es temprano —respondió él, acomodando un mechón de pelo largo y oscuro detrás de su oreja.

Hinata lo observó. Parecía cansado, sus ojos azules rodeados por unas ojeras demasiado pronunciadas, parecían velados por una pátina brillante, y sus hombros, al igual que su postura, estaban rígidos.

¿Tiene mucho que llegaste? —susurró, dejando una lenta caricia en el antebrazo bronceado del chico.

No —negó con la cabeza, agarrando su mano y depositando un ligero beso en ella.

No te he oído volver, lo siento —bajó la mirada, mortificada.

Lo sé. ¿Cómo crees que has llegado a la cama? —se rió divertido.

De hecho, ahora que se lo señalaba, recordaba haberse tumbado en el sofá con la esperanza de permanecer despierta hasta que él volviera. Debió cargarla, como hacía siempre que podía con una excusa improbable.

Podrías haberme despertado...

Nah, te veías muy linda 'dattebayo —le pellizcó la mejilla.

Hinata se sonrojó, haciendo que él estallara en una estruendosa risotada. Cuando Naruto la atrajo hacia él, estrechándola entre sus fuertes brazos, ella cerró los ojos, acurrucándose contra su pecho y escuchando el constante latido de su corazón.

Estaba feliz, otra vez.

Como cada vez, su presencia fue suficiente para borrar todas las dudas.

¿Qué tal tu día?

Kakashi-sensei y la abuela Tsunade me harán odiar ese trabajo...

Hinata sacudió la cabeza divertida. Al igual que él, ella sabía que los dos estaban tratando de asegurarse de que estaba listo para convertirse en Hokage. Los deberes de un líder eran innumerables, desde la burocracia hasta las tareas diplomáticas, y por mucho que a Naruto le impulsara una tremenda fuerza de voluntad, era necesario que adquiriera experiencia, para crear vínculos sólidos con sus futuros asociados.

Todo irá bien, Naruto-kun —susurró alentadora.

Le oyó asentir con convicción y su brazo se estrechó contra ella, acercándola.

Permanecieron en silencio durante mucho tiempo, deleitándose con la cercanía del otro. El calor de sus cuerpos, sus corazones llenos de felicidad, su amor, eran tan fuertes, tan intensos que hacían que sus párpados fueran pesados y su respiración regular. Incapaz de contenerse, bostezó tapándose la boca con la mano.

Hinata.

¿Hm?

Al cabo de un rato sin respuesta, la chica se levantó sobre los antebrazos y se volvió hacia él. Tenía una mirada apenada y... culpable.

¿Estás bien? —le preguntó preocupada.

Sus ojos azules se oscurecieron de repente y un suspiro escapó de sus labios.

Sí, no te preocupes. Vuelve a dormir...—asintió, acariciando su cabeza con suavidad.

Naruto-kun —le dijo ella, no muy convencida.

Tú lo has dicho, Hinata-chan. Todo irá bien.

Tal vez era el hecho de que lo dijera con esa voz suya llena de energía y optimismo, tal vez era porque acompañaba las palabras con su decidida sonrisa, o tal vez porque ella también quería creerlo desesperadamente, Hinata asintió con convicción y se volvió a tumbar en la cama.

Naruto, detrás de ella, rodeó su cintura de forma protectora con un brazo, hundiendo su rostro en su largo cabello índigo y respirando el fresco aroma del jazmín a pleno pulmón.

Entrelazó sus dedos con los de ella y sonrió mientras cerraba los ojos, presa repentina de los halagos de Morfeo.

Seguía sonriendo cuando, con un «puf», el calor detrás de ella se disolvió.»

Hinata suspiró y se cubrió la cara con la sábana ligera.

Naruto estaba dando volteretas para poder cumplir su sueño y ser un buen novio al mismo tiempo. No era la primera vez que enviaba a un clon en su lugar porque seguía encerrado en su despacho estudiando o atrapado en alguna cena diplomática.

