Disclaimer: Los personajes de Naruto, Naruto Shippunden, son propiedad de M. Kishimoto
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Consejo de guerra
La luz del sol comenzaba a asomarse por el horizonte cuando los dos jinetes desmontaron de sus caballos frente a un templo en ruinas en medio del bosque. Una docena de caballos se encontraban ya en el lugar y ambos hombre se apresuraron a amarrar a sus corceles y adentrarse en el templo.
Se quitaron las capuchas que cubrían la mitad de sus rostros y mostraron el emblema de la llama esculpido en sus armaduras. El chico que resguardaba la entrada alzó la tea e iluminó sus rostros, reconoció enseguida los rasgos del Rey de Ignis, su cabello rubio y sus ojos cerúleos que generalmente se mostraban bondadosos, pero en esta ocasión estaban llenos de preocupación.
El chico, de ojos blancos y cabello oscuro, le hizo una rápida reverencia. Primero al rey y luego al hombre que le precedía cuyo rostro era una leyenda viviente. Fugaku Uchiha, el inseparable guerrero del Rey Minato. Se hizo a un lado para dejarlos pasar. El camino estaba iluminado por teas y un instante después entraron a un recinto circular al fondo del templo.
El lugar estaba casi en ruinas, las únicas entradas de luz se encontraban sobre la cúpula a varios pies de altura y justamente al centro se alzaba una rudimentaria mesa de piedra con nueve asientos alrededor, de los cuales seis ya estaban ocupados, y al fondo se levantaba un muro de casi dos pies de altura, tallado con letras antiquísimas que relucían por la luz de las antorchas.
Una antigua profecía que amenazaba con cumplirse.
—Al fin llegas — exclamó un hombre corpulento, sentado en una de las sillas. Su tez oscura estaba cubierta por una armadura y cota de malla plateada. Su rostro de rasgos bruscos estaba completamente tenso, dándole a Minato una rápida perspectiva de la situación.
—Lo lamento, pero comprenderán que el ataque ha sido demasiado cerca de Ignis. —tomó asiento y Fugaku permaneció de pie detrás del Rey al igual que cada uno de las personas de confianza que había llevado cada soberano.
El pelinegro los miró a todos. Algunos los reconocía de consejos pasados. Otros, los más jóvenes, eran una muda noticia de la muerte de algún guerrero.
—Lo importante es que estamos todos aquí — Habló la Reina Tsunade. Sin embargo varias miradas indiscretas cayeron sobre los dos puestos vacíos. Ambos juntos. El perteneciente al gobernante de Puskara y el de Cimeria. Nadie mencionó nada, pero la ausencia pesaba en todos como un cruel recordatorio. Se vieron entre sí, preguntándose quién sería el siguiente—. Podemos comenzar el consejo.
Todos asintieron de acuerdo.
—Debemos actuar de inmediato —tomó la palabra A, el hombre moreno y gobernante de Vrontis—. No podemos permitir este tipo de acciones sin dar un castigo ejemplar, sabemos quién lo hizo. Lo que debemos hacer es mandar todos nuestros ejércitos a la vez.
—Creo que la situación es mucho más delicada que una declaración de guerra —intervino Hiashi Hyuuga, un hombre alto y de complexión delgada con ojos idénticos al chico que los había recibido en la entrada.
—Estoy de acuerdo —dijo Tsunade—. Los presagios…
—Los presagios no nos han advertido. Tal vez, si hubieras hablado a tiempo esto se habría evitado —interrumpió el Rey A.
—Si me permiten intervenir —dijo Dan, tomando a Tsunade delicadamente de los hombros para evitar una discusión—. El futuro no siempre es claro. Se puede interpretar de muchas maneras y por lo general no se comprende hasta que los acontecimientos suceden.
—Vaya utilidad.
—Hay situaciones que no se pueden evitar y entre más busquemos huir de una profecía, más rápido podemos desencadenar los sucesos que describe —dijo esta vez Hizashi, hermano gemelo del Rey Hyuuga, y que al igual que cada acompañante se encontraba detrás de los gobernantes que protegían.
—No me extraña que ambos estén de acuerdo —bufo A.
—Estamos aquí para buscar una salida, no para confrontarnos entre nosotros —habló el rey Rasa, con su típico tono desapasionado, pero su rostro mostraba el conflicto internó que estaba sufriendo—. La caída de Puskara nos afecta a todos. No solo por las alianzas y tratados. Sino que la desaparición del reino en menos de una noche es algo preocupante y un desaliento para todo guerrero.