¿Estaba correcto sentirse tan... sola? Como algo olvidado por todos, como si la vida de los demás hubiera seguido adelante y la suya se hubiera cristalizado en el limbo. A veces le apetecía correr hacia Naruto hasta quedarse sin aliento y, al llegar a él, desvanecerse mágicamente en una estela de humo.

Sacudió la cabeza y retiró la sábana, rindiéndose a la idea de que tenía que levantarse. Abandonó la cama y huyó al baño, sumergiéndose bajo el chorro de agua hirviendo con la esperanza de que lavara ese desagradable sentimiento que calaba en sus huesos: la culpa.

Al cabo de un rato, cerró el grifo y salió, envolviéndose en una toalla y secándose el cuerpo y el pelo. Se peinó y se vistió, luego fue a la cocina y preparó el desayuno para dos. Era un hábito que nunca perdería. Por otro lado, había sucedido unas cuantas veces —tres— que Naruto volvía a casa porque se olvidaba los papeles o para darse una ducha rápida.

Sin embargo, ese día tampoco pasó nada.

Con un suspiro miró el plato vacío que tenía delante. De repente se le quitó el apetito. Una lágrima corrió por su mejilla, pero pronto fue secada por el gesto nervioso de su mano.

Cocinar. Limpiar. Cocinar. Ir de compras. Limpiar. Cocinar. Esperar.

Y así Hinata Hyūga pasaba sus horas, sus días, arrastrándose de aquí para allá, presa de una rutina de la que no podía salir indemne.

Se mantuvo ocupada para no pensar en el problema, tratando de ignorar la sensación de perder el control de su vida. Era como si se hubiera sumergido en un mar azul cristalino, pero increíblemente profundo. Como no sabía nadar lo suficientemente bien como para luchar contracorriente, se dejó arrastrar por ella, pero cada vez la llevaba más lejos de la orilla. Y no tenía fuerzas para volver atrás, tenía miedo. Pero se quedó callada, porque debería estar feliz.

Finalmente llegó la noche, su momento favorito del día. Por supuesto, el sol se escondía, dando paso a la oscuridad de la noche, pero Naruto volvería, trayendo consigo la única luz que realmente necesitaba. Ese día, sin embargo, no le esperaría en casa, ya que Ino había reunido al antiguo grupo, lo que había sido bastante difícil últimamente debido a las apretadas agendas de todos. Además, sólo ella podría haberlo conseguido: una amenaza aquí y allá, unos ojos suaves y ya está.

Hinata se miró en el espejo: se había puesto un vestido gris, con una fina camisa blanca de manga larga debajo. No le gustaba mostrar demasiada piel. Su relación con su cuerpo seguía siendo bastante complicada, aunque había aprendido a quererse más gracias a Naruto.

Suspiró y sacudió la cabeza, tratando de ahuyentar esa sensación de vacío que le subía por el pecho con sólo pensar en el rubio. Salió del dormitorio y se detuvo en la cocina, cogiendo el pastel que había hecho por la tarde y dejando una nota para Naruto en la mesa del comedor, por si volvía. Estaba segura de que entre sus muchos compromisos se había olvidado de la cena con los amigos. Salió de la casa, caminando por las calles del pueblo en completo silencio, en marcado contraste con el eufórico parloteo de los lugareños. Una sonrisa triste se dibujó en sus labios al darse cuenta de que, a diferencia de la mayoría de sus amigos —y de Naruto—, ella nunca iba a ser el tipo de persona a la que le gustara socializar demasiado.

—Hola, Hinata.

Hinata se giró en la dirección de la que provenía la voz. Shikamaru Nara, con su habitual expresión de aburrimiento y las manos en los bolsillos, se acercó a ella.

—Konbanwa, Shikamaru-kun —saludó amablemente con una leve inclinación de cabeza.

—Al final ha conseguido convencerte a ti también...—el chico negó con la cabeza, aludiendo a su compañera de equipo con una media sonrisa.

Hinata asintió, sonriendo suavemente. Continuaron en silencio el resto del camino, caminando serenamente uno al lado del otro, hasta que Shikamaru tocó el punto doloroso.

—¿Naruto no viene?

Los pasos de la chica se detuvieron. Sus ojos blancos encontraron los negros de Nara fijos en ella, intrigado por la abrupta interrupción.

—Vendrá más tarde —Hinata apartó la mirada y bajó la cabeza, reanudando la marcha.

No era una mentira, era una esperanza. La misma que cultivaba cada noche.

Shikamaru fue lo suficientemente inteligente como para dejar la conversación, y por eso ella estaba agradecida. Llegaron a la casa de Ino sin intercambiar palabras, llamando al timbre y subiendo las escaleras una vez invitados a entrar. En la puerta encontraron a la rubísima anfitriona con una deslumbrante sonrisa esperándoles.

—¡Hinata-chan! ¡Qué bien que hayas venido! —exclamó Ino eufórica, tirando de ella para abrazarla.

—Como si nos dejaras muchas opciones. —murmuró Shikamaru.

—¡¿Has dicho algo?! —le miró con desprecio.

El de pelo negro puso los ojos en blanco y pasó junto a ella, entrando en la casa sin mucha ceremonia. Después de todo, prácticamente había crecido en la casa Yamanaka.

—La molestia de siempre —negó con la cabeza a Ino.

Hinata sonrió divertida, entregándole a la otra kunoichi el refractario que tenía en sus manos.

—Es un pastel de chocolate, Ino-chan.

—¡Mi favorito! ¡Muchas gracias! Pasa, Hinata-chan, ¡Te e echado de menos! —se hizo a un lado para dejarla pasar.

Hyūga entró tímidamente, siendo guiada por la rubia al interior de un luminoso salón repleto de gente.

—¡Oigan! Hinata está aquí —gritó, llamando la atención de todos.

Hinata se sonrojó, y apenas tuvo tiempo de saludar con la mano antes de verse envuelta en el abrazo de Kiba. Una vez liberada, intercambió unas palabras con Shino, felicitándolo por su reciente puesto de profesor en la academia, y charló con Tenten. Pronto llegó la hora de la cena y el grupo tomó asiento en la mesa. Fue entonces cuando se fijó en la figura de Sasuke Uchiha, antiguo compañero de equipo de Naruto. Sentado junto a Sakura, con un aire inexpresivo y un vaso de sake en una mano. No intercambió una palabra con nadie en toda la velada, respondiendo con monosílabos a las peticiones de la muchacha de pelo rosa.

Suspiró y miró a la puerta, esperando que Naruto llegara.

—¡No te preocupes, Hinata! Estoy segura de que vendrá.

La voz de Sakura le hizo apartar la mirada de la puerta y dirigirla hacia ella. Una sonrisa deslumbrante y confiada brilló en su rostro. Se encontró asintiendo automáticamente, tratando de acallar la voz que le gritaba que no lo creyera.

En ese instante, Ino se deslizó junto a ella, llenando su vaso de sake.

—Entonces, Hinata-chan, ¿Cómo van los preparativos de la boda? —preguntó la rubia.

—¡Cuéntanoslo todo! —aplaudió Sakura con entusiasmo.

—¡Yo también quiero escucharlo! Muévete Lee —exclamó Tenten, inclinándose sobre la mesa.

Hinata deseó poder desaparecer. Hablar de matrimonio era como echar sal en una herida abierta.

Intentó complacerlas, respondiendo vagamente a las preguntas y escondiéndose todo lo posible tras los incesantes compromisos de su prometido. Afortunadamente al cabo de un rato, la atención de Ino, y en consecuencia la de todos, se desvió hacia la nueva conversación de Kiba, encontrándose este bastante hablador por el alcohol.

Hinata aprovechó para salir al balcón, cerrando la puerta tras ella.

De repente, el silencio invadió sus oídos, haciéndola temblar ante el brusco cambio. Se llevó una mano a la cabeza, masajeando sus sienes con la esperanza de que el malestar pasara lo más rápido posible.

Estaba cansada de las preguntas de Ino, de la sonrisa alentadora de Sakura y de que justificara la ausencia de Naruto. Además, Sasuke estaba allí, a su lado, mientras que Naruto la había dejado sola una vez más.