Todos hicieron silencio. Rasa tenía razón y aunque algunos no lo querían admitir, la amenaza se podía resumir en un solo punto.
Ningún otro ejército podría ser capaz de semejante hazaña, no sin presentar una verdadera lucha entre iguales. Sin embargo, esa lucha no había sido entre iguales, porque había sido la fuerza de la magia contra la de humanos.
Las miradas indiscretas no se hicieron esperar, pero ni la reina Tsunade, ni el Rey Hiashi dieron muestra de percatarte de ellas.
—¿Qué sugieren hacer? —preguntó el viejo Rey de Petris. Era el más anciano de todos, con una prominente nariz roja y tan bajo, que apenas llegaba a la altura de la mesa. Los rumores decían que descendía de enanos, antiquísimos seres que gobernaban las profundidades de la tierra caracterizados por su mal carácter y crueles bromas a humanos, nadie había podido probar nunca esas palabras. Y el rey, que estaba muy consciente de eso, le gustaba confundir a quienes se inmiscuían en el tema.
—Debemos proteger a la princesa Sakura —dijo Minato—. Es la única sobreviviente de la familia real, y solo ella podrá reclamar el reino en un futuro. Es seguro que… —cayó por unos segundos—, que el mago oscuro la buscará.
—No podremos tener en secreto su existencia para siempre —intervino A—, quien la resguarde será el próximo enemigo de Cimeria.
—Hay una manera —dijo en un susurro Tsunade—. Todos deberán olvidarla.
Todos los presentes se miraron extrañados. Mangetsu frunció el entrecejo y se inclinó sobre la mesa. Era el único gobernante que no había participado hasta ese momento, era callado y bastante joven en comparación a los demás. Su pelo blanco le rozaba los hombros y sus ojos curiosos parecían divertidos con la situación.
—¿Cómo planeas hacer eso? —preguntó con la curiosidad destilando en sus ojos violeta.
—Borraré todo rastro de su existencia. Nadie la recordara. Es un hechizo complicado, pero creo que entre varios podremos hacerlo sin mayor problema.
—¿Y cómo sabremos en un futuro que es la princesa será quien dice ser? —pregunto Onoki de Petris.
Tsunade se llevó las manos hasta el cuello, desató un cordón y alzó, a la vista de todos, un colgante en forma de una rosa hexagonal. Era del color de la sangre y su luz lleno toda la sala, a pesar que por su tamaño podía ocultarse fácilmente en la palma de la mano.
—Esto será lo único que no olvidareis de ella y que reconocerá a la legítima reina. Le pertenece a la familia real de Puskara, puedo sentir la poderosa magia que contiene en su interior. No aceptara a cualquiera.
Todos, gobernantes y acompañantes, quedaron absortos por la belleza del objeto. Transparente, como el más puro diamante y con tal poder, que incluso aquellos que no contaban con el don de la magia, en cualquiera de sus aspectos, sentía la atracción ante ese objeto de incalculable valor.
De repente, unas palmadas sacó a todos de su ensoñación. El sonido provenía de los fuertes aplausos del Rey A. Tsunade arrugó el entrecejo ante él semblante sombrío del gobernante.
—Excelente plan Tsunade —ironizó— ¿Cuánto has tardado en elaborarlo? ¿Desde el ataque? ¿O mucho antes?
—¿Qué insinúas?
—Lo que has entendido —A se levantó de la silla de piedra y habló para todos los gobernantes— Ningún reino podría caer en una noche, si de una batalla justa se tratará. Pero lo que ha arrasado con Puskara no ha sido nada de eso. Fue el poder de la magia, el que acabó con cientos de soldados valerosos.
—Magia mal empleada —rectificó Hiashi.
—Magia al fin y al cabo —replico A, ácidamente—. Quien lo ha hecho, creció en las calles de Yami y se educó con muchos tantos de los hechiceros y porque no decir… con la misma reina. Y ahora, debemos fiarnos de la magia para ocultar a la única sobreviviente de la familia real. ¿Cómo saber que no se la entregaras al mago oscuro en cuanto realices el hechizo y suplantaras a la chica por otra?
—¡Estas poniendo en duda el honor de una reina! —Minato se levantó, retando al rey de Vrontis.
—Tu honor también está en duda, Minato. Los reyes han estado en Ignis al momento del asedio, incluso la protectora de la ciudad se encontraba ahí. Tu reino siempre ha tenido amistad con Yami, fácilmente pueden ser aliados.
Se observaron analíticamente entre ellos. Las palabras que nadie se atrevía a decir, habían sido pronunciadas y lo que desencadenaba era inevitable.