Estaba cansada, enfadada, decepcionada. Estaba enfadada consigo misma, luego con Naruto, luego con ella misma de nuevo.

Por fuera estaba en silencio, pero por dentro gritaba.

Agarró con fuerza la fría barandilla entre sus manos, viendo cómo sus nudillos se blanqueaban.

La ventana francesa se abrió y se cerró tras ella. Oyó unos pasos lentos y cadenciosos y, sin poder asociarlos con los de sus amigos, levantó la vista para ver de quién se trataba.

Una figura alta, pelo negro con largos mechones rebeldes, impenetrables ojos bicolores negros y violetas, una expresión indescifrable. Sasuke Uchiha se apoyó en la balaustrada, no pronunció una palabra ni le dirigió una mirada. Si el balcón no hubiera sido tan pequeño, habría jurado que ni siquiera la había visto.

Hinata bajó la cabeza, devolviendo sus ojos blancos al contorno irregular de los edificios de Konoha. Todavía esperaba verle llegar. Después de todo, Sasuke también estaba allí, aunque era obvio que no quería estar.

No pudo evitar mirarle de nuevo, mientras una sonrisa cansada se dibujaba en sus sonrosados labios. Mantenía la mirada fija en él, aparentemente impasible ante el mundo que le rodeaba.

—¿Qué?

Su voz grave y profunda, tan alejada del timbre cálido y envolvente de Naruto, reveló que era consiente de que lo observaba.

Apartó la mirada avergonzada, moviendo la cabeza en señal de negación.

Probablemente deseaba estar solo, como ella. Sí, porque Hinata Hyūga deseaba, rezaba, para que Sasuke se fuera. Su presencia era demasiado para soportar, era como una violenta bofetada en la cara.

Podría haber regresado, pero la idea de quedar atrapada de nuevo en una euforia que no compartía le impedía volver sobre sus pasos. Estaba cansada de las preguntas sobre la boda, sobre la ausencia de Naruto. Estaba cansada de asentir ante la sincera felicidad de quienes le sonreían con ternura, como se hace ante un niño que en la mañana de Navidad ha visto cumplido su deseo.

Era extraño: cada día esperaba no quedarse sola, y ahora no deseaba otra cosa.

—Sasuke-kun

Por primera vez sus ojos magnéticos se posaron en ella.

—Yo... deseo estar sola.

En cuanto pronunció esas palabras se sintió terriblemente culpable. El estómago se contrajo provocando una dolorosa punzada.

Sasuke no respondió, ni dio señales de querer irse.

Hinata se sintió avergonzada. No había hecho otra cosa últimamente, tan llena de pensamientos egoístas y de ingratitud.

Se acuclilló en el suelo con la espalda pegada a la pared, abrazando sus piernas y apoyando el lado izquierdo de su cara en las rodillas. Cerró los ojos sintiendo que laceraban, agarrando el dobladillo de la falda de su vestido gris con las manos para no romper a llorar.

Una repentina ráfaga de aire fresco la invadió, haciéndola temblar. Se abrazó a sí misma, esperando oír el sonido de las ramas de los árboles agitadas por la corriente. Pero solo hubo silencio.

Frunció el ceño confundida, parpadeó varias veces y levantó la vista para ver si Sasuke también había sentido ese extraño cambio en el aire. Abrió los ojos al darse cuenta de que estaba sola.

Después de todo, se ha ido. Como ella le había pedido.

Sonrió con tristeza, escondiendo la cabeza entre los brazos. Pensó que se sentiría mejor sola.

Pero no fue así.


—II—

La puerta del despacho se abrió de golpe sin previo aviso.

Un par de ojos azules se levantaron de los papeles esparcidos por el escritorio y se posaron sorprendidos en él.

—¡¿Sasuke?! —exclamó el rubio, inclinando la cabeza hacia un lado en señal de curiosidad.

—Necesito hablar contigo.

«—¡Me dejaste allí, sola!

Sasuke cerró los ojos con cansancio. Sakura no dio señales de calmarse, paseando por la pequeña sala de estar a grandes zancadas, de un lado a otro, manteniendo los puños cerrados con nerviosismo.