Tsunade se levantó con lentitud, Dan se tensó y su mano viajó instintivamente hasta la empuñadura de su espada.
—Dividiéndonos no es la forma de ganar —dijo la soberana, pero su semblante en lugar de parecer molesto por los agravios a su persona, lucía resignado.
—Es una guerra de humanos contra magos. Aniquilaré a cada ser con una pizca de magia que aparezca cerca de mis tierras —se volvió hacia el resto— Sé que las tierras blancas también son territorios de magia y que Ignis ha sido el eterno aliado de Yami; pero los reinos de Caeli, Atlantis y Petris, son bienvenidos a unirse a mi causa. Sé que hay personas importantes de sus naciones en el reino de magos, pero hay sacrificios que deben hacerse por un bien mayor— la tensión en el grupo era palpable y ningún soberano de los reinos mencionados fue capaz de decir nada. Pero sabían que al regresar las cartas de alianza o enemistad no se harían esperar— La magia a traído la desgracia a un pueblo entero, que sirva para abrirnos los ojos.
Tsunade y A, se miraron a los ojos por última vez. Ahora como enemigos en guerra y finalmente el gobernante de Vrontis desapareció de la sala.
El consejo se disolvió poco después, sin que algo más que la declaración de guerra pudiera ser pactada, dejando finalmente a la familia real de las tierras blancas de Asgard y al rey Minato en la pequeña habitación.
—Tsunade —habló el rubio — Cuentas con el apoyo de Ignis, no te desampararemos en ningún momento… así como tu reino no lo ha hecho con nosotros.
—Me alegra escucharte —dijo la reina, regalándole una cálida sonrisa mientras tomaba las manos de él entre las suyas — Se aproximan tiempos difíciles, y debemos permanecer más unidos que nunca.
—También cuenta con Asgard como tus aliados —intervino el rey gemelo—. Mientras la magia blanca gobierne, el pueblo élfico no te dará la espalda.
Ambos soberanos se marcharon. Tsunade se levantó y caminó hacia la pared del fondo. Iluminó el antiguo grabado con la luz de la antorcha y con su mano libre recorrió el contorno de aquellas letras en dialecto olvidado por la mayoría.
Suspiró y colocó su frente en la pared, deseando que las piedras le hablaran, que las antiguas pitonisas que las habían tallado le dieran algún consejo. Sin embargo, su poder no sintió ninguna impronta magia más que las que claramente decían la profecía.
Se retiró del antiguo templo derruido por el tiempo y encontró a Dan, sosteniendo las cuerdas de su caballo, mientras la luz del amanecer se alzaba a su espalda. Oh, como deseaba que ese espectáculo no estuviera manchado por el sabor amargo de la reciente declaración de guerra.
El apuesto hombre se acercó hasta ella y se permitió acariciarle el cabello rubio, que se levantaba con el viento.
—Mi reina, no dejes que la angustia se apodere de ese bello rostro tuyo.
—No es angustia. He decepcionado a mi pueblo. He llevado la guerra a todos los hechiceros después de siglos de paz.
—No ha sido tu culpa. Es la ignorancia la que trae la guerra, sin embargo, no parecías muy sorprendida en el consejo.
—Estaba escrito que los magos algún día tendrían que ocultarse. No debemos luchar esta batalla, nuestros poderes no han sido otorgados para ese fin. —Tomó una gran bocanada de aire, mientras sus ojos avellana recorrieron las montañas de su territorio—. Solo no deseaba que fuera durante mi reinado. Vamos, debemos encontrarnos con Shizune y Sakura.
Dan ayudó a la reina a subir y aunque ella era una experta domadora de caballos, le dio oportunidad al noble caballero de tener este gentil gesto. Espolearon los caballos y emprendieron el camino hacia la ciudad principal de Yami.
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Estaban cerca de las murallas de Yami cuando el sol se perdía en el horizonte.
La ciudad tenía como una de sus actividades principales el comercio, ya que atravesar el territorio de Yami era casi un requisito indispensable para llegar a cualquiera de los nueve reinos de la forma más rápida, y por ello siempre estaba rebosante de actividad, aun entrada la noche. Dentro de las tabernas se escuchaban la algarabía de los hombres, cantos desafinados, gritos, insultos, cortejos. Los guardias no descansaban patrullando por cada calle, con un candil en sus manos, cubiertos por capas oscuras. Tsunade y Dan, disminuyeron la velocidad una vez comenzaron a recorrer las calles adoquinadas, en silencio, uno junto al otro.