¡Desapareciste sin decir nada! —continuó impertérrita, deteniéndose frente a él.

Le miró con rabia, un sentimiento que apenas reservaba para él. Sus ojos verdes parecían fuego líquido, mientras su cuerpo se agitaba por los temblores.

Verla reducida a ese estado por su culpa no le produjo ningún efecto, ni disgusto, ni irritación, ni satisfacción. Nada. Lo único en lo que podía pensar era cuándo dejaría de gritar por fin.

Permaneció en silencio, no tanto porque no supiera qué decir, sino porque temía que si hablaba se rompería el fino hilo que mantenía unidas sus patéticas existencias.

Sakura tomó asiento en el sofá, acomodándose a su lado. Apretó las manos sobre las rodillas con tanto ímpetu que los nudillos se le pusieron blancos. Su cabeza estaba baja, al igual que su mirada, cubierta por los cortos mechones rosados.

¿Por qué te fuiste?

Se había marchado porque estaba cansado de estar entre aquellos que eran extraños para él, el recuerdo borroso de una infancia a la que no quería volver. Sólo quería seguir adelante, no tenía nada que buscar en el pasado.

Se había ido porque se sentía asfixiado, porque se aburría, porque su presencia no era bienvenida, pero sólo Hyūga había tenido el valor de decírselo.

¿Te he... molestado de alguna manera? —preguntó Sakura, con los ojos brillantes.

Sasuke negó con la cabeza, sonriendo irónicamente.

Era patética. Seguía queriendo mantenerlo cerca de ella, negándose a sí misma la posibilidad de ser verdaderamente feliz. Dependía de él como un drogadicto de su dosis, sin darse cuenta de que se acercaba paso a paso a una lenta condena.

Se levantó, saliendo de la habitación consciente de que le seguiría.

¡¿Sasuke?!

Se puso los zapatos y se echó la capa sobre los hombros, ignorando el tembloroso agarre de la tela oscura.

Sasuke, ¿A dónde vas? —repitió la de pelo rosa, en un tono que dejaba entrever el miedo a ser abandonada.

No respondió. Simplemente siguió caminando, dejando atrás a Sakura y aquel piso. Saltó a un tejado, respirando después de mucho tiempo una bocanada de aire que por fin parecía fresco, observando los contornos sombríos de una aldea que no podía sentir como propia.

Sasuke Uchiha lo había decidido: dejaría Konoha esa misma noche. Lo haría por Sakura, por él mismo, porque esa vida era dañina y los mataría a ambos.

Se iría, pero no sin decírselo a Naruto. Había hecho mucho para traerlo a casa, le tenía respeto, estima. Era su mejor amigo, era su hermano.

Caminó hacia la casa del rubio, la luna de testigo y compañera de viaje. Llegó frente al edificio, era uno de los nuevos, construido después de la guerra, con yeso amarillo y techo plano. Miró los timbres para intentar averiguar en qué piso vivía Naruto. Porque en más de un año y medio, nunca había estado en su casa.

N. Uzumaki — H. Hyūga

No le sorprendió la extraña yuxtaposición de los dos nombres; el futuro matrimonio estaba en boca de todos. Especialmente el de Sakura.

Subió las escaleras, llegó al tercer piso y divisó la puerta. Tocó el timbre, escuchando su estridente sonido que resonaba en el silencio del rellano. No pasó mucho tiempo antes de que la cerradura hiciera clic, anticipando la apertura de la puerta. Detrás de él apareció la menuda figura de Hinata Hyūga, que abrió los ojos mientras miraba a su alrededor comprensiblemente agitada. Todavía eran las tres de la mañana, una hora totalmente inusual para los visitantes.

Sasuke-kun, ¿está todo bien? —exclamó preocupada.

¿Naruto?

¡¿Ha pasado algo?!

Necesito hablar con él. ¿Está en casa o no?

El pálido rostro de Hyūga pareció oscurecerse de repente, haciendo que adquiriera un aire fantasmal. Bajó la cabeza, abrazándose a su bata lila como si intentara infundirse calor.

No.

Sasuke permaneció en silencio, apretando los labios irritados en una línea plana. Se giró sin pronunciar palabra, decidido a encontrar a ese idiota donde quiera que se escondiera a esas horas de la noche.

¡Sasuke-kun!

Esperó en silencio a que la chica hablara, sin molestarse en mirarle a la cara.

¿Quieres... quieres esperarle aquí? Debería volver en cualquier momento...

Sasuke inclinó ligeramente la cabeza hacia un lado, sopesando la oferta. Probablemente aceptarlo habría significado reducir las posibilidades de tener que perseguir a Naruto quién sabe dónde, o incluso peor, tener que volver. Se giró y se dirigió de nuevo hacia ella, viéndola insinuar una sonrisa y apartarse en una silenciosa invitación a entrar.

Pasó por delante de ella sin miramientos, sin molestarse en agradecerle su hospitalidad. Después de todo, no estaba allí para intercambiar amistosamente, y menos con ella.

Una vez que se deshizo de sus zapatos y de su capa, guardados cuidadosamente por ella en la entrada, le hizo pasar al interior del piso. Era pequeño, modestamente amueblado y extremadamente ordenado. No había ni una mota de polvo, ni un cojín arrugado en el sofá del centro del salón, los muebles eran de madera oscura y la tapicería de color neutro. No se parecía en nada a su piso —el de Sakura—, inundado de libros y pergaminos, tapizado con colores vivos y telas de extraños estampados.

¿Puedo ofrecerte un té?

Sasuke volvió a centrar su atención en ella, asintiendo más por cortesía que por el deseo de la bebida. La Hyūga no dijo una palabra, simplemente se refugió en la cocina, dejándolo solo. Le sorprendió lo callada que estaba, tan alejada de la exuberancia de Naruto. Era difícil imaginarlos juntos, al igual que era difícil percibir la presencia del Dobe en aquella casa. Había esperado desorden, cajas de ramen y cachivaches varios. Si no fuera por las fotografías que cuelgan de las paredes en las que aparece la pareja, habría parecido un piso deshabitado.

De repente, le llamó la atención la vieja foto del equipo siete, enmarcada y colocada en el aparador. Recordaba bien el momento en que se había tomado; Naruto podía ponerle de los nervios como nadie entonces.

El té está listo.

Hinata llegó hasta él con una bandeja en las manos. La colocó suavemente sobre la mesa baja de café frente al sofá, colocando una taza de porcelana frente a él antes de llenarla con elegante precisión. Hacía años que no presenciaba una ceremonia del té informal, probablemente el último recuerdo se remontaba a los días en que sus padres aún vivían y su madre servía con maestría a las tías y primas visitantes.

Agarró bruscamente el asa de la taza, llevándosela a la boca y dando un sorbo. Esperaba sentir el líquido arder en su garganta, quería sentirlo quemarla para concentrarse en el dolor y no en el sabor agridulce de los recuerdos. Desgraciadamente, el té de Hyūga era perfecto incluso en temperatura y lo curioso, pensó, era que alguien como Naruto ni siquiera lo notaría.

La incómoda sensación de ser observado le hizo levantar la mirada hacia la mujer, que se sacudió ocultando su rostro en la taza de té.

¿Cuándo va a volver Naruto?

Hinata se puso repentinamente rígida y volvió a colocar la porcelana sobre la mesa con manos temblorosas. Permaneció en silencio durante unos instantes, removiéndose en su camisón y jugueteando nerviosamente con las manos en su regazo.

El... depende —respondió con un hilo de voz.

No lo sabes —Sasuke sacudió la cabeza con incredulidad, viendo que ella se sonrojaba de vergüenza.

¡No es eso! Ya es muy tarde, debería llegar en cualquier momento y...

Se levantó irritado, sin intención de perder más tiempo, recuperando su capa y poniéndose los zapatos. Luego se fue.»

—Oye, ¿está todo bien?