El castillo se elevaba en la zona más alta. Un conjunto de torrecillas y murallas. Con un bello jardín que lo rodeaba en toda la parte delantera, lleno de flores exóticas y fuentes de agua siempre fría. El castillo no parecía muy alto, sin embargo, en la parte sur, se abría una fosa cuyo fondo era imposible de ver y que servía como defensa natural de toda la ciudad. El castillo se fundía con la tierra, bajando hasta las profundidades donde pocos tenían el privilegio de ir alguna vez en su vida.
Tsunade desmontó su caballo y junto al general Dan se dirigieron al ala oeste. Subieron una de las torrecillas y entraron a una habitación circular. Dentro de ella estaba el niño pelirrojo que había ayudado en el rescate de Sakura, sentado en una cama. Los círculos negros debajo de sus ojos, hacían que su mirada vacía se marcara aún más. No dijo nada al ver entrar a los dos mayores, solo asintió con su cabeza como un parco saludo y luego volvió a colocar su mirada en la niña que seguía llorando a pesar de los días que habían pasado.
La había visto caer dormida después de varias horas mirando a través de la ventana y dejando que sus lágrimas recorrieran sus pálidas mejillas libremente. También la había visto estremecerse en sueños, sudar y levantarse agitada. Él sabía que no eran sueños normales. Ella era como él.
—Gaara —llamó Tsunade—. Busca a Shizune y luego mantente lejos de la habitación.
El niño se deslizó de la cama. Sus pies no hicieron ningún ruido al tocar el piso, y veloz y silencioso se marchó de la habitación.
—Dan, convoca a cada mago y bruja que se encuentren en el continente. Quiero que estén aquí en menos de tres días.
Dan asintió.
—¿Necesitaras a alguien más? —preguntó bajando la voz y mirando disimuladamente a la niña.
—Inoichi está al tanto, no debería de tardar en llegar.
El caballero asintió y se marchó, cerrando la puerta de la habitación tras él. Tsunade se acercó hasta la niña y se sentó junto a ella. Llevó sus manos hasta su cuello y desató le collar que protegía.
—Esto es tuyo, princesa —le dijo, colocándolo en sus manos.
Sakura observó el pequeño pendiente y lo reconoció como el que usaba su madre.
—No lo quiero —dijo apartando su mirada y tendiéndole el collar a la hechicera.
—Es tu deber —respondió, pero aun así lo tomó y lo guardó en su capa—. Algún día deberás aceptarlo.
La niña no pudo responder. Lo único que ella sabía es que había perdido todo, unas noches atrás, sus padres habían muerto y ella estaba sola. Las lágrimas se escaparon de sus ojos sin que se percatara, y el dolor de esa niña llego hasta la reina.
—¿Quieres olvidar?
Sakura asintió.
—Quiero que mamá y papá vuelvan.
Tsunade sonrió con tristeza. Tomó a la niña por los hombros y la abrazó. Sus labios comenzaron a moverse de prisa y sus manos emanaron una luz verde que cubrió a la niña. Sakura quedó dormida en ese instante.
Tsunade la tomó en sus brazos y caminó hasta el centro de la habitación, depositándola en el suelo. De su túnica sacó una vieja varita de madera oscura, un poco torcida y comenzó a dibujar florituras en el aire que luego se marcaban en el suelo de color rojo. Palabras en un dialecto olvidado que no muchas personas serían capaces de leer, incluso entre su gente.
—Signacula memoriae —repetía una y otra vez en vos baja.
Los sellos se grabaron alrededor de Sakura y cuando formaron un círculo completo alrededor de la niña, brillaron una última vez junto con el cuerpo menudo de ella y desaparecieron.
La niña quedo tendida, como si nada hubiera pasado, y al cabo de unos minutos entraron Shizune, junto a un joven hechicero de larga cabellera rubia.
—Señora —saludó con una leve inclinación.
Los tres magos formaron un triángulo alrededor de la niña. Inoichi estaba justo detrás de la cabeza de ella y colocó una de sus manos en la frente.
—Debes encontrar el recuerdo inicial, los encuentros con cada persona.
—¿Incluso nosotros? —preguntó atónito.
—Excepto el mío.
Inoichi asintió. Cerró sus ojos y forzó su mente a entrar en la de Sakura. Encontró el recuerdo más reciente, tres niños de mirada curiosa.
—Patet quod —susurraron los tres. La imagen a sus ojos se fue perdiendo—. Patet qoud —volvieron a susurrar.
No estaban borrando solo los recuerdos de la mente de la niña, sino de todas las personas que la habían conocido. Una labor que los llevaría a navegar hasta la parte más recóndita del subconsciente, el mismísimo nacimiento de ella. Era algo que iba en contra de las leyes naturales y por lo tanto una labor mucho más extenuante que la magia clásica.