Sasuke miró a su mejor amigo. Era casi de madrugada y todavía estaba allí, desplomado detrás de un escritorio rellenando papeles. Parecía cansado, agotado, pero sus ojos azules se habían vuelto profundamente serios. Siempre fue así cuando se trataba de él: se preocupaba y se empecinaba en resolverle los problemas. Ni una sola vez había perdido la esperanza, ni se había rendido. Lo más loco era que esa estima, ese afecto, ni siquiera los merecía.

—¿Sasuke? —instó Naruto, levantándose de su silla y uniéndose a él.

Suspirando decidió no decirle nada, irse a casa y fingir que no había pasado nada. No habría sido justo darle también ese tormento. Conociéndole lo habría entendido, le habría dejado ir a pesar de todo, haciéndose cargo de su dolor y el de Sakura, haciendo malabares entre la oficina y el hospital y olvidándose de volver a Hyūga.

Sasuke no iba a arruinar su vida, otra vez. No ahora que estaba a punto de alcanzar su sueño.

—Sí, todo está bien.

—¡Me diste un susto 'dattebayo! —Naruto suspiró aliviado, le dio una palmadita en la espalda y volvió a sentarse detrás del escritorio.

—¿Qué tienes que decirme que no puede esperar al amanecer? Pero lo más importante, ¿Cómo escapaste de Sakura-chan? —continuó con curiosidad.

Sasuke permaneció en silencio, reflexionando.

Se iría, estaba decidido. Sin embargo, lo haría gradualmente, acumulando primero algo de dinero. No es que le falte, por supuesto. Una palabra suya y Kakashi desbloquearía todos los fondos del Clan Uchiha que le correspondían por derecho. Pero sinceramente no tuvo el valor de tocar ese dinero manchado de sangre. Al menos, todavía no. Primero quería sentirse digno de ello.

—Quiero retomar las misiones.

—¡Me parece bien! Empieza a faltarte práctica...—comentó el rubio, cuadrándolo de pies a cabeza con una sonrisa divertida.

Sasuke suspiró mientras ponía los ojos en blanco, evitando responder a aquella provocación.

—No, hablo en serio. Apuesto a que podría ganarte con los ojos cerrados.

Le dio la espalda para ocultar la sonrisa que se abría paso en su rostro. El bastardo lo conocía bien.

—Puedes intentarlo, Usuratonkachi —respondió, acercándose a la puerta.

Se preparó para la habitual y enérgica réplica, que, sin embargo, no llegó. Ya había agarrado la manilla cuando el tono inusualmente decidido del Uzumaki le hizo detenerse bruscamente.

—Teme, tengo que pedirte un favor.

Sasuke se giró hacia él, invitándole a continuar con una inclinación de cabeza.

—Se trata de Hinata...

Instintivamente, frunció el ceño, confundido. De ninguna manera quería tener ese tipo de discusión con él. ¿Verdad?

—Últimamente la he descuidado y creo que se siente sola. Yo... lo estoy intentando ¡Lo digo en serio! Pero Kakashi-sensei y la abuela, y todo lo que hay que aprender... no puedo hacerlo. Hinata es genial, siempre entiende y nunca se queja, es un gran apoyo. No quiero que sufra por mi culpa.

Naruto bajó la mirada, frotándose las manos con nerviosismo. Las palabras salieron de él como un torrente, y sólo entonces Sasuke fue capaz de comprender los patéticos encuentros que había tenido con la Hyūga en los dos últimos días.

—¿Podrías pasar a ver cómo está de vez en cuando? Le habría preguntado a Sakura, pero siempre está muy ocupada en el hospital ¡Y lo mismo ocurre con Shino y Kiba!

Sasuke estaba desconcertado. Ciertamente no era la persona adecuada para hacerle una petición así, el propio Naruto parecía ser consciente de ello. Él y la Hyūga apenas se habían dirigido la palabra y, sinceramente, hubiera preferido que la situación siguiera igual.

—No quisiera tener que pedirte este favor, créeme. Pero... estás en casa y entonces...

Se sintió humillado, era un hombre y un ninja tan inútil que Naruto le pedía que cuidara a su patética novia.

¿Pero que es lo que te has hecho?