Tres días fue lo que tomó borrar de la memoria de todos a la joven princesa. Encerrados en la habitación de la torre, ninguno de los magos se movió de su sitio hasta que él sol comenzaba a despuntar al tercer día. Abrieron sus ojos lentamente y contemplaron en silencio a la durmiente niña.
—Despertará en unos minutos —dijo Inoichi—. ¿Era realmente necesario?
—Lo es, si queremos protegerla. Pronto muchos la buscaran, no estará a salvo en la superficie. Vamos, la asamblea comenzara en unas horas.
Los hechiceros se marcharon, luego de dejar a la niña en la cama y Gaara volvió a entrar, ocupando su puesto de vigilante.
Una par de horas después sus ojos verdes volvieron a abrirse. Se levantó lentamente, mirando a su alrededor. Gaara saltó de la silla y se acercó hasta la cama con curiosidad. Sentía que había algo que olvidaba de ella, la miró fijamente con sus misteriosos ojos hasta que ella se revolvió incomoda.
—Me llamó Gaara —dijo—. ¿Tú quién eres?
Sakura separó sus labios para responder y un par de segundos después los volvió a cerrar. Frunció su entrecejo y apretó la tela de su falda con fuerza.
—No… lo sé —balbuceo.
—¿Pero eres como yo?
—¿Qué eres tú?
—Un mago —Sakura abrió los ojos de par en par, rebusco en su memoria, pero no recordaba nada más todo parecía un sueño confuso y lejano.
—No lo creo.
—Debes de serlo —dijo el chico con convicción—ven conmigo.
Gaara tomó la mano de la niña y juntos corrieron por una serie de pasillos. Entraron por uno angosto, donde era imposible que un adulto traspasara, y llegaron a la parte superior de un gran salón.
Había una mesa rectangular donde se sentaban tres personas. Una mujer rubia, Tsunade le había indicado Gaara, en la silla de alto respaldo al centro. A su derecha un joven hombre ataviado en una armadura y una capa verde esmeralda colgaba de sus hombros, era Dan Kato, el general del ejército de Yami, quien muchas veces también ejercía de representante de la reina. Un hombre alto de cabello largo y azul claro. A la izquierda de la reina se encontraba la mayor persona de los tres, un hombre pelinegro, con la mayor parte de su cuerpo vendado.
En torno a la mesa se distribuían un sinfín de asientos formando un semicírculo y cada uno más alto que el anterior para poder todos tener un vistazo a la mesa principal.
—Lo que nos pides no es lógico —dijo un mago de él público, quien se había colocado de pie y hablaba firmemente—. No debemos escondernos, son ellos quien debe respetarnos.
Los murmullos se extendieron por el anfiteatro, a vivando los ánimos de muchos.
—Debes recordar que nuestro número es inferior al de ellos y nuestros poderes son finitos —expuso Dan—. En cualquier caso, muchos de los miembros de nuestro reino son originarios de estos países y no podemos estar seguros de su lealtad.
—Es lógico pensar que estará con nosotros —el hombre cubierto de vendajes, a quien Gaara había llamado Danzo, se levantó—. Le hemos proporcionado los conocimientos milenarios de nuestro reino, nos deben su poder.
Un murmullo más fuerte se extendió por las tribunas. Molesta, la reina se puso de pie y las voces se callaron. Le lanzó una fulminante mirada a su secretario y este apretó sus labios molesto, obligado a callar.
—Cada gota de sangre mágica es valiosa —habló rotundamente—. No permitiré que se derrame deliberadamente. Esta no es nuestra batalla, y nuestros poderes no nos han sido entregados para subyugar a los más débiles. No debemos caer en las provocaciones de personas que nos temen y por lo tanto no desean nada más que aniquilarnos. Seamos inteligentes, señores. Preparémonos porque el día de nuestra real lucha está cada vez más cerca. El reino de Agartha fue construido para este propósito, honremos a nuestros ancestros y a nuestra raza. Desde este momento cada mago y bruja deberá reubicarse en las ciudades subterráneas, el reino de Yami no será responsable de aquellos que no acaten esta orden.
La reina se retiró con grandes pasos y la asamblea se dio por terminada. Había mucho descontento por un lado y temor por otro.
—¿Ciudades subterráneas? — pregunto Sakura, girándose hacia el pelirrojo.
El niño asintió y le sonrió.
—Forman el reino oculto de Agartha. La cuna de todos los magos.
-Continuara-